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Domingo 03 de Abril de 2005 |
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LAS BIBLIOTECAS PERDIDAS DE JORGE ABELARDO RAMOS.
El 15 de Noviembre de 1996 se realizó un acto en la Biblioteca Nacional en el que se rindió homenaje a Jorge Abelardo Ramos con motivo de la donación de su biblioteca de Historia. En aquella oportunidad, entre otros oradores que recordaron al político y al pensador, su hija, la escritora y periodista Laura Ramos, leyó el siguiente texto.
Si me permiten, creo
que mi papá se hubiera muerto de risa en este
acto. Porque él, como el Scaramouche de Rafael
Sabattini, "nació con el don de la risa, y con
la sensación de que el mundo estaba chiflado. Y
ese fue todo su patrimonio".
Me parece que mi padre se hubiera muerto de risa con
toda esta pompa: él era capaz de hacer cosas
brutales con los libros. Partía un libro para
prestarle la mitad que ya había leído a
un amigo; regalaba o tiraba bibliotecas enteras,
cuando ya no le servían; polemizaba con los
autores desde los márgenes, con una pluma azul
y en su estilo furibundo y pasional, orlado de
irónicos signos de admiración.
Quiero decir que él tenía una
relación muy entrañable con los libros,
casi doméstica.
En una especie de principio zen creo que iba al fondo
del asunto, que despojaba a los libros de cualquier
categoría que lo apartara de una
relación intrínsecamente utilitaria con
ellos.
Creo que formaba parte de cierto tipo de determinado
desprecio que sentía por la
intelligentzia y el saber académico que
le hacía repetir el adagio de que él, en
vez de ser un hombre de letras, había preferido
escribir letras para los hombres.Y tenía
bibliotecas enormes que se iban renovando todo el
tiempo, un circuito de libros que compraba, regalaba y
perdía; eran bibliotecas circulantes en las que
sólo los clásicos
permanecían.
Quería hablarles de esos clásicos.
Allí permanecían Balzac, Dickens, el
Rojo y Negro de Stendhal en una edición que
él había traducido, Borges y "Los tres
mosqueteros" (y también "Veinte años
después" y "El vizconde Bragelone").
Y quería hablarle de los libros que me fue
regalando desde que aprendí a leer. De "Los
diez días que conmovieron al mundo" de John
Reed, un libro sobre la revolución rusa
bastante gordo para los nueve años de edad que
yo tenía en ese momento. (Creo que lo
decepcioné: me aburrió espantosamente y
lo dejé por "Mujercitas".) Con el siguiente
libro ya no se equivocó: fue "La escuela de las
hadas" de Conrado Nalé Roxlo. Nunca mas
volvió a equivocarse, excepto con los
volúmenes de poesía de Vallejo, que me
regaló varias veces. Él pobló mi
infancia con héroes heroicos. Me decía
que yo había sido amamantada con sopa de
letras.
Y no era una metáfora. Casi. La idea del
alimento bajo la forma de libros viene de cuando
vivíamos en Montevideo, en un barrio hermoso
llamado Malvín. Mi padre viajaba cada veinte o
treinta días de Buenos Aires a Montevideo en el
vapor de la carrera, con varias valijas cargadas de
libros. Eran libros editados por él mismo o
dados en consignación por un librero de la
calle Corrientes llamado Hernández, un tipo
sensacional al que mi hermano y yo debemos debemos,
por lo bajo, varios kilos de pan y fiambre
alemán, miles de bananas y cajas y cajas de
puré instantáneo.
De modo que mi padre traía estos cargamentos de
montones de libros: sólo restaba venderlos.
Hasta entonces, hasta ese momento en que
termináramos de venderlos, debían
esperar en algún sitio, pero nuestros padres no
contaban con local para guardar esos libros
temporariamente. Por entonces vivíamos en un
departamento de dos ambientes, frente a la playa. Era
un poco pequeño para nosotros, pero muy pronto
los dos ambientes dejaron de ser un problema, porque
empezaron a alzarse unas paredes divisorias hechas,
imagínense, de libros.
Así que teníamos el living y el comedor,
y cuantas más valijas cargadas de libros
llegaban, más bibliotecas, es decir, más
dormitorios o estudios se fueron alzando.
Las bibliotecas habían sido instaladas por
nuestros propios padres. Clavos en el piso, alambres
anudados. Una noche volvimos a casa un poco tarde y
nos encontramos con nuestro living, comedor y estudio
convertidos en un loft: se había venido abajo
una enorme biblioteca.
Muchos de esos libros que decoraban nuestro
departamento mientras aguardaban para darnos de comer
eran unos ejemplares de colores, muy finitos, de la
colección Coyoacán que había
fundado mi padre (había tomado el nombre de la
casa de Trotsky en México.) Con mi hermano
Víctor hacíamos juegos de memoria: uno
citaba el nombre de un libro y el otro tenía
que adivinar el color, el número de la
colección y el autor. "La cuestión
judía", decía él. Amarillo, 14,
Juan Bautista Alberdi, arriesgaba yo. No, perdiste, es
verde, 23, Carlos Marx, me decía él.
Fabi, nuestra mamá, los vendía a las
distribuidoras, a las librerías y, en las
épocas duras, también de puerta en
puerta. Pero mi hermano y yo no tenemos malos
recuerdos de esas épocas duras. Nos acordamos,
mas bien, de los fuegos artificiales que
tirábamos en la playa, de las tertulias de
música, poesía y cigarrillos, de la voz
de nuestro padre cantando, para despertarnos, La
Internacional.
Yo no sé por qué, pero quienes lo
conocieron van a entenderme porque ésa era su
cualidad, él nos hacía sentir que
éramos los millonarios numero uno del barrio de
Malvín. Y en realidad de eso era de lo que
quería hablarles.
Creo que mi padre tenía algunos rasgos de sus
personajes favoritos de la literatura. La
pasión, y la ambición, de Julián
Sorel y de Luciano de Rubempré, el optimismo a
toda prueba de Micabwer. Micabwer era un
entrañable personaje de Dickens que siempre
estaba a un paso de acometer una grandiosa empresa que
lo sacaría definitivamente de la miseria y lo
llevaría hasta la cima. Entretanto, gastaba a
cuenta. A Micabwer y a mi papá, los acreedores
los persiguieron toda la vida.
Sólo no tuvo deudas cuando era joven y
vivía con Fabi en La Farnesina, un palacio
italiano que cobijaba a los artistas argentinos en los
años cincuenta; dormían allí
mientras recorrían Roma en una motoneta con
side-car. Pero las deudas comenzaron a morderle los
pies al tiempo de las primeras luchas revolucionarias
y la edición de periódicos, la
impresión de libros y folletos y el alquiler de
oficinas para los grupos políticos. Por
entonces aparecieron los contratos apócrifos,
los falsos garantes y los avenegras truhanes. Cierta
vez unos acreedores contrataron a unos sujetos
vestidos con frac y galera con el propósito de
cobrarle una vieja cuenta. No fuimos a la
prisión por deudas, como Micabwer, porque
afortunadamente no vivíamos en el Londres del
siglo XIX.
Como David Séchard, otro personaje, pero de
Balzac, atesoraba la obsesión de tener una
imprenta. Me acuerdo de varias imprentas que iba
fundando, y fundiendo. Yo trabajé en todas: me
enseñó a corregir pruebas a los doce
años y me pagaba por pagina. Todavía me
debe algunas.
Llegó a tener, con Fabi, la Librería del
Mar Dulce, de la que Jauretche, su viejo amigo, era
parroquiano asiduo. El negocio no era muy
próspero, pero el cenáculo de amigos y
camaradas se reunió en su estrecho corredor a
charlar, fumar y tomar café casi todas las
noches, hasta que la bomba de un grupo derechista
incendió hasta el último libro.
Alquilaba locales para el partido con un entusiasmo
irrefrenable y contagioso. Aquí vamos a hacer
un palacio, decía, extendiendo los brazos sobre
los caños rotos de un cuartucho húmedo y
oscuro. Allí pondremos las máquinas
más modernas, y señalaba el paso furtivo
de un ratón por un agujero en el piso.
Él tenía el poder de convertir las
calabazas en carruajes cargados de joyas. Podemos
tener este salón veneciano por un alquiler
insignificante, decía.
Bueno, merced a esos alquileres insignificantes nos
embargaron varias veces. Y así yo pude obtener
muchísimo material para mis historias.
También hubo persistentes emprendimientos
agropecuarios, como la crianza de cerdos, un tambo y
un corto período de soja. Ninguno
resultó un éxito económico. Estoy
orgullosa de esos resultados. Un éxito de ese
orden sería políticamente sospechoso.
"Tengo lo suficiente para vivir el resto de mis
días. A condición de que me muera
mañana mismo", citaba a Groucho Marx. Pero el
no creía en la muerte. Él vivía
como un joven inmortal. Era muchísimo mas joven
que yo. Cuando tenía dinero era dispendioso
como un rey, como un bandolero generoso. Nombraba al
dinero, como Yrigoyen, "las patéticas
miserabilidades". ¿Tenés patéticas?, me
preguntaba en un susurro, llevando la mano a su
bolsillo, cuando yo lo iba a ver en medio de una
conferencia o una reunión política.
En simultáneo a las catástrofes
económicas surgieron las grandes realizaciones:
dirigió decenas de periódicos y
revistas, fundó varios movimientos y partidos y
editó a Manuel Ugarte y a muchos de los
ensayistas latinoamericanos que no encontraban editor.
Nunca dejó de hacer política. Mientras
eludía a los señores de la galera
viajaba por América Latina dando conferencias
en las universidades, tuvo una columna en el diario
"Democracia" que hizo temblar a los políticos
de derechas e izquierdas, y, durante largos
períodos, se dedicó a escribir y
repensar la historia de América Latina. Su
lucha continental fundó una corriente de
pensamiento que hizo un sesgo en el marxismo y
abarcó a toda la Patria Grande.
Cierta vez, cuando yo tenía 13 o 14
años, nos explicó a una amiga y a
mí el proceso revolucionario por el cual el
mundo marchaba inexorablemente hacia el socialismo.
Desgranó diáfanamente los procesos de
descomposición del capitalismo, del excedente y
la planificación, el problema de las
semicolonias, el proletariado y las clases medias, el
arribo del gobierno popular con hegemonía
obrera, la cibernética, el ocio creativo, la
realización de la Utopía. Era una
historia tan simple y tan bella. Quiero decirles que
él creía realmente en ella. Mi amiga y
yo nos fuimos con estrellas y planetas girando
alrededor de la cabeza.
En cierto modo el se reía de todo, y en
algún sentido se reía de su
condición de embajador, del protocolo y la
fastuosidad. Una noche, en México,
después de una recepción con unos
diplomáticos muy clasistas, de espíritu
pedestre, horteras, a los que escuchamos
silenciosamente desplegar su estupidez, nos quedamos
tentados de risa, nos quedamos riendo en el living de
la embajada hasta las tres de la mañana. Con
él podías reírte. Podías
zambullirte en la risa y dejarla crecer. Al llegar a
la embajada lo primero que hizo fue sacar los
gobelinos ingleses de las paredes y llenarlas de
tapices aztecas. Y nunca dejó de usar su poncho
salteño. Detestaba la TV, la estrechez de miras
de la pequeño burguesía y ciertas
convenciones burguesas. Él nadaba contra la
corriente. "Contre la courant", así se llamaba
un periódico trotskista europeo. Solía
decir: si nací zurdo, judío, pelirrojo y
usaba anteojos: ¿cómo no iba a ser
trotskista?.
Creo que en una especie de exorcismo del lujo cuando
volvió de México se fue a pasar el
invierno a una tierra que tenía en Colonia, en
un rancho de dos metros por dos con techo de chapa,
primus y una luz eléctrica, que, como
decía citando a un paisano, "es una
comodidad".
Fabi, que ahora está con él en el cielo
impío de los librepensadores, observaba que
cuando mi padre describía alguna nueva idea
encendía las luces de un gran teatro
victorioso: sonaban las trompetas en una
escenografía azul y oro, los bailarines
surcaban el aire envueltos en capas luminosas; cuando
él se retiraba de la escena las luces se
apagaban, las trompetas comenzaban a desafinar y los
bailarines se convertían en unos tipejos torpes
y opacos. Me parece que (citando a J.D.Salinger) desde
que él se retiró definitivamente de la
escena no conocí a nadie que pudiera encender
las luces en su lugar.
Me gustaría despedirme como en los funerales de
Nueva Orleáns, en los que los invitados se van
caminando despacio, bailando, tocando melodías
y cantando canciones. Creo que a mi viejo le
gustaría una despedida así.
LAURA RAMOS
BS.AS. 15 de noviembre de 1996
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