Sábado 27 de Mayo de 2006

KIRCHNER Y EL SIGNIFICADO DEL 24 DE MARZO


El Presidente ha dicho, con acierto, en el Colegio Militar de la Nación que los responsables del golpe de 1976   fueron  un sector importante y poderoso de la sociedad argentina,  no puede imputársele los hechos, sólo, a  las Fuerzas Armadas. Aseguró, también, que el modelo implantado a partir de esos acontecimientos tuvo un cerebro y ese cerebro se llamó José Alfredo Martínez de Hoz, apuntando que los verdaderos dueños del  modelo no han sufrido castigo alguno.
Luego definió, con más precisión,  lo que había concluido en esas jornadas sangrientas: la economía sustitutiva que permitió décadas de desarrollo industrial y trabajo asalariado.
¡Con Martínez de Hoz desapareció el grueso de nuestra industria! Concluyó.
¡Kirchner habló con la verdad!
 Sin embargo algo calla.
Y lo que oculta  o ignora es que esos  profundos cambios producidos en nuestro entramado socio-económico ya no tienen retorno, son irreversibles, estarán para siempre entre nosotros  o a la espera de alguna variación en el  rumbo de la economía mundial, que por ahora no se avizora.
El golpe del 24 de marzo de 1976 derrumbó el modelo construido a partir de la crisis del 30’. Cerró un ciclo.
El Presidente de la Cámara Argentina de Comercio, Armando Braun afirmaba en aquellos años de plomo:
“La muerte de Perón marca el fin de una época y la gente se ha dado cuenta por fin que no es cuestión de cambiar hombres como se pensó durante mucho tiempo, sino de cambiar las estructuras. Bajo el peronismo se creo una estructura de crecimiento interno, una industrialización forzada, bajo protección arancelaria, que aisló al país del resto del mundo. Se creo así una industria no competitiva en que el empresario dependía del gobierno y no de su propia habilidad y se orientaba exclusivamente al mercado interno, no a la exportación.
En la Argentina por primera vez en treinta años se nota una modificación de esa estructura.
La Argentina con 25 millones de habitantes no puede fabricar todo. Debe especializarse en lo que puede producir eficientemente” (La Nación 14/5/77)
Las principales figuras de aquellos años tenían claro hacia donde debía dirigirse la Argentina.
Pero esta historia cuando había comenzado? El modelo de sustitución de importaciones, que los hombres del Proceso venían a  concluir, contaba con más de cuarenta años de antigüedad. Se había implementado en América Latina, en algunos países asiáticos y en menor medida africanos como una respuesta capitalista a la crisis del sistema.

Al mismo tiempo la industrialización sustitutiva de mercado interno protegido y cautivo requería de un sistema de ideas o cuerpo de doctrina que le insuflara energías. El
nacionalismo fue su expresión más genuina, y en  el país  el peronismo fue su cara política.
Para decirlo de otro modo: el nacionalismo fue el relato en el campo del pensamiento de lo que ocurría en la vida económica.
La Revolución Rusa influyó del mismo modo introduciendo un nuevo factor: el poder popular. Veamos lo que decía Perón en una conferencia dictada en 1945 ante oficiales del Ejército: “La Revolución Francesa comienza su acción efectiva en 1789. Derrotada en 1815 sin embargo arroja sobre el mundo su influencia a lo largo de un siglo, por lo menos. Todos somos hijos del liberalismo creado en la Revolución Francesa.
En 1914, para mí, comienza un nuevo ciclo histórico, que llamaremos de la Revolución Rusa. Y si esa Revolución Francesa ha arrojado sobre el mundo un siglo de influencia ¿cómo esta Revolución Rusa triunfando y con su epopeya militar realizada no va a arrojar sobre el mundo otro siglo de influencia? El hecho histórico es innegable. Si la Revolución Francesa termina con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno de las masas populares.”
Con esta mirada  más a los efectos provocados por la crisis del 30 - intervencionismo estatal, dirigismo y planificación forzada- se  construyó el imaginario de una época que Perón expresaba magistralmente: poder popular, intervención estatal, capitalismo de Estado, sustitución industrial.
Sin embargo ese siglo que Perón auguraba  a la Revolución Rusa no fue tan extenso ni duró cien años. La fantasía del comunismo real se desmoronó, apenas, setenta años después. Pero Perón ya no estaba.
La caída de la Unión Soviética y la Tercera Revolución industrial modificaron la faz de la tierra. El capitalismo salía airoso una vez más.
Y así como la Argentina, luego de la caída de Irigoyen, se adecuó a las novedosas circunstancias del 30’, el desplazamiento de Isabel buscaba, brutalmente, un nuevo destino. Un acomodamiento al mundo que ingresaba a la tercera revolución industrial.
El Secretario de Agricultura del Proceso, Cadenas Madariaga afirmaba:
“En nuestro país hay dos Argentinas superpuestas. Una es lo que queda de la Argentina de la Organización Nacional, de la Argentina del 80, del Centenario. Es la Argentina segura de sí, de su destino formado en el trabajo y en la práctica de las instituciones republicanas. La otra es la Argentina del resentimiento, los complejos de inferioridad, la demagogia, las rivalidades facciosas. Es la Argentina del tercer mundo empobrecida y rencorosa. También es la Argentina de los privilegios ocultos, del peculado, del escepticismo y al final la Argentina de la violencia. Depende de nosotros que prepondere una sobre otra”

Y esto fue el Proceso, el triunfo de una sobre otra. La Argentina sustitutiva que cuestionaba la renta agraria, es decir la riqueza de los sectores exportadores, murió. Este triunfo nada tiene que ver con la destrucción de las organizaciones armadas que ya había
facciosas. Es la Argentina del tercer mundo empobrecida y rencorosa. También es la Argentina de los privilegios ocultos, del peculado, del escepticismo y al final la Argentina de la violencia. Depende de nosotros que prepondere una sobre otra”
Y esto fue el Proceso, el triunfo de una sobre otra. La Argentina sustitutiva que cuestionaba la renta agraria, es decir la riqueza de los sectores exportadores, murió. Este triunfo nada tiene que ver con la destrucción de las organizaciones armadas que ya había ordenado el Gobierno constitucional.  El terrorismo con sus disparates contribuyó a la caída del sistema político.
Un nuevo país emergió de las ruinas y del dolor. Otras alianzas sociales configurarían la vida política. Una nueva inserción internacional se habría paso. Pero nada de esto sería sencillo.
Aceptar la derrota interna, asimilar la caída del comunismo, tolerar el retroceso del Estado interventor no es tarea sencilla y menos si se la afronta con dogmatismos.
En esta encrucijada se halla parado el Presidente Kirchner, cree disponer  del suficiente  poder social y económico capaz de revertir el 24 de marzo y empuja. Sin embargo no puede. ¿Es esto un mérito o es un error?
No sólo no logra alcanzar los guarismos sociales de los 70 sino que no puede llegar ni a los de los 90’. Como decía un célebre pensador argentino no se puede ingresar al futuro retrocediendo.

El Presidente se mantiene todavía bajo la influencia de Horacio Verbitsky quien en Página 12 del 13 de enero del 2002 aseguraba que el resultado del enfrentamiento entre los bandos antes del 76 ha concluido en un empate. Lamentablemente eso no es cierto alguien ganó y alguien perdió ese es el dato.

 

Claudio Chaves 

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