Martes 22 de Julio de 2008

Dos actos, dos caminos


 

La historiografía revisionista se ha empeñado en enseñarnos que en países como el nuestro, cíclicamente la historia agrupa a los protagonistas en dos bloques de intereses antagónicos en pugna. Del resultado de esa lucha, se ha ha abierto la posibilidad de un nuevo rumbo para el país.

Con este esquema histórico-político se ha educado la generación de los setenta. De un lado, la oligarquía y los imperios, fuerzas del atraso y la dependencia. Del otro, el país que pugna por emerger.

El peronismo histórico ha surgido de esa matriz.

En la elección de 1946 se presentaban dos grupos sociales definidos: el mundo rural, al que se sumaban las clases medias urbanas, los intelectuales, los viejos partidos políticos, de un lado. Y del otro, el país que surgía al amparo de la crisis del 30 y la Segunda Guerra Mundial, el mundo industrial, la joven clase trabajadora, el pobrerío postergado de las grandes ciudades, los peones rurales. Dos proyectos, dos caminos. Dos bloques de intereses: el viejo orden agrario-oligárquico y el nuevo mundo industrial; la vetusta oligarquía y los jóvenes proletarios urbanos.

Sesenta años más tarde cabe preguntarse si esa interpretación histórica mantiene aún su lozanía y su vigor. O dicho de otro modo: ¿qué queda de aquella Argentina que, en un momento de su historia, le tocó decidir –según la síntesis propuesta por las fuerzas triunfantes- entre Braden y Perón? ¿Sigue vigente el debate de los años cuarenta según el cuál el triunfo de la industria nacional suponía necesariamente dejar atrás al viejo país agrario? ¿Nos toca elegir ahora –como dice el gobernador kirchnerista del Chaco- entre un país puramente agrario y un país industrial? ¿Puede la circunstancia actual ser interpretada adecuadamente por un esquema que carga casi setenta años de antigüedad?

 

El fin de la oligarquía

Uno de los intelectuales más influyentes durante los años setenta, Jorge Abelardo Ramos, cuyos libros fueron leídos por la generación que hoy gobierna el país, poco antes de morir alcanzó a vislumbrar los cambios ocurridos en el agro argentino durante las últimas décadas. En una conferencia dictada en 1993 dijo: “Quiero hacer una observación sobre la Sociedad Rural… ¿qué ha ocurrido? Se está produciendo desde hace años en la provincia de Buenos Aires, un fenómeno determinado por la legislación sucesoria. No hay nadie el la provincia bonaerense que tenga las características de las familias Unzué, Alzaga, Anchorena, etc. e otras épocas, terratenientes de 200.000 hectáreas o más, en las mejores tierras del mundo. Eso ya no existe… La renta agraria, que permitía tirar manteca al techo en París, desapareció. .. Como la ganadería extensiva está concluida, no tienen más remedio que trabajar… Ahora tienen que invertir energía, capital, esfuerzo, hacer agricultura, siembra directa, hasta horticultura de alta calidad, producir y fraccionar ciertos tipos de carne, hacer ‘feed lots’ y montar laboratorios. Se desarrolla plenamente el capitalismo en el campo argentino”.

Esta observación de Ramos impacta en el corazón del problema argentino. Los dichos del gobierno y la interpretación de los cientos de intelectuales que abrazaron (muchos de ellos con notable morosidad) la interpretación “nacional y popular” de la historia argentina reciente, omiten incluir los cambios ocurridos en la economía argentina en las últimas décadas. Para ellos cabría la conocida frase de la antropóloga Margaret Mead: “cuando nos aprendimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.

 

El país de los setenta

No es sólo la configuración territorial del agro argentino lo que ha cambiado: hay un nuevo escenario mundial que demanda alimentos y que hace que nuestros productos tengan precios que jamás han tenido en las últimas décadas.

La reagrarización de Europa posterior a la Segunda Guerra, hecha a fuerza de subsidios, productos químicos y tractor, había contribuido a la depresión de los precios internacionales de los productos agrarios. Era el “deterioro de los términos del intercambio” que había proclamado Raúl Prebisch y la CEPAL.

Pues bien, la situación ha cambiado drásticamente. Nuestros productos valen y tenemos un horizonte brillante de precios internacionales sostenidos.

El agro ha visto la situación favorable e incluso ha aceptado retenciones altas. El gobierno elude el debate económico concreto y apela a categorías históricas y políticas que ya han cesado, que ya han sido devoradas por la historia. La apelación a la Historia sólo es buena si se concatena con los hechos actuales e ilumina las circunstancias de nuestros días. Y al revés: oscurece si sólo se trata de una remembranza repetitiva y nostálgica que resulta ajena a los protagonistas contemporáneos.

Cualquiera sea el resultado de la votación de hoy en el Senado, se percibe claramente que hay un país que llega y uno que se va. La forma en que las nuevas ideas reemplazarán a las antiguas, está aún por verse. Pero hoy parece inevitable que, más tarde o más temprano, el país adopte un nuevo paradigma de desarrollo.

 Daniel V. González

 

Página Principal

© Copyright 2000  La Patria Grande - Todos los derechos reservados

Ir arriba