CAPITULO I
LA ESPAÑA CABALLERESCA
"Si Don Quijote atribuye a encantamiento
de la realidad la inconciliabilidad del mundo y de sus ideales y no puede
comprender la discrepancia de los órdenes subjetivo y objetivo de las cosas,
ello significa sólo que se ha dormido mientras que la historia universal
cambiaba".
Arnold Hauser
1. Orígenes del particularismo español.
La historia de España, en el último milenio, comprende dos grandes momentos.
Uno de ellos es el feroz combate, que se prolonga durante siete siglos, contra
la civilización árabe, incrustada en el territorio de la antigua Hispania
romana. El segundo, es el descubrimiento y colonización de América.
La caída de Granada, último bastión musulmán en suelo español, corona la
soberanía territorial de las Españas. Queda eliminado así el poder
político de los árabes, justamente en l492. En ese mismo año sorprendente,
tan solo nueve meses más tarde, el Almirante de la Mar Océano incorpora
América a la geografía mundial. Estos dos grandes acontecimientos se
producen bajo el reinado de Isabel y Fernando, los insignes monarcas de
Castilla y Aragón.
La pareja real encarna la hora más decisiva de la historia hispánica. Por
añadidura, el nombre de Isabel la Católica está profundamente vinculado a
la creación de la Nación Latinoamericana, como ya empieza a llamársela a
fines del siglo XX.
De tal suerte, la ansiada unidad política de España, que apenas era un
díscolo puñado de reyecías y baronías, había costado la sangre de
generaciones sin cuento. La constitución del Estado Nacional, aún débil y
aquejado de toda suerte de flaquezas, se había alcanzado, al fin, como fruto
de una guerra de religión.
Para lograr la plena soberanía española, se impuso hacerla bajo el signo de
la cruz. Esa poderosa inspiración forjó un ideal heroico, que perduró como
rasgo psicológico de los españoles a través de las edades, cuando ya todos
los héroes habían desaparecido. Tal grandioso objetivo, la unión de los
reinos con la fe, requirió un inmenso esfuerzo. Lo dicho permite explicar las
causas que transformaron a España en una sociedad militar, capaz de velar y
emplear sus armas durante setecientos años.
Esa interminable guerra nacional y religiosa, dejaría huellas profundas en la
sociedad española, en sus particularidades regionales, en sus lenguas y en su
estilo de vida. La historia de España, de alguna manera, nace en dicha
cruzada y se impregna hasta la médula de esta agotadora prueba. Bajo la luz
cruel de tal historia, nació la raza de hierro que descubrió, conquistó y
colonizó las Indias, así llamadas por Colón bajo la influencia arcaica de
los mapas de Ptolomeo.
El matrimonio de Isabel y Fernando constituía, a su vez, un paso más hacia
la unidad nacional de España: Castilla y Aragón, por los azares dinásticos,
constituían una diarquía. Reunían en la pareja real a reinos hasta entonces
separados . Como convenía a la marcha general de la historia europea y a los
progresos del capitalismo en Occidente (que no es lo mismo que decir a la
historia de América Latina), con los Reyes Católicos la monarquía feudal
esbozó su voluntad de marchar hacia una monarquía absoluta. En otras
palabras, a establecer la preeminencia de la monarquía sobre la insularidad
feudal de la nobleza, opuesta a la constitución de la Nación. Estos
particularismos y esta nobleza hundían sus raíces en la cruzada contra los
moros. De esas luchas España había heredado un encarnizado individualismo.
Ahí medraba un sistema de fueros, que cada ciudad o reino defendía
celosamente, tanto frente a la nobleza de espada, como ante las tentativas
reales de sujetar a los pequeños reinos a un poder centralizado.
Los reinados y baronías que componían la España del siglo XV, se habían
ido creando en la Reconquista contra los musulmanes, sobre cada pedazo de
tierra conquistada. Aquellos fragmentos étnicos que en el curso de los siglos
llegarían a constituirse en el pueblo español, libraron con los moros una
guerra de inigualable crueldad donde el derecho a la tierra y la fe jugaron el
papel principal. El historiador Oliveira Martins escribe:
"El movimiento de la Reconquista había empezado en Asturias de un modo
cabalmente bárbaro; fue un retroceso a la vida primitiva. Las partidas de
Pelayo no constituían un ejército ni se reunían en una corte; eran una
horda, y he aquí como un cronista árabe describe al Rómulo español y a sus
compañeros: 'Viven como fieras, nunca se lavan ni cambian de ropa, que
conservan hasta que de puro vieja se les cae a pedazos'. Y agrega Oliveira
Martins: La impresión que producirían a los árabes estos feroces y
bárbaros campeones, sería análoga a la que sufrieron, sin duda, los
galo-romanos refinados al ver a los salvajes compañeros de Atila" .
Pero ya en los siglos X y XI, se incorporarán a la lucha elementos de
civilización cristianas, nuevas técnicas de guerra, se esbozan los rasgos de
clases sociales más definidas y se perfila el ideal heroico. Esa lucha
secular, adquiere o parece adquirir un sentido. Se entiende entonces al Poema
del Cid y al Cid mismo, que prolongará por siglos en el alma española la
visión caballeresca de la vida. El Quijote será su reencarnación tardía y
burlesca. El Cid hablará de este modo:
"Embaracan los escudos delante los
corazones
abajan las lancas abuestos de los pendones;
idanlos a ferir de fuertes coracones.
Ferid los cavalleros por amor de Caridad;
Yo so Ruy Díaz, el Cid Campeador de Bivar".
Cada una de las reyecías católicas estaba
separada de las demás: se erigían sobre los más diversos accidentes y
relieves geográficos. La disgregación del latín medieval, entretanto, y el
aislamiento guerrero de los pueblos cristianos, facilitó la creación de
lenguas y dialectos regionales como el castellano, el portugués, el catalán
y el gallego, que permanecieron individualizados hasta hoy (caracterizados
hasta por notables y singularísimas literaturas), pese a la lenta y
progresiva influencia de la lengua castellana.
El triunfo general de esta última, traducía en la esfera idiomática la
hegemonía de la monarquía castellana sobre las restantes, que, por lo
demás, no retrocedían sin luchar. Así se formaron durante siglos, leyes y
costumbres populares, al tiempo que un estilo militar de existencia, donde la
nobleza adquirió privilegios nacidos de su papel en las guerras. Estas
prerrogativas marcaron toda la historia posterior de España. El poder real se
vio constantemente limitado por la resistencia armada de los dominios
señoriales.
"España se encontró en la época de la resurrección europea -escribe
Marx-, con que prevalecían costumbres de los godos y vándalos en el norte y
de los árabes en el sur" .
Al mosaico racial y cultural de España, debía agregarse la presencia de los
judíos. Poderoso grupo étnico-religioso, este pueblo-clase, según la
definición de Abraham León, era actor dominante en la ciudad medieval, donde
florecía el capital comercial. Análogamente, los árabes constituían la
porción más laboriosa y técnicamente eficaz de su economía agrícola. Esa
"aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a
la cabeza" , encontró la primera posibilidad de marchar hacia una unidad
nacional gracias al poder central que comienzan a encarnar los Reyes
Católicos. La misma monarquía expresaba claramente el precario carácter de
esa unidad: mientras que en la Castilla de Isabel predominaban los intereses
señoriales, en el Aragón y Cataluña de Fernando prosperaba la burguesía de
los puertos marítimos, vinculados al comercio con Europa y Oriente. Así, en
su propio seno, la monarquía que buscaba la organización de una sola
nación, asumía simbólicamente un carácter bifronte. Las dos Españas se
enlazaban y disputaban con Isabel y Fernando.
2. La nobleza enfrenta a la monarquía
nacional.
La oposición de la nobleza castellana a la unidad de España, se había
manifestado de manera inequívoca al difundirse la noticia de que la heredera
del trono de Castilla, Isabel, contraería enlace con Fernando, heredero del
trono de Aragón. La furia de Enrique el Impotente, rey castellano y hermano
de Isabel, no tuvo límites.
Los cortesanos, expertos intrigantes de Corte, sugieren al oído del Rey la
idea de aprisionar a Isabel. Al mismo tiempo, la infanta demostraría su
inteligencia política, luego proverbial, al decidirse, entre todos los
pretendientes, por la persona de Fernando. Así podrían unirse las dos
Coronas, incluída la poderosa Cataluña, asegurando, quizás, de modo
decisivo, la unidad de las Españas.
La conspiración de los feudales estaba en marcha; había que actuar
rápidamente. Ante el peligro inminente que las tropas de su hermano el Rey
puedan aprisionar a Isabel, el Arzobispo Alonso Carrillo de Acuña, consejero
de la infanta, rescata a la futura Reina de su Castillo de Madrigal de las
Altas Torres. Protegida por 300 lanzas, Isabel huye de su castillo, escoltada
hasta Valladolid. Desde allí, el Arzobispo convoca urgentemente a Fernando de
Aragón. Es preciso celebrar la boda de inmediato. Los peligros que acechan a
los futuros contrayentes son enormes. La levantisca nobleza se opone a todo
poder centralizado que pueda recortar sus privilegios. Los Grandes de España,
en su aturdida soberbia, y por el goce del verdadero poder alcanzado,
consideraban al Rey, antes de Isabel y Fernando, "primum inter
pares". Hasta el rey de Francia, Luis XI, observaba con alarma el futuro
gran poder español, que podría nacer de la unión de Castilla y Aragón. Por
cierto que, a su vez, poderosos intereses aragoneses trabajaban dentro de la
nobleza castellana en favor del matrimonio, o sea de la unión de ambas
coronas. Escribe Elliott: "Parece ser también que poderosas familias
judías de Castilla y Aragón deseaban consolidar la vacilante posición de la
judería castellana y trabajaban por el matrimonio de Isabel con un Príncipe
que había heredado sangre judía, a través de su madre" .
El matrimonio, dictado por razones de Estado, adquiere, por imperio de las
circunstancias, un sesgo romántico: disfrazado de arriero, el Príncipe
Fernando avanza lentamente por la meseta castellana, conduciendo las mulas que
ocultan las insignias de su rango, mezclado a una caravana de comerciantes.
Viajan de noche, por caminos poco transitados. Al llegar a las murallas del
burgo de Osma, "no es reconocido y por poco lo matan si no se da a
conocer" .
Los novios no se habían visto nunca. Isabel sólo contaba l8 años; Fernando
tenía uno menos. Parece que la muy juvenil infanta, y ya mujer de Estado,
experimentó un flechazo, al contemplar por primera vez a Fernando. Dice un
historiador, que los ojos de Isabel se miraron en los "bellos, grandes,
rasgados y rientes" de Fernando.
El matrimonio, tan azaroso, y tan rodeado de acechanzas y confusas pasiones,
seguramente no sólo de pasiones políticas, se celebró el l8 de octubre de
l469, bendecido por el Arzobispo de Toledo. El pueblo de Valladolid bailó en
las calles durante una semana. Amor a primera vista aparte, la naturaleza
política de esta unión conyugal resulta evidente. Fernando de Aragón acepta
sin chistar las condiciones del contrato matrimonial que le impone el círculo
castellano de Isabel. Como la perspectiva de llegar al trono no era dudosa,
escribe un historiador:
"Fernando se comprometía a respetar las leyes y costumbres de Castilla,
a residir con la infanta y a no abandonarla sin su consentimiento y a no hacer
nombramientos militares o civiles sin contar con su aprobación. Igualmente
dejaba en manos de la infanta los nombramientos de beneficios eclesiásticos y
se comprometía a no enajenar las propiedades de la Corona, todo lo cual
aludía directamente a la futura situación y jerarquía de Isabel de
Castilla" .
Asimismo, Fernando juró continuar la Cruzada contra los moros. Consintió,
por añadidura, en que si Isabel sucediera a su hermano Enrique IV el
Impotente en el reino, "Don Fernando ostentaría el título de Rey como
una cortesía de su esposa" .
Muy otras cortesías debería brindar la gran Isabel a su marido. Ya monarca,
Fernando de Aragón despertaría frecuentes celos de la Reina por sus
irresistibles galanteos a no pocas damas de la Corte. A lo largo del reinado
de la célebre pareja, tales galanteos tuvieron felices consecuencias. Isabel
la Católica, cuando los benditos niños nacidos fuera de los lechos reales,
resultaban ser niñas, las introducía, a su debido tiempo, en un convento, en
el mayor de los secretos. En cuanto a un hijo natural, Don Alfonso, habido con
Doña Aldonza Iborra de Alamán, resuelta dama que solía acompañar en
público al Principe Fernando vestida de hombre, el más tarde Rey (y amoroso
padre) lo designó Arzobispo de Zaragoza a la tierna edad de l0 años.
Si dejamos de lado tales intimidades conyugales, conviene echar una mirada al
estado político de los reinos españoles al día siguiente de la resonante
boda.
Conviene tener presente que Isabel, al preferir a Fernando, había desdeñado
al Rey de Portugal. Alfonso V, el monarca portugués, era un viudo otoñal,
incomparable con el seductor adolescente aragonés. Lo que era políticamente
más decisivo: su enlace con Isabel suponía una arriesgada postergación o
abandono de la unión entre los dos reinos más poderosos de España.
Rechazado por la infanta, Alfonso V, volvió sus ojos hacia Juana, hija del
rey Enrique el Impotente. La opinión pública, siempre piadosa, ponía en
duda la paternidad del rey, cuya discutida virilidad clamaba al cielo. Por esa
causa, se llamaba a la Princesa Juana, la Beltraneja, apellido de un atractivo
cortesano, Beltrán de la Cueva, privado del rey. La pasion dinástica en la
disputa sucesoria inventó otro apodo para la Beltraneja: algunos se referían
a ella como "la hija de la Reina".
La posibilidad de un matrimonio entre ambos, permitió establecer una alianza
entre Portugal y el partido de la hija del Rey Enrique IV.
El fallecimiento de este último, el 11 de diciembre de 1474, desencadenó una
guerra civil. Isabel se proclamó reina de Castilla; la Beltraneja, por su
lado, hizo lo propio algunos meses después. Con la ayuda de los Grandes de
Castilla y las tropas portuguesas, Juana reclamó el trono castellano. Se hizo
inevitable un enfrentamiento armado. En esa ocasión Fernando recibió un
apoyo capital de los expertos militares de Cataluña. El partido de la nobleza
castellana, en definitiva, resultó vencido.
Al fallecer, en ese mismo año de 1479 Juan II, rey de Aragón, Fernando ciñe
la corona de su padre.Y de este modo, Isabel y Fernando unen, al fin, los dos
grandes reinos. No era poca cosa, en la marcha hacia la unidad nacional de las
Españas.
Ahora bien, ¿quién era y cómo era Isabel la Católica ?
Hernando del Pulgar, un intelectual converso o "marrano", secretario
real y diplomático, autor del libro Claros varones de Castilla, recordó a la
joven reina en estos términos: "Era de mediana estatura, bien compuesta
en su persona y en la proporción de sus miembros, muy blanca e rubia; los
ojos entre verdes y azules, el mirar gracioso y honesto, las facciones del
rostro bien puestas, la cara muy fermosa e alegre"
El mismo cronista anota otras dos observaciones significativas: "Amaba
mucho al Rey su marido e celábale fuera de toda medida... Era mujer muy aguda
y discreta... fablaba muy bien y era de tan excelente ingenio, que en común
de tantos e tan arduos negocios como tenía en la gobernación de sus Reynos,
se dió el trabajo de aprender las letras latinas, e alcanzó en tiempo de un
año saber en ellas tanto que entendía cualquier fabla e escritura
latina".
Contaba la biblioteca privada de la Reina Isabel con 25O volúmenes, cantidad
muy considerable para la época (y para cualquier época, en particular para
la nuestra). No sólo la Reina leía los libros de santos, o las obras de San
Agustín, así como los textos bíblicos, sino que en su biblioteca se
encontraban obras de historia y libros de derecho civil y eclesiástico. Un
ejemplo notable son las Partidas -una especie de enciclopedia jurídica del
siglo XIII que inspiró Alfonso X de Castilla. Si curioso resulta encontrar en
la biblioteca personal de Isabel los grandes autores antiguos, como Tito
Livio, Plutarco y Virgilio, todavía mas sugerente y punzante aparece el
atrevido y sensual Renacimiento con la presencia de un libro de Bocaccio. El
ruborizado biógrafo de la Reina Católica omite informarnos sobre su título.
Isabel también pudo deleitarse con el Arcipreste de Hita -Juan Ruiz- , cuyos
osados poemas amorosos corren parejos con su ácida crítica a las costumbres
de la época. En fin, recorrer el catálogo de la Reina, en el que no faltan
tratados de medicina y hasta de astrología, permite asomarse a la cultura
intelectual y artística de esta mujer singular que España dió al mundo en
la hora de su unidad nacional .
La gran Reina había nacido en 1451, casi con la invención de la imprenta. A
Isabel se debe, precisamente, la incorporación a España de numerosos
talleres de impresión, algunos de gran calidad tipográfica, como los
importados del centro de Europa y de Venecia, destinados significativamente a
imprimir las Partidas .
Fue la Mecenas de su tiempo, protectora de humanistas como el siciliano
Marineo Sículo, traído a España en 1484, y de Pedro Mártir de Anglería,
natural de Milán, llegado a Castilla en 1487. Sacerdote mundano, humanista y
letrado favorito de la corte vaticana, Mártir de Anglería será el apuntador
vivaz y curioso de todas las maravillosas novedades que los navegantes,
aventureros y exploradores de América traen a la corte de Isabel. Es el
primer historiador del descubrimiento y creador de la feliz expresión del
" Orbe Novo". Designado cronista de Indias por Isabel la Católica,
redacta las Décadas del Nuevo Mundo, en las que describe las "cosas
nuevas"de América. En una carta al Conde de Borromeo, escrita el l4 de
mayo de 1493 desde Barcelona, Pedro Mártir de Anglería comenta a su amigo,
como de paso, lo siguiente:
"Ha vuelto de los antípodas occidentales cierto Cristóbal Colón, de la
Liguria, que apenas consiguió de mis reyes tres naves para ese viaje, porque
juzgaban fabulosas las cosas que decía. Ha regresado trayendo muestras de
muchas cosas preciosas, pero principalmente oro, que crían naturalmente
aquellas regiones" .
El sibarítico prelado (el Pontífice, devotísimo lector de sus frecuentes
cartas con novedades de Indias, lo designa Abad de Jamaica, isla paradisíaca
que no visitará jamás) siempre se cuida de estar cerca del poder. Así,
asiste a la toma de Granada y frecuenta a Cristóbal Colón. Con total
desenvoltura y naturalidad, despojada de énfasis, narra las curiosidades de
las gentes, la flora y la fauna de Indias, recogidas de primera fuente, que
despertarán la estupefacción de toda Europa .
Pues bien, es en ese año simbólico de l492, que el gran humanista Elio
Antonio de Nebrija publica su Gramática castellana. La ofrece a Isabel la
Católica como una demostración de que la lengua es el Imperio. Interrogado
por la Reina respecto a la utilidad práctica de una gramática castellana,
Nebrija le responde:
"Despues que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos
bárbaros e naciones de peregrinas lenguas, e con el vencimiento aquellos
tenían necesidad de recibir las leyes quel vencedor pone al vencido, e con
ellas nuestra lengua; entonces por esta mi Arte podrían venir en el
conocimiento della, como agora nosotros deprendemos el arte de la gramática
latina para deprender el latín". En suma, lengua e Imperio .
A fin de que el lector perciba la gravitación castellana en la inminente
aventura americana, se tendrá en cuenta que Castilla abrazaba los dos tercios
del territorio total de la Península Ibérica, o sea unos 350.000 kilómetros
cuadrados. Contaba con una población aproximada de 7 millones de habitantes,
(cifra controvertida por muchos historiadores). Después de l492, incluyendo a
Granada, ejercía su soberanía sobre León, Galicia, Asturias, el País
Vasco, Extremadura y Murcia, además de los reinos de Sevilla, Córdoba y
Jaén.
Por su parte, el reino de Aragón contaba con 110.000 kilómetros cuadrados,
incluída Mallorca, con 1 millón de habitantes aproximadamente.
Quedaban fuera de la unión, Navarra (que será incorporada por Fernando
después de la muerte de Isabel) con 10.000 kilómetros cuadrados y,
finalmente, Portugal, con unos 90.000 kilómetros cuadrados .
Resultaba abrumadora la preponderancia de Castilla respecto a los otros reinos
y baronías españolas. Esto explica el papel de Isabel en la pareja real, por
lo menos al principio, y luego, el rol decisivo de los castellanos en el
descubrimiento y conquista de América.
Aunque unidos en las personas de sus monarcas, en ambos reinos permanecían
inalterables las instituciones administrativas, los fueros y las clases
sociales. Ni los esfuerzos enérgicos de Isabel podían barrer con las
costumbres y prerrogativas heredadas de la España medioeval.
En Castilla, aunque en voz baja, Fernando era llamado "el
catalanote". Y lo era, sin duda, como lo atestigua su biblioteca personal
y la formación recibida en sus años mozos .
Pues Cataluña, con sus judíos, cartógrafos, burgueses, humanistas y
artesanos, era la provincia capitalista por excelencia en la tradición
española , el núcleo social dinámico de la Península.
Vencida la resistencia nobiliaria por el nuevo poder monárquico, todo
parecía indicar que los castillos destruídos, las tierras señoriales
confiscadas y la creación de un ejército nacional, iniciarían triunfalmente
el período absolutista, cuya misión histórica debía poner término a la
resistencia feudal.
Isabel jugó un papel decisivo en esta unidad. Plena de juventud y resolución
ardiente, estableció la autoridad de la Corona sobre las órdenes
militares-religiosas. Herencia de la Edad Media, constituian un poderoso
bastión político y económico de la nobleza castellana. Entre ellas se
destacaba la Orden de Santiago, que mantenía bajo su control hasta un millón
de vasallos. Prácticamente se había erigido como un Estado dentro del
Estado.
Cuando la Orden, en manos de unos pocos grandes senõres, se disponía a
elegir en l476 el reemplazante del gran maestre, con motivo del fallecimiento
del anterior titular, llegó la noticia a Valladolid:
"Isabel, con su audacia característica, tomó un caballo y salió hacia
el convento de Uclés, donde los dignatarios de la Orden se disponían a
elegir un sucesor. Después de tres días de duro galopar, llegó al convento
justo a tiempo de ordenar que los preparativos fuesen suspendidos y que el
cargo fuese concedido a su marido" .
Empleó la misma energía para terminar con otras órdenes, tan arrogantes
como vetustas, las de Calatrava y Alcántara, por ejemplo . Las Ordenes
militares tenían detrás de sí, en la agotadora guerra de Reconquista contra
la ocupación musulmana, un grande y heroico pasado; pero como siempre ocurre
en la gran aventura humana, los antiguos héroes se habían vuelto
anacrónicos.
Cabe añadir que al terminar la guerra de Sucesión, bien afirmada la pareja
real en el trono, se imponía establecer el orden en toda España, asolada por
el bandidaje más feroz. Los caminos y la seguridad de las aldeas se habían
convertido en el dominio de bandas de incontrolables forajidos, entre los que
figuraban no pocos hijosdalgos. De hecho, los malhechores habían establecido
una anarquía agobiante y sembrado una intranquilidad general. Los Reyes
Católicos, tampoco vacilaron en este caso. La Corona organizó una vieja
institución, ya olvidada: las Hermandades, milicias encargadas del orden
público. Se llamó La Santa Hermandad. Financiada por las ciudades, derogó
de hecho el antiguo privilegio de la nobleza de que los guardias del Rey no
podían ejercer justicia ni penetrar en los dominios señoriales. La Santa
Hermandad actuó directamente contra los nobles pendencieros y espadachines
múltiples que alborotaban con sus reyertas ciudades y aldeas. Tales
incidentes sangrientos, frecuentemente motivados por cuestiones de procedencia
o por la investigación puntillosa del honor recíproco, para no hablar de las
frecuentes rebeldías nobiliarias contra el poder central, habían
desencadenado la proliferación de un bandidaje general en todo el Reino.
Isabel actuaba directamente con la fuerza así creada. Las normas fueron de
dureza ejemplar. Así, por ejemplo, el robo de 5OO a 5.OOO maravedíes era
castigado con la amputación de un pie. Otros delitos, con la pérdida de la
nariz o de una mano. Los casos más graves, con la confiscación de bienes o
la pena de muerte.
Los pueblos de España respiraron con alivio: apreciaron en su valor la
acción de una Reina que ponía en su sitio a los arrogantes matamoros y a su
secuela de bandidos. En el orden de la política económica y ante la
inquietud y disgusto de la parásita nobleza militar, Isabel y Fernando
protegen desde 1484 a la industria manufacturera. No vacilan en otorgar
facilidades a obreros italianos y flamencos. Además, los eximen de impuestos
durante diez años, para estimular su radicación en España y apliquen en
ella sus artes mecánicas.
Tradicionales industrias españolas son revividas: las armas de Toledo, las
papelerías y sedas de Jaén y los cueros de Córdoba, conocen una época de
prosperidad. Durante dos años se prohíbe la importación de paños en el
reino de Murcia y los hilados de seda napolitanos en el reino de Granada. En
Barcelona recobran su impulso las industrias, en Zaragoza trabajan 16.000
telares. En Ocaña florecen las jabonerías y sus célebres guanterías .
Andalucía era una huerta espléndida, creación exclusiva de los árabes, que
con su laboriosidad e ingenio, habían establecido un notable sistema de
riego. La pragmática de 1496 tendiente a unificar en todo el reino las pesas
y medidas, en un país donde el ocio era dignificado y el trabajo envilecía,
muestra bien a las claras la tendencia de los Reyes Católicos a transformar
la España medieval y someter a los nobles ociosos.
3. El vuelco de la historia: l492.
Pocas veces la infatigable Clío resultó tan fecunda en prodigar
acontecimientos asombrosos como en en ese gran año de 1492. Enumeremos los
hechos: en dicho año cae la Granada musulmana y se concluye la Reconquista
española del suelo peninsular; se expulsa a la minoría judía; el humanista
Antonio de Nebrija publica su "Gramatica Castellana" y la presenta a
la Reina Isabel; y, en fin, se descubren las tierras del Nuevo Mundo.
Conviene, a los fines del relato, describir la primera escena que tiene lugar
en Granada. España es, en ese año, el teatro central de la historia del
mundo.
Entre las aclamaciones de una colorida multitud, rodeados de banderas y
estandartes, estremecido el aire por chispeantes clarines, avanzaron a
caballo, por las calles de Granada, la bellísima y clara ciudad morisca, los
juveniles Reyes de España. Era el 5 de enero de 1492. Las espléndidas
mezquitas del Islam se elevaban en el horizonte como marco oriental de la
victoriosa cristiandad.
El propio Rey moro, Boabdil, debilitado por reyertas familiares, que
facilitaron al hábil Rey Fernando las negociaciones preliminares de la
rendición, entregó las llaves de la Alhambra a los Reyes Católicos .
Momentos después, las insignias españolas, la Cruz y el estandarte real,
subían a las altas torres de Granada. Con ese acto, concluía la guerra de
Reconquista. La invasión árabe de la península, iniciada hacía 7 siglos,
había concluído .
Pocas semanas más tarde, el 3 de marzo de 1492, los reyes católicos firmaban
un decreto de expulsión de los judíos. El decreto se hizo público el 29 de
abril del mismo año. Su texto era muy claro. Se otorgaba un plazo de cuatro
meses a los devotos de la fe mosaica para abrazar la fe católica o para
"vender su hacienda y salir para siempre del territorio español, bajo
pena de confiscación de sus bienes" .
Después de la disolución del Imperio romano, los judíos llegaron a España
y se consagraron a la artesanía, al comercio y a las finanzas. Al parecer,
gozaron de la tolerancia de los reyes visigodos y se convirtieron en banqueros
de los sucesivos dueños del poder peninsular. A pesar de la protección de
los príncipes y monarcas, siempre necesitados de préstamos, los judíos
despertaron el odio popular por la actividad de no pocos de ellos como
recaudadores de impuestos, "agentes fiscales de la nobleza" o
prestamistas .
Aunque su papel económico en España era muy considerable, no lo era menos en
la esfera del arte y de la ciencia, así como, particularmente, en la
práctica de la medicina. No debe olvidarse que las leyes medievales
establecían la prohibición de los matrimonios mixtos. Asimismo, las Partidas
negaban a los judíos "yacer con cristianas ni tener siervos
bautizados". En la práctica, no obstante, muchos judíos se habían
convertido al cristianismo, y hasta se habían integrado a la sociedad
española como eclesiásticos, miembros de la aristocracia cortesana o
administradores del Reino. Más aún, habían contraído eficaces matrimonios
con familias aristocráticas, aunque arruinadas, cuyos "infanzones
tronados" no tenían a menos casarse con hermosas judías ricas. Y así
se "doraban los blasones".
A tales miembros de la comunidad judía se los conocía como conversos o
"marranos". Pero las sospechas de la Inquisición, feroz guardiana
de la fe, en un mundo peligroso para el catolicismo, no descansaba nunca. La
unidad político-militar-dinástica, obtenida por Isabel y Fernando, se
revelaba demasiado frágil en una sociedad rebajada por múltiples conflictos
y tendencias hacia la desintegración: la nobleza conspirativa, la minoría
musulmana, la minoría judía, los pequeños reinos aún no sometidos a la
autoridad central, la rivalidad con Francia, la cercana lanza del Imperio
Otomano, dominante en el Cercano Oriente, desde la caída de Constantinopla, y
cuya sombra amenazante llegaba hasta el Mediterráneo. Isabel vaciló durante
años ante el rigor de esta medida. Su propio marido, Fernando, tenía sangre
judía. El Tesorero de la Santa Hermandad, Abraham Senior, era judío
practicante. No obstante, en el curso de los décadas anteriores habían
tenido lugar violentas explosiones populares de carácter antisemita,
frecuentemente de carácter sangriento. Según los tradicionalistas
españoles, esta discriminación carecía de tinte racista, sino que era
esencialmente religiosa.
Se acusaba a sectores de la comunidad judía, convertidos bajo presión al
cristianismo, de practicar en secreto su antigua fe. El decreto de expulsión
conmovió a España e influyó en su historia posterior. Hasta muchos
conversos, ante la medida, decidieron emigrar con sus capitales y la mayor
parte de los judíos españoles hicieron lo propio. Los investigadores son muy
prudentes en la evaluación del número real de expulsados. La estadística
(más bien asimilable al arte que a la ciencia) justifica esa plausible
actitud. Si nadie puede sensatamente fiarse de las estadísticas
contemporáneas, mucho menos podría depositar gran confianza en las de hace
500 años. De todos modos, se estima en 120.000 los judíos que abandonaron
España a raíz del decreto. Otros autores calculan más de 200.000 judíos
expulsados. Los daños ocasionados a la economía española fueron enormes. Al
recibir en su reino a numerosos judios expulsados de España, el Sultán
otomano Bayaceto dijo: "Este que llamais rey político, que empobrece su
tierra y enriquece la nuestra !" .
En cuanto a los árabes españoles, el proceso de su expulsión fue más
complejo. Numerosos dignatarios españoles, entre ellos Hernando de Talavera,
primer Arzobispo de la Granada cristiana, profesaba una gran admiración por
la civilización musulmana y sus obras de caridad. Era partidario de una
asimilación gradual, en la cual los árabes adoptarían voluntariamente la fe
cristiana y los cristianos incorporarían a su vida social instituciones
caritativas creadas por los musulmanes. Pese a todo, el temor de la monarquía
castellana-aragonesa ante el poder social, económico y religioso de los
musulmanes radicados por siglos en el Sur de España, los decidió, despues de
muchas vacilaciones, a decretar la expulsión de los moros, en febrero de
1502.
El 12 de octubre de 1492, el ligur Cristóbal Colón descubre a Europa la
existencia de un Orbis Novo.
No sólo fue el eclipse de la tradición tolomeica y el fin de la geografía
medieval. Hubo algo más. Ese día nació la América Latina y con ella se
gestaría un gran pueblo nuevo, fundado en la fusión con las culturas
antiguas. Fuera el Descubrimiento de América, o doble Descubrimiento o
Encuentro de dos Mundos, o genocidio, según los gustos, y sobre todo, según
los intereses, no siempre claros, la proeza colombina parece brindar a
España, por un momento, la posibilidad de consolidar la nación y dotarla de
una formidable acumulación de capital.
Errabunda, inesperada, sombría y deslumbrante a la vez, como siempre, la
historia ofrecería a los ojos hipnotizados de la España medieval la tierra
prometida, desbordante de dicha. Pero apenas entrevista, América, como una
maligna Circe, precipitaría a la gran nacion descubridora, casi
inmediatamente, a una inexorable declinación.
Fernando el aragonés, por otra parte, había atacado la clásica autonomía
de las ciudades españolas para moderar el poder creciente de la burguesía.
Entre la Edad Media y la Edad Moderna, la pareja real encarnaba en sí misma
la contradicción viva de dos épocas .
En la lucha simultánea contra la nobleza y la burguesía de las ciudades, el
absolutismo naciente de los Reyes Católicos encontró un aliado poderoso, al
que debió pagar, sin embargo, un tributo: la Iglesia Católica. Los monarcas
no podían unificar a España en nombre del capitalismo, ni de la Nación, ni
del pueblo. Pero la unificación reclamada por la historia de ese siglo y de
cuya consumación, en caso de realizarse, sólo podrían beneficiarse, ante
todo, las clases modernas en formación, era también una exigencia íntima de
la monarquía. Si quería elevarse por la gracia de Dios hacia el poder
genuino, éste debía ser absoluto. En tal carácter, debía chocar contra el
particularismo, los derechos personales y territoriales de la nobleza voraz.
De este modo, las necesidades de la monarquía se combinaban con las
aspiraciones de la Nación, que en esa época sólo podía alcanzar su unidad
mediante el poder personal.
Para lograrlo, sin embargo, Isabel y Fernando debían enfrentar un complejo
universo de clases, castas, razas, nacionalidades y religiones, que eran la
herencia de siete siglos de sangrienta historia. Sólo cabía en ese momento
un método de unificación, la unificación religiosa.
La expulsión de los musulmanes y judíos demostró que la unidad de España
se realizaba ante todo en el plano espiritual, aunque debiera sufrir, como
efectivamente sufrió, un grave daño en su desarrollo económico y social. Si
se expulsó a moros y judíos, no se eliminó a la nobleza ni se establecieron
realmente las condiciones para un desenvolvimiento de la producción
capitalista, único cimiento, en dicho período, de la unidad nacional. Al
reducir la unidad española a la pura unidad religiosa, los reyes dejaron en
pie los factores internos del particularismo feudal.
Como la historia inminente habría de probar, estos factores empujaron al
Imperio español, desde su posición excepcional en la historia del mundo,
hasta una trágica decadencia. La unidad consumada con la ayuda de la
Inquisición, caracteriza el absolutismo real de los Reyes Católicos como un
absolutismo religioso que multiplicará todos los problemas que pretendía
resolver. Pero como la historia es lo que realmente es, y es todo lo contrario
de la Ucronía, forzoso resulta concluir que la unidad religiosa, aún con los
métodos crueles que se adoptaron para realizarla, echó los cimientos de la
unidad nacional de España.
4. La casa de los Austria en el trono
español.
Los dos factores que conducirán a la paradójica decadencia española se
producen simultáneamente y desencadenan efectos devastadores. El primero de
ellos es el inverosímil descubrimiento que los europeos llamarán América.
El ascenso al trono de España de Carlos I, hijo de Juana La Loca y de Felipe
el Hermoso, es el segundo. Su madre demente, era hija de Fernando el
Católico. La gran Reina Isabel, resuelta heroína de una excepcional epoca
histórica, había muerto. El padre imbécil, pertenecía a la dinastía de
los Habsburgo.
Carlos de Gante, el muy joven heredero del trono, nieto de la gran Reina
Isabel, muerta en 1503, había nacido en Flandes. Se educó como flamenco.
Ignoraba la lengua castellana. Se había formado en la idea del Imperio
Católico Universal, inspirado por su abuelo, el Emperador Maximiliano. Al
morir sus abuelos españoles, el joven de 16 años, con su arrogante belfo
húmedo, pisó el suelo español con el nombre de Carlos I.
Llegó a España rodeado de una banda rapaz de favoritos flamencos y
borgoñones, de uñas largas y afilados dientes. Detrás. mezclados con los
soldados alemanes, marchaban confundidos en su séquito, prestamistas y
usureros germánicos, los banqueros Fugger y Welser, de Augsburgo. Quince
años más tarde moría su abuelo, el Emperador Maximiliano. Carlos, después
de sangrar las rentas de España y enajenar a los usureros el oro proveniente
de América, pudo comprar los votos de los Príncipes Electores de Alemania.
De este modo, asumió el título de Emperador de Alemania y rey de España
bajo el nombre de Carlos V .
Se postulaba así la tesis de un Imperio católico universal, dentro del cual
España era un reino secundario, aunque productivo. Pues del fabuloso
descubrimiento de América y de la sangre de sus indígenas, provenían los
metales preciosos para alimentar las guerras religiosas de Carlos V,
fortalecer la estructura feudal europea en disolución y forrar los bolsillos
de la banda flamenca. El rey extranjero de España se convertía en un
Emperador que gobernaba varios Estados italianos y alemanes, además de
Flandes y las Indias. En apariencia, era el mayor poder mundial, un nuevo
Carlomagno.
La nobleza castellana veía en Carlos V a su salvador, dispensador de sueldos
y prebendas, a las que no había sido muy afecto el prudente Fernando. La idea
de la "unidad cristiana universal" era mucho más satisfactoria al
particularismo feudal que la idea de la "unidad nacional" española.
¡Esto era fácil de comprender!. Pero el pueblo español recibió al flamenco
con una piedra en cada mano. Las Cortes comenzaron por negarle fondos,
siguieron por rogarle que aprendiera el castellano "a fin de que Vuestra
Majestad comprenda mejor a sus súbditos y sea mejor comprendido de
ellos", continuaron por que respetase las leyes del reino y concluyeron
pidiéndole que no otorgase cargos a los extranjeros.
Pero el Emperador universal, juguete en manos de los avariciosos flamencos,
atropelló los fueros municipales e ignoró las tradiciones españolas.
Nombró arzobispo de Toledo al sobrino de su favorito de Chevres, que ni
siquiera se dignó viajar a España para hacerse cargo de su apetitosa
diócesis. Los restantes cargos de la Corte fueron distribuídos entre los
flamencos importados. Los tributos excesivos, para colmo, concluyeron por
desencadenar un vasto movimiento de insurrección popular en 1520, conocido
como el levantamiento de los Comuneros de Castilla. Encabezados por un noble,
Juan de Padilla, el movimiento se dividió entre los elementos plebeyos y la
pequeña nobleza y fue derrotado.
"Con las cabezas de los conspiradores desaparecieron las viejas
libertades de España . Era la postrera rebelión de las ciudades burguesas
contra la putrefacción feudal, extranjera por añadidura. Simultáneamente,
se levantaban las Hermandades de Valencia, compuestas por artesanos. Fueron a
su vez vencidas y exterminadas sin piedad por el cristiano Emperador del
mundo. Pudo así reinar sobre una España desangrada, exprimir a las Indias,
guerrear con Francia y presenciar la agonía de la sociedad española, nunca
más grande que durante su funesto reinado y nunca más miserable.
5. La influencia de las Indias en España.
Con la caída de Constantinopla en manos musulmanas en 1453, la burguesía
marítima de Cataluña veía cerradas las puertas para el desarrollo del
comercio con Oriente. La búsqueda de un camino hacia el Asia era el resultado
no sólo de esta necesidad española, sino de la creciente exigencia de
metales preciosos y de una expansión del comercio mundial que se evidencia a
fines del siglo XV. Las formas capitalistas de producción se abrían paso
irresistiblemente. El descubrimiento de América se inserta en ese ciclo de
aventuras geográficas de la época. El teatro marítimo de la historia se
traslada al Atlántico. En la ciudad medieval europea se había engendrado una
sociedad nueva:
"En todos los Estados el orgullo crece cada vez más. Los burgueses de
las ciudades quieren vestirse a la manera de los gentilhombres, los
gentilhombres tan suntuosamente como los príncipes. El labrador quiere hacer
de su hijo un burgués. Todo obrero quiere comer carne, como los ricos" .
Una amplitud sin precedentes adquiere la circulación del dinero, el empleo de
la letra de cambio, la fundación de bancos, el intercambio de productos
industriales diversos, las relaciones comerciales. Es el Renacimiento, que se
expresará en todas partes, desde el interior de la sociedad europea, a
diferencia de España donde se manifiesta desde el exterior, con el
descubrimiento de América.
A la dinámica capitalista de la economía europea, correspondía a fines del
siglo XV una exigencia mayor de los medios de pago, al mismo tiempo que un
relativo agotamiento de los metales preciosos. El oro y la plata se acumulaban
en las grandes iglesias y catedrales, en los joyeros de la nobleza, en manos
de los prestamistas y sobre todo, en el fondo del Oriente hacia donde se
escurrían a cambio de lespecias raras o de productos exquisitos.
A comienzos del siglo XVI el oro y la plata del Nuevo Mundo inundan Europa. Es
una conmoción que conduce a la revolución de los precios y que trastorna la
economía europea. España saquea, en primer lugar, el oro acumulado a lo
largo de siglos en los palacios incaicos y aztecas. En los primeros años de
la conquista atraviesan el Atlántico 200 toneladas de oro . Luego de la
rapiña inicial, el descubrimiento, hacia 1555, del procedimiento de la
amalgama por el mercurio, permite extraer económicamente la plata. Comienza
un sistema de remesas a Europa de unas 300 toneladas de plata anuales. De este
modo, puede evaluarse la plata enviada por las Indias a España entre 1521 y
1660 en unas 18.000 toneladas.
Según cálculos de Alexander von Humboldt, fueron de las Indias a España
5.445.000.000 de pesos fuertes (plata) en tres siglos. Se omiten de esta
cifra, por imposibles de verificar, los caudales de particulares, los que
quedaron en poder legal o ilegal de españoles en las Indias y los que
emigraron directamente de América a las Filipinas o al Oriente de
contrabando. Afirma el historiador Manuel Colmeiro que:
"el Asia y aún el Africa eran el sepulcro de las riquezas de nuestras
Indias [que iban] a esconderse en los reinos de la China y del Japón, en la
India oriental, la Persia, Constantinopla, Gran Cairo y Berbería, paradero de
la mayor parte de la plata de España, porque apenas corría entre aquellas
gentes remotas otra moneda que reales de a ocho y doblones castellanos.
Gozábamos los tesoros de las flotas y galeones por tan poco tiempo, que
humedecían nuestro suelo sin regarlo" .
En 1618 se estimaba en más de 500 millones de ducados el oro y la plata
recibidos por la Corona desde las Indias . El tesorero mexicano envía a
España en 1587, 1.343.000 ducados, la mayor remesa del siglo XVI. El jesuita
Pedro de la Gasca, al regresar a la metrópoli, llevó en ocho galeones un
millón y medio de ducados. Es un río de metal restallante que inunda a la
España estupefacta. ¿Cuáles son sus resultados?.
Carlos V derrama ese oro en sus interminables guerras religiosas o
dinásticas. Pasea las legiones españolas por Europa, lo mismo que su hijo,
el sombrío Felipe II, que hace de toda España un Escorial. La aristocracia
despilfarra el oro importando del extranjero sus tapices, sedas, armas y hasta
cereales. La decadencia de la industria española y de su agricultura,
reanimados un instante por el descubrimiento de América, se acentúa
profundamente y se prolonga durante tres siglos. Los Habsburgo y la estructura
arcaica de la sociedad española sobre la que se apoyan, constituirán la
maldición histórica de España. La corriente de oro de las Indias pasa por
España sin detenerse. Va a parar a los bolsillos de los industriales de
Inglaterra, Italia, Francia, Holanda y Hamburgo, que venden su quincallería y
artesanías a los españoles .
Los encajes de Lille y Arras dominan el mercado español; la loza de Talavera
declina con la competencia extranjera. La industria textil está en ruinas.
Emperador extranjero y extranjerizante (y su digno hijo, más tarde) aplastan
económicamente a la burguesía española. Las Cortes de Castilla sólo
piensan en asegurar un precio bajo para los productos que España consume.
Mientras triunfa el mercantilismo en toda Europa, los españoles ignoran la
economía. Se prohíbe la exportación de paños finos. Con Carlos V se
prohíbe, asimismo, la fabricación de paños, para importarlos de Flandes.
Los ociosos espadachines del flamenco, sólo desean importar telas holandesas,
tapices de Bruselas, brocados de Florencia. Esa enorme importación es preciso
pagarla con el oro de los galeones rebosantes.
Ni siquiera con el martirio de los indios de América logra España retener y
acumular su capital, como las potencias capitalistas de la época. La
política de pillaje asiático llega a tal grado en la historia de España,
que Carlos V y Felipe II confiscan a menudo los envíos de metales preciosos
dirigidos desde América a capitalistas particulares; de este modo, en lugar
de expropiar a los terratenientes feudales, la monarquía despoja a la
burguesía en germen .
Castilla exportaba lana en lugar de paños. En el centro de este cuadro,
alemanes, genoveses y franceses se apoderaban del monopolio virtual de las
ferias españolas y de los asuntos rentísticos. Las remesas de oro de las
Indias, tales eran los aprietos de los Austria, eran hipotecadas con
anticipación a los banqueros y usureros extranjeros, los Fugger y los
Grimaldi .
Los especuladores y comerciantes metropolitanos, enriquecidos con las Indias y
la revolución de los precios, compraban tierras para colocar sus capitales.
Dóciles a la época, los nuevos ricos buscaban adquirir un blasón, títulos
de nobleza, hábito de alguna órden militar o alguna patente de hidalguía
para elevarse en el nivel social de las viejas clases. Sólo podían hacerlo a
condición de inmovilizar su capital en bienes inmuebles y vivir de sus
rentas, pues hasta la era de los Borbones, en el siglo XVIII, todo aquél que
se dedicase a la actividad industrial perdía automáticamente su carta de
hidalguía .
Aquellos indómitos soldados de ocho siglos de guerra se habían trocado en
parásitos de espada mellada. El odio al trabajo encuentra su eco en América.
Recuérdase el caso de un caballero español, residente en Buenos Aires a
fines del siglo XVIII, que inició en la Audiencia de Charcas un juicio por
calumnias, pues el demandado había afirmado públicamente que el caballero
trabajaba. En su demanda, y con justa indignación, sostenía que tenía
recursos e hidalguía suficientes como para vivir sin degradarse trabajando .
Con semejante ideal de vida en España, la riqueza adquirida con la sangre
americana, robustece la gran propiedad territorial y sustrae esos capitales de
toda actividad económicamente productiva. Así se eleva el valor artificial
del suelo y se consolida el latifundismo.
6. El régimen servil.
En el período del descubrimiento de América la producción agrícola de
España se fundaba básicamente en la condición servil o semiservil de los
campesinos. Esto ocurría tanto en Castilla como en Aragón, reino este
último del que formaba parte Cataluña, el sector más dinámico de la
economía española.
Con sus grandes sublevaciones periódicas, los siervos o semisiervos de
Castilla habían originado la adopción de una nueva política. Los Reyes
Católicos sancionaron una ley en 1480, por la que se concedía a los
campesinos de Castilla el derecho de cambiar de residencia con todos sus
bienes, ganados y frutos. Este cambio de señorío constituía sin duda un
avance, pero no existe todavía documentación fehaciente acerca del carácter
generalizado y práctico que obtuvo esta medida. Es bastante dudoso que la
liberación de los siervos castellanos y su transformación en campesinos
libres se realizara en esa época.
Las disposiciones reales, como en su caso la inmensa literatura jurídica de
Indias, rara vez tenía comienzos de ejecución, y para ser completamente
ecuánimes, resulta bastante rara en el mundo, de ayer y de hoy, la
aplicación escrupulosa de las leyes.
La arcaica sociedad española conservaba un poder orgánico cotidiano mucho
mayor que la decisión personal de algún rey enérgico. Las insurrecciones de
payeses en Cataluña y la floración del bandidaje, obligaron al rey a
suprimir parte de los insoportables tributos que recaían sobre los campesinos
y que alimentaban el ocio señorial: estos tributos se conocían con el nombre
significativo de malos usos. Por añadidura, se permitió a los campesinos
emanciparse mediante el pago de una suma de dinero, lo que facilitó la
formación en el siglo XVII de una pequeña burguesía agraria . Queda en pie,
pese a todo, el carácter que presentaba el campo español cuando se produce
la conquista y colonización americana.
La sociedad colonizadora que se manifestará en las Indias, no difería del
sistema de pillaje organizado que padecía el propio pueblo conquistador en la
tierra de su nacimiento.
7. Extranjerización del reino y ruina de la
industria.
En Sevilla había 3.000 telares que daban ocupación a 30.000 obreros. Cien
años más tarde, sólo quedaban 60 telares . De aquella Toledo próspera en
la que zumbaban 13.000 telares, nada quedaba en pie: las calles desiertas, las
tierras incultas, las casas cerradas y sin habitantes. Los freneros, armeros,
vidrieros y otros oficios que ocupaban calles enteras, habían desaparecido.
Ni siquiera los artilleros e ingenieros al servicio de la monarquía eran
españoles. Quedaban pocos hombres de aquella industriosa Sevilla del siglo
XVI. ¡Ciudad de melancólicas mujeres pues los hombres emigraban a las
Indias!
En 1655 un autor enumera 16 gremios que han desaparecido por completo de
España. Mientras que en la Francia del mercantilista Colbert las telas
españolas eran perseguidas hasta ser incineradas, de esta tarea se encargaban
en España sus propios reyes .
"Toda herejía debía ser extirpada inmediatamente, pues si era ignorada,
el mundo podría imaginarse que se trataba de la verdad, y si una doctrina
falsa era verdadera, ¿no podían ser falsas todas las doctrinas
verdaderas?"
Felipe II, naturalmente, al intentar perseguir las creencias religiosas de los
flamencos ("Preferiría reinar en un desierto antes que en país poblado
de herejes" era su piadoso aforismo) provocó la huída de miles de
artesanos flamencos que se refugiaron en Inglaterra. Allí multiplicaron la
industria inglesa con nuevas manufacturas. Si los monarcas ingleses penaban
con la pena de muerte a los artesanos y técnicos ingleses que llevaban sus
artes y secretos de fabricación a otro país, los Austria practicaban
exactamente el método inverso: más de 600 artífices emigraron de Sevilla y
otras ciudades de España y se instalaron en Lisboa, donde el Príncipe de
Portugal los protegió. Así fabricaron ricos paños, bayetas y sederías con
materia prima que importaban de España, su propia y desventurada patria.
A los raros extranjeros que traían su industria a España no les iba mucho
mejor que a los españoles industriosos. Sólo se admitían en la España de
los Austria a dos clases de extranjeros: los comerciantes y usureros que
traficaban con la riqueza española y los mendigos y peregrinos de Europa que
habían hecho de España la Meca continental de la limosna.
España importaba cristales de Venecia, listonería de Génova, armas de
Milán, papel, libros y bujería de Holanda, tejidos, vinos y lienzos de
Francia. Por el contrario, en Inglaterra, Enrique VIII prohibía la salida del
oro y la plata y monopolizaba las letras de cambio; Isabel impedía la
extracción de lana y arrojaba de sus puertos a los hanseáticos .
Antes del descubrimiento de América era más importante el comercio interior
que el exterior. Después, desaparecieron las ricas ferias de Castilla. Los
comerciantes se trasladaron a la proximidad de los puertos. No era para menos.
Felipe II quitó los negocios a los castellanos y los puso en manos de los
genoveses:
"Génova se edificaba de nuevo y con el dinero de los españoles se
fundaban obras pías y mayorazgos" .
En los pueblos de España no podía comerciarse libremente, pues los señores
mantenían estancos a cargo de sus protegidos. Nadie podía abrir un mesón,
comercio, hospedar a los caminantes o vender cualquier tipo de artículo por
ese privilegio. Los Reyes Católicos abolieron los estancos que dificultaban
la libre circulación de las mercancías por el mercado interno español; pero
sus disposiciones no prosperaron.
La perduración de los gremios y corporaciones medievales también
dificultaban la creación de la libre competencia y el desarrollo de una
industria.
Reuníase en España en la época del Descubrimiento un feudalismo que no se
resignaba a morir, abrazado a un capitalismo enclenque que sólo aspiraba a
sobrevivir. Pero el absolutismo era tan impotente para concluir con el
primero, como para infundirle oxígeno al segundo. De ahí el carácter de
peculiar rapacidad que distingue a la monarquía española, fiel reflejo de la
Nación en ruinas. Salvo raros períodos (los grandes Reyes Católicos, Carlos
III), ese estigma rebrotará en la historia de España con Felipe II o un
Fernando VII.
Cerníase de este modo sobre el comercio interior de España una red mohosa de
prohibiciones, aduanas interiores, tasas y gabelas, pesos y medidas
diferentes, escasez de caminos y medios de comunicación, una moneda
envilecida y frecuentemente adulterada por los monarcas.
Este sistema constituía en su conjunto la base de sustentación de la nobleza
terrateniente y la palanca de su resistencia a la unidad nacional.
"A partir de 1580 -escribe Brennan-, las pocas fábricas de paños que
existían en el país desaparecieron, y los españoles se convirtieron en un
pueblo rentista, una nación de caballeros, que vivían en parasitaria
dependencia del oro y la plata que les llegaba de las Indias y de la industria
de los Países Bajos" .
España se vió arrastrada por la política europea de los Habsburgo al borde
de su destrucción nacional. Lejos de lograr un nuevo imperio carolingio, los
Austria, después de cada derrota, entregaban mediante los tratados, jirones
del imperio y aún de la propia España. La debilidad estructural de la
Nación española se pone de relieve con la pérdida de Portugal y la
tendencia separatista de Cataluña, que sólo logra ser vencida por una
sangrienta guerra civil. Portugal, en cambio, pide ayuda a Inglaterra y queda
destruída así la unidad ibérica. España reconoce esa independencia en
1668.
"Apenas rota la unidad ibérica, Portugal entró en la órbita
anglo-holandesa", dice José Larraz.
Con el tratado de Methuen, firmado en 1703, Portugal renunciaba a
industrializarse, prometía "admitir para siempre jamás los paños y
demás manufacturas de lana de fábrica de la Gran Bretaña", mientras
que el rey de Gran Bretaña "quedaba obligado por siempre jamás" a
admitir los vinos de Portugal. Con el oro del Brasil y sus vinos, pagaba
Portugal a su sórdido aliado las manufacturas inglesas. Adam Smith dijo que
ese tratado leonino era "ventajoso en favor de Portugal y contra Gran
Bretaña".
¡Como para confiar en ciertos clásicos!.
8. Auge de los arbitristas.
Felipe II escribía a su hermana que estaba dispuesto a quemar 60.000 ó
70.000 hombres "si fuera necesario para extirpar de Flandes la
herejía" .
Además de esta absorbente preocupación del monarca por los herejes,
característica de un época en que las guerras religiosas y conflictos
dinásticos incesantes exhibían la historia de Europa bajo una luz poco
envidiable, cabe añadir la importancia que Felipe II atribuía a los
"arbitristas".
La crisis crónica de la economía y las finanzas españolas engendró un
género o profesión curiosa, la del "arbitrista", o sujeto fecundo
en "arbitrios" y fórmulas que ofrecía al rey como solución
radical para curar tantas desgracias nacionales. En su inmensa mayoría, se
trataba de maniáticos dominados por una idea, o apasionados mesiánicos,
desesperados por su propia situación, que pretendían mitigarla mediante el
recurso grandioso de mejorar los asuntos generales.
Se produjo así, durante tres siglos, una ingente literatura, por así decir,
económica, que agobiaba las cámaras reales, el tiempo de los monarcas y de
los ministros. Algunos reyes, como Felipe II, recibían con placer e interés
los memoriales de los arbitristas. Al parecer, la moda de los arbitristas
provino de Flandes y de Italia, pero fue en España donde hicieron escuela.
Surgieron a mediados del siglo XVI y prosperaron a lo largo de los reinados de
los Austria, como cabía esperar.
Un arbitrista, por ejemplo, proponía remediar la decadencia del erario
español mediante la sustitución en la labranza de las mulas por bueyes. Otro
sostenía la necesidad de establecer en toda España montes de piedad.
Ofrecía otro engrosar las arcas reales mediante el establecimiento de una
armada española en el Peñón de Gibraltar que cobrara un impuesto a todas
las naves que atravesaran esas aguas. Otro, aún, imaginó remediar la escasez
de numerario mediante el reemplazo de la moneda metálica por un grano de
cacao; otro, en fin, sugería la idea de reemplazar la moneda de plata por
moneda de hierro.
Cuando los ministros y consejeros de Felipe II le rogaban, respondiendo al
clamor público, que no perdiera su tiempo atendiendo los consejos de la
legión de arbitristas, y fuesen arrojados de la corte, el monarca se excusaba
con la necesidad que tenía de los arbitrios. Tales eran los curanderos que la
monarquía extranjera imponía a la mortal enfermedad de la postrada España.
Los mejores ingenios de la nación no dejaron de afilar su sátira ante los
arbitristas.
En su Coloquio de los perros Cervantes pone en boca de un personaje:
"Yo señores, soy arbitrista, y he dado a S. M. en diferentes tiempos
muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino;
ahora tengo hecho una memorial donde le suplico me señale persona con quien
comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal que ha de ser la total
restauración de sus empeños. Hase pedir en Cortes que todos los vasallos de
S.M. desde edad de catorce a sesenta años sean obligados a ayunar una vez en
el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y
que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino,
huevos y legumbres que se han de gastar en aquel día, se reduzca a dinero y
se dé a S.M. sin defraudalle un ardite so cargo de juramento; y con esto en
veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado".
Bien sabía Cervantes que gran parte de los españoles no necesitaban de ese
arbitrio para ayunar. Tampoco escaparon los arbitristas a la mirada burlona de
Quevedo. Así, relata que un príncipe de Dinamarca, aquejado de males de
dinero, pidió consejo a los arbitristas. Cuando platicaban, estalló un
incencio en el palacio. Los arbitristas pidieron al príncipe no inquietarse,
que ellos tenían la fórmula para sofocar el fuego. Comenzaron por arrojar
los muebles por las ventanas, luego demolieron las paredes y terminaron por
aniquilar el palacio hasta sus cimientos. El príncipe, dice Quevedo, en La
fortuna con seso, los increpó así:
"¡Infames! Vosotros sois el fuego; todos vuestros arbitrios son de esta
manera; más quisiera, y me fuera más barato, haberme quemado que haberos
creído; todos vuestros remedios son de esta suerte, derribar una casa, porque
no se caiga un rincón. Llamáis defender la hacienda echarla en la calle y
socorrer el rematar. Dáis de comer al príncipe sus pies y sus manos, y
decís que le sustentáis, cuando hacéis que se coma a bocados a sí propio.
Si la cabeza se come todo su cuerpo, quedará cáncer de sí misma, y no
persona. El anticristo ha de ser arbitrista: a todos os he de quemar vivos y
guardar vuestra ceniza para hacer de ella cernada y colar las manchas de todas
las repúblicas. Los príncipes pueden ser pobres; mas entrando con
arbitristas, para dejar de ser pobres, dejan de ser príncipes".
Los arbitristas no han muerto con el paso de los siglos. Al releer a Quevedo,
vemos sin estupor que los afamados técnicos del Fondo Monetario Internacional
en el siglo XX, con sus tenebrosas y destructivas recetas, nada tienen que
aprender de sus maestros, los arbitristas del Siglo de Oro.
9. Las clases improductivas.
Gozando del espectáculo vivía la nobleza de España.
"Los grandes son altaneros para con los extraños y menospreciadores de
los que poseen un rango inferior al suyo; pero rastreros y aduladores de los
Reyes y sus favoritos... sueñan con laureles guerreros, pero particularmente
con los laureles de general, pues creen que ellos no han nacido para obedecer
sino solamente para mandar. Pero lo que es más de admirar en todos ellos es
el despilfarro y valentonería con que disipan sus haciendas", decía un
embajador veneciano . El famoso Imperio engendra la picaresca, el hambre
secular y místicos devorados por sus iluminaciones. Mientras Europa crea una
economía burguesa moderna, la España de los Austria espiritualiza su miseria
en un Quijote sarcástico y sueña con novelas de caballería. Nobleza y
prestamistas dominan a sus tristes reyes: uno, enfermo de grandeza, sumido por
alguna tara orgánica en un misticismo guerrero; su hijo, víctima de una
hipocondría criminal. Por abajo, vaga una muchedumbre de campesinos sin
tierra, artesanos sin artesanías, letrados sin pan y vagabundos sin destino.
La sociedad española refuerza sus rasgos más parasitarios con el
descubrimiento del Nuevo Mundo. La preeminencia de los señores había
inducido a los Reyes Católicos a reducir el poder de aquéllos. Limitaron a
20 familias el número de Grandes de España y se estableció una jerarquía
nobiliaria. Pero con los Habsburgo sucesivos, la venta de hidalguías
prosiguió sin cesar. Las necesidades militares de los Habsburgo eran
inagotables.
Las aventuras bélicas de España hacían la desesperación de los Tesoreros
Reales. Jamás faltaron arbitristas en la Corte del rey para sugerir nuevos
medios de abastecer el Tesoro. Así, la venta de patentes de nobleza, se
reveló uno de los recursos favoritos de los monarcas. Mediante dicho
expediente recreaban sin cesar las clases ociosas, a las que ingresaban los
comerciantes o especuladores enriquecidos. Como la patente de nobleza eximía
a su beneficiario de impuestos y diversas gabelas, el peso de la tributación
fiscal recaía invariablemente sobre las clases más humildes y productivas de
la nación. Con una mano, Carlos V aplastaba la rebelión de los Comuneros;
con la otra, establecía una distinción entre Grandes y Títulos que llegaban
a 63 en 1525 aunque alcanzaron el centenar en 1581 .
En ese año los señores más prominentes de Castilla se clasificaban en 10
duques, 11 marqueses y 42 barones que sumaban entre todos 1.100.000 ducados de
rentas anuales . En 1581, 22 duques, 47 condes y 36 marqueses gozaban de 3
millones de ducados de renta; entre ellos, tan sólo el duque de Medina
Sidonia embolsaba 150.000 ducados.
Este ejército de zánganos con títulos nobiliarios gozaba, a su vez, de un
séquito innumerable de sirvientes y acólitos, que en su conjunto suponía la
sustracción a la vida económica de centenares de miles de brazos. Para
ofrecer un solo ejemplo demostrativo, diremos que en el siglo XVII figuraban
adscriptos en el palacio de Oropesa 74 criados. El duque de Albuquerque, por
su parte, sólo disfrutaba de 31, entre los que figuraban cocineros, lacayos,
cocheros, enana, criada de la enana y otros parásitos del parásito magno.
Más todavía, personas sin título nobiliario figuraban con nómina de 5 ó
10 criados. Por la mera pitanza, o semi pitanza, en la España imperial se
reclutaban ejércitos de sirvientes más numerosos que los Tercios de Flandes.
.
De recurrirse a la literatura picaresca, evoquemos aquella patética escena
del misérrimo Buscón de Quevedo, que viaja acompañado por su criado, tan
hambriento como su amo. Esta inmensa servidumbre dependía de la nobleza, a la
que servía como una verdadera clientela romana. Sus amos dependían, a su
vez, de las tributaciones de los campesinos agobiados, o de los favores del
rey. Este último, por su parte, alimentaba su boato gracias a las
tributaciones de toda la España productiva y del martirio de las Indias. El
sistema de pillaje era tan perfecto que las clases ricas, precisamente por
privilegio de linaje, no pagaban impuesto .
A lo largo del siglo XVI se eleva el número de religiosos. Entre franciscanos
y dominicos sumaban 32.000 individuos. Los clérigos de las diócesis de
Calahorra y Pamplona eran 24.000; en la de Sevilla revistaban 12.000. De
acuerdo a las Cortes de 1626, el número de conventos de religiosos se elevaba
a 9.088. Entre el monarca, el clero y la nobleza poseían el 95% del suelo
hispánico . Cuando finaliza el siglo XVII pesaban sobre esta desventurada
tierra 625.000 nobles, cuatro veces el número de párasitos análogos a los
que contaba Francia, que sumaba mayor población que España. Si Felipe II
había multiplicado las aduanas interiores, Felipe III falsificaba moneda para
procurarse recursos. Resulta curioso pensar que los Habsburgo buscaran
demonios y herejes por toda Europa. Si algún demonio perverso debía buscarse
en aquella España "donde no se ponía el sol", seguramente lo
habrían encontrado en el más profundo rincón del Escorial, en el fanático
coronado que estrujaba las entrañas de la Nación o en esos 600.000 duelistas
de espada a la cintura, que luego de siglos de lucha intrépida para defender
su religión habían degradado a una vida oscura.
Serían estos monarcas, los que cederían a los ávidos Fugger el monopolio de
la exportación de las lanas, de las maderas y el hierro españoles. José
María Pemán sostiene la opinión contraria, desde el ángulo del
tradicionalismo español:
"Frente a los Comuneros, tenía toda la razón Carlos V. Con su acento
extranjero, con su visión europea de las cosas, el Rey sentía mejor que los
comuneros el verdadero destino de España, que no había de ser cosa
pueblerina y estrecha, sino cosa ancha e imperial" .
Los argentinos Rómulo D. Carbia y Vicente D. Sierra aprueban la naturaleza de
la Conquista, y exaltan a los Habsburgo. Sierra sostiene una visión puramente
religiosa de la historia española:
"España, con su vieja moral católica fortalecida por la Contrarreforma,
no manifiesta nunca, a pesar de tener en sus manos el mayor poderío marítimo
de Europa y el dominio sobre los nuevos mercados de América, es decir, a
pesar de poseer mayores elementos técnicos que país alguno, interés por
abandonar los rutas de la Teología para seguir las de la Economía... Para
salvar su alma expulsa de su seno a los industriosos moriscos y judíos que
eran el sostén de sus manufacturas. Inglaterra, en cambio, pierde el alma,
pero se gana a esos y otros judíos. Las luchas de los siglos XVI y XVII
arruinan a la madre patria tanto como las mismas guerras crean la
preponderancia de la Gran Bretaña; y cuando ambas naciones entran a tratar,
durante el siglo XVII, simpre es España la que concede Tratados
comercialmente beneficiosos para la isla y en los que muestra la amplitud de
concepto con que consideraba los problemas de la economía. Con ese Tratado,
ya en 1604 consiguió Inglaterra poder colocar artículos de sus manufacturas
en América a través de la península. Es el oro y la plata de América lo
que creó el poderío económico de la Gran Bretaña. La manufactura fue el
medio para captar toda esa riqueza que se escapaba de las manos de España por
no tener industrias que le permitieran prescindir de las extranjeras y por
creer que la colonización no era cuestión de 'intereses' sino tarea misional
impuesta por la conciencia de una obligación y por los imperativos de una fe
irrenunciable".
Es una singular e infrecuente defensa de la ruina nacional en nombre de la fe.
Aún en 1700, la municipalidad de Santander firma acuerdos particulares con
armadores británicos, nación que ya poseía, con los alemanes y flamencos,
tribunales especiales de comercio en Sevilla. Ni siquiera la burguesía
catalana había podido disfrutar de tales categorías. Al iniciarse el siglo
XVII, 160.000 extranjeros acaparaban el comercio exterior.
9. El privilegio de la Mesta.
Si la nobleza apenas se interesa en explotar sus tierras, pues es ocupación
de villanos y aún la menor productividad le asegura sus rentas, tampoco la
Iglesia explota sus inmensas propiedades territoriales. Ese patrimonio
eclesiástico no hace sino aumentar con los legados. Así se acumula en
"manos muertas" una gigantesca renta potencial, que paraliza el
desarrollo agrícola de España. Sobre la base de los dominios señoriales y
eclesiásticos, de la indiferencia general hacia la legislación hidráulica y
de la indefensión del pequeño campesino, otro flagelo castiga a España. Se
llama la Mesta.
Desde los tiempos de la cruzada contra los moros regía en España una
disposición que prohibía cercar las tierras, ni siquiera las tierras
cultivadas. Era preciso preservar a los rebaños de carneros de todo peligro
militar y permitir rápidamente desplazarlos ante la menor alarma.
Posteriormente, los campos áridos y la incuria de los terratenientes, así
como el atraso agrícola, permitió que perdurara dicha disposición. Desde el
siglo XIV, los grandes ganaderos propietarios de rebaños se organizaron en
una todopoderosa e implacable entidad llamada la Mesta, que impuso su ley en
los campos españoles. Obtuvieron inauditos privilegios reales. Consistían,
esencialmente, en el derecho de sus rebaños de atravesar el reino
"bebiendo el agua, pisando la hierba", sin sujetarse a limitaciones
de tierra cultivada alguna. La legislación protegía a los ganaderos contra
las represalias de los campesinos, que vieron durante siglos arruinados sus
cultivos por el paso del ganado trashumante. La Mesta poseía poderosas
protecciones oficiales. Para colmo, contaba con sus propios tribunales, jueces
y personal judicial. En la producción de lana y la protección de la Mesta,
se resumió toda la ciencia económica de la España Imperial. Los ganaderos
dominaban en las Cortes y las Cortes los eximían de todo impuesto. La Mesta
se elevó como un formidable obstáculo para el desarrollo de la agricultura
española, a la que destruyó con las patas de sus carneros y la benevolencia
real hasta el siglo XVIII.
"Los pastores de la Mesta tenían el derecho de talar los bosques para
sus necesidades y la construcción de puentes" .
Según Colmeiro, la Mesta consideraba una usurpación manifiesta todo intento
de extender y mejorar la labranza.
"La máxima de la hermandad era: sálvense nuestros ganados y perezcan
todos los labradores del reino. Nunca las algaras de los moros hicieron tanto
daño a la agricultura como el honrado Concejo de la Mesta" .
La Mesta tenía el derecho de "formar una milicia disciplinada compuesta
de alcaldes de cuadrilla, alzadas y mayores entregadores, contadores,
procuradores fiscales, fiscal general, relatores comisarios, agentes,
escribanos, alguaciles y otros oficios instituídos para velar sobre la
custodia del sagrado depósito que llamaban cuaderno de la Mesta" .
10. La España que no viajó a las Indias.
El clima se vuelve más seco y árido. España está más desolada que nunca.
No puede asombrar que la población descienda verticalmente en tres siglos de
unos 10 millones de habitantes a 5 millones . Los que no emigran por hambre,
se incorporan a los ejércitos que luchan en toda Europa, se lanzan a las
Indias, mueren en tierra extraña o se radican para trabajar allí donde
pueden. En cierto período, la emigración anual llega hasta 40.000 hombres
jóvenes. Los españoles que se quedaban, tenían, sin embargo, un recurso
final: refugiarse en la penumbra de un convento o entregarse a la mendicidad.
Es el gran tema de la historia de España. Ya las Cortes de 1518 y 1523
suplicaban al bondadoso Carlos V que "no anduviesen pobres por el reino,
sino que cada uno pidiese limosna en el pueblo de su naturaleza" .
Los ricos, dice Colmeiro, gozaban el ocio "de las rentas de las casas y
tierras" y los hidalgos pobres "remediaban su necesidad acogiéndose
a la Iglesia con la esperanza de la prebenda o de la mita o seguían la
profesión de las armas y tal vez alcanzaban una modesta pensión en premio de
sus buenos servicios en las campañas de Italia o de Flandes" .
En España había tantos hidalgos, que provincias enteras "blasonaban de
hidalguía". Un autor cuenta que los mendigos de oficio celebraban sus
juntas a manera de cofradías, donde hacían "sus conciertos y
repartimientos". En la villa de Mallen se reunieron en cierta oportunidad
3.000 mendigos, hombres y mujeres, donde celebraron una especie de congreso,
con grandes gastos y fiestas. No quedaba en Francia, Alemania, Italia y
Flandes cojo, manco, tullido o ciego que no fuese a Castilla a mendigar
"por ser grande la caridad y gruesa la moneda".
Alrededor de 70.000 pordioseros pasaban cada año por España. Y tan lucrativa
era la temporada "alta" como la "baja". En el siglo XVII
se calculaba que había en España 60.000 pobres legítimos, 200.000
vagabundos que vivían de limosna y "2 millones que no ganaban nada por
falta de empleo o por su inclinación a la ociosidad".
Ante esta situación, el Estado puso orden y estableció una policía de
mendigos. La agonía española había puesto a prueba la voluntad de
sobrevivir a cualquier costo. Había mendigos que fingían un sinnúmero de
enfermedades o inmundas llagas. Otros, en fin "se torcían los pies, se
hinchaban las piernas, se desconyuntaban los brazos y con hierbas se abrían
llagas asquerosas para ablandar los corazones más empedernidos y si alguna
persona de lástima se ofrecía a recogerlos y curarlos, respondían: ¡No
quiera Dios que tal consienta, que la llaga del brazo es una India y la de la
pierna es un Perú! .
Algunos padres cuidadosos del porvenir de sus hijos, cegaban o tullían a los
niños recién nacidos "para que los ayudasen a juntar dinero o quedasen
con aquella ... granjería, después de su muerte, bien heredados" .
Entre los vagabundos y pordioseros de la altiva España caballeresca, podían
distinguirse, en algún rincón de una taberna, a covachuelistas o leguleyos,
"oidores de ropa luenga y mangas arrocadas" , junto a estudiantes
sucios, sarnosos y hambrientos y filósofos cubiertos de harapos.
De aquella admirable España de hierro que descubrió América y recibió este
premio, sólo agregaremos que el más ilustre de sus hijos era un aventurero
fracasado de 58 años, que concibió su obra maestra en la cárcel, mientras
purgaba el crimen de una deuda. En 1590 habían rechazado su pedido de uno de
los cuatro cargos vacantes en las Indias. En ese cubil de presidio nació Don
Quijote y su triste risa es la sátira feroz del hijodalgo que no pudo viajar
a América, y se quedó en España para retratarla.
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