CAPITULO VIII
FRAGMENTACION EN EL PLATA
"La ciudad y territorio de Montevido debería independizarse
definitivamente de cada país, en situación algo similar a la de las ciudades
Hanseáticas en Europa".
Canning a Ponsonby.
El predecesor de Canning, había sido en su tiempo el verdadero político del
gabinete británico. Castlereagh era un hombre frío, poco inclinado al
"romanticismo" de las aventuras marítimas. Creía que el interés
británico en relación a las colonias españolas era puramente comercial.
Eran necesarias como mercados, en modo alguno como territorios a conquistar.
No podía descubrirse en este altivo legitimista la menor dosis de
irracionalidad romántica. La burguesía industrial había encontrado en la
vieja aristocracia el mejor agente de sus intereses. Podía dedicarse
tranquilamente a fabricar artículos de ferretería y acumular capital.
La guerra latinoamericana de independencia puso en movimiento al gabinete
británico, que hasta ese momento reducía su política ante las colonias a
cierta forma de inmovilidad expectante. Allí donde los criollos tomaban el
poder y controlaban el territorio, se abrían las puertas al comercio inglés,
a los créditos usurarios y al cónsul del Imperio. Dos razones había al
principio para esta política: la primera, eran las necesidades fiscales de
los nuevos Estados, que el comercio, libre de las trabas españolas,
satisfacía con cierta abundancia. La segunda, y no última, se fundaba en que
Gran Bretaña, en virtud de sus intereses comerciales, aparecía como el
principal obstáculo a la concertación de una Santa Alianza de la Europa
reaccionaria contra las colonias españolas.
La "anglomanía" latinoamericana de la época es preciso buscarla en
esas dos razones estrechamente vinculadas a la situación de la política
europea. De distintos orígenes se han escuchado voces que señalan a San
Martín y Bolívar como "pro-ingleses", en virtud de sus iniciales
vinculaciones con las logias masónicas españolas o británicas. Ya hemos
considerado el problema de la masonería y del liberalismo del siglo XIX en
otra parte.
También en la Alemania de 1820 estaba de moda la anglofilia. "Los
alemanes contemporáneos estaban aún llenos de admiración por
Inglaterra". Unos elogiaban el régimen constitucional; otros, su poder
marítimo; otros, la patria de Adam Smith y de Locke. Federico List la
consideraba la "nación predominante" y Marx estudiaría la
economía inglesa como su modelo de análisis del capitalismo.
Y aunque los revolucionarios hispanoamericanos no sufrieran de anglomanía,
buscaban ayuda allí donde podían encontrarla, fueran cuales fueran las
causas que motivaban esa ayuda y sin tomar en cuenta, por el momento el costo
de tal desinteresada colaboración. Para Bolívar y San Martín, la primera
condición de la lucha era la emancipación del absolutismo español y ser
independientes, unidos, si esto era posible, desunidos si esto era, por el
momento, inevitable.
1. La rivalidad anglo-yanqui en América hispánica.
La rivalidad anglo-española se manifiesta agudamente durante todo el siglo
XVIII en la disputa por el control de las Indias. Además, las contradicciones
entre Estados Unidos e Inglaterra, cuando ya España era considerada "el
enfermo de la Europa", equiparada a los turcos, asumen un abierto
carácter al comenzar las guerras de la independencia. Pues la política
británica no sólo logra insinuarse comercialmente en las colonias españolas
en el mismo momento en que los ingleses eran aliados de España durante la
guerra contra Napoleón -lo que constituía en sí mismo un prodigio de
certera ambigüedad- sino que logra desplazar a los norteamericanos del
comercio con América del Sur.
Los documentos diplomáticos y consulares del siglo XIX consignan gran parte
de la ira norteamericana ante la voracidad de sus primos ingleses. Se tendrá
en cuenta que Estados Unidos, aprovechando su condición de neutral ante las
guerras europeas, en las que estaban frecuentemente envueltas tanto España
como Inglaterra, gozaba de las ventajas que a los neutrales acordaba España
para comerciar con las Indias. De este modo, la marina mercante norteamericana
estableció estrechas relaciones mercantiles con los puertos del Pacífico, en
especial con Chile, comerció intensamente con el Caribe, Venezuela, México y
el Río de la Plata. Este comercio constituía hacia 1806 el 12% del valor
total de sus exportaciones.
La industria y el comercio norteamericano alimentaban grandes esperanzas en el
gigantesco mercado que se ofrecía sin esfuerzo en el Sur. Pero el proceso
revolucionario latinoamericano abre las puertas al comercio libre en todas las
antiguas colonias españolas. Los agentes británicos obtienen franquicias
exclusivas para sus manufacturas, que inundan el continente. Indignaban a los
yanquis los privilegios obtenidos por Inglaterra, en detrimento de todo otro
competidor. El gobierno de Buenos Aires otorgaba en 1811 trato preferencial a
los navíos británicos. En ese año, el agente norteamericano informaba a su
gobierno que lo mismo ocurría en La Guaira, Venezuela. Ilustrativo ejemplo,
en ese puerto los ingleses obtenían una reducción del 25% sobre todos los
impuestos de importación y exportación. Idéntica franquicia gozaban en
Brasil, al que se había transferido la vieja influencia inglesa sobre
Portugal, desde los felices tiempos del monstruoso tratado de Methuen. En el
Caribe, el comercio libre ejercía los mismos efectos.
2. El fundamento de la política británica.
El poder de penetración británica en América del Sur era tan irresistible
como la fuerza marítima e industrial sobre la que se apoyaba. La gran
potencia europea era formalmente indiferente a la suerte de las recién
liberadas colonias españolas; pero extraoficialmente les vendía armas (de
fuentes particulares), obtenía mercados para sus manufacturas, aumentaba los
ingresos fiscales de los jóvenes puertos sudamericanos y contenía con
diversas maniobras las tentativas reaccionarias de Europa para ayudar a
España a recobrar sus colonias.
Esta espectacular posición económica y diplomática de Gran Bretaña permite
explicar el papel que jugó durante todo el siglo XIX en la vida de América
Latina y por qué los libertadores aceptaron o buscaron su ayuda. Artigas
había desaparecido de la escena, San Martín había emigrado y Bolívar
estaba próximo a morir, cuando Gran Bretaña consuma su proeza diplomática
de separar la Banda Oriental de las viejas Provincias Unidas del Río de la
Plata.
La clásica política balcanizadora del Imperio Británico, ya practicada en
la península ibérica, encontró en las debilitadas colonias americanas una
ocasión óptima. Los ingleses se movieron sutilmente en el gran drama.
Sostuvieron la política de las oligarquías disociadoras, cuando no les
sugerían al oído la fórmula, como ocurrió con el desgarramiento de la
Banda Oriental.
Al abandonar desde Castlereagh toda política de conquista territorial en
América Latina, el gobierno británico funda su acción en la libertad
comercial irrestricta. Todos sus actos giran alrededor de esta perspectiva.
Rechazará en defensa de esa política hasta pedidos de protectorado que le
dirigieron personajes tan despreciables de la política rioplatense como el
funesto Manuel José García o el general Carlos de Alvear. Su criterio era
empírico. Ya había probado el aceite hirviente y el acero criollo en 1806.
Nada hará modificar al gabinete británico su esencial estrategia económica.
Su marina mercante le interesaba más que su marina de guerra, aunque
mantenía siempre la pólvora seca: el bloqueo anglofrancés contra Rosas,
demostrará que los gerentes dejaban su lugar a los almirantes si era preciso.
La experiencia histórica demostró que tenía razón.
3. La estructura política del virreinato.
El virreinato del Río de la Plata estaba dividido en ocho Intendencias,
según el modelo francés adoptado por los Borbones españoles. Fuera de la
Intendencia de Buenos Aires (incluyendo la Banda Oriental) estaban incluídas
en la jurisdicción virreinal las Intendencias del Paraguay (incluyendo trece
de los treinta pueblos de las Misiones); la de La Plata o sea Charcas, luego
Chuquisaca, la actual Sucre; la de Cochabamba, incluyendo Santa Cruz de la
Siera; la de La Paz; la de Potosí, con el resto del territorio altoperuano.
También eran Intendencias Córdoba y Salta. La primera incluía los
territorios de San Miguel de Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero y Catamarca.
La Intendencia de Córdoba incluía La Rioja, Mendoza, San Luis y San Juan.
Había territorios, como los de Mojos y Chiquitos, que estaban bajo el mando
directo del Virrey; otros, como Montevideo y las Misiones, bajo la forma de
gobernaciones militares, por tratarse de territorios de fronteras, en las
peligrosas relaciones con el portugués que se remontaban a siglos de
rivalidades ibéricas.
La importancia de Buenos Aires como capital del virreinato, creció con las
disposiciones administrativas de los Borbones, que la juzgaron la mejor dotada
para desempeñarse como cabeza política, militar y rentística del
virreinato: campo fértil, puerto y aduana única. De hecho, Buenos Aires era
la única ciudad marítima, por así decir, de un vasto territorio embotellado
entre Lima y el Río de la Plata. De todas las juntas revolucionarias
establecidas al estallar la revolución hispano-criolla, la de Buenos Aires
era una de las pocas que contaba con recursos suficientes para afrontar los
gastos de la guerra en forma inmediata. El establecimiento del comercio libre
inundó de mercaderías inglesas su aduana y los ingresos obraron maravillas
para justificar la separación de los controles españoles.
4. Burguesía y oligarquía ganadera.
Pero la burguesía porteña y los hacendados de los campos colindantes, las
dos clases sociales fundamentales de la Provincia-Metrópoli, asumieron
ejecutivamente un papel que las restantes Intendencias, divididas ahora en
Provincias, no le habían conferido. Buenos Aires rompió con España y
pretendió sustituírse al Rey en su hegemonía sobre las provincias
restantes.
Toda la historia de la Argentina posterior es la historia por imponer esa
hegemonía y el relato de la lucha de las provincias para rechazarla. Las
guerras civiles argentinas se fundan en esa pretensión y en la negativa de
los intereses porteños, sea con Rivadavia y Mitre, como hombres de la
burguesía comercial pro-británica, o de Rosas, como representante de los
hacendados, para aceptar la igualdad de Buenos Aires con las provincias
interiores, organizar la Nación en los límites virreinales y dividir las
rentas aduaneras entre todas sus partes. Es cierto que la Nación había sido
expresada hasta ese momento por un poder externo a América Hispánica misma,
vale decir, por la monarquía española. Al desligarse de ese vínculo, Buenos
Aires está obsesionada por el disfrute exclusivo de sus rentas y pierde de
vista al conjunto de la unidad hispano-criolla.
Su codicia será célebre, Desde los primeros años de la revolución
acariciaba la idea, pocas veces manifestada claramente, de su independencia
completa con respecto al resto del territorio hispanoamericano del que formaba
parte. Mr. Forbes, un diplomático norteamericano acreditado en Buenos Aires,
al recoger ese espíritu reinante en la capital, exponía el pensamiento de
las potencias extranjeras a ese respecto: "He insinuado la conveniencia y
ventaja que representaría para esta ciudad tratar de obtener, bajo la
garantía de las principales potencias comerciales, los privilegios de una
ciudad libre, como aquéllas de la Liga Hanseática. La posición geográfica
de Buenos Aires, mitad de camino entre Europa y el Pacífico, con la rica
campaña adyacente, podría significar a ese establecimiento un comercio
ventajoso e inmenso, completamente desligado de ataduras políticas o de
empresas dispendiosas, lo que le asegurará una moderada renta que a semejanza
de Hamburgo, llenaría las arcas públicas, mantendría un gobierno respetable
y aseguraría la felicidad y tranquilidad general".
5. Las misiones Orientales y el artiguismo.
Buenos Aires no estuvo lejos, hacia 1854, de convertirse en ese puerto franco,
grato a los intereses extranjeros y porteños. Pero sería la Banda Oriental
del Río de la Plata la que correría ese destino, empujada con todas sus
fuerzas por Buenos Aires. Cuando la revolución hispanoamericana se propaga en
todo el inmenso territorio, brota desde el fondo de las regiones fronterizas
con el Brasil un hombre singular que durante una década ejercerá la suprema
influencia sobre casi todo el actual territorio argentino, excluida Buenos
Aires. Ese hombre era José Artigas.
La historia del artiguismo se enlaza estrechamente con la desintegración de
las Misiones Jesuíticas, que había comenzado con la expulsión de los Padres
de la Compañía de Jesús en 1767. Durante los treinta años siguientes, los
indios civilizados en el Paraguay fueron secuestrados por los portugueses y
vendidos como esclavos para las plantaciones, donde murieron casi en su
totalidad; otros huyeron hacia la selva y perdieron hasta la memoria de sus
oficios y artesanías.
En las Misiones Orientales la decadencia se produjo paulatinamente, bajo la
ineptitud de las autoridades administrativas españolas, lanzadas
inmediatamente a saquear los bienes abandonados por los jesuitas. Bauzá
afirma que muchos indios de las Misiones bajaron hacia el Sur para arraigar en
la Banda Oriental como modestos labradores. Parte de los ganados cuidados por
los jesuitas irán a poblar las praderas de Río Grande del Sur, estableciendo
así la base de su economía ganadera. De este modo, las Misiones jesuíticas
estallan en mil pedazos; quedan testimonios de sus ruinas en Argentina,
Uruguay, Brasil y Paraguay. En la Banda Oriental "la mayor parte de los
usos y costumbres rurales provienen de la ganadería jesuítica", dice
Campal.
De la importancia de las Misiones Orientales puede dar una idea el hecho de
que cubrían el territorio del actual Uruguay hasta el Río Negro y
constituían un gigantesco enclave junto a la imprecisa frontera brasileña.
Cuando se ordena la expulsión de los jesuitas, el conjunto de los treinta
pueblos de las Misiones (17 pertenecientes al Río de la Plata y 13 a la
provincia del Paraguay) contaba con una población indígena cristianizada de
141.000 personas.
Al conquistar los portugueses las Misiones Orientales en 1801, quedaban en
ellas 21.000 indios. Cinco años después de la caída de Artigas, sólo
permanecían entre las ruinas 1.897 indios, entre hombre y mujeres. En 1834,
en fin, en las Misiones Orientales quedaban 372 indígenas.
6. Origen familiar de Artigas.
Artigas pertenecía a una de las 7 familias que fundan la ciudad de
Montevideo. Su abuelo, el aragonés Juan Antonio Artigas, había sido Alcalde
de la Santa Hermandad por nombramiento del primer Cabildo de Montevideo. El
futuro caudillo era la tercera generación de militares y hacendados
orientales que combatía en la frontera contra el vecino portugués; éste
invadía regularmente la Banda Oriental y fomentaba el contrabando de ganado.
Su padre, Martín José Artigas fue capitán de milicia, el más alto cargo
militar a que podía aspirar un criollo de la época.
La juventud de Artigas transcurre justamente en la frontera con el portugués.
Su carácter se forja enfrentando las correrías de los contrabandistas en el
cuerpo de Blandengues al servicio de España. La particular psicología del
hombre de frontera, con su agudo sentido de la soberanía territorial,
encuentra su más demostrativo ejemplo en la personalidad de Artigas. A este
oscuro oficial del Rey la historia la reserva una relación con otro hombre
excepcional. A fines del siglo XVIII residía en la Banda Oriental, desde
hacía veinte años, una de las grandes personalidades de la Ilustración
española, Don Félix de Azara. Era un militar y un hombre de ciencia,
naturalista, geógrafo, ingeniero y civilizador. El propósito de Azara, con
quien colabora Artigas, consiste en arraigar población en la frontera para
imprimir solidez demográfica y económica a la demarcación. Por esa razón
recomienda al Rey "dar libertad y tierras a los indios cristianos" y
"repartir las tierras en moderadas estancias de balde a los que quieran
establecerse cinco años personalmente, y no a los ausentes".
Estos últimos, habían llegado a ser grandes propietarios, sea por mercedes
reales o por favoritismos locales, aunque no eran en realidad estancieros,
sino comerciantes del puerto. El reformismo agrario de los Jovellanos parecía
asumir mayor fuerza en América que en España.
Artigas fue designado por Azara para "la tarea de repartir las mercedes
de tierra entre los pobladores. Peninsulares, criollos, indios y negros de
varia condición social y económica, fueron los pobladores".
Entre los beneficiarios abundan los apellidos guaraníticos.
7. Artigas, "Caudillo de las Misiones".
Cabe imaginar las estrechas relaciones entre el militar gaucho que distribuye
tierras y los indios cristianos de las destruídas misiones, que por primera
vez en décadas reciben apoyo del orden vigente. Pero si los indios guaraníes
fijan su atención en Artigas, también Artigas aprenderá junto a Azara la
esencia de una política agraria democrática, (en el sentido original de esta
expresión y no en su pervertido uso actual). Será muy claro para Artigas que
los guaraníes son mucho más civilizados y dignos de confianza que los
sórdidos consignatarios de cueros y astas de Montevideo, enriquecidos a costa
de la sangre y del esfuerzo de los pioneros fundadores de la ciudad161.
En los indios que se disponen a vivir riesgosamente en la gran frontera, a
defenderla y a trabajar la tierra, Artigas advierte a los civilizadores; en la
burocracia española que desdeña los informes de Azara, un carácter obtuso y
formalista que resultará fatal a la integridad territorial; en los grandes
comerciantes montevideanos, propietarios de inmensas rinconadas, un
parasitismo venal que le repugna. Cuando los portugueses se apoderan en 1801
de las Misiones Orientales, la colonización iniciada por Azara y Artigas, es
destruída por los esclavistas, sin que los militares españoles reaccionen.
Al levantar en 1811 las bandera de la revolución, detrás de Artigas se
alistarán los indios misioneros. El caudillo indígena de las Misiones,
Andrés Guaycurarí, será el hijo adoptivo de Artigas. Desde entonces el
célebre e indomable Andresito firmará como Andrés Artigas. Los indios de
las Misiones llaman al caudillo Caraí-Guazú.
8. La revolución agraria.
Al ponerse en marcha la revolución artiguista, al odio concentrado de godos,
porteños y portugueses se añadirá la alarma de los grandes comerciantes y
estancieros de Montevideo, que rechazan sus repartos de tierra. Artigas
faculta a sus oficiales, como Fernando Otorgués, Encarnación Benítez, el
mulato Gay y otros, a entregar campos de españoles o enemigos de la patria.
Ninguna política podía ser peor para la gran burguesía del Puerto.
En ese hecho decisivo se funda la defección de la clase estanciera y de sus
principales lugartenientes, como Fructuoso Rivera, que capitula ante el
portugués. Toda la burguesía comercial de Montevideo y todos los estancieros
que no deseaban vivir en la campaña, traicionan a Artigas y a la Banda
Oriental. Es la misma "gente decente" que recibirá al general Lecor
bajo palio cuando las tropas portuguesas se apoderan de la ciudad y se
arrodillará ante el Emperador del Brasil. Con Artigas, nieto del fundador de
Montevideo, quedarán tan solo los paisanos pobres y los indios guaraníes.
Todo lo cual explica que durante casi todo el siglo XIX se impondrá en el
Uruguay la locución "más malo que Artigas" y la formación de su
leyenda negra. Mitre, López y la historiografía del separatismo porteño
lapidará como "bárbaro" al caudillo que consideró hermanos a los
indios y se propuso hacer de la Banda Oriental una provincia en el seno de la
Nación sudamericana.
9. La década artiguista.
Su acción militar y política se prolonga sólo diez años. Inicia la lucha
contra los absolutistas españoles en la Banda Oriental y los gauchos,
hacendados e indios que lo siguen lo proclaman "Jefe de los
Orientales". Al mismo tiempo, los portugueses, con la sombra británica
que los había seguido hasta América, aprovechan las dificultades del reino
de España e invaden la Banda Oriental.
Artigas se vuelve contra ellos, después de vencer a los españoles. Esta
titánica lucha se complica por la resistencia de los gobiernos de Buenos
Aires a prestarle su ayuda. Por el contrario, facilitan la acción portuguesa
ante la ira de Artigas y de todas las provincias. Los diputados orientales
artiguistas a los Congresos convocados por Buenos Aires son rechazados. Su
caudillo es infamado en la prensa porteña y su cabeza puesta a precio. Los
propios estancieros orientales, que en el primer período artiguista lo
habían acompañado, lo abandonan. Sólo compone su ejército una muchedumbre
de paisanos andrajosos e indios indómitos descendientes de aquellos
guaraníes de las Misiones jesuíticas. Uno o dos letrados, y secretarios que
escriben al dictado en campamentos móviles, difunden las proclamas, bandos,
manifiestos y correspondencia que sostiene con los jefes revolucionarios del
Nuevo Mundo el jefe oriental.
Su prestigio se propaga más allá de su provincia natal. Las nuevas
provincias que surgen después del dominio español -Santa Fe, Corrientes,
Entre Ríos, las Misiones, Córdoba- le otorgan el título de "Protector
de los Pueblos Libres". ¿Por qué este amor y por qué aquel odio?
Artigas es el único caudillo de las guerras de la Independencia que combina
en su lucha la unidad de la Nación con la revolución agraria y el
proteccionismo industrial en los territorios bajo su mando.
Todo era elemental, pero nítido en este movimiento popular revolucionario
nacido en la Banda Oriental y que buscaba crear la Nación dentro de los
límites del viejo Virreynato. Al no aceptar la hegemonía de Buenos Aires, y
al esgrimir semejante programa, Artigas debía sufrir la agresión de los
intereses porteños y extranjeros, que eran poco más o menos lo mismo, según
se verá luego. Buenos Aires adula y corrompe a uno de sus lugartenientes de
Entre Ríos, como antes sus estancieros y lugartenientes de la Banda Oriental
habían accedido a las insinuaciones de los portugueses.
Derrotado en Tacuarembó por los veteranos portugueses de las guerras
napoleónicas, perfectamente armados y con una abrumadora superioridad
material, Artigas se repliega hacia Entre Ríos. Allí lo espera para
traicionarlo uno de sus oficiales, Francisco Ramírez, que sobornado por el
dinero de Buenos Aires, le asesta el golpe final. Sin darle tiempo a
rehacerse, pues toda la campaña del interior argentino engendraba en pocos
días ejércitos artiguistas, Ramírez emprende la persecución del gran
caudillo, que, perdido ya, se interna en las selvas paraguayas y se acoge a la
protección del Dr. José Gaspar de Francia, Supremo Dictador.
La ocupación portuguesa de la Banda Oriental y la pérdida del puerto de
Montevideo, descalabra el sistema federal de los pueblos asociados a Artigas
en la lucha contra la hegemonía de Buenos Aires. Los pueblos del Litoral se
veían obligados a buscar un acuerdo con Buenos Aires, dueña del único
puerto en condiciones de comerciar. En este hecho, señala Reyes Abadie, se
encuentra la base material de la traición de Ramírez al Protector de los
Pueblos Libres.
Es en 1820. En el Paraguay permanece Artigas durante 30 años, donde muere
después de ver desvanecida la esperanza de una Nación unificada. Pues en su
solar nativo, en la Banda Oriental, justamente, la perfidia angloporteña
fundará en esa provincia, otra "Nación". Vencido e indomable, ya
muy anciano, Artigas responderá con una frase tajante a la invitación de
algunos amigos para regresar a la Banda Oriental después que esa tierra
habíase transformado en "Estado Independiente" bajo la forma de
República Oriental del Uruguay: "Ya no tengo patria". Había
fracasado en reunir a las provincias del Plata en Nación y rehusaba volver a
su provincia convertida en "patria".
La admisión de Artigas como "héroe nacional" fue muy lenta en el
Uruguay. La oligarquía se resistió largo tiempo a beatificar al caudillo que
había repartido tierras a gauchos e indios. Finalmente, cuando se resolvió a
hacerlo, amputó a Artigas de las Provincias Unidas del Río de la Plata y lo
convirtió en prócer de una de ellas. Los ingleses fueron más categóricos.
En The Cambridge Modern History, de 1949, que estudian los alumnos de la
célebre universidad, se definía a Artigas como "jefe de
contrabandistas, bandido y degollador" que introducía a sus enemigos en
sacos de cuero cosidos y los arrojaba desde lo alto de la meseta del
Hervidero. Esto ya lo habían descubierto hacía mucho tiempo los
historiadores porteños de la Argentina, Mitre y Vicente Fidel López.
Al caer derrotado Artigas por las intrigas de Buenos Aires, las tropas
portuguesas ocupan la Banda Oriental y la incorporan al Imperio pro-británico
bajo el nombre de "Provincia Cisplatina". La sumisión de la Corte
Imperial del Río a Gran Bretaña no necesita ser demostrada, pues está
expuesta en toda la historia europea y americana de las relaciones de la Casa
de Braganza con el Imperio Británico. Traídos a América por la flota
británica poco menos que a la fuerza, frente a la invasión napoleónica, los
Braganza no habían cambiado su mansedumbre bajo el flujo del nuevo clima.
10. De la fragmentación ibérica al misterioso Brasil.
Los gallegos habían colonizado la "terra portucalis", nombre que se
extendió luego por todo el reino. Allí nace la sólida comunidad
lingüística y literaria de la región galaico-portuguesa. En el siglo IX el
conde Vimara Pérez conquistó Oporto; posteriormente la ciudad se repobló
con gallegos. "Esa colonización, escribe Sánchez Albornoz, agrupó en
una comunidad histórica, a horcajadas sobre el Duero, antigua divisoria entre
lusitanos y gallegos, tierras situadas entre el Ave y el Vouga".
Luego, la cuña que Inglaterra introdujo entre España y Portugal, utilizando
las inevitables intrigas dinásticas, perpetuó la división entre los dos
reinos. La unidad nacional ibérica quedó destruída durante siglos. El
antagonismo se trasladó al Nuevo Mundo, mediante los buenos oficios
británicos. El tratado de Tordesillas trazó la línea jurídica del abismo
que habría de separar al futuro Brasil de sus vecinos hispanoamericanos. El
propio Brasil se convirtió en una punta de lanza británica contra el resto
de la nación latinoamericana, mientras ésta era empujada por el mismo amo
imperial contra el Brasil. Los latinoamericanos fueron excluídos de la
intensa vida histórica brasileña; ignoraron sus héroes y conflictos, sus
pensadores y sus revoluciones, que permanecieron enclaustrados detrás de las
inmensas fronteras.
La "balcanización" adquiriría con respecto al Brasil un carácter
particularmente acusado, facilitada por la lengua portuguesa, mucho menos
leída en América Latina que el francés, el inglés o el alemán. Este mismo
hecho indica la profundidad del aislamiento y las claras razones históricas
que lo han forjado. Hasta nuestros días, el conjunto de la historia
brasileña aparece oscurecido por una idea tan falsa como difundida: el Brasil
Imperial y esclavista constituía todo el Brasil, pues las luchas populares,
las sublevaciones de esclavos, los motines militares, las tendencias
separatistas y las ideas revolucionarias permanecían ocultas bajo la
imponente fachada de los Braganza. El imperialismo y las oligarquías
indígenas habían señalado a los latinoamericanos exclusivamente las
tropelías portuguesas, el servilismo imperial hacia Inglaterra y la
inmutabilidad de Itamaraty. De esta manera, el Brasil se convertía en el
Estado más misterioso y exótico de una América Latina
"balcanizada" que se desconocía a sí misma.
11. El Brasil insurreccional.
Al comenzar el siglo XIX el Imperio portugués había quedado reducido a su
gran colonia americana y a sus enclaves africanos, simples proveedores de
carne humana para las plantaciones. Económicamente, de la simple recolección
del palo brasil se había pasado al cultivo de la caña de azúcar, al
algodón, al tabaco y finalmente al café, que llegará a dominar la vida
brasileña. Pero la base de esa economía, no se modifica con la creación del
Imperio brasileño y la ruptura con Portugal, será la esclavitud.
La separación entre la pequeña sociedad brasileña más o menos blanca, con
sus reaccionarios y liberales, sus plantadores y escritores, sus marqueses y
libre-pensadores y la masa productiva del país, era radical. Los esclavos
negros no tenían voz, ni prensa pero la República de los Palmares, en los
confines de la selva, organizada por los negros fugados de las plantaciones,
probaba que no eran esclavos resignados.
En 1789 estallaba la Inconfidencia Baiana, que postulaba una aleación
singular de libertad política e ingualitarismo económico. En 1817, la
Inconfidencia Insurreccional de Pernambuco reunía a "igualitarios
roussonianos, Robespierre o Marat nativos, como el Padre Joao Ribeiro, y no
solamente anglófilos como Domingos José Martins, americanófilos como
Cabugá".
Los temas fundamentales de nuestro tiempo, la independencia nacional, la
justicia social, la autoconciencia crítica de los pueblos coloniales, estaban
presentes en uno de los inspiradores de la Confederación del Ecuador, creada
en 1824. Decía Fray Joaquín do Amor Divino Caneca: "Sólo hay un
partido, que es el de la libertad civil y de la felicidad del pueblo, y todo
lo que se aparte de esto debe ser rechazado enérgicamente... Brasil no es
Europa, su clima, su posición geográfica, la extensión de su territorio, el
carácter moral de su pueblo, sus costumbres y todas las demás circunstancias
deben influir en el futuro de su constitución ... nuestra constitución ha de
ser brasileña en cuerpo y espíritu... no queremos para Brasil una
constitución adaptada al espíritu político de Europa".
El tambaleante Imperio generaba separatismo: así estalla otra revolución en
1838-40, la Balaiada, que adopta el nombre de su jefe el indio Balaio y
proclama en la provincia de Marañón un programa republicano y
antiportugués. Cinco mil muertos quedaron como saldo de este movimiento. Para
la misma época estallaba en Pará la revolución de los Cabanos: fue también
sangrientamente aplastada. La revolución de los Farrapos, que establece la
República de Piratiní durante diez años (1835) al mando de Benito Goncalvez
en Río Grande del Sur, mantiene en jaque a los ejércitos imperiales. Hacia
el Norte, en Bahía, se levanta en armas la Sabinada, así llamada por su
caudillo Sabino, que es ahogada en sangre al precio de 1.200 muertos.
En el mismo año del Manifiesto Comunista, en 1848, se realiza en Pernambuco
la revolución Praiera, que planteaba la nacionalización del comercio
minorista en manos de los portugueses. En fin, hacia fines del siglo XIX la
represión contra la comunidad mística inspirada por un notable poseso
llamado Antonio Conselherio, conocida como la rebelión de Canudos, está ya
incorporada a la literatura épica de América Latina: las letras brasileñas
han recogido esos episodios donde la ingenua fe de los campesinos
espontáneamente revolucionarios enfrentó a las tropas regulares de la
República positivista fundada en el latifundio.
12. El Brasil británico.
Pero desde Río de Janeiro, donde se instala la despavorida Corte de Lisboa,
el Brasil no presenta espectáculos tan desagradables. La cautivante bahía y
el despilfarro de los señores portugueses en su dorado exilio del trópico,
alejan todos los malos pensamientos. Por lo tanto, hasta Río ha llegado la
flota y el apoyo del gran amigo inglés. Ahora comienza el siglo británico en
el estilo de vida de la ruda sociedad brasileña: la Corte portuguesa y los
importadores ingleses educarán a los dueños de plantación. Los sombreros
redondos reemplazan a los sombreros de tres picos. Las costumbres británicas
se aclimatan al trópico. Hace su aparición la gobernanta inglesa; los
parlamentarios adoptarán el estilo oratorio de Westminster. La porcelana, el
carruaje y la magnesia británica hacen furor. En 1808 se cuentan en Brasil
más de 100 firmas inglesas.
En pago del apoyo brindado por el gobierno británico a la salvación de la
familia real portuguesa, los Braganza firman en 1810, desde Río, un tratado
con Gran Bretaña. Según Canning, por ese acuerdo los ingleses
"recibían importantes concesiones comerciales a expensas del
Brasil" en cambio "de los beneficios políticos importantes
conferidos a la Madre Patria".
El más desenfrenado librecambio queda instaurado. La invasión de
mercaderías inglesas no estará exenta de sorpresas para el público. El
importador inglés Luccok recibe en su recalentada oficina de Río de Janeiro
patines para hielo, de que estaban abarrotadas las fábricas inglesas por el
bloqueo continental de Napoleón. Junto a esa pacotilla invendible, que
ocasiona en los primeros años del tratado la ruina de algunos comerciantes
británicos, llegan asimismo instrumentos de matemáticas en cantidad capaz de
"abastecer a la nación europea más esclarecida durante años".
Así mismo, Luccock recibe desde Inglaterra billeteras para hombres, en un
país donde no existía el papel moneda y donde los caballeros no llevaban
dinero consigo debido a su peso, dejando el cuidado de su carga a los esclavos
que lo acompañaban.
Pero la anglofilia general de la Corte Imperial no significaba en modo alguno
que los Braganza no persiguiesen sus propios fines políticos en América.
Cuando estos fines chocaban con la política inglesa, eran generalmente
desechados; en caso contrario, la Corte de Río despedía de sus salones un
raro espíritu bélico. Tal era el caso de la Banda Oriental y de la lucha
contra Artigas.
13. La Provincia Cisplatina y los Braganza.
Ya en la época de las invasiones inglesas y cuando era notoria la impotencia
de España, la Corte de Río creyó llegado el momento de apoderarse de la
Banda Oriental, sueño largamente acariciado por los hacendados de Río Grande
que buscaban los pastos tiernos y el clima templado de la próxima frontera.
Dieron el primer paso con un enviado a Buenos Aires, Don Francisco Javier
Curado, quien ofreció en nombre de Portugal tomar a las provincias del Río
de la Plata, en especial a la margen oriental, bajo su protección,
"guardándoles sus fueros, garantiendo su comercio y un olvido de lo
pasado por parte de sus aliados los ingleses; que estas proposiciones tenían
por objeto el evitar la efusión de sangre, y que de no ser aceptadas haría
causa común con su poderoso aliado contra el pueblo de Buenos Aires y todo el
Virreynato".
Estas bravuconas que emitió el Príncipe Regente del Brasil, Don Juan,
mirando de reojo a su "poderoso aliado", no prosperaron en ese
momento. Luego, al abrirse el comercio libre en Brasil para las manufacturas
británicas, el Príncipe cumplió diligentemente con las instrucciones que
Canning había ordenado a su embajador en Río, Lord Strangford, las de
"hacer del Brasil un emporio para las manufacturas británicas destinadas
al consumo de toda la América del Sur".
La obsequiosidad del Braganza no era puramente lírica. El príncipe no era
ajeno a las duras realidades de la vida. También le agradaba hurgar los
bolsillos de su "poderoso aliado".
Después de recibir para sus gastos 600.000 libras esterlinas procedentes de
Londres, el Príncipe accedió a firmar un tratado con Inglaterra que otorgaba
una preferencia especial del 15% a las mercaderías británicas ingresadas al
Brasil. El tratado tenía una duración de quince años, pero de la
ambigüedad inglesa de su texto podía inferirse un carácter permanente. Era
un nuevo tratado de Methuen para uso brasileño. La docilidad del Príncipe
era admirable. En todo problema importante quería conocer el pensamiento de
Gran Bretaña a fin de adaptarse a él, decía al vizconde Strangford,
embajador de Inglaterra. "Agregó Su Alteza -informaba confidencialmente
Strangford a su jefe el vizconde Castlereagh-, que al hacer esta
manifestación no abrigaba ningún temor de dar la impresión de menoscabar su
dignidad como soberano independiente, ya que la experiencia le había
enseñado que compartir enteramente el punto de vista de Gran Bretaña era no
sólo la más segura, sino la más honorable política que podría
seguir...".
Era, pues, este Imperio manipulado por Inglaterra el que ocupaba la tierra
artiguista. Para enfrentarlo, un puñado de artiguistas concibió una empresa
insensata, como todo sueño heroico. Era un grupo de 33 hombres, los treinta y
tres orientales. Invadieron una noche clara la Banda Oriental. Los antiguos
oficiales de Artigas levantaron al pueblo de la campaña contra el ocupante
brasileño. Encabezaban la lucha Juan Antonio Lavalleja y sus 32 camaradas.
Los viejos soldados del Protector montaron a caballo y batieron a las tropas
del Imperio.
14. El Congreso de la Florida.
Reunidos los pueblos orientales en el Congreso de la Florida, procamaron su
reincorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta
declaración volvió inevitable la guerra con el Brasil, ¿Y Buenos Aires? En
la ciudad porteña pugnan por el poder todas las fracciones políticas. Domina
la escena el partido de Bernardino Rivadavia, nuestro conocido personaje,
untuoso y quimérico, servil con las potencias extranjeras y despótico con
los gauchos. Considerado por los liberales cipayos como "hombre del
porvenir", o como individuo "que se adelantó a su tiempo", en
realidad es un "hombre del pasado", un puro sobrevivido. Habíase
educado en las tradiciones dieciochescas de la nobleza borbónica. Pertenecía
a la escuela del conde Floridablanca y de los hombres del "despotismo
ilustrado" que había hecho su hora. Reducido a su parroquia portuaria,
todo en él era ridículo, menos los resultados de su política.
En Rivadavia se reconocían los tenderos y comerciantes del Puerto. Su
política tendía a la creación de una factoría próspera, indiferente a las
provincias interiores y absorto ante el espectáculo de Europa. Hubiera sido
el perfecto Intendente de la ciudad hanseática por la que suspiraban los
agentes extranjeros. Pero la presión de las provincias y de las tendencias
nacionales de la campaña bonaerense se había vuelto irresistible y el
gobernador Las Heras debió declarar la guerra. Las tropas argentinas a cuya
formación habían concurrido esta vez todas las provincias, dejando a un lado
las diferencias con Buenos Aires, derrotan de manera aplastante a las fuerzas
imperiales en la batalla de Ituzaingó.
La Banda Oriental, ¿quedaba salvada para las Provincias Unidas? Habría que
verlo. El gobierno británico desde hacía mucho tiempo que se oponía tanto a
la exigencia legítima de los orientales de integrarse en las viejas
Provincias Unidas, como a la desmesurada ambición del Imperio del Brasil de
extender su dominio a la Banda Oriental. Por lo demás, coincidiendo con la
victoria en la guerra contra el Brasil, se había apoderado de la Presidencia
mediante un golpe de Estado (parlamentario) Don Bernardino Rivadavia.
Naturalmente, su investidura fue desconocida por todos los gobernadores de las
provincias. Su base política y económica residía tan sólo en la ciudad de
Buenos Aires. En cuanto a su nacionalismo argentino bastará recordar que
designó a un banquero inglés y socio personal, Mr. Hullet, cónsul argentino
en Londres, lo que desagradó hasta a Canning, que no veía decoroso mezclar
la política con los negocios. El método británico consistía en usar a
personas distintas para cada tarea a condición de que cada una de ellas fuera
útil al Imperio.
Los ingleses habían acogido con simpatía la declaración de la guerra, que
obligada a Brasil a negociar la posesión de la Banda Oriental. Pero no
deseaban en modo alguno una decisión en favor de brasileños o argentinos.
Buscaban con su habilidad característica un equilibrio de fuerzas que
permitiese a Inglaterra intervenir en el momento oportuno para obtener
elegantemente la parte del león, y nunca mejor empleado el animal de la
metáfora.
15. Canning y Ponsonby.
Dos hombres condujeron magistralmente la operación. Uno de ellos era Canning,
en la plenitud de sus facultades, odiado y temido en las Cámaras y cuyo genio
verbal brillaba como nunca. El otro era John Ponsonby, un vizconde de la
nobleza irlandesa considerado "el hombre más hermoso de los tres
reinos" y que había disfrutado de los favores de Lady Conyngham, amante
del rey Jorge IV. El poder de fascinación del vizconde parecía demasiado
grande para no alarmar al monarca, quien pidió a Canning un destino remoto a
fin de que Ponsonby pudiera servir al Imperio de manera menos agradable aunque
más útil que a Lady Conyngham. Canning suscitó la gratitud real enviando a
Ponsonby lo más lejos posible, esto es, a Buenos Aires.
La reacción del vizconde fue explicable: "Es el lugar más horrible que
haya visto y por cierto que me ahorcaría si encontrara un árbol lo bastante
alto para sostenerme. Es un lugar detestable", escribía al Subsecretario
del Foreign Office. Como los árboles no abundaban en la pampa, consoló su
destierro sumergiéndose haste el cuello en un océano de intrigas, del cual
emergió con la independencia de la Banda Oriental en la mano. Ponsonby
despreciaba profundamente a los sudamericanos y apenas podía ocultarlo.
Juzgaba a Dorrego un hombre corrompido y a la raza latina una forma degenerada
de la especie humana. No tenía mucho que mostrar en cambio, ni de sí mismo,
ni de la razón por la cual estaba en Buenos Aires, ni de la grandeza de sus
jefes. Su amo y rival, Jorge IV, no era un destacado ejemplar de la nación
inglesa. Hijo del Rey demente, su primera inspiración al subir al trono, fue
despedir a su última amante, Lady Hertford, y presentar a la Cámara de los
Lores una acusación de adulterio contra su mujer, la Reina de Inglaterra. Las
muchedumbres desfilaban por las calles de Londres aullando contra el monarca,
y tomando el partido de la Reina. Jorge IV, el amo del Ponsonby que miraba
desde lo alto a la América del Sur, absorbido por el juicio de divorcio,
recibía a sus favoritos, e intrigaba contra la Reina, "yacente cuán
largo era en una bata de seda lila, la cabeza cubierta con un birrete de
noche, de terciopelo, sus grandes pies desnudos [sufría de gota] tapados con
un trozo de red de pura seda".
En ese momento se descubrió un complot para asesinar a todo el gabinete. Lord
Liverpool, que sufría de epilepsia, aunque de ordinario era hombre de gran
moderación, perdió el control de sus nervios en medio de los escándalos
públicos desatados por los conflictos privados del Rey y saltaba sobre las
mesas después de los banquetes. Circulaban versos mordaces contra la Reina
casquivana:
"Graciosa Reina
Te imploramos que te vayas
y no peques más;
Pero si ese esfuerzo es excesivo
Lárgate- de todos modos".
16. Los lacayos de Su Majestad.
Sin duda Londres estaba muy lejos: al Río de la Plata llegaban tan sólo
pagados ecos de los escándalos. Y es preciso convenir que Ponsonby sirvió a
sus amos a conciencia. De acuerdo a su tradición, la política británica
comenzó por sugerir a terceros que plantearan sus propias iniciativas. A la
inexperiencia política de los nuevos Estados, se añadía con mayor razón la
propensión de los agentes de las oligarquías regionales, interesados en los
mercados europeos, en aceptar de buen grado una política hecha, elaborada por
completo, por así decir, así como preferían los artículos importados a los
propios.
La coincidencia de estos personajes, con frecuencia políticos de influencia
decisiva en sus respectivos países, con los intereses británicos, terminó
por transformarlos en simples agentes imperiales, matices más o menos. Tal
era el caso de quien sería el principal instigador de la derrota política
argentina, después que las Provincias Unidas habían logrado triunfar
militarmente sobre el Brasil. Manuel José García era el personaje colonial
más oportunista de su época. Fue hombre de confianza de todos los gobiernos
porteños: de Rodríguez, Rivadavia, Dorrego y Rosas. Este último le ofreció
la embajada en el Perú. ¿Y cuál era la fuerza que respaldaba a este
García? Carecía de un partido político; y tampoco estaba dotado de un
talento eximio. Pero había logrado afinar sorprendentes facultades para
servir simultanéamente los intereses porteños y la política británica. Fue
el creador de una escuela que engendró numerosos discípulos en Buenos Aires.
Usaba complacido una caja de rapé guarnecida de diamantes y una plancha de
oro con el retrato del insigne cornudo Jorge IV.
Estas cajitas de rapé se contaban entre las preocupaciones del representante
británico en Buenos Aires, Mr. Parish, que sabía cómo endulzar el espíritu
de ciertos círculos aldeanos: "Tengo el honor de manifestarle, decía
Parish en una comunicación a su jefe de Londres, para conocimiento de Mr.
Canning, que obsequié una de estas Cajas a M. Rivadavia en ocasión del
cumpleaños de Su Majestad... No me queda ahora ninguna Caja de suficiente
valor y como obsequio adecuado para tener el placer de regalarla, cuando se
presente la oportunidad, al Ministro actual, M. García. Por lo tanto, tengo
el honor de pedirle que tenga el bien de transmitir a Mr. Canning mi deseo que
se me envíen para tal fin dos o tres Cajas más". Al parecer, la efigie
del Real Cornudo ejercía una enigmática influencia sobre los Ministros
cipayos del Plata. Pero abandonemos la psicología a los especialistas.
17 Intimidades no épicas de la batalla de Ituzaingó.
La ineptitud del alto mando brasileño en la guerra con las Provincia Unidas
sólo fue comparable a la torpeza y corrupción del alto mando argentino. El
General Alvear era una verdadera nulidad militar, un botarate dicharachero del
más puro estilo porteño; pero en fanfarronería e incapacidad militar los
generales del Ejército Imperial lo sobrepasaron. En esta curiosa batalla
obtuvo el triunfo el ejército argentino, gracias al coronel Paz, al frente de
la caballería; al coronel Iriarte que había aprendido a manejar la
artillería en España; a la carga del Brandsen, que murió en el sitio, y al
valor de Lavalle. Los jefes subalternos pelearon de acuerdo a su propia
iniciativa, mientras el generalísimo Alvear y Soler no sabían que hacer en
el campo.
Tampoco el resultado de la batalla de Ituzaingó adquirió un valor
políticamente decisivo, pues Alvear pensaba solamente en los despojos de los
imperiales; dejaba huir a los brasileños con su artillería y la fuerza
militar intacta. En lugar de perseguir y aniquilar al exhausto ejército del
Emperador, el porteño Alvear adoptó la estrategia dictada por Buenos Aires:
dejar el Imperio de pie y en condiciones de negociar el destino de la Banda
Oriental. "La paz se habría firmado dictando el vencedor las
condiciones: la evacuación de Montevideo y de todo el territorio oriental
ocupado por las tropas del Imperio, su incorporación a la República
Argentina", dice Iriarte en sus Memorias.
Pero los intereses porteños buscaban desprenderse de la Banda Oriental y
concentrarse en la explotación de su propia pradera y su propio puerto. Esto
coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una
"ciudad hanseática" en la margen oriental del río. Por esa razón
el desenfadado Alvear, antes pensaba en el botín del campo de batalla que en
aniquilar al ejército imperial . El generalísimo se apoderó de la vajilla
de plata del marqués de Barbacena abandonada en la precipitada huída,
mientras el compadrito general Soler "aligeraba los baúles del
marqués". Hasta el nombre de la batalla es una invención de Alvear:
"Estuvo dos días buscando en la carta un nombre bien sonante, y el de
Ituzaingó fue el que más satisfizo su oído. Con más propiedad los enemigos
la llaman "batalla del Paso del Rosario". Después de distribuir
varios miles de cabezas de ganado entre los principales jefes militares,
Alvear declaró cerrada la campaña.
18. Un diplomático colonial.
A tal generalísimo, correspondía un diplomático de la misma escuela. Manuel
José García fue el hombre para la tarea. En lugar de conminar al Emperador
vencido a enviar un agente a Buenos Aires para discutir los detalles de la paz
y del reintegro de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, Rivadavia
despachó humildemente a su Ministro García a Río de Janeiro. Las
instrucciones de Rivadavia a su ministro estipulaban en su artículo 2o. que
García estaba autorizado a firmar una convención preliminar o tratado
"que tenga por base la devolución de dicho territorio en un Estado
separado, libre e independiente, bajo las formas y reglas que sus propios
habitantes eligiesen".
Es evidente que la política de Canning-Ponsonby se había impuesto
categóricamente en ese vital artículo 2o. de las instrucciones, que otorgaba
al enviado "argentino" el derecho de firmar la amputación de una
parte del territorio histórico del antiguo Virreynato del Río de la Plata,
por la dicisión de una sola de sus provincias, la de Buenos Aires. Entonces
ocurrió en Río lo más inesperado. El Emperador Caballero, Pedro I, que
había lanzado aquel grito de Ipiranga ("Fico", o sea "Me
quedo") no se sabe todavía demasiado bien si por la independencia del
Brasil con respecto a Lisboa o para seguir el llamado de la pasión que lo
consumía por la marquesa de Santos, se deba humos de gran estadista. Pedro I
se negó a llegar a cualquier acuerdo con García que despojase al Imperio de
la posesión de la Provincia Cisplatina o Banda Oriental.
La Corte de Río se encontraba "en plena exploçao de patriotismo
guerreiro". En cambio, el representante de los intereses anglo-porteños,
agente del "país triunfante" en el campo de batalla, resultaba ser
el pacifista de la negociación. Contra todo lo previsible, García cedió
ante el marqués de Queluz, el vizconde de San Leopoldo y el marqués de
Maceió, plenipotenciarios brasileños, y firmó un tratado que
"ultrapasaba" las instrucciones de su gobierno, por cuyo texto la
Banda Oriental continuaba siendo Provincia Cisplatina del Imperio.
19. La caída de Rivadavia.
¿Por qué causa García se había atrevido a otorgar tales concesiones al
Brasil derrotado en Ituzaingó? El mismo individuo lo confesará al ministro
británico en Río, Mr. Gordon. Ante todo, "la razón que urgía con más
fuerza para acelerar un acuerdo, a saber, el riesgo inminente que corría la
república, de desaparecer en las más completa disolución, y que el tiempo
revelase, con mayor claridad, al gobierno del Brasil, nuestra deplorable
situación interior; en cuyo caso difícilmente accedería a la paz sin nuevas
condiciones".
En otras palabras, había que entregar al Brasil el suelo natal de Artigas
para meter en caja con mayor facilidad a las provincias rebeldes. La
hegemonía porteña se impodría a la fuerza y en este caso el Imperio
prestaría su ayuda absorbiendo a la Banda Oriental. Ni los ingleses, ni
siquiera Rivadavia, podían admitir ese arreglo que alteraba el
"equilibrio en el Plata".
El país entero se levantó contra el Tratado y contra el pequeño bandido de
García, con su caja de rapé y su servilismo. Ante la ola de furor en
ascenso, Rivadavia desvió la cólera popular hacia García para salvarse él
mismo y mantener a flote su gobierno. Debió ocultarse, pues temía por su
vida. Ponsonby no las tenía todas consigo: el desatinado Presidente había
hecho correr el rumor de que el enviado inglés era el responsable del
desastre. Prudentemente, Ponsonby ordenó a la fragata británica Forte que se
aproximara al puerto y que custodiaran la legación algunos marinos.
20. Buenos Aires y Manuel José García.
Desde Europa, el General San Martín, que conocía bien a los rivadavianos,
opinaba lo siguiente del blando García: "El no tiene la culpa sino los
que emplean a un hombre cuyo patriotismo no sólo es dudoso, sino que la
opinión pública lo ha acusado de enemigo declarado de su patria, lo que
confirmo, pues a no ser así, no se hubiera atrevido a degradarla con
arbitrario y humillante tratado. Confieso que el pueblo de Buenos Aires está
lleno de moderación; en cualquier otro lo hubieran descuartizado y lo
merecía este bribón".
San Martín se hacía demasiadas ilusiones sobre la moderación de Buenos
Aires. Esta templanza nacía de su esencial asentimiento al carácter
antinacional de García. El despreciable sujeto era el producto más genuino
de la ciudad contrabandista.
Nadie en Buenos Aires pensó en hacer pedazos al famoso villano. El mismo
general Iriarte refiere en sus Memorias que "en Buenos Aires toda la pena
que sufrió por su delito consistió en las recriminaciones de los periódicos
y en el clamor público, que García despreció altamente con su impavidez
acostumbrada. Tan cierto es esto que, pocos días después de su llegada,
reciente todavía la impresión de su deslealtad e inicua traición, lo
encontré en una de las calles más públicas de la capital y me hizo un
saludo risueño que denotaba bien a las claras la más profunda indiferencia y
hasta la burla por cuanto de él pudiera decirse".
21 El proyecto inglés de una ciudad hanseática en el Plata.
La última maniobra de Rivadavia resultó inútil. Debió renunciar en medio
del oprobio, detestado por los argentinos y menospreciado por los ingleses,
para los que se había vuelto inservible. Su voluntario exilio en el Brasil
imperial era un símbolo de su política.
La obstinación del Emperador y la obsequiosidad de García habían conducido
a una nueva etapa favorable para el designio británico, que consistía en
rechazar tanto una Provincia Cisplatina como una Banda Oriental incorporada a
las Provincias Unidas. En un arranque de insolencia característica, el ex
amante de la querida del Rey Jorge IV, dijo a José María Roxas y Patrón:
"La Europa no consentirá jamás que sólo dos Estados, el Brasil y la
Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del
Sud, desde más allá del Ecuador hasta Cabo de Hornos".
El gabinete británico, desde hacía mucho tiempo, acariciaba el proyecto de
crear un Gibraltar en la Banda Oriental, un Estado independiente que sirviese
de cuña entre Brasil y la Argentina y que permitiese a Gran Bretaña
debilitar a ambos y disponer del mejor puerto rioplatense para su comercio. En
una carta dirigida por Canning a Ponsonby, aquél definía la política
inglesa en los siguientes términos: "La ciudad y territorio de
Montevideo deberá independizarse definitivamente de cada país, en situación
algo similar a la de las ciudades Hanseáticas en Europa".
Al mes siguiente, el mismo Canning repetía a Ponsonby las misma idea:
"Como V.E. sabe, se ha sugerido que Montevideo mismo, o toda la Banda
Oriental, con Montevideo por capital, sea erigida en estado separado e
independiente".
Si el manejo de esta intriga complacía en extremo a Ponsonby, su estadía en
Buenos Aires los sacaba de quicio: "Ningún paraje me disgutó tanto,
escribía a un amigo, y suspiro cuando pienso que podré quedar aquí. Siempre
tengo a Italia en la memoria para aumentar mi mortificación en esta localidad
de barro y osamentas pútridas, no hay carreras, ni caminos, ni casas... ni
libros, ni teatro soportables... Nada bueno no siendo carne". En otra
carta a Lord Warden se quejaba del clima y, naturalmente, de la
"jactancia republicana en todo su vigor. Intolerable sitio".
Pero sus éxitos políticos le hicieron olvidar pronto el polvo de Buenos
Aires y las alcobas de Londres.
Pues efectivamente, la situación ofrecía contrastes que estimulaban su
vocación de intrigante nato. Como el Emperador del Brasil se empecinaba en
conservar la Banda Oriental, Ponsonby armó con todas sus piezas un complot
para derribarlo, complot que sólo existía en su imaginación, al solo efecto
de alarmar al monarca brasileño. Además, le hizo saber con toda claridad que
corría el peligro de quedarse sin su armada, formada por desertores
británicos, que era su principal instrumento bélico, ya que su ejército
había sido deshecho por las tropas argentinas. Ponsonby le recordó al
Emperador lo que era notorio: tanto la armada argentina como la brasileña
estaban integradas por marinos ingleses.
Guillermo Brown, jefe de la escuadra argentina, y Lord Cochrane, el pillastre
ladrón de San Martín, eran súbditos del Rey, argumentaba Ponsomby, lo mismo
que la mayor parte de sus marinerías. La diferencia era que Brown se había
convertido en un patriota argentino y es razonable pensar que como irlandés
no sintiese un afecto especial por Inglaterra. Había 1.200 marineros ingleses
en los buques brasileños. Las tripulaciones cambiaban de bando durante las
operaciones bélicas, pero no de nacionalidad. El gobierno inglés, que
oficiaba de "mediador" entre ambos beligerantes, poseía, como se
ve, poderosos instrumentos de presión.
22. El coronel Dorrego y el cortesano Ponsonby.
Un nuevo problema había surgido para Ponsonby en la persona del reemplazante
de Rivadavia. Al coronel Manuel Dorrego, gobernador de la provincia de Buenos
Aires, no le agradaba el rapé, ni los diamantes, ni Ponsonby ni el Imperio
Británico en general. Era un patriota educado en la escuela de las guerras de
la independencia, con San Martín y Bolívar. Un hombre de esta raza pareció
sorprender desagradablemente a Ponsonby, formado entre cortesanos, cortesano
él mismo, acostumbrado a besar la mano de su Rey, a servir y alternar entre
serviles. Dorrego había manifestado que no iría a terminar la guerra sin la
reincorporación de la Banda Oariental a las Provincias Unidas.
Esta digna actitud enfureció a Lord Ponsonby, que juzgó el hecho como una
clara demostración de la barbarie nativa. La nueva tarea de Ponsonby
consistió en doblegar a Dorrego y al Emperador. Ya lo había instruído en
ese sentido Canning, sugiriendo una espera prudente hasta que "los
acontecimientos de la guerra hayan enfermado y agotado a ambas partes".
El mayor obstáculo era el patriotismo de Dorrego. Ponsonby decidió
destruírlo ya que no podía corromperlo, dice aforísticamente Scalabrini
Ortiz. Los recursos del gobierno de Buenos Aires para proseguir la guerra y
coronarla victoriosamente provenían del Banco Nacional, creado por Rivadavia
y que a pesar de su nombre estaba en manos del comercio británico de la
ciudad.
Lord Dudley recibió una carta de Ponsonby en la que informaba que Dorrego ya
estaba vacilando en su decisión "por falta de fondos". Ponsonby
agrega maliciosamente: "Yo creo que ahora el coronel Dorrego y su
gobierno están obrando sinceramente en favor de la paz. Bastaría una sola
razón para justificar mi opinión: que a eso están forzados... por la
negativa de la junta, de facilitarles recursos, salvo para pagos mensuales de
pequeñas sumas".
Poco antes, el enviado de la depravada Corte se permitía decir lo siguiente:
"Es necesario que yo proceda sin un instante de demora y obligue a
Dorrego a despecho de sí mismo a obrar en abierta contradicción con sus
compromisos secretos con los conspiradores y que consienta en hacer la paz con
el emperador... La mayor diligencia es necesaria... no sea que esta república
democrática en la cual por su verdadera esencia no puede existir cosa
semejante al honor, suponga que puede hallar en las nefastas intrigas de
Dorrego medios de servir su avaricia y su ambición".
La ambición de Dorrego era mantener la integridad territorial de su patria,
su avaricia, la orfandad en que dejaría a su familia después de su muerte.
En cuanto al honor monárquico de Ponsonby, ya sabemos que se fundaba en los
cuernos de Rey de Inglaterra.
23. La sospecha de los servicios gratuitos.
En una carta de Ponsonby dirigida a Canning, y que se encuentra en los
archivos del Foreign Office, decía el galanteador a su jefe: "Parecería
que el único remedio para los presentes males es colocar una barrera entre
las partes en conflicto, y la idea sugerida en mis Instrucciones, a saber, la
Independencia de la Banda Oriental, parece ofrecer la mejor (creo que la
única) que pueda interponerse". La resistencia de los argentinos a estos
buenos oficios irrita a Canning y le arrancan una reflexión notable: "Es
una gran contrariedad que el gobierno de Buenos Aires se haya pronunciado en
forma tan decidida... contra la solución media que V.E. tenía instrucciones
de sugerir, consistente en erigir a Montevideo y su territorio en un Estado
separado e independiente... Los habitantes de los establecimientos coloniales
de España tienen mucho del carácter español, y nada hay más notable en el
carácter español que su intolerancia para el consejo extranjero y las
sospechas que le inspiran los servicios gratuitos"
Es perfectamente posible que varios siglos de relaciones con Inglaterra hayan
infundido tal sospecha en el espíritu español. Este humor de extravagante
cinismo era típico de Canning. El agente de Estados Unidos en Buenos Aires,
Mr. Forbes, observa: "Mi firme opinión ha sido siempre que los ingleses
codician ejercer una influencia sobre la Banda Oriental que en sus efectos
sería igual a un gobierno directo colonial".
A su vez, Ponsonby escribía a Aberdeen al concluir su exitosa gestión
balcanizadora: "Yo creo que el gobierno de S.M.B. podrá orientar los
asuntos de esa parte de Sud América, casi como le plazca".
En definitiva, el Emperador del Brasil, jaqueado por las inacabables intrigas
de Ponsonby, que estimulaba las discordias internas y lo amenazaba con dejarlo
sin flota, vencieron al fin su resistencia. Dorrego fue acorralado y aceptó
la paz, lo que equivalía a la pérdida de la provincia oriental y a su propia
pérdida. El 1o. de diciembre de 1828 entraban a Buenos Aires las tropas que
retornaban de la guerra con el Brasil. Venían al mando del general Juan
Lavalle, porteño y rivadaviano. Lavalle dió un golpe de Estado y fusiló al
coronel Dorrego "por su orden". La Banda Oriental se transformó en
la República Oriental del Uruguay con la garantía británica.
Más de un siglo después, habrá uruguayos que hablen de una
"psicología nacional uruguaya" o de la "vocación artiguista
por la autonomía". Es preciso olvidar la historia para negar la
evidencia, y sepultar por segunda vez a Artigas para afirmar semejante
impostura. La Banda Oriental quería unirse a la Nación como provincia, pero
no subordinarse a la provincia de Buenos Aires. En este dilema, los ingleses
crearon la "soberanía" de un nuevo Estado, y ejercieron una
decisiva influencia durante cien años en la Argentina, el Uruguay y el
Brasil.
Abrumado por la tenaza británica y el boicot del Banco Nacional, Dorrego se
vió obligado a firmar la paz y a consentir la creación de un Estado Oriental
independiente. Al consultarlo a Rosas sobre esta solución, éste le formuló
una certera y terrible profecía:"Usted ha contribuído a formar una
grande estancia con el nombre de Estado del Uruguay. Y eso no se lo
perdonarán a usted. Quiera Dios que no sea el pato de la boda en estas
cosas".
Por su parte, Julián Segundo de Agüero, hombre de Rivadavia y que pocos
días más tarde instará a Lavalle a ejecutar a Dorrego, dijo:"Nuestro
hombre está perdido; él mismo se ha labrado su ruina". Era evidente que
todo gobernante que firmara la aceptación de la segregación de la Banda
Oriental debía arruinar su reputación. Así había ocurrido con Rivadavia y
así ocurriría con Dorrego. Pero una vez establecida, la
"independencia" de la Banda Oriental sería intangible. No habría
peor crimen que ponerla en discusión. Ponsonby intervino directamente en la
redacción de los tratados de paz con el Brasil. Su interés central era crear
una barrera jurídica para impedir la reunificación de la Banda Oriental con
las restantes provincias del Plata. Así escribe a Gordon: "Usted
observará que he hecho en mi nota al ministro una leve alteración en el
segundo artículo. Su segundo artículo dice: "El (el emperador)
consiente que el nuevo estado no tenga libertad de unirse, por incorporación,
a ningún otro". Yo digo: "El nuevo estado no tendrá libertad para
unirse, etc.".
No cabe duda que el intrigante conocía su oficio.
24. Al día siguiente de la segregación de la Banda Oriental.
El partido unitario porteño, desalojado del poder con Rivadavia a raíz del
tratado de paz firmado por García, volvía ahora al gobierno en la persona
del general Juan Lavalle. Irreflexivo y fanfarrón, en sus ingenuos arranques
Lavalle era capaz de reducir a sus aspectos esenciales la verdadera naturaleza
de la política unitaria porteña, lo que aterraba, por su carácter despojado
de toda retórica, a sus verdaderos inspiradores políticos.
Recibió Lavalle en esos días, en el Fuerte, la visita del Señor Rivadavia y
de Don Julián Segundo de Agüero, aquel cura ateo y ambiguo togado que le
aconsejó sibilamente el fusilamiento de Dorrego. Este Lavalle era un
bárbaro: sus maestros venían a sondearlo. "Preguntóle Rivadavia qué
género de relaciones entablaría con las provincias. Las provincias, exclamó
Lavalle, dando fuertemente con el pie en el suelo: a las provincias, las voy a
meter dentro de un zapato con 500 coraceros". "Vámonos, señor Don
Julián, dijo por lo bajo Rivadavia: este hombre está loco" .
En cuanto a Ponsonby, el Imperio lo destinó poco después a Bélgica. Se
había revelado como un especialista en fragmentar naciones, un
"balcanizador" nato. Así fue como, designado embajador ante el
aliado holandés del Imperio Británico, maniobró para obtener la separación
de Bélgica como estado independiente. Lo hizo con tanta fortuna como en el
Río de la Plata: claro está que fue apedreado en Bruselas. Era considerado
por el abate Van Geel como "viejo diplomático de las revoluciones,
iniciado, por tantos años, en su obscuro arte".
El mismo abate holandés consideraba al gabinete inglés "como pronto
siempre a sacrificar gente y reyes en beneficio de sus intereses comerciales y
ambiciosas vistas". El Uruguay y Bélgica brotan de la galera de Lord
Ponsonby: "No en vano se la llama al Uruguay la Bélgica de la América
del Sur".
La sorprendente gratitud del gobierno de Buenos Aires por la segregación de
la Banda Oriental se expresó mediente el ofrecimiento al inglés de 12 leguas
de campo (unas 30.000 hectáreas) en la campaña bonaerense.
Veinte años después, el viejo Lord todavía reclamaba ante el Gobernador
Rosas, por medio del Dr. Lepper, dicha donación de tierras. Se regalaba
tierra a quien había hecho perder el territorio.
Para Dorrego habían bastado los dos metros de tumba; para Artigas, un asilo
en el Paraguay. En las viejas Provincias Unidas proseguía la disolución.
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