CAPITULO IV
LA CRISIS DEL IMPERIO HISPANO-CRIOLLO
"Aquí no hay más cómplices que tú y
yo: tú por opresor, y yo, por libertador, merecemos la muerte".
Tupac Amaru, al Visitador Areche,que le exigía el nombre de suscómplices.
"Un pueblo que oprime a otro no puede
ser libre".
Inca Yupanqui, en las Cortes de Cádiz, 1811.
1. La España del valido Godoy.
En las últimas horas del siglo XVIII, la
crisis interna del Imperio era incontenible. La inutilidad de los esfuerzos
borbónicos por rejuvenecer España desde la cúspide sin tocar su estructura
profunda, se puso de relieve con la muerte de Carlos III en 1788. Tan sólo un
año más tarde, el triunfo de la Revolución Francesa indicaba el ocaso del
absolutismo. Nada podía esperarse ya de él cuando la burguesía y las clases
populares entraban en la historia. La era borbónica había llegado muy tarde
a la vida española y se agotaba rápidamente. Sus mejores medidas en América
hispánica tuvieron el curioso efecto de acelerar la destrucción del viejo
Imperio.
Mientras Francia libra las grandes batallas revolucionarias, se sienta en el
trono español el hijo de Carlos, que llevará el nombre de Carlos IV. María
Luisa, Mesalina aquejada de furor erótico y que enviará a sus favoritos
desde sus alcobas a los ministerios del reino, será la digna mujer de este
monarca, tan pasivo y tolerante como su desdichado colega Luis XVI.
Napoleón, que no tenía pelos en la lengua, solía decir: "María Luisa
tiene su pasado y su carácter escrito en la cara, lo cual es todo lo que yo
necesito decir. Sobrepasa a cualquier cosa que uno se atreva a imaginar".
A tal pareja debía tocarle como vástago el famoso felón Fernando VII, el
rey de peor ralea que debió sufrir la heroica España. María Antonieta de
Nápoles, su primera esposa, resumía más tarde la impresión que le produjo
el conocimiento de Fernando con esta palabras: "Creí que había perdido
mis sentidos".
Al morir Carlos III en 1788 holgazaneaban en España 500.000 hidalgos según
el censo del año anterior . En otras palabras, un noble por cada 20
españoles. El "despotismo ilustrado" nada había podido hacer
contra esa lacra social que mantenía a España en la parálisis. Aunque el
mayorazgo condenaba a la miseria a la mayor parte de los segundones, éstos se
negaban a consagrarse a algún tabajo manual, que los hubiera despojado de su
hidalguía. Cuando alguno se resolvía a hacerlo, le ocurría como a aquel
hidalgo que Casanova conoció bajo Carlos III, y que aunque trabajaba de
zapatero remendón, se negaba altivamente a tomar las medidas de los pies de
sus clientes . En 1787 había en España 280.000 sirvientes, sugestiva cifra
si se la compara con la de los 310.000 obreros y artesanos y los 200.000
miembros del clero. El gran pasado histórico arrojaba su sombra y sus maneras
sobre la Nación debilitada. El hidalgo y el mendigo se califican mutuamente
de "Su Gracia" al hablarse. El campesino español, según lo
describe Unamuno es de una "raza toda sarmiento, tostada por el sol y
curtida por los hielos; raza sobria, producto de una larga selección por el
frío de los más crudos inviernos y por hambres periódicas; raza
acostumbrada a las inclemencias del cielo y a las penurias de la vida. El
campesino español es tranquilo en sus movimientos, su conversación es
reposada y grave. Se asemeja a un Rey destronado" .
Cuando Carlos IV asciende al trono, ya el hermoso y sanguíneo oficial de la
guardia Manuel Godoy era el amante de María Luisa. Sin embargo, sea dicho sin
ironía, lo mejor de la casa real era este plebeyo arrebatado por el vértigo
del poder. Desde el punto de vista puramente biólogico su sangre sin nobleza
había proporcionado a la pareja real los dos infantes más sanos y bellos, lo
que no dejaba de ser un mérito, si no para la historia de España, por lo
menos para la historia familiar de los Borbones. De atender a la decisiva
influencia que Godoy adquiere casi inmediatamente después del entronizamiento
de su real amiga, sus merecimientos son mayores aún.
Pues si el valido Godoy había entrado a la política española por la puerta
del dormitorio de la reina, acreditó, a pesar de la mediocridad fatal de ese
reinado,una desmayada tentativa de continuar la política de "despotismo
ilustrado" heredada de los grandes ministros de Carlos III. Aunque
algunos de ellos todavía continuaban en sus ministerios -como Floridablaca y
Jovellanos-, al fin y al cabo ya todo estaba perdido.
2. Los adelantados de la independencia.
En Europa resonaban las marchas del ejército del Rhin y aparecían en
América los precursores de la independencia. Los Derechos del Hombre y la
revolución de las colonias británicas en América del Norte hacían crujir
el viejo orden. Los clérigos de las Indias meditaban a Rousseau. En una rica
biblioteca de 3.000 volúmenes en la Córdoba americana de fines de siglo, un
sacerdote, el deán Funes, repasaba amorosa, aunque cautelosamente, sus
volúmenes de la Enciclopedia . Las envejecidas ordenanzas españolas ya no
servían para prohibir la introducción de los tejidos del algodón británico
ni libros más inflamables que el algodón. Un propietario bogotano, Antonio
de Nariño, después de recorrer sus haciendas en la sabana, se encerraba en
su biblioteca de seis mil volúmenes para leer con pasión las sesiones de la
Asamblea Constituyente de Francia. Para su regocijo de rico erudito, posee una
imprenta en miniatura. Allí imprime en pequeñas cantidades ciertos textos
que le placen y los obsequia a sus amigos. Caen en sus manos por azar los 17
artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y los
imprime. Esos 17 artículos, dirá muy luego, "me costaron más años de
cárceles y persecuciones". Confiscados sus bienes, es conducido
prisionero a España y condenado a 10 años de prisión en Africa, además del
extrañamiento perpetuo de América.
Así inicia su carrera de revolucionario uno de los grandes personajes de la
"grey mantuana", es decir de las clases criollas opulentas. El
régimen español sofocaba en particular los intereses de aquellos
"marqueses del cacao y del tabaco" a cuyo núcleo social pertenecía
el joven Bolívar. Más abajo, entre los mestizos y las "castas
infames" se acumulaba un odio doble, hacia los criollos y hacia los
engreídos españoles a la vez. Tal fue el carácter de lucha de clases que
asumiría en su primera etapa el incipiente movimiento de independencia .
Chirino, el mulato de Coro, proyecta en las Antillas organizar una
insurrección de las castas contra los poderosos blancos, españoles o
criollos. Otros conspiradores venezolanos, Manuel Gual y José María España,
amigos de Francisco de Miranda, marchan hacia el cadalso.
3. El plan de Miranda.
Es Miranda, no obstante, el más importante de los adelantados de la
revolución. Había abandonado la entumecida América Hispana para desplegar
una prodigiosa carrera de soldado, aventurero y Casanova revolucionario, que
admite pocos paralelos. Conversador ingenioso en los salones de Europa,
general de los ejércitos de la Revolución Francesa, protegido de Catalina de
Rusia, amante de camareras de postas y de princesas de sangre real, este
hombre singular vivió sin embargo una obsesión: la emancipación de la
América hispánica, dentro de una fórmula: independiente, pero unida.
Así el orgulloso caraqueño de perfil romano ofrecía un programa que sería
el de América latina durante décadas, que desfallecería durante un diglo y
que sin embargo es la clave de los pueblos latinoamericanos en el siglo XX .
Francisco de Miranda enriqueció esta idea con planes políticos no menos
osados. Era un hecho admitido para los latinoamericanos de la época que el
absolutismo español cerraba toda posibilidad de acuerdo con la metrópoli.
Para contribuir a la emancipación de las colonias americanas se imponía la
alianza con Inglaterra, con Estados Unidos o con ambas potencias a la vez.
Esto ha valido a Miranda (también a San Martín y a Bolívar) la acusación
de actuar al servicio del poder británico.
Sin embargo, si se tiene en cuenta la situación internacional de la época,
no se puede poner en duda el patriotismo de los tres personajes aludidos. El
interés de Inglaterra por la independencia americana se fundaba en razones
económicas que más adelante se explicarán; pero el primer enemigo de
América Hispánica era el absolutismo español. De este hecho irrebatible se
derivaba una conclusión política elemental. El adversario de España era
visto como nuestro amigo.
Miranda había concebido una vasta Confederación, llamada Colombia, que
abrazaría a los pueblos hispanoamericanos desde Tierra del Fuego hasta el
Missisipí. Esta organización política estaría coronada por un Inca como
Emperador hereditario. Contaría con dos cámaras, un poder judicial, un
sistema de ediles y cuestores. En esta caprichosa combinación de Roma y
Cuzco, la constitución americana completaría la amalgama.
El gabinete británico, que mantuvo durante muchos años una constante
vinculación con Miranda (éste recibió largo tiempo una pensión del
gobierno inglés, que lo consideraba un conspirador utilizable), leía con
atención sus planes y memoriales, meditaba y dejaba correr el tiempo. Pues
para la Inglaterra de fines del siglo XVIII la tentación de esos vastos
mercados que la atraían al otro lado del Atlántico no era menor que el
aborrecimiento de todas las revoluciones: sus propias colonias americanas y
los extravíos de la Revolución Francesa le habían infligido una severa
lección. Para colmo, la Revolución Francesa había degenerado en un
Thermidor. Cuando las cabezas de los revolucionarios cayeron en la misma cesta
que había recibido las de la familia real de Francia y los ingleses creían
tocar el cielo con las manos, de ese Thermidor emergió un mounstruo peor
todavía, el usurpador Bonaparte. El corso se proponía mucho más que
guillotinar reyes: amenazaba la hegemonía industrial inglesa en Europa .
4. La política británica en las colonias
españolas.
Durante varios siglos el comercio inglés se había enfrentado con el
monopolio español en las Indias. Pero las debilidades de los Austria
permitieron a Inglaterra horadar el muro desde la propia Cádiz. Luego, el
contrabando y los intereses regionales de los exportadores hispano-criollos
lograron vencer ilegalmente las trabas impuestas al comercio. Pese a todo,
dichas ventajas estaban lejos de ser satisfactorias a partir de mediados del
siglo XVIII cuando la revolución industrial amplió enormemente la capacidad
productiva de la manufactura británica. Inglaterra no estaba dispuesta a
escuchar el clamor de su burguesía industrial, sin embargo, si una aventura
en América ponía en peligro la paciente tela de araña tejida para preservar
el equilibrio europeo.
Desde los tiempo de Cromwell, en que el dictador concibió un "Proyecto
Occidental" en 1654 para organizar un emporio británico en las Indias,
sólo habían aparecido aisladas tentativas inglesas, generalmente libradas a
la piratería real, para dominar territorialmente algunas porciones del
gigante de las Indias. Tal había sido el destino de la isla de Jamaica y la
Florida. El contrabando había calmado algo las inquietudes de los
exportadores británicos, hasta el punto que a principios del siglo XVIII, se
consideraba una participación en esa empresa dolosa como "conseguir un
gran premio en una lotería" .
Al despuntar el siglo XIX, Inglaterra se enfrentaba con una Francia
industrializada que reducía las perspectivas del mercado europeo. La
cuestión de los mercados latinoamericanos se imponía cada vez con mayor
fuerza a las cavilaciones del Foreign Office. Ya en 1805 el valor de las
exportaciones inglesas a América latina ascendía a 1.771.418 libras
esterlinas. Se consideraba en Londres que este fabuloso continente de habla
española podía absorber más mercancías inglesas que la India y los Estados
Unidos. En efecto, en 1809 el valor de las exportaciones subía a la enorme
suma de 18.014.219 libras esterlinas. Era, pues, imposible para Inglaterra
ignorar ese continente. Pero tampoco podía permitirse la iniciación de
ninguna acción alentadora de los proyectos de Miranda, si subsistía una
situación de paz con España. Solamente en caso de conflicto militar europeo,
los ingleses estarían en condiciones políticas de impulsar la emancipación
de las colonias españolas. Semejante estrategia detuvo los planes de Miranda
durante años.
Al fin, en 1804, estalló una guerra entre España e Inglaterra, que concluyó
sin mayor bulla al año siguiente, ya que la presión del Zar de Rusia, que
preparaba una gran coalición conta Napoleón, persuadió a Inglaterra para
firmar la paz. Y como había sido siempre, el general venezolano quedó a
disposición del Foreign Office, que lo mostraba ante España "como un
mero instrumento para ser usado en caso de fallar ésta en su buena
conducta" .
5. El error de la invasión militar.
Naturalmente, la cobarde corte de Madrid ofreció ciertas compensaciones
comerciales en Hispanoamérica. Pitt parecía satisfecho en ese aspecto, pues
todas sus energías estaban absorbidas por la coalición europea contra
Bonaparte. La batalla de Austerlitz tronchó sus esperanzas y quizás hasta su
vida, pues falleció en 1806. Mientras tanto, desalentado por las vacilaciones
británicas, Miranda se había hecho a la mar desde Estados Unidos para
desembarcar en las costas de su patria.
Cuando el precursor de la Independencia tocó con sus naves los puertos de
Haití en 1804, antes de desembarcar en las costas venezolanas, el emperador
negro Dessalines le ofreció su ayuda y le preguntó con qué medios pensaba
emancipar Sudamérica. Miranda le respondió que ante todo reuniría los
personajes más notables del país en una Asamblea y que "proclamaría la
Independencia por un Acta, un manifiesto que reuniera a todos los habitantes
en un mismo espíritu. A estas palabras, Dessalines agitó e hizo girar la
tabaquera entre sus manos, tomó tabaco y dijo a Miranda en criollo . "Y
bien, señor, yo os veo ya fusilado y colgado: no escaparéis a esta suerte.
Como! Os dirigís a hacer una revolución contra un gobierno establecido desde
hace siglos en vuestro país; váis a transformar la situación de los grandes
propietarios, de una multitud de personas y habláis de emplear en vuestra
tarea a los notables, al papel y a la tinta. Sabed, señor, que para hacer una
revolución triunfante no hay sino dos recursos: cortar cabezas e incendiarlo
todo!" Miranda se despidió del terrible emperador de Haití y fue a
Cartagena, donde fracasó en su empresa" .
El caudillo negro tenía toda la razón. La ampulosa retórica del siglo de
las luces no era grata al oído de los esclavos.
Después de publicar un manifiesto cargado de grandes principios abstractos,
Miranda abandonó la partida bajo la custodia de los barcos de lord Cochrane,
el rapaz aventurero inglés. Al mismo tiempo, el inescrupuloso sir Home
Popham, cuya pasión por el dinero lo había distinguido siempre en su carrera
militar, aburrido de vagar por Africa del Sur, había embarcado en El Cabo al
71o. Regimiento dirigido por el coronel Beresford y se había lanzado a la
conquista del Río de la Plata.
No estaba autorizado por el gabinete para esta aventura, pero sabía que si
triunfaba sería respaldado para mayor gloria del Imperio. El desastre de las
invasiones inglesas en Buenos Aires coincidió con el desembarco de Miranda en
Venezuela y aunque ambas expediciones no estaban oficialmente organizadas y
autorizadas por el gobierno inglés, toda la comunidad industrial y comercial
de Gran Bretaña vivía en pleno delirio. Al llegar a Buenos Aires, ebrio de
victoria, Popham escribía a un director de la compañía cafetera inglesa
Lloyd's: "La conquista de este lugar abre un extenso canal para las
manufacturas de la Gran Bretaña" . La captura del botín porteño
($1.086.208 pesos fuertes) le llegó al corazón a Popham:éste es "el
más bello país del mundo.me gustan prodigiosamente los sudamericanos" .
Una excitada muchedumbre, dice un autor, escoltó el tesoro de Buenos Aires a
través de las calles de Londres hasta el Banco de Inglaterra. Pero el
desastre posterior no reunió a muchedumbres semejantes en la capital del
Imperio. Popham fue obligado a regresar a Inglaterra, pagándose el pasaje de
su propio peculio, curiosa situación para un conquistador de tierras lejanas.
En materia de piratería fallida, los ingleses no admitían bromas.
6. Los comienzos de Canning.
Las siguientes tentativas corrieron las misma suerte. El Río de la Plata
proporcionó al Imperio respuestas análogas a las napoleónicas El Dios
Mercurio será más propicio a estos mercaderes que los dones de Marte. Luego
se vengarían a la inglesa, cobrando con mayores intereses usurarios estos
reveses militares. El problema de las colonias españolas, pese a todo, los
siguió preocupando. ¿Y si se enviaran regimientos de católicos irlandeses
para la América del Sur? El fuego del incendio europeo fue más poderoso que
los mercados sudamericanos. El nuevo gabinete británico, elegido por un rey
cuya demencia ya era notoria, no reflejaba, naturalmente, la locura del
monarca, sino la sensatez de la clase dominante.
Como Secretario de Relaciones Exteriores apareció la joven figura de George
Canning, de 35 años, poeta y orador agudo, demasiado brillante para ser
soportable a la aburrida nobleza británica; para colmo, carecía de fortuna y
era hijo de una actriz, con sangre irlandesa en sus venas. Tantos defectos
sólo podían ser compensados por una dosis de formidable talento político y
por la íntima convicción de la nobleza de que este inquietante diputado por
Liverpool (centro de los fabricantes y exportadores), les resultaba
absolutamente indispensable.
Para Canning, y con razón, los problemas europeos eran demasiado arduos como
para tomar en cuenta la emancipación de las colonias españolas. Esto
resultó más evidente cuando Napoleón invadió España, capturó a Carlos IV
y pretendió establecer a su hermano José como rey de España. Impedir la
modernización de España bajo la mano de Napoleón era mucho más importante
en ese momento que emancipar a los mercados sudamericanos. Inglaterra se alió
con España rápidamente y envió sus tropas a la península. Esto no impidió
a Inglaterra seguir con su contrabando en las colonias. De este modo, la etapa
de los precursores como Miranda llegaba a su fin y comenzaba la historia
moderna de América latina.
7. De Carlos IV a "Pepe Botellas".
Los últimos días del reinado de Carlos IV revisten el carácter de una
canallesca ópera bufa. La familia real había transformado la monarquía en
un foco de corrupción e intrigas palaciegas al que resulta difícil
encontrarle una analogía, excepto en las cortes de la decadencia bizantina.
Cuando la amenaza napoleónica se cernía sobre España, Fernando organizaba
una conspiración para envenenar a sus progenitores y acomodarse la corona
sobre su cabeza contrahecha. Descubierto por su padre, se arrepiente
arrojándose a sus pies. Carlos IV, aturdido por los acontecimientos, abdica a
favor de Fernando, que llevará el número siete. Este cretino adquiere
popularidad, pues la opinión pública le atribuye una actitud antifrancesa.
Así será llamado el "deseado". Napoleón aprovecha la intriga
dinástica para arrebatarles la corona simultáneamente a Fernando VII y a
Carlos IV en una tempestuosa escena en Bayona, donde el feroz corso impone a
los aterrorizados Borbones un ultimátum que es aceptado inmediatamente. Los
reyes de España parecían cultivar uno de los defectos jamás imputados al
temperamento español: la cobardía más despreciable. El último mendigo de
España tenía, sin duda, mayor entereza que estos miserables vástagos de la
dinastía borbónica, Reyes de España y las Indias.
Los 100.000 soldados de Murat ocuparon gran parte del territorio peninsular.
Napoleón designó a su hermano José, Rey de España. Ironía de la historia,
este Bonaparte será uno de los mejores reyes de España en su breve reinado,
pero por su condición de impuesto monarca extranjero,el pueblo le impondrá
el nombre de "el tuerto Pepe Botellas". Era un error, pues este rey
plebeyo ni era tuerto ni aficionado al vino .
"Al no ver nada vivo en la monarquía española, escribe Marx, salvo la
miserable dinastía que había puesto bajo llave [Napoleón], se sintió
completamente seguro de que había confiscado España. Pero pocos días
después de su golpe de mano, recibió la noticia de una insurrección en
Madrid. Cierto es que Murat aplastó el levantamiento matando cerca de mil
personas; pero cuando se conoció esta matanza, estalló una insurrección en
Asturias que muy pronto englobó todo el reino. Debe subrayarse que este
primer levantamiento espontáneo surgió del pueblo, mientras las clases
"bien" se habían sometido tranquilamente al yugo extranjero" .
La nobleza de España capituló inmediatamente ante el corso. El rey José
recibió en Bayona a una diputación de los Grandes de España, en cuyo nombre
habló el duque del Infantado (amigo íntimo del prisionero Fernando VII),
quien dijo al francés: "Señor, los Grandes de España fueron siempre
conocidos por su lealtad hacia sus soberanos, y V. M. hallará en ellos la
misma fidelidad y afección".
Mientras las tropas napoleónicas exterminaban a miles de españoles, Fernando
VII, en cuyo nombre se combatía, adulaba rastreramente al sátrapa
ensoberbecido. Tal era el patriotismo de la realeza y de la aristocracia en la
España que dominaba las Indias. Cerca de 40.000 aristócratas, clérigos y
burgueses catalanes emigraron a Mallorca, dice Altamira, para escapar a los
sacrificios de la guerra . Todo el alto clero acató el nuevo orden
extranjero. Lo mismo hizo el partido de los liberales
"afrancesados", que habiendo perdido toda fe en el despotismo
ilustrado español para regenerar a España, despositaban ahora sus esperanzas
en el absolutismo bonapartista. De este modo se encontraron reunidas las
clases más poderosas de España, la putrefacta aristocracia, la dinastía, la
jerarquía eclesiástica y hasta el ala liberal.
8. La revolución nacional española.
Del otro lado se lanzó a la lucha el pueblo inmenso: los campesinos,
artesanos, maestros, soldados y oficiales del ejército, los hombres más
esclarecidos del bajo clero, todas las clases populares de España. La
paradoja que se estableció era puramente formal: pues si el pueblo español
combatía contra los franceses haciendo esa guerra de independencia nacional
en nombre del fatídico Fernando, en realidad reasumía su soberanía, usaba
sus derechos, organizaba la lucha y creaba las Juntas populares en cada
municipio, que tenían hondas raíces en las viejas libertades y fueros de
España. Quedaba claro que si el pueblo español libraba su guerra contra el
invasor, sólo podía hacerlo realizando su revolución nacional. Los
símbolos eran viejos, el contenido de la lucha muy moderno.
En Francia la revolución se había formulado de otra manera; pero cuando son
genuinas y profundas, cuando brotan de la raíz misma de una historia, todas
las revoluciones son originales e irrepetibles. En toda España surgieron las
partidas de guerrilleros, que según decía el Abate de Pradt, martirizaban al
ejército francés como el mosquito al león de la fábula. Era inútil que
José Bonaparte ofreciese a la nación española una excelente constitución
en Bayona, o que aboliese la Inquisición, suprimiese las aduanas interiores,
pusiese término a la corrupción financiera del Estado e impulsase la
modernización jurídica de la península. Esto debían hacerlo los españoles
mismos, pues las revoluciones no pueden importarse, ni en el siglo XIX ni en
el XX. Justamente la lucha contra los franceses, en cuyas mochilas venían los
nuevos códigos, llevada a cabo bajo la bandera de la reacción borbónica,
suponía verificar las tareas democráticas incumplidas por la España
burguesa.
Mientras el pueblo español combatía en toda la extensión de su territorio
ocupado por las tropas francesas (en Bailén se batía un joven indiano, José
de San Martín, capitán del Regimiento de Murcia), en Sevilla primero y luego
en Cádiz, ejercía sus funciones la Junta Central, que era de hecho el único
gobierno representativo de la nación española.
9. La parálisis de la Junta Central.
Las dos cabezas de la Junta Central eran dos sobrevivientes del siglo XVIII:
el conde de Floridablaca y Gaspar de Jovellanos. Uno era un "burócrata
plebeyo", el otro un "filántropo aristocrático". Pero ambos
habían sido educados en la escuela de Carlos III. El despotismo ilustrado los
había preparado para impedir una revolución modernizando España, en modo
alguno para presidir una revolución que limpiase a España de sus
antiguallas. La incómoda situación en que los había colocado el destino,
debía encontrar en estas dos notables personalidades un eco perplejo.
Floridablanca había desconfiado del pueblo; Jovellanos había intentado
educarlo, pero los dos personajes carecían de toda voluntad para empujar a la
revolución hasta su plenitud.
La anglomanía de Jovellanos, por lo demás, que era un mal de su siglo y
causaría estragos en las jóvenes repúblicas sudamericanas, lo volvía muy
poco propicio a una vasta acción revolucionaria e independiente frente a las
intrigas británicas que ya empezaban a manifestarse. Las proclamas de la
Junta, inspiradas por Jovellanos, que era sobre todo un escritor, llamaban a
grandes fines: tocábale al octogenario Floridablanca impedir realizarlos. De
este modo se repartían las tareas en esa Junta Central, afectada de la misma
parálisis que la vieja España, los dos grandes hombres de la Ilustración.
Cuando las Juntas municipales, por ejemplo, disponían como recurso de guerra
vender bienes de "manos muertas" pertenecientes a la Iglesia, la
Junta Central disponía suspender dichas ventas.
Los pesados tributos a capitalistas y propietarios ordenados por las Juntas
provinciales, las reducciones de sueldos a los empleados públicos, el
reclutamiento militar para todas las clases sin excepción en defensa de la
patria, indicaban que en las juntas de provincias palpitaba la revolución y
que Fernando VII era, mucho más que en América, sólo una máscara, aunque
fuera una máscara repugnante. Pero la Junta Central navegaba por el
turbulento río revolucionario como una carabela arcaica en el Mar Océano.
Por todas partes veía monstruos y grifos marinos con sus fauces abiertas:
sólo atinaba a recomendar moderación. ¡Penoso espectáculo el de los sabios
de Carlos III llevados y traídos por el tormentoso nuevo siglo!
Desde los gabinetes del difunto rey habían soñado con una España
rejuvenecida y libre de la barbarie feudal: ahora retrocedían aterrorizados
al verla erguirse entre los dolores del parto. Aún entre la respiración
entrecortada de sus proclamas se advertía claramente el significado general
de la situación: "La providencia ha decidido que en la terrible crisis
que atravesamos, no pudiérais dar un solo paso hacia la independencia sin que
al mismo tiempo no os acercara la libertad".
Esto es, la lucha por la independencia nacional contra los franceses era
indisociable del derrocamiento del absolutismo español, la conquista de las
libertades populares. Independencia nacional y soberanía popular, tal era el
contenido esencial de esos grandes días de España.
Algunos historiadores reaccionarios, argentinos y españoles de acervo
cavernícola niegan ese carácater revolucionario del liberalismo español,
identificándolo con el liberalismo caduco del siglo XX. En el fondo alimentan
la nostalgia del "viejo régimen" feudal, cuyo retrato hemos hecho
hasta aquí. Como era previsible, la política vacilante de la Junta y su
temor al pueblo en armas no logró sino un fracaso tras otro. Poco a poco los
franceses fueron apoderándose de toda España, a pesar de las pruebas de
heroísmo de los patriotras. La misión y la frustración de la Junta Central
ha sido juzgada del siguiente modo: "Sólo bajo el poder de la Junta
Central era posible unir las realidades y las exigencias de la defensa
nacional con la transformación de la sociedad española y la emancipación
del espíritu nacional, sin lo cual toda constitución política tiene que
desvanecerse como un fantasma al menor contacto con la vida real" .
10. Ni guerra, ni revolución.
Al separar la guerra de independencia de la revolución española, la Junta
Central anticipaba en un siglo la tragedia de la guerra civil española de
1936, en que el gobierno del Frente Popular, dominado por el stalinismo,
plantea el falso dilema, "primero ganar la guerra, después hacer la
revolución", con lo que perdieron ambas. Pues en 1809, como en 1936, el
pueblo hace la guerra con ciertos fines, que son revolucionarios; si el
gobierno que lo conduce posterga esos fines, el pueblo declina su energía,
apaga su genial iniciativa y la guerra se transforma en un problema técnico,
que ganan los técnicos de las clases hostiles y no los pueblos. Así ocurrió
con la Junta Central. En el ejército y los guerrilleros se habían
concentrado los elementos más revolucionarios de la sociedad española. Pero
fueron destruídos por las intrigas caciquistas y los temores de la Junta
Central. De ese ejército saldrían un día San Martín y Riego: uno, para
luchar por la independencia de América de un absolutismo que no había
logrado vencer en España; el otro, negándose a combatir en América contra
los patriotas, dirigirá su ejército contra Fernando VII.
Al perder casi todo el territorio español, la Junta Central recibía el
premio a su ineptitud. Refugiada en la Isla de León, delegó su poder en un
Consejo de Regencia, más torpe que ella misma y se disolvió. El Consejo de
Regencia convocó a las Cortes de España y las Indias, que asumieron el poder
constituyente en el suelo que pisaban.
11. Las cortes de Cádiz
El 22 de enero de 1809 la Junta Central, cuyo secretario, el ardoroso poeta
Quintana había elevado la técnica de las proclamas al nivel del arte
literario, dictó un decreto en el cual decía que "los vastos y
preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias
o factorías como las de otras naciones, sino una parte esencial e integrante
de la monarquía española" .
Esta idea inaudita resonó en toda la América Hispánica. ¿Cómo, provincias
ultramarinas y no factorías? ¿Había llegado la hora del Nuevo Mundo? ¿El
imperio hispanoamericano lograría a la vez conservar su unidad y
desembarazarse del absolutismo?
El consejo de Regencia se instaló en la Villa de la Real Isla de León
próxima a Cádiz, bajo la protección de los barcos de guerra británicos.
Pues Inglarerra ya ha intervenido con sus fuerzas en suelo español y enfrenta
a los franceses aliada a España. ¿A qué España? Difícil era saberlo, pero
los ingleses carecían de formalismo jurídico. Sabían muy bien qué
buscaban. El Consejo de Regencia está en sus manos y el representante inglés
en España, John Hooklam Frere, elige sin incomodidad alguna a sus miembros.
Sin embargo, dicho Consejo no puede entrar en Cádiz, donde se ha formado una
Junta Revolucionaria Suprema que los acusa de traidores. La presión
británica logra persuadir a los gaditanos para que reconozcan al Consejo de
Regencia y le permitan instalarse en Cádiz. La intervención de los ingleses
en los asuntos españoles estaba lejos de ser desinteresada. No se cifraba tan
sólo en la necesidad de abatir el poderío napoleónico.
El gobierno británico atravesaba difíciles momentos. La economía inglesa se
resentía del bloqueo continental decretado por Napoleón. Estados Unidos
elevaba al mismo tiempo una dura barrera proteccionista contra su antigua
metrópoli. La tentación de los mercados sudamericanos se volvía demasido
fuerte por momentos. Las exportaciones británicas, que alcanzaron en 1810 a
34.061.901 libras esterlinas, bajaron al año siguiente a sólo 22.681.400.
Esto parecía algo semejante al pánico. "El gobierno se convenció a sí
mismo de que sólo el acceso ininterrumpido al mercado latinoamericano podía
respaldar su crédito y pagar la guerra peninsular" .
En tales circunstancias, todos los manejos para instrumentar al Consejo de
Regencia, que parecía estar bajo la influencia inglesa, resultaron inútiles.
Lord Wellesley sugirió que el Consejo debía autorizar a Inglarerra a
comerciar libremente con América del Sur y que los ingleses protegiesen a
Cádiz. Pero el Consejo de Regencia era totalmente impotente para otorgar a
nadie concesión alguna. Su respuesta a la sugerencia inglesa fue
decepcionante. Afirmó que la única autoridad de España había revertido a
las Cortes de Cádiz. Estas "devolvieron la propuesta con un brusco
rechazo" , pues la soberanía popular española allí simbolizada no
estaba dispuesta a liquidar los intereses españoles en favor de sus
equívocos aliados británicos.
12. Los diputados americanos en las Cortes.
En la populosa e hirviente ciudad de Cádiz, se habían reunido al fin las
Cortes de España. El detestado Napoleón que retenía entre sus manazas de
hierro a la dinastía absolutista había sido el providencial agente
histótico. ¡Podían invocar la lealtad a Fernando prisionero y podían decir
al mundo que el pueblo español reasumía su soberanía! Los diputados a las
Cortes tenían así en sus manos la bandera del legitimismo jurídico y la
llave para hacer la revolución burguesa bajo un respetable pabellón.
Para comprender el sentido profundo de las sesiones de las Cortes bastará que
el lector evoque el trágico pasado de la España Imperial. Ahora estaban
allí los hijos del pueblo español, con un partido reaccionario en minoría,
pues toda la nobleza de sangre se había arrodillado ante el invasor. Cádiz
era la capital de la España revolucionaria. ¡Pero faltaban los jacobinos!
Pues la feroz paradoja de la situación consistía en que las Cortes de Cádiz
se reunían en el momento más débil de la acción militar del pueblo
español; no cuando desmoralizaba a los franceses, sino cuando había pasado a
la defensiva, no en la etapa más alta del proceso de liberación, sino en la
más baja. En Cádiz, donde se iba a legislar para una España dominada por el
enemigo, se había refugiado todo el espíritu revolucionario de la
península, todas las aspiraciones y frustraciones de tres siglos. Pero era un
debate fundado en el vacío geográfico.
"En la época de las Cortes, España se encontró dividida en dos partes.
En la Isla de León, ideas sin acción; en el resto de España, acción sin
ideas", dice Marx . Después de haber derramado su sangre en vano, el
pueblo español había querido lanzar sobre el absolutismo el peso de una
Constitución. Con las bayonetas francesas había entrado tumultosamente en la
España petrificada el siglo revolucionario.
El principal puerto marítimo de España estaba poblado, al reunirse las
Cortes, de una multitud de aventureros y emigrados, hispanoamericanos que el
azar de la guerra había llevado a la península, soldados, marineros,
comerciantes, rioplatenses como el joven oficial Tomás de Iriarte,
guatemaltecos como los hermanos Llano, peruanos como el teniente coronel de
caballería Dionisio Inca Yupanqui.
"Así se dió el caso de que estas provincias estuvieran representadas
por hombres más aficionados a la novedad y más impregnados de las ideas del
siglo XVIII que lo hubieran sido de haberlos podido elegir ellas misma.
Finalmente, la circunstancia de que las Cortes se reunieran en Cádiz ejerció
una influencia decisiva, ya que esta ciudad era conocida entonces como la más
radical del reino y parecía más americana que española. Sus habitantes
llenaban las galerías de la sala de las Cortes y dominaban a los
reaccionarios, cuando la oposición de estos se tornaba demasiado enojosa,
mediante la intimidación y las presiones desde el exterior" .
Muchas provincias españolas, ocupadas por las tropas francesas no pudieron
enviar inmediatamente sus diputados: lograron hacerlo en cambio las regiones
más demócratas, Cataluña y Galicia.
"Hablábase de candidatos para diputados, escribe el conde de Toreno, y
poníanse los ojos no precisamente en dignidades, no en hombres envejecidos en
las antigua corte o en los rancios hábitos de los consejos u otras
corporaciones, sino en los que se miraban como más ilustrados, más briosos y
más capaces de limpiar la España de la herrumbre que llevaba comida casi
toda su fortaleza" .
Los turbulentos espectadores en las galerías del Coliseo de Cádiz, soldados
y ciudadanos de ambos sexos, saludaban con ardorosos vivas a las diputados
liberales a medida que entraban al recinto, "con desánimo de la
Regencia" .
13. "Serviles" y liberales.
Las Cortes decidieron nombrar diputados suplentes por América y por Asia a
diversos americanos y súbditos asiáticos residentes en ese momento en
Cádiz. El canónigo criollo de Guatemala, don Antonio Larrazábal, fue uno de
ellos, entre tantos hombres del bajo clero que tuvieron una participación
decisiva en la revolución de España y América, a punto tal que sería
imposible escribir la historia de América Latina omitiendo ese hecho y la
circunstancia de que la Ilustración americana tiene su eje en el sector
revolucionario de la Iglesia criolla, lo mismo que en España.
Larrázabal planteó ante las Cortes estupefactas lo siguiente: Guatemala se
oponía a que se dictasen leyes sin su concurso; los diputados de América no
debían ser españoles europeos, sino criollos; para ser ciudadano y ejercer
sus derechos, no se oponía el defecto de nacimiento adulterino, sacrílego,
incestuoso,ni el de dañado y punible ayuntamiento. Esto significaba no sólo
un paso gigante hacia la modernización de la legislación civil, sino
también incluir a millones de americanos indios, de matrimonio irregular, en
las decisiones políticas sobre la soberanía . Desde el día mismo de su
instalación, el 24 de septiembre de 1810, las Cortes se habían dividido
entre "liberales" y "serviles".
La democracia burguesa y la nobleza clerical eran los dos partidos que se
enfrentaban en las Cortes y de cuya unión brotó la célebre Constitución de
1812. La palabra "liberal" adquiere en Cádiz su cuño popular en el
siglo XIX, así como en las Cortes, por primera vez en trescientos años, deja
de emplearse en los documentos oficiales el vocablo "Indias" para
ser reemplazado por la palabra "América". Las mutaciones
semánticas reflejaban dócilmente los grandes acontecimientos históricos que
le imprimían su sello.
Otro guatemalteco, Manuel Llano, bregó por la igualdad de la representación
de los americanos, que resistían los diputados españoles, tanto los
liberales como los serviles. En su discurso Llano señalaba la unidad del
imperio hispanoamericano: "Las provincias de América, aunque agitadas,
están en el caso que las provincias libres de la península; y esta
providencia podría calmar los ánimos y restablecer la unión; porque los
movimientos de insurrección en aquellos países no son por quererse separar,
sino por el deseo de recobrar sus derechos. Citaré en prueba un solo hecho.
En la Gaceta de Caracas, de 27 de julio, tratando de la instalación de la
Junta de Barinas, en la Provincia de Venezuela, se lee: ''Que los individuos
de ella se encargaban de aquel modo, sin perjuicio de que los diputados
concurran a las Cortes generales de la Nación entera, siempre y cuando la
convocación se forme con la equidad y justicia que merece la América, y
siempre que formen una parte de España" .
14. Las Juntas en América.
En los momentos que sesionaban las Cortes de Cádiz, el movimiento
revolucionario de América Hispánica se propagaba con enorme fuerza. De
acuerdo a la vieja tradición española, las "Juntas" brotaron en
Hispanoamérica en todas las ciudades principales de los cuatro virreinatos y
capitanías generales. En todas partes se reasumía la soberanía en virtud de
la prisión de Fernando VII y en su nombre. Mucho se ha discutido si Fernando
era un símbolo verdadero de la unidad hispanoamericana o una simple máscara
jurídica de la volundad de independencia de los americanos. Era ambas cosas,
a nuestro juicio. La historia del absolutismo, la debilidad del liberalismo,
el poder de la nobleza feudal y la política tradicional de España en
América, no daban lugar a muchas esperanzas.
Pero también resulta indiscutible que, salvo los intereses británicos, que
eran los únicos consecuentes partidarios de la ruptura con España, los
americanos de la época seguían con intenso interés el desarrollo de la
lucha en la peníncula. De su resultado militar y de la política que adoptara
la España revolucionaria dependía la unidad o la separación. Las palabras
del diputado guatemalteco reflejaban con bastante aproximación el estado de
espíritu de los americanos ante los cambiantes acontecimientos de España.
Cuando llegó a América la noticia de la disolución de la Junta Central de
Sevilla, caída por su propio conservatismo, ése fue un paso más hacia la
separación.
Los debates de las Cortes, donde se mostraron las resistencias de la mayoría
española a otorgar a la América una igualdad plena persuadió a los
americanos de que ni siquiera un triunfo del liberalismo español sobre el
absolutismo daría igualdad completa a América dentro del marco de la Nación
común. Si las Cortes de Cádiz constituían un vigoroso avance en cuanto al
absolutismo y renovaban, por lo menos en el papel, el anquilosado cuerpo
jurídico de España, en relación con los americanos no satisfacían de
ningún modo sus aspiraciones. La inmensa mayoría de los indios y nativos
quedaba al margen, por lo demás, de todo derecho político. Así, las
"castas", como se las llamaba y que constituirían en los próximos
años el factor decisivo en la lucha por la independencia, no existían sino
como masas "ingenuas", que sólo la educación y los siglos
elevarían paulatinamente al nivel del español europeo. Sarmiento encontraba
en los diputados españoles de Cádiz su más ilustre antecedente.
Aún con la patria ocupada por las tropas del imperio francés, los mejores
elementos liberales de España se resistían todavía a otorgar a los
americanos la libertad y la igualdad totales. Una voz salida de las
profundidades de la historia americana se elevó en ese momento para definir
con una frase histórica la mezquindad del liberalismo español y su incurable
limitación. Era el Inca Yupanqui, "vástago de la antigua y real familia
de los incas, pintándose todavía en su rostro el origen indiano de donde
procedía" .
15. El discurso del Inca Yupanqui.
Dionisio Inca Yupanqui asumió la defensa de la igualdad de españoles e
indios americanos. Su discurso produjo honda impresión en las Cortes, y
sería memorable en la historia de las ideas, según señalaremos más
adelante. Es una pieza desconocida y fue pronunciado en la sesión del 16 de
diciembre de 1810. He aquí su texto completo:
"Señor: Diputado suplente por el Virreynato del Perú, no he venido a
ser uno de los individuos que componen este cuerpo moral de V. M. para
lisonjearle; para consumar la ruina de la gloriosa y atribulada España, ni
para sancionar la esclavitud de la virtuosa América. He venido, sí, a decir
a V. M. con el respeto que debo y con el decoro que profeso, verdades
amarguísimas y terribles si V. M. las desestima; consoladoras y llenas de
salud, si las aprecia y ejercita en beneficio del pueblo. No haré, señor,
alarde ni ostentación de mi conciencia; pero sí diré que reprobando esos
principios arbitrarios de alta y baja política empleados por el despotismo,
sólo sigo los recomendados por el evangelio que V. M. y yo profesamos.
Me prometo, fundado en los principios de equidad que V. M. tiene adoptados,
que no querrá hacer propio suyo este pecado gravísimo de notoria y antigua
injusticia, en que han caído todos los gobiernos anteriores: pecado que en mi
juicio es la primera o quizá la única causa por que la mano poderosa de un
Dios irritado pesa tan gravemente sobre este pueblo nobilísimo, digno de
mejor fortuna. Señor, la justicia divina protege a los humildes, y me atrevo
a asegurar a V. M., sin hallarme ilustrado por el espíritu de Dios, que no
acertará a dar un paso seguro en la libertad de la patria, mientras no se
ocupe con todo esmero y diligencia en llenar sus obligaciones con las
Américas: V.M. no las conoce. La mayor parte de sus diputados y de la Nación
apenas tienen noticia de este dilatado continente. Los gobiernos anteriores le
han considerado poco, y sólo han procurado asegurar las remesas de este
precioso metal, origen de tanta inhumanidad, de que no han sabido
aprovecharse. Le han abandonado al cuidado de hombres codiciosos e inmorales;
y la indiferencia absoluta con que han mirado sus más sagradas relaciones con
este país de delicias ha llenado la medida de la paciencia del padre de las
misericordias, y forzándole a que derrame parte de la amargura con que se
alimentan aquellos naturales sobre nuestras provincias europeas.
Apenas queda tiempo ya para despertar del letargo, y para abandonar los
errores y preocupaciones hijas del orgullo y vanidad. Sacuda V. M.
apresuradamente las envejecidas y odiosas rutinas, y bien penetrado de que
nuestras presentes calamidades son el resultado de tan larga época de delitos
y prostituciones, no arroje de su seno la antorcha luminosa de la sabiduría
ni se prive del ejercicio de las virtudes. Un pueblo que oprime a otro no
puede ser libre. V. M. toca con las manos esta terrible verdad.
Napoleón, tirano de la Europa su esclava, apetece marcar con este sello a la
generosa España. Esta, que lo resiste valerosamente no advierte el dedo del
Altísimo, ni conoce que se castiga con la misma pena al que por espacio de
tres siglos hace sufrir a sus inocentes hermanos. Como Inca, Indio y
Americano, ofrezco a la consideración de V.M. un cuadro sumamente
instructivo. Dígnese hacer de él una comparada aplicación, y sacará
consecuencias muy sabias e importantes. Señor: ¿Resistirá V. M. tan
imperiosas verdades? ¿Será insensible a las ansiedades de sus súbditos
europeos y americanos ? ¿Cerrará V. M. los ojos para no ver con tan
brillantes luces el camino que aún le manifiesta el cielo para su salvación?
No, no sucederá así, yo lo espero lleno de consuelo en los principios
religiosos de V. M. y en la ilustrada política con que procura señalar y
asegurar sus soberanas deliberaciones" .
16. La respuesta española.
El discurso del Inca Yupanqui abrió una discusión sobre la situación
general de América, que fue postergada por varias sesiones, en virtud de
"cuestiones más urgentes". Pero los diputados liberales y serviles
rehusaban conceder una igualdad plena de derechos a los americanos, salvo en
las pomposas enunciaciones generales . En una sesión posterior, la del 9 de
enero de 1811, el diputado español Palacios decía con peculiar realismo:
"En cuanto a que se destierre la esclavitud, lo apruebo como amante de la
humanidad; pero como amante del orden político, lo repruebo" .
Este amor dúplice o adulterino era compartido por todo el partido servil y
gran parte del liberal. La agitación revolucionaria en Venezuela
perfeccionaba las ideas del diputado Valiente: "En Caracas hay novedades
que atemorizan y es imposible que V.M. deje de tratar de la conservación de
aquellos dominios... Señor, primero es cortar el vicio: por ahora está
afianzada la confraternidad que debe haber entre ellos y nosotros: de lo
demás se tratará más adelante, y entonces se acordará lo que deba ser.
Háblese de los indios, pero sólo sea para conservar las Indias: esto es lo
que nos interesa, lo que nos importa" .
17. La revolución en América Hispánica.
A las costas de Hispanoamérica llegaban las alternativas de la guerra
nacional española y las discusiones reveladoras de las Cortes de Cádiz. Al
mismo tiempo, las tropas españolas en el Nuevo Mundo, divididas interiormente
entre serviles y liberales, exteriormente eran la expresión del Imperio
español y reprimían donde podían hacerlo las tentativas criollas de
reasumir la soberanía.
Por lo demás, brotaban en América los intereses regionales de las clases
privilegiadas criollas, exportadoras y terratenientes, que vinculadas por lo
general con el Imperio británico, sólo pensaban en romper con España para
enriquecerse sin trabas. Un puñado de patriotas encabezaba en todas partes,
sin embargo, la idea nacional hispanoamericana, comenzaba levantar ejércitos
y a propagar la revolución. Casi concluída con la derrota completa la lucha
militar en la península, regresaban a América algunos oficiales criollos del
ejército español, como San Martín, Alvear, Iriarte. En el ejército
español en América se reflejaban, por añadidura, no sólo las
contradicciones básicas en que se dividía la sociedad española, sino los
propios antagonismos americanos. Así, oficiales españoles eran indios como
Santa Cruz, que luchaba contra los americanos varios años antes de plegarse a
la lucha por la independencia.
Del mismo modo, en los llanos venezolanos, o en Colombia, los españoles
contaban con el apoyo de los criollos más humildes, llamados
"castas", hombres de color, y que eran jinetes y combatientes de
primera categoría. Entre los partidarios de la independencia americana,
aparecen numerosos españoles liberales. El drama de la ruptura del imperio
hispanocriollo se revelará como una guerra civil, tanto como una guerra
nacional.
18. La última defensa del liberalismo
español.
Para concluir, nadie mejor que el Procurador General del Principado de
Asturias, don Alvaro Florez Estrada, para exponer en 1812, en plena crisis,
los mejores y peores aspectos del liberalismo español en relación con
América. Afirmaba Florez Estrada que la maldición española fue el oro y la
plata. La posesión de dinero era el objeto último de España. Las otras
naciones decían en cambio: "Es necesario conquistar a la España toda la
parte posible de las Américas, o en su defecto debemos tratar de hacerlas
independientes para entablar un comercio directo con ellas" .
Este autor consideraba a España y América como parte de un solo Imperio, y
proponía establecer en su interior un mercado libre, despojado de todas sus
trabas y privilegios, o sea un mercado capitalista para una producción
capitalista. Pero padecía del utopismo característico del liberalismo
español, que pretendía resolver por reformas jurídicas abstractas lo que
sólo podía crear la energía revolucionaria. Al responder a las intrigas
británicas que acusaban a España de todos los crímenes imaginables, Florez
Estrada hundía su escalpelo sobre la hipocresía inglesa y le recordaba su
negativa a otorgar a las colonias de Norteamérica los mismos derechos que
ahora pretendían para las colonias ajenas.
Cuando los ingleses hablaban de la intolerancia religiosa de España, Florez
Estrada les recordaba que las leyes británicas excluían de toda
representación a casi un cuarto de su población, porque era católica.
Dirigiéndose a los americanos que amenazaban romper su unidad con España,
les decía: "Americanos: ¿Seréis tan poco generosos que después de
haber sufrido por espacio de trescientos años todos los males con que os
quiso abrumar el absolutismo, sin resultarnos de nuestra tranquilidad otra
ventaja que hacer mayor el orgullo de nuestros Reyes, y más implacable para
con nosotros la enemistad de las demás naciones, tratéis de separaros de
nosotros en la única ocasión en que todos debíamos trabajar unidos para
conseguir nuestra libertad? ¡En el momento en que íbais a ser Nación con
nosotros: en el momento en que el Gobierno espontáneamente os había
concedido ya derechos, que ninguna nación recibió jamás sin derramar mucha
sangre; en el momento que habíais ofrecido permanecer reunidos para llevar a
cabo la empresa más gloriosa que los hombres vieron; en el momento en que
todos íbamos a gozar por primera vez del privilegio de hombres libres, y a
formar el Imperio más poderoso del globo; en el momento en que para lograr
todos estos grandes objetos nada más necesitábamos que trabajar de
concierto; en ese mismo momento os separaréis de nosotros, para que
divididos, y sin fuerzas seamos todos presa de uno o de muchos tiranos!"
.
Cómo traducía Florez Estrada y todo el liberalismo español su elocuente
llamado a la unidad con América al lenguaje de los hechos bastará para
concluir con citar la imagen concebida por el mismo autor: "América es
un niño cargado de joyas a quien no se le puede abandonar sin riesgo de ser
robado" .
Porque ese liberalismo era tan endeble como feroz el absolutismo de la España
sobrevivida, es que se quebró la unidad de la nación hispanocriolla. El
niño que cargado de joyas y plumas se hizo hombre en la batalla inminente,
perdió algo más importante que sus tropicales alhajas: lo despedazaron en
veinte repúblicas. Al no poder hacer la unidad nacional con España, debió
lograr la independencia contra ella. Tan débil como era, con la independencia
se quebró la unidad. En lugar de una sola y fuerte soberanía obtuvo el
grotesco triunfo de elevar dos docenas de provincias a la categoría de
"Naciones".
19. Del Inca Yupanqui a Carlos Marx.
El cortante aforismo lanzado en su discurso ante las Cortes de Cádiz por el
Inca Yupanqui -"Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre"-, ha
corrido un raro destino. Observemos ante todo que la propia personalidad del
Inca es virtualmente ignorada por los historiadores y cronistas de la época.
Poco se sabe de su actividad preliminar a su incorporación como diputado
suplente a las Cortes, y nada de su vida posterior. Pero creemos que algo
puede decirse de la historia de un concepto formulado por el Inca en 1810:
"Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre".
Exactamente la misma idea, expresada con las mismas palabras, expone Marx
sesenta años más tarde en sus artículos y cartas sobre la cuestión
nacional irlandesa. Esta concepción constituirá la base del pensamiento
revolucionario sobre la cuestión nacional en general y será centenares de
veces repetida por clásicos autores en la bibliografía sobre los movimientos
nacionales. Más aún, toda la política nacionalista en el mundo
contemporáneo es inimaginable sin la clara noción de que las colonias y
semicolonias oprimidas por un grupo de grandes potencias imperialistas,
lograrán con su revolución nacional no sólo emanciparse a sí mismos, sino
crear las condiciones económico-sociales para despertar al proletariado
privilegiado de los países metropolitanos y favorecer su propia
emancipación. Ahora bien, ¿de dónde había extraído Marx esa frase y esa
idea? ¿Era el fruto de su genial intelecto o había encontrado en su larga
lucha algún valioso antecedente? "Durante mucho tiempo creí que sería
posible derrocar el régimen irlandés por el ascendiente de la clase obrera
inglesa... Pero un estudio más profundo me ha convencido de lo
contrario", escribía Marx a Engels .
En 1854 Marx escribía regularmente en el New York Daily Tribune artículos en
los que examinaba los principales problemas de la política internacional. Al
estallar una revolución militar en España, dirigida por el general
O'Donnell, Marx escribió una serie de estudios en los que pasaba revista a
toda la historia española, desde el imperio de Carlos V y su régimen social,
hasta los acontecimientos políticos de 1854. Llaman la atención los
conocimientos de Marx de la historia de España, dejando a un lado su
característica sagacidad para interpretarlos. En particular sorprende su
detallada descripción de las sesiones de las Cortes de Cádiz en el período
1810-1813 que ni siquiera se encuentra, por lo común, en las historias
generales de España.
Alude repetidas veces a los discursos de los diputados españoles, cita
textualmente fragmentos de esas intervenciones y examina con minuciosidad el
texto de la Constitución aprobada en 1812. Cuando se disponía a trabajar
sobre España, Marx escribía a Engels: "En este momento me ocupo sobro
todo de España. Hasta hoy me he nutrido fundamentalmente en fuentes
españolas, de la época de 1808 a 1814 y de 1820 a 1823. Atacaré ahora el
período 1834-1843. Esta historia no carece de complicaciones. Lo más dificil
es comprender su desarrollo. En todo caso he hecho bien en comenzar por Don
Quijote" .
20. Marx estudia a España.
Procediendo con su clásica probidad, Marx había iniciado su comprensión de
la historia de España leyendo la versión trágico-cómica de la edad
caballeresca. Su trabajo intelectual se realizaba generalmente en la
Biblioteca del Museo Británico, en cuya sala de lectura no sólo se
encontraba la prensa europea al día, sino también la prensa española y los
principales documentos políticos y jurídicos de la historia europea. No es
difícil concebir que los 28 volúmenes que contienen las Actas de las Cortes
de Cádiz, editadas por la Imprenta Real de Cádiz en 1811, encontrasen su
sitio en el Museo Británico. Tampoco resulta inverosímil que el detallado
conocimiento que evidencia Marx de las posiciones del partido americano, del
partido servil y del partido liberal sólo hayan podido adquirirse en la
lectura de dichas Actas, repositorio mucho más fiel que las febriles reseñas
redactadas por la efímera prensa gaditana de ese momento . Se tendrá
presente que no había prensa independiente bajo la dominación francesa de
casi todo el territorio español. Por lo demás, la frase "Un pueblo que
oprime a otro no puede ser libre", aplicada por Marx a la situación de
Inglaterra con respecto a Irlanda, no retrataba específicamente la situación
de dependencia irlandesa y sus relaciones con el proletariado británico.
La clase obrera de Inglaterra, como lo observan repetidas veces Marx y Engels,
se beneficiaba de la explotación que de Irlanda hacía la aristocracia
terrateniente inglesa, lo mismo que del botín colonial extraído del mundo
entero por el Impeio. Más aún, los obreros ingleses abrumaban con su
desprecio a los obreros irlandeses que vivían en Inglaterra; y los detestaban
porque éstos tendían a disminuir su nivel de vida aceptando menores salarios
que los trabajadores británicos. También los obreros del Imperio se hacían
eco de los prejuicios imperialistas que les inoculaba la sociedad burguesa
contra los desventurados proletarios de Irlanda que venían a Londres a
mitigar su hambre. Se producía de ese modo un fenómeno de corrupción
política análogo al del proletariado nortemaericano frente a los
portorriqueños y mexicanos del siglo XX. ¿"Un pueblo que oprime a otro
no puede ser libre"?
En todo caso, la "libertad" o "bienestar" del obrero
inglés en el siglo XIX se fundaba justamente en la explotación de Irlanda y
otras colonias realizada por el Imperio inglés. Y el proletariado de la
metrópoli no podía esperar mejores condiciones de vida ayudando a Irlanda a
emanciparse; antes por el contrario, esa liberación, en lo inmediato, podía
acarrear al obrero británico una mayor explotación en sus propias islas.
De este modo, "un pueblo que oprime a otro no puede ser libre"
adquiría en las condiciones del conflicto Inglaterra-Irlanda, una inflexión
ética. Desde el punto de vista del triunfo del socialismo en Inglaterra, la
frase se despojaba de toda intención moral y expresaba acertadabamente el
hecho de que el proletariado inglés sólo podría crear las premisas de su
emancipación social si la burguesía inglesa no perdía antes la posibilidad
de "exportar su crisis" hacia otros pueblos. Pero esto último, hoy
podemos comprobarlo sin lugar a dudas, era imposible, pues toda la
materialidad de su existencia práctica dirigía la conciencia del
proletariado inglés a no desear el quebrantamiento del poder colonial de su
burguesía, poder externo que le permitía condiciones de vida internas más
satisfactorias que las de un "coolí" chino, un campesino hindú o
un proletario irlandés. Bajo el conservadorismo político de la clase obrera
inglesa, observada por Engels, se escondía un aforismo que Marx no se
atrevió a acuñar: "Un pueblo que oprime a otro puede ser
libre".¡Pero era una "terrible verdad"!
No haberlo creído así, era el tributo que los clásicos del socialismo
europeo pagaron a las ilusiones del siglo XIX con respecto al proletariado del
Viejo Mundo, desmentidas por la realidad contemporánea.
Consideremos ahora el contenido de la frase desde el punto de vista del
contexto histórico y político en que la pronunció ante las Cortes de Cádiz
el Inca Yupanqui en su discurso de 1810. Hablaba como "Inca, Indio y
Americano", según dice, ante sus colegas de unas Cortes populares,
reunidas en el único sitio de España libre de la ocupación extranjera. Su
tesis era predicar la igualdad de los americanos, los indios y los españoles,
puesto que las circunstancias habían querido que España estuviese a las
puertas de su libertad civil y en lucha por su independencia nacional.
Como los diputados españoles, con su patria invadida, rehusaban otorgar a los
americanos esclavizados por ellos las mismas libertades que los españoles
exigían con las armas en la mano a los franceses, el Inca Yupanqui estaba en
condiciones de resumir el trágico dilema del pueblo español, oprimido y
opresor a la vez. Si se atrevía a dar libertad a sus oprimidos, llegaría a
ser libre, pues América toda volcaría entonces su esfuerzo hacia España,
pero corría peligro de continuar esclavizado, si rehusaba liberar a los
americanos. Así el concepto del Inca Yupanqui, mucho más que el de Marx,
respondía agudamente a un situación especifica: "Un pueblo que oprime a
otro no puede ser libre" .
Marx se deslumbró por la magnífica síntesis estudiando en 1854 las Cortes
de Cádiz, la idea germinó lentamente en su espíritu y cuando llegó el
momento de ocuparse de Irlanda, en 1869, su espíritu le devolvió un eco de
aquellas ardorosas jornadas de Cádiz que habían despertado años antes su
admiración. Los patriotas de América del Sur recurrieron a Marx en procura
del concepto del Estado Nacional. Pero Marx la había escuchado de boca de
aquel Inca, Indio y Americano que trajo a la España revolucionaria la voz de
las Indias. Responde a una lógica profunda que un siglo y medio después,
para comprender la clave de la revolución latinoamericana, marchen enlazados
ambos nombres ilustres, el del diputado americano que defenció a los indios y
el del profeta europeo que anunció la victoria de los trabajadores.
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