Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO IV

LA CRISIS DEL IMPERIO HISPANO-CRIOLLO

"Aquí no hay más cómplices que tú y yo: tú por opresor, y yo, por libertador, merecemos la muerte".
Tupac Amaru, al Visitador Areche,que le exigía el nombre de suscómplices.

"Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre".
Inca Yupanqui, en las Cortes de Cádiz, 1811.

1. La España del valido Godoy.

En las últimas horas del siglo XVIII, la crisis interna del Imperio era incontenible. La inutilidad de los esfuerzos borbónicos por rejuvenecer España desde la cúspide sin tocar su estructura profunda, se puso de relieve con la muerte de Carlos III en 1788. Tan sólo un año más tarde, el triunfo de la Revolución Francesa indicaba el ocaso del absolutismo. Nada podía esperarse ya de él cuando la burguesía y las clases populares entraban en la historia. La era borbónica había llegado muy tarde a la vida española y se agotaba rápidamente. Sus mejores medidas en América hispánica tuvieron el curioso efecto de acelerar la destrucción del viejo Imperio.
Mientras Francia libra las grandes batallas revolucionarias, se sienta en el trono español el hijo de Carlos, que llevará el nombre de Carlos IV. María Luisa, Mesalina aquejada de furor erótico y que enviará a sus favoritos desde sus alcobas a los ministerios del reino, será la digna mujer de este monarca, tan pasivo y tolerante como su desdichado colega Luis XVI.
Napoleón, que no tenía pelos en la lengua, solía decir: "María Luisa tiene su pasado y su carácter escrito en la cara, lo cual es todo lo que yo necesito decir. Sobrepasa a cualquier cosa que uno se atreva a imaginar".
A tal pareja debía tocarle como vástago el famoso felón Fernando VII, el rey de peor ralea que debió sufrir la heroica España. María Antonieta de Nápoles, su primera esposa, resumía más tarde la impresión que le produjo el conocimiento de Fernando con esta palabras: "Creí que había perdido mis sentidos".
Al morir Carlos III en 1788 holgazaneaban en España 500.000 hidalgos según el censo del año anterior . En otras palabras, un noble por cada 20 españoles. El "despotismo ilustrado" nada había podido hacer contra esa lacra social que mantenía a España en la parálisis. Aunque el mayorazgo condenaba a la miseria a la mayor parte de los segundones, éstos se negaban a consagrarse a algún tabajo manual, que los hubiera despojado de su hidalguía. Cuando alguno se resolvía a hacerlo, le ocurría como a aquel hidalgo que Casanova conoció bajo Carlos III, y que aunque trabajaba de zapatero remendón, se negaba altivamente a tomar las medidas de los pies de sus clientes . En 1787 había en España 280.000 sirvientes, sugestiva cifra si se la compara con la de los 310.000 obreros y artesanos y los 200.000 miembros del clero. El gran pasado histórico arrojaba su sombra y sus maneras sobre la Nación debilitada. El hidalgo y el mendigo se califican mutuamente de "Su Gracia" al hablarse. El campesino español, según lo describe Unamuno es de una "raza toda sarmiento, tostada por el sol y curtida por los hielos; raza sobria, producto de una larga selección por el frío de los más crudos inviernos y por hambres periódicas; raza acostumbrada a las inclemencias del cielo y a las penurias de la vida. El campesino español es tranquilo en sus movimientos, su conversación es reposada y grave. Se asemeja a un Rey destronado" .
Cuando Carlos IV asciende al trono, ya el hermoso y sanguíneo oficial de la guardia Manuel Godoy era el amante de María Luisa. Sin embargo, sea dicho sin ironía, lo mejor de la casa real era este plebeyo arrebatado por el vértigo del poder. Desde el punto de vista puramente biólogico su sangre sin nobleza había proporcionado a la pareja real los dos infantes más sanos y bellos, lo que no dejaba de ser un mérito, si no para la historia de España, por lo menos para la historia familiar de los Borbones. De atender a la decisiva influencia que Godoy adquiere casi inmediatamente después del entronizamiento de su real amiga, sus merecimientos son mayores aún.
Pues si el valido Godoy había entrado a la política española por la puerta del dormitorio de la reina, acreditó, a pesar de la mediocridad fatal de ese reinado,una desmayada tentativa de continuar la política de "despotismo ilustrado" heredada de los grandes ministros de Carlos III. Aunque algunos de ellos todavía continuaban en sus ministerios -como Floridablaca y Jovellanos-, al fin y al cabo ya todo estaba perdido.
2. Los adelantados de la independencia.
En Europa resonaban las marchas del ejército del Rhin y aparecían en América los precursores de la independencia. Los Derechos del Hombre y la revolución de las colonias británicas en América del Norte hacían crujir el viejo orden. Los clérigos de las Indias meditaban a Rousseau. En una rica biblioteca de 3.000 volúmenes en la Córdoba americana de fines de siglo, un sacerdote, el deán Funes, repasaba amorosa, aunque cautelosamente, sus volúmenes de la Enciclopedia . Las envejecidas ordenanzas españolas ya no servían para prohibir la introducción de los tejidos del algodón británico ni libros más inflamables que el algodón. Un propietario bogotano, Antonio de Nariño, después de recorrer sus haciendas en la sabana, se encerraba en su biblioteca de seis mil volúmenes para leer con pasión las sesiones de la Asamblea Constituyente de Francia. Para su regocijo de rico erudito, posee una imprenta en miniatura. Allí imprime en pequeñas cantidades ciertos textos que le placen y los obsequia a sus amigos. Caen en sus manos por azar los 17 artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y los imprime. Esos 17 artículos, dirá muy luego, "me costaron más años de cárceles y persecuciones". Confiscados sus bienes, es conducido prisionero a España y condenado a 10 años de prisión en Africa, además del extrañamiento perpetuo de América.
Así inicia su carrera de revolucionario uno de los grandes personajes de la "grey mantuana", es decir de las clases criollas opulentas. El régimen español sofocaba en particular los intereses de aquellos "marqueses del cacao y del tabaco" a cuyo núcleo social pertenecía el joven Bolívar. Más abajo, entre los mestizos y las "castas infames" se acumulaba un odio doble, hacia los criollos y hacia los engreídos españoles a la vez. Tal fue el carácter de lucha de clases que asumiría en su primera etapa el incipiente movimiento de independencia . Chirino, el mulato de Coro, proyecta en las Antillas organizar una insurrección de las castas contra los poderosos blancos, españoles o criollos. Otros conspiradores venezolanos, Manuel Gual y José María España, amigos de Francisco de Miranda, marchan hacia el cadalso.

3. El plan de Miranda.
Es Miranda, no obstante, el más importante de los adelantados de la revolución. Había abandonado la entumecida América Hispana para desplegar una prodigiosa carrera de soldado, aventurero y Casanova revolucionario, que admite pocos paralelos. Conversador ingenioso en los salones de Europa, general de los ejércitos de la Revolución Francesa, protegido de Catalina de Rusia, amante de camareras de postas y de princesas de sangre real, este hombre singular vivió sin embargo una obsesión: la emancipación de la América hispánica, dentro de una fórmula: independiente, pero unida.
Así el orgulloso caraqueño de perfil romano ofrecía un programa que sería el de América latina durante décadas, que desfallecería durante un diglo y que sin embargo es la clave de los pueblos latinoamericanos en el siglo XX . Francisco de Miranda enriqueció esta idea con planes políticos no menos osados. Era un hecho admitido para los latinoamericanos de la época que el absolutismo español cerraba toda posibilidad de acuerdo con la metrópoli. Para contribuir a la emancipación de las colonias americanas se imponía la alianza con Inglaterra, con Estados Unidos o con ambas potencias a la vez. Esto ha valido a Miranda (también a San Martín y a Bolívar) la acusación de actuar al servicio del poder británico.
Sin embargo, si se tiene en cuenta la situación internacional de la época, no se puede poner en duda el patriotismo de los tres personajes aludidos. El interés de Inglaterra por la independencia americana se fundaba en razones económicas que más adelante se explicarán; pero el primer enemigo de América Hispánica era el absolutismo español. De este hecho irrebatible se derivaba una conclusión política elemental. El adversario de España era visto como nuestro amigo.
Miranda había concebido una vasta Confederación, llamada Colombia, que abrazaría a los pueblos hispanoamericanos desde Tierra del Fuego hasta el Missisipí. Esta organización política estaría coronada por un Inca como Emperador hereditario. Contaría con dos cámaras, un poder judicial, un sistema de ediles y cuestores. En esta caprichosa combinación de Roma y Cuzco, la constitución americana completaría la amalgama.
El gabinete británico, que mantuvo durante muchos años una constante vinculación con Miranda (éste recibió largo tiempo una pensión del gobierno inglés, que lo consideraba un conspirador utilizable), leía con atención sus planes y memoriales, meditaba y dejaba correr el tiempo. Pues para la Inglaterra de fines del siglo XVIII la tentación de esos vastos mercados que la atraían al otro lado del Atlántico no era menor que el aborrecimiento de todas las revoluciones: sus propias colonias americanas y los extravíos de la Revolución Francesa le habían infligido una severa lección. Para colmo, la Revolución Francesa había degenerado en un Thermidor. Cuando las cabezas de los revolucionarios cayeron en la misma cesta que había recibido las de la familia real de Francia y los ingleses creían tocar el cielo con las manos, de ese Thermidor emergió un mounstruo peor todavía, el usurpador Bonaparte. El corso se proponía mucho más que guillotinar reyes: amenazaba la hegemonía industrial inglesa en Europa .

4. La política británica en las colonias españolas.
Durante varios siglos el comercio inglés se había enfrentado con el monopolio español en las Indias. Pero las debilidades de los Austria permitieron a Inglaterra horadar el muro desde la propia Cádiz. Luego, el contrabando y los intereses regionales de los exportadores hispano-criollos lograron vencer ilegalmente las trabas impuestas al comercio. Pese a todo, dichas ventajas estaban lejos de ser satisfactorias a partir de mediados del siglo XVIII cuando la revolución industrial amplió enormemente la capacidad productiva de la manufactura británica. Inglaterra no estaba dispuesta a escuchar el clamor de su burguesía industrial, sin embargo, si una aventura en América ponía en peligro la paciente tela de araña tejida para preservar el equilibrio europeo.
Desde los tiempo de Cromwell, en que el dictador concibió un "Proyecto Occidental" en 1654 para organizar un emporio británico en las Indias, sólo habían aparecido aisladas tentativas inglesas, generalmente libradas a la piratería real, para dominar territorialmente algunas porciones del gigante de las Indias. Tal había sido el destino de la isla de Jamaica y la Florida. El contrabando había calmado algo las inquietudes de los exportadores británicos, hasta el punto que a principios del siglo XVIII, se consideraba una participación en esa empresa dolosa como "conseguir un gran premio en una lotería" .
Al despuntar el siglo XIX, Inglaterra se enfrentaba con una Francia industrializada que reducía las perspectivas del mercado europeo. La cuestión de los mercados latinoamericanos se imponía cada vez con mayor fuerza a las cavilaciones del Foreign Office. Ya en 1805 el valor de las exportaciones inglesas a América latina ascendía a 1.771.418 libras esterlinas. Se consideraba en Londres que este fabuloso continente de habla española podía absorber más mercancías inglesas que la India y los Estados Unidos. En efecto, en 1809 el valor de las exportaciones subía a la enorme suma de 18.014.219 libras esterlinas. Era, pues, imposible para Inglaterra ignorar ese continente. Pero tampoco podía permitirse la iniciación de ninguna acción alentadora de los proyectos de Miranda, si subsistía una situación de paz con España. Solamente en caso de conflicto militar europeo, los ingleses estarían en condiciones políticas de impulsar la emancipación de las colonias españolas. Semejante estrategia detuvo los planes de Miranda durante años.
Al fin, en 1804, estalló una guerra entre España e Inglaterra, que concluyó sin mayor bulla al año siguiente, ya que la presión del Zar de Rusia, que preparaba una gran coalición conta Napoleón, persuadió a Inglaterra para firmar la paz. Y como había sido siempre, el general venezolano quedó a disposición del Foreign Office, que lo mostraba ante España "como un mero instrumento para ser usado en caso de fallar ésta en su buena conducta" .
5. El error de la invasión militar.
Naturalmente, la cobarde corte de Madrid ofreció ciertas compensaciones comerciales en Hispanoamérica. Pitt parecía satisfecho en ese aspecto, pues todas sus energías estaban absorbidas por la coalición europea contra Bonaparte. La batalla de Austerlitz tronchó sus esperanzas y quizás hasta su vida, pues falleció en 1806. Mientras tanto, desalentado por las vacilaciones británicas, Miranda se había hecho a la mar desde Estados Unidos para desembarcar en las costas de su patria.
Cuando el precursor de la Independencia tocó con sus naves los puertos de Haití en 1804, antes de desembarcar en las costas venezolanas, el emperador negro Dessalines le ofreció su ayuda y le preguntó con qué medios pensaba emancipar Sudamérica. Miranda le respondió que ante todo reuniría los personajes más notables del país en una Asamblea y que "proclamaría la Independencia por un Acta, un manifiesto que reuniera a todos los habitantes en un mismo espíritu. A estas palabras, Dessalines agitó e hizo girar la tabaquera entre sus manos, tomó tabaco y dijo a Miranda en criollo . "Y bien, señor, yo os veo ya fusilado y colgado: no escaparéis a esta suerte. Como! Os dirigís a hacer una revolución contra un gobierno establecido desde hace siglos en vuestro país; váis a transformar la situación de los grandes propietarios, de una multitud de personas y habláis de emplear en vuestra tarea a los notables, al papel y a la tinta. Sabed, señor, que para hacer una revolución triunfante no hay sino dos recursos: cortar cabezas e incendiarlo todo!" Miranda se despidió del terrible emperador de Haití y fue a Cartagena, donde fracasó en su empresa" .
El caudillo negro tenía toda la razón. La ampulosa retórica del siglo de las luces no era grata al oído de los esclavos.
Después de publicar un manifiesto cargado de grandes principios abstractos, Miranda abandonó la partida bajo la custodia de los barcos de lord Cochrane, el rapaz aventurero inglés. Al mismo tiempo, el inescrupuloso sir Home Popham, cuya pasión por el dinero lo había distinguido siempre en su carrera militar, aburrido de vagar por Africa del Sur, había embarcado en El Cabo al 71o. Regimiento dirigido por el coronel Beresford y se había lanzado a la conquista del Río de la Plata.
No estaba autorizado por el gabinete para esta aventura, pero sabía que si triunfaba sería respaldado para mayor gloria del Imperio. El desastre de las invasiones inglesas en Buenos Aires coincidió con el desembarco de Miranda en Venezuela y aunque ambas expediciones no estaban oficialmente organizadas y autorizadas por el gobierno inglés, toda la comunidad industrial y comercial de Gran Bretaña vivía en pleno delirio. Al llegar a Buenos Aires, ebrio de victoria, Popham escribía a un director de la compañía cafetera inglesa Lloyd's: "La conquista de este lugar abre un extenso canal para las manufacturas de la Gran Bretaña" . La captura del botín porteño ($1.086.208 pesos fuertes) le llegó al corazón a Popham:éste es "el más bello país del mundo.me gustan prodigiosamente los sudamericanos" .
Una excitada muchedumbre, dice un autor, escoltó el tesoro de Buenos Aires a través de las calles de Londres hasta el Banco de Inglaterra. Pero el desastre posterior no reunió a muchedumbres semejantes en la capital del Imperio. Popham fue obligado a regresar a Inglaterra, pagándose el pasaje de su propio peculio, curiosa situación para un conquistador de tierras lejanas. En materia de piratería fallida, los ingleses no admitían bromas.

6. Los comienzos de Canning.
Las siguientes tentativas corrieron las misma suerte. El Río de la Plata proporcionó al Imperio respuestas análogas a las napoleónicas El Dios Mercurio será más propicio a estos mercaderes que los dones de Marte. Luego se vengarían a la inglesa, cobrando con mayores intereses usurarios estos reveses militares. El problema de las colonias españolas, pese a todo, los siguió preocupando. ¿Y si se enviaran regimientos de católicos irlandeses para la América del Sur? El fuego del incendio europeo fue más poderoso que los mercados sudamericanos. El nuevo gabinete británico, elegido por un rey cuya demencia ya era notoria, no reflejaba, naturalmente, la locura del monarca, sino la sensatez de la clase dominante.
Como Secretario de Relaciones Exteriores apareció la joven figura de George Canning, de 35 años, poeta y orador agudo, demasiado brillante para ser soportable a la aburrida nobleza británica; para colmo, carecía de fortuna y era hijo de una actriz, con sangre irlandesa en sus venas. Tantos defectos sólo podían ser compensados por una dosis de formidable talento político y por la íntima convicción de la nobleza de que este inquietante diputado por Liverpool (centro de los fabricantes y exportadores), les resultaba absolutamente indispensable.
Para Canning, y con razón, los problemas europeos eran demasiado arduos como para tomar en cuenta la emancipación de las colonias españolas. Esto resultó más evidente cuando Napoleón invadió España, capturó a Carlos IV y pretendió establecer a su hermano José como rey de España. Impedir la modernización de España bajo la mano de Napoleón era mucho más importante en ese momento que emancipar a los mercados sudamericanos. Inglaterra se alió con España rápidamente y envió sus tropas a la península. Esto no impidió a Inglaterra seguir con su contrabando en las colonias. De este modo, la etapa de los precursores como Miranda llegaba a su fin y comenzaba la historia moderna de América latina.

7. De Carlos IV a "Pepe Botellas".
Los últimos días del reinado de Carlos IV revisten el carácter de una canallesca ópera bufa. La familia real había transformado la monarquía en un foco de corrupción e intrigas palaciegas al que resulta difícil encontrarle una analogía, excepto en las cortes de la decadencia bizantina.
Cuando la amenaza napoleónica se cernía sobre España, Fernando organizaba una conspiración para envenenar a sus progenitores y acomodarse la corona sobre su cabeza contrahecha. Descubierto por su padre, se arrepiente arrojándose a sus pies. Carlos IV, aturdido por los acontecimientos, abdica a favor de Fernando, que llevará el número siete. Este cretino adquiere popularidad, pues la opinión pública le atribuye una actitud antifrancesa. Así será llamado el "deseado". Napoleón aprovecha la intriga dinástica para arrebatarles la corona simultáneamente a Fernando VII y a Carlos IV en una tempestuosa escena en Bayona, donde el feroz corso impone a los aterrorizados Borbones un ultimátum que es aceptado inmediatamente. Los reyes de España parecían cultivar uno de los defectos jamás imputados al temperamento español: la cobardía más despreciable. El último mendigo de España tenía, sin duda, mayor entereza que estos miserables vástagos de la dinastía borbónica, Reyes de España y las Indias.
Los 100.000 soldados de Murat ocuparon gran parte del territorio peninsular. Napoleón designó a su hermano José, Rey de España. Ironía de la historia, este Bonaparte será uno de los mejores reyes de España en su breve reinado, pero por su condición de impuesto monarca extranjero,el pueblo le impondrá el nombre de "el tuerto Pepe Botellas". Era un error, pues este rey plebeyo ni era tuerto ni aficionado al vino .
"Al no ver nada vivo en la monarquía española, escribe Marx, salvo la miserable dinastía que había puesto bajo llave [Napoleón], se sintió completamente seguro de que había confiscado España. Pero pocos días después de su golpe de mano, recibió la noticia de una insurrección en Madrid. Cierto es que Murat aplastó el levantamiento matando cerca de mil personas; pero cuando se conoció esta matanza, estalló una insurrección en Asturias que muy pronto englobó todo el reino. Debe subrayarse que este primer levantamiento espontáneo surgió del pueblo, mientras las clases "bien" se habían sometido tranquilamente al yugo extranjero" .
La nobleza de España capituló inmediatamente ante el corso. El rey José recibió en Bayona a una diputación de los Grandes de España, en cuyo nombre habló el duque del Infantado (amigo íntimo del prisionero Fernando VII), quien dijo al francés: "Señor, los Grandes de España fueron siempre conocidos por su lealtad hacia sus soberanos, y V. M. hallará en ellos la misma fidelidad y afección".
Mientras las tropas napoleónicas exterminaban a miles de españoles, Fernando VII, en cuyo nombre se combatía, adulaba rastreramente al sátrapa ensoberbecido. Tal era el patriotismo de la realeza y de la aristocracia en la España que dominaba las Indias. Cerca de 40.000 aristócratas, clérigos y burgueses catalanes emigraron a Mallorca, dice Altamira, para escapar a los sacrificios de la guerra . Todo el alto clero acató el nuevo orden extranjero. Lo mismo hizo el partido de los liberales "afrancesados", que habiendo perdido toda fe en el despotismo ilustrado español para regenerar a España, despositaban ahora sus esperanzas en el absolutismo bonapartista. De este modo se encontraron reunidas las clases más poderosas de España, la putrefacta aristocracia, la dinastía, la jerarquía eclesiástica y hasta el ala liberal.

8. La revolución nacional española.
Del otro lado se lanzó a la lucha el pueblo inmenso: los campesinos, artesanos, maestros, soldados y oficiales del ejército, los hombres más esclarecidos del bajo clero, todas las clases populares de España. La paradoja que se estableció era puramente formal: pues si el pueblo español combatía contra los franceses haciendo esa guerra de independencia nacional en nombre del fatídico Fernando, en realidad reasumía su soberanía, usaba sus derechos, organizaba la lucha y creaba las Juntas populares en cada municipio, que tenían hondas raíces en las viejas libertades y fueros de España. Quedaba claro que si el pueblo español libraba su guerra contra el invasor, sólo podía hacerlo realizando su revolución nacional. Los símbolos eran viejos, el contenido de la lucha muy moderno.
En Francia la revolución se había formulado de otra manera; pero cuando son genuinas y profundas, cuando brotan de la raíz misma de una historia, todas las revoluciones son originales e irrepetibles. En toda España surgieron las partidas de guerrilleros, que según decía el Abate de Pradt, martirizaban al ejército francés como el mosquito al león de la fábula. Era inútil que José Bonaparte ofreciese a la nación española una excelente constitución en Bayona, o que aboliese la Inquisición, suprimiese las aduanas interiores, pusiese término a la corrupción financiera del Estado e impulsase la modernización jurídica de la península. Esto debían hacerlo los españoles mismos, pues las revoluciones no pueden importarse, ni en el siglo XIX ni en el XX. Justamente la lucha contra los franceses, en cuyas mochilas venían los nuevos códigos, llevada a cabo bajo la bandera de la reacción borbónica, suponía verificar las tareas democráticas incumplidas por la España burguesa.
Mientras el pueblo español combatía en toda la extensión de su territorio ocupado por las tropas francesas (en Bailén se batía un joven indiano, José de San Martín, capitán del Regimiento de Murcia), en Sevilla primero y luego en Cádiz, ejercía sus funciones la Junta Central, que era de hecho el único gobierno representativo de la nación española.

9. La parálisis de la Junta Central.
Las dos cabezas de la Junta Central eran dos sobrevivientes del siglo XVIII: el conde de Floridablaca y Gaspar de Jovellanos. Uno era un "burócrata plebeyo", el otro un "filántropo aristocrático". Pero ambos habían sido educados en la escuela de Carlos III. El despotismo ilustrado los había preparado para impedir una revolución modernizando España, en modo alguno para presidir una revolución que limpiase a España de sus antiguallas. La incómoda situación en que los había colocado el destino, debía encontrar en estas dos notables personalidades un eco perplejo. Floridablanca había desconfiado del pueblo; Jovellanos había intentado educarlo, pero los dos personajes carecían de toda voluntad para empujar a la revolución hasta su plenitud.
La anglomanía de Jovellanos, por lo demás, que era un mal de su siglo y causaría estragos en las jóvenes repúblicas sudamericanas, lo volvía muy poco propicio a una vasta acción revolucionaria e independiente frente a las intrigas británicas que ya empezaban a manifestarse. Las proclamas de la Junta, inspiradas por Jovellanos, que era sobre todo un escritor, llamaban a grandes fines: tocábale al octogenario Floridablanca impedir realizarlos. De este modo se repartían las tareas en esa Junta Central, afectada de la misma parálisis que la vieja España, los dos grandes hombres de la Ilustración. Cuando las Juntas municipales, por ejemplo, disponían como recurso de guerra vender bienes de "manos muertas" pertenecientes a la Iglesia, la Junta Central disponía suspender dichas ventas.
Los pesados tributos a capitalistas y propietarios ordenados por las Juntas provinciales, las reducciones de sueldos a los empleados públicos, el reclutamiento militar para todas las clases sin excepción en defensa de la patria, indicaban que en las juntas de provincias palpitaba la revolución y que Fernando VII era, mucho más que en América, sólo una máscara, aunque fuera una máscara repugnante. Pero la Junta Central navegaba por el turbulento río revolucionario como una carabela arcaica en el Mar Océano. Por todas partes veía monstruos y grifos marinos con sus fauces abiertas: sólo atinaba a recomendar moderación. ¡Penoso espectáculo el de los sabios de Carlos III llevados y traídos por el tormentoso nuevo siglo!
Desde los gabinetes del difunto rey habían soñado con una España rejuvenecida y libre de la barbarie feudal: ahora retrocedían aterrorizados al verla erguirse entre los dolores del parto. Aún entre la respiración entrecortada de sus proclamas se advertía claramente el significado general de la situación: "La providencia ha decidido que en la terrible crisis que atravesamos, no pudiérais dar un solo paso hacia la independencia sin que al mismo tiempo no os acercara la libertad".
Esto es, la lucha por la independencia nacional contra los franceses era indisociable del derrocamiento del absolutismo español, la conquista de las libertades populares. Independencia nacional y soberanía popular, tal era el contenido esencial de esos grandes días de España.
Algunos historiadores reaccionarios, argentinos y españoles de acervo cavernícola niegan ese carácater revolucionario del liberalismo español, identificándolo con el liberalismo caduco del siglo XX. En el fondo alimentan la nostalgia del "viejo régimen" feudal, cuyo retrato hemos hecho hasta aquí. Como era previsible, la política vacilante de la Junta y su temor al pueblo en armas no logró sino un fracaso tras otro. Poco a poco los franceses fueron apoderándose de toda España, a pesar de las pruebas de heroísmo de los patriotras. La misión y la frustración de la Junta Central ha sido juzgada del siguiente modo: "Sólo bajo el poder de la Junta Central era posible unir las realidades y las exigencias de la defensa nacional con la transformación de la sociedad española y la emancipación del espíritu nacional, sin lo cual toda constitución política tiene que desvanecerse como un fantasma al menor contacto con la vida real" .

10. Ni guerra, ni revolución.
Al separar la guerra de independencia de la revolución española, la Junta Central anticipaba en un siglo la tragedia de la guerra civil española de 1936, en que el gobierno del Frente Popular, dominado por el stalinismo, plantea el falso dilema, "primero ganar la guerra, después hacer la revolución", con lo que perdieron ambas. Pues en 1809, como en 1936, el pueblo hace la guerra con ciertos fines, que son revolucionarios; si el gobierno que lo conduce posterga esos fines, el pueblo declina su energía, apaga su genial iniciativa y la guerra se transforma en un problema técnico, que ganan los técnicos de las clases hostiles y no los pueblos. Así ocurrió con la Junta Central. En el ejército y los guerrilleros se habían concentrado los elementos más revolucionarios de la sociedad española. Pero fueron destruídos por las intrigas caciquistas y los temores de la Junta Central. De ese ejército saldrían un día San Martín y Riego: uno, para luchar por la independencia de América de un absolutismo que no había logrado vencer en España; el otro, negándose a combatir en América contra los patriotas, dirigirá su ejército contra Fernando VII.
Al perder casi todo el territorio español, la Junta Central recibía el premio a su ineptitud. Refugiada en la Isla de León, delegó su poder en un Consejo de Regencia, más torpe que ella misma y se disolvió. El Consejo de Regencia convocó a las Cortes de España y las Indias, que asumieron el poder constituyente en el suelo que pisaban.

11. Las cortes de Cádiz
El 22 de enero de 1809 la Junta Central, cuyo secretario, el ardoroso poeta Quintana había elevado la técnica de las proclamas al nivel del arte literario, dictó un decreto en el cual decía que "los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como las de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española" .
Esta idea inaudita resonó en toda la América Hispánica. ¿Cómo, provincias ultramarinas y no factorías? ¿Había llegado la hora del Nuevo Mundo? ¿El imperio hispanoamericano lograría a la vez conservar su unidad y desembarazarse del absolutismo?
El consejo de Regencia se instaló en la Villa de la Real Isla de León próxima a Cádiz, bajo la protección de los barcos de guerra británicos. Pues Inglarerra ya ha intervenido con sus fuerzas en suelo español y enfrenta a los franceses aliada a España. ¿A qué España? Difícil era saberlo, pero los ingleses carecían de formalismo jurídico. Sabían muy bien qué buscaban. El Consejo de Regencia está en sus manos y el representante inglés en España, John Hooklam Frere, elige sin incomodidad alguna a sus miembros. Sin embargo, dicho Consejo no puede entrar en Cádiz, donde se ha formado una Junta Revolucionaria Suprema que los acusa de traidores. La presión británica logra persuadir a los gaditanos para que reconozcan al Consejo de Regencia y le permitan instalarse en Cádiz. La intervención de los ingleses en los asuntos españoles estaba lejos de ser desinteresada. No se cifraba tan sólo en la necesidad de abatir el poderío napoleónico.
El gobierno británico atravesaba difíciles momentos. La economía inglesa se resentía del bloqueo continental decretado por Napoleón. Estados Unidos elevaba al mismo tiempo una dura barrera proteccionista contra su antigua metrópoli. La tentación de los mercados sudamericanos se volvía demasido fuerte por momentos. Las exportaciones británicas, que alcanzaron en 1810 a 34.061.901 libras esterlinas, bajaron al año siguiente a sólo 22.681.400. Esto parecía algo semejante al pánico. "El gobierno se convenció a sí mismo de que sólo el acceso ininterrumpido al mercado latinoamericano podía respaldar su crédito y pagar la guerra peninsular" .
En tales circunstancias, todos los manejos para instrumentar al Consejo de Regencia, que parecía estar bajo la influencia inglesa, resultaron inútiles. Lord Wellesley sugirió que el Consejo debía autorizar a Inglarerra a comerciar libremente con América del Sur y que los ingleses protegiesen a Cádiz. Pero el Consejo de Regencia era totalmente impotente para otorgar a nadie concesión alguna. Su respuesta a la sugerencia inglesa fue decepcionante. Afirmó que la única autoridad de España había revertido a las Cortes de Cádiz. Estas "devolvieron la propuesta con un brusco rechazo" , pues la soberanía popular española allí simbolizada no estaba dispuesta a liquidar los intereses españoles en favor de sus equívocos aliados británicos.

12. Los diputados americanos en las Cortes.
En la populosa e hirviente ciudad de Cádiz, se habían reunido al fin las Cortes de España. El detestado Napoleón que retenía entre sus manazas de hierro a la dinastía absolutista había sido el providencial agente histótico. ¡Podían invocar la lealtad a Fernando prisionero y podían decir al mundo que el pueblo español reasumía su soberanía! Los diputados a las Cortes tenían así en sus manos la bandera del legitimismo jurídico y la llave para hacer la revolución burguesa bajo un respetable pabellón.
Para comprender el sentido profundo de las sesiones de las Cortes bastará que el lector evoque el trágico pasado de la España Imperial. Ahora estaban allí los hijos del pueblo español, con un partido reaccionario en minoría, pues toda la nobleza de sangre se había arrodillado ante el invasor. Cádiz era la capital de la España revolucionaria. ¡Pero faltaban los jacobinos!
Pues la feroz paradoja de la situación consistía en que las Cortes de Cádiz se reunían en el momento más débil de la acción militar del pueblo español; no cuando desmoralizaba a los franceses, sino cuando había pasado a la defensiva, no en la etapa más alta del proceso de liberación, sino en la más baja. En Cádiz, donde se iba a legislar para una España dominada por el enemigo, se había refugiado todo el espíritu revolucionario de la península, todas las aspiraciones y frustraciones de tres siglos. Pero era un debate fundado en el vacío geográfico.
"En la época de las Cortes, España se encontró dividida en dos partes. En la Isla de León, ideas sin acción; en el resto de España, acción sin ideas", dice Marx . Después de haber derramado su sangre en vano, el pueblo español había querido lanzar sobre el absolutismo el peso de una Constitución. Con las bayonetas francesas había entrado tumultosamente en la España petrificada el siglo revolucionario.
El principal puerto marítimo de España estaba poblado, al reunirse las Cortes, de una multitud de aventureros y emigrados, hispanoamericanos que el azar de la guerra había llevado a la península, soldados, marineros, comerciantes, rioplatenses como el joven oficial Tomás de Iriarte, guatemaltecos como los hermanos Llano, peruanos como el teniente coronel de caballería Dionisio Inca Yupanqui.
"Así se dió el caso de que estas provincias estuvieran representadas por hombres más aficionados a la novedad y más impregnados de las ideas del siglo XVIII que lo hubieran sido de haberlos podido elegir ellas misma. Finalmente, la circunstancia de que las Cortes se reunieran en Cádiz ejerció una influencia decisiva, ya que esta ciudad era conocida entonces como la más radical del reino y parecía más americana que española. Sus habitantes llenaban las galerías de la sala de las Cortes y dominaban a los reaccionarios, cuando la oposición de estos se tornaba demasiado enojosa, mediante la intimidación y las presiones desde el exterior" .
Muchas provincias españolas, ocupadas por las tropas francesas no pudieron enviar inmediatamente sus diputados: lograron hacerlo en cambio las regiones más demócratas, Cataluña y Galicia.
"Hablábase de candidatos para diputados, escribe el conde de Toreno, y poníanse los ojos no precisamente en dignidades, no en hombres envejecidos en las antigua corte o en los rancios hábitos de los consejos u otras corporaciones, sino en los que se miraban como más ilustrados, más briosos y más capaces de limpiar la España de la herrumbre que llevaba comida casi toda su fortaleza" .
Los turbulentos espectadores en las galerías del Coliseo de Cádiz, soldados y ciudadanos de ambos sexos, saludaban con ardorosos vivas a las diputados liberales a medida que entraban al recinto, "con desánimo de la Regencia" .

13. "Serviles" y liberales.
Las Cortes decidieron nombrar diputados suplentes por América y por Asia a diversos americanos y súbditos asiáticos residentes en ese momento en Cádiz. El canónigo criollo de Guatemala, don Antonio Larrazábal, fue uno de ellos, entre tantos hombres del bajo clero que tuvieron una participación decisiva en la revolución de España y América, a punto tal que sería imposible escribir la historia de América Latina omitiendo ese hecho y la circunstancia de que la Ilustración americana tiene su eje en el sector revolucionario de la Iglesia criolla, lo mismo que en España.
Larrázabal planteó ante las Cortes estupefactas lo siguiente: Guatemala se oponía a que se dictasen leyes sin su concurso; los diputados de América no debían ser españoles europeos, sino criollos; para ser ciudadano y ejercer sus derechos, no se oponía el defecto de nacimiento adulterino, sacrílego, incestuoso,ni el de dañado y punible ayuntamiento. Esto significaba no sólo un paso gigante hacia la modernización de la legislación civil, sino también incluir a millones de americanos indios, de matrimonio irregular, en las decisiones políticas sobre la soberanía . Desde el día mismo de su instalación, el 24 de septiembre de 1810, las Cortes se habían dividido entre "liberales" y "serviles".
La democracia burguesa y la nobleza clerical eran los dos partidos que se enfrentaban en las Cortes y de cuya unión brotó la célebre Constitución de 1812. La palabra "liberal" adquiere en Cádiz su cuño popular en el siglo XIX, así como en las Cortes, por primera vez en trescientos años, deja de emplearse en los documentos oficiales el vocablo "Indias" para ser reemplazado por la palabra "América". Las mutaciones semánticas reflejaban dócilmente los grandes acontecimientos históricos que le imprimían su sello.
Otro guatemalteco, Manuel Llano, bregó por la igualdad de la representación de los americanos, que resistían los diputados españoles, tanto los liberales como los serviles. En su discurso Llano señalaba la unidad del imperio hispanoamericano: "Las provincias de América, aunque agitadas, están en el caso que las provincias libres de la península; y esta providencia podría calmar los ánimos y restablecer la unión; porque los movimientos de insurrección en aquellos países no son por quererse separar, sino por el deseo de recobrar sus derechos. Citaré en prueba un solo hecho. En la Gaceta de Caracas, de 27 de julio, tratando de la instalación de la Junta de Barinas, en la Provincia de Venezuela, se lee: ''Que los individuos de ella se encargaban de aquel modo, sin perjuicio de que los diputados concurran a las Cortes generales de la Nación entera, siempre y cuando la convocación se forme con la equidad y justicia que merece la América, y siempre que formen una parte de España" .

14. Las Juntas en América.
En los momentos que sesionaban las Cortes de Cádiz, el movimiento revolucionario de América Hispánica se propagaba con enorme fuerza. De acuerdo a la vieja tradición española, las "Juntas" brotaron en Hispanoamérica en todas las ciudades principales de los cuatro virreinatos y capitanías generales. En todas partes se reasumía la soberanía en virtud de la prisión de Fernando VII y en su nombre. Mucho se ha discutido si Fernando era un símbolo verdadero de la unidad hispanoamericana o una simple máscara jurídica de la volundad de independencia de los americanos. Era ambas cosas, a nuestro juicio. La historia del absolutismo, la debilidad del liberalismo, el poder de la nobleza feudal y la política tradicional de España en América, no daban lugar a muchas esperanzas.
Pero también resulta indiscutible que, salvo los intereses británicos, que eran los únicos consecuentes partidarios de la ruptura con España, los americanos de la época seguían con intenso interés el desarrollo de la lucha en la peníncula. De su resultado militar y de la política que adoptara la España revolucionaria dependía la unidad o la separación. Las palabras del diputado guatemalteco reflejaban con bastante aproximación el estado de espíritu de los americanos ante los cambiantes acontecimientos de España. Cuando llegó a América la noticia de la disolución de la Junta Central de Sevilla, caída por su propio conservatismo, ése fue un paso más hacia la separación.
Los debates de las Cortes, donde se mostraron las resistencias de la mayoría española a otorgar a la América una igualdad plena persuadió a los americanos de que ni siquiera un triunfo del liberalismo español sobre el absolutismo daría igualdad completa a América dentro del marco de la Nación común. Si las Cortes de Cádiz constituían un vigoroso avance en cuanto al absolutismo y renovaban, por lo menos en el papel, el anquilosado cuerpo jurídico de España, en relación con los americanos no satisfacían de ningún modo sus aspiraciones. La inmensa mayoría de los indios y nativos quedaba al margen, por lo demás, de todo derecho político. Así, las "castas", como se las llamaba y que constituirían en los próximos años el factor decisivo en la lucha por la independencia, no existían sino como masas "ingenuas", que sólo la educación y los siglos elevarían paulatinamente al nivel del español europeo. Sarmiento encontraba en los diputados españoles de Cádiz su más ilustre antecedente.
Aún con la patria ocupada por las tropas del imperio francés, los mejores elementos liberales de España se resistían todavía a otorgar a los americanos la libertad y la igualdad totales. Una voz salida de las profundidades de la historia americana se elevó en ese momento para definir con una frase histórica la mezquindad del liberalismo español y su incurable limitación. Era el Inca Yupanqui, "vástago de la antigua y real familia de los incas, pintándose todavía en su rostro el origen indiano de donde procedía" .

15. El discurso del Inca Yupanqui.
Dionisio Inca Yupanqui asumió la defensa de la igualdad de españoles e indios americanos. Su discurso produjo honda impresión en las Cortes, y sería memorable en la historia de las ideas, según señalaremos más adelante. Es una pieza desconocida y fue pronunciado en la sesión del 16 de diciembre de 1810. He aquí su texto completo:
"Señor: Diputado suplente por el Virreynato del Perú, no he venido a ser uno de los individuos que componen este cuerpo moral de V. M. para lisonjearle; para consumar la ruina de la gloriosa y atribulada España, ni para sancionar la esclavitud de la virtuosa América. He venido, sí, a decir a V. M. con el respeto que debo y con el decoro que profeso, verdades amarguísimas y terribles si V. M. las desestima; consoladoras y llenas de salud, si las aprecia y ejercita en beneficio del pueblo. No haré, señor, alarde ni ostentación de mi conciencia; pero sí diré que reprobando esos principios arbitrarios de alta y baja política empleados por el despotismo, sólo sigo los recomendados por el evangelio que V. M. y yo profesamos.
Me prometo, fundado en los principios de equidad que V. M. tiene adoptados, que no querrá hacer propio suyo este pecado gravísimo de notoria y antigua injusticia, en que han caído todos los gobiernos anteriores: pecado que en mi juicio es la primera o quizá la única causa por que la mano poderosa de un Dios irritado pesa tan gravemente sobre este pueblo nobilísimo, digno de mejor fortuna. Señor, la justicia divina protege a los humildes, y me atrevo a asegurar a V. M., sin hallarme ilustrado por el espíritu de Dios, que no acertará a dar un paso seguro en la libertad de la patria, mientras no se ocupe con todo esmero y diligencia en llenar sus obligaciones con las Américas: V.M. no las conoce. La mayor parte de sus diputados y de la Nación apenas tienen noticia de este dilatado continente. Los gobiernos anteriores le han considerado poco, y sólo han procurado asegurar las remesas de este precioso metal, origen de tanta inhumanidad, de que no han sabido aprovecharse. Le han abandonado al cuidado de hombres codiciosos e inmorales; y la indiferencia absoluta con que han mirado sus más sagradas relaciones con este país de delicias ha llenado la medida de la paciencia del padre de las misericordias, y forzándole a que derrame parte de la amargura con que se alimentan aquellos naturales sobre nuestras provincias europeas.
Apenas queda tiempo ya para despertar del letargo, y para abandonar los errores y preocupaciones hijas del orgullo y vanidad. Sacuda V. M. apresuradamente las envejecidas y odiosas rutinas, y bien penetrado de que nuestras presentes calamidades son el resultado de tan larga época de delitos y prostituciones, no arroje de su seno la antorcha luminosa de la sabiduría ni se prive del ejercicio de las virtudes. Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre. V. M. toca con las manos esta terrible verdad.
Napoleón, tirano de la Europa su esclava, apetece marcar con este sello a la generosa España. Esta, que lo resiste valerosamente no advierte el dedo del Altísimo, ni conoce que se castiga con la misma pena al que por espacio de tres siglos hace sufrir a sus inocentes hermanos. Como Inca, Indio y Americano, ofrezco a la consideración de V.M. un cuadro sumamente instructivo. Dígnese hacer de él una comparada aplicación, y sacará consecuencias muy sabias e importantes. Señor: ¿Resistirá V. M. tan imperiosas verdades? ¿Será insensible a las ansiedades de sus súbditos europeos y americanos ? ¿Cerrará V. M. los ojos para no ver con tan brillantes luces el camino que aún le manifiesta el cielo para su salvación? No, no sucederá así, yo lo espero lleno de consuelo en los principios religiosos de V. M. y en la ilustrada política con que procura señalar y asegurar sus soberanas deliberaciones" .

16. La respuesta española.
El discurso del Inca Yupanqui abrió una discusión sobre la situación general de América, que fue postergada por varias sesiones, en virtud de "cuestiones más urgentes". Pero los diputados liberales y serviles rehusaban conceder una igualdad plena de derechos a los americanos, salvo en las pomposas enunciaciones generales . En una sesión posterior, la del 9 de enero de 1811, el diputado español Palacios decía con peculiar realismo: "En cuanto a que se destierre la esclavitud, lo apruebo como amante de la humanidad; pero como amante del orden político, lo repruebo" .
Este amor dúplice o adulterino era compartido por todo el partido servil y gran parte del liberal. La agitación revolucionaria en Venezuela perfeccionaba las ideas del diputado Valiente: "En Caracas hay novedades que atemorizan y es imposible que V.M. deje de tratar de la conservación de aquellos dominios... Señor, primero es cortar el vicio: por ahora está afianzada la confraternidad que debe haber entre ellos y nosotros: de lo demás se tratará más adelante, y entonces se acordará lo que deba ser. Háblese de los indios, pero sólo sea para conservar las Indias: esto es lo que nos interesa, lo que nos importa" .

17. La revolución en América Hispánica.
A las costas de Hispanoamérica llegaban las alternativas de la guerra nacional española y las discusiones reveladoras de las Cortes de Cádiz. Al mismo tiempo, las tropas españolas en el Nuevo Mundo, divididas interiormente entre serviles y liberales, exteriormente eran la expresión del Imperio español y reprimían donde podían hacerlo las tentativas criollas de reasumir la soberanía.
Por lo demás, brotaban en América los intereses regionales de las clases privilegiadas criollas, exportadoras y terratenientes, que vinculadas por lo general con el Imperio británico, sólo pensaban en romper con España para enriquecerse sin trabas. Un puñado de patriotas encabezaba en todas partes, sin embargo, la idea nacional hispanoamericana, comenzaba levantar ejércitos y a propagar la revolución. Casi concluída con la derrota completa la lucha militar en la península, regresaban a América algunos oficiales criollos del ejército español, como San Martín, Alvear, Iriarte. En el ejército español en América se reflejaban, por añadidura, no sólo las contradicciones básicas en que se dividía la sociedad española, sino los propios antagonismos americanos. Así, oficiales españoles eran indios como Santa Cruz, que luchaba contra los americanos varios años antes de plegarse a la lucha por la independencia.
Del mismo modo, en los llanos venezolanos, o en Colombia, los españoles contaban con el apoyo de los criollos más humildes, llamados "castas", hombres de color, y que eran jinetes y combatientes de primera categoría. Entre los partidarios de la independencia americana, aparecen numerosos españoles liberales. El drama de la ruptura del imperio hispanocriollo se revelará como una guerra civil, tanto como una guerra nacional.

18. La última defensa del liberalismo español.
Para concluir, nadie mejor que el Procurador General del Principado de Asturias, don Alvaro Florez Estrada, para exponer en 1812, en plena crisis, los mejores y peores aspectos del liberalismo español en relación con América. Afirmaba Florez Estrada que la maldición española fue el oro y la plata. La posesión de dinero era el objeto último de España. Las otras naciones decían en cambio: "Es necesario conquistar a la España toda la parte posible de las Américas, o en su defecto debemos tratar de hacerlas independientes para entablar un comercio directo con ellas" .
Este autor consideraba a España y América como parte de un solo Imperio, y proponía establecer en su interior un mercado libre, despojado de todas sus trabas y privilegios, o sea un mercado capitalista para una producción capitalista. Pero padecía del utopismo característico del liberalismo español, que pretendía resolver por reformas jurídicas abstractas lo que sólo podía crear la energía revolucionaria. Al responder a las intrigas británicas que acusaban a España de todos los crímenes imaginables, Florez Estrada hundía su escalpelo sobre la hipocresía inglesa y le recordaba su negativa a otorgar a las colonias de Norteamérica los mismos derechos que ahora pretendían para las colonias ajenas.
Cuando los ingleses hablaban de la intolerancia religiosa de España, Florez Estrada les recordaba que las leyes británicas excluían de toda representación a casi un cuarto de su población, porque era católica. Dirigiéndose a los americanos que amenazaban romper su unidad con España, les decía: "Americanos: ¿Seréis tan poco generosos que después de haber sufrido por espacio de trescientos años todos los males con que os quiso abrumar el absolutismo, sin resultarnos de nuestra tranquilidad otra ventaja que hacer mayor el orgullo de nuestros Reyes, y más implacable para con nosotros la enemistad de las demás naciones, tratéis de separaros de nosotros en la única ocasión en que todos debíamos trabajar unidos para conseguir nuestra libertad? ¡En el momento en que íbais a ser Nación con nosotros: en el momento en que el Gobierno espontáneamente os había concedido ya derechos, que ninguna nación recibió jamás sin derramar mucha sangre; en el momento que habíais ofrecido permanecer reunidos para llevar a cabo la empresa más gloriosa que los hombres vieron; en el momento en que todos íbamos a gozar por primera vez del privilegio de hombres libres, y a formar el Imperio más poderoso del globo; en el momento en que para lograr todos estos grandes objetos nada más necesitábamos que trabajar de concierto; en ese mismo momento os separaréis de nosotros, para que divididos, y sin fuerzas seamos todos presa de uno o de muchos tiranos!" .
Cómo traducía Florez Estrada y todo el liberalismo español su elocuente llamado a la unidad con América al lenguaje de los hechos bastará para concluir con citar la imagen concebida por el mismo autor: "América es un niño cargado de joyas a quien no se le puede abandonar sin riesgo de ser robado" .
Porque ese liberalismo era tan endeble como feroz el absolutismo de la España sobrevivida, es que se quebró la unidad de la nación hispanocriolla. El niño que cargado de joyas y plumas se hizo hombre en la batalla inminente, perdió algo más importante que sus tropicales alhajas: lo despedazaron en veinte repúblicas. Al no poder hacer la unidad nacional con España, debió lograr la independencia contra ella. Tan débil como era, con la independencia se quebró la unidad. En lugar de una sola y fuerte soberanía obtuvo el grotesco triunfo de elevar dos docenas de provincias a la categoría de "Naciones".

19. Del Inca Yupanqui a Carlos Marx.
El cortante aforismo lanzado en su discurso ante las Cortes de Cádiz por el Inca Yupanqui -"Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre"-, ha corrido un raro destino. Observemos ante todo que la propia personalidad del Inca es virtualmente ignorada por los historiadores y cronistas de la época. Poco se sabe de su actividad preliminar a su incorporación como diputado suplente a las Cortes, y nada de su vida posterior. Pero creemos que algo puede decirse de la historia de un concepto formulado por el Inca en 1810: "Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre".
Exactamente la misma idea, expresada con las mismas palabras, expone Marx sesenta años más tarde en sus artículos y cartas sobre la cuestión nacional irlandesa. Esta concepción constituirá la base del pensamiento revolucionario sobre la cuestión nacional en general y será centenares de veces repetida por clásicos autores en la bibliografía sobre los movimientos nacionales. Más aún, toda la política nacionalista en el mundo contemporáneo es inimaginable sin la clara noción de que las colonias y semicolonias oprimidas por un grupo de grandes potencias imperialistas, lograrán con su revolución nacional no sólo emanciparse a sí mismos, sino crear las condiciones económico-sociales para despertar al proletariado privilegiado de los países metropolitanos y favorecer su propia emancipación. Ahora bien, ¿de dónde había extraído Marx esa frase y esa idea? ¿Era el fruto de su genial intelecto o había encontrado en su larga lucha algún valioso antecedente? "Durante mucho tiempo creí que sería posible derrocar el régimen irlandés por el ascendiente de la clase obrera inglesa... Pero un estudio más profundo me ha convencido de lo contrario", escribía Marx a Engels .
En 1854 Marx escribía regularmente en el New York Daily Tribune artículos en los que examinaba los principales problemas de la política internacional. Al estallar una revolución militar en España, dirigida por el general O'Donnell, Marx escribió una serie de estudios en los que pasaba revista a toda la historia española, desde el imperio de Carlos V y su régimen social, hasta los acontecimientos políticos de 1854. Llaman la atención los conocimientos de Marx de la historia de España, dejando a un lado su característica sagacidad para interpretarlos. En particular sorprende su detallada descripción de las sesiones de las Cortes de Cádiz en el período 1810-1813 que ni siquiera se encuentra, por lo común, en las historias generales de España.
Alude repetidas veces a los discursos de los diputados españoles, cita textualmente fragmentos de esas intervenciones y examina con minuciosidad el texto de la Constitución aprobada en 1812. Cuando se disponía a trabajar sobre España, Marx escribía a Engels: "En este momento me ocupo sobro todo de España. Hasta hoy me he nutrido fundamentalmente en fuentes españolas, de la época de 1808 a 1814 y de 1820 a 1823. Atacaré ahora el período 1834-1843. Esta historia no carece de complicaciones. Lo más dificil es comprender su desarrollo. En todo caso he hecho bien en comenzar por Don Quijote" .

20. Marx estudia a España.
Procediendo con su clásica probidad, Marx había iniciado su comprensión de la historia de España leyendo la versión trágico-cómica de la edad caballeresca. Su trabajo intelectual se realizaba generalmente en la Biblioteca del Museo Británico, en cuya sala de lectura no sólo se encontraba la prensa europea al día, sino también la prensa española y los principales documentos políticos y jurídicos de la historia europea. No es difícil concebir que los 28 volúmenes que contienen las Actas de las Cortes de Cádiz, editadas por la Imprenta Real de Cádiz en 1811, encontrasen su sitio en el Museo Británico. Tampoco resulta inverosímil que el detallado conocimiento que evidencia Marx de las posiciones del partido americano, del partido servil y del partido liberal sólo hayan podido adquirirse en la lectura de dichas Actas, repositorio mucho más fiel que las febriles reseñas redactadas por la efímera prensa gaditana de ese momento . Se tendrá presente que no había prensa independiente bajo la dominación francesa de casi todo el territorio español. Por lo demás, la frase "Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre", aplicada por Marx a la situación de Inglaterra con respecto a Irlanda, no retrataba específicamente la situación de dependencia irlandesa y sus relaciones con el proletariado británico.
La clase obrera de Inglaterra, como lo observan repetidas veces Marx y Engels, se beneficiaba de la explotación que de Irlanda hacía la aristocracia terrateniente inglesa, lo mismo que del botín colonial extraído del mundo entero por el Impeio. Más aún, los obreros ingleses abrumaban con su desprecio a los obreros irlandeses que vivían en Inglaterra; y los detestaban porque éstos tendían a disminuir su nivel de vida aceptando menores salarios que los trabajadores británicos. También los obreros del Imperio se hacían eco de los prejuicios imperialistas que les inoculaba la sociedad burguesa contra los desventurados proletarios de Irlanda que venían a Londres a mitigar su hambre. Se producía de ese modo un fenómeno de corrupción política análogo al del proletariado nortemaericano frente a los portorriqueños y mexicanos del siglo XX. ¿"Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre"?
En todo caso, la "libertad" o "bienestar" del obrero inglés en el siglo XIX se fundaba justamente en la explotación de Irlanda y otras colonias realizada por el Imperio inglés. Y el proletariado de la metrópoli no podía esperar mejores condiciones de vida ayudando a Irlanda a emanciparse; antes por el contrario, esa liberación, en lo inmediato, podía acarrear al obrero británico una mayor explotación en sus propias islas.
De este modo, "un pueblo que oprime a otro no puede ser libre" adquiría en las condiciones del conflicto Inglaterra-Irlanda, una inflexión ética. Desde el punto de vista del triunfo del socialismo en Inglaterra, la frase se despojaba de toda intención moral y expresaba acertadabamente el hecho de que el proletariado inglés sólo podría crear las premisas de su emancipación social si la burguesía inglesa no perdía antes la posibilidad de "exportar su crisis" hacia otros pueblos. Pero esto último, hoy podemos comprobarlo sin lugar a dudas, era imposible, pues toda la materialidad de su existencia práctica dirigía la conciencia del proletariado inglés a no desear el quebrantamiento del poder colonial de su burguesía, poder externo que le permitía condiciones de vida internas más satisfactorias que las de un "coolí" chino, un campesino hindú o un proletario irlandés. Bajo el conservadorismo político de la clase obrera inglesa, observada por Engels, se escondía un aforismo que Marx no se atrevió a acuñar: "Un pueblo que oprime a otro puede ser libre".¡Pero era una "terrible verdad"!
No haberlo creído así, era el tributo que los clásicos del socialismo europeo pagaron a las ilusiones del siglo XIX con respecto al proletariado del Viejo Mundo, desmentidas por la realidad contemporánea.
Consideremos ahora el contenido de la frase desde el punto de vista del contexto histórico y político en que la pronunció ante las Cortes de Cádiz el Inca Yupanqui en su discurso de 1810. Hablaba como "Inca, Indio y Americano", según dice, ante sus colegas de unas Cortes populares, reunidas en el único sitio de España libre de la ocupación extranjera. Su tesis era predicar la igualdad de los americanos, los indios y los españoles, puesto que las circunstancias habían querido que España estuviese a las puertas de su libertad civil y en lucha por su independencia nacional.
Como los diputados españoles, con su patria invadida, rehusaban otorgar a los americanos esclavizados por ellos las mismas libertades que los españoles exigían con las armas en la mano a los franceses, el Inca Yupanqui estaba en condiciones de resumir el trágico dilema del pueblo español, oprimido y opresor a la vez. Si se atrevía a dar libertad a sus oprimidos, llegaría a ser libre, pues América toda volcaría entonces su esfuerzo hacia España, pero corría peligro de continuar esclavizado, si rehusaba liberar a los americanos. Así el concepto del Inca Yupanqui, mucho más que el de Marx, respondía agudamente a un situación especifica: "Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre" .
Marx se deslumbró por la magnífica síntesis estudiando en 1854 las Cortes de Cádiz, la idea germinó lentamente en su espíritu y cuando llegó el momento de ocuparse de Irlanda, en 1869, su espíritu le devolvió un eco de aquellas ardorosas jornadas de Cádiz que habían despertado años antes su admiración. Los patriotas de América del Sur recurrieron a Marx en procura del concepto del Estado Nacional. Pero Marx la había escuchado de boca de aquel Inca, Indio y Americano que trajo a la España revolucionaria la voz de las Indias. Responde a una lógica profunda que un siglo y medio después, para comprender la clave de la revolución latinoamericana, marchen enlazados ambos nombres ilustres, el del diputado americano que defenció a los indios y el del profeta europeo que anunció la victoria de los trabajadores.

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