Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO IX

EL CONGRESO DE PANAMA

"Tenho orgulho de chamar-me un dos libertadores de Venezuela e dos da Nova Granada, e sem usar das minhas veneras. Faço garbo des minhas cruzes de Boyacá e de Porto Cabello, e no meu nobre escudo de Carabobo. Tenho e conservo o busto de ouro do Libertador, que ele mesmo me deu como un diploma muito honroso".
General José Inacio de Abreu e Lima al General Páez.

"¡Bolívar, que ya se había llevado un girón de territorio argentino! ¡Bolívar, que creando y libertando a Bolivia, la había sometido a su mando! ¡Bolívar, que libertando al Perú, se había investido del mando supremo! ¡Bolívar, libertador de Colombia, unificada por él, pero gobernada por él! ¡Bolívar, el soñador de la Confederación Continental; el convocador de los Anfictiones del Istmo de Panamá, entre los cuales se había deslizado como un augurio la idea de crear una autoridad "sublime" (es la palabra), para presidir, sin duda, al continente confederado! ¡Bolívar, cuya ambición era más grande que su gloria, que era muy grande, y que no había recatado en las conversaciones de Chuquisaca ni sus malquerencias argentinas, ni su voluntad de hacer y de deshacer desde los Andes hasta el Plata, desde el Plata hasta el Amazonas!".
Andrés Lamas

"Mi sentir respecto de él (Bolívar) es que si la libertad hubiera de bajar y personificarse, no buscaría otro templo que el corazón de él".
Coronel Manuel Dorrego.

Al día siguiente de fundar Colombia, Bolívar puso en práctica su propósito de iniciar la Confederación de los nuevos Estados hispanoamericanos. La idea de reunirlos en un Congreso en el Istmo de Panamá cobró forma. Designó a don Joaquín Mosquera ministro plenipotenciario y encargado de negocios ante los gobiernos del Sur para gestionar el envío de representantes al Istmo. Las dificultades de transporte de la época y la suerte varia de la guerra arrastraron el proyecto desde 1821 hasta 1826, en que logró al fin realizarse la reunión. Bolívar se había despojado para esa época de toda ilusión de construir un gran Imperio hispanocriollo, esa idea tenaz que frecuentó el espíritu de los diputados americanos en las Cortes de Cádiz de 1811.
1. La política de Chile y Perú.
Si América no podía confederarse con España, la historia le imponía confederar todos sus Estados. Mosquera salió de viaje para esa misión, Bolívar le confió una carta para el Director Supremo de Chile: "La asociación de los cinco Estados de América es tan sublime en sí misma, que no dudo vendrá a ser motivo de asombro para la Europa".
Con O'Higgins se entendieron perfectamente. Se firmó un tratado del mismo tenor que con el Perú, comprometiéndose ambos países a que los nacidos en dichas repúblicas serían considerados como ciudadanos en ambas y podrían ejercer todos los cargos, excepto la primera magistratura. Las mercancías y buques de los Estados firmantes tendrían tarifas preferenciales; los puertos de ambos territorios se abrirían a los corsarios de los países contratantes. En cuanto a la jurisdicción de los tribunales marítimos, se haría extensiva a ambos países. En caso de invasión extranjera sería permitido a los aliadas auxiliar al país invadido, sin previo aviso.
En el Perú, tal tratado con Colombia se debía a la inmensa influencia bolivariana. En cuanto a Chile, muchos de sus hombres más notable, como Juan Egaña, sostenían tales puntos de vista desde el año 10. En un proyecto alusivo de 1825 Egaña argumentaba: "Es forzoso repeler la fuerza por la fuerza, es forzoso que a la denominada Santa Alianza de los príncipes agresores se oponga la sagrada confederación de los pueblos ofendidos".
Sin embargo, Egaña, a diferencia de Bolívar, se proponía incluir en la Confederación hispanoamericana a EE.UU., Grecia y Portugal, intimidado por el peligro de la Santa Alianza en el momento que daba forma a su proyecto.
2. Cómo reciben los porteños la invitación al Congreso de Panamá.
El embajador colombiano Mosquera pasó de Chile a Buenos Aires. Aunque el general Rodríguez desempeñaba la gobernación de esa provincia, el político influyente en su gobierno era el célebre protoporteño Rivadavia.
Mosquera fue acogido por Rivadavia con una indiferencia glacial. "Lo americano" no era buena musica para los oídos del que en esos momentos abandonaba a San Martín en el Perú sin prestarle el menor auxilio.
Si el gobierno rivadaviano consideraba a los agentes de las provincias argentinas en Buenos Aires como pertenecientes al cuerpo diplomático extranjero, es fácil imaginar su juicio sobre los hijos de Colombia que venían, como el embajador Mosquera, a incomodar a los porteños con sus utopías hispanoamericanas. Nada bueno podía esperar en Buenos Aires el enviado del fabuloso y absorbente Bolívar cuando La Gaceta, órgano oficial del gobierno, aplaudía la muerte del caudillo salteño Güemes, baluarte del frente patriota ante el ejército del Rey, aunque simultáneamente adversario de la oligarquía agodada de Salta.
En el periódico oficial de Rivadavia, La Gaceta de Buenos Aires, se escribía: "Llegó el cirujano Castellanos con la noticia de la muerte del abominable Güemes... Ya tenemos un caudillo menos que atormente el país y parece que a su turno van a caer los demás".
Cuatro meses después de despedir como un intruso al comandante Gutiérrez de la Fuente, Rivadavia se veía obligado a recibir a don Joaquín Mosquera. Llegó a Buenos Aires el 21 de enero de 1823. En su informe a Adams, el agente diplomático norteamericano Forbes profetizaba: "Tengo pocas esperanzas de que logre éxito y convenza a este Gobierno de que debe participar en una gran confederación".
Mosquera se mantuvo reservado con Forbes en relación a los fines de su misión. Esto obedecía al propósito de Bolívar de mantener al margen del Congreso de Panamá a Estados Unidos.
Por otra parte, Mosquera designó representante diplomático ante el gobierno de Buenos Aires al Deán Funes, hombre de Córdoba, vinculado con el caudillo Bustos, y políticamente inclinado a defender la causa de las provincias pobres en la rica ciudad separatista. Adversario natural de Rivadavia, el Deán Funes fue cuestionado por su "doble" condición de ciudadano de las Provincias Unidas del Río de la Plata y agente diplomático de Colombia. Ante esta argucia porteña, el Deán, que consideraba a Hispanoamérica "la patria común" escribía: "Yo estoy resuelto a renunciarlo todo, y a pedir al gobierno de Colombia mi carta de ciudadanía, siempre que me halle digno de ella, y se me pongan estas trabas".
3. Rivadavia niega apoyo al Congreso.
Mosquera entregó a Rivadavia la carta de invitación al Congreso de Panamá. El pomposo borbónico hizo esperar durante un mes por su respuesta al enviado de Bolívar. Forbes comenta: "(Mosquera) tiene buenos motivos para no estar muy satisfecho con su recepción personal y oficial. Nadie, que yo sepa, le ha brindado su hospitalidad".
Finalmente, Mosquera firmó con el gobierno porteño, el 10 de marzo, un tratado inocuo, que Mosquera calificó de "preliminar", pues Rivadavia le había argumentado que las relaciones de Buenos Aires con las restantes provincias no le permitían otra cosa que un acuerdo general sobre los objetivos de los Estados americanos: independencia y cesación de la Guerra. Mosquera se fue con las manos vacías.
Eso fue todo. Cuando Bolívar, desde Pativilca, envió una circular a los gobiernos ratificando su invitación para el Congreso de Panamá, el gobernador de Buenos Aires era el general Las Heras y su ministro, Manuel José García, aquél que "tenía el alma fría para las cosas de la patria".
Ambos se dirigieron al Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires para soliciatarle una ley que autorizara al Poder Ejecutivo a designar dos representantes de Buenos Aires ante el Congreso. El pedido del gobierno se fundaba, explícitamente, en limitar el alcance de los poderes confederales que el Congreso de Panamá podía asumir en el orden económico y político. Se aludía expresamente a la necesidad de garantizar la "libre concurrencia de la industria y la inviolabilidad de la propiedad" en las decisiones de Panamá.
Pero la Asamblea Constituyente de Buenos Aires rechazó la sanción de una ley y autorizó al gobierno a enviar dos representantes a la reunión hispanoamericana.
En tales momentos y sin consultar a las provincias del Interior, el Congreso dominado por los rivadavianos, quintaesencia de los intereses del gran puerto y de los importadores europeos, da un golpe de estado "jurídico" y proclama Presidente de una República inconstituída a Bernardino Rivadavia. Ni bien se sienta en el sillón augusto que hará célebre, el peligro de una Confederación hispanoamericana dirigida por un profeta armado tan peligroso como Bolívar asalta su espíritu.
Sin perder un minuto, y sin perder tampoco su solemnidad, el Presidente Rivadavia subió a la severa carroza oficial, arrastrada por cuatro caballos y seguido de su escolta oficial, se dirigió al domicilio de Mister Forber, el Ministro de Estados Unidos en Buenos Aires. Rivadavia se encontraba irresoluto y lleno de prevenciones hacia la convocatoria al Congreso de Panamá. Forbes lo tranquilizó.
Informó al Presidente argentino que los Estados Unidos no enviarían delegados a Panamá, sino sólo un observador con fines comerciales. Rivadavia "expresó satisfacción por la decisión del Presidente de los Estados Unidos, agregando que él no enviaría Ministro alguno al contemplado Congreso; "porque", dijo, "he decidido no apartarme un ápice de la senda de los Estados Unidos, quienes, por la sabiduría y experiencia de su Gabinete, como por su gran fuerza y carácter nacional, deberían tomar la dirección de la política americana".
Con su habitual obsecuencia ante los poderosos, Rivadavia resolvía no usar la autorización que sus propios diputados le habían conferido para concurrir a Panamá. No fue pequeña su sorpresa cuando días más tarde, recibió la visita de otro Mister, más importante que el anterior. Era Mr. Parish, representante de la Corona Británica, quien le informó que Gran Bretaña, sumida en hondas cavilaciones para saber qué provecho podía sacar de ese extraño Congreso que los ingleses no manejaban, había resuelto enviar un observador a Panamá.
Rivadavia cambió en el acto la actitud que había comunicado un mes antes al Ministro Forbes. Su servilismo espontáneo actuó a la perfección.
Parish informó a Canning que Rivadavia le había dicho: "La presencia de un agente británico sería la mejor garantía para todos los nuevos Estados que concurrieran al mismo y no vacilaba en afirmar que inmediatamente determinaría a este Gobierno a enviar a un Plenipotenciario a Panamá, lo que en forma alguna había podido resolver anteriormente: que las anteriores ideas del Gobierno de Buenos Aires eran bien conocidas... pero que la decisión de Gran Bretaña y de los Estados Unidos... alteraba materialmente las miras y sentimientos de este Gobierno acerca de esa asamblea".
De tales besamanos con los ministros anglo-sajones, resultó designado representante porteño ante el Congreso de Panamá, Don José Miguel Díaz Vélez, residente entonces en el Alto Perú y que finalmente no concurrió a Panamá. Rivadavia, por otra parte, estaba muy ocupado con su Presidencia haciendo negocios particulares con las minas de Famatina, asociado a Hullet Brothers de Londres.
El agente yanqui Forbes, que todo lo miraba con una triste envidia, escribía desconsolado a sus superiores: "Entre tanto, los capitalistas ingleses en Londres y en esta ciudad hacen rápidos progresos para convertirse en los verdaderos amos de ese país... El Banco, que ellos controlan, tiene créditos hipotecarios sobre muchas casas de esta ciudad. Son los ingleses tenedores también de gran parte de los títulos nacionales... Todo indica que esta Provincia, se convertirá pronto en una verdadera colonia británica, exenta de los gastos y responsabilidad del Gobierno, pero sujeta a influencias políticas y morales equivalentes".
¡Como para pensar Rivadavia en el Congreso de Panamá! Hasta el propio Forbes estaba preso de la gran red inglesa: sus sueldos diplomáticos pagados por la Secretaría de Estado norteamericana le eran liquidados por medio de la Banca Baring Brothers de Londres.
4. Un juicio de Sucre sobre Buenos Aires.
Estas actitudes merecían a Sucre, tan moderado por lo demás, un juicio tajante sobre los porteños: "No en balde los aborrecen en estas provincias tanto como a los Españoles".
En una carta dirigida a Monteagudo, Bolívar comentaba la actitud de Rivadavia: "Vd. debe saber que el gobierno de su patria de Vd. ha rehusado entrar en federación con pretextos de debilidad con respecto al poder federal y de imperfección con respecto a la organización... De suerte que, como las uvas están altas, están agrias; y nosotros somos ineptos porque ellos son anárquicos: esta lógica es admirable, y más admirable aún el viento pampero que ocupa el cerebro de aquel ministro".
Es justamente a este Rivadavia que el general Bartolomé Mitre, presidente e historiador cuasi mítico de la oligarquía argentina y de sus aliados de izquierda y derecha , considerará como digno oponente de Bolívar. Toda la burguesía comercial del puerto, desde Rivadavia a Mitre, hasta nuestros días, expondrá en cada momento su profunda aversión a la unión latinoamericana.
5. El separatista Mitre juzga al unificador Bolívar.
El clásico historiador de la oligarquía porteña dirá: "Bolívar con su ejército triunfante acampaba en la frontera norte de la República Argentina, lleno de gloria, de ambición y de soberbia. Fundaba allí, dándolo su nombre, una república oligárquica con una presidencia vitalicia, un sistema de elección hereditario para la transmisión del poder, y una constitución casi monárquica, la cual debía servir de modelo a las tres repúblicas a la sazón sometidas a su espada.
Soñando ser el gran potector o regulador supremo de una hegemonía continental, había convocado su Congreso de anfictiones en Panamá para formar una Confederación Americana ... meditando subordinar a su poderío las Provincias Unidas, conquistar el Paraguay y derribar el único trono levantado en América... Estas amenazas y estos proyectos encontraban eco simpático en el partido de oposición a Rivadavia, así en Buenos Aires como en las provincias, cuyos jefes iban a pedir a Bolívar sus inspiraciones en Chuquisaca, mientras su nombre resonaba en los disturbios de Tarija y Córdoba; y la prensa opositora propiciaba su intervención armada, declarando que la República Argentina era incapaz de ser libre y triunfar por sí sola del emperador del Brasil ni organizarse sin el genio de América como por autonomasia se le llamaba.
Fue entonces que Rivadavia, poniéndose al frente del gobierno supremo de las Provincias Unidas, aceptó el reto y dijo con resolución: '¡Ha llegado el momento de oponer los principios a la espada!'. Esta actitud salvó en aquella ocasión el porvenir de las instituciones verdaderamente republicanas en la América Meridional".
Envueltos en el énfasis oratorio de esta prosa detestable, pueden distinguirse los "principios" de Rivadavia: el separatismo de los intereses porteños, su conservatismo borbónico, sus negocios privados con los ingleses protegidos por su cargo oficial, su traición a la revolución americana. Es de estricta justicia decir que Mitre pertenecía a esa escuela. Aplicó los "principios" a sangre y fuego en el exterminio del Paraguay en 1865.
6. La reacción de México.
El Ministro de Relaciones Exteriores de México era en esa época Don Lucas Alamán, antiguo Diputado a las Cortes de Cádiz. Españolizante y proteccionista, partidario de la unidad hispanoamericana (si era posible, aún con España) y socialmente conservador, Alamán aparece como uno de los personajes más notables de la primera época revolucionaria. En cierto sentido era un sobreviviente del mercantilismo español, adherido al viejo orden, aunque envuelto a pesar suyo en el huracán revolucionario. Deseaba para México, ante la alarmante proximidad de Estados Unidos, una política exterior flexible que le permitiese respaldarse en el poder europeo de Gran Bretaña, sin aproximarse demasiado a la órbita del poderoso vecino. Si sus relaciones económicas con los intereses mineros británicos eran estrechas, ésta no es la razón suficiente de su política, como sugiere malignamente el historiador yanqui Whitaker, al que parecen desagradarle los intereses imperialistas que no sean norteamericanos.
Estaba tan lejos Alamán de ser un anglófilo, como insinúa Whitaker, que su acción política lo define como al verdadero creador de la industria mexicana. Era profundamente católico y antiliberal; políticamente un conservador, tan desconfiado como Bolívar del sufragio universal y de la democracia. Pero en las condiciones sociales de la época, heredadas de la Colonia, Alamán se revela como uno de los más excepcionales promotores del progreso económico de México. Había un impedimento esencial en su política, sin embargo: era imposible crear un vasto mercado interno para la industria mexicana, protegida por Alamán, si no se eliminaba la supervivencia de la estructura latifundista. Alamán ni soñó con la revolución agraria.
Las industrias que alentó y fundó debían necesariamente chocar con los estrechos límites de un mercado interno reducido a las pequeñas ciudades de México. Cabe decir que si Alamán no se planteaba la resolución de la cuestión agraria, pues erigía el concepto de la propiedad en algo sacro, y a la Iglesia mexicana, poderosa terrateniente, como un cuerpo intocable, México tardaría un siglo en afrontar el problema. Ni el verboso liberalismo mexicano posterior a Alamán lograría nada en materia agraria; por el contrario, sería librecambista, estableciendo así una contradicción viva entre su proclamado "progresismo" ideológico y las fuerzas motrices reales del crecimiento mexicano.
7. Ingleses y yanquis en la política mexicana.
La convocatoria del Congreso de Panamá inquietó tanto a los ingleses como a los norteamericanos. En México, el representante diplomático de Estados Unidos era nuestro viejo conocido Joel Robert Poinsett, antiguo consejero y amigo de José Miguel Carrera, el infortunado caudillo chileno. Poinsett era típico diplomático yanqui de la era anterior al poder mundial de los Estados Unidos. Todos sus quebraderos de cabeza se originaban en sus sistemáticas derrotas ante la diplomacia inglesa en la América del Sur. El cruel destino de Poinsett lo persiguió de Chile a México, adonde llegó tan sólo para caer en la trampa de las intrigas británicas.
Inglaterra ya estaba sólidamente instalada en la economía y la política de ese país. Poinsett, como le había ocurrido en Chile, se estrelló una y otra vez contra esa fuerza sutil. El propósito de México era contribuir al Congreso de Panamá y establecer una unión aduanera latinoamericana sin la admisión de los Estados Unidos. Poinsett se debatió inútilmente por quebrar esta política. Esa fue su primera tarea. La segunda consistía en reemplazar a Gran Bretaña en la influencia que ésta ejercía en México. Fracasó en las dos. Los ingleses, como lo demuestra la documentación del Foreing Office, no sabían exactamente qué actitud adoptar ni qué ventaja obtener con el Congreso, esa sorprendente invención de Bolívar.
El primero y más funesto error de Poinsett, en el que incurriría temerariamente toda la diplomacia yanqui en adelante, fue inmiscuirse directamente en las luchas políticas internas de México, Así, tomó partido contra el Presidente Victoria, apoyándose en algunos diputados del Congreso. Como por lo demás, Poinsett tenía un criterio ambiguo en la distinción entre los negocios de Estado y los intereses mercantiles personales, toda su actividad asumía un carácter sospechoso ante la opinión pública. Al advertir que los ingleses habían usado de las Logias masónicas para extender su influencia sobre los patriotas en el primer período de la Independencia, Poinsett se propuso imitarlos, aunque con mala fortuna.
Creó Logias masónicas dirigidas contra las potencias europeas "pero muy especialmente contra Gran Bretaña", decía el agente británico al Foreign Office. Y añadía: "No creo, sin embargo, que el plan tenga éxito fuera de la capital, pues tal es la execración que se ha infundido al pueblo por el nombre de Francmasón en el interior, que debe ser un hombre audaz quien primero intente introducirlo en cualquiera de los Estados".
Las imprudencias de Poinsett no tenían término: se atrevió a declarar a su adversario, el agente británico, que "era absurdo suponer que el Presidente de los Estados Unidos llegara a firmar un tratado (el que iría a firmarse en Panamá) por el cual ese país quedaría excluído de una federación de la cual él debería ser el jefe". Naturalmente, el interlocutor se encargó de difundir en los medios mexicanos las palabras de Poinsett. Para culminar su hábil política, Poinsett fue sorprendido en una tentativa de soborno a un empleado del Ministerio de Relaciones Exteriores de México con el fin de obtener documentación secreta.
En definitiva, Alamán firmó en nombre de su gobierno el 3 de octubre de 1823 un "Tratado de Amistad, Liga y Confederación Perpetua" con Colombia, y resolvió la concurrencia a Panamá.
8. Centroamérica y Chile ante el congreso.
El hondureño José Cecilio del Valle proponía el 6 de noviembre de 1823 a la Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica reunida en Guatemala una resolución por la que se invitaba a formar una Confederación Federal a los pueblos hispanoamericanos. Sostenía así la invitación de Bolívar. Los representantes de Centroamérica concurrieron a la reunión del Istmo. Lo mismo hicieron el Perú, Colombia y México. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuyas relaciones exteriores, en virtud de las guerras civiles, estaban de hecho en manos de los porteños, no asistieron.
En Chile había perdido el poder O'Higgins, abandonado por la aristocracia terrateniente, a causa de sus medidas anticlericales. Su reemplazante, el general Freire. adhirió al proyecto bolivariano y designó dos delegados, ante las protestas de los agentes yanquis que temían la influencia inglesa en el Congreso de Panamá. Pero en definitiva esos delegados no viajaron. Bolívar ya estaba descontento con Chile por su renuncia a apoyar la guerra de emancipación americana: "Los chilenos prometen mucho y no hacen nada... Hasta ahora Chile no ha hecho más que engañarnos sin servirnos con un clavo; su conducta es digna de Guinea".
Los prejuicios raciales del antiguo mantuano estaban siempre a flor de labio.
9. Un revolucionario brasileño en los ejércitos bolivarianos.
En cuanto al Imperio del Brasil, aceptó la invitación, pero se abstuvo de concurrir al Congreso. El imponente y frágil coloso estaba empeñado siempre en tareas superiores a sus fuerzas. Ocupaba la Banda Oriental y guerreaba con las Provincias Unidas, mientras en el inmenso "hinterland" social y racialmente heterogéneo el Emperador enfrentaba conspiraciones, revoluciones y motines con indiferencia verdaderamente regia, su mirada puesta siempre en la próxima costa y en la armada británica. Aunque el Brasil oficial no concurrió al Congreso de Panamá, el Brasil revolucionario estaba presente en los ejércitos de Bolívar en la persona de José Ignacio de Abreu e Lima, "o General das Masas". Se trataba de un personaje realmente único. Su padre, José Ignacio Ribeiro de Abreu e Lima, era un ex sacerdote y héroe de la Insurrección de 1817, donde fue fusilado.
Al fracasar esa revolución, Abreu y su hermano Luis emigraron a Estados Unidos; desde allí Abreu viajó a Venezuela, donde militó junto al Libertador, conbatió contra Morillo, peleó en la batalla de Cúcuta, donde salvó una división que se había embriagado con aguardiente; llegó a general, se peleó con Santander y tuvo tiempo para presenciar la caída y muerte de Bolívar. ¡Todo esto antes de los 35 años! Abreu e Lima vivió su otra vida intensa en el Brasil, pero esa historia no corresponde a este libro.
Por lo demás, la historia brasileña estaba tan escindida de la historia de América Española como la de Portugal con respecto a España. El Imperio británico había de realizar en América la tarea magistral de crear un antagonismo básico entre Portugal y España, las que disputaron siempre absurdas diferencias territoriales mientas Inglaterra dominaba anbos mercados, sometía a las dos dinastías gobernantes e impedía la unidad nacional de las dos metrópolis ibéricas. Ese es el motivo de que resulte imperioso para la inteligencia revolucionaria de América Latina rehacer y reunificar de abajo arriba toda la historia latinoamericana, tan balcanizada como nuestros Estados, para examinar desde un nuevo ángulo el pasado común.
10. Bolívar y el doctor Francia.
La recién creada República de Bolivia, con sus mineros y terratenientes ebrios de adulación, designó dos delegados, que finalmente no concurrieron. En cuanto al Paraguay, bajo el puño de hielo del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, permaneció silencioso como un sepulcro. Francia rara vez respondía las cartas provenientes del exterior. Poco antes, Bolívar le había enviado un oficial con un pliego, invitando al Supremo Dictador a establecer relaciones con los restantes pueblos latinoamericanos. Francia respondió con otro pliego en el que trataba a Bolívar de "Patricio", y le decía: "Los portugueses, porteños, ingleses, chilenos, brasileros y peruanos han manifestado a esta gobierno iguales deseos de los de Colombia, sin otro resultado que la confirmación del principio sobre que gira el feliz régimen que ha libertado de la rapiña y de otros males a esta provincia, y que seguirá constante hasta que se restituya al Nuevo Mundo la tranquilidad que disfrutaba antes que en él apareciesen apóstoles revolucionarios, cubriendo con el ramo de olivo el pérfido puñal para regar con sangre la libertad que los ambiciosos pregonan. Pero el Paraguay los conoce, y en cuanto pueda no abandonará su sistema, al menos mientras yo me halle al frente de su gobierno, aunque sea preciso empuñar la espada de la Justicia para hacer respetar tan santos fines".
Cuando Bolívar recibió en Lima esta respuesta, refiere Palma, pasó la carta del Dr. Francia a su secretario y murmuró: "¡La pim....pinela! ¡Haga usted patria con esta gente!". Bolívar no llegó a comprender que si Buenos Aires impedía construir una Patria Grande, las patrias chicas nacidas del desinterés porteño serían Estados contrahechos, cautivos de su propia miseria y que en el mejor de los casos forjarían hombres tan notables como el Dr. Francia.
Como Bolívar jamás entendió a fondo el problema económico y político del Rio de la Plata y el papel desintegrador esencial jugado por la burguesía porteña, tampoco estuvo en condiciones de descifrar a la víctima particular de esa política, que era el Paraguay del Supremo Dictador.
11. El aislamiento del Paraguay.
La gran provincia paraguayana había heredado de las Misiones Jesuíticas una estructura agraria sin latifundio, lo que permitió a sus gobiernos posteriores fundar su estabilidad sobre una especie de democracia agraria sólidamente arraigada. La fuerza militar del Paraguay en el siglo XIX se asienta socialmente en el nivel de vida de sus campesinos, que no conocían la pobreza, ni el servilismo, ni la esclavitud, ni el "pongo", ni la "mita". El doctor Francia era una especie de jesuita laico, un fanático del poder secular y un jacobino sin burguesía. Había resumido en su persona al único siglo XVIII y la única Ilustración que el aislado Paraguay pudo permitirse en la reclusión mediterránea a que estaba condenado por la pérfida burguesía porteña, dueña de la boca de los ríos.
Francia advirtió que Artigas corría hacia su pérdida; que toda la fuerza reposaba en Buenos Aires y en el capital extranjero solidario con Buenos Aires; que hasta mejor proveer, la única respuesta que podía elegir el Paraguay para no ser arrastrado hacia la guerra civil, como las restantes provincias del extinto Virreinato, era transformar en algo voluntario aquéllo que le había sido impuesto, hacer del aislamiento forzoso una fuente de poder, y puesto que no lo dejaban comerciar igualitariamente, negarse a comerciar y crear en la selva un sistema de economía agraria autosuficiente.
El aislamiento del Paraguay encontró en su suelo y su estructura económica una base real de resistencia. Ya los jesuitas habían organizado la producción en gran escala de la yerba mate. Del mismo modo, la provincia paraguayana producía prácticamente todo el tabaco que se consumía en el virreinato. Yerba mate y tabaco constituían uno de los primeros recursos fiscales del gobierno colonial, que había impuesto sobre esos productos un Estanco oficial. Como el Paraguay contaba con las más variadas maderas y cursos de agua navegables, nació asimismo una discreta industria naval, que construía barcos de hasta 160 toneladas. La ganadería y la agricultura eran prósperas y abastecían cómodamente las necesidades de la laboriosa provincia. Se cultivaba por añadidura el algodón, que permitía la materia prima para tejer los lienzos necesarios a la vestimenta de las 600.000 almas que habitaban el Paraguay. El régimen de los jesuitas, del Dr. Francia y de los López descansó sobre esa base productiva, sin terratenientes ni intermediarios, para desenvolverse y resistir la soledad.
Su feroz localismo y la reducción del destino hispanoamericano a la paz de la ínsula paraguaya pueden ser severamente juzgados desde el ángulo de la gran Nación inconclusa. Recluído por Buenos Aires en su suelo, Francia abandonó a Artigas en el momento decisivo. Su "protección" fue una reclusión. No respondió a Bolívar, y repitió el gesto de Buenos Aires, sin el poder de Buenos Aires: se replegó sobre sí mismo. Esa política sólo pudo retrasar el aniquilamiento del Paraguay medio siglo. Cuando esa hora llegó, todos los aliados del Paraguay, es decir las Provincias Unidas, ya habían sido destruídas ante la indiferencia de los paraguayos y no podían, frente a la triple Alianza, sino protestar débilmente mientras se desenvolvía la tragedia.
El Supremo Dictador había supuesto que al enterrar su cabeza en la tierra nativa, su neutralidad perpetua y su soberbio aislamiento bastarían para mantener los "apóstoles revolucionarios" fuera del Paraguay y las manos lejos del fuego que calcinaba al resto de la América independiente. ¡Rara inocencia en un hombre tan sagaz! Nunca llegó a entender que o el Paraguay se integraba a una Confederación latinoamericana como provincia, para insertarse en el progreso histórico general de la Nación, o debería integrarse forzosamente al mercado mundial como "Nación" agraria sometida. Francia no quiso una cosa ni la otra. Un "Paraguay independiente" (así se llamó orgullosamente el periódico de los López) era una utopía y todo su crecimiento industrial, sus grandes realizaciones y su prosperidad fueron aniquiladas por la tempestad de fuego de 1865. Detrás de la oligarquía porteño-brasileña actuaban los intereses mundiales del Imperio británico en su pugna por la división internacional del trabajo y el control del mercado interno de América Latina.
La "misantropía" del Dr. Francia ha sido estudiada por la mirada vacilante de polígrafos del tipo de Carlyle. Pero el libro del escritor inglés no será lamentado en caso de un nuevo incendio en Alejandría. Puede comparársele al lamentable producto elaborado por otro inglés sobre Solano López.
¡Triste destino el de América Latina! Grandes espíritus que entendían el mundo moderno, como el viejo Cunninghame Graham, que fue socialista, partidario de la independencia de Irlanda, y que siendo de origen noble se hizo abrir la cabeza en Trafalgar Square por defender a los obreros, en relación con la América española sólo amaba sus caballos, sus pampas y su paisaje. Sólo la amaba como naturaleza, pero no podía entenderla como sociedad. Otros ingleses menos artistas que él habían hecho lo posible para que la América mutilada resultase indescifrable.
La personalidad de Francia era la réplica psicológica al aislamiento monstruoso impuesto por el puerto de Buenos Aires. No debería resultar asombroso que a aquella Asunción sitiada le resultara imposible engendrar un cortesano como Talleyrand, sino que, al contrario, diera a luz este implacable luchador criollo.
12. Quiénes asistieron al congreso.
No obstante, el Congreso de Panamá lograba reunir a los representantes de los Estados que actualmente conprenden doce repúblicas. ¿El plan grandioso de Bolívar estaba a punto de realizarse? En esa tierra de fiebres malignas y clima tropical los diputados hispanoamericanos discutieron los grandes problemas de una alianza ofensiva y defensiva. Las intrigas del Mitre colombiano, el vicepresidente Santander, habían logrado lo que Bolívar había resistido: invitar a los Estados Unidos al Congreso.
Pero las contradicciones políticas internas de los norteamericanos eran tan intensas ante la convocatoria del Congreso, que cuando finalmente sus delegados se pusieron en viaje, uno de ellos, Anderson, falleció antes de llegar y, al decidirse el otro, John Sergeant, a partir de Estados Unidos, el congreso había concluído. La perplejidad invadió el espíritu siempre alerta de Canning cuando la noticia del congreso bolivariano llegó al Foreign Office: "¿Debemos nosotros mandar algún ministro allá, invitados o no invitados, o no debemos darnos por enterados?... Sin embargo, si enviamos, ¿a qué propósito específico?".
En otras palabras, ¿qué ganaría Inglaterra con su concurrencia? Canning se resolvió en definitiva a enviar un agente no oficial, Mr. Edward J. Dawkins, a Panamá. Sus instrucciones eran precisas. Debía preservar a toda costa la observancia de las leyes marítimas británicas, en primer lugar. Canning advertía con arrogancia a su delegado que debía hacer saber a los integrantes del Congreso de Panamá que la determinación inglesa a defender estas leyes, "así como no ha sido desbaratada por confederaciones europeas tampoco será alterada por ninguna resolución de los Estados del Nuevo Mundo".
La recomendación final se dirigía a preservar a Inglaterra del peligro de la creación de una Confederación latinoamericana encabezada por los Estados Unidos. Dawkins se movió entre los representantes agobiados por los mosquitos con la dulzura de una paloma, y derramó palabras consoladoras por doquier.
13. Las resoluciones simbólicas.
El congreso se instaló el 22 de junio y concluyó sus deliberaciones el 15 de julio de 1826. El agente británico bregó inútilmente para que los Estados americanos pagaran con dinero el reconocimiento español de su independencia. Tampoco obtuvo mucho éxito en imponer el criterio marítimo de Gran Bretaña. Pero observó con interna satisfacción que los Estados Unidos habían faltado a la cita y que los Estados americanos agotaban las jornadas bajo una lluvia de frases. La fiebre amarilla amenazaba, los asuntos domésticos de la Gran Colombia entraban en erupción y los ideales bolivarianos agonizaban en el Istmo febril. Gran Bretaña no tenía nada que temer. El mismo día de la clausura del Congreso se firmó un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua entre los cuatro Estados, al que podrían incorporarse los Estados Restantes de América española si dentro del año de su ratificación resolvían adherirse a él. Cada dos años habría una reunión confederal, en tiempos de paz y cada año en tiempos de guerra.
También se estableció una proporción de dinero y de tropas para la defensa común. El diligente Dawkins logró ver una copia del Tratado antes de su firma, mediante los buenos oficios de Gual, representante de Colombia. Su tranquilidad fue completa, aunque ya comenzaba a sentir los efectos de las fiebres, lo mismo que casi todo el resto de los delegados. Un miembro de la representación peruana declaró extasiado: "Desde el primer soberano, hasta el último habitante del hemisferio meridional, nadie es indiferente a nuestra tarea... Nuestros hombres están en vísperas de ser inscriptos en inmortal alabanza o en eterno oprobio". Era una pura ilusión. La América independiente se precipitaba ahora al furor de las disensiones civiles y de la férula inglesa. El Congreso se disolvió, prometiéndose volver a reunirse bajo un clima más benigno, en Tacuyaba, México. Pero los climas benignos para la unidad latinoamericana habían desaparecido por mucho tiempo.
14. El triunfo de Canning.
Al leer en Londres el informe de Dawkins, percibió que su obra estaba terminada. Había concluído por exterminar a la Santa Alianza, había excluído a Estados Unidos de toda injerencia en América española, habíase convertido en el insaciable amigo de los nuevos Estados. ¡Y estos Estados estaban divididos! ¿Podía desear algo más? Sí, podía envanecerse públicamente de su política. Así lo hizo en el Parlamento. Al justificar su indiferencia ante la ocupación de España por los franceses que habían devuelto a Fernando VII sus poderes absolutos en 1823, Canning explicaba a los Comunes cuál había sido la actitud británica. ¡La Francia enemiga ocupando España! Canning dió esta respuesta: "Si Francia ocupaba España, ¿era necesario, para evitar las consecuencias de esa ocupación, que nosotros tuviéramos que bloquear a Cádiz? No. Yo miré en otra dirección. Yo busqué materiales de compensación en otro hemisferio. Contemplando a España, tal y como nuestros antepasados la habían conocido, yo resolví que si Francia tenía a España, no había de ser España 'con las Indias'. Yo llamé a la vida al Nuevo Mundo para equilibrar la balanza del Antiguo".
Por supuesto, Canning estaba embriagado por su triunfo y exageraba. Inglaterra no había llamado a nadie, pues los americanos habían derramado su sangre para fundar la independencia. Lo que Inglaterra había hecho, en efecto, era traficar con la sangre ajena. Canning, es preciso admitirlo, continuaba en ese sentido la tradición británica.
El Congreso de Panamá se había disuelto para no volver nunca más a reunirse. Bolívar sentía rugir bajo sus pies la tierra de la Gran Colombia. En los días tormentosos y trágicos que se aproximaban, el Libertador se compararía a sí mismo con aquel griego demente que sentado en un peñasco pretendía dirigir los navíos que navegaban a su alrededor.

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