Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO V

LA LUCHA DE CLASES EN LA INDEPENDENCIA

"Los funcionarios españoles dijeron: 'Los franceses antes que la emancipación` y los criollos respondieron: `La emancipación antes que los franceses`"

Indalecio Liévano Aguirre

La revolución hispanoamericana salta como una chispa de la fulminante invasión napoleónica. Aunque la hoguera revolucionaria se propaga como el dictado de una orden, una larga gestación la había precedido en la historia de España y las Indias. La ruina irresistible del Imperio español se fundaba en la impotencia de su burguesía para barrer a fondo las instituciones de la arcaica sociedad española, conjurar los particularismos feudales y regionales, establecer el régimen capitalista en la peníncula y sus dominios ultramarinos e incorporar España al nivel de los tiempos modernos. Bonaparte abrió inesperadamente una vía de salvación al pueblo español mediante la forma de una guerra de independencia nacional que adquiere inmediatamente una perspectiva de reforma interior.

1. La guerra civil en América.
Las Indias habían sufrido el mismo proceso de atraso que la metrópoli, aunque agravado por su carácter dependiente, la esclavitud de los indios y el yugo absolutista redoblado. Las Juntas que se forman en España se reproducen en todo el territorio de la América Hispánica. Si la "máscara de Fernando" llega a ser realmente una fórmula, se debe a que la cobardía del liberalismo español y el retorno del absolutismo de Fernando VII por la caída de Napoleón, cierra toda posibilidad de mantener el imperio hispanoamericano con bases igualitarias.
El fracaso de la revolución española abre la etapa de las guerras de la Independencia en América; la guerra civil se traslada a este continente, donde combaten en bandos enfrentados españoles contra españoles y criollos contra criollos. La profundización y democratización de la lucha incorpora luego a la guerra a las masas indígenas, gauchas, negras o mestizas, con lo que la independencia adquiere un carácter verdaderamente popular. Esta guerra perseguía al principio un doble objetivo: impedir que América Hispánica recayera bajo el yugo absolutista y conservar la unidad política del sistema virreinal bajo la forma de una Confederación de los nuevos grandes Estados. Quien ofrece la formulación más categórica, razonada y resuelta de esta última posición es Simón Bolívar. Su formidable programa parece en un momento próximo a realizarse; pero se hunde rápidamente y la muerte del Libertador simboliza ese fracaso de mantener la unidad en la independencia.

2. La revolución de los Marqueses.
Los centros disociadores de la unidad latinoamericana son básicamente Buenos Aires, Caracas, Bogotá y Lima . A esa disolución contribuyen las ciudades menores, centros de intereses regionales de campanario que habrían podido doblegarse por las armas. Tal es el caso del patriciado rural de la Banda Oriental, del comercio altoperuano vinculado al Pacífico, de los terratenientes y mineros chilenos.
En el antiguo Reino de Quito la revolución de 1809, a título de ejemplo, la encabezan cuatro marqueses criollos: el Marqués de Selva Alegre, el Marqués de Solanda, el Marqués de Villa Orellana y el Marqués de Miraflores. Rompían con la autoridad local española para
"la conservación de la verdadera religión, la defensa de nuestro legítimo monarca y la propiedad de la patria" . Como en otras regiones de la América Hispánica, la revolución chocó con la indiferencia u hostilidad de las masas populares.
"Fue tan evidente el espíritu de casta que inspiró el movimiento y tan notorio el menosprecio que profesaban al pueblo los aristócratas quiteños, que no tardaron los autores de la conjura en enfrentarse a la hostilidad de las clases populares y hasta les fue imposible reclutar unos cuantos soldados, para defender su causa contra las fuerzas militares despachadas desde Lima, Pasto y Popayán" .
El Rey era un poder lejano para los mestizos y negros, pero los aristócratas criollos estaban demasiado cerca; así pudo verse el rechazo popular de criollos pobres o mestizos "en sorprendente armonía con los peninsulares" . Reprimida la revolución de los marqueses por la barbarie sangrienta de las fuerzas españolas, que sembraron el terror en Quito, la segunda oleada revolucionaria lanzará a la lucha esta vez a las fuerzas populares: la causa de la Independencia ahora será invencible.

3. Lima y Buenos Aires.
Entre los grandes virreinatos se destacan los de Lima y Buenos Aires. En Lima sobrevive el poderío de la aristocracia colonial hispanocriolla: es la Lima frívola y mundana de la Perricholi y del marqués de Amat, viejo verde y rigurosamente dieciochesco, cliente de palio y jarana, paradigma de la Lima charrigueresca que goza alegremente de la servidumbre indígena, la Lima de los marqueses de Torre-Tagle, serviles de la Revolución que pronto traicionarán . Porque en realidad en Lima toda o casi toda, la clase "decente" es goda o agodada.
En cuanto a Buenos Aires, en ese puerto ínfimo, tan gris como las aguas servidas del Río de la Plata, juzgado en los siglos coloniales como lugar de destierro para los funcionarios del Rey, se ha constituído una clase terrateniente y comercial de reciente alcurnia. No desciende de conquistadores. Su grupo influyente se compone de peninsulares ávidos y prestos, prácticos en el contrabando y en todo comercio ilícito, llegados después de 1750 y que forman la clase principal de "solar conocido". Se han enriquecido más o menos rápidamente, pues de la pampa inmensa ha brotado un yacimiento mejor que el Potosí. La ganadería es inextinguible y aunque carece de dueño, pronto aparece quien la reclame. Inglaterra encuentra al producirse la Revolución su más seguro aliado en estas dos clases sociales: ganaderos y comerciantes.
Las peculiaridades del puerto, su poder aduanero y rentístico, su indiferencia por las provincias y América Latina, su condición de productor, exportador e importador convertirá a los intereses de Buenos Aires en uno de los factores motrices de la balcanización . De la voluntad porteña nace la "Nación" uruguaya, la "Nación" boliviana, la "Nación" paraguaya. Buenos Aires hostiga la convocatoria del Congreso de Panamá y el esfuerzo de San Martín por liberar el Perú, gestiona un príncipe europeo para coronar en el Plata, combate a Artigas aliada a a los portugueses y concluye por exterminar al Paraguay en 1865 con los mismos aliados.

4. Factores de la balcanización.
La "clase mantuana" traiciona a Bolívar y deshace la Gran Colombia, los estancieros de la Banda Oriental apuñalan al artiguismo, los hombres de pro barren a Carrera y asesinan a Manuel Rodríguez en Chile, Artigas se hunde en la selva paraguaya, Paraguay se enclaustra defensivamente bajo el puño de hierro del Dr. Francia, San Martín emigra, Morazán es asesinado y la República de Centroamérica estalla en cinco pedazos, México se aísla y agoniza un siglo bajo los terratenientes.
Las potencias extranjeras, Estados Unidos y Gran Bretaña, se disputan el territorio y la economía de las veinte repúblicas que Bolívar había soñado unidas. Después de la independencia, sobreviene la balcanización. América Latina se convierte en una nación inconclusa.

5. La idea nacional hispanoamericana.
Al iniciarse la revolución todos los grandes jefes llevan en su cabeza el proyecto nacional. Egaña en Chile, Bolívar en la Gran Colombia, Artigas, Monteagudo, San Martín y el deán Funes en las Provincias Unidas, Morazán en Centroamérica. Los iniciadores, por lo demás, son hijos del siglo que presencia el movimiento de las nacionalidades. Las dificultades, sin embargo, superaron todo lo previsible.
La extensión inmensa, las débiles comunicaciones terrestres o marítimas, el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, la carencia de un centro económico y político capaz de arrastrar a todos los restantes hacia un foco centralizador conspiraron contra el proyecto. Parecía que la única solución era puramente militar y que sólo la espada podía asegurar la unidad nacional en el proceso de la independencia. La forma política óptima, para muchos de ellos, como San Martín y Belgrano, destinada a mantener por un largo período la continuidad de la unión, era el régimen monárquico. La obsesión de todos los jefes era la anarquía, el caos y la servidumbre consiguientes.
El rioplatense Belgrano sugiere coronar un Inca peruano, para asegurar la adhesión de los millones de indios de los viejos virreinatos al nuevo orden de cosas. El proyecto es rechazado, no por un particular "democratismo" de muchos "próceres" sino por la repugnancia de la minoría blanca criolla hacia los "cuicos", como los diputados porteños llaman a los representates de indios o mestizos del Alto Perú. El contenido social de este "desprecio" se nutría de los intereses de los estancieros de origen español de la pampa húmeda del Plata, a los que sólo importaba el comercio exterior o de los abogados-terratenientes de Perú o Alto Perú, explotadores de los "pongos" indígenas.

6. San Martín como político.
Había en el Ejército español un "indiano", de rasgos que evocaban al mestizo. Era hijo de un Capitán español. En Bailén luchó heroicamente contra los franceses. Bajo la influencia de las Logias fundadas en Inglaterra por Miranda resolvió volcarse a la causa de su patria de origen y embarcó hacia América. Es San Martín, que encabezará en el Río de la Plata el "partido hispanoamericano", contra el localismo porteño de los Rivadavia .
Con Bolívar, será San Martín el más notable luchador por la Confederación de Estados en las guerras por la independencia. Bajo su presión directa, el 9 dejulio de 1816 las Provincias Unidas del Río de la Plata, reunidas en Congreso General en la ciudad de Tucumán, proclaman la independencia del Rey de España y de "todo otro poder extranjero". Firman el acta de la independencia las "Provincias Unidas en Sudamérica", denominación significativa, lo mismo que la adhesión de San Martín a la tesis de Belgrano sobre la necesidad de coronar a un descendiente de los Incas para mantener en las anárquicos territorios de antiguo dominio hispánico un poder centralizador. El plan político de San Martín es el de la Logia Lautaro, por él organizada. Su objetivo era inequívoco, según las "Instrucciones" que recibió el Jefe del Ejército de los Andes: debía lograr que Chile enviara "su diputado al Congreso General de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituya una sola nación." .
Aunque San Martín sugería el establecimiento de una monarquía constitucional presidida por un rey incaico para atraer la simpatía de las masas indígenas del Alto y bajo Perú, mientras que Bolívar aspiraba a una República con una Presidencia vitalicia, ambos Libertadores acariciaban idéntico propósito, una "Nación de Repúblicas", estrechamente unidas ante la dispersión de la inmensa geografía y las intrigas disgregadoras de los Imperios extranjeros. En su fugaz visita a Montevideo, años después de su renuncia al poder en el Perú, San Martín dijo a Manuel de Pueyrredón que Bolívar, tanto como él, aspiraban a lo mismo: independencia y unidad hispanoamericanas.

7. La juventud de Bolívar.
Bolívar era el vástago de una familia de largo arraigo en Venezuela. Un año antes de nacer el futuro Libertador, Miranda recibía una carta de tres aristócratas venezolanos ofreciendo sus servicios para la emancipación de América. Uno de ellos era Juan Vicente Bolívar, hombre principal de la clase de los "mantuanos" 9 criollos en las horas febriles que preceden a la declinación española. Por su cuna, pues, Bolívar era un mantuano. Por su maestro, Simón Rodríguez, un perfecto roussoniano, un hijo del siglo. Don Simón será toda su Universidad, su tutor y su guía en el teatro del mundo que era entonces Europa.
Maestro y discípulo contemplan absortos la coronación del Emperador Napoleón y ven desfilar a las tropas francesas ante su jefe por las calles de Montechiaro, en Italia. Bolívar, de la mano de Rodríguez, ingresa a las logias masónicas de Europa. Ya tiene un Julián Sorel en el corazón: el espectáculo de Bonaparte y el movimiento de las nacionalidades que despiertan ante la vieja Santa Alianza, inflaman el espíritu del joven heredero. Simón Rodríguez ha guardado celosamente, por lo demás, la inmensa fortuna de los Bolívar. A los 21 años el futuro Libertador se entera que su maestro bohemio custodió los 4 millones de pesos, herencia del discípulo .
Bolívar se lanza en Europa a una vida alegre y disipada.
"Rodríguez no aprobaba el uso que yo hacía de mi fortuna, escribía a una prima, le parecía que era mejor gastarla en instrumentos de fisica y en experimentos químicos; así es que no cesa de vituperar los gastos, que él llama necesidades frívolas. Desde entonces, sus reconvenciones me molestaban, y me obligaron a abandonar Viena para libertarme de ellas. Me dirigí a Londres, donde gasté ciento cincuenta mil francos en tres meses. Me fui después a Madrid, donde sostuve un tren de príncipe. Hice lo mismo en Lisboa; en fin, por todas partes ostento el mayor lujo y prodigio el oro a la simple apariencia de los placeres" .
Hastiado al fin de esa vida de placeres, el joven mantuano reinicia sus paseos y discusiones con el maestro Don Simón, el viejo conspirador de 1797. Un día, en 1805, suben a una colina romana, el Monte Sacro y en una invocación donde abundan los Rómulos y los Gracos, los Césares y Brutos y Tiberios, Trajanos y Augustos, como ordenaba la simbología heredada de la Revolución Francesa, Bolívar jura allí libertar al Nuevo Mundo . Muchos años más tarde don Simón Rodríguez recordaba el episodio y comentaba a un joven interlocutor: "Tú sabes, hijo, que el muchacho cumplió su palabra" .

8. Don Simón Rodríguez.
Este don Simón Rodríguez era un genial y extravagante personaje que ejercerá gran influencia moral e intelectual sobre Bolívar. Como es de práctica en América Latina, Don Simón yace olvidado y ni Caracas lo recuerda con una estatua . Había abierto su biblioteca al discípulo: Rousseau, Voltaire, Plutarco, Montesquieu, Cervantes. Era una especie de socialista ("primer socialista americano" lo llama un biógrafo), cuya originalidad consistió en percibir agudamente la peculiaridad social de América Latina.
Su acción en América fracasa al mismo tiempo que la de Bolívar y por las mismas razones que se explicarán. Despreciaba sin énfasis la vieja estructura social y las convenciones coloniales que subsistirán después de la Independencia. Cuando Bolívar decide regresar al Nuevo Mundo para luchar por la emancipación, Don Simón permanece en Europa, frecuenta a Humboldt y viaja a Rusia, donde funda una escuela. Pasarán más de quince años sin verse maestro y discípulo.
Ya en 1810 Bolívar entabla en Londres relaciones con Francisco de Miranda. El anciano revolucionario otorgará al joven mantuano su primer grado militar. Allí nace el Bolívar histórico. Se recordará que Miranda no era pura y simplemente "un agente británico", sino el creador de la idea de una América Hispánica unida.
Su aventurera existencia, su epílogo infortunado y su fatal disidencia con Bolívar pertenecen a otra historia. Lo que importa al presente relato es que al desaparecer Mitanda de la escena, Bolívar lo sucede. Recoge de su jefe el proyecto de un gran Estado hispanoamericano y de su viejo maestro Don Simón el contenido moderno de la revolución nacional que avanza orgullosamente en Europa.

9. De la patria boba a la gran Colombia.
Al día siguiente de la formación de las Juntas en América hispánica se manifiestan las tendencias centrífugas en todo el continente. Las aristocracias criollas asumen el control en todas las regiones. La fragmentación política hace su aparición bajo el manto del "federalismo" o de las satrapías locales. Durante cinco años, el antiguo Reino de Nueva Granada (actual Colombia), vive una era que la historia conoce con el nombre de la "Patria Boba". Cada provincia proclama sus autoridades, cada aldea tiene su Junta independiente y soberana, la palabra federalismo se convierte en la soberbia doctrina de la impotencia. Las derrotas iniciales de Bolívar, el conservatismo oligárquico del Perú virreinal y la política centralista de Buenos Aires en el Sur, que engendra la segregación y el separatismo de las provincias del Río de la Plata, ofrecen un mismo espectáculo de división y caos. Por el contrario, desde el comienzo de su acción el Libertador expresa en sus proclamas y en su correspondencia una idea central: la unidad latinoamericana. Su edecán, el general O'Leary, recordará luego la frase que repite mil veces: "Unión, unión, o la anarquía os devorará".
A medida que sus fulgurantes triunfos militares se sucedían, Bolívar comienza a llevar a la práctica sus grandiosos proyectos unificadores. Era una doctrina común en América Hispánica, desde los precursores. A fines del siglo XVIII el jesuita D. Juan Pablo Viscardo y Guzmán, natural de Arequipa, y que como muchos otros mienbros de la Orden de Loyola expulsados por los Borbones, adoptó el partido americano contra la Metrópoli, escribía una carta célebre "a los españoles americanos", en la que decía: "El Nuevo Mundo es nuestra patria, su historia es la nuestra" . La Junta de Chile se dirigía en 1810 al gobierno de Buenos Aires planteando la necesidad de establecer un Plan o Congreso para "la defensa general" .
En Caracas, en abril de 1810, la primera Junta, bajo la máscara de Fernando, reclamaba la "obra magna de la confederación de todos los pueblos españoles de América" .
El Chileno Juan Egaña componía en la primera década revolucionaria un Plan cuyo primer capítulo establecía la formación de "el Gran Estado de la América Meridional de los Reinos de Buenos Aires, Chile y Perú y su nombre será el de Dieta Soberana de Sud América" .
Desde el Perú, Monteagudo escribirá su Ensayo sobre la necesidad de una Federación general entre los Estados Hispanoamericanos y plan de su organización .
En el Alto Perú, Castelli, uno de los raros revolucionarios porteños, lanza un manifiesto: "Toda América del Sur no formará en adelante sino una numerosa familia que por medio de la fraternidad pueda igualar a las respetadas Naciones del mundo antiguo" .
La primera Junta, encabezada en 1811 por Fulgencio Yegros proponía la Confederación del Paraguay con las demás provincias de América de un mismo origen "y principalmente con las que comprendían la demarcación del antiguo Virreynato" .
Todos los Jefes revolucionarios, de un extremo a otro de la Nación latinoamericana, proclamarán su condiciópn de "americanos", sean caraqueños, neogranadinos, argentinos, altoperuanos, orientales o chilenos. Para todos, la ciudad o región natal será, por todo un período, "la patria chica". De todos ellos, es Bolívar quien expresa más categóricamente la conciencia nacional común. En una arenga a la División de Urdaneta, Bolívar dice en 1814: "Para nosotros la patria es América" .
Bolívar tenía la convicción de que la independencia había sido prematura, precipitada por la invasión napoleónica. Era obvio que la Independencia de las colonias americanas, con su debilidad económica y social podía y debía ser presa de la disolución interior y la dependencia económica de algún gran poder mundial, en este caso, Gran Bretaña.

10. Ideología y realidad social.
Un desenvolvimiento del Imperio español-americano mediante el progreso del capitalismo en la metrópoli, podría haber proporcionado a las colonias un nacimiento histórico más sano.
"América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió, por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona", escribe en su famosa carta de Jamaica en 1815. Cuando las águilas francesas"sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz" y desaparecieron los gobiernos de la Península, "quedamos en la orfandad" .
Pero era imposible históricamente volver atrás. "Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo". Desconfía de los gobiernos representativos, aunque rechaza la monarquía. Advierte que las formas democráticas tomadas en préstamo de Europa carecían del fundamento social que había en Europa ya que no existía en América el desenvolvimeinto de las fuerzas productivas y de la "democracia económica" de la América del Norte. En tales condiciones, para Bolívar se imponía formar gobiernos centralizados, que acelerarían el progreso económico y social de los nuevos Estados. "Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli por ejemplo, sería Méjico, que es única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli" .
Se advierte aquí el ideologismo fatal de Bolívar, la irremediable limitación de sus propias fuerzas de sustentación le imponían y que, salvo en el caso de Artigas, reduce la visión realista de casi todos los jefes americanos de la época. La disputa sobre los regímenes políticos suplantaba a la disputa en torno a la estructura económica y social, que empíricamente sin embargo San Martín y Bolívar se vieron forzados a considerar en sus guerras revolucionarias. Monarquía y república en la América Hispánica de la época eran perfectamente compatibles con el latifundismo agrario, el sistema servil del indio, la esclavitud o la dependencia del capital extranjero. Justifica a Bolívar, sin embargo, el objetivo supremo que se asignó y que estaba determinado por el conjunto de las circunstancias mundiales: en primer lugar la independencia, luego todo lo demás. ¿Podía crearse una nación latinoamericana sin la interrelación económica de un mercado nacional común? Podía la espada sustituírse a una economía nacional que la respaldase? Bolívar se proponía fundar una Nación americana llamada Colombia, palabra creada por él en homenaje al descubridor de América y cuya capital sería una ciudad a fundarse llamada Las Casas, como tributo al defensor de los indios.

11. La carta de Jamaica.
Por lo demás, en su carta de Jamaica, "contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla", es preciso observar que el "caballero de esta isla" era un caballero inglés, y que bajo la retórica ampulosa del Libertador y sus visiones literarias se escondía un político práctico descarnado, con un sentido crítico muy alerta. Bolívar supo siempre cómo tratar a los extranjeros, en particular a los británicos, en quienes veía aliados de importancia decisiva. En la misma carta afirma que "es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres, y una religión, debería por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; más no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres semejantes, dividen a la América. Que bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y la guerra!" .
Cuando escribía esas líneas, Bolívar era un "general retirado", un puro soñador solitario, recluído en una isla inglesa, que mataba sus ocios con una hermosa mulata y que parecía repetir sonbríamente el mismo ciclo que su firme amado y detestado Miranda: escribir memoriales a los ingleses soñando con un utópico retorno a tierra firme. Era en 1815 y estaba derrotado, negado por sus amigos, sin dinero, sin soldados y sin futuro.
"Ya no tengo un duro -escribe Bolívar a un amigo- ya he vendido la poca plata (objetos de ese metal) que traje. No me lisonjea otra esperanza que la que me inspira el favor de Vd. Sin él, la desesperación me forzará a terminar mis días de un modo violento, a fin de evitar la cruel humillación de implorar de hombres más insensibles que su oro mismo. Si Vd. no me concede la protección que necesito para conservar mi triste vida estoy resuelto a no solicitar la beneficencia de nadie, pues es preferible la muerte a una existencia tan poco honrosa" .
Cuatro años más tarde es un triunfador, Libertador y Fundador de Colombia. Pero sus ideas no han cambiado. Al preparar el Congreso de Panamá, envía a Chile a su embajador Mosquera y dice en una carta al Director Supremo de Chile que las provincias americanas "han recobrado su libertad, dándose una existencia nacional. Pero el gran día de la América no ha llegado. Hemos expulsado a nuestros opresores, roto la tabla de sus leyes tiránicas y fundado instituciones legítimas; mas todavía nos falta poner el fundamento del pacto social, que debe formar de este mundo una nación de repúblicas" .
La irresistible tendencia posterior a la independencia, a fragmentar en "republiquetas", como Bolívar las llamaba irónicamente, los grandes Estados, le arranca esta observación sobre la "manía de federación provincial": "se quiere imitar a los Estados Unidos sin considerar la diferencia de elementos, de hombres y de cosas... Nosotros no podemos vivir sino de la unión" .
A Santander, su vicepresidente en Colombia, le repetía su frase a Páez: "Yo le he dicho a usted que el único pensamiento que tengo es la gran federación de Perú, Bolivia y Colombia .

12. Las clases sociales en la revolución.
Pero esa revolución burguesa que había triunfado en Francia con los jacobinos y que había sido derrotada en España por la tenaza de hierro de franceses y de Fernando VII, no podía reproducirse en la América rebelde sin afectar profundamente la estructura social establecida por la España absolutista: en primer lugar, por la abolición de la esclavitud y por la igualdad social de las razas.
Si en la España revolucionaria se trataba de elevar al pueblo a depositario de la soberanía política, en América Hispánica, después de tres siglos, se imponía emancipar socialmente a los oprimidos y humillados, es decir a los negros, indios zambos y mulatos que constituían la mayoría de la población, sea como esclavos, como siervos o campesinos sin tierras. El contenido social de la revolución era la condición preliminar para impulsar las reivindicaciones nacionales contra los españoles.
Bolívar repitió, en la primera etapa de su lucha, el error fatal de su antiguo jefe Miranda: mantener la quimera de una República Abstracta, cara a los mantuanos y que consistía en romper el yugo político con España sin despojarse de su hegemonía social sobre las "castas infames" como llama Pereira a las clases de color . La crisis española se transforma en Venezuela en guerra civil (guerra de razas y guerra de clases) antes que en revolución de la Independencia.
Durante siete años, desde 1810 hasta 1817, los patriotas mantuanos representan las clases criollas privilegiadas, opuestas a las masas de llaneros, esclavos y plebe de color que, al mando de jefes españoles que les han prometido la "libertad de clase" desdeñan la "libertada nacional". Los primeros años de la Independencia, presencian así una sangrienta lucha de clases enmascarada de lucha de razas. La ferocidad distingue a los dos bandos. Los hombres de los llanos, gauchos de Venezuela, constituyen una fuerza irresistible. Es la mejor caballería a lanza que cuenta América: los aristócratas criollos son arrollados. Su jefe es Boves, un asturiano rubio e implacable, antiguo contrabandista y ex presidiario, traficante de ganado en los llanos, elevado rápidamente en el caos de los jinetes nómades al rango de caudillo .
Lucha a la par de sus hombres y su fuerza inmensa en los llanos de Venezuela resultará totalmente lógica si se considera que al levantar el pabellón español contra los aristócratas criollos, no sólo declaraba la guerra a muerte contra los blancos, sino que abolía la esclavitud y la servidumbre, entregaba las propiedades y bienes de los blancos ejecutados a sus combatientes zambos, pardos, negros y mestizos "dándoles papeletas de propiedad" y repetía en todas sus campañas la divisa: "Las tierras de los blancos para los pardos!" .
Al mismo tiempo, ascendía a las altas jerarquías militares a los más rudos soldados zambos o mulatos de su ejército, la que llamaba "la legión infernal". Este curioso caudillo de los llanos, era al mismo tiempo notoriamente desinteresado y no guardaba para sí ni un alfiler en los saqueos; de ilimitada osadía en los combates, era luego el más sencillo soldado entre sus hombres, con quienes compartía la carne cruda y sin sal de la sabana .

13. Esclavos, libertos y mantuanos.
En el ejército llanero de Boves, compuesto de 7.500 hombres, sólo podían contarse de 60 a 80 soldados blancos y unos 40 ó 45 oficiales entre españoles y criollos. Por el contrario en las fuerzas de Bolívar, la mayoría aplastante estaba compuesta por criollos blancos.
Refiere Páez en su Autobiografía que en 1821, al librarse la batalla de Carabobo, en las fuerzas que guarnecían a Caracas había 700 negros, mulatos y zambos de infantería. Cuando Bolívar concedió la capitulación, sólo 6 de ellos pasaron al ejército patriota. Las fuerzas de caballería realista, en cambio, formadas en su mayor parte por europeos, abandonaron en masa las filas para sumarse a las tropas bolivarianas .
En cuanto al número, en la guerra civil de la primera etapa los llaneros oponían generalmente el doble de combatientes a las fuerzas de la Independencia. Los propios testimonios españoles son perfectamente claros.
El regente de la Real Audiencia, Don José Francisco Heredia informa que "niños delicados, mujeres hermosísimas y matronas respetables" solicitaban protección "al zambo Palomo, un valentón de Valencia, despreciable por sus costumbres"; en el bando patriota, agrega, se "oye nombrar los apellidos más ilustres de la Provincia, como contra ellos se ha encarnizado la persecución de la gente soez que forma la mayoría del otro partido" .
Bolívar escribía significativamente en 1813, desde un punto de vista mantuano, que abandonará después de ese período terrible: "Viéronse los hombres más condecorados del tiempo de la República arrancados del seno de sus mujeres, hijos y familias en el silencio de la noche; atados a las colas de los caballos de los tenderos, bodegueros y gente de la más soez..." .
Los factores sociales de la guerra no podían ser más claros. Pero como los españoles son pocos en Venezuela, y en su mayor parte están con los terratenientes criollos, que constituyen la clase dominante, la lucha entre Boves y Bolívar en los primeros años no es la expresión del enfrentamiento entre la España absolutista y la América libre sino el combate entre los ejércitos llaneros de peones y esclavos y los cultos terratenientes exportadores cuyo jefe supremo es Bolívar. Esta lucha se prolonga hasta 1917 y concluye con la derrota total de Bolívar y su fuga a Jamaica y Haití. Gran parte de la "grey mantuana" es exterminada.
Lo mismo ocurre en México. En México "desgraciadamente la guerra se convirtió en guerra de castas; no se trató ya de los empleados europeos abusivos; los entonces llamados criollos, que son la mayoría de los americanos... se vieron amenazados de exterminio" .
Las grandes ciudades de Venezuela son saqueadas por los esclavos y peones en armas. "Los defensores de la Corona, escribe Pereira, ya no eran jefes regulares, sino caudillos que se alzaban con los elementos más bajos, desde lo negros esclavos de las fincas rústicas, los zambos y los mulatos de las ciudades y los llanos, para aniquilar a la grey mantuana de los criollos aristocráticos que representaban la causa independiente" .
Los ejércitos republicanos apenas podían sostenerse "contra el inagotable flujo de las masas rurales semi bárbaras que capitaneaban los jefes realistas" , dice un autor moderno.

14. El conflicto íntimo del patriciado.
El patriciado criollo está horrorizado por las consecuencias de su atrevimiento: "veían el porvenir cargado de sangrientas nubes y retrocedían; habían querido regenerar conservando. Todos anhelaban llegar a la tierra prometida sin pasar por el Mar Rojo", escribía Juan Vicente González .
Esa oligarquía americana satisfecha de sí misma, libresca y orgullosa, ociosa y voluble, deseaba una revolución a la girondina, como Miranda, y mientras leía a los hombres de la Enciclopedia y declamaba los Derechos del Hombre, sus esclavos trabajaban en las ricas plantaciones pues "el sudor del esclavo daba para todo" .
En Cartagena los blancos eran los únicos caballeros y sus mujeres las únicas señoras. En esa sociedad provinciana y opulenta anterior a la Revolución, las mujeres se dividían en tres clases, recuerda el general Posada Gutiérrez: las señoras blancas, llamadas "blancas de Castilla"; las pardas, comprendidas las mezclas acaneladas de las razas primitivas y las negras libres. Cuando se realizaba un baile, la concurrencia se dividía en tres salones, para las tres clases y razas señaladas. Los caballeros blancos tenían el privilegio de danzar en los tres salones; los pardos, en el suyo y en el salón de las negras; y los negros, sólo podían bailar con sus negras. No es extraño que cuando Fernando VII es privado de su trono, muchos sectores del patriciado criollo exigieran de España la igualdad de españoles y americanos blancos: pero esta igualdad no conmovía a las negras del tercer salón. La rebeldía criolla no pasaba de allí. Pero cuando el rey José Bonaparte se encaramó al trono español, ese mismo patriciado criollo se plegó a la lucha por la Independencia de España, no por antiespañol, sino por antifrancés, es decir por su odio contra la Revolución Francesa, cuyos rasgos, aún desfigurados, veían asomar detrás de los oropeles napoleónicos. Don Indalecio Liévano Aguirre describe el estado de espíritu de estos patricios criollos y la incertidumbre del partido realista español con dos fórmulas significativas: "Los funcionarios españoles dijeron: 'Los franceses antes que la emancipación' y los criollos respondieron: 'La emancipación antes que los franceses' " .
La guerra de Independencia contra una España cuyos jefes como Boves otorgaban la libertad a los esclavos mientras los mantuanos criollos se la negaban, estaba condenada, a menos que Bolívar cambiara radicalmente su estrategia social. Su residencia en Haití y su amistad con el presidente mulato Alejandro Pétion aparece como decisiva para la transformación del brillante mantuano en jefe revolucionario.

15. La revolución nace en Haití.
La Revolución Francesa despertó a la vida a los esclavos haitianos y difundió en el mundo entero las ilusiones de sus retóricos. La esclavitud fue abolida, ante el furor de los plantadores franceses que rehusaban leer la Declaración de los Derechos del Hombre bajo el cielo ardiente de Haití. Toussaint Louverture, el antiguo esclavo negro, funda la independencia haitiana. Cuando se inicia el Thermidor y aparece Bonaparte, la Gran Revolución de París era sólo una burla para los esclavos haitianos. El Artículo 1o. del Decreto de 30 Floreal del año XI (20 de mayo de 1802) decía lo siguiente: "En las colonias restituídas a la Francia en ejecución del Tratado de Amiens del 6 germinal, año X, la esclavitud será mantenida conforme a las leyes y reglamentos anteriores a 1789" .
Para los hijos de Haití, de la Revolución Francesa sólo quedaba el pomposo calendario, más artificial que nunca.
A fin de restablecer la esclavitud, un cuñado de Napoleón, el general Leclerc, ocupó Haití con 25.000 veteranos. La resistencia de los antiguos esclavos y su intrepidez militar desconcertó a los franceses, acostumbrados a vencer en Europa. La mujer de Leclerc era Paulina Bonaparte, la hermana del Emperador, que combatía el hastío tropical organizando grandes fiestas. Su propensión escandalosa a conceder sus favores a los negros, muchos de ellos jefes rebeldes, era explicada por Paulina con el plausible argumento de que era preciso "mantenerlos sometidos a Francia" .
Toussaint Louverture se rinde, es enviado a Francia y muere misteriosamente en prisión . Ya han surgido nuevos jefes: los negros Dessalines y Christopher y el mulato Pétion, que conducen con energía inquebrantable la lucha nacional contra las tropas esclavistas. La fiebre amarilla se añade a las desventuras militares de las fuerzas napoleónicas. Se comprende bien que las derrotas francesas irritaran al General Rochambeau. En el oficio que envía al comandante Ramel, el 6 de mayo de 1803 escribe: "Le envío, mi querido comandante, un destacamento de 50 hombres de la Guardia Nacional del Cabo, comandada por M. Bari; lleva 28 perros dogos. Esos refuerzos le permitirán asimismo terminar enteramente vuestras operaciones. No le dejaré ignorar que no le será abonada ninguna ración ni gasto para la alimentación de esos perros. Usted debe darles negros para comer" .
Era previsible que los jefes haitianos sacaran las consecuencias políticas y militares más extremas ante la ferocidad de los civilizadores franceses. "Dessalines, el antiguo esclavo, estableció la doctrina de que el mal de Haití estaba en el color blanco y en consecuencia degolló a todos los blancos, y como sucedía que en Haití no había haitianos blancos, blanco y francés quería decir lo mismo. En Haití, pues, la guerra de razas fue al mismo tiempo la guerra contra la metrópoli; y eso no sucedió en Venezuela, donde los ricos blancos criollos se habían declarado en lucha contra España" .
El exterminio de los blancos franceses, que eran los propietarios de la tierra, dejó en poder de Haití la totalidad de su suelo. Dos nuevos jefes, Christopher y Pétion, se dividieron el poder haitiano. La República del Norte, con Christopher (que luego se coronó rey con una corte orgiástica), restableció el latifundio del tiempo de los franceses, usufructuado ahora por una nueva nobleza negra por él creada; la esclavitud resucitó esta vez en una perfecta igualdad racial, puesto que amos y esclavos eran negros. En la República del Sur, Alejandro Pétion dividió las tierras entre la población campesina y estableció un Estado agrario democrático: "La República de Pétion vivió de manera sencilla y pacífica en una especie de democracia patriarcal, a la vez nacionalista y sosegada" .
Christopher tenía por los mulatos un odio profundo e implacable, nacido quizá de la superioridad cultural de éstos; aspiraba a exterminarlos a todos, así como MDessalines había degollado a todos los blancos. La atroz monarquía establecida por Christopher en el Norte era un remedo militar feudal del antiguo régimen y duró tanto como la vida de su creador, que concluyó suicidándose en 1820. El verdadero fundador de la República haitiana es Alexandre Pétion, factor decisivo a su vez en la emancipación del Nuevo Mundo.
Con Pétion la revolución de los esclavos se incorpora a los tiempos modernos. Por primera vez en la historia de Haití los obreros rurales reciben el pago de su salario en dinero y la Constitución establece la enseñanza pública y gratuita. Pétion entrega tierras a los campesinos e introduce el concepto de la democracia agraria en la Constitución, exactamente después que la tierra ya estaba en manos de los haitianos. Con razón se dirá de él "que no hizo derramar lágrimas sino a su muerte" En efecto, se debe al apoyo decisivo brindado por Pétion a sus proyectos, que el fracasado Bolívar pueda regresar de Jamaica a Venezuela al frente de una nueva expedidión militar . En el tratado firmado entre el Presidente Pétion y Simón Bolívar en febrero de 1816, se establecía claramente que a cambio de esta ayuda en hombres, víveres, naves y armas, Bolívar se comprometía solemnemente a abolir la esclavitud en el mismo momento de pisar Tierra Firme . El ex esclavo no sólo brindaba al futuro Libertador los elementos materiales de la lucha, sino hasta el punto capital de su programa. Mucho debió reflexionar el jefe mantuano, en sus amargas horas de solitario, sobre las funestas experiencias vividas y que tanta analogía revestían con las primeras aventuras de su jefe Miranda.
Bolívar había incurrido en el mismo error que su maestro. Pero ahora el ex esclavo impartía al ex aristócrata su primera lección de política revolucionaria. Al desembarcar en tierra venezolana, cumplía su promesa.
El 2 de junio de 1816 declaraba en Carúpano la liberación de los esclavos y su incorporación al ejército libertador. En 1819 ratificaba la abolición de la esclavitud: "Todos los hombres que antes eran esclavos se presentarán al servicio para defender su libertad" .

16. Bolívar liberta a los esclavos.
En el mismo Congreso de Angostura afirmaba dramáticamente ante los legisladores la necesidad de satisfacer su pedido abolicionista del mismo modo "como imploraría mi vida y la vida la de República" .Bolívar había dado el ejemplo al libertar a sus propios esclavos, heredados del patrimonio paterno. Pero los ardientes roussonianos y benthamianos del Congreso rehusaron escuchar al Libertador, optando por la extinción paulatina de la esclavitud. El insinuante argumento espuesto en el decreto del 11 de enero de 1820 consistió en que "en el estado de ignorancia y degradación moral a que esta porción desgraciada de la humanidad ha sido reducida" era preciso "hacer de los esclavos hombres antes de convertirlos en ciudadanos" .
Esta hipocresía pedagógica se vería luego en la Argentina, cuando Sarmiento enviaba libros a gauchos analfabetos o, con más frecuencia, los mandaba degollar. Los diputados esclavistas de la Independencia finjían tener la pretensión de educar a los esclavos a ser hombres libres, para libertarlos después, en lugar de libertarlos para hacerlos simplemente hombres. Esta devoción educativa les permitía a los legisladores liberales exponer ante el mundo sus luces y continuar explotando indefinidamente carne humana. También los sarmientinos en la Argentina deseaban "educar al soberano" antes de otorgarle sus derechos, afectando ignorar que el pueblo no se educa sin el real ejercicio de su soberanía. Al parecer, el mecanismo lógico de las oligarquías latinoamericanas no ha cambiado ni con el tiempo ni con el clima. Parcial como fue, la abolición de la esclavitud operó milagros en el orden militar, aunque menos que el profundo carácter reaccionario de la política puesta en práctica por las tropas procedentes de la península.
Cuando fue presidente de la República, Sarmiento envió al indio Guarumba que tenía el grado de coronel en la provincia de Entre Ríos, unos libros de que era autor. Algún tiempo después Sarmiento visitó esa provincia y al preguntarle a Guarumba si los había leído, el indio le respondió que no, pero que guardaba los libros con cuidado, aunque cono eran de tamaño irregular los había cortado con un cuchillo todos, para que se conservaran parejitos. Sarmiento trató al coroner Guarumba con su palabra favorita de maestro, que era "bárbaro". Guarumba era analfabeto, pero prolijo. Más bárbaro era Sarmiento que en vez de enviarle libros al General Peñaloza, el Chacho, caudillo popular de La Rioja, lo mandó degollar e hizo clavar su cabeza en una pica en la Plaza de Olta. ¡Y es la fama de próceres semejantes que la oligarquía porteña ha echado a rodar por América! .

17. El regreso de Fernando VII.
Estamos en 1815. Al regresar Bolívar de Haití mediante la ayuda del presidente negro Pétion, en la situación española se había operado un vuelco decisivo: el absolutismo de Fernando VII. El miserable Borbón, que vivió su destierro arrastrándose por las antecámaras de Bonaparte, sumido en la adulación más abyecta, regresaba al poder con su pequeño cráneo rebosante de odio. Desconoció entonces la Constitución de 1812. Fusiló a los mejores generales y oficiales de la guerra nacional contra Francia y declaró "el principio de que los años transcurridos desde 1808 a 1813 debían darse como no existentes .
Su actitud hacia las colonias americanas fue la que correspondía a esa política absolutista. Envió inmediatamente a Venezuela 10.000 soldados al mando del general Morillo . Ahí lo esperaba Morales, el sucesor de Boves, que había muerto en combate poco antes, al frente de 5.000 llaneros. Morillo incurrió en el error fatal de despreciar a esa caballería andrajosa que había reconquistado para el Rey una rica provincia. ¿En que podían ayudarlo esos miles de guerrilleros irregulares, equipados a la buena de Dios, unos con botas y otros descalzos, donde era imposible contar su variado armamento, fuese cuchillo, sable o machete, salvo en la lanza genérica de tres metros de largo, vestidos con harapos, tan indisciplinados como orgullosos? . Resolvió licenciarlos a todos, pese a las advertencias de Morales: se corría el peligro de que se pasasen a los patriotas. Pero la relación íntima y recíproca de la revolución en España con América debía manifestarse una vez más y ahora de una manera decisiva. Las tropas del absolutismo habían llegado al Nuevo Mundo y evidenciaban, como en la represión de los marqueses criollos de Quito, el verdadero rostro del poder español.
"España había vencido en América porque contra la fronda de las clases pudientes, había encendido la revolución. Esto había sido posible porque la metrópoli misma, como tal, no había hablado oficialmente. Más ahora que hacía acto de presencia el representante del auténtico y legítimo don Fernando VII, la revolución era licenciada. Lo inevitable tenía que ocurrir. La fronda estaba muerta. Y era la misma revolución lo que cabalmente revivía .
Los antiguos llaneros y esclavos, muerto Boves, se desplazaron poco a poco hacia los ejércitos de Bolívar, puesto que el ejército absolutista no estaba dispuesto en modo alguno a conceder el autogobierno de la plebe montada ni a tolerar sus radicales expropiaciones. Por el contrario, Bolívar otorga a los llaneros la posiblilidad de elevarse militar y socialmente en la lucha contra los absolutistas. De este modo, el Libertador encuentra por primera vez la base social y política para su lucha contra España, de la que antes había carecido. El propio Bolívar lo reconoce en una carta: "Por un suceso bien singular se ha visto que los mismos soldados libertos y esclavos que tanto contribuyeron, aunque por fuerza, al triunfo de los realistas, se han vuelto al partido de los independientes, que no habían ofrecido libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas. Los actuales defensores de la independencia son los mismo partidarios de Boves, unidos ya con los blancos criollos" .
Entre 1817 y 1824 se abre el período de los grandes triunfos militares y políticos de Bolívar. Por primera vez en la guerra de la Independencia se sella una alianza militar entre terratenientes criollos y pueblo de color que infunde un sentido a la lucha contra España. Ese frente de clases se desmoronará tan pronto América hispánica sea libre de España y los propios jefes llaneros de color -Páez, Padilla y otros- se conviertan luego en terratenientes. Quedará así frustrada la revolución en el orden económico, así como sucumbirá el plan de unidad hispano-criolla de Bolívar.

18. La fundación de Colombia.
La actual República de Colombia se denominaba durante el período colonial Virreynato de Nueva Granada. Su jurisdicción incluía la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, las provincias de Panamá y San Francisco de Quito y la Comandancia de Caracas. En 1773, durante los Borbones, se otorgó autonomía a la Capitanía General de Venezuela, así como a la de Guatemala. Esta última, aunque dependía del virreinato de Nueva España (México), tenía en la práctica vida propia. Al día sigueinte de la batalla de Boyacá, en el Congreso de Angostura de 1819, Bolívar propone reunir las provincias liberadas de Nueva Granada a las provincias de Venezuela: "La reunión de la Nueva Granada y Venezuela es el objeto único que me he propuesto desde mis primeras armas: es el voto de los ciudadanos de ambos países y es la garantía de la libertad de la América del Sur".
El antiguo diputado a las Cortes napoleónicas de Bayona, Francisco Antonio de Zea, precursor de la Independencia, le respondió extasiado en nombre del Congreso: "Si Quito, Santa Fe y Venezuela se reúnen en una sola república, quién podrá calcular el poder y prosperidad correspondiente a tan inmensa masa? .
De este modo, Bolívar rebautiza al antiguo Reino y Capitanía con el nombre de Colombia . Se trataba de rendir justicia histórica a dos hombres. Bolívar decía a sus amigos íntimos, refiere O'Leary: "El plan en sí mismo es grande y magnífico; pero además de su utilidad deseo verlo realizado, porque nos da la oportunidad de remediar en parte la injusticia que se ha hecho a un grande hombre, a quien de este modo erigiremos un monumento que justifique nuestra gratitud; llamando a nuestra República Colombia y denominando su capital Las Casas, probaremos al mundo que no sólo tenemos derecho a ser libres, sino a ser considerados bastantemente justos para saber honrar a los amigos y bienhechores de la humanidad; Colón y Las Casas pertenecen a la América" .
La ciudad de Las Casas no se fundó nunca; en cambio, la Ciudad Bolívar y la República de Bolivia fueron el eco sarcástico del fracaso de Bolívar.

19. El lugarteniente de la patria chica.
La nueva y gigantesca república (unos 2.600.000 kilómetros cuadrados), incluía las actuales repúblicas de Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Se dividía en tres departamentos, Venezuela, Quito y Cundinamarca, con tres vicepresidentes y un presidente general, que era el mismo Libertador. El vicepresidente por Cundinamarca (actual Colombia) era el general Santander, un bachiller en leyes, que encarnará al poco tiempo las aspiraciones puramente regionalistas del partido liberal, aquellos heroicos exportadores de cacao, café, añil, tabaco, algodón, quina y oro interesados en las supresión de los derechos de exportación y de las tasas de importación. Exportadortes y burguesía comercial, fueran bogotanos, caraqueños o guayaquileños, tales eran los factores del separatismo regionalista que harán estallar en mil pedazos la Gran Colombia. Santander veía con sospecha y sorda irritación los grandiosos proyectos del Libertador. El soldado poeta deliraba con su Anfictionía americana; la ralea santanderina ajustaría las cuentas en el momento oportuno. Como todos los abogados lanzados al ciclón de la guerra civil, Santander adoraba los galones, que sólo ganó en sus batallas de bufete, gracias a la protección del Libertador.
"Santander nunca sintió con exaltación el patriotismo colombiano", dice Blanco Fombona: "Quería a Cundinamarca, su patria chica, como Páez quería al Apure, como Mariño quería al Oriente. Estos mediocres localistas fueron, andando el tiempo, los nacionalicidas de la gran patria que nos legó Bolívar. Ellos querían patrias del tamaño de su ambición: patrias microscópicas" .
Fue Santander quien aprobó y firmó el tratado de comercio con Gran Bretaña, por el cual los ingleses reconocían a Colombia y se cobraban largamente el reconocimiento diplomático, como de costumbre. Los efectos del tratado y del empréstito británico del 30 de junio de 1824 pasaron desapercibidos en medio de la intranquilidad general reinante en América por las maquinaciones de Francia y otras potencias aliadas de España que acababan de enviar a la península los 100.000 hijos de San Luis, al mando del duque de Angulema, para sentar en el trono, depurado de liberales, al fétido Fernando VII.

20. Los ingleses y la emancipación.
En tales circunstancias, toda la estrategia de Bolívar consistía en alentar a los ingleses, adversarios de la Santa Alianza europea, a estrechar lazos con la América revolucionaria, tentando la codicia de Albión con los apetitosos mercados sudamericanos. Lo que en Bolívar era puro cálculo político-militar, para Santander, ese Mitre Bogotano, era su verdadero programa. Al escribirle a Santander sobre el Tratado, dice Bolívar: "No he visto aún el tratado de comercio y navegación con la Gran Bretaña, que, según usted dice, es bueno; pero yo temo mucho que no lo sea tanto, porque los ingleses son terribles para estas cosas" .
Una semana más tarde, el 27 de octubre de 1825, Bolívar ya lo había leído: "El tratado de amistad y comercio entre la Inglaterra y Colombia tiene la igualdad de un peso que tuviera una parte oro y de la otra plomo. Vendidas estas dos cantidades veríamos si eran iguales. La diferencia que resultara, sería la igualdad necesaria que existe entre un fuerte y un débil. Este es el caso; y caso que no podemos evitar" .
Baste decir que la amenaza de una intervención europea en América no había desaparecido por completo y que Gran Bretaña era una pieza clave en la estrategia bolivariana. Fernando VII preparaba una conferencia en París con la participación de Francia, Austria, Rusia y Prusia, las principales potencias legitimistas de Europa, para estrangular a la América en lucha. Sólo Gran Bretaña rehusó concurrir a dicha conferencia, guiada por el interés de su comercio. Canning debió vencer la repugnancia de Jorge IV por los rebeldes coloniales, imponerse al monarca y agitar ante sus ojos avariciosos el vellocino de oro de los nuevos mercados . Los documentos del Foreign Office muestran un siglo y medio más tarde que los cálculos de Bolívar no eran infundados. El peligro de una intervención europea después de la batalla de Ayacucho no era una mera hipótesis. Frenar las exigencias comerciales de Inglaterra en tales circunstancias, habría resultado fatal para la independencia política de las colonias sudamericanas. Por esa razón, Bolívar aceptó los tratados sin observarlos.

21. Un coronel británico en Bogotá.
Los agentes diplomáticos de Gran Bretaña en Colombia, por añadidura, eran dignos del Imperio. El coronel Hamilton paseaba sus miradas por las calles de Bogotá, esa aldea española de 14.000 habitantes, nutrida de iglesias y salones, cuya "vida se desliza entre los placeres y las prácticas religiosas" .
Había una sola librería; las artes manuales se reducían a las zapaterías y sastrerías. El único herrero de Bogorá era un inglés. Las industrias tradicionales del Oriente colombiano agonizaban con las mercaderías importadas por el interesado amigo que le había salido a la América en armas. En las ferias se encontraban zarazas de India e Inglaterra, sedas de Asia, Italia y Francia, paños delicados de Yorkshire, Rouen, Filadelfia y Baltimore. El agente británico se paseaba por las callejuelas bogotanas: asistía a los toros, esa sangrienta herencia española, a los reñideros de gallos y carreras de caballos, la quema del diablo y los cohetes de los días festivos, pues eran muchas las fiestas de guardar. Las señoras, con sus mantillas y sombreros de fieltro, se distingían de las sensuales negras y coquetas mulatas por sus zapatos de seda y raso, pues éstas caminaban descalzas. El coronel Hamilton lo veía todo y lo contaba todo: "Los criollos, en general, son mezquinos y extremadamente aficionados al dinero. Tanto los hombres como las mujeres gastan mucho en el vestir" , escribía a su jefe Joseph Planta. Se quejaba del Ministro de Hacienda colombiano Castillo por "sus métodos comerciales ociosos y dilatorios" lo que induce a pensar en el patriotismo de Castillo, ya que de acuerdo a nuestra tradición, todo ministro dilatorio ante un inglés merece un certificado de honradez provisional. En ese momento se firmaba el Tratado, condición previa para el reconocimiento diplomático de Gran Bretaña. El coronel Hamilton, a pesar de sus críticas a los criollos, no parecía lerdo en cosas de dinero: "¿Puedo hacer algo por usted en lo que respecta a la compra de perlas o esmeraldas? Estas últimas, provenientes de la mina de Meussa, son en ocasiones notablemente hermosas".
El virtuoso coronel sabía apreciar asimismo las ventajas terrenas de la religión: "Hace mucha falta un clérigo aquí", urgía. "Me complace saber que pronto llegarán aquí muchísimas Biblias traducidas al español; tengo el convencimiento de que la moral de las clases media y baja del pueblo mejorará notablemente con la lectura de la Biblia" . La sed metafísica del coronel no se saciaba sólo con esmeraldas y Biblias. Había costado bastante persuadir al ministro Gual para que firmara el tratado anglo-colombiano. Acorralado por las difíciles circunstancias internacionales, el gobierno bolivariano había en definitiva aceptado sus términos. El general O'Leary sostiene en sus Memorias que Santander y los negociadores metieron la mano en la bolsa hasta el codo; los rumores de corrupción corrían por toda Colombia . Los términos del convenio sometían a Colombia al monopolio marítimo británico y a su industria, a una extinción radical. El coronel Hamilton escribía al Foreign Office el 19 de abril de 1825: "Tengo la seguridad de que será muy beneficioso para este Estado el suministrar al pueblo artículos de consumo a un precio más bajo en virtud de la escala de derechos inferior, y fomentará necesariamente un espíritu de consumo y producción. Esta sabia medida de Mr. Canning implicará una economía considerable para el comercio británico, y mantendrá el espíritu de los comerciantes de las Antillas, especialmente los de Jamaica, que está decayendo .
Será instructivo conocer el pensamiento de Bolívar sobre los políticos del Imperio más en detalle para comprender en su complejidad a este hombre notable. Pero antes veamos a estos políticos.

22. Terratenientes y burgueses en el gabinete de Londres.
La crisis española brindó al gobierno británico la posibilidad de acercarse a su objeto central: la conquista de los mercados latinoamericanos. Pero a la política cautelosa de Castlereagh, que se había suicidado en 1822 degollándose con su navaja de afeitar (la liviandad de su mujer era notoria), había sucedido la acción audaz de George Canning, un plebeyo cuya historia familiar lo inmunizaba contra el pecado de infidelidad.
El puritanismo británico soportó estoicamente este nuevo escándalo, propio de la libertad de costumbres de la nobleza, pues los ingleses moralizaban para la exportación; la enviaban a los mercados junto a su quincallería. Byron, ante el suicidio de Castlereagh, esculpió estos versos poco románticos: La posteridad no verá nunca una tumba que más noble sea; aquí yacen los huesos de Castlereagh detente, viajero, y mea.
Sospechoso por su talento y elocuencia, Canning reunía contra él la opinión adversa del rey y de la mayoría del gabinete aristocrático. Canning era diputado por Liverpool. Sus electores, los fabricantes y exportadores de la gran industria inglesa, esperaban de él una política realista hacia las antiguas colonias españolas. Los aristócratas del gabinete era veteranos de las guerras napoleónicas, viejos cortesanos penetrados de un odio profundo hacia todas las revoluciones.
Aunque tampoco Canning simpatizaba con la subversión, su ojo estaba abierto sobre el nuevo mundo de los negocios: cuando las tropas del duque de Angulema invadieron España para reponer en el trono a Fernando VII, Canning escribía a su enviado en Francia con ironía: "Vuestra sea la gloria del triunfo, seguida por el desastre y la ruina; nuestro sea el tráfico sin gloria de la industria y de la prosperidad siempre creciente".
Como observa Kauffmann, este hombre podía legítimamente recoger la sentencia de Burke: "La edad de la caballería ha pasado; y ha sucedido una edad de economistas y calculadores" .
De modo que este burgués demasiado brillante para los duques, pero que les era insustituible, se dirigió rectamente hacia el reconocimiento de los Estados latinoamericanos y barrió a su paso, con los métodos más variados, todos los obstáculos. Como un verdadero político, sólo él eligió el momento. Rechazaba así las presiones de la industria de Liverpool tanto como la intrusión de la Banca Baring, que urgía por el reconocimiento: "No creo que la opinión de los señores Baring, o de cualesquiera otros comerciantes, tenga que guiar nuestra política", dice duramente al duque de Wellington . Cuando lo juzgó oportuno de acuerdo con la relación de fuerzas en la Europa legitimista, lanzó el reconocimiento casi simultáneo de México, Colombia y Buenos Aires. Mucho tiempo antes había redactado en el Foreign Office una lista con los cónsules británicos para América Latina. Disponía, por lo demás, de agentes no oficiales que le tenían continuamente informado de los asuntos de las antiguas Indias. La decisión de Canning levantó una verdadera tempestad en el Gabinete y la Corona misma. El Rey se oponía de modo inflexible. Como venganza, Jorge IV, que debía leer el discurso anunciando la medida el 7 de febrero de 1825, se negó a hacerlo, pretextando los sufrimientos que le ocasionaba su célebre gota. Acorralado, llegó hasta decir que había extraviado sus dientes postizos. Todo parecía postizo en este individuo.
Canning reprochó agriamente al duque de Wellington las intrigas que se tejían en los aposentos del Rey y le declaró de modo tajante "que de no aceptarse inmediatamente sus miras en cuanto a la América del Sur, se retiraba desde luego del gabinete". El burgués de Liverpool hacía pesar así su amenaza ante los legitimistas abstractos del gabinete. El Rey "prorrumpió en un violento enojo; pero acabó por someterse y por consentir que la medida se consignase en un párrafo del mensaje. Sin embargo, cuando vio lo que tenía que leer en el Parlamento se echó atrás. Entretanto la cosa no tenía remedio: ¡Había que leer el párrafo terrible! Afortunadamente para Jorge IV, 'tuvo que sacarse una muela', dice un grave historiador. El Canciller Lord Eldon tuvo que suplirlo; de tan mala gana también que al terminar dijo en voz perceptible: 'Lo he leído mal porque me indigna'".
Al defender su política ante la Cámara de los Comunes, Canning expresó con toda claridad la situación con estas palabras: "La Gran Bretaña no reconoce el derecho de los sudamericanos a ser independientes, sino el hecho de que lo son en este momento; y que este hecho está fuera de la jurisdicción y de la buena o mala voluntad de las potencias extranjeras" .
Dos hombres veían todo este confuso proceso desde lo alto, uno en Europa y el otro a caballo, desde el Nuevo Mundo: Bolívar y Canning.
Cada uno de ellos respondía sea a la América revolucionaria, sea al Imperio británico. Nadie podrá ver en Bolívar, al utilizar la ayuda inglesa, sino a un verdadero patriota, que toma las armas que corresponden a cada momento allí donde las encuentra.

23. La política bolivariana ante Inglaterra.
Por lo demás, el testimonio inequívoco de la resolución británica de terminar con el poder español en América no debía leerse tan sólo en la confusa trama de la papelería diplomática . Para Bolívar contaba otro hecho, previo al reconocimiento diplomático formal. Cuando el Libertador lanza la guerra revolucionaria en 1816 y comienza su gran marcha triunfal hacia Ayacucho, que durará ocho años, a los ingleses les resulta evidente que sólo es capaz de llevar la empresa a su término. Comienza a desplazarse desde Londres una marea de aventureros y soldados disponibles que la conclusión de las guerras napoleónicas había dejado fuera de servicio. El comercio del Imperio tiene sus ojos puestos en esa remota y fascinante Sudamérica. Se abren en Londres "oficinas privadas" de enrolamiento y solícitos empresarios vuelcan generosamente sus recursos en la adquisición de armas. Los ingleses trasladan el armamento hasta la isla de Trinidad, bajo su control. Desde allí se abastecía al ejército del Orinoco. Un ex compañero de armas de Wellington, el general English comanda la Legión Británica de 1.200 hombres; Uslar, la Legión Alemana. Una de caballería, al mando de los ingleses Heppisley y Wilson, lucha en las guerras bolivarianas. A su lado marchaba una Legión Irlandesa. En total, los soldados europeos, llegan a unos 6.000 hombres . A la puerta de la tienda del Libertador servían de centinelas dos soldados británicos . Tales fueron las claras razones para que Bolívar aceptara los tratados de comercio leoninos que le imponían los mercaderes de Gran Bretaña .
En un artículo escrito en la Gaceta de Caracas en 1814, Bolívar explicaba la situación internacional: "Los derechos de los Borbones, de que tanto han hablado los ingleses, de algún tiempo a esta parte, no han sido más que el objeto ostensible de su política. El fin es asegurar su preponderancia marítima, destruyendo el poder colosal que tarde o temprano podía arruinarlo. Si convenimos que los intereses de la Gran Bretaña son enteramente opuestos a los de las Potencias Continentales, ¿cómo incurrir en la demencia de creer que siendo hoy Inglaterra la única nación marítima del Universo, vaya a prestarse a que la España vuelva a afianzar aquí su dominación? ... Es por esta razón que la emancipación de América ha estado siempre en los cálculos del Gabinete Inglés" .
En esta penetración política residía la amplitud estratégica del pensamiento bolivariano. Naturalmente, el intercambio de una independencia política formal por la dependencia económica del nuevo imperio implicaba graves peligros. Pero eran los peligros del día siguiente, que Bolívar no estaba en condiciones prácticas de considerar:
"Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor, y un pueblo agricultor capaz de suministrar las materias más preciosas a los mercados de Europa, es el más calculado para fomentar conexiones amigables con el negociante y el manufacturero" .
No juzguemos las ideas del pasado con el metro del presente. Es el jefe militar y político quien habla. Lo hace en 1814, cuando el teórico del proteccionismo industrial europeo, Federico List, aún no ha iniciado su prédica; Alemania está dividida en una treintena de principados y reina sobre Europa el liberalismo económico de Adam Smith. El proprósito de Bolívar era alentar por todos los medios a su alcance la codicia inglesa y contar con ella para un respaldo político capaz de cubrir sus operaciones militares. A otro inglés de Jamaica le hacía brillar el oro ante los ojos en 1815, cuando residía como emigrado en la isla: "La pérdida incalculable que va a hacer la Gran Bretaña consiste en todo el continente meridional de la América, que, protegido por sus armas y comercio extraería de su seno, en el corto espacio de sólo diez años, más metales preciosos que los que circulan en el universo. Los montes de la Nueva Granada son de oro y plata; un corto número de mineralogistas explotarían más minas que las del Perú y Nueva España; ¡qué inmensas esperanzas presenta esta pequeña parte del Nuevo Mundo a la industria británica! Ventajas tan excesivas pueden ser obtenidas por los más débiles medios: veinte o treinta mil fusiles, un millón de libras esterlinas; quince o veinte buques de guerra; municiones, algunos agentes y los voluntarios militares que quieran seguir las banderas americanas; he aquí cuanto se necesita para dar la libertad a la mitad del mundo y poner al universo en equilibrio" .

24. Europa y América.
Todo parecía poco al exilado para despertar el interés británico en ese reluciente Potosí que describía en sus cartas. Pero una cosa era el gran tentador como vencido y ciudadano privado, sin soldados ni poder, y muy otro el lenguaje que adopta el Libertador muy poco después, cuando encabeza los ejércitos gran colombianos y ha fundado repúblicas de la nada. Gran Bretaña "tiene razones más eficaces; ella teme la revolución de Europa y desea la revolución de América; una le da cuidados infinitos, y la otra le proporciona recursos inagotables" .
Cuando preparaba el Congreso de Panamá, del que esperaba ver surgir una liga defensiva de Repúblicas latinoamericanas, alertaba al argentino Bernardo Monteagudo sobre un plan de Buenos Aires, preparado en Lisboa, para reunir en Washington otro extraño congreso hispanoamericano donde intervenían desde Estados Unidos hasta Grecia. Bolívar veía en ese proyecto porteño una maniobra inglesa que nos costaría "algunas mortificaciones nacionales. Luego que la Inglaterra se ponga a la cabeza de esta liga, decía, seremos sus humildes servidores, porque, formando una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obligación del débil. Todo bien considerado, tendremos tutores en la juventud, amos en la madurez y en la vejez seremos libertos... Yo creo que Portugal no es más que el instrumento de la Inglaterra, la cual no suena en nada, para no hacer temblar con su nombre a los cofrades; convidan a los Estados Unidos por aparentar desprendimiento y animar a los convidados a que asitan al banquete; después que estemos reunidos será la fiesta de los Lapitas, y ahí entrará el León a comerse a los convivios" .
Bolívar no sólo había vivido en Europa y presenciado la política inglesa en relación con España y con Bonaparte. Las intrigas británicas y norteamericanas dirigidas a ejercer su influencia en los nuevos Estados le resultaban muy claras. En una carta a Santander define a los anglosajones: "Los ingleses y los norteamericanos son unos aliados eventuales, y muy egoístas . Los españoles, para nosotros ya no son peligrosos, en tanto que los ingleses lo son mucho, porque son omnipotentes; y, por lo mismo, terribles" .
Su opinión con respecto a los Estados Unidos no era mucho mejor y su correspondencia es muy franca en la materia. Critica a su vicepresidente Santander uno de los mensajes al Congreso Colombiano: "No me gustan porque se parecen a los del presidente de los regatones americanos. Aborrezco a esa canalla de tal modo, que no quisiera que se dijera que un colombiano hacía nada como ellos" .
En otra carta a Santander, que procuraba siempre adular a los poderosos, Bolívar reitera su juicio sobre Inglaterra y el Imperio del Brasil: "Cada día que pasa (el gobierno inglés) lo considero más en estado de decidirse a todo. El no estaba preparado para nada, en tanto que cada día se prepara más y más a tomar su posición natural en el mundo: dominarlo. Ya he dicho a usted que el Brasil va a ser protegido de la Inglaterra, para poner en dependencia al Portugal ... El Brasil nos ha insultado, y no ha querido todavía darnos reparación alguna; por tanto he creído político quejarme amargamente de su conducta, porque si nosotros nos dejamos insultar hasta de los más débiles, no seremos respetados de nadie, y no merecemos ser naciones" .
Estas palabras del Libertador conservan todavía todo su valor. El peligro de que Gran Bretaña pudiese alcanzar una excesiva influencia en el Congreso de Panamá lo estimaba Bolívar del siguiente modo: "La alianza de Gran Bretaña nos dará una grande importancia y respetabilidad. A su sombra creceremos y nos presentaremos después entre las naciones civilizadas y fuertes... nacer y robustecerse es lo primero; lo demás viene después. En la infancia necesitamos apoyo, que en la virilidad sabremos defendernos. Ahora nos es muy útil, y en lo futuro ya seremos otra cosa" .
El juicio preciso sobre el aliado inmediato y el enemigo remoto definían al Jefe de Estado y al revolucionario.

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