CAPITULO VII
DE BOLIVAR A BOLIVIA
"Ni Vd., ni yo, ni el Congreso mismo del Perú, ni de Colombia, podemos
romper y violar la base del derecho público que tenemos reconocido en
América. Esta base es, que los gobiernos republicanos se fundan entre los
límites de los antiguos virreynatos, capitanías generales. o presidencias
como la de Chile".
Bolívar a Sucre
"Aunque las cuatro provincias del Alto Perú han pertenecido siempre a la
Argentina, es la voluntad del Congreso General Constituyente que ellas queden
en plena libertad para disponer de su suerte, según crean convenir mejor a
sus intereses y a su felicidad"
Ley de 1825 del Congreso rivadaviano porteño.
La gran victoria de Sucre resonó en todo el continente con inigualado eco.
Terminaba allí, por obra de cinco mil jóvenes criollos, la historia de
trescientos años de poder español. Lo que parecía imposible y fantástico,
era ya una realidad. La emoción que despertó la victoria de Ayacucho corre
en las crónicas. Al recibir el pliego con las noticias, Bolívar sufrió un
ataque de verdadera enajenación: se arrancó la chaqueta militar, juró ante
sus oficiales, ignorantes de lo ocurrido, que jamás volvería a vestir el
uniforme militar y se lanzó a bailar solo, como un verdadero poseído.
Después, con voz entrecortada, informó a todos del triunfo de Ayacucho y
ordenó inmediatamente a sus acompañantes tomar champaña hasta embriagarse,
lo que comenzó por hacer él mismo, habitualmente sobrio.
1. El pueblo de Buenos Aires festeja a Bolívar.
La noticia llegó a Buenos Aires a las ocho de la noche del 2 de enero de
1825. Alberdi recordará su niñez: "Mi primera impresión de Buenos
Aires son los repiques de campanas y las fiestas en honor de Bolívar por el
triunfo de Ayacucho" .
Muchos años más tarde, en su vejez, el general Gregorio Las Heras, que se
desempeñaba como gobernador de Buenos Aires al llegar la gran noticia,
evocaba sus impresiones con su verba de viejo soldado: "Sacaron en
procesión el retrato de Bolívar por las calles con hachas encendidas en
noche de pampero. Volcán de fiestas y alegría en la ciudad un mes. Tuve que
tirar un decreto para reglamentar el delirio" .
El pueblo de Buenos Aires y las provincias festejaron la victoria de Ayacucho
como el triunfo de la Patria Grande. Los amigos porteños de Gran Bretaña,
también se hacían eco del regocijo: el intercambio comercial estaba de
parabienes. Un grupo de comerciantes ofreció un banquete en el Hotel de
Faunch. Las paredes del comedor estaban cubiertas con las banderas de todas
las naciones importantes, al lado de retratos de Bolívar y de Sucre. Como
correspondía, la banda tocó God save the king al brindarse por el Rey de
Inglaterra. En otro banquete los mercaderes porteños elevaron un brindis en
homenaje a Canning: "¡Primer estadista del mundo, honorable George
Canning, fiel amigo de la libertad!" .
Los festejos populares, en otros lugares, eran menos anglófilos. El coronel
Ramírez, de pie en un palco del Teatro Argentino, leyó el Boletín oficial
que informaba de la batalla de Ayacucho, mientras la concurrencia, presa de
frenesí, vivaba a Bolívar y Sucre. El pueblo porteño se volcó a las
calles, a los cafés, a las plazas. Los cohetes que surcaban el cielo, y los
pardos que danzaban con sus pífanos y cajas, así como los desfiles, se
sucedieron durante tres noches. Los brindis por la patria embriagaron a la
ciudad en éxtasis. El nombre de Bolívar era púbicamente aclamado. El
célebre Deán de la Catedral de Córdoba, don Gregorio Funes, era desde
hacía un tiempo agente diplomático de Colombia ante el gobierno argentino en
Buenos Aires. Ante su casa, en la calle Florida, una multitud reunida pidió
su palabra. El Deán la arengó exaltando el nombre de Bolívar y Sucre e
invitó a la muchedumbre a desfilar hasta la pirámide de Mayo.
2. El partido rivadaviano.
Pero no todo Buenos Aires participaba del júbilo popular. El partido
rivadaviano, hechura misma del interés portuario y europeizante, observaba
con reserva el espléndido triunfo de las armas americanas. La estructura
geoeconómica de la región del Plata encierra uno de los secretos de su
historia política. La fertilidad pampeana que había reproducido las siete
vacas de la Conquista en millones de cabezas de ganado, la proximidad del
puerto y la ciudad de Buenos Aires, habían impreso a sus clases dominantes un
acusado sello regionalista.
El poder de hacendados y comerciantes estaba concentrado en "una pradera,
una ciudad y un puerto" contiguos y fabulosamente ricos. El resto de la
heredad política hispánica era un pesado lastre, más bien orientado hacia
el "hinterland" latinoamericano que hacia el Plata, salvo las
provincias litorales, con parecidas producciones a la de Buenos Aires, aunque
sin su puerto y aduana: Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, recostadas sobre
el Río Paraná, cuya llave exterior estaba en manos de los porteños. Este
núcleo de ganaderos y mercachifles controlaba la situación, aunque con
divergencias internas.
El gobierno del general Las Heras estaba dominado por el partido rivadaviano y
este partido buscaba obtener la paz con España mediante negociaciones, aunque
fuese preciso pagar con dinero la independencia. No en vano Gabriel
René-Moreno llama a Buenos Aires "la ciudad mercante" . Ese es, por
otra parte, el rasgo más constante de toda su historia. Buenos Aires
observaba con desconfianza todo lo americano. Por lo demás, los militares
argentinos que habían militado en Perú con San Martín, eran
antibolivarianos o "bolivárfagos" y se aliaban en este odio a los
rivadavianos del puerto. La noticia del triunfo de Ayacucho alarmó a las
clases conservadoras de Buenos Aires. En su vecindario vivían varios miles de
godos y "agodados", notoriamente protegidos por el gobierno de
Rivadavia. Este don Bernardino había iniciado en 1816, mientras San Martín y
los americanos revolucionarios luchaban denodadamente por la independencia,
una gestión humillante ante el pérfido Fernando VII en Madrid , que lo
retrata por completo.
3. Rivadavia se pone a los pies de Fernando VII.
En esencia, la gestión del "bolivárfago" de 1825 realizada ante la
Corte absolutista de Fernando VII en 1816 era la siguiente: Rivadavia
emprendió a espaldas de su gobierno, aunque en estrecha relación con los
hombres de su partido, una insensata intriga destinada a coronar sobre las
pampas del Río de la Plata, a un vástago de Carlos IV, el infante Francisco
de Paula, hermano menor de Fernando VII. Las negociaciones comenzaron cuando
la familia real vivía en su exilio en Roma.
El socio de Rivadavia en la extravagante aventura era el hijo del conde
Cabarrús, aquel colega de los ministros ilustrados del gabinete de Carlos
III. El hijo de Cabarrús era un aventurero inescrupuloso, "pillete
aristocrático", según la palabra de López, merodeador de las alcobas
reales en media docena de Cortes europeas, amigo de la francachela y del
dinero fácil, cuya hermosa hermana había sido amante de Barrás y amiga de
Talleyrand en los días tormentosos de la Revolución francesa y del que no se
sabía, en verdad, si era francés o español. Cabarrús pertenecía al
círculo íntimo de Carlos IV y Godoy y se había comprometido, mediante
importantes sumas, a llevar a Buenos Aires a Francisco de Paula.
De este modo, Rivadavia lograría neutralizar con la intriga la hostilidad de
la reacción europea hacia las colonias en rebelión y obtener el libre
comercio con Inglaterra. La maniobra había sido sugerida por Lord Strangford,
ya que la política inglesa de ese momento era establecer una monarquía en
Buenos Aires, cesar la guerra con España y obtener del legitimismo español
por esa mediación británica las concesiones comerciales requeridas, objetivo
supremo de Gran Bretaña. Toda la negociación fracasó con la derrota de
Napoleón. Fernando se instaló de nuevo en el trono de Madrid. Rivadavia,
entonces, obtuvo en Londres un salvo conducto para viajar a Madrid y arrojarse
a los pies de Fernando VII.
4. Cortesanos y toreros.
El rey absoluto vivía rodeado de una crápula de toreros y chulos que
alborotaban los despachos y aposentos reales: allí, todo "era grosero y
temible... Los Calomardes, los Chamorros y los toreros constituían la baja
entidad del gobierno en la alcoba del nuevo rey... de índole astuta y feroz .
En los memoriales escritos en Madrid al ministro de Fernando, Cevallos, dice
Rivadavia:"La misión de los pueblos que me han diputado se reduce a
cumplir con la sagrada obligación de presentar a los pies de S. M. las más
sinceras protestas de reconocimiento de su vasallaje... felicitándolo por su
venturosa y deseada restitución al Trono y suplicarle humildemente el que se
digne, como padre de sus pueblos, darles a entender los términos que han de
reglar su gobierno y administración" .
El intercambio de notas entre Rivadavia y Cevallos, asi como la insolencia y
desprecio del ministro absolutista por el americano lacayuno constituyen una
página poco conocida de la historia latinoamericana. Las reiteradas muestras
de acatamiento de Rivadavia ante los reales calzados de Fernando, están fuera
de toda imaginación, sobre todo en la Argentina, donde este individuo ha sido
elevado por la oligarquía al pedestal de los fundadores de la patria. La
respuesta final del ministro Cevallos era previsible: ordenó la expulsión de
Rivadavia del territorio español, ahorrándole, en gracia a su servilismo, el
envío a los presidios españoles de Africa.
El hundimiento de la intriga obligó a Rivadavia al informar a Manuel José
García del fracaso de su misión, a decirle lo siguiente: "Usted me
dispensará el que le suplique que de toda esta exposición haga el uso más
prudente y reservado posible, pues a Buenos Aires no escribo más claro: creo
que debo omitir cuanto pueda exasperar y me sea lícito sigilar; así, doy
parte oficial más circunspecto".
Tal era el Señor Rivadavia, "personaje de tono clásico y de maneras
teatrales... que convencido de su importancia vivía en profundas
meditaciones" , dios de los importadores ingleses, enemigo de San Martín
y de Bolívar, personaje al que pronto veremos entregar la Banda Oriental a la
"independencia inglesa" y que recibió la victoria de Ayacucho como
un acontecimiento perturbador.
Era tan feo que sus adversarios aldeanos le llamaban el "sapo del
diluvio". Vestía casaca redonda y espadín de traje de etiqueta cuando
ejercía algún cargo público. Su figura tornábase ridícula cuando
aparecía con su calzón tomado con hebillas y las medias de seda negra que
ponían de relieve el vientre enorme y las flacas piernas. Es espectáculo
adquiría un tono patético por el aire presuntuoso y distante de don
Bernardino. Era la mejor encarnación de la "nobleza de toga"
formada en las Universidades coloniales. Lejos de representar el espíritu
revolucionario del "jacobinismo", como lo creerán cándidamente los
liberales del tipo de José Ingenieros y los nacionalistas como Federico
Ibarguren, Rivadavia expresaba en el Río de la Plata la contrarrevolución.
"Había visto en Francia que la reforma y las libertades constitucionales
eran allí una consecuencia inmediata de la política de reacción contra los
atentados de la licencia democrática y del régimen militar provocados por la
Revolución Francesa. Y él, que por genio, por educación y por propósitos
había mirado siempre con aversión los espantosos escándalos de la
demagogia, sintió retempladas con eso sus viejas tradiciones españolas y el
temperamento aristocrático de su espíritu" .
5. Rivadavia frente a San Martin y Bolívar.
El consúl norteamericano en Buenos Aires, John Murray Forbes, escribía a su
Secretario de Estado, Adams: "Esta ciudad recibió loca de alegría la
más importante noticia del Perú que jamás haya conmovido el corazón de
este pueblo... salvas de artillería en el fuerte, fuegos de artificio por
todos lados y acordes musicales por todas las bandas militares, acompañados
por aplausos y cantos patrióticos de centenares de ciudadanos, por todos los
ámbitos de la ciudad".
Añadía significativamente: "Hay personas de alto rango que han recibido
la gloriosa noticia con reacciones equívocas, consternados por el anuncio de
los patriotas de una próxima visita del gran regenerador, único que sería
capaz de cambiar aquí la opinión pública" .
Gabriel René-Moreno recuerda en su obra la campaña sistemática de la prensa
porteña contra Bolívar en El Argos y El Nacional, papeles oficiales del
ministerio rivadaviano. "El Grupo de intelectuales de El Nacional era,
sin disputa, la nata del unitarismo trascendente. Así califico al
porteñismo, autor de los dos desasimientos del Norte y de Oriente en la
Provincias Unidas, para los fines de una hacedera hegemonía concéntrica;
así califico al porteñismo del apartamiento del Plata en América para la
más peculiar y expedita europeización de brazos, capitales y comercio. Los
contrarios, es decir, los amantes de la gran Patria argentina, promotores en
Buenos Aires de la reconstrucción nacional en forma federativa dentro de los
límites y con los vínculos del virreynato, mirando hoy más que nunca en
menos aquellas viejas ideas y miras bonaerenses, sentíanse firmes, alentando
unidos con la muchedumbre que celebraba en calles y plazas la victoria de
América. Pero es la verdad que social y políticamente nunca pasaron de ser
una porteña minoría... bien pronto, junto con la propia muchedumbre, fue esa
minoría arrollada en la provincia por el particularismo positivista del otro
bando" .
Mientras el pueblo de Buenos Aires celebraba conmovido la victoria de
Ayacucho, los ingleses se ocupaban de cosas prácticas. Se firmaba el tratado
de amistad y comercio con Gran Bretaña: ésta reconocía diplomáticamente,
en cambio, a las Provincias del Río de la Plata. El tratado era del mismo
género que el firmado poco antes en Colombia y que mereció el conocido
juicio de Bolívar. Pero en Buenos Aires no se libraba ninguna batalla por la
independencia y tampoco había en la "ciudad hanseática" ningún
Bolívar. El general San Martín había abandonado el país con riesgo de su
vida, vencido por Buenos Aires. Era un proscripto en Europa.
Poco antes el Deán Funes escribía al ministro Mosquera: "El General San
Martín se halla aquí: es muy menguada la acogida que se la ha hecho. Parece
que el 15 de éste se embarca para Londres llevando consigo a su hija" .
La inquina rivadaviana a San Martín no era inferior a la profesada a
Bolívar.
6. La tutela marítima inglesa.
Las rivalidades anglo-yanquis de la época permitan conocer en la
correspondencia oficial de Mr. Forbes una opinión descarnada sobre el tratado
anglo-poteño: "Su ostensible reciprocidad, escribe a Adams en una carta
particular, es una burla cruel de la absoluta falta de recursos de estas
provincias y un golpe de muerte a sus futuras esperanzas de cualquier tonelaje
marítimo. Gran Bretaña empieza por estipular que sus dos y medio millones de
tonelaje, ya en plena existencia, gozarán de todos los privilegios en
material de importación, exportación o cualquiera otra actividad comercial
de que disfruten los barcos de construcción nacional y a renglón seguido
acuerda que los barcos de estas provincias (que no tienen ninguno) serán
admitidos en iguales condiciones en los puertos británicos, y que sólo se
considerarán barcos de estas provincias a aquéllos que se hayan construído
en el país y cuyo propietario, capitán y tres cuartas partes de la
tripulación sean ciudadanos de estas provincias. ¿Cómo podrá esta pobre
gente del Río de la Plata encontrar un motivo para construir barcos a un
costo que sería el triple o el cuádruple de su precio en Europa para entrar
en estéril competencia con tan gigantesco rival?" .
El comercio libre inaugurado por la revolución de Mayo y confirmado por este
tratado, permitía la llegada a Buenos Aires, como al Brasil, de los
artículos más inverosímiles de origen británico, entre ellos patines para
hielo y braseros de hierro .
Esta sencilla argumentación todavía despierta el lógico furor de las
oligarquías latinoamericanas, a un siglo y medio de la independencia
política. Los propios norteamericanos, desaparecido su rival británico,
ocupan el mismo lugar y practican la misma política que los Canning del siglo
XIX.
7. Los intereses porteños y el Alto Perú.
La sombra de Bolívar se agigantaba. En los períodicos gubernamentales de
Buenos Aires se comenzaba a criticar cada vez con más aspereza al Libertador.
Se le atribuían miras "imperialistas", que es el único
antiimperialismo que se permiten los cipayos de todas partes y en todo tiempo.
La prensa chilena juzgaba a Bolívar con idéntica desconfianza que sus
colegas del Río de la Plata. En el diario El Liberal, octubre de 1824,
advertían a Bolívar: "El día que Bolívar quisiese adoptar el sistema
monárquico sería el último de su poder y de su gloria" .
Cabe advertir al mismo tiempo que el gobierno de Rivadavia nada disponía para
actuar contra el mariscal Olañeta que después de Ayacucho conservaba su
dominio sobre las provincias altoperuanas. A título simbólico, proveyó
dinero y recursos para 600 hombres de infantería y caballería que con las
milicias salteñas al mando del general Arenales vigilaban la región del
Norte argentino.
De este modo, la estrategia porteña buscaba crear una frontera y que Sucre y
Bolívar terminasen a su costo la independencia. Pero el Congreso reunido en
Buenos Aires contaba con algunos diputados que no eran porteños. El diputado
Castro afirmó: "Yo no me propuse solamente que nos pusiéramos a la
defensiva; me propuse algo más. Me proponía, como necesidad del momento, no
solamente la defensa de nuestro territorio libre, sino la restitución de
nuestro territorio ocupado... en todos los casos en que han podido
pronunciarse esas provincias, hoy ocupadas por el enemigo, se han pronunciado
como parte integrante de territorio nuestro, por lo que en esta suposición
nuestros congresos y asambleas han nombrado por ellas suplentes, y a su nombre
también ha sido declarada la independencia del país" .
Tal era la posición nacional, la que asimismo sostendrá Bolívar pero que
rechazaba la mayoría rivadaviana del Congreso Nacional y el propio Poder
Ejecutivo, aunque parezca inverosímil. En ese momento llega la noticia de que
Olañeta ha muerto a manos de sus propios partidarios. Sucre ocupa con sus
fuerzas, después de Ayacucho, todo el territorio del Alto Perú. La presencia
triunfante de Bolívar en el continente no podía sino obstaculizar los planes
monárquicos europeos de la camarilla de Rivadavia. ¡Y esas provincias del
Alto Perú, con sus "cuicos" e indios!
8. Europa y la independencia.
El Deán Funes, agente diplomático de Colombia en Buenos Aires, le escribe a
Mosquera, ministro de Relaciones Exteriores de Bolívar: "En una de las
conferencias que he tenido con el Ministro (me ha dicho) que la causa de
nuestra independencia ha de venir terminada de la Europa. Esta expresión me
hizo estremecer". Y agregaba: "La opinión más general es que se
trata de coronar aquí al Infante D. Francisco de Paula. No estoy ajeno de
creerlo, pero me inclino más a que nuestra causa se ha puesto en manos del
gabinete inglés. Hacen pocos días que partió para aquella Corte el Coronel
Alvear en calidad de Plenipotenciario. Amigo, yo veo esto de muy mala data y
no encuentro dónde fijar el pie, si no es en el consuelo de nuestro
Libertador. Nada me fío de los ingleses" .
El general O'Leary, edecán del Libertador, comentando las presiones
extranjeras sobre la política americana respondía al Deán: "Convengo
con usted que las repúblicas nuevas deben desconfiar enteramente de la
mezquina y siniestra política de los gabinetes europeos. Estos no consultan
sino sus propios intereses" .
La tendencia invariable de la burguesía porteña era reducir en todo lo
posible el área territorial, conservar el puerto y la Aduana en sus manos,
que proveían la mayor parte de los recursos fiscales y librar a su suerte a
las provincias mediterráneas, que carecían de productos exportables. El Alto
Perú se volvía así una carga irritante para los porteños.
9. El Alto Perú en el antiguo virreinato.
Hasta la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776, el Alto Perú
estuvo políticamente subordinado al virreinato con sede en Lima. La economía
altoperuana hasta esta fecha está interrelacionada tanto con el Bajo Perú
como con las provincias del Litoral que llamaríase luego argentino, y
naturalmente con Córdoba, Salta, Tucumán y Jujuy. El comercio de mulas
destinadas a las necesidades de la minería altoperuana adquirió una notable
importancia económica. Nacidas en Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes, las
mulas invernaban en los potreros de Córdoba y pasaban por otros seis meses a
Salta. En esta última provincia se verificaba anualmente una feria gigantesca
donde se vendían hasta 60.000 mulas .
Este comercio vitalizaba los vecindarios de las numerosas poblaciones que
intervenían en su tránsito, fueran abastecedores de troperos, postas o
intermediarios. Jujuy abastecía al Alto Perú con su ganado vacuno, destinado
a los trabajadores de las minas de plata del Potosí. Además de la minería,
las provincias altoperuanas contaban con una importante industria textil en
Cochabamba, que abastecía con sus telas bastas a la población indígena,
vendiendo sus tucuyos, bayetas y sombreros.
Pero la minería era sin duda la principal fuente de recursos del Alto Perú.
Con la plata del cerro de Potosí adquiriría los artículos industriales o
alimenticios que necesitaba. La rutinaria explotación técnica de las minas a
lo largo de tres siglos, no obstante determinó una decadencia en la
prosperidad del Alto Perú . Al crearse el virreinato del Río de la Plata, el
empobrecimiento fue notorio. El nuevo virreinato que dará al puerto de Buenos
Aires una importancia económica y política decisiva, acentuará la
declinación altoperuana, así como pondrá de relieve el comienzo de la
crisis en las provincias industriales de la era colonial. A través de Buenos
Aires ingresan artículos de origen europeo y se derraman por el Litoral. Las
provincias del Norte compiten ventajosamente con las industrias de provincias
que se mantenían abasteciendo el Litoral y el Alto Perú. De este modo, si
Buenos Aires y el Litoral antes de la creación del virreinato del Río de la
Plata, eran mercados consumidores de los productos industriales del Tucumán,
a partir de la apertura del comercio español europeo por el Río de la Plata,
Tucumán y las restantes provincias del Centro y el Norte se convertirán en
mercados consumidores de los productos europeos entrados por Buenos Aires. Tan
sólo la debilidad constitutiva de la industria española para proveer en gran
escala a las colonias americanas, pudo proteger indirectamente a las
industrias criollas. La revolución de mayo de 1810, con la aparición del
comercio inglés, asestará a esas industrias un golpe de muerte.
10. Los indios mitayos.
En las minas altoperuanas trabajaban más de 15.000 indios mitayos, que eran
reemplazados a medida que morían en el fondo de las minas. Los antiguos
súbditos del Imperio incaico estaban obligados a prestar servicio forzoso en
la extracción de mineral. Fueron inútiles todas las tentativas jurídicas de
la Corona para reducir la crueldad de ese gigantesco proceso de genocidio .
Tanto los españoles como los criollos de las clases propietarias de minas en
el Alto Perú frustraron por su peso social toda tentativa de reforma .
Aquellos indios que no morían en las minas, eran retenidos con diversos
pretextos, cuando habían cumplido ya su turno hasta que morían trabajando.
Al anunciarse los llamados a una mita, parte de los indios abandonaban a sus
mujeres e hijos y se escondían en la cordillera. Eran buscados con milicias
armadas y tropas de reserva, con la ayuda de caciques de indios (verdaderos
cipayos quechuas) hasta que se reducía por la fuerza a los alzados.
"Así, los mitayos eran conducidos a la muerte con seguridad, sin dejar
de oír misa los domingos" .
Cuando llegaba el momento de concurrir a la mita, los indios que no habían
huído salían a la plaza acompañados de sus padres, parientes y amigos. Se
abrazaban mutuamente entre lágrimas y sollozos, después de recibir la
bendición del cura ante la puerta de la Iglesia: "aumenta lo funesto y
lúgubre de esta escena el son de los tamborcillos y de las campanas que
empiezan a hacer la señal de rogativas" .
La mayor parte no regresaba jamás. Se llegó a temer la extinción de la
población indígena. Los propietarios mineros se disputaban con los
propietarios de tierras la mano de obra indígena lo que originó innumerables
conflictos en la política lugareña altoperuana.
Tres siglos después del célebre debate de Valladolid entre Bartolomé de las
Casas y Juan de Sepúlveda sobre los indios, se replanteaba la cuestión. El
fiscal en la Audiencia de Charcas y defensor de indios Victoriano de Villalba
sostenía que la mita había logrado prevalecer porque "la causa de los
ricos siempre tiene muchos abogados y la de los infelices apenas
procuradores".
Pero en el Intendente de Potosí se encarna otro Ginés de Sepúlveda.
Francisco de Paula Sanz ataca al Fiscal afirmando que los indios
"realmente no habían progresado desde los días de la conquista y no
eran menos ociosos y estúpidos que antes. Admitida esa holgazanería, el
servicio de la mita era útil y conveniente para los indios, pues los ponía
en contacto con la sociedad civilizada y los hacía trabajar por un
salario" .
11. Antagonismos económicos en el Alto Perú.
La decadencia económica de esta región era irremediable . Faltaban capitales
para modernizar la explotación de las minas y la agricultura era primitiva.
La expoliación de los indígenas no podía suplir la impericia, la abulia y
el estilo rentístico de existencia de las clases altas del Alto Perú. Por
otra parte, el librecambismo porteño y su desdén por las provincias de
"arriba" chocaban con los intereses textiles de Cochabamba. Los
mineros altoperuanos, debe añadirse, preferían adquirir el azogue para
extraer la plata mediante el método de la amalgama, producido por las minas
peruanas de Huancavélica, en lugar de comprar ese mismo mineral procedente de
Europa a través de Buenos Aires, distante de Potosí más de 400 leguas. Así
apareció en esa oportunidad una tentativa separatista, reforzada por la
perspectiva de adquirir una salida sobre el Pacífico para su comercio. Del
mismo modo que Buenos Aires no ofrecía ninguna ventaja económica a las
provincias del Norte, las clases dominantes altoperuanos tampoco veían con
interés una vinculación subordinada a Buenos Aires. Era notorio en 1825 que
una relación dependiente de Buenos Aires había resultado funesta para las
provincias llamadas ahora argentinas; y el Alto Perú sacó todas las
conclusiones de este hecho.
12. El Separatismo altoperuano.
Si Buenos Aires no lograba dominar militarmente a las provincias del interior
alzadas contra su usuparción, mucho menos estaba interesada en ampliar la
órbita de sus problemas. La burguesía porteña carecía de todo concepto
territorial de la Nación, ya que todos sus intereses la proyectaban hacia
Europa. En tales circunstancias, el general Arenales escribe al gobierno
pidiendo órdenes, pues "hombres sediciosos" promueven en el Alto
Perú su separación de las Provincias Unidas .
Sucre escribe, por su parte, a Bolívar: "Parece que la provincia de
Buenos Aires ha calculado que no está en sus intereses la reunión de estas
provincias a la República" .
Las clases privilegiadas altoperuanas, por su parte, de antiguo agodadas y
enemigas de la liberación de los indios, contemplan con temor la
reincorporación a las Provincias Unidas. Allí existe un gobierno porteño
que no controla la mayor parte de las provincias, dirigidas por caudillos
militares armados y democráticos que podrían triunfar un día u otro y
eliminar la condición semiservil de la mayoría de la población del Alto
Perú. Aquellos intereses altoperuanos se radican en el comercio con el
Pacífico y advierten en el separatismo indudables ventajas para conservar sin
intrusiones peligrosas de ningún poder central, sus privilegios de comercio,
de casta y de clase. El intérprete de estos intereses ante el general Sucre
será el joven abogado Casimiro Olañeta, sobrino del mariscal.
Olañeta era un sinvergüenza locuaz, un maniático de la intriga. Había
ocupado puestos públicos secundarios durante el gobierno español, pero
cuando la suerte militar de su amado tío se volvio incierta, lo traicionó,
pasándose al bando patriota. Se hizo confidente de Sucre y "le dio al
gran mariscal extensas y exactas noticias del estado en que se hallaban las
tropas realistas" .
Este Olañeta era el característico abogaducho colonial que describe Gonzalo
Bulnes, "sofístico, intrigante, subterráneo" producido por la
ciudad universitaria y aristocrática de Chuquisaca. Allí viven los opulentos
mineros de Potosí, atraídos por su clima más suave y por la fama de la
Atenas del Plata, como se la llamaba. Chuquisaca contaba con 20.000
habitantes, "con sola la mitad presentables, porque la otra mitad se
componía de indios, de negros y de castas" .
Olañeta pertenecía a la "mitad presentable" del Alto Perú y en
tal carácter asumió la voz de los mineros y terratenientes que abogaron ante
Sucre por declarar la independencia con respecto al Río de la Plata. Bolívar
en el Perú, absorbido por los numerosos problemas de la Gran Colombia, había
dejado a Sucre la tarea de ocupar militarmente las provincias altoperuanas. El
vencedor de Ayacucho decidió, ante las presiones que lo agobiaban y en las
que él creía ver la opinión de "los pueblos", convocar a un
Congreso a las provincias altoperuanas, para "decidir de su suerte"
y "sancionar un régimen de gobierno provisorio" .
13. El nacionalismo latinoamericano de Bolívar.
Inmediatamente el ministro de guerra de Bolívar, general Tomás Heres,
escribió a Sucre por orden del Libertador reprobando la idea "de que
fuese el pueblo de las cuatro provincias del Río de la Plata al que se debía
dejar la libertad de constituirse, porque esto habría sido dar un terrible
ataque a los derechos de la nación argentina e infringir el de gentes,
reconocido hasta hoy en la América antes española; V.S., dando el decreto de
que habla para reunir una Asamblea de las provincias del Alto Perú, comete un
acto de formal reconocimiento de su soberanía... Si se reuniese esta Asamblea
se daría a los pueblos todos un funesto ejemplo, que vendría a debilitar la
asociación y a fomentar la anarquía... S. E. (Bolívar) me manda decir a
V.S. que el asunto de las cuatro provincias del Alto Perú debe quedar in
statu quo, sin hacer innovación alguna que, directa o indirectamente pueda
perjudicar los derechos de las Provincias Unidas del Río de la Plata" .
Sucre quedó alelado ante esta actitud del Libertador. Era muy cierto que
desde el momento en que el Gran Mariscal de Ayacucho asumió el gobierno
militar del Alto Perú había insistido ante Bolívar pidiendo instrucciones
sobre las medidas políticas que debía adoptar. Bolívar se había mantenido
en silencio. Pero cuando Sucre resolvió actuar por sí mismo y convocar el
Congreso Altoperuano, Bolívar descargó un rayo sobre él. Al responderle a
su fiel lugarteniente, que poco entendía de política, Bolívar evoca sus
viejas lecturas francesas: "Yo mismo no sabía lo que debía decir a
usted... Rousseau aconseja que cuando se ignore lo que se debe hacer, la
prudencia dicta la inacción para no alejarse uno del objeto a que se dirige;
porque puede uno adoptar mil caminos inciertos en lugar del único que
recto" .
Pero la clara exposición de la política bolivariana frente a las provincias
altoperuanas la formulará el Libertador en una carta del 2 de febrero de 1825
a Sucre: "Ni usted, ni yo, ni el Congreso mismo del Perú, ni de
Colombia, podemos romper y violar la base del derecho público que tenemos
reconocido en América. Esta base es, que los gobiernos republicanos se fundan
entre los límites de los antiguos virreynatos, capitanías generales, o
presidencias como la de Chile. El Alto-Perú es una dependencia del Virreynato
de Buenos Aires; dependencia inmediata como la de Quito de Santa Fe, Chile,
aunque era dependencia del Perú, ya estaba separada de él algunos años
antes de la revolución, como Guatemala de la Nueva España. Así es que ambas
a dos de estas presidencias han podido ser independientes de sus antiguos
virreynatos; pero ni Quito ni Charcas pueden serlo en justicia, a menos que
por un convenio entre partes, por resultado de una guerra o de un congreso se
logre entablar y concluir un tratado. Según dice usted piensa convocar una
asamblea de dichas provincias. Desde luego la convocación misma es un acto de
soberanía. Además, llamando usted estas provincias a ejercer su soberanía,
las separa de hecho de las demás provincias del Río de la Plata. Desde
luego, usted logrará con dicha medida, la desaprobación del Río de la
Plata, del Perú y de Colombia misma, que no puede ver ni con indiferencia
siquiera, que usted rompa los derechos que tenemos a la presidencia de Quito
por los antiguos límites del antiguo virreynato... Yo he dicho a usted de
oficio lo que usted debe hacer, y ahora lo repito. Sencillamente se reduce a
ocupar el país militarmente y esperar órdenes del gobierno" .
14. La oligarquía de Buenos Aires renuncia al Alto Perú.
Pero el error de Bolívar no residía en su concepción de la cuestión
nacional en América Hispánica, sino en la actitud que iría a adoptar la
burguesía porteña. Nadie, ni siquiera el Libertador, podía concebir, a
pesar de lo bien que conocía Bolívar el carácter político y social de la
oligarquía del Plata, que ésta renunciara espontáneamente a privarse del
Alto Perú, automutilar la soberanía argentina. Pero así ocurrió, en
efecto. Al informarse el Congreso rivadaviano de los acontecimientos de
Ayacucho, resolvió enviar una delegación formada por el general Alvear y
Alvarez Thomas a cumplimentar a Bolívar sobre sus triunfos.
Al mismo tiempo, debía solicitar al Libertador su apoyo para concluir la
guerra con el Imperio del Brasil, que ocupaba la Banda Oriental. En el mismo
acto, el Congreso rivadaviano declaraba el 9 de mayo de 1825 "que aunque
las cuatro provincias del Alto Perú han pertenecido siempre a la Argentina,
es la voluntad del Congreso General Constituyente que ellas queden en plena
libertad para disponer de su suerte, según crean convenir mejor a sus
intereses y a su felicidad" .
Esta resolución ratificaba la posición separatista asumida por Sucre,
opuesta a la política bolivariana de formar grandes Estados en la América
Meridional y confederarlos a todos ellos. El gobierno rivadaviano, que no era
representativo de las provincias, por lo demás, envió a Sucre uno nota
felicitándolo "por la habilidad y buen juicio con que ha sabido
garantizar los derechos de los pueblos que ha libertado" .
La rica factoría porteña se encogía de hombros, estrechaba los cordones de
su bolsa y dejaba a los "cuicos" que se las arreglasen solos .
Alborozado, Sucre se dirigió a su jefe, subrayando con ingenua satisfacción
su acierto: "Los documentos oficiales que hoy remito manifestarán a
usted que mis pasos, en lugar de ser falsos, como antes se creyó, han
marchado sobre conocimientos del estado del país, y que el Congreso y el
Gobierno argentinos, no sólo han confirmado, sino que han aplaudido mi
conducta" .
La provincia de Tarija, por exigencias de Bolívar, no quedaba incluída en la
maniobra separatista. Pero se desprendió al año siguiente de la soberanía
argentina, casi al mismo tiempo que la Banda Oriental. ¡Bolívar no podía
creer en la resolución porteña! "Bolívar miró la noticia de esta ley
como una patraña que habían forjado en Córdoba o Salta. ¡No lo podía
creer! Tuvo Sucre que enviarle en copia auténtica los documentos. Se rindió
entonces a la evidencia" .
No repuesto aún de su sorpresa, al festejar la llegada de la misión
argentina encabezada por Alvear en Potosí, el Libertador brindó por "el
Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata cuya liberalidad de
principios es superior a toda alabanza y cuyo desprendimiento con respecto a
las provincias del Alto Perú es inaudito" .
¡Inaudito! Tal era en efecto el desprendimiento de la oligarquía porteña,
que si carecía de concepto territorial de la Nación era justamente porque no
era una clase nacional. La noción del espacio geográfico soberano aparece
cuando se han generado las condiciones de producción capitalista requeridas
para ese espacio, cuando el interés dinástico anticipa las condiciones
políticas de esa soberanía, o cuando un puñado de patriotas afirma los
derechos de la nación.
El regionalismo exportador en América Latina demostraría que sólo era apto
para formar Estados, en modo alguno Naciones.
El diario rivadaviano El Nacional se preguntaba el 16 de marzo de 1826 si el
Deán Funes podía y debía ser diplomático de un "gobierno
extranjero". Funes respondió en El Ciudadano: "Sí, debe serlo,
porque la causa de Colombia es la causa de las Provincias Unidas".
Recuérdese a ese respecto que Monteagudo había declarado que su patria era
toda América y que San Martín estipuló en la Constitución del Perú que
eran ciudadanos del Perú todos los nacidos en América.
15. Provincias altoperuanas contituyen la República Bolívar.
Convocada por Sucre, la Asamblea de diputados del Alto Perú postergó su
reunión durante una semana, a la espera de las noticias que se aguardaban de
Buenos Aires. El 17 de julio se supo oficialmente que el Puerto se
desentendía del destino de las provincias altoperuanas. Ebrios de alegría,
los diputados separatistas se dispusieron a crear una nueva Nación. A pesar
de las simpatías de Sucre por esta solución, la Asamblea de encomenderos y
abogados abrigaba el temor de que Bolívar se resistiese a aprobar el
proyecto. Comenzó entonces la "deificación" de Bolívar. La
Nación soberana cae de rodillas ante el Libertador, "padre común del
Perú", dice la Asamblea en una resolución, "del salvador de los
pueblos, del hijo primogénito del Nuevo Mundo, del inmortal Bolívar. Con
Vuecencia lo mandaremos todo, todo lo somos con su ayuda..." .
Concluyeron solicitando del Libertador un proyecto de Constitución.
Pretendían así ganarse la buena voluntad de Bolívar. Entre los diputados
serviles no figuraba Murillo, aquel soldado mestizo que se había hecho matar
por los absolutistas por la libertad de América, ni el cura Muñecas. Eran
los mineros, terratenientes, hacendados y verdugos de indios los que clamaban
por la protección del Libertador victorioso. Asistía una "selecta
concurrecia y en que las damas de la alta sociedad no eran las menos recatadas
para expresar con grandes aclamaciones su entusiasmo patriótico" .
Presidía la Asamblea el Dr. José María Serrano, antiguo diputado por
Charcas al Congreso de Tucumán, que en 1816 había declarado la independencia
de las Provincias de Sudamérica, convertido ahora junto al traidorzuelo
Olañeta en furioso separatista. Antes que Bolívar recibiese los plácemes
aduladores, la Asamblea discutió la cuestión de crear un nuevo Estado.
Resultaron mayoría los diputados que apoyaban la independencia del Alto
Perú, seguidos por una minoría la incorporación al Perú y por otra, menos
numerosa todavía, que apoyaba la reincorporación a las Provincias Unidas del
Río de la Plata.
La Asamblea resolvió en definitiva fundar la República Bolívar, ofreciendo
así su mayor tributo al Libertador. De acuerdo a tal resolución, Bolívar
ejercería el supremo poder de la República por todo el tiempo que deseara
residir en ella; fuera de su territorio, gozaría de los honores de Protector
y Presidente .
16 Medallas y estatuas al vencedor.
Por añadidura, los cautelosos diputados resolvieron que el 6 de agosto, día
del triunfo de Junín, sería declarado fiesta cívica, que el nacimiento del
Libertador, también sería fiesta cívica después de muerto Bolívar. Los
retratos de Bolívar serían colocados en todos los edificios públicos; en
cada capital de departamento de la nueva República sería erigida una estatua
ecuestre de Bolívar. Además, se la entregaría al Libertador una medalla de
oro guarnecida de brillantes (del tamaño que fijase Sucre).
Para Sucre, los honores eran también considerables, aunque ligeramente
menores. Por ejemplo, Sucre tendría también su estatua en cada capital de
departamento, pero en vez de ser ecuestre, como la de Bolívar, sería
sobriamente pedestre. La adulonería en el Alto Perú conocía todos los
matices del arte. A Sucre también se le entregaría una medalla de oro; la
capital de la nueva República llevaría su nombre y su aniversario de
nacimiento sería fiesta cívica (después de su muerte). Al ejército
vencedor de Ayacucho se le haría entrega de un millón de pesos; para
conseguir esa suma los diputados solicitaban a Bolívar la gestión de un
préstamo. Y para que nada quedase en el olvido, los diputados se asignaron
enseguida dietas a sí mismos.
De este modo, el hombre que se proponía crear una gran nación
latinoamericana con las provincias emancipadas de España, era convertido en
el fundador de una provincia erigida en Nación.
17. La actitud de Bolívar.
Bolívar concluyó aceptando la decisión de la Asamblea. Inició una gira
triunfal por las ciudades de Bolivia, como finalmente llamóse a la nueva
República. Repitió en la nueva Bolivia las medidas que había adoptado en
Perú sobre la situación de los indios. Fue una oleada revolucionaria de
leyes y decretos, que sucedía a la catarata jurídica de la Revolución de
Mayo, la que a su vez prolongaba la legislación justiciera, aunque abstracta,
de las Leyes de Indias. En esta materia, la Revolución hispanoamericana fue
obra de abogados dispuestos a barrer con todo lo antiguo, menos con las
relaciones de propiedad.
En 1811 y en 18 el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata
abolía los tributos indígenas, y declaraba extinguida la mita, la
encomienda, el yaconazgo y el servicio personal de los indios "baxo todo
respecto, y sin eseptuar aún el que prestan a las Iglesias" . Pero, como
dice Reyeros, "a los encomenderos españoles, sucedieron los hacendados
criollos" .
Bolívar prosiguió esta triunfal revolución sobre el papel declarando
extinguida en Bolivia la autoridad de los caciques indígenas y declarando a
todos los indios, ciudadanos. Vuelve a abolir el servicio personal, o pongo.
La ley bolivariana "se obedece pero no se cumple", como en tiempos
del Rey.
O se destruía de raíz la propiedad latifundista o la superestructura
jurídica que pretendía elevar el Libertador, serviría para solaz de los
juristas. Así ocurrió, en efecto. El mismo destino corrieron las peligrosas
innovaciones pedagógicas del extraordinario maestro de Bolívar, don Simón
Rpdríguez, venido a la América liberada para realizar bajo la protección de
su antiguo discípulo sus proyectos educacionales.
18. Don Simón Rodriguez en el Alto Perú.
Organizador de la enseñanza en Bolívia, durante la presidencia de Sucre, que
veía con temor sus atrevidas iniciativas, don Simón desata un gran
escándalo en la sociedad altoperuana. Si Bolívar pretendía confederar a los
Estados americanos, don Simón no abrigaba pretenciones menores. Se propuso en
Bolivia "educar a todo el mundo, sin distinción de razas ni colores...
Sucre temía la confusión de las escuelas, porque ello equivalía a herir de
lleno los prejuicios que imperaban en Bolivia. A don Simón poco importaban
las protestas impertinentes contra todo lo que hacía y deshacía .
El pedagogo revolucionario, aquél ante quien Bolívar hacía veinte años
había jurado en el Monte Sacro la libertad del Nuevo Mundo, tomaba al pie de
la letra el juramento de su discípulo y sus propias ideas. Estableció en las
escuelas bolivianas que fundó, la enseñanza de los oficios manuales,
albañilería, carpintería y herrería junto a la instrucción primaria,
"lo que escandalizó a los padres de familia, que no querían ver a sus
hijos convertidos en humildes artesanos, sino en literatos, doctores,
escritores y tribunos" .
Don Simón era llamado "loco" por las familias de la buena sociedad,
indignadas al advertir a sus niños mezclados con indiecitos y cholos. Pero
don Simón tenía un concepto claro de su tarea: "La intención no era,
como se pensó, dirá luego, llenar el país de artesanos, sino instruir y
acostumbrar al trabajo, para hacer hombres útiles, asignarles tierras y
auxiliarlos en su establecimiento. Era colonizar el país con sus propios
habitantes".
Como también alarmaba que incluyera niñas en las escuelas, agregaba:
"Se daba instrucción y oficio a las mujeres para que no se prostituyesen
por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su
subsistencia" .
J. A. Cova lo llama "primer socialista americano". Educación de los
sexos, oficios y artes para indios y cholos, tierras para siervos, este
programa revolucionario superaba en la petrificada sociedad altoperuana todo
cuanto pudiera imaginarse.
La pérfida aristocracia de esa aldea, que absorbía la sangre indígena desde
hacía generaciones, no estaba dispuesta a tolerar al maestro, como no
toleraría un minuto más de lo necesario al discípulo, según se verá
luego. Para llevar a cabo la escuela reformadora del gran don Simón, era
preciso que Bolívar hiciese la revolución agraria en el país que lleva su
nombre, lo que el Libertador no hizo. ¡Una revolución disertante! De esas
revoluciones América independiente sufrirá hasta el hartazgo en los
próximos cien años. Y bien lo sabía don Simón cuando le decía en una
carta a Bolívar: "Sólo usted sabe, porque lo ve como yo, que para hacer
repúblicas es menester gente nueva; y que de la que se llama decente, lo que
más se puede conseguir es el que no ofenda" .
19. La Constitución bolivariana.
Pero el hecho decisivo que pondrá en movimiento los múltiples factores de
disolución de la Gran Colombia, es la Constitución que el Libertador ha
redactado para la República de su nombre y que se propone hacer adoptar en
Perú y Colombia. La célebre Constitución bolivariana dice en su parte
esencial: "Título V. Del Poder Ejecutivo. Art. 76: El ejercicio del
Poder Ejecutivo reside en un presidente vitalicio, un vicepresidente y tres
secretarios de Estado. Art. 77: El Presidente de la República será nombrado
la primera vez por la pluralidad absoluta del cuerpo legislativo. Art. 82: Las
atribuciones del Presidente son: Proponer a las Cámaras el vicepresidente. 3:
Separar por sí solo al vicepresidente. Art. 80: Por renuncia, muerte o
ausencia del Presidente, el vicepresidente le sucederá en el mismo acto"
.
El texto de la Constitución cayó como un rayo sobre las diversas fracciones
de las políticas lugareñas. Gil Fortoul escribirá que "el
autoritarismo paternal de Bolívar se hubiera sustituído al régimen
español... era en realidad la única transición razonable entre la Colonia y
la República" .
La estructura social de la América independiente requería o la existencia de
un poder económico centralizador, para recrear en su torno un Estado
unificado o un poder político-militar que cumpliese un papel análogo. Pero
se carecía de ambos factores por la debilidad constitutiva de la herencia
legada por España. Bolívar pretendió sustituir aquellos factores por un
monumento jurídico que no resistió la menor presión de los intereses
reales. Su presidencia vitalicia, que era una forma simulada de monarquía,
fue resistida hasta por las armas por aquellos mismos terratenientes y
comerciantes del partido santanderino que pocas décadas después serían la
base del despotismo iletrado del Bisonte Gómez, dictador de Venezuela durante
más de treinta años.
Pero enfermo de la enfermedad jurídica del siglo y asediado por legiones de
abogados chuquisaqueños y limeños (¿quién hubiera podido resistirlo?),
Bolívar disfrutó raras horas de felicidad intelectual redactando una
Constitución para su "amada Bolivia" . Embriagado por el honor
bautismal que le conferían los astutos doctorcitos altoperuanos antes de
traicionarlo, ya le falta muy poco al Libertador para medir la magnitud de su
tragedia.
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