Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO VIII

FRAGMENTACION EN EL PLATA


"La ciudad y territorio de Montevido debería independizarse definitivamente de cada país, en situación algo similar a la de las ciudades Hanseáticas en Europa".
Canning a Ponsonby.
El predecesor de Canning, había sido en su tiempo el verdadero político del gabinete británico. Castlereagh era un hombre frío, poco inclinado al "romanticismo" de las aventuras marítimas. Creía que el interés británico en relación a las colonias españolas era puramente comercial. Eran necesarias como mercados, en modo alguno como territorios a conquistar. No podía descubrirse en este altivo legitimista la menor dosis de irracionalidad romántica. La burguesía industrial había encontrado en la vieja aristocracia el mejor agente de sus intereses. Podía dedicarse tranquilamente a fabricar artículos de ferretería y acumular capital.
La guerra latinoamericana de independencia puso en movimiento al gabinete británico, que hasta ese momento reducía su política ante las colonias a cierta forma de inmovilidad expectante. Allí donde los criollos tomaban el poder y controlaban el territorio, se abrían las puertas al comercio inglés, a los créditos usurarios y al cónsul del Imperio. Dos razones había al principio para esta política: la primera, eran las necesidades fiscales de los nuevos Estados, que el comercio, libre de las trabas españolas, satisfacía con cierta abundancia. La segunda, y no última, se fundaba en que Gran Bretaña, en virtud de sus intereses comerciales, aparecía como el principal obstáculo a la concertación de una Santa Alianza de la Europa reaccionaria contra las colonias españolas.
La "anglomanía" latinoamericana de la época es preciso buscarla en esas dos razones estrechamente vinculadas a la situación de la política europea. De distintos orígenes se han escuchado voces que señalan a San Martín y Bolívar como "pro-ingleses", en virtud de sus iniciales vinculaciones con las logias masónicas españolas o británicas. Ya hemos considerado el problema de la masonería y del liberalismo del siglo XIX en otra parte.
También en la Alemania de 1820 estaba de moda la anglofilia. "Los alemanes contemporáneos estaban aún llenos de admiración por Inglaterra". Unos elogiaban el régimen constitucional; otros, su poder marítimo; otros, la patria de Adam Smith y de Locke. Federico List la consideraba la "nación predominante" y Marx estudiaría la economía inglesa como su modelo de análisis del capitalismo.
Y aunque los revolucionarios hispanoamericanos no sufrieran de anglomanía, buscaban ayuda allí donde podían encontrarla, fueran cuales fueran las causas que motivaban esa ayuda y sin tomar en cuenta, por el momento el costo de tal desinteresada colaboración. Para Bolívar y San Martín, la primera condición de la lucha era la emancipación del absolutismo español y ser independientes, unidos, si esto era posible, desunidos si esto era, por el momento, inevitable.
1. La rivalidad anglo-yanqui en América hispánica.
La rivalidad anglo-española se manifiesta agudamente durante todo el siglo XVIII en la disputa por el control de las Indias. Además, las contradicciones entre Estados Unidos e Inglaterra, cuando ya España era considerada "el enfermo de la Europa", equiparada a los turcos, asumen un abierto carácter al comenzar las guerras de la independencia. Pues la política británica no sólo logra insinuarse comercialmente en las colonias españolas en el mismo momento en que los ingleses eran aliados de España durante la guerra contra Napoleón -lo que constituía en sí mismo un prodigio de certera ambigüedad- sino que logra desplazar a los norteamericanos del comercio con América del Sur.
Los documentos diplomáticos y consulares del siglo XIX consignan gran parte de la ira norteamericana ante la voracidad de sus primos ingleses. Se tendrá en cuenta que Estados Unidos, aprovechando su condición de neutral ante las guerras europeas, en las que estaban frecuentemente envueltas tanto España como Inglaterra, gozaba de las ventajas que a los neutrales acordaba España para comerciar con las Indias. De este modo, la marina mercante norteamericana estableció estrechas relaciones mercantiles con los puertos del Pacífico, en especial con Chile, comerció intensamente con el Caribe, Venezuela, México y el Río de la Plata. Este comercio constituía hacia 1806 el 12% del valor total de sus exportaciones.
La industria y el comercio norteamericano alimentaban grandes esperanzas en el gigantesco mercado que se ofrecía sin esfuerzo en el Sur. Pero el proceso revolucionario latinoamericano abre las puertas al comercio libre en todas las antiguas colonias españolas. Los agentes británicos obtienen franquicias exclusivas para sus manufacturas, que inundan el continente. Indignaban a los yanquis los privilegios obtenidos por Inglaterra, en detrimento de todo otro competidor. El gobierno de Buenos Aires otorgaba en 1811 trato preferencial a los navíos británicos. En ese año, el agente norteamericano informaba a su gobierno que lo mismo ocurría en La Guaira, Venezuela. Ilustrativo ejemplo, en ese puerto los ingleses obtenían una reducción del 25% sobre todos los impuestos de importación y exportación. Idéntica franquicia gozaban en Brasil, al que se había transferido la vieja influencia inglesa sobre Portugal, desde los felices tiempos del monstruoso tratado de Methuen. En el Caribe, el comercio libre ejercía los mismos efectos.
2. El fundamento de la política británica.
El poder de penetración británica en América del Sur era tan irresistible como la fuerza marítima e industrial sobre la que se apoyaba. La gran potencia europea era formalmente indiferente a la suerte de las recién liberadas colonias españolas; pero extraoficialmente les vendía armas (de fuentes particulares), obtenía mercados para sus manufacturas, aumentaba los ingresos fiscales de los jóvenes puertos sudamericanos y contenía con diversas maniobras las tentativas reaccionarias de Europa para ayudar a España a recobrar sus colonias.
Esta espectacular posición económica y diplomática de Gran Bretaña permite explicar el papel que jugó durante todo el siglo XIX en la vida de América Latina y por qué los libertadores aceptaron o buscaron su ayuda. Artigas había desaparecido de la escena, San Martín había emigrado y Bolívar estaba próximo a morir, cuando Gran Bretaña consuma su proeza diplomática de separar la Banda Oriental de las viejas Provincias Unidas del Río de la Plata.
La clásica política balcanizadora del Imperio Británico, ya practicada en la península ibérica, encontró en las debilitadas colonias americanas una ocasión óptima. Los ingleses se movieron sutilmente en el gran drama. Sostuvieron la política de las oligarquías disociadoras, cuando no les sugerían al oído la fórmula, como ocurrió con el desgarramiento de la Banda Oriental.
Al abandonar desde Castlereagh toda política de conquista territorial en América Latina, el gobierno británico funda su acción en la libertad comercial irrestricta. Todos sus actos giran alrededor de esta perspectiva. Rechazará en defensa de esa política hasta pedidos de protectorado que le dirigieron personajes tan despreciables de la política rioplatense como el funesto Manuel José García o el general Carlos de Alvear. Su criterio era empírico. Ya había probado el aceite hirviente y el acero criollo en 1806. Nada hará modificar al gabinete británico su esencial estrategia económica. Su marina mercante le interesaba más que su marina de guerra, aunque mantenía siempre la pólvora seca: el bloqueo anglofrancés contra Rosas, demostrará que los gerentes dejaban su lugar a los almirantes si era preciso. La experiencia histórica demostró que tenía razón.
3. La estructura política del virreinato.
El virreinato del Río de la Plata estaba dividido en ocho Intendencias, según el modelo francés adoptado por los Borbones españoles. Fuera de la Intendencia de Buenos Aires (incluyendo la Banda Oriental) estaban incluídas en la jurisdicción virreinal las Intendencias del Paraguay (incluyendo trece de los treinta pueblos de las Misiones); la de La Plata o sea Charcas, luego Chuquisaca, la actual Sucre; la de Cochabamba, incluyendo Santa Cruz de la Siera; la de La Paz; la de Potosí, con el resto del territorio altoperuano. También eran Intendencias Córdoba y Salta. La primera incluía los territorios de San Miguel de Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero y Catamarca.
La Intendencia de Córdoba incluía La Rioja, Mendoza, San Luis y San Juan. Había territorios, como los de Mojos y Chiquitos, que estaban bajo el mando directo del Virrey; otros, como Montevideo y las Misiones, bajo la forma de gobernaciones militares, por tratarse de territorios de fronteras, en las peligrosas relaciones con el portugués que se remontaban a siglos de rivalidades ibéricas.
La importancia de Buenos Aires como capital del virreinato, creció con las disposiciones administrativas de los Borbones, que la juzgaron la mejor dotada para desempeñarse como cabeza política, militar y rentística del virreinato: campo fértil, puerto y aduana única. De hecho, Buenos Aires era la única ciudad marítima, por así decir, de un vasto territorio embotellado entre Lima y el Río de la Plata. De todas las juntas revolucionarias establecidas al estallar la revolución hispano-criolla, la de Buenos Aires era una de las pocas que contaba con recursos suficientes para afrontar los gastos de la guerra en forma inmediata. El establecimiento del comercio libre inundó de mercaderías inglesas su aduana y los ingresos obraron maravillas para justificar la separación de los controles españoles.
4. Burguesía y oligarquía ganadera.
Pero la burguesía porteña y los hacendados de los campos colindantes, las dos clases sociales fundamentales de la Provincia-Metrópoli, asumieron ejecutivamente un papel que las restantes Intendencias, divididas ahora en Provincias, no le habían conferido. Buenos Aires rompió con España y pretendió sustituírse al Rey en su hegemonía sobre las provincias restantes.
Toda la historia de la Argentina posterior es la historia por imponer esa hegemonía y el relato de la lucha de las provincias para rechazarla. Las guerras civiles argentinas se fundan en esa pretensión y en la negativa de los intereses porteños, sea con Rivadavia y Mitre, como hombres de la burguesía comercial pro-británica, o de Rosas, como representante de los hacendados, para aceptar la igualdad de Buenos Aires con las provincias interiores, organizar la Nación en los límites virreinales y dividir las rentas aduaneras entre todas sus partes. Es cierto que la Nación había sido expresada hasta ese momento por un poder externo a América Hispánica misma, vale decir, por la monarquía española. Al desligarse de ese vínculo, Buenos Aires está obsesionada por el disfrute exclusivo de sus rentas y pierde de vista al conjunto de la unidad hispano-criolla.
Su codicia será célebre, Desde los primeros años de la revolución acariciaba la idea, pocas veces manifestada claramente, de su independencia completa con respecto al resto del territorio hispanoamericano del que formaba parte. Mr. Forbes, un diplomático norteamericano acreditado en Buenos Aires, al recoger ese espíritu reinante en la capital, exponía el pensamiento de las potencias extranjeras a ese respecto: "He insinuado la conveniencia y ventaja que representaría para esta ciudad tratar de obtener, bajo la garantía de las principales potencias comerciales, los privilegios de una ciudad libre, como aquéllas de la Liga Hanseática. La posición geográfica de Buenos Aires, mitad de camino entre Europa y el Pacífico, con la rica campaña adyacente, podría significar a ese establecimiento un comercio ventajoso e inmenso, completamente desligado de ataduras políticas o de empresas dispendiosas, lo que le asegurará una moderada renta que a semejanza de Hamburgo, llenaría las arcas públicas, mantendría un gobierno respetable y aseguraría la felicidad y tranquilidad general".
5. Las misiones Orientales y el artiguismo.
Buenos Aires no estuvo lejos, hacia 1854, de convertirse en ese puerto franco, grato a los intereses extranjeros y porteños. Pero sería la Banda Oriental del Río de la Plata la que correría ese destino, empujada con todas sus fuerzas por Buenos Aires. Cuando la revolución hispanoamericana se propaga en todo el inmenso territorio, brota desde el fondo de las regiones fronterizas con el Brasil un hombre singular que durante una década ejercerá la suprema influencia sobre casi todo el actual territorio argentino, excluida Buenos Aires. Ese hombre era José Artigas.
La historia del artiguismo se enlaza estrechamente con la desintegración de las Misiones Jesuíticas, que había comenzado con la expulsión de los Padres de la Compañía de Jesús en 1767. Durante los treinta años siguientes, los indios civilizados en el Paraguay fueron secuestrados por los portugueses y vendidos como esclavos para las plantaciones, donde murieron casi en su totalidad; otros huyeron hacia la selva y perdieron hasta la memoria de sus oficios y artesanías.
En las Misiones Orientales la decadencia se produjo paulatinamente, bajo la ineptitud de las autoridades administrativas españolas, lanzadas inmediatamente a saquear los bienes abandonados por los jesuitas. Bauzá afirma que muchos indios de las Misiones bajaron hacia el Sur para arraigar en la Banda Oriental como modestos labradores. Parte de los ganados cuidados por los jesuitas irán a poblar las praderas de Río Grande del Sur, estableciendo así la base de su economía ganadera. De este modo, las Misiones jesuíticas estallan en mil pedazos; quedan testimonios de sus ruinas en Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay. En la Banda Oriental "la mayor parte de los usos y costumbres rurales provienen de la ganadería jesuítica", dice Campal.
De la importancia de las Misiones Orientales puede dar una idea el hecho de que cubrían el territorio del actual Uruguay hasta el Río Negro y constituían un gigantesco enclave junto a la imprecisa frontera brasileña. Cuando se ordena la expulsión de los jesuitas, el conjunto de los treinta pueblos de las Misiones (17 pertenecientes al Río de la Plata y 13 a la provincia del Paraguay) contaba con una población indígena cristianizada de 141.000 personas.
Al conquistar los portugueses las Misiones Orientales en 1801, quedaban en ellas 21.000 indios. Cinco años después de la caída de Artigas, sólo permanecían entre las ruinas 1.897 indios, entre hombre y mujeres. En 1834, en fin, en las Misiones Orientales quedaban 372 indígenas.
6. Origen familiar de Artigas.
Artigas pertenecía a una de las 7 familias que fundan la ciudad de Montevideo. Su abuelo, el aragonés Juan Antonio Artigas, había sido Alcalde de la Santa Hermandad por nombramiento del primer Cabildo de Montevideo. El futuro caudillo era la tercera generación de militares y hacendados orientales que combatía en la frontera contra el vecino portugués; éste invadía regularmente la Banda Oriental y fomentaba el contrabando de ganado. Su padre, Martín José Artigas fue capitán de milicia, el más alto cargo militar a que podía aspirar un criollo de la época.
La juventud de Artigas transcurre justamente en la frontera con el portugués. Su carácter se forja enfrentando las correrías de los contrabandistas en el cuerpo de Blandengues al servicio de España. La particular psicología del hombre de frontera, con su agudo sentido de la soberanía territorial, encuentra su más demostrativo ejemplo en la personalidad de Artigas. A este oscuro oficial del Rey la historia la reserva una relación con otro hombre excepcional. A fines del siglo XVIII residía en la Banda Oriental, desde hacía veinte años, una de las grandes personalidades de la Ilustración española, Don Félix de Azara. Era un militar y un hombre de ciencia, naturalista, geógrafo, ingeniero y civilizador. El propósito de Azara, con quien colabora Artigas, consiste en arraigar población en la frontera para imprimir solidez demográfica y económica a la demarcación. Por esa razón recomienda al Rey "dar libertad y tierras a los indios cristianos" y "repartir las tierras en moderadas estancias de balde a los que quieran establecerse cinco años personalmente, y no a los ausentes".
Estos últimos, habían llegado a ser grandes propietarios, sea por mercedes reales o por favoritismos locales, aunque no eran en realidad estancieros, sino comerciantes del puerto. El reformismo agrario de los Jovellanos parecía asumir mayor fuerza en América que en España.
Artigas fue designado por Azara para "la tarea de repartir las mercedes de tierra entre los pobladores. Peninsulares, criollos, indios y negros de varia condición social y económica, fueron los pobladores".
Entre los beneficiarios abundan los apellidos guaraníticos.
7. Artigas, "Caudillo de las Misiones".
Cabe imaginar las estrechas relaciones entre el militar gaucho que distribuye tierras y los indios cristianos de las destruídas misiones, que por primera vez en décadas reciben apoyo del orden vigente. Pero si los indios guaraníes fijan su atención en Artigas, también Artigas aprenderá junto a Azara la esencia de una política agraria democrática, (en el sentido original de esta expresión y no en su pervertido uso actual). Será muy claro para Artigas que los guaraníes son mucho más civilizados y dignos de confianza que los sórdidos consignatarios de cueros y astas de Montevideo, enriquecidos a costa de la sangre y del esfuerzo de los pioneros fundadores de la ciudad161.
En los indios que se disponen a vivir riesgosamente en la gran frontera, a defenderla y a trabajar la tierra, Artigas advierte a los civilizadores; en la burocracia española que desdeña los informes de Azara, un carácter obtuso y formalista que resultará fatal a la integridad territorial; en los grandes comerciantes montevideanos, propietarios de inmensas rinconadas, un parasitismo venal que le repugna. Cuando los portugueses se apoderan en 1801 de las Misiones Orientales, la colonización iniciada por Azara y Artigas, es destruída por los esclavistas, sin que los militares españoles reaccionen.
Al levantar en 1811 las bandera de la revolución, detrás de Artigas se alistarán los indios misioneros. El caudillo indígena de las Misiones, Andrés Guaycurarí, será el hijo adoptivo de Artigas. Desde entonces el célebre e indomable Andresito firmará como Andrés Artigas. Los indios de las Misiones llaman al caudillo Caraí-Guazú.
8. La revolución agraria.
Al ponerse en marcha la revolución artiguista, al odio concentrado de godos, porteños y portugueses se añadirá la alarma de los grandes comerciantes y estancieros de Montevideo, que rechazan sus repartos de tierra. Artigas faculta a sus oficiales, como Fernando Otorgués, Encarnación Benítez, el mulato Gay y otros, a entregar campos de españoles o enemigos de la patria. Ninguna política podía ser peor para la gran burguesía del Puerto.
En ese hecho decisivo se funda la defección de la clase estanciera y de sus principales lugartenientes, como Fructuoso Rivera, que capitula ante el portugués. Toda la burguesía comercial de Montevideo y todos los estancieros que no deseaban vivir en la campaña, traicionan a Artigas y a la Banda Oriental. Es la misma "gente decente" que recibirá al general Lecor bajo palio cuando las tropas portuguesas se apoderan de la ciudad y se arrodillará ante el Emperador del Brasil. Con Artigas, nieto del fundador de Montevideo, quedarán tan solo los paisanos pobres y los indios guaraníes.
Todo lo cual explica que durante casi todo el siglo XIX se impondrá en el Uruguay la locución "más malo que Artigas" y la formación de su leyenda negra. Mitre, López y la historiografía del separatismo porteño lapidará como "bárbaro" al caudillo que consideró hermanos a los indios y se propuso hacer de la Banda Oriental una provincia en el seno de la Nación sudamericana.
9. La década artiguista.
Su acción militar y política se prolonga sólo diez años. Inicia la lucha contra los absolutistas españoles en la Banda Oriental y los gauchos, hacendados e indios que lo siguen lo proclaman "Jefe de los Orientales". Al mismo tiempo, los portugueses, con la sombra británica que los había seguido hasta América, aprovechan las dificultades del reino de España e invaden la Banda Oriental.
Artigas se vuelve contra ellos, después de vencer a los españoles. Esta titánica lucha se complica por la resistencia de los gobiernos de Buenos Aires a prestarle su ayuda. Por el contrario, facilitan la acción portuguesa ante la ira de Artigas y de todas las provincias. Los diputados orientales artiguistas a los Congresos convocados por Buenos Aires son rechazados. Su caudillo es infamado en la prensa porteña y su cabeza puesta a precio. Los propios estancieros orientales, que en el primer período artiguista lo habían acompañado, lo abandonan. Sólo compone su ejército una muchedumbre de paisanos andrajosos e indios indómitos descendientes de aquellos guaraníes de las Misiones jesuíticas. Uno o dos letrados, y secretarios que escriben al dictado en campamentos móviles, difunden las proclamas, bandos, manifiestos y correspondencia que sostiene con los jefes revolucionarios del Nuevo Mundo el jefe oriental.
Su prestigio se propaga más allá de su provincia natal. Las nuevas provincias que surgen después del dominio español -Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, las Misiones, Córdoba- le otorgan el título de "Protector de los Pueblos Libres". ¿Por qué este amor y por qué aquel odio? Artigas es el único caudillo de las guerras de la Independencia que combina en su lucha la unidad de la Nación con la revolución agraria y el proteccionismo industrial en los territorios bajo su mando.
Todo era elemental, pero nítido en este movimiento popular revolucionario nacido en la Banda Oriental y que buscaba crear la Nación dentro de los límites del viejo Virreynato. Al no aceptar la hegemonía de Buenos Aires, y al esgrimir semejante programa, Artigas debía sufrir la agresión de los intereses porteños y extranjeros, que eran poco más o menos lo mismo, según se verá luego. Buenos Aires adula y corrompe a uno de sus lugartenientes de Entre Ríos, como antes sus estancieros y lugartenientes de la Banda Oriental habían accedido a las insinuaciones de los portugueses.
Derrotado en Tacuarembó por los veteranos portugueses de las guerras napoleónicas, perfectamente armados y con una abrumadora superioridad material, Artigas se repliega hacia Entre Ríos. Allí lo espera para traicionarlo uno de sus oficiales, Francisco Ramírez, que sobornado por el dinero de Buenos Aires, le asesta el golpe final. Sin darle tiempo a rehacerse, pues toda la campaña del interior argentino engendraba en pocos días ejércitos artiguistas, Ramírez emprende la persecución del gran caudillo, que, perdido ya, se interna en las selvas paraguayas y se acoge a la protección del Dr. José Gaspar de Francia, Supremo Dictador.
La ocupación portuguesa de la Banda Oriental y la pérdida del puerto de Montevideo, descalabra el sistema federal de los pueblos asociados a Artigas en la lucha contra la hegemonía de Buenos Aires. Los pueblos del Litoral se veían obligados a buscar un acuerdo con Buenos Aires, dueña del único puerto en condiciones de comerciar. En este hecho, señala Reyes Abadie, se encuentra la base material de la traición de Ramírez al Protector de los Pueblos Libres.
Es en 1820. En el Paraguay permanece Artigas durante 30 años, donde muere después de ver desvanecida la esperanza de una Nación unificada. Pues en su solar nativo, en la Banda Oriental, justamente, la perfidia angloporteña fundará en esa provincia, otra "Nación". Vencido e indomable, ya muy anciano, Artigas responderá con una frase tajante a la invitación de algunos amigos para regresar a la Banda Oriental después que esa tierra habíase transformado en "Estado Independiente" bajo la forma de República Oriental del Uruguay: "Ya no tengo patria". Había fracasado en reunir a las provincias del Plata en Nación y rehusaba volver a su provincia convertida en "patria".
La admisión de Artigas como "héroe nacional" fue muy lenta en el Uruguay. La oligarquía se resistió largo tiempo a beatificar al caudillo que había repartido tierras a gauchos e indios. Finalmente, cuando se resolvió a hacerlo, amputó a Artigas de las Provincias Unidas del Río de la Plata y lo convirtió en prócer de una de ellas. Los ingleses fueron más categóricos. En The Cambridge Modern History, de 1949, que estudian los alumnos de la célebre universidad, se definía a Artigas como "jefe de contrabandistas, bandido y degollador" que introducía a sus enemigos en sacos de cuero cosidos y los arrojaba desde lo alto de la meseta del Hervidero. Esto ya lo habían descubierto hacía mucho tiempo los historiadores porteños de la Argentina, Mitre y Vicente Fidel López.
Al caer derrotado Artigas por las intrigas de Buenos Aires, las tropas portuguesas ocupan la Banda Oriental y la incorporan al Imperio pro-británico bajo el nombre de "Provincia Cisplatina". La sumisión de la Corte Imperial del Río a Gran Bretaña no necesita ser demostrada, pues está expuesta en toda la historia europea y americana de las relaciones de la Casa de Braganza con el Imperio Británico. Traídos a América por la flota británica poco menos que a la fuerza, frente a la invasión napoleónica, los Braganza no habían cambiado su mansedumbre bajo el flujo del nuevo clima.
10. De la fragmentación ibérica al misterioso Brasil.
Los gallegos habían colonizado la "terra portucalis", nombre que se extendió luego por todo el reino. Allí nace la sólida comunidad lingüística y literaria de la región galaico-portuguesa. En el siglo IX el conde Vimara Pérez conquistó Oporto; posteriormente la ciudad se repobló con gallegos. "Esa colonización, escribe Sánchez Albornoz, agrupó en una comunidad histórica, a horcajadas sobre el Duero, antigua divisoria entre lusitanos y gallegos, tierras situadas entre el Ave y el Vouga".
Luego, la cuña que Inglaterra introdujo entre España y Portugal, utilizando las inevitables intrigas dinásticas, perpetuó la división entre los dos reinos. La unidad nacional ibérica quedó destruída durante siglos. El antagonismo se trasladó al Nuevo Mundo, mediante los buenos oficios británicos. El tratado de Tordesillas trazó la línea jurídica del abismo que habría de separar al futuro Brasil de sus vecinos hispanoamericanos. El propio Brasil se convirtió en una punta de lanza británica contra el resto de la nación latinoamericana, mientras ésta era empujada por el mismo amo imperial contra el Brasil. Los latinoamericanos fueron excluídos de la intensa vida histórica brasileña; ignoraron sus héroes y conflictos, sus pensadores y sus revoluciones, que permanecieron enclaustrados detrás de las inmensas fronteras.
La "balcanización" adquiriría con respecto al Brasil un carácter particularmente acusado, facilitada por la lengua portuguesa, mucho menos leída en América Latina que el francés, el inglés o el alemán. Este mismo hecho indica la profundidad del aislamiento y las claras razones históricas que lo han forjado. Hasta nuestros días, el conjunto de la historia brasileña aparece oscurecido por una idea tan falsa como difundida: el Brasil Imperial y esclavista constituía todo el Brasil, pues las luchas populares, las sublevaciones de esclavos, los motines militares, las tendencias separatistas y las ideas revolucionarias permanecían ocultas bajo la imponente fachada de los Braganza. El imperialismo y las oligarquías indígenas habían señalado a los latinoamericanos exclusivamente las tropelías portuguesas, el servilismo imperial hacia Inglaterra y la inmutabilidad de Itamaraty. De esta manera, el Brasil se convertía en el Estado más misterioso y exótico de una América Latina "balcanizada" que se desconocía a sí misma.
11. El Brasil insurreccional.
Al comenzar el siglo XIX el Imperio portugués había quedado reducido a su gran colonia americana y a sus enclaves africanos, simples proveedores de carne humana para las plantaciones. Económicamente, de la simple recolección del palo brasil se había pasado al cultivo de la caña de azúcar, al algodón, al tabaco y finalmente al café, que llegará a dominar la vida brasileña. Pero la base de esa economía, no se modifica con la creación del Imperio brasileño y la ruptura con Portugal, será la esclavitud.
La separación entre la pequeña sociedad brasileña más o menos blanca, con sus reaccionarios y liberales, sus plantadores y escritores, sus marqueses y libre-pensadores y la masa productiva del país, era radical. Los esclavos negros no tenían voz, ni prensa pero la República de los Palmares, en los confines de la selva, organizada por los negros fugados de las plantaciones, probaba que no eran esclavos resignados.
En 1789 estallaba la Inconfidencia Baiana, que postulaba una aleación singular de libertad política e ingualitarismo económico. En 1817, la Inconfidencia Insurreccional de Pernambuco reunía a "igualitarios roussonianos, Robespierre o Marat nativos, como el Padre Joao Ribeiro, y no solamente anglófilos como Domingos José Martins, americanófilos como Cabugá".
Los temas fundamentales de nuestro tiempo, la independencia nacional, la justicia social, la autoconciencia crítica de los pueblos coloniales, estaban presentes en uno de los inspiradores de la Confederación del Ecuador, creada en 1824. Decía Fray Joaquín do Amor Divino Caneca: "Sólo hay un partido, que es el de la libertad civil y de la felicidad del pueblo, y todo lo que se aparte de esto debe ser rechazado enérgicamente... Brasil no es Europa, su clima, su posición geográfica, la extensión de su territorio, el carácter moral de su pueblo, sus costumbres y todas las demás circunstancias deben influir en el futuro de su constitución ... nuestra constitución ha de ser brasileña en cuerpo y espíritu... no queremos para Brasil una constitución adaptada al espíritu político de Europa".
El tambaleante Imperio generaba separatismo: así estalla otra revolución en 1838-40, la Balaiada, que adopta el nombre de su jefe el indio Balaio y proclama en la provincia de Marañón un programa republicano y antiportugués. Cinco mil muertos quedaron como saldo de este movimiento. Para la misma época estallaba en Pará la revolución de los Cabanos: fue también sangrientamente aplastada. La revolución de los Farrapos, que establece la República de Piratiní durante diez años (1835) al mando de Benito Goncalvez en Río Grande del Sur, mantiene en jaque a los ejércitos imperiales. Hacia el Norte, en Bahía, se levanta en armas la Sabinada, así llamada por su caudillo Sabino, que es ahogada en sangre al precio de 1.200 muertos.
En el mismo año del Manifiesto Comunista, en 1848, se realiza en Pernambuco la revolución Praiera, que planteaba la nacionalización del comercio minorista en manos de los portugueses. En fin, hacia fines del siglo XIX la represión contra la comunidad mística inspirada por un notable poseso llamado Antonio Conselherio, conocida como la rebelión de Canudos, está ya incorporada a la literatura épica de América Latina: las letras brasileñas han recogido esos episodios donde la ingenua fe de los campesinos espontáneamente revolucionarios enfrentó a las tropas regulares de la República positivista fundada en el latifundio.
12. El Brasil británico.
Pero desde Río de Janeiro, donde se instala la despavorida Corte de Lisboa, el Brasil no presenta espectáculos tan desagradables. La cautivante bahía y el despilfarro de los señores portugueses en su dorado exilio del trópico, alejan todos los malos pensamientos. Por lo tanto, hasta Río ha llegado la flota y el apoyo del gran amigo inglés. Ahora comienza el siglo británico en el estilo de vida de la ruda sociedad brasileña: la Corte portuguesa y los importadores ingleses educarán a los dueños de plantación. Los sombreros redondos reemplazan a los sombreros de tres picos. Las costumbres británicas se aclimatan al trópico. Hace su aparición la gobernanta inglesa; los parlamentarios adoptarán el estilo oratorio de Westminster. La porcelana, el carruaje y la magnesia británica hacen furor. En 1808 se cuentan en Brasil más de 100 firmas inglesas.
En pago del apoyo brindado por el gobierno británico a la salvación de la familia real portuguesa, los Braganza firman en 1810, desde Río, un tratado con Gran Bretaña. Según Canning, por ese acuerdo los ingleses "recibían importantes concesiones comerciales a expensas del Brasil" en cambio "de los beneficios políticos importantes conferidos a la Madre Patria".
El más desenfrenado librecambio queda instaurado. La invasión de mercaderías inglesas no estará exenta de sorpresas para el público. El importador inglés Luccok recibe en su recalentada oficina de Río de Janeiro patines para hielo, de que estaban abarrotadas las fábricas inglesas por el bloqueo continental de Napoleón. Junto a esa pacotilla invendible, que ocasiona en los primeros años del tratado la ruina de algunos comerciantes británicos, llegan asimismo instrumentos de matemáticas en cantidad capaz de "abastecer a la nación europea más esclarecida durante años".
Así mismo, Luccock recibe desde Inglaterra billeteras para hombres, en un país donde no existía el papel moneda y donde los caballeros no llevaban dinero consigo debido a su peso, dejando el cuidado de su carga a los esclavos que lo acompañaban.
Pero la anglofilia general de la Corte Imperial no significaba en modo alguno que los Braganza no persiguiesen sus propios fines políticos en América. Cuando estos fines chocaban con la política inglesa, eran generalmente desechados; en caso contrario, la Corte de Río despedía de sus salones un raro espíritu bélico. Tal era el caso de la Banda Oriental y de la lucha contra Artigas.
13. La Provincia Cisplatina y los Braganza.
Ya en la época de las invasiones inglesas y cuando era notoria la impotencia de España, la Corte de Río creyó llegado el momento de apoderarse de la Banda Oriental, sueño largamente acariciado por los hacendados de Río Grande que buscaban los pastos tiernos y el clima templado de la próxima frontera.
Dieron el primer paso con un enviado a Buenos Aires, Don Francisco Javier Curado, quien ofreció en nombre de Portugal tomar a las provincias del Río de la Plata, en especial a la margen oriental, bajo su protección, "guardándoles sus fueros, garantiendo su comercio y un olvido de lo pasado por parte de sus aliados los ingleses; que estas proposiciones tenían por objeto el evitar la efusión de sangre, y que de no ser aceptadas haría causa común con su poderoso aliado contra el pueblo de Buenos Aires y todo el Virreynato".
Estas bravuconas que emitió el Príncipe Regente del Brasil, Don Juan, mirando de reojo a su "poderoso aliado", no prosperaron en ese momento. Luego, al abrirse el comercio libre en Brasil para las manufacturas británicas, el Príncipe cumplió diligentemente con las instrucciones que Canning había ordenado a su embajador en Río, Lord Strangford, las de "hacer del Brasil un emporio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la América del Sur".
La obsequiosidad del Braganza no era puramente lírica. El príncipe no era ajeno a las duras realidades de la vida. También le agradaba hurgar los bolsillos de su "poderoso aliado".
Después de recibir para sus gastos 600.000 libras esterlinas procedentes de Londres, el Príncipe accedió a firmar un tratado con Inglaterra que otorgaba una preferencia especial del 15% a las mercaderías británicas ingresadas al Brasil. El tratado tenía una duración de quince años, pero de la ambigüedad inglesa de su texto podía inferirse un carácter permanente. Era un nuevo tratado de Methuen para uso brasileño. La docilidad del Príncipe era admirable. En todo problema importante quería conocer el pensamiento de Gran Bretaña a fin de adaptarse a él, decía al vizconde Strangford, embajador de Inglaterra. "Agregó Su Alteza -informaba confidencialmente Strangford a su jefe el vizconde Castlereagh-, que al hacer esta manifestación no abrigaba ningún temor de dar la impresión de menoscabar su dignidad como soberano independiente, ya que la experiencia le había enseñado que compartir enteramente el punto de vista de Gran Bretaña era no sólo la más segura, sino la más honorable política que podría seguir...".
Era, pues, este Imperio manipulado por Inglaterra el que ocupaba la tierra artiguista. Para enfrentarlo, un puñado de artiguistas concibió una empresa insensata, como todo sueño heroico. Era un grupo de 33 hombres, los treinta y tres orientales. Invadieron una noche clara la Banda Oriental. Los antiguos oficiales de Artigas levantaron al pueblo de la campaña contra el ocupante brasileño. Encabezaban la lucha Juan Antonio Lavalleja y sus 32 camaradas. Los viejos soldados del Protector montaron a caballo y batieron a las tropas del Imperio.
14. El Congreso de la Florida.
Reunidos los pueblos orientales en el Congreso de la Florida, procamaron su reincorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta declaración volvió inevitable la guerra con el Brasil, ¿Y Buenos Aires? En la ciudad porteña pugnan por el poder todas las fracciones políticas. Domina la escena el partido de Bernardino Rivadavia, nuestro conocido personaje, untuoso y quimérico, servil con las potencias extranjeras y despótico con los gauchos. Considerado por los liberales cipayos como "hombre del porvenir", o como individuo "que se adelantó a su tiempo", en realidad es un "hombre del pasado", un puro sobrevivido. Habíase educado en las tradiciones dieciochescas de la nobleza borbónica. Pertenecía a la escuela del conde Floridablanca y de los hombres del "despotismo ilustrado" que había hecho su hora. Reducido a su parroquia portuaria, todo en él era ridículo, menos los resultados de su política.
En Rivadavia se reconocían los tenderos y comerciantes del Puerto. Su política tendía a la creación de una factoría próspera, indiferente a las provincias interiores y absorto ante el espectáculo de Europa. Hubiera sido el perfecto Intendente de la ciudad hanseática por la que suspiraban los agentes extranjeros. Pero la presión de las provincias y de las tendencias nacionales de la campaña bonaerense se había vuelto irresistible y el gobernador Las Heras debió declarar la guerra. Las tropas argentinas a cuya formación habían concurrido esta vez todas las provincias, dejando a un lado las diferencias con Buenos Aires, derrotan de manera aplastante a las fuerzas imperiales en la batalla de Ituzaingó.
La Banda Oriental, ¿quedaba salvada para las Provincias Unidas? Habría que verlo. El gobierno británico desde hacía mucho tiempo que se oponía tanto a la exigencia legítima de los orientales de integrarse en las viejas Provincias Unidas, como a la desmesurada ambición del Imperio del Brasil de extender su dominio a la Banda Oriental. Por lo demás, coincidiendo con la victoria en la guerra contra el Brasil, se había apoderado de la Presidencia mediante un golpe de Estado (parlamentario) Don Bernardino Rivadavia. Naturalmente, su investidura fue desconocida por todos los gobernadores de las provincias. Su base política y económica residía tan sólo en la ciudad de Buenos Aires. En cuanto a su nacionalismo argentino bastará recordar que designó a un banquero inglés y socio personal, Mr. Hullet, cónsul argentino en Londres, lo que desagradó hasta a Canning, que no veía decoroso mezclar la política con los negocios. El método británico consistía en usar a personas distintas para cada tarea a condición de que cada una de ellas fuera útil al Imperio.
Los ingleses habían acogido con simpatía la declaración de la guerra, que obligada a Brasil a negociar la posesión de la Banda Oriental. Pero no deseaban en modo alguno una decisión en favor de brasileños o argentinos. Buscaban con su habilidad característica un equilibrio de fuerzas que permitiese a Inglaterra intervenir en el momento oportuno para obtener elegantemente la parte del león, y nunca mejor empleado el animal de la metáfora.
15. Canning y Ponsonby.
Dos hombres condujeron magistralmente la operación. Uno de ellos era Canning, en la plenitud de sus facultades, odiado y temido en las Cámaras y cuyo genio verbal brillaba como nunca. El otro era John Ponsonby, un vizconde de la nobleza irlandesa considerado "el hombre más hermoso de los tres reinos" y que había disfrutado de los favores de Lady Conyngham, amante del rey Jorge IV. El poder de fascinación del vizconde parecía demasiado grande para no alarmar al monarca, quien pidió a Canning un destino remoto a fin de que Ponsonby pudiera servir al Imperio de manera menos agradable aunque más útil que a Lady Conyngham. Canning suscitó la gratitud real enviando a Ponsonby lo más lejos posible, esto es, a Buenos Aires.
La reacción del vizconde fue explicable: "Es el lugar más horrible que haya visto y por cierto que me ahorcaría si encontrara un árbol lo bastante alto para sostenerme. Es un lugar detestable", escribía al Subsecretario del Foreign Office. Como los árboles no abundaban en la pampa, consoló su destierro sumergiéndose haste el cuello en un océano de intrigas, del cual emergió con la independencia de la Banda Oriental en la mano. Ponsonby despreciaba profundamente a los sudamericanos y apenas podía ocultarlo. Juzgaba a Dorrego un hombre corrompido y a la raza latina una forma degenerada de la especie humana. No tenía mucho que mostrar en cambio, ni de sí mismo, ni de la razón por la cual estaba en Buenos Aires, ni de la grandeza de sus jefes. Su amo y rival, Jorge IV, no era un destacado ejemplar de la nación inglesa. Hijo del Rey demente, su primera inspiración al subir al trono, fue despedir a su última amante, Lady Hertford, y presentar a la Cámara de los Lores una acusación de adulterio contra su mujer, la Reina de Inglaterra. Las muchedumbres desfilaban por las calles de Londres aullando contra el monarca, y tomando el partido de la Reina. Jorge IV, el amo del Ponsonby que miraba desde lo alto a la América del Sur, absorbido por el juicio de divorcio, recibía a sus favoritos, e intrigaba contra la Reina, "yacente cuán largo era en una bata de seda lila, la cabeza cubierta con un birrete de noche, de terciopelo, sus grandes pies desnudos [sufría de gota] tapados con un trozo de red de pura seda".
En ese momento se descubrió un complot para asesinar a todo el gabinete. Lord Liverpool, que sufría de epilepsia, aunque de ordinario era hombre de gran moderación, perdió el control de sus nervios en medio de los escándalos públicos desatados por los conflictos privados del Rey y saltaba sobre las mesas después de los banquetes. Circulaban versos mordaces contra la Reina casquivana:
"Graciosa Reina
Te imploramos que te vayas
y no peques más;
Pero si ese esfuerzo es excesivo
Lárgate- de todos modos".
16. Los lacayos de Su Majestad.
Sin duda Londres estaba muy lejos: al Río de la Plata llegaban tan sólo pagados ecos de los escándalos. Y es preciso convenir que Ponsonby sirvió a sus amos a conciencia. De acuerdo a su tradición, la política británica comenzó por sugerir a terceros que plantearan sus propias iniciativas. A la inexperiencia política de los nuevos Estados, se añadía con mayor razón la propensión de los agentes de las oligarquías regionales, interesados en los mercados europeos, en aceptar de buen grado una política hecha, elaborada por completo, por así decir, así como preferían los artículos importados a los propios.
La coincidencia de estos personajes, con frecuencia políticos de influencia decisiva en sus respectivos países, con los intereses británicos, terminó por transformarlos en simples agentes imperiales, matices más o menos. Tal era el caso de quien sería el principal instigador de la derrota política argentina, después que las Provincias Unidas habían logrado triunfar militarmente sobre el Brasil. Manuel José García era el personaje colonial más oportunista de su época. Fue hombre de confianza de todos los gobiernos porteños: de Rodríguez, Rivadavia, Dorrego y Rosas. Este último le ofreció la embajada en el Perú. ¿Y cuál era la fuerza que respaldaba a este García? Carecía de un partido político; y tampoco estaba dotado de un talento eximio. Pero había logrado afinar sorprendentes facultades para servir simultanéamente los intereses porteños y la política británica. Fue el creador de una escuela que engendró numerosos discípulos en Buenos Aires. Usaba complacido una caja de rapé guarnecida de diamantes y una plancha de oro con el retrato del insigne cornudo Jorge IV.
Estas cajitas de rapé se contaban entre las preocupaciones del representante británico en Buenos Aires, Mr. Parish, que sabía cómo endulzar el espíritu de ciertos círculos aldeanos: "Tengo el honor de manifestarle, decía Parish en una comunicación a su jefe de Londres, para conocimiento de Mr. Canning, que obsequié una de estas Cajas a M. Rivadavia en ocasión del cumpleaños de Su Majestad... No me queda ahora ninguna Caja de suficiente valor y como obsequio adecuado para tener el placer de regalarla, cuando se presente la oportunidad, al Ministro actual, M. García. Por lo tanto, tengo el honor de pedirle que tenga el bien de transmitir a Mr. Canning mi deseo que se me envíen para tal fin dos o tres Cajas más". Al parecer, la efigie del Real Cornudo ejercía una enigmática influencia sobre los Ministros cipayos del Plata. Pero abandonemos la psicología a los especialistas.
17 Intimidades no épicas de la batalla de Ituzaingó.
La ineptitud del alto mando brasileño en la guerra con las Provincia Unidas sólo fue comparable a la torpeza y corrupción del alto mando argentino. El General Alvear era una verdadera nulidad militar, un botarate dicharachero del más puro estilo porteño; pero en fanfarronería e incapacidad militar los generales del Ejército Imperial lo sobrepasaron. En esta curiosa batalla obtuvo el triunfo el ejército argentino, gracias al coronel Paz, al frente de la caballería; al coronel Iriarte que había aprendido a manejar la artillería en España; a la carga del Brandsen, que murió en el sitio, y al valor de Lavalle. Los jefes subalternos pelearon de acuerdo a su propia iniciativa, mientras el generalísimo Alvear y Soler no sabían que hacer en el campo.
Tampoco el resultado de la batalla de Ituzaingó adquirió un valor políticamente decisivo, pues Alvear pensaba solamente en los despojos de los imperiales; dejaba huir a los brasileños con su artillería y la fuerza militar intacta. En lugar de perseguir y aniquilar al exhausto ejército del Emperador, el porteño Alvear adoptó la estrategia dictada por Buenos Aires: dejar el Imperio de pie y en condiciones de negociar el destino de la Banda Oriental. "La paz se habría firmado dictando el vencedor las condiciones: la evacuación de Montevideo y de todo el territorio oriental ocupado por las tropas del Imperio, su incorporación a la República Argentina", dice Iriarte en sus Memorias.
Pero los intereses porteños buscaban desprenderse de la Banda Oriental y concentrarse en la explotación de su propia pradera y su propio puerto. Esto coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una "ciudad hanseática" en la margen oriental del río. Por esa razón el desenfadado Alvear, antes pensaba en el botín del campo de batalla que en aniquilar al ejército imperial . El generalísimo se apoderó de la vajilla de plata del marqués de Barbacena abandonada en la precipitada huída, mientras el compadrito general Soler "aligeraba los baúles del marqués". Hasta el nombre de la batalla es una invención de Alvear: "Estuvo dos días buscando en la carta un nombre bien sonante, y el de Ituzaingó fue el que más satisfizo su oído. Con más propiedad los enemigos la llaman "batalla del Paso del Rosario". Después de distribuir varios miles de cabezas de ganado entre los principales jefes militares, Alvear declaró cerrada la campaña.
18. Un diplomático colonial.
A tal generalísimo, correspondía un diplomático de la misma escuela. Manuel José García fue el hombre para la tarea. En lugar de conminar al Emperador vencido a enviar un agente a Buenos Aires para discutir los detalles de la paz y del reintegro de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, Rivadavia despachó humildemente a su Ministro García a Río de Janeiro. Las instrucciones de Rivadavia a su ministro estipulaban en su artículo 2o. que García estaba autorizado a firmar una convención preliminar o tratado "que tenga por base la devolución de dicho territorio en un Estado separado, libre e independiente, bajo las formas y reglas que sus propios habitantes eligiesen".
Es evidente que la política de Canning-Ponsonby se había impuesto categóricamente en ese vital artículo 2o. de las instrucciones, que otorgaba al enviado "argentino" el derecho de firmar la amputación de una parte del territorio histórico del antiguo Virreynato del Río de la Plata, por la dicisión de una sola de sus provincias, la de Buenos Aires. Entonces ocurrió en Río lo más inesperado. El Emperador Caballero, Pedro I, que había lanzado aquel grito de Ipiranga ("Fico", o sea "Me quedo") no se sabe todavía demasiado bien si por la independencia del Brasil con respecto a Lisboa o para seguir el llamado de la pasión que lo consumía por la marquesa de Santos, se deba humos de gran estadista. Pedro I se negó a llegar a cualquier acuerdo con García que despojase al Imperio de la posesión de la Provincia Cisplatina o Banda Oriental.
La Corte de Río se encontraba "en plena exploçao de patriotismo guerreiro". En cambio, el representante de los intereses anglo-porteños, agente del "país triunfante" en el campo de batalla, resultaba ser el pacifista de la negociación. Contra todo lo previsible, García cedió ante el marqués de Queluz, el vizconde de San Leopoldo y el marqués de Maceió, plenipotenciarios brasileños, y firmó un tratado que "ultrapasaba" las instrucciones de su gobierno, por cuyo texto la Banda Oriental continuaba siendo Provincia Cisplatina del Imperio.
19. La caída de Rivadavia.
¿Por qué causa García se había atrevido a otorgar tales concesiones al Brasil derrotado en Ituzaingó? El mismo individuo lo confesará al ministro británico en Río, Mr. Gordon. Ante todo, "la razón que urgía con más fuerza para acelerar un acuerdo, a saber, el riesgo inminente que corría la república, de desaparecer en las más completa disolución, y que el tiempo revelase, con mayor claridad, al gobierno del Brasil, nuestra deplorable situación interior; en cuyo caso difícilmente accedería a la paz sin nuevas condiciones".
En otras palabras, había que entregar al Brasil el suelo natal de Artigas para meter en caja con mayor facilidad a las provincias rebeldes. La hegemonía porteña se impodría a la fuerza y en este caso el Imperio prestaría su ayuda absorbiendo a la Banda Oriental. Ni los ingleses, ni siquiera Rivadavia, podían admitir ese arreglo que alteraba el "equilibrio en el Plata".
El país entero se levantó contra el Tratado y contra el pequeño bandido de García, con su caja de rapé y su servilismo. Ante la ola de furor en ascenso, Rivadavia desvió la cólera popular hacia García para salvarse él mismo y mantener a flote su gobierno. Debió ocultarse, pues temía por su vida. Ponsonby no las tenía todas consigo: el desatinado Presidente había hecho correr el rumor de que el enviado inglés era el responsable del desastre. Prudentemente, Ponsonby ordenó a la fragata británica Forte que se aproximara al puerto y que custodiaran la legación algunos marinos.
20. Buenos Aires y Manuel José García.
Desde Europa, el General San Martín, que conocía bien a los rivadavianos, opinaba lo siguiente del blando García: "El no tiene la culpa sino los que emplean a un hombre cuyo patriotismo no sólo es dudoso, sino que la opinión pública lo ha acusado de enemigo declarado de su patria, lo que confirmo, pues a no ser así, no se hubiera atrevido a degradarla con arbitrario y humillante tratado. Confieso que el pueblo de Buenos Aires está lleno de moderación; en cualquier otro lo hubieran descuartizado y lo merecía este bribón".
San Martín se hacía demasiadas ilusiones sobre la moderación de Buenos Aires. Esta templanza nacía de su esencial asentimiento al carácter antinacional de García. El despreciable sujeto era el producto más genuino de la ciudad contrabandista.
Nadie en Buenos Aires pensó en hacer pedazos al famoso villano. El mismo general Iriarte refiere en sus Memorias que "en Buenos Aires toda la pena que sufrió por su delito consistió en las recriminaciones de los periódicos y en el clamor público, que García despreció altamente con su impavidez acostumbrada. Tan cierto es esto que, pocos días después de su llegada, reciente todavía la impresión de su deslealtad e inicua traición, lo encontré en una de las calles más públicas de la capital y me hizo un saludo risueño que denotaba bien a las claras la más profunda indiferencia y hasta la burla por cuanto de él pudiera decirse".
21 El proyecto inglés de una ciudad hanseática en el Plata.
La última maniobra de Rivadavia resultó inútil. Debió renunciar en medio del oprobio, detestado por los argentinos y menospreciado por los ingleses, para los que se había vuelto inservible. Su voluntario exilio en el Brasil imperial era un símbolo de su política.
La obstinación del Emperador y la obsequiosidad de García habían conducido a una nueva etapa favorable para el designio británico, que consistía en rechazar tanto una Provincia Cisplatina como una Banda Oriental incorporada a las Provincias Unidas. En un arranque de insolencia característica, el ex amante de la querida del Rey Jorge IV, dijo a José María Roxas y Patrón: "La Europa no consentirá jamás que sólo dos Estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sud, desde más allá del Ecuador hasta Cabo de Hornos".
El gabinete británico, desde hacía mucho tiempo, acariciaba el proyecto de crear un Gibraltar en la Banda Oriental, un Estado independiente que sirviese de cuña entre Brasil y la Argentina y que permitiese a Gran Bretaña debilitar a ambos y disponer del mejor puerto rioplatense para su comercio. En una carta dirigida por Canning a Ponsonby, aquél definía la política inglesa en los siguientes términos: "La ciudad y territorio de Montevideo deberá independizarse definitivamente de cada país, en situación algo similar a la de las ciudades Hanseáticas en Europa".
Al mes siguiente, el mismo Canning repetía a Ponsonby las misma idea: "Como V.E. sabe, se ha sugerido que Montevideo mismo, o toda la Banda Oriental, con Montevideo por capital, sea erigida en estado separado e independiente".
Si el manejo de esta intriga complacía en extremo a Ponsonby, su estadía en Buenos Aires los sacaba de quicio: "Ningún paraje me disgutó tanto, escribía a un amigo, y suspiro cuando pienso que podré quedar aquí. Siempre tengo a Italia en la memoria para aumentar mi mortificación en esta localidad de barro y osamentas pútridas, no hay carreras, ni caminos, ni casas... ni libros, ni teatro soportables... Nada bueno no siendo carne". En otra carta a Lord Warden se quejaba del clima y, naturalmente, de la "jactancia republicana en todo su vigor. Intolerable sitio".
Pero sus éxitos políticos le hicieron olvidar pronto el polvo de Buenos Aires y las alcobas de Londres.
Pues efectivamente, la situación ofrecía contrastes que estimulaban su vocación de intrigante nato. Como el Emperador del Brasil se empecinaba en conservar la Banda Oriental, Ponsonby armó con todas sus piezas un complot para derribarlo, complot que sólo existía en su imaginación, al solo efecto de alarmar al monarca brasileño. Además, le hizo saber con toda claridad que corría el peligro de quedarse sin su armada, formada por desertores británicos, que era su principal instrumento bélico, ya que su ejército había sido deshecho por las tropas argentinas. Ponsonby le recordó al Emperador lo que era notorio: tanto la armada argentina como la brasileña estaban integradas por marinos ingleses.
Guillermo Brown, jefe de la escuadra argentina, y Lord Cochrane, el pillastre ladrón de San Martín, eran súbditos del Rey, argumentaba Ponsomby, lo mismo que la mayor parte de sus marinerías. La diferencia era que Brown se había convertido en un patriota argentino y es razonable pensar que como irlandés no sintiese un afecto especial por Inglaterra. Había 1.200 marineros ingleses en los buques brasileños. Las tripulaciones cambiaban de bando durante las operaciones bélicas, pero no de nacionalidad. El gobierno inglés, que oficiaba de "mediador" entre ambos beligerantes, poseía, como se ve, poderosos instrumentos de presión.
22. El coronel Dorrego y el cortesano Ponsonby.
Un nuevo problema había surgido para Ponsonby en la persona del reemplazante de Rivadavia. Al coronel Manuel Dorrego, gobernador de la provincia de Buenos Aires, no le agradaba el rapé, ni los diamantes, ni Ponsonby ni el Imperio Británico en general. Era un patriota educado en la escuela de las guerras de la independencia, con San Martín y Bolívar. Un hombre de esta raza pareció sorprender desagradablemente a Ponsonby, formado entre cortesanos, cortesano él mismo, acostumbrado a besar la mano de su Rey, a servir y alternar entre serviles. Dorrego había manifestado que no iría a terminar la guerra sin la reincorporación de la Banda Oariental a las Provincias Unidas.
Esta digna actitud enfureció a Lord Ponsonby, que juzgó el hecho como una clara demostración de la barbarie nativa. La nueva tarea de Ponsonby consistió en doblegar a Dorrego y al Emperador. Ya lo había instruído en ese sentido Canning, sugiriendo una espera prudente hasta que "los acontecimientos de la guerra hayan enfermado y agotado a ambas partes".
El mayor obstáculo era el patriotismo de Dorrego. Ponsonby decidió destruírlo ya que no podía corromperlo, dice aforísticamente Scalabrini Ortiz. Los recursos del gobierno de Buenos Aires para proseguir la guerra y coronarla victoriosamente provenían del Banco Nacional, creado por Rivadavia y que a pesar de su nombre estaba en manos del comercio británico de la ciudad.
Lord Dudley recibió una carta de Ponsonby en la que informaba que Dorrego ya estaba vacilando en su decisión "por falta de fondos". Ponsonby agrega maliciosamente: "Yo creo que ahora el coronel Dorrego y su gobierno están obrando sinceramente en favor de la paz. Bastaría una sola razón para justificar mi opinión: que a eso están forzados... por la negativa de la junta, de facilitarles recursos, salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas".
Poco antes, el enviado de la depravada Corte se permitía decir lo siguiente: "Es necesario que yo proceda sin un instante de demora y obligue a Dorrego a despecho de sí mismo a obrar en abierta contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que consienta en hacer la paz con el emperador... La mayor diligencia es necesaria... no sea que esta república democrática en la cual por su verdadera esencia no puede existir cosa semejante al honor, suponga que puede hallar en las nefastas intrigas de Dorrego medios de servir su avaricia y su ambición".
La ambición de Dorrego era mantener la integridad territorial de su patria, su avaricia, la orfandad en que dejaría a su familia después de su muerte. En cuanto al honor monárquico de Ponsonby, ya sabemos que se fundaba en los cuernos de Rey de Inglaterra.
23. La sospecha de los servicios gratuitos.
En una carta de Ponsonby dirigida a Canning, y que se encuentra en los archivos del Foreign Office, decía el galanteador a su jefe: "Parecería que el único remedio para los presentes males es colocar una barrera entre las partes en conflicto, y la idea sugerida en mis Instrucciones, a saber, la Independencia de la Banda Oriental, parece ofrecer la mejor (creo que la única) que pueda interponerse". La resistencia de los argentinos a estos buenos oficios irrita a Canning y le arrancan una reflexión notable: "Es una gran contrariedad que el gobierno de Buenos Aires se haya pronunciado en forma tan decidida... contra la solución media que V.E. tenía instrucciones de sugerir, consistente en erigir a Montevideo y su territorio en un Estado separado e independiente... Los habitantes de los establecimientos coloniales de España tienen mucho del carácter español, y nada hay más notable en el carácter español que su intolerancia para el consejo extranjero y las sospechas que le inspiran los servicios gratuitos"
Es perfectamente posible que varios siglos de relaciones con Inglaterra hayan infundido tal sospecha en el espíritu español. Este humor de extravagante cinismo era típico de Canning. El agente de Estados Unidos en Buenos Aires, Mr. Forbes, observa: "Mi firme opinión ha sido siempre que los ingleses codician ejercer una influencia sobre la Banda Oriental que en sus efectos sería igual a un gobierno directo colonial".
A su vez, Ponsonby escribía a Aberdeen al concluir su exitosa gestión balcanizadora: "Yo creo que el gobierno de S.M.B. podrá orientar los asuntos de esa parte de Sud América, casi como le plazca".
En definitiva, el Emperador del Brasil, jaqueado por las inacabables intrigas de Ponsonby, que estimulaba las discordias internas y lo amenazaba con dejarlo sin flota, vencieron al fin su resistencia. Dorrego fue acorralado y aceptó la paz, lo que equivalía a la pérdida de la provincia oriental y a su propia pérdida. El 1o. de diciembre de 1828 entraban a Buenos Aires las tropas que retornaban de la guerra con el Brasil. Venían al mando del general Juan Lavalle, porteño y rivadaviano. Lavalle dió un golpe de Estado y fusiló al coronel Dorrego "por su orden". La Banda Oriental se transformó en la República Oriental del Uruguay con la garantía británica.
Más de un siglo después, habrá uruguayos que hablen de una "psicología nacional uruguaya" o de la "vocación artiguista por la autonomía". Es preciso olvidar la historia para negar la evidencia, y sepultar por segunda vez a Artigas para afirmar semejante impostura. La Banda Oriental quería unirse a la Nación como provincia, pero no subordinarse a la provincia de Buenos Aires. En este dilema, los ingleses crearon la "soberanía" de un nuevo Estado, y ejercieron una decisiva influencia durante cien años en la Argentina, el Uruguay y el Brasil.
Abrumado por la tenaza británica y el boicot del Banco Nacional, Dorrego se vió obligado a firmar la paz y a consentir la creación de un Estado Oriental independiente. Al consultarlo a Rosas sobre esta solución, éste le formuló una certera y terrible profecía:"Usted ha contribuído a formar una grande estancia con el nombre de Estado del Uruguay. Y eso no se lo perdonarán a usted. Quiera Dios que no sea el pato de la boda en estas cosas".
Por su parte, Julián Segundo de Agüero, hombre de Rivadavia y que pocos días más tarde instará a Lavalle a ejecutar a Dorrego, dijo:"Nuestro hombre está perdido; él mismo se ha labrado su ruina". Era evidente que todo gobernante que firmara la aceptación de la segregación de la Banda Oriental debía arruinar su reputación. Así había ocurrido con Rivadavia y así ocurriría con Dorrego. Pero una vez establecida, la "independencia" de la Banda Oriental sería intangible. No habría peor crimen que ponerla en discusión. Ponsonby intervino directamente en la redacción de los tratados de paz con el Brasil. Su interés central era crear una barrera jurídica para impedir la reunificación de la Banda Oriental con las restantes provincias del Plata. Así escribe a Gordon: "Usted observará que he hecho en mi nota al ministro una leve alteración en el segundo artículo. Su segundo artículo dice: "El (el emperador) consiente que el nuevo estado no tenga libertad de unirse, por incorporación, a ningún otro". Yo digo: "El nuevo estado no tendrá libertad para unirse, etc.".
No cabe duda que el intrigante conocía su oficio.
24. Al día siguiente de la segregación de la Banda Oriental.
El partido unitario porteño, desalojado del poder con Rivadavia a raíz del tratado de paz firmado por García, volvía ahora al gobierno en la persona del general Juan Lavalle. Irreflexivo y fanfarrón, en sus ingenuos arranques Lavalle era capaz de reducir a sus aspectos esenciales la verdadera naturaleza de la política unitaria porteña, lo que aterraba, por su carácter despojado de toda retórica, a sus verdaderos inspiradores políticos.
Recibió Lavalle en esos días, en el Fuerte, la visita del Señor Rivadavia y de Don Julián Segundo de Agüero, aquel cura ateo y ambiguo togado que le aconsejó sibilamente el fusilamiento de Dorrego. Este Lavalle era un bárbaro: sus maestros venían a sondearlo. "Preguntóle Rivadavia qué género de relaciones entablaría con las provincias. Las provincias, exclamó Lavalle, dando fuertemente con el pie en el suelo: a las provincias, las voy a meter dentro de un zapato con 500 coraceros". "Vámonos, señor Don Julián, dijo por lo bajo Rivadavia: este hombre está loco" .
En cuanto a Ponsonby, el Imperio lo destinó poco después a Bélgica. Se había revelado como un especialista en fragmentar naciones, un "balcanizador" nato. Así fue como, designado embajador ante el aliado holandés del Imperio Británico, maniobró para obtener la separación de Bélgica como estado independiente. Lo hizo con tanta fortuna como en el Río de la Plata: claro está que fue apedreado en Bruselas. Era considerado por el abate Van Geel como "viejo diplomático de las revoluciones, iniciado, por tantos años, en su obscuro arte".
El mismo abate holandés consideraba al gabinete inglés "como pronto siempre a sacrificar gente y reyes en beneficio de sus intereses comerciales y ambiciosas vistas". El Uruguay y Bélgica brotan de la galera de Lord Ponsonby: "No en vano se la llama al Uruguay la Bélgica de la América del Sur".
La sorprendente gratitud del gobierno de Buenos Aires por la segregación de la Banda Oriental se expresó mediente el ofrecimiento al inglés de 12 leguas de campo (unas 30.000 hectáreas) en la campaña bonaerense.
Veinte años después, el viejo Lord todavía reclamaba ante el Gobernador Rosas, por medio del Dr. Lepper, dicha donación de tierras. Se regalaba tierra a quien había hecho perder el territorio.
Para Dorrego habían bastado los dos metros de tumba; para Artigas, un asilo en el Paraguay. En las viejas Provincias Unidas proseguía la disolución.

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