Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO II

LOS ASTRONOMOS SALVAJES

"Todos aquéllos que difieren de los demás tanto como el cuerpo del alma o el animal del hombre (y tienen esta disposición todos aquéllos cuyo rendimiento es el uso del cuerpo, y esto es lo mejor que pueden aportar) son esclavos por naturaleza".

Aristóteles

1. ¿Geografía o Historia?
Los Españoles no descubren en el continente nuevo una "Nación" constituída. Por el contrario, aparecieron ante sus ojos incontables grupos étnico-culturales, con profundas diferencias lingüísticas, técnicas, productivas, religiosas o artísticas. Para emplear un categoría occidental, diremos que en dicho océano de razas y culturas se destacaban tres de ellas por su importancia dominante, presente o pasada las sociedades azteca, incaica y maya. Por cierto que este hecho no justificaba la observación desdeñosa de Hegel de que América era un puro hecho geográfico, y que en consecuencia no podía incluírse en la historia universal: "En la época moderna, las tierras del Atlántico, que tenían una cultura cuando fueron descubiertas por los europeos, la perdieron al entrar en contacto con éstos. La conquista del país señaló la ruina de su cultura, de la cual conservamos noticias; pero se reducen a hacernos saber que se trataba de una cultura natural, que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella. América se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo fisico como en lo espiritual. Los indígenas, desde el desembarco de los europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea" .
América tenía su propia historia, más precisamente, sus propias historias, aunque los europeos la desconocieran todavía, y aunque los "americanos" carecieran de una autoconciencia integral de su existencia común. El imperio español y portugués unificaron política y administrativamente al continente desconocido, lo incorporaron a la historia de Occidente y a la geografía mundial. En la nueva forma que crea Europa, América se transfigura de objeto en sí en objeto para sí, pues si es cierto que la orgullosa Ecumene europea extiende su poder, también se universaliza y se mundializa la tierra y los hombres recién descubiertos. Se efectúa un reconocimiento recíproco y se opera una sangrienta fusión; de ella brotará la historia latinoamericana. Cuando el mestizaje no se opera y el aborigen permanece puro, su norma cultural y su existencia social serán influidas por las condiciones europeas, por la lengua europea, por la universalización europea. Del gigantesco encuentro, el Nuevo Mundo surgirá como un producto original de esta historia, ni americano ni europeo.
Revestiría un carácter puramente académico disertar sobre la hipótesis de que los diversos Imperios y confederaciones tribales precolombinas hubieran llegado, con el tiempo, a constituir una "unidad nacional". La noción misma de "Nación" era una categoría europea, fruto de una evolución secular de las fuerzas productivas del capitalismo y de la consolidación de un pueblo sobre la base de una lengua, una economía y un territorio común. Ni siquiera poseían estas organizaciones precolombinas un mismo nivel cultural. El continente descubierto por España era un conjunto incoherente de sociedades, tribus y grupos étnicos, alejados entre sí por distancias inmensas, separados por siglos o milenios de culturas, antagónicos con frecuencia y casi siempre incomunicados por centenares de lenguas y dialectos. En el interior de este caos, sin embargo, se dibujaba cierto orden.
Incas y aztecas no eran individuos "en estado de naturaleza". Constituían, por el contrario, sociedades organizadas, aunque en decadencia, cuya complejidad sólo fue advertida por la codicia española al destruirlas, luego de despojarlas de su plata y su oro. Al margen de ambos Imperios, sólo quedaban ruinas memorables de civilizaciones más antiguas o varios miles de grupos étnicos que vagaban por las llanuras patagónicas, por el Gran Chaco, las Antillas o el Alto Amazonas, cazando o pescando, temerosos del rayo o adoradores del Sol, y cuyo inescrutable pasado pertenece antes al campo de la etnología más que al de la historia.
"No hay mejor gente, ni mejor tierra -dirá Colón deslumbrado- ellos aman a sus prójimos como a sí mismos y tienen su habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa" .
A la mirada ansiosa de los conquistadores se presentaba un mundo asombroso donde convivían, frecuentemente sin conocerse, el hijo del Sol y el buen salvaje, las matemáticas y el canibalismo.

2. La hegemonía castellana en la conquista.
América había sido fruto de un error: Colón murió persuadido que había tocado en su proeza las tierras del Asia. La lectura de Marco Polo encendió su imaginación: en la Española creyó ver las costas del fabuloso Cipango. Pero su hazaña sólo podía lograrse a través de errores semejantes. El capitalismo europeo en crecimiento, buscaba el camino de las especierías asiáticas. El descubrimiento confirmó las predicciones de los antiguos y trastornó la ciencia geográfica. Al cabo, resultó evidente que el Orbe Novo, según denominó Pedro Mártir de Anglería a la tierra nueva, no era el Asia. En seguida se advirtieron las consecuencias inmensas del descubrimiento.
Como no podía ser de otro modo, las promesas ilimitadas otorgadas en las capitulaciones reales al Almirante de la Mar Océano, se olvidaron rápidamente con indiferencia regia. América resultaba ser un premio excesivo para su descubridor.
Los reyes limitaron enseguida los derechos otorgados. Al comenzar la conquista en gran escala, la monarquía trazó, sin pérdida de tiempo, su política de centralización en el Nuevo Mundo. Aunque la Corona rehusaba comprometer al Tesoro real en las expediciones, procuraba preservar sus derechos en los mares y tierras por descubrirse y colonizarse. Toda la conquista asumió, por ese motivo, un carácter privado, costeada por particulares, aunque regido por múltiples disposiciones administrativas que aseguraban los privilegios de la monarquía castellana. Las capitulaciones otorgadas a los Adelantados les cedían privilegios de índole señorial, entre los que se establecía la facultad de distribuir tierras y solares, repartir indios, erigir fortalezas y proveer oficios públicos."Fue así como la vieja Edad Media castellana, ya superada o en trance de superación en la Metrópoli, se proyectó y se continuó en estos territorios de las Indias" .
La tradición de las guerras religiosas infundió a la Conquista, por lo demás, un marcado carácter de evangelización. Se estableció la obligación en las capitulaciones de incluir a clérigos en la flotas para el "mejor cumplimiento de los fines espirituales".
Dicha disposición real planteó ante los teólogos, burócratas y juristas el problema del "justo título", alegado por la Corona para conquistar las Indias.
La conquista fue obra de la Corona de Castilla, aunque hubiera sido impulsada, ante todo, en la persona de Fernando, por los intereses de la burguesía española de los puertos mediterráneos. No obstante, los castellanos se reservaron para sí, durante largos años, el usufructo de las Indias, excluyendo a los "extranjeros" de toda autorización para pasar a las Indias. Entre los "extranjeros" se incluían a todos los españoles no pertenecientes a la Corona de Castilla. Pero la nobleza castellana, formada en la lucha contra el moro y que parasitaba en la metrópoli, cuando no guerreaba por Europa, no recibió la noticia del descubrimiento, precisamente, con ardor. Por el contrario, temió que sus tierras quedasen sin labradores, atraídos por el vellocino de oro de las Indias. La proeza sobrehumana del reconocimiento geográfico, el combate con las sociedades precolombinas y la despiadada victoria final, fue realizada al margen de los grandes de España. Terratenientes y nobles, en consecuencia, no participaron del esfuerzo de la conquista y colonización .

3. Los Segregados de España en América.
La institución del mayorazgo en España dejaba en la mayor miseria a los hijos no primogénitos de la nobleza. La contradicción entre su rango social y sus medios económicos, proporcionará a la literatura de la época sus tipos más grotescos y trágicos. Los hijosdalgo (hijo de algo) formaban un clase numerosa y desdichada en la España de principios del siglo XVI. El noble hambriento de "capa raída", seguido de cerca por su escudero más hambriento aún, será el soldado endurecido de la gran infantería española en las guerras por sobrevenir: esos soldados de Flandes, que al desfilar parecían todos capitanes, harían soñar a las mujeres de Europa. Pero ya nada tenían que hacer en Europa. El hijodalgo más empobrecido integra la tripulación de las expediciones que se lanzan a la conquista del Nuevo Mundo.
Con él marchan los frailes evangelizadores o dispuestos a la apostasía, los frailes no menos famélicos o prevaricadores, los funcionarios de Rey, los marineros de las grandes aventuras y la clientela de los presidios. Por Reales Cédulas de 1492 y 1497 (derogadas en 1505) se autorizó el reclutamiento de delincuentes y condenados para integrar las expediciones descubridoras. Pero ni labradores, ni artesanos pasan al Nuevo Mundo, a pesar de los esfuerzos reales en la primera etapa. También se prohibía viajar a las Indias a los descendientes de moros o judíos, a los gitanos, negros ladinos y herejes en general. Caro está, como ocurrirá durante tres siglos en la legislación indiana, la ley escrita poco tenía que ver con la vida social.
"Los individuos que vivían en la Península, desheredados y desesperados, sin otra hacienda que una capa andrajosa, sin tener seguridad ni de un bocado de pan ni de un trago de vino, se resolvían con frecuencia a exponersea los golpes de los indios bárbaros, o a los rigores de una naturaleza exhuberante e ignorada, a trueque de remediar la insoportable miseria que los aflijía. Estos de quienes hablo habían inventado una frase muy expresiva para indicar el objeto de su viaje. "Vamos a las Indias, decían, para hallar qué comer."
Al Nuevo Mundo pasaron judíos, herejes, negros y hasta aquéllos que al principio rehusaron hacerlo. También algunos artesanos y menestrales, acorralados por la ruina de la industria española después de Carlos V, llegarán a las tierras nuevas . Las "naos" en que se embarcaban para la increíble aventura los "desheredados", no tenían sino 20 o 25 metros de quilla. En su miserable interior, convivían interminables meses, hacinados y mutuamente asqueados, damas de alcurnia, frailes, mercaderes, obispos y la más brutal marinería.
Un cronista de las navegaciones ultramarinas, Fray Antonio de Guevara, redacta un tratado sobre el "Arte de marear" donde describe los trabajos y penurias de las travesías: "Es privilegio de galera que nadie al tiempo de comer pida allí agua que sea clara, delgada, fría, sana y sabrosa, sino que se contente, y aunque no quiera, con beberla turbia, gruesa, cenagosa, caliente, desabrida. Verdad es que a los muy regalados les da licencia el capitán para que al tiempo de beberla, con una mano tapen las narices y con la otra lleven el vaso a la boca".
Para mayor inquietud, debían tomar en cuenta la desagradable sorpresa de un encuentro con la piratería, desplegada al paso de los navíos españoles. La fama del oro y la plata traída de Indias propagó las correrías de los piratas hasta extremos que se volvió muy peligroso viajar hacia América y, sobre todo, volver de América. Tampoco la piratería estaba exenta de riesgos. En el código de los bandoleros del mar, fielmente cumplido entre ellos, se establecían indemnizaciones por pérdidas físicas producidas en los atracos marítimos. Véase el siguiente cuadro:

PIRATAS PIEZAS DE 8 REALES
Brazo derecho 600
Brazo izquierdo 500
Pierna derecha 500
Pierna izquierda 400
Un ojo 100
Un dedo 100

Como el tiempo se medía por relojes de arena, los hambrientos viajeros a Indias soportaban un cambio de guardia cada cuatro horas y una vuelta de ampolleta cada media hora. Los pajes del barco, al dar vuelta la ampolleta, entonaban cantinelas. He aquí una de ellas:

"Bendita la hora en que Dios nació,
Santa María que lo parió,
San Juan que le bautizó.
La guardia es tomada;
la ampolleta muele; buen viaje haremos si Dios quiere".

Al desarrollarse la colonización y establecer la monarquía española un aparato político más arraigado, los más altos cargos serían ocupados por aquellos individuos de la aristocracia peninsular que no habían participado en la fase heroica de la conquista.
El poblamiento de América hispánica se produce, en definitiva, por un desdoblamiento de la población española: el sector más desesperado y marginado de la sociedad peninsular, emigra a América para enriquecerse y permanecer en ella. En pocas generaciones, el cruzamiento del español con las indígenas origina la aparición del tipo criollo y mestizo, el aumento de la población y la formación de una sociedad colonial estable. La introducción de nativos del Africa negra, esclavizados para trabajar en la economía de plantación, incorporará nuevas etnias al formidable crisol de razas del nuevo pueblo latinoamericano.
Todo lo cual significa que los modos de producción, las instituciones sociales y las ideas dominantes de España y Portugal, van a fusionarse en el Nuevo Mundo con las particularidades económicas, naturales y políticas de la tierra desconocida: de ese hecho brota la originalidad americana.
Si los naturales de Aragón, a casi cien años del descubrimiento de América, apenas logran pasar a las Indias, los catalanes, es decir el sector más burgués y moderno de España, se ven excluídos por la hegemonía castellana de toda intervención en América. Recién en 1702, Felipe V les concedió facultad para enviar cada año a las Indias dos bajeles cargados de sus productos con retorno a Barcelona, a condición de "no ofender los derechos y prerrogativas del comercio de Sevilla" .
Aragoneses, catalanes, valencianos, eran extranjeros para la nobleza castellana. Y esta nobleza era precisamente la misma que se había opuesto a la formidable empresa y que la usufructó luego para hacer del Nuevo Mundo un Mundo Viejo, a su imagen y semejanza, un espejo de esa España que los señores habían petrificado.
Si el pensamiento renacentista, los conocimientos geográficos,así como la expansión del mercado mundial y las incesantes invenciones constituían el marco histórico del Almirante, tras su proeza, y a su sombra, descenderá sobre la tierra recién descubierta la bandada de usurpadores senõriales.
Los caballeros de Castilla dejarán a un lado, con mano de hierro, y guante de terciopelo, no sólo a los soldados de la conquista, sino también a aquellos españoles que pretendían crear una nación burguesa en América, puesto que ya no podian hacerlo en España . De este modo, la conquista y colonización llevará el sello indeleble de la sociedad castellana, durante los tres siglos de su decadencia; y si logra crear algunos focos industriales, será justamente a causa de la insuficiencia productiva de la metrópoli. Unicamente cuando España intenta débilmente reubicarse en la corriente de la historia universal, con el advenimiento de los Borbones, el Nuevo Mundo experimenta cierto progreso. Pero era demasiado tarde.

4. Los Incas y Aztecas descubren Europa.
Al desembarcar el porquero trujillano Francisco Pizarro en las costas peruanas, al frente de 179 hombres y 37 caballos, ni sospechaba siquiera la magnitud del enfrentamiento histórico pronto a desencadenarse. Una civilización y una cultura lo esperaban. Era la exacta oportunidad -no soñada, ni entrevista- para hacerse de un imperio, casi sin perder el aliento. Hernán Cortés no había sido tan afortunado. Pues el Imperio de los Incas estaba trabajado por graves disenciones internas.
El conflicto entre los dos hermanos, Atahualpa y Huáscar, sucesores del poder legado por el monarca incaico Huaina Capac, facilitó el audaz golpe de los soldados de fortuna, y lo eran, sin duda. Francisco Pizarro y sus camaradas conquistaron un imperio inmenso en descomposición. Con entera justicia, podrá escribirse que nada habían heredado de la Hispania romana, pues hicieron todo lo posible para dificultar con su ciego pillaje el conocimiento posterior de la civilización que destruían. Cuando los soldados españoles ingresaron al Templo del Sol, en el Cuzco, les pareció haber llegado a la Ciudad de los Césares, tales eran las maravillas allí reunidas. El deslumbramiento fue breve:"Sin piedad, los preciados símbolos fueron arrancados de sus sitios, derribadas las momias reales... deshechos en pedazos y arrancados de cuajo sus ornamentos. Las vasijas sagradas fueron golpeadas y destrozadas; indignamente rasgadas en pedazos las inapreciables tapicerías. Las magníficas alfombras y los más hermosos tejidos jamás vistos, fueron cortados en tiras con espadas y dagas para envolver la carga del áureo botín. Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable. Desnudaban así al templo y las maravillas del jardín, de toda pieza preciosa y metales. Ajenos a la belleza, al arte, al incalculable valor del botín, arrojaban al crisol para convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo: las placas que habían cubierto los muros, los asombrosos árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín" .
Así procedieron los hombres de Pizarro en todo el Imperio. Todo lo que podían destruir, lo destruyeron. "Cuando los españoles quitaron las llaves de metal que sostenían las losas de piedra de Tiahuanaco, las construcciones que hasta entonces se habían mantenido intactas durante mil años, se desmoronaron para convertirse en ruinas. Incontables millares de toneladas de antiguos edificios, monumentos e ídolos de piedra fueron destruídos" .
Pese a la desatada furia, el genio civilizador del Incario había elevado tales muestras de su energía que no pudieron arrasarlas ni siquiera los viejos saqueadores de Flandes o de Roma. El propio Templo del Sol, indemne al hacha española, fue convenientemente arreglado para servir al culto cristiano. El pillaje continuó durante los últimos cuatro siglos, aunque es justo decir que durante la mitad de ese extenso período en el saqueo de las de las viejas y nuevas culturas tuvieron parte decisiva las nuevas oligarquias criollas y los imperios anglosajones.
No constituye una irreverencia histórica dejar sentado que el núcleo de los conquistadores del Perú constituía una gavilla de bandidos, realmente dignos del infierno, cuya ocupación favorita consistía en acuchillarse recíprocamente y en traicionar a su rey. Hubieran hecho buena figura como condenados a galera en cualquier prisión del mundo. En este preciso sentido, un Francisco Pizarro, muerto por sus acólitos en Lima, Diego de Almagro, asesinado por los pizarristas, Carvajal, un criminal de alma helada o Lope de Aguirre, poseído de demencia homicida, no diferían de los conquistadores ingleses, holandeses y franceses de su época.
Había un abismo entre tales sátrapas y Hernán Cortés, un ilustrado y notabilísimo político, cuya medida crueldad, y rasgos de inspiración, hubiera aprobado el florentino Nicolás Maquiavelo. Si se deja por un momento de lado el nivel de civilización técnica y de utilaje militar que manejaba el feroz Pizarro, y que consagró su inverosímil victoria sobre los Incas, este gran pueblo americano empleaba para su expansión imperial una inteligencia política que los españoles omitían en sus métodos de conquista. Cuando el Inca se proponía ensanchar su Imperio "se informaba primero de la situación general de la tribu que ocupaba ese territorio y de sus alianzas; se esforzaba en aislar al adversario obrando sobre los jefes de los pueblos vecinos mediante dones o amenazas; después encargaba a sus espías el estudiar las vías de acceso y los centros de resistencia. Al mismo tiempo, enviaba mensajeros en distintas ocasiones, para pedir obediencia y ofrecer ricos presentes. Si los indios se sometían, el Inca no les hacía ningún daño; si resistían, el ejército penetraba en el territorio enemigo, pero sin entregarse al pillaje ni devastar un país que el monarca pensaba anexionar" .
¡Como para prestarle crédito a la clasificación de Morgan, que Engels hizo suya, acerca de que los Incas vivían en el "estadio medio de la barbarie" por el hecho de que desconocían la rueda y carecían de fundiciones de hierro! Los eruditos europeos, enfermos de presunción, se han esmerado en enseñar a los indígenas del mundo cuál es el lugar exacto que les corresponde en la escala jerárquica de la historia . Todo lo que era diferente, lo consideraban inferior. En cuanto a los soldados de las conquista, nada más claro y verdadero, más tristemente humano, que la explicación de Mariano Picón- Salas: "¿A qué asombrarnos de que esa masa de pecheros, de pequeños hidalgos empobrecidos, de bastardos sin herencia que formaban el aluvión conquistador anhelen forjarse sus ínsulas de metales preciosos? El sueño de Sancho Panza, que Cervantes incorporó en el más representativo libro español, sueño de buena comida, de eterna boda de Camacho en que se voltea sin cesar el asador y se derraman las botas de vino, representa uno de los temas y los sueños del pueblo español, cuando desde Carlos V sobre la vieja y pequeña economía agrícola prevalece en Castilla el latifundio ganadero de la 'mesta' y el país hispano se vierte en empresas exteriores que arruinan su economía interna" .

5. La propiedad colectiva de la tierra.
El Imperio incaico ejercía su influencia sobre el actual Perú, Bolivia, Ecuador, parte de Chile, un sector del norte argentino, cierta fracción de la selva brasileña, y hasta parte de Colombia, donde se manifiestan numerosos testimonios en la toponimia y la cultura sobrevivientes. El saqueo de los conquistadores ha contribuído a dificultar un estudio completo de la sociedad incaica y de sus orígenes. Los incas no habían llegado todavía a la escritura. Desconocían la rueda, el manipuleo de metales (hierro), el vidrio, el trigo y el caballo. La civilización incaica se fundaba en la propiedad colectiva de la tierra, en el cultivo del maíz y en la domesticación de la llama. El desarrollo y apogeo del Imperio duró cuatro siglos. Constituía, por lo demás, una confederación altamente centralizada de tribus. Se consolidó en ella una sociedad estratificada, cuya población agrícola, con sus caciques locales, producía la alimentación fundamental de la comunidad, que era vegetal, pues la carne era prácticamente desconocida como alimento. Las clases sociales se erigían a partir de las comunidades nucleadas alrededor del "ayllu"; la aristocracia, rodeada por los jefes militares, los sabios o "amautas" y los artesanos reales, culminaba en la persona divina del Inca, hijo del Sol. La reglamentación estricta y planificada de la vida económica y social estaba determinada por la escasez de los recursos naturales y el grado de la técnica alcanzada por los Incas. Para sobrevivir en medio de una naturaleza que todavía no podía dominar, esta sociedad original había creado un ingenioso sistema de irrigación agrícola, superior en muchos aspectos al romano, y un conjunto de carreteras digno de comparar al concebido por la civilización clásica, que aún se emplea parcialmente.
Nos encontramos aquí con un tipo de civilización americana que reviste cierta afinidad formal con el "modo de producción asiática·" descripto por Marx .
Prevengo al lector, sin embargo, contra la propensión inconciente de todo latinoamericano, de emplear prestigiosos estereotipos de factura europea para clasificar todos los fenómenos del mundo entero, y en consecuencia, a rehusarse el examen de la elusiva realidad americana sin intermediarios. Digo esto sin orgullo: conozco el paño "porque he sido sastre".
El régimen hidráulico del Incario, en cierto sentido análogo a las viejas civilizaciones del Nilo y sus grandes obras públicas, exigían una disciplina rigurosa y un régimen político vertical que deja poco lugar a las ilusiones socialistas de algunos autores como Mariátegui , a la poesía nostálgica de Haya de la Torre o a las libertades terminológicas de ciertos profesores europeos .
La palabra "socialista" o "comunista" poco tienen que hacer aquí en su sentido clásico, sea "utópico" o "científico", frente a este notable ejemplo de propiedad colectiva de la tierra y de subordinación ciega al hijo del Sol y a su burocrático despotismo.
Las lenguas incaicas, sobre todo el quechua y el aymará, puesto que el uru estaba en completa decadencia al llegar los españoles, poseen una estructura simple y lógica. Su evolución, en caso de que esa civilización hubiera dispuesto del tiempo necesario para lograr una lengua escrita, habría consolidado una "unidad nacional" más efectiva que la vigente cuando el Imperio sucumbió. En cuanto a la historia, los Incas sumieron en el olvido deliberado más absoluto a las antiguas civilizaciones, de las que sin duda procedían y de las que, obviamente, habían heredado parte considerable de sus métodos económicos y políticos.
Frente a su propio pasado, el Imperio adoptaba, con toda desenvoltura historiográfica, el criterio de fijar en sus "quipus", así como inscribir en planchas de oro, los acontecimientos más memorables o meritorios de los monarcas anteriores, con cierta salvedad. Si algun antepasado hubiera cometido lo que se juzgaba, de algún modo, un crimen, error o falta grave, era silenciado por completo, borrado de la historia incaica e ignorado por las generaciones posteriores. Tal método crítico revela que los Incas, si no pretendían ser fundadores de la ciencia histórica burguesa, o de los atormentados cronistas de Stalin, podían al menos aspirar a figurar entre los más cautos profesantes de la historia .
Semejante sociedad, geometrizada y apasionada por la estadística, que sometía a sus miembros a una existencia pasiva y ordenada, junto a la cual los jesuitas de las Misiones parecerán bohemios incorregibles, exhalaba un aire faraónico por todos sus poros. Su célebre frase cotidiana: "No robes, no mientas, no haraganees" era la cifra de una comunidad militar, en la cual la falta más leve era penada con la muerte y donde una disciplina de hierro se imponía para arrancar a la tierra difícil, apenas abierta por el arado de mano, el sustento de todos sus miembros.
El conjunto del Imperio era imponente. Sus ejércitos llevaron la zozobra al puñado de españoles que se atrevió a desafiarlo. Pero la sociedad estática y doblegada, se disipó como el humo ante el primer golpe. Luego, las rebeliones sucesivas fueron aplastadas sin piedad y sin esfuerzo por el escudo de hierro, el arcabuz y el caballo, que, piénsese lo que se quiera, fueron no sólo la primera muestra que la cultura de Europa ofreció al "buen salvaje" sino también, en definitiva, la expresión cruel, pero expresión al fin, de la superior técnica de Occidente.

6. Toltecas, aztecas y mayas.
Muy lejos de la cultura andina, habían florecido notabilísimas sociedades prehispánicas.
La profecía azteca que anunciaba la llegada de los blancos, asociada a un período de miseria y dolor, resultó confirmada. Una canción mexicana muy posterior, La maldición de la Malinche, evoca el acontecimiento:

"Del mar los vieron llegar mis hermanos emplumados/
eran los hombres barbados de la profecía esperada/
se oyó la voz del monarca de que Dios había llegado/
y les abrimos la puerta por temor a lo ignorado".

Los dos grupos sociales que poseían un nivel notable en sus civilizaciones respectivas cuando llegaron los españoles, eran los incas y los aztecas. Estos últimos, por lo demás, cuando el conquistador Hernán Cortés arribó a México, sólo dominaban una confederación inorgánica de tribus, mal avenidas al poder central y cuyas disputas interiores amenazaban gravemente la débil unidad de un régimen mucho menos integrado que el Incaico. Los aztecas sólo controlaban y habían impuesto su sello cultural a una reducida parte del actual territorio de México, sobre todo en las altas planicies y en los valles, donde residía su capital.
También existían otras culturas, como la de los zapotecas, hostiles a los aztecas y que colaboraron con Hernán Cortés contra aquéllos, así como la de los tlascaltecas, que procedieron del mismo modo. Las decenas de tribus y razas de México no constituían en modo alguno nada que pudiera asimilarse a una "unidad nacional". El número de dialectos en México era incontable, lo mismo que sus creencias religiosas, sus estilos artísticos y sus hábitos .
Los aztecas tenían tras de sí un gran pasado histórico. La vieja civilización tolteca, de la cual eran su expresión más decadente, integra parte de esa tradición que los investigadores aún no han terminado de estudiar y que dejara su rastro notable no sólo en la cultura azteca, sino también sobre los restos de la cultura maya, en la actual Guatemala y parte de Yucatán. Debe establecerse desde ya, que la conquista española enfrentó a un gran Imperio, cuyo núcleo dominante se encontraba asentado en una pequeña isla, desde la cual el poderío militar nahua (o azteca) ejercía el control global sobre parte de 38 provincias, tributarias de los aztecas.
Estos últimos, establecidos en el valle de México, ejercían una suerte de satrapía oriental sobre todas ellas. Aunque sobre los aztecas se dispone de información más abundante que con respecto a las viejas culturas mexicanas, puede considerarse que la conquista española, como en el caso del Imperio inca, ejerció una devastación de tal magnitud sobre los monumentos, templos, archivos y manuscritos, que gran parte del pasado prehispánico resulta en gran parte indescifrable a la moderna investigación.
Para escoger tan sólo dos ejemplos, diremos que Juan de Zúmarraga, primer arzobispo de México, se envanecía en una carta de 1547, de que sus sacerdotes habían destruído, hasta ese momento, más de 500 templos mexicanos y quemado más de 20.000 ídolos. Con sus propias manos, el ardoroso prelado ayudó a incinerar los archivos de Texcoco; imitó su celoso ejemplo el obispo de Yucatán, Diego de Landa, que en 1562 entregó al fuego purificador los manuscritos mayas, el único pueblo de América precolombina que había logrado crear una escritura y cuyos principales testimonios históricos y literarios se han perdido, en gran parte, por estos diligentes pastores .
Numerosos clérigos, y hasta conquistadores como Hernán Cortés y, sobre todo, Bernal Díaz del Castillo, remediaron en parte la devastación, recogiendo en sus crónicas y recuerdos los testimonios vivientes de la civilización que agonizaba bajo sus ojos . No en vano Hernán Cortés, muy superior en todos los respectos a Pizarro, dirá luego, para justificar en cierto modo el vandalismo conquistador: "Porque es notorio que la más de la gente española que pasa, son de baja manera, fuertes y viciosos de diversos vicios y pecados" .
Si se tiene en cuenta que Cortés y sus soldados, inmediatamente después de su victoria sobre Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, destruyeron por completo Tenochtitlán, la capital azteca, sobre la cual se edificó la actual ciudad de México, puede comprenderse que su reflexión sea, al mismo tiempo, una confesión. Mientras que los habitantes de Atenas y Roma, dice Krickeberg, descienden de los griegos y romanos que vivieron hace tres mil años, pues las dos grandes capitales se fueron construyendo sobre sus antecesoras sin destruírlas, la actual México está edificada sobre las ruinas de la ciudad azteca: de un solo tajo se destruyó la vieja cultura y se escindió la historia de lo que los europeos llamarían el Nuevo Mundo, aunque era más antiguo que muchas de las grandes naciones de Occidente.
En los que hoy conocemos como México,se hablaban 82 lenguas, que formaban 11 ó 12 grupos y que se agrupaban en 4 ó 5 familias lingüísticas . La lengua náhuatl era en el siglo XVI, con la maya y la quechua, una de las tres lenguas literarias de la vieja América. En ella se habían compuesto himnos a los dioses, poemas épicos y obras históricas. Observemos, desde ya, que pese a todas las analogías que los filólogos puedan encontrar entre las lenguas mexicanas o mesoamericanas, estamos en presencia de mundos culturales e idiomáticos prácticamente incomunicables: basta señalar las distancias, las lenguas y las culturas que separaban a las dos grandes civilizaciones americanas para comprender el papel histórico unificador que desempeñaron los españoles desde el punto de vista de la creación de una nacionalidad.
Análogamente a los incas, los aztecas carecían de cereales panificables. Su cultivo fundamental era el maíz. La inexistencia de grandes cuadrúpedos les vedaba una alimentación completa, con la leche y la carne. Por añadidura, la carencia de transporte mecánico y animal, esto es, de la rueda, el buey y el arado, obstaculizaba el aumento de la productividad agrícola. Estos factores técnicos crearon su déficit alimentario y limitaron el nivel cultural . Se tendrá presente que si los incas utilizaban la llama como animal doméstico (que soporta, a lo sumo, un peso de 55 kilos) los aztecas o los mayas, en cambio, no conocieron animales domésticos semejantes. El transporte, en consecuencia, se hacía a lomo de indio. El fundamento de la organización social y económica azteca era el calpulli, equivalente al ayllu incaico y que distinguía a la propiedad colectiva de la tierra.
Una casta de guerreros, sacerdotes y ricos comerciantes, que traficaban productos con la costa, servían de base al Jefe o Emperador, cabeza de una sociedad más o menos militar. Las clases aztecas privilegiadas vivían en palacios suntuosos. Los ritos religiosos, que incluían sacrificios humanos, estaban íntimamente vinculados al bajo nivel productivo de su agricultura y a la ferocidad del régimen tributario y esclavista que asolaba más allá del valle de México .
Las carreteras, el sistema veloz de comunicaciones, la dureza extrema de la vida, el saqueo de las tribus sometidas, aproximaban más literalmente a los aztecas al tipo de despotismo oriental, combinado con el modo de producción de las sociedades agrícolas antiguas. Contaban con una escritura jeroglífica, un calendario y nociones de aritmética y astronomía. No trabajaban los metales industriales pero descollaban en la orfebrería, el dibujo, el delicado arte del trabajo en plumas y la arquitectura monumental. Eran excelentes cartógrafos. Cuando Cortés destruyó la capital azteca, Tenochtitlán contaba con 60.000 casas y 300.000 habitantes. Sus ferias comerciales deslumbraron a Bernal Díaz del Castillo, el cronista. Le parecía encontrarse, por su animación, variedad de artículos e intensidad del intercambio, en una feria europea. Los oficios y artesanías aztecas han perdurado hasta hoy y, de algun modo, las culturas prehispánicas, impregnan el espíritu y la sociedad del México contemporáneo.

7. Fin y comienzo.
En cuanto a los mayas, habían desaparecido cuando se produjo la conquista. A lo largo de una historia prolongada y misteriosa, habían llegado a crear una escritura perfecta y el calendario más preciso que se había conocido hasta la adopción del calendario gregoriano en Occidente. Sus cálculos astronómicos eran rigurosos, no menos que la maravilla de su arquitectura y sus artes monumentales . Si se considera en su conjunto, tanto la escritura maya, como la arquitectura preincaica chimu, los indios nascas y su arte cerámico, sin olvidar los calendarios aztecas o toltecas y las carreteras y tejidos incaicos, la vieja América que deslumbró a los cronistas españoles, ofrecía un maravilloso cuadro cultural que no ha podido ser exterminado por completo. Algunos de sus elementos sobreviven y forman parte del grandioso proceso de fusión entre los europeos y autóctonos en los últimos siglos .
Fuera de estos centros de cultura, algunos a punto de disolución, otros al cabo de su apogeo o próximos a su crisis, la más variada gama de tribus y grupos étnicos vivía en el Nuevo Mundo al aparecer los españoles en su horizonte. Desde el nomadismo hasta formas primitivas de agricultura, poblaban la "terra incognita" indios desnudos o nativos cubiertos con piel de venado, alfareros o tejedores de mimbre, pescadores o cazadores de bisontes, sedentarios cultivadores de mandioca en las Antillas o en el área amazónica.
Continente tan inmenso como lo había soñado Séneca, rodeado de dos océanos, acariciado por el Golfo de México y el mar Caribe, y sostenido por los Andes, cruzado por los ríos más extensos del mundo, habitado por todas las razas y culturas, la estupefacción de los conquistadores, al encontrar un universo habitado por astrónomos y caníbales, fue breve. La colonización comenzaba, el oro relucía allí y el Reino de los Cielos estaba en este mundo.

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