CAPITULO IX
EL CONGRESO DE PANAMA
"Tenho orgulho de chamar-me un dos
libertadores de Venezuela e dos da Nova Granada, e sem usar das minhas
veneras. Faço garbo des minhas cruzes de Boyacá e de Porto Cabello, e no meu
nobre escudo de Carabobo. Tenho e conservo o busto de ouro do Libertador, que
ele mesmo me deu como un diploma muito honroso".
General José Inacio de Abreu e Lima al General Páez.
"¡Bolívar, que ya se había llevado un
girón de territorio argentino! ¡Bolívar, que creando y libertando a
Bolivia, la había sometido a su mando! ¡Bolívar, que libertando al Perú,
se había investido del mando supremo! ¡Bolívar, libertador de Colombia,
unificada por él, pero gobernada por él! ¡Bolívar, el soñador de la
Confederación Continental; el convocador de los Anfictiones del Istmo de
Panamá, entre los cuales se había deslizado como un augurio la idea de crear
una autoridad "sublime" (es la palabra), para presidir, sin duda, al
continente confederado! ¡Bolívar, cuya ambición era más grande que su
gloria, que era muy grande, y que no había recatado en las conversaciones de
Chuquisaca ni sus malquerencias argentinas, ni su voluntad de hacer y de
deshacer desde los Andes hasta el Plata, desde el Plata hasta el
Amazonas!".
Andrés Lamas
"Mi sentir respecto de él (Bolívar) es
que si la libertad hubiera de bajar y personificarse, no buscaría otro templo
que el corazón de él".
Coronel Manuel Dorrego.
Al día siguiente de fundar Colombia,
Bolívar puso en práctica su propósito de iniciar la Confederación de los
nuevos Estados hispanoamericanos. La idea de reunirlos en un Congreso en el
Istmo de Panamá cobró forma. Designó a don Joaquín Mosquera ministro
plenipotenciario y encargado de negocios ante los gobiernos del Sur para
gestionar el envío de representantes al Istmo. Las dificultades de transporte
de la época y la suerte varia de la guerra arrastraron el proyecto desde 1821
hasta 1826, en que logró al fin realizarse la reunión. Bolívar se había
despojado para esa época de toda ilusión de construir un gran Imperio
hispanocriollo, esa idea tenaz que frecuentó el espíritu de los diputados
americanos en las Cortes de Cádiz de 1811.
1. La política de Chile y Perú.
Si América no podía confederarse con España, la historia le imponía
confederar todos sus Estados. Mosquera salió de viaje para esa misión,
Bolívar le confió una carta para el Director Supremo de Chile: "La
asociación de los cinco Estados de América es tan sublime en sí misma, que
no dudo vendrá a ser motivo de asombro para la Europa".
Con O'Higgins se entendieron perfectamente. Se firmó un tratado del mismo
tenor que con el Perú, comprometiéndose ambos países a que los nacidos en
dichas repúblicas serían considerados como ciudadanos en ambas y podrían
ejercer todos los cargos, excepto la primera magistratura. Las mercancías y
buques de los Estados firmantes tendrían tarifas preferenciales; los puertos
de ambos territorios se abrirían a los corsarios de los países contratantes.
En cuanto a la jurisdicción de los tribunales marítimos, se haría extensiva
a ambos países. En caso de invasión extranjera sería permitido a los
aliadas auxiliar al país invadido, sin previo aviso.
En el Perú, tal tratado con Colombia se debía a la inmensa influencia
bolivariana. En cuanto a Chile, muchos de sus hombres más notable, como Juan
Egaña, sostenían tales puntos de vista desde el año 10. En un proyecto
alusivo de 1825 Egaña argumentaba: "Es forzoso repeler la fuerza por la
fuerza, es forzoso que a la denominada Santa Alianza de los príncipes
agresores se oponga la sagrada confederación de los pueblos ofendidos".
Sin embargo, Egaña, a diferencia de Bolívar, se proponía incluir en la
Confederación hispanoamericana a EE.UU., Grecia y Portugal, intimidado por el
peligro de la Santa Alianza en el momento que daba forma a su proyecto.
2. Cómo reciben los porteños la invitación al Congreso de Panamá.
El embajador colombiano Mosquera pasó de Chile a Buenos Aires. Aunque el
general Rodríguez desempeñaba la gobernación de esa provincia, el político
influyente en su gobierno era el célebre protoporteño Rivadavia.
Mosquera fue acogido por Rivadavia con una indiferencia glacial. "Lo
americano" no era buena musica para los oídos del que en esos momentos
abandonaba a San Martín en el Perú sin prestarle el menor auxilio.
Si el gobierno rivadaviano consideraba a los agentes de las provincias
argentinas en Buenos Aires como pertenecientes al cuerpo diplomático
extranjero, es fácil imaginar su juicio sobre los hijos de Colombia que
venían, como el embajador Mosquera, a incomodar a los porteños con sus
utopías hispanoamericanas. Nada bueno podía esperar en Buenos Aires el
enviado del fabuloso y absorbente Bolívar cuando La Gaceta, órgano oficial
del gobierno, aplaudía la muerte del caudillo salteño Güemes, baluarte del
frente patriota ante el ejército del Rey, aunque simultáneamente adversario
de la oligarquía agodada de Salta.
En el periódico oficial de Rivadavia, La Gaceta de Buenos Aires, se
escribía: "Llegó el cirujano Castellanos con la noticia de la muerte
del abominable Güemes... Ya tenemos un caudillo menos que atormente el país
y parece que a su turno van a caer los demás".
Cuatro meses después de despedir como un intruso al comandante Gutiérrez de
la Fuente, Rivadavia se veía obligado a recibir a don Joaquín Mosquera.
Llegó a Buenos Aires el 21 de enero de 1823. En su informe a Adams, el agente
diplomático norteamericano Forbes profetizaba: "Tengo pocas esperanzas
de que logre éxito y convenza a este Gobierno de que debe participar en una
gran confederación".
Mosquera se mantuvo reservado con Forbes en relación a los fines de su
misión. Esto obedecía al propósito de Bolívar de mantener al margen del
Congreso de Panamá a Estados Unidos.
Por otra parte, Mosquera designó representante diplomático ante el gobierno
de Buenos Aires al Deán Funes, hombre de Córdoba, vinculado con el caudillo
Bustos, y políticamente inclinado a defender la causa de las provincias
pobres en la rica ciudad separatista. Adversario natural de Rivadavia, el
Deán Funes fue cuestionado por su "doble" condición de ciudadano
de las Provincias Unidas del Río de la Plata y agente diplomático de
Colombia. Ante esta argucia porteña, el Deán, que consideraba a
Hispanoamérica "la patria común" escribía: "Yo estoy
resuelto a renunciarlo todo, y a pedir al gobierno de Colombia mi carta de
ciudadanía, siempre que me halle digno de ella, y se me pongan estas
trabas".
3. Rivadavia niega apoyo al Congreso.
Mosquera entregó a Rivadavia la carta de invitación al Congreso de Panamá.
El pomposo borbónico hizo esperar durante un mes por su respuesta al enviado
de Bolívar. Forbes comenta: "(Mosquera) tiene buenos motivos para no
estar muy satisfecho con su recepción personal y oficial. Nadie, que yo sepa,
le ha brindado su hospitalidad".
Finalmente, Mosquera firmó con el gobierno porteño, el 10 de marzo, un
tratado inocuo, que Mosquera calificó de "preliminar", pues
Rivadavia le había argumentado que las relaciones de Buenos Aires con las
restantes provincias no le permitían otra cosa que un acuerdo general sobre
los objetivos de los Estados americanos: independencia y cesación de la
Guerra. Mosquera se fue con las manos vacías.
Eso fue todo. Cuando Bolívar, desde Pativilca, envió una circular a los
gobiernos ratificando su invitación para el Congreso de Panamá, el
gobernador de Buenos Aires era el general Las Heras y su ministro, Manuel
José García, aquél que "tenía el alma fría para las cosas de la
patria".
Ambos se dirigieron al Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires
para soliciatarle una ley que autorizara al Poder Ejecutivo a designar dos
representantes de Buenos Aires ante el Congreso. El pedido del gobierno se
fundaba, explícitamente, en limitar el alcance de los poderes confederales
que el Congreso de Panamá podía asumir en el orden económico y político.
Se aludía expresamente a la necesidad de garantizar la "libre
concurrencia de la industria y la inviolabilidad de la propiedad" en las
decisiones de Panamá.
Pero la Asamblea Constituyente de Buenos Aires rechazó la sanción de una ley
y autorizó al gobierno a enviar dos representantes a la reunión
hispanoamericana.
En tales momentos y sin consultar a las provincias del Interior, el Congreso
dominado por los rivadavianos, quintaesencia de los intereses del gran puerto
y de los importadores europeos, da un golpe de estado "jurídico" y
proclama Presidente de una República inconstituída a Bernardino Rivadavia.
Ni bien se sienta en el sillón augusto que hará célebre, el peligro de una
Confederación hispanoamericana dirigida por un profeta armado tan peligroso
como Bolívar asalta su espíritu.
Sin perder un minuto, y sin perder tampoco su solemnidad, el Presidente
Rivadavia subió a la severa carroza oficial, arrastrada por cuatro caballos y
seguido de su escolta oficial, se dirigió al domicilio de Mister Forber, el
Ministro de Estados Unidos en Buenos Aires. Rivadavia se encontraba irresoluto
y lleno de prevenciones hacia la convocatoria al Congreso de Panamá. Forbes
lo tranquilizó.
Informó al Presidente argentino que los Estados Unidos no enviarían
delegados a Panamá, sino sólo un observador con fines comerciales. Rivadavia
"expresó satisfacción por la decisión del Presidente de los Estados
Unidos, agregando que él no enviaría Ministro alguno al contemplado
Congreso; "porque", dijo, "he decidido no apartarme un ápice
de la senda de los Estados Unidos, quienes, por la sabiduría y experiencia de
su Gabinete, como por su gran fuerza y carácter nacional, deberían tomar la
dirección de la política americana".
Con su habitual obsecuencia ante los poderosos, Rivadavia resolvía no usar la
autorización que sus propios diputados le habían conferido para concurrir a
Panamá. No fue pequeña su sorpresa cuando días más tarde, recibió la
visita de otro Mister, más importante que el anterior. Era Mr. Parish,
representante de la Corona Británica, quien le informó que Gran Bretaña,
sumida en hondas cavilaciones para saber qué provecho podía sacar de ese
extraño Congreso que los ingleses no manejaban, había resuelto enviar un
observador a Panamá.
Rivadavia cambió en el acto la actitud que había comunicado un mes antes al
Ministro Forbes. Su servilismo espontáneo actuó a la perfección.
Parish informó a Canning que Rivadavia le había dicho: "La presencia de
un agente británico sería la mejor garantía para todos los nuevos Estados
que concurrieran al mismo y no vacilaba en afirmar que inmediatamente
determinaría a este Gobierno a enviar a un Plenipotenciario a Panamá, lo que
en forma alguna había podido resolver anteriormente: que las anteriores ideas
del Gobierno de Buenos Aires eran bien conocidas... pero que la decisión de
Gran Bretaña y de los Estados Unidos... alteraba materialmente las miras y
sentimientos de este Gobierno acerca de esa asamblea".
De tales besamanos con los ministros anglo-sajones, resultó designado
representante porteño ante el Congreso de Panamá, Don José Miguel Díaz
Vélez, residente entonces en el Alto Perú y que finalmente no concurrió a
Panamá. Rivadavia, por otra parte, estaba muy ocupado con su Presidencia
haciendo negocios particulares con las minas de Famatina, asociado a Hullet
Brothers de Londres.
El agente yanqui Forbes, que todo lo miraba con una triste envidia, escribía
desconsolado a sus superiores: "Entre tanto, los capitalistas ingleses en
Londres y en esta ciudad hacen rápidos progresos para convertirse en los
verdaderos amos de ese país... El Banco, que ellos controlan, tiene créditos
hipotecarios sobre muchas casas de esta ciudad. Son los ingleses tenedores
también de gran parte de los títulos nacionales... Todo indica que esta
Provincia, se convertirá pronto en una verdadera colonia británica, exenta
de los gastos y responsabilidad del Gobierno, pero sujeta a influencias
políticas y morales equivalentes".
¡Como para pensar Rivadavia en el Congreso de Panamá! Hasta el propio Forbes
estaba preso de la gran red inglesa: sus sueldos diplomáticos pagados por la
Secretaría de Estado norteamericana le eran liquidados por medio de la Banca
Baring Brothers de Londres.
4. Un juicio de Sucre sobre Buenos Aires.
Estas actitudes merecían a Sucre, tan moderado por lo demás, un juicio
tajante sobre los porteños: "No en balde los aborrecen en estas
provincias tanto como a los Españoles".
En una carta dirigida a Monteagudo, Bolívar comentaba la actitud de
Rivadavia: "Vd. debe saber que el gobierno de su patria de Vd. ha
rehusado entrar en federación con pretextos de debilidad con respecto al
poder federal y de imperfección con respecto a la organización... De suerte
que, como las uvas están altas, están agrias; y nosotros somos ineptos
porque ellos son anárquicos: esta lógica es admirable, y más admirable aún
el viento pampero que ocupa el cerebro de aquel ministro".
Es justamente a este Rivadavia que el general Bartolomé Mitre, presidente e
historiador cuasi mítico de la oligarquía argentina y de sus aliados de
izquierda y derecha , considerará como digno oponente de Bolívar. Toda la
burguesía comercial del puerto, desde Rivadavia a Mitre, hasta nuestros
días, expondrá en cada momento su profunda aversión a la unión
latinoamericana.
5. El separatista Mitre juzga al unificador Bolívar.
El clásico historiador de la oligarquía porteña dirá: "Bolívar con
su ejército triunfante acampaba en la frontera norte de la República
Argentina, lleno de gloria, de ambición y de soberbia. Fundaba allí,
dándolo su nombre, una república oligárquica con una presidencia vitalicia,
un sistema de elección hereditario para la transmisión del poder, y una
constitución casi monárquica, la cual debía servir de modelo a las tres
repúblicas a la sazón sometidas a su espada.
Soñando ser el gran potector o regulador supremo de una hegemonía
continental, había convocado su Congreso de anfictiones en Panamá para
formar una Confederación Americana ... meditando subordinar a su poderío las
Provincias Unidas, conquistar el Paraguay y derribar el único trono levantado
en América... Estas amenazas y estos proyectos encontraban eco simpático en
el partido de oposición a Rivadavia, así en Buenos Aires como en las
provincias, cuyos jefes iban a pedir a Bolívar sus inspiraciones en
Chuquisaca, mientras su nombre resonaba en los disturbios de Tarija y
Córdoba; y la prensa opositora propiciaba su intervención armada, declarando
que la República Argentina era incapaz de ser libre y triunfar por sí sola
del emperador del Brasil ni organizarse sin el genio de América como por
autonomasia se le llamaba.
Fue entonces que Rivadavia, poniéndose al frente del gobierno supremo de las
Provincias Unidas, aceptó el reto y dijo con resolución: '¡Ha llegado el
momento de oponer los principios a la espada!'. Esta actitud salvó en aquella
ocasión el porvenir de las instituciones verdaderamente republicanas en la
América Meridional".
Envueltos en el énfasis oratorio de esta prosa detestable, pueden
distinguirse los "principios" de Rivadavia: el separatismo de los
intereses porteños, su conservatismo borbónico, sus negocios privados con
los ingleses protegidos por su cargo oficial, su traición a la revolución
americana. Es de estricta justicia decir que Mitre pertenecía a esa escuela.
Aplicó los "principios" a sangre y fuego en el exterminio del
Paraguay en 1865.
6. La reacción de México.
El Ministro de Relaciones Exteriores de México era en esa época Don Lucas
Alamán, antiguo Diputado a las Cortes de Cádiz. Españolizante y
proteccionista, partidario de la unidad hispanoamericana (si era posible, aún
con España) y socialmente conservador, Alamán aparece como uno de los
personajes más notables de la primera época revolucionaria. En cierto
sentido era un sobreviviente del mercantilismo español, adherido al viejo
orden, aunque envuelto a pesar suyo en el huracán revolucionario. Deseaba
para México, ante la alarmante proximidad de Estados Unidos, una política
exterior flexible que le permitiese respaldarse en el poder europeo de Gran
Bretaña, sin aproximarse demasiado a la órbita del poderoso vecino. Si sus
relaciones económicas con los intereses mineros británicos eran estrechas,
ésta no es la razón suficiente de su política, como sugiere malignamente el
historiador yanqui Whitaker, al que parecen desagradarle los intereses
imperialistas que no sean norteamericanos.
Estaba tan lejos Alamán de ser un anglófilo, como insinúa Whitaker, que su
acción política lo define como al verdadero creador de la industria
mexicana. Era profundamente católico y antiliberal; políticamente un
conservador, tan desconfiado como Bolívar del sufragio universal y de la
democracia. Pero en las condiciones sociales de la época, heredadas de la
Colonia, Alamán se revela como uno de los más excepcionales promotores del
progreso económico de México. Había un impedimento esencial en su
política, sin embargo: era imposible crear un vasto mercado interno para la
industria mexicana, protegida por Alamán, si no se eliminaba la supervivencia
de la estructura latifundista. Alamán ni soñó con la revolución agraria.
Las industrias que alentó y fundó debían necesariamente chocar con los
estrechos límites de un mercado interno reducido a las pequeñas ciudades de
México. Cabe decir que si Alamán no se planteaba la resolución de la
cuestión agraria, pues erigía el concepto de la propiedad en algo sacro, y a
la Iglesia mexicana, poderosa terrateniente, como un cuerpo intocable, México
tardaría un siglo en afrontar el problema. Ni el verboso liberalismo mexicano
posterior a Alamán lograría nada en materia agraria; por el contrario,
sería librecambista, estableciendo así una contradicción viva entre su
proclamado "progresismo" ideológico y las fuerzas motrices reales
del crecimiento mexicano.
7. Ingleses y yanquis en la política mexicana.
La convocatoria del Congreso de Panamá inquietó tanto a los ingleses como a
los norteamericanos. En México, el representante diplomático de Estados
Unidos era nuestro viejo conocido Joel Robert Poinsett, antiguo consejero y
amigo de José Miguel Carrera, el infortunado caudillo chileno. Poinsett era
típico diplomático yanqui de la era anterior al poder mundial de los Estados
Unidos. Todos sus quebraderos de cabeza se originaban en sus sistemáticas
derrotas ante la diplomacia inglesa en la América del Sur. El cruel destino
de Poinsett lo persiguió de Chile a México, adonde llegó tan sólo para
caer en la trampa de las intrigas británicas.
Inglaterra ya estaba sólidamente instalada en la economía y la política de
ese país. Poinsett, como le había ocurrido en Chile, se estrelló una y otra
vez contra esa fuerza sutil. El propósito de México era contribuir al
Congreso de Panamá y establecer una unión aduanera latinoamericana sin la
admisión de los Estados Unidos. Poinsett se debatió inútilmente por quebrar
esta política. Esa fue su primera tarea. La segunda consistía en reemplazar
a Gran Bretaña en la influencia que ésta ejercía en México. Fracasó en
las dos. Los ingleses, como lo demuestra la documentación del Foreing Office,
no sabían exactamente qué actitud adoptar ni qué ventaja obtener con el
Congreso, esa sorprendente invención de Bolívar.
El primero y más funesto error de Poinsett, en el que incurriría
temerariamente toda la diplomacia yanqui en adelante, fue inmiscuirse
directamente en las luchas políticas internas de México, Así, tomó partido
contra el Presidente Victoria, apoyándose en algunos diputados del Congreso.
Como por lo demás, Poinsett tenía un criterio ambiguo en la distinción
entre los negocios de Estado y los intereses mercantiles personales, toda su
actividad asumía un carácter sospechoso ante la opinión pública. Al
advertir que los ingleses habían usado de las Logias masónicas para extender
su influencia sobre los patriotas en el primer período de la Independencia,
Poinsett se propuso imitarlos, aunque con mala fortuna.
Creó Logias masónicas dirigidas contra las potencias europeas "pero muy
especialmente contra Gran Bretaña", decía el agente británico al
Foreign Office. Y añadía: "No creo, sin embargo, que el plan tenga
éxito fuera de la capital, pues tal es la execración que se ha infundido al
pueblo por el nombre de Francmasón en el interior, que debe ser un hombre
audaz quien primero intente introducirlo en cualquiera de los Estados".
Las imprudencias de Poinsett no tenían término: se atrevió a declarar a su
adversario, el agente británico, que "era absurdo suponer que el
Presidente de los Estados Unidos llegara a firmar un tratado (el que iría a
firmarse en Panamá) por el cual ese país quedaría excluído de una
federación de la cual él debería ser el jefe". Naturalmente, el
interlocutor se encargó de difundir en los medios mexicanos las palabras de
Poinsett. Para culminar su hábil política, Poinsett fue sorprendido en una
tentativa de soborno a un empleado del Ministerio de Relaciones Exteriores de
México con el fin de obtener documentación secreta.
En definitiva, Alamán firmó en nombre de su gobierno el 3 de octubre de 1823
un "Tratado de Amistad, Liga y Confederación Perpetua" con
Colombia, y resolvió la concurrencia a Panamá.
8. Centroamérica y Chile ante el congreso.
El hondureño José Cecilio del Valle proponía el 6 de noviembre de 1823 a la
Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica reunida en Guatemala una
resolución por la que se invitaba a formar una Confederación Federal a los
pueblos hispanoamericanos. Sostenía así la invitación de Bolívar. Los
representantes de Centroamérica concurrieron a la reunión del Istmo. Lo
mismo hicieron el Perú, Colombia y México. Las Provincias Unidas del Río de
la Plata, cuyas relaciones exteriores, en virtud de las guerras civiles,
estaban de hecho en manos de los porteños, no asistieron.
En Chile había perdido el poder O'Higgins, abandonado por la aristocracia
terrateniente, a causa de sus medidas anticlericales. Su reemplazante, el
general Freire. adhirió al proyecto bolivariano y designó dos delegados,
ante las protestas de los agentes yanquis que temían la influencia inglesa en
el Congreso de Panamá. Pero en definitiva esos delegados no viajaron.
Bolívar ya estaba descontento con Chile por su renuncia a apoyar la guerra de
emancipación americana: "Los chilenos prometen mucho y no hacen nada...
Hasta ahora Chile no ha hecho más que engañarnos sin servirnos con un clavo;
su conducta es digna de Guinea".
Los prejuicios raciales del antiguo mantuano estaban siempre a flor de labio.
9. Un revolucionario brasileño en los ejércitos bolivarianos.
En cuanto al Imperio del Brasil, aceptó la invitación, pero se abstuvo de
concurrir al Congreso. El imponente y frágil coloso estaba empeñado siempre
en tareas superiores a sus fuerzas. Ocupaba la Banda Oriental y guerreaba con
las Provincias Unidas, mientras en el inmenso "hinterland" social y
racialmente heterogéneo el Emperador enfrentaba conspiraciones, revoluciones
y motines con indiferencia verdaderamente regia, su mirada puesta siempre en
la próxima costa y en la armada británica. Aunque el Brasil oficial no
concurrió al Congreso de Panamá, el Brasil revolucionario estaba presente en
los ejércitos de Bolívar en la persona de José Ignacio de Abreu e Lima,
"o General das Masas". Se trataba de un personaje realmente único.
Su padre, José Ignacio Ribeiro de Abreu e Lima, era un ex sacerdote y héroe
de la Insurrección de 1817, donde fue fusilado.
Al fracasar esa revolución, Abreu y su hermano Luis emigraron a Estados
Unidos; desde allí Abreu viajó a Venezuela, donde militó junto al
Libertador, conbatió contra Morillo, peleó en la batalla de Cúcuta, donde
salvó una división que se había embriagado con aguardiente; llegó a
general, se peleó con Santander y tuvo tiempo para presenciar la caída y
muerte de Bolívar. ¡Todo esto antes de los 35 años! Abreu e Lima vivió su
otra vida intensa en el Brasil, pero esa historia no corresponde a este libro.
Por lo demás, la historia brasileña estaba tan escindida de la historia de
América Española como la de Portugal con respecto a España. El Imperio
británico había de realizar en América la tarea magistral de crear un
antagonismo básico entre Portugal y España, las que disputaron siempre
absurdas diferencias territoriales mientas Inglaterra dominaba anbos mercados,
sometía a las dos dinastías gobernantes e impedía la unidad nacional de las
dos metrópolis ibéricas. Ese es el motivo de que resulte imperioso para la
inteligencia revolucionaria de América Latina rehacer y reunificar de abajo
arriba toda la historia latinoamericana, tan balcanizada como nuestros
Estados, para examinar desde un nuevo ángulo el pasado común.
10. Bolívar y el doctor Francia.
La recién creada República de Bolivia, con sus mineros y terratenientes
ebrios de adulación, designó dos delegados, que finalmente no concurrieron.
En cuanto al Paraguay, bajo el puño de hielo del Dr. José Gaspar Rodríguez
de Francia, permaneció silencioso como un sepulcro. Francia rara vez
respondía las cartas provenientes del exterior. Poco antes, Bolívar le
había enviado un oficial con un pliego, invitando al Supremo Dictador a
establecer relaciones con los restantes pueblos latinoamericanos. Francia
respondió con otro pliego en el que trataba a Bolívar de
"Patricio", y le decía: "Los portugueses, porteños, ingleses,
chilenos, brasileros y peruanos han manifestado a esta gobierno iguales deseos
de los de Colombia, sin otro resultado que la confirmación del principio
sobre que gira el feliz régimen que ha libertado de la rapiña y de otros
males a esta provincia, y que seguirá constante hasta que se restituya al
Nuevo Mundo la tranquilidad que disfrutaba antes que en él apareciesen
apóstoles revolucionarios, cubriendo con el ramo de olivo el pérfido puñal
para regar con sangre la libertad que los ambiciosos pregonan. Pero el
Paraguay los conoce, y en cuanto pueda no abandonará su sistema, al menos
mientras yo me halle al frente de su gobierno, aunque sea preciso empuñar la
espada de la Justicia para hacer respetar tan santos fines".
Cuando Bolívar recibió en Lima esta respuesta, refiere Palma, pasó la carta
del Dr. Francia a su secretario y murmuró: "¡La pim....pinela! ¡Haga
usted patria con esta gente!". Bolívar no llegó a comprender que si
Buenos Aires impedía construir una Patria Grande, las patrias chicas nacidas
del desinterés porteño serían Estados contrahechos, cautivos de su propia
miseria y que en el mejor de los casos forjarían hombres tan notables como el
Dr. Francia.
Como Bolívar jamás entendió a fondo el problema económico y político del
Rio de la Plata y el papel desintegrador esencial jugado por la burguesía
porteña, tampoco estuvo en condiciones de descifrar a la víctima particular
de esa política, que era el Paraguay del Supremo Dictador.
11. El aislamiento del Paraguay.
La gran provincia paraguayana había heredado de las Misiones Jesuíticas una
estructura agraria sin latifundio, lo que permitió a sus gobiernos
posteriores fundar su estabilidad sobre una especie de democracia agraria
sólidamente arraigada. La fuerza militar del Paraguay en el siglo XIX se
asienta socialmente en el nivel de vida de sus campesinos, que no conocían la
pobreza, ni el servilismo, ni la esclavitud, ni el "pongo", ni la
"mita". El doctor Francia era una especie de jesuita laico, un
fanático del poder secular y un jacobino sin burguesía. Había resumido en
su persona al único siglo XVIII y la única Ilustración que el aislado
Paraguay pudo permitirse en la reclusión mediterránea a que estaba condenado
por la pérfida burguesía porteña, dueña de la boca de los ríos.
Francia advirtió que Artigas corría hacia su pérdida; que toda la fuerza
reposaba en Buenos Aires y en el capital extranjero solidario con Buenos
Aires; que hasta mejor proveer, la única respuesta que podía elegir el
Paraguay para no ser arrastrado hacia la guerra civil, como las restantes
provincias del extinto Virreinato, era transformar en algo voluntario aquéllo
que le había sido impuesto, hacer del aislamiento forzoso una fuente de
poder, y puesto que no lo dejaban comerciar igualitariamente, negarse a
comerciar y crear en la selva un sistema de economía agraria autosuficiente.
El aislamiento del Paraguay encontró en su suelo y su estructura económica
una base real de resistencia. Ya los jesuitas habían organizado la
producción en gran escala de la yerba mate. Del mismo modo, la provincia
paraguayana producía prácticamente todo el tabaco que se consumía en el
virreinato. Yerba mate y tabaco constituían uno de los primeros recursos
fiscales del gobierno colonial, que había impuesto sobre esos productos un
Estanco oficial. Como el Paraguay contaba con las más variadas maderas y
cursos de agua navegables, nació asimismo una discreta industria naval, que
construía barcos de hasta 160 toneladas. La ganadería y la agricultura eran
prósperas y abastecían cómodamente las necesidades de la laboriosa
provincia. Se cultivaba por añadidura el algodón, que permitía la materia
prima para tejer los lienzos necesarios a la vestimenta de las 600.000 almas
que habitaban el Paraguay. El régimen de los jesuitas, del Dr. Francia y de
los López descansó sobre esa base productiva, sin terratenientes ni
intermediarios, para desenvolverse y resistir la soledad.
Su feroz localismo y la reducción del destino hispanoamericano a la paz de la
ínsula paraguaya pueden ser severamente juzgados desde el ángulo de la gran
Nación inconclusa. Recluído por Buenos Aires en su suelo, Francia abandonó
a Artigas en el momento decisivo. Su "protección" fue una
reclusión. No respondió a Bolívar, y repitió el gesto de Buenos Aires, sin
el poder de Buenos Aires: se replegó sobre sí mismo. Esa política sólo
pudo retrasar el aniquilamiento del Paraguay medio siglo. Cuando esa hora
llegó, todos los aliados del Paraguay, es decir las Provincias Unidas, ya
habían sido destruídas ante la indiferencia de los paraguayos y no podían,
frente a la triple Alianza, sino protestar débilmente mientras se
desenvolvía la tragedia.
El Supremo Dictador había supuesto que al enterrar su cabeza en la tierra
nativa, su neutralidad perpetua y su soberbio aislamiento bastarían para
mantener los "apóstoles revolucionarios" fuera del Paraguay y las
manos lejos del fuego que calcinaba al resto de la América independiente.
¡Rara inocencia en un hombre tan sagaz! Nunca llegó a entender que o el
Paraguay se integraba a una Confederación latinoamericana como provincia,
para insertarse en el progreso histórico general de la Nación, o debería
integrarse forzosamente al mercado mundial como "Nación" agraria
sometida. Francia no quiso una cosa ni la otra. Un "Paraguay
independiente" (así se llamó orgullosamente el periódico de los
López) era una utopía y todo su crecimiento industrial, sus grandes
realizaciones y su prosperidad fueron aniquiladas por la tempestad de fuego de
1865. Detrás de la oligarquía porteño-brasileña actuaban los intereses
mundiales del Imperio británico en su pugna por la división internacional
del trabajo y el control del mercado interno de América Latina.
La "misantropía" del Dr. Francia ha sido estudiada por la mirada
vacilante de polígrafos del tipo de Carlyle. Pero el libro del escritor
inglés no será lamentado en caso de un nuevo incendio en Alejandría. Puede
comparársele al lamentable producto elaborado por otro inglés sobre Solano
López.
¡Triste destino el de América Latina! Grandes espíritus que entendían el
mundo moderno, como el viejo Cunninghame Graham, que fue socialista,
partidario de la independencia de Irlanda, y que siendo de origen noble se
hizo abrir la cabeza en Trafalgar Square por defender a los obreros, en
relación con la América española sólo amaba sus caballos, sus pampas y su
paisaje. Sólo la amaba como naturaleza, pero no podía entenderla como
sociedad. Otros ingleses menos artistas que él habían hecho lo posible para
que la América mutilada resultase indescifrable.
La personalidad de Francia era la réplica psicológica al aislamiento
monstruoso impuesto por el puerto de Buenos Aires. No debería resultar
asombroso que a aquella Asunción sitiada le resultara imposible engendrar un
cortesano como Talleyrand, sino que, al contrario, diera a luz este implacable
luchador criollo.
12. Quiénes asistieron al congreso.
No obstante, el Congreso de Panamá lograba reunir a los representantes de los
Estados que actualmente conprenden doce repúblicas. ¿El plan grandioso de
Bolívar estaba a punto de realizarse? En esa tierra de fiebres malignas y
clima tropical los diputados hispanoamericanos discutieron los grandes
problemas de una alianza ofensiva y defensiva. Las intrigas del Mitre
colombiano, el vicepresidente Santander, habían logrado lo que Bolívar
había resistido: invitar a los Estados Unidos al Congreso.
Pero las contradicciones políticas internas de los norteamericanos eran tan
intensas ante la convocatoria del Congreso, que cuando finalmente sus
delegados se pusieron en viaje, uno de ellos, Anderson, falleció antes de
llegar y, al decidirse el otro, John Sergeant, a partir de Estados Unidos, el
congreso había concluído. La perplejidad invadió el espíritu siempre
alerta de Canning cuando la noticia del congreso bolivariano llegó al Foreign
Office: "¿Debemos nosotros mandar algún ministro allá, invitados o no
invitados, o no debemos darnos por enterados?... Sin embargo, si enviamos, ¿a
qué propósito específico?".
En otras palabras, ¿qué ganaría Inglaterra con su concurrencia? Canning se
resolvió en definitiva a enviar un agente no oficial, Mr. Edward J. Dawkins,
a Panamá. Sus instrucciones eran precisas. Debía preservar a toda costa la
observancia de las leyes marítimas británicas, en primer lugar. Canning
advertía con arrogancia a su delegado que debía hacer saber a los
integrantes del Congreso de Panamá que la determinación inglesa a defender
estas leyes, "así como no ha sido desbaratada por confederaciones
europeas tampoco será alterada por ninguna resolución de los Estados del
Nuevo Mundo".
La recomendación final se dirigía a preservar a Inglaterra del peligro de la
creación de una Confederación latinoamericana encabezada por los Estados
Unidos. Dawkins se movió entre los representantes agobiados por los mosquitos
con la dulzura de una paloma, y derramó palabras consoladoras por doquier.
13. Las resoluciones simbólicas.
El congreso se instaló el 22 de junio y concluyó sus deliberaciones el 15 de
julio de 1826. El agente británico bregó inútilmente para que los Estados
americanos pagaran con dinero el reconocimiento español de su independencia.
Tampoco obtuvo mucho éxito en imponer el criterio marítimo de Gran Bretaña.
Pero observó con interna satisfacción que los Estados Unidos habían faltado
a la cita y que los Estados americanos agotaban las jornadas bajo una lluvia
de frases. La fiebre amarilla amenazaba, los asuntos domésticos de la Gran
Colombia entraban en erupción y los ideales bolivarianos agonizaban en el
Istmo febril. Gran Bretaña no tenía nada que temer. El mismo día de la
clausura del Congreso se firmó un Tratado de Unión, Liga y Confederación
Perpetua entre los cuatro Estados, al que podrían incorporarse los Estados
Restantes de América española si dentro del año de su ratificación
resolvían adherirse a él. Cada dos años habría una reunión confederal, en
tiempos de paz y cada año en tiempos de guerra.
También se estableció una proporción de dinero y de tropas para la defensa
común. El diligente Dawkins logró ver una copia del Tratado antes de su
firma, mediante los buenos oficios de Gual, representante de Colombia. Su
tranquilidad fue completa, aunque ya comenzaba a sentir los efectos de las
fiebres, lo mismo que casi todo el resto de los delegados. Un miembro de la
representación peruana declaró extasiado: "Desde el primer soberano,
hasta el último habitante del hemisferio meridional, nadie es indiferente a
nuestra tarea... Nuestros hombres están en vísperas de ser inscriptos en
inmortal alabanza o en eterno oprobio". Era una pura ilusión. La
América independiente se precipitaba ahora al furor de las disensiones
civiles y de la férula inglesa. El Congreso se disolvió, prometiéndose
volver a reunirse bajo un clima más benigno, en Tacuyaba, México. Pero los
climas benignos para la unidad latinoamericana habían desaparecido por mucho
tiempo.
14. El triunfo de Canning.
Al leer en Londres el informe de Dawkins, percibió que su obra estaba
terminada. Había concluído por exterminar a la Santa Alianza, había
excluído a Estados Unidos de toda injerencia en América española, habíase
convertido en el insaciable amigo de los nuevos Estados. ¡Y estos Estados
estaban divididos! ¿Podía desear algo más? Sí, podía envanecerse
públicamente de su política. Así lo hizo en el Parlamento. Al justificar su
indiferencia ante la ocupación de España por los franceses que habían
devuelto a Fernando VII sus poderes absolutos en 1823, Canning explicaba a los
Comunes cuál había sido la actitud británica. ¡La Francia enemiga ocupando
España! Canning dió esta respuesta: "Si Francia ocupaba España, ¿era
necesario, para evitar las consecuencias de esa ocupación, que nosotros
tuviéramos que bloquear a Cádiz? No. Yo miré en otra dirección. Yo busqué
materiales de compensación en otro hemisferio. Contemplando a España, tal y
como nuestros antepasados la habían conocido, yo resolví que si Francia
tenía a España, no había de ser España 'con las Indias'. Yo llamé a la
vida al Nuevo Mundo para equilibrar la balanza del Antiguo".
Por supuesto, Canning estaba embriagado por su triunfo y exageraba. Inglaterra
no había llamado a nadie, pues los americanos habían derramado su sangre
para fundar la independencia. Lo que Inglaterra había hecho, en efecto, era
traficar con la sangre ajena. Canning, es preciso admitirlo, continuaba en ese
sentido la tradición británica.
El Congreso de Panamá se había disuelto para no volver nunca más a
reunirse. Bolívar sentía rugir bajo sus pies la tierra de la Gran Colombia.
En los días tormentosos y trágicos que se aproximaban, el Libertador se
compararía a sí mismo con aquel griego demente que sentado en un peñasco
pretendía dirigir los navíos que navegaban a su alrededor.
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