|
La historiografía revisionista se ha empeñado en enseñarnos que
en países como el nuestro, cíclicamente la historia agrupa a los protagonistas
en dos bloques de intereses antagónicos en pugna. Del resultado de esa lucha, se
ha ha abierto la posibilidad de un nuevo rumbo para el país.
Con este esquema histórico-político se ha educado la generación
de los setenta. De un lado, la oligarquía y los imperios, fuerzas del atraso y
la dependencia. Del otro, el país que pugna por emerger.
El peronismo histórico ha surgido de esa matriz.
En la elección de 1946 se presentaban dos grupos sociales
definidos: el mundo rural, al que se sumaban las clases medias urbanas, los
intelectuales, los viejos partidos políticos, de un lado. Y del otro, el país
que surgía al amparo de la crisis del 30 y la Segunda Guerra Mundial, el mundo
industrial, la joven clase trabajadora, el pobrerío postergado de las grandes
ciudades, los peones rurales. Dos proyectos, dos caminos. Dos bloques de
intereses: el viejo orden agrario-oligárquico y el nuevo mundo industrial; la
vetusta oligarquía y los jóvenes proletarios urbanos.
Sesenta años más tarde cabe preguntarse si esa interpretación
histórica mantiene aún su lozanía y su vigor. O dicho de otro modo: ¿qué queda
de aquella Argentina que, en un momento de su historia, le tocó decidir –según
la síntesis propuesta por las fuerzas triunfantes- entre Braden y Perón? ¿Sigue
vigente el debate de los años cuarenta según el cuál el triunfo de la industria
nacional suponía necesariamente dejar atrás al viejo país agrario? ¿Nos toca
elegir ahora –como dice el gobernador kirchnerista del Chaco- entre un país
puramente agrario y un país industrial? ¿Puede la circunstancia actual ser
interpretada adecuadamente por un esquema que carga casi setenta años de
antigüedad?
El fin de la oligarquía
Uno de los intelectuales más influyentes durante los años
setenta, Jorge Abelardo Ramos, cuyos libros fueron leídos por la generación que
hoy gobierna el país, poco antes de morir alcanzó a vislumbrar los cambios
ocurridos en el agro argentino durante las últimas décadas. En una conferencia
dictada en 1993 dijo: “Quiero hacer una observación sobre la Sociedad Rural…
¿qué ha ocurrido? Se está produciendo desde hace años en la provincia de Buenos
Aires, un fenómeno determinado por la legislación sucesoria. No hay nadie el la
provincia bonaerense que tenga las características de las familias Unzué,
Alzaga, Anchorena, etc. e otras épocas, terratenientes de 200.000 hectáreas o
más, en las mejores tierras del mundo. Eso ya no existe… La renta agraria, que
permitía tirar manteca al techo en París, desapareció. .. Como la ganadería
extensiva está concluida, no tienen más remedio que trabajar… Ahora tienen que
invertir energía, capital, esfuerzo, hacer agricultura, siembra directa, hasta
horticultura de alta calidad, producir y fraccionar ciertos tipos de carne,
hacer ‘feed lots’ y montar laboratorios. Se desarrolla plenamente el capitalismo
en el campo argentino”.
Esta observación de Ramos impacta en el corazón del problema
argentino. Los dichos del gobierno y la interpretación de los cientos de
intelectuales que abrazaron (muchos de ellos con notable morosidad) la
interpretación “nacional y popular” de la historia argentina reciente, omiten
incluir los cambios ocurridos en la economía argentina en las últimas décadas.
Para ellos cabría la conocida frase de la antropóloga Margaret Mead: “cuando nos
aprendimos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.
El país de los setenta
No es sólo la configuración territorial del agro argentino lo
que ha cambiado: hay un nuevo escenario mundial que demanda alimentos y que hace
que nuestros productos tengan precios que jamás han tenido en las últimas
décadas.
La reagrarización de Europa posterior a la Segunda Guerra, hecha
a fuerza de subsidios, productos químicos y tractor, había contribuido a la
depresión de los precios internacionales de los productos agrarios. Era el
“deterioro de los términos del intercambio” que había proclamado Raúl Prebisch y
la CEPAL.
Pues bien, la situación ha cambiado drásticamente. Nuestros
productos valen y tenemos un horizonte brillante de precios internacionales
sostenidos.
El agro ha visto la situación favorable e incluso ha aceptado
retenciones altas. El gobierno elude el debate económico concreto y apela a
categorías históricas y políticas que ya han cesado, que ya han sido devoradas
por la historia. La apelación a la Historia sólo es buena si se concatena con
los hechos actuales e ilumina las circunstancias de nuestros días. Y al revés:
oscurece si sólo se trata de una remembranza repetitiva y nostálgica que resulta
ajena a los protagonistas contemporáneos.
Cualquiera sea el resultado de la votación de hoy en el Senado,
se percibe claramente que hay un país que llega y uno que se va. La forma en que
las nuevas ideas reemplazarán a las antiguas, está aún por verse. Pero hoy
parece inevitable que, más tarde o más temprano, el país adopte un nuevo
paradigma de desarrollo.
Daniel
V. González
|