Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO XI

DE MORAZAN A LA ERA INSULAR

"La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el Gobierno, porque equivaldría a su suicidio... La Confederación debe desaparecer para siempre del escenario de América... Debemos dominar para siempre en el Pacífico".
Diego Portales al Almirante Blanco Encalada.

"La Confederación Argentina rehusará la paz y toda transacción con el General Santa Cruz mientras no quede bien garantizada de la ambición que ha desplegado y no evacúe la República Peruana dejándola completamente libre para disponer su destino".
Juan Manuel de Rosas.

"Divididos y aislados no somos nada: unidos...
podremos serlo y lo seremos, todo."
General Justo Rufino Barrios.

La década siguiente a la muerte de Bolívar presenciará la fundación y disolución de la Confederación Perú-Boliviana y la caída de la República Federal de Centroamérica. Andrés de Santa Cruz y Francisco de Morazán serán las figuras centrales de ambos dramas. Excepción hecha de Santa Cruz, veremos a los últimos oficiales del libertador acuchillarse recíprocamente, incapaces ya de sostener los ideales nacionales.
1. La Confederación Perú-Boliviana.
Con la caída de la Gran Colombia, el Perú independiente es desgarrado por furiosas guerras civiles. Los tenientes o capitanes de los ejércitos sanmartinianos y bolivarianos ya son coroneles o generales. La disolución del programa unificador de Bolívar parece que no puede detenerse ni siquiera dentro de las mezquinas fronteras logradas. El Perú virreinal está amenazado por incesantes asonadas militares y antagonismos regionales; no se percibe ni siquiera la sombra de un poder central. Un audaz bandido que la historia peruana conoce bajo el nombre de Agustín Gamarra se encarama a la presidencia de la República.
Después de cumplir su obscuro período deja el poder al general Orbegoso, insignificante terrateniente de Trujillo. Pero el nuevo presidente se ve inmediatamente jaqueado por Gamarra al mismo tiempo que el general Felipe Santiago Salaverry, otro aventurero inescrupuloso -soldado de San Martín a los 14 años de edad- se lanza ciegamente a la conquista del poder. Naturalmente, los tres son "generales": aunque Orbegoso sea una perfecta nulidad política y militar y Agustín Gamarra haya sido condenado a muerte por cobardía e intento de traición en los tiempos de Bolívar. Salaverry, en cambio, aunque "loco", según se lo llama, es un soldado de profesión que el fin de las guerras de independencia ha lanzado al camino. Eran legendarios su arrojo y gusto por derramar la sangre propia y ajena.
Naturalmente, los tres personajes se proclaman presidentes del Perú. Estamos en 1835; sólo han pasado cinco años de la muerte de Bolívar.
Preside la República Bolívar o Bolivia un antiguo oficial del Rey, convertido por San Martín en militar americano, el mestizo Andrés Santa Cruz. Bolívar lo ha hecho general por su acción en la batalla de Pichincha junto a Sucre; y Santa Cruz es, pese a todo, el hombre que después de haber contribuído a la ruptura de la unidad bolivariana, se propone rehacerla entre Bolivia y Perú. Éste es su proyecto. Invitado por el Presidente Orbegoso a contribuir al orden público en el Perú, convulsionado por la revueltas militares, Santa Cruz se resuelve al fin, llamado por el Congreso peruano, a entrar con sus tropas al Perú. Lucha con Salaverry, encarnación del "nacionalismo peruano", lo vence y lo fusila, expulsa al bandido de Gamarra y constituye la Confederación Perú-Boliviana.
Su régimen parodia a la Constitución vitalicia bolivariana; es un puro edificio político, que no altera la estructura social básica del Perú ni de Bolivia. Se tendrá presente que en lo relativo al problema de la tierra y del indio, el mestizo Santa Cruz retrocederá en relación a la política implantada antes por Bolívar. En Bolivia había promulgado el 2 de julio de 1829 una ley que volvía a someter a los indios del Altiplano a la antigua condición servil que, al menos en la ley escrita, ya que no en la práctica, había suprimido el Libertador. "Desde el Decreto Santa Cruz, la servidumbre personal que en realidad no se había extinguido, ni morigerado, adquiere el carácter de una institución pública.
El propósito de Santa Cruz era obtener el apoyo de las clases terratenientes y mineras del Alto Perú despojando de toda amenaza legal a su secular explotación de las mayorías bolivianas.
Sea como fuere, los adversarios de Santa Cruz no se preocupaban mucho más por la suerte del pueblo peruano o altoperuano. El crimen del mariscal consistió en pretender ampliar las fronteras de campanario y constituir una Confederación. La traición brotó en sus propias filas. Su hombre de confianza era nada menos que el traidor perpetuo, ese hombre-pesadilla llamado Casimiro Olañeta y que practicaba la deslealtad como un virtuoso pulsa un instrumento de música. Asimismo, la noticia de la Confederación conmovió el "sistema político" de América del Sur, en primer lugar de Chile y de la Confederación Argentina.
2. Portales y la oligarquía chilena.
Santa Cruz había sido Presidente del Perú y mariscal de sus fuerzas armadas, del mismo modo que la historia común del Bajo y el Alto Perú, sus analogías raciales, históricas, lingüísticas y económicas volvían la unidad política un resultado obvio de puro necesario. Pero los factores separatistas comenzaron a minar rápidamente la construcción confederal. Peor aún, el principal enemigo de la Confederación resultó ser el dictador de Chile, Don Diego Portales.
Cuando los partidos de la lucha por la independencia -carrerinos y o'higginistas- fueron desalojados del poder por anacrónicos, se apoderó del gobierno de Chile una sólida clase social que no ha soltado sino raramente el control del país desde esa época: una rancia combinación de comerciantes y terratenientes conservadores, desplegados en diversos partidos, pero unidos todos en la continuidad de un orden estable. Católicos o liberales, ultramontanos o masones, pelucones o pipiolos, frondistas o plebeyos, los integrantes de la clase dominante chilena aborrecían todo cambio y en particular toda intervención del "demos", todo gran proyecto nacional, todo atrevimiento histórico. Ceñida por la montaña y el océano, fue esa oligarquía chilena, de maneras cultas y alma petrificada, la tenaz defensora del patriotismo aldeano más obtuso.
Era perfectamente natural que semejante clase social encontrase su gran hombre político en un comerciante de Valparaíso, el puerto extranjero por excelencia de Chile, el Buenos Aires del Pacífico. Ese hombre fue Diego Portales. Es el pequeño burócrata práctico que aparece en todos los Estados balcanizados y aborrece las quimeras. Organiza la administración pública, pone orden en las finanzas, somete el ejército al poder civil oligárquico, gobierna con mano de hierro y aspira a una República chiquita y centralizada, una especie de Estado comercial más próspero que sus propios negocios privados, siempre ruinosos.
Desconfiaba de O'Higgins únicamente porque Carrera había muerto; porque detrás de O'Higgins advertía la sombra de Bolívar en el Perú. Y cuando Bolívar fue vencido y murió, aparecía ahora en el Perú otro Bolívar, más pequeño sin duda, pero que reformulaba la Confederación, y tendía a hacer del puerto del Callao un puerto más importante en el comercio del Pacífico que el de Valparaíso. De este modo, Portales prepara la guerra, desecha todas las propuestas del boliviano para negociar, abruma a sus enviados con el desprecio, lo provoca de mil maneras, asalta los barcos peruanos y los convierte en barcos chilenos y, finalmente, declara la guerra a la Confederación.
Expone sus ideas con loable concisión: "La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el Gobierno, porque equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma, la existencia de los pueblos confederados, y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un sólo núcleo. Unidos esos dos Estados, aún cuando no más sea que momentáneamente, serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancia... La Confederación debe desaparecer para siempre del escenario de América".
3. Rosas o "El equilibrio del Plata".
Pero además de Portales, había otro Pitt y otro Canning criollo del burlesco equilibrio sudamericano al otro lado del Atlántico. Era Juan Manuel de Rosas. También era hombre de negocios, como Portales, pero no quebrado como el chileno, sino rico aunque no menos conservador que su colega. A pesar de su título publicitario de "Gran Americano", nada le gustaba menos a Rosas que las locuras bolivarianas o sanmartinianas. Era un hombre arraigado, propietario de grandes estancias en la mejor pradera del mundo, la de Buenos Aires.
Desde ahí observó con creciente desconfianza que el "cholo Santa Cruz", como lo mencionaba hasta en sus notas oficiales con su peculiar desprecio de godo rubio hacia los "arribeños" (su primo y socio Anchorena llamaba "cuicos" a los altoperuanos) se proponía reiniciar el plan de Bolívar. Para peor, acogía a los emigrados argentinos en Bolivia y urdía con ellos vagos planes políticos. Nada de eso podía satisfacer a Rosas, que detentaba un título más o menos nominal sobre las provincias de la "Confederación Argentina": las Legislaturas de provincia otorgaban anualmente a Rosas, en su condición de gobernador de una de ellas, la autorización para manejar las relaciones exteriores y los asuntos de guerra en caso de haberla. De hecho, las provincias se regían por sus propios gobernadores y legislaturas como Estados relativamente autónomos.
En tales circunstancias, la perspectiva de una Confederación Perú-Boliviana, cuyo ejemplo podría despertar las viejas vinculaciones del Norte argentino con las provincias del Alto Perú, acarrearía problemas serios al poder hegemónico que Rosas se proponía mantener sobre las provincias restantes. Aunque Rosas rehusaba organizar constitucionalmente a las Provincias Unidas, para no entregar los recursos aduaneros de Buenos Aires a un poder nacional, tampoco estaba dispuesto a permitir que Santa Cruz pudiese eventualmente atraer al seno de su Confederación a algunas provincias del Norte argentino hartas del centralismo porteño.
Rosas declaró la guerra a Santa Cruz fundándose en "que la concertación en su persona de una autoridad vitalicia, despótica e ilimitada sobre el Perú y Bolivia, con la facultad de nombrar sucesor conculca los derechos de ambos estados e instituye un feudo personal que solemnemente proscriben las actas de Independencia de una y otra República... Que el ensanche de tal poder por el abuso de la fuerza, invierte el equilibrio conservador de la paz de las Repúblicas limítrofes de Bolivia y el Perú... y que la Confederación Argentina rehusará la paz y toda transación con el general Santa Cruz mientras no quede bien garantizada de la ambición que ha desplegado y no evacué la República Peruana dejándola completamente libre para disponer su destino".
¡El campeón de las "facultades extraordinarias" condenaba una "autoridad despótica"! Ya era más lógico que el dueño del puerto que se negaba a crear aunque más no fuera una Nación de 14 provincias, rechazara una Nación mucho más grande, desde el Pacífico a la frontera de Salta. Sin duda, eran los Portales, los Salaverry y los Rosas los únicos sobrevivientes de San Martín y de Bolívar. La osadía de Santa Cruz debía ser castigada, como lo fue, con una ferocidad y una saña sin ejemplo.
La prensa oligárquica de Santiago de Chile derramaba sus mieles en el dictador porteño: "El general Rosas realizó al fin las esperanzas de todos los amantes de la justicia y de la libertad americana".
Pero Rosas, de acuerdo a su costumbre, no pasó de provocar algunas escaramuzas en la frontera por medio del general Heredia, gobernador de Tucumán, y dejó morir de languidez su declaración de guerra. La ambigüedad territorial es distintiva de la política de Rosas, así como la aversión al espacio político será típica de los unitarios y rivadavianos.
Por esa razón nada es más erróneo que atribuir a Rosas la "reconstrucción de los límites" del antiguo virreinato, lo que habría sido suficiente para revalorar su figura histórica. Por el contrario, Rosas es un típico hombre del "statu quo". Ordena al general Heredia no reincorporar Tarija a las Provincias Unidas, así como impedirá siempre que el general Oribe ocupe realmente Montevideo y controle toda la Banda Oriental.
4. Valparaíso y Buenos Aires se unen para destruir la Confederación.
Por su parte, las tropas chilenas invaden el Perú, acompañadas por el general Agustín Gamarra, el traidorzuelo eterno y otros generales peruanos opuestos a la Confederación. ¡Todos los politiquillos lugareños en América del Sur, sean peruanos, chilenos, bolivianos o argentinos se unen para fragmentar, marchan juntos para vivir separados, se sienten hermanos en la balcanizacion! Las maniobras diplomáticas y militares del astuto Santa Cruz resultan inútiles ante la vastedad de las fuerzas chilenas y peruanas que se unen contra la Confederación. Santa Cruz abandona Lima, esa "Babilonia de América", que ablanda con sus mujeres a todos los ejércitos; el insumergible Gamarra se hace proclamar "Presidente del Perú". En ese momento hay siete presidentes en el Perú: Orbegoso, Gamarra, Santa Cruz, Riva Agüero, Pío Tristán, Nieto y Vidal.
Poco después, Santa Cruz es deshecho en la batalla de Yungay por el general chileno Manuel Bulnes. Simultáneamente el vicepresidente de Bolivia, general Velazco, se subleva contra el jefe en Tupiza y felicita al chileno Bulnes por su victoria sobre la Confederación. El 16 de julio de 1839 se instala en Chuquisaca el Congreso "Nacional" con la presidencia de José María Serrano, incondicional de Santa Cruz y de su política hasta ese momento. Serrano fulmina a Santa Cruz: "Gracias a los heroicos hijos de Caupolicán y de Lautaro, ha desaparecido de entre nosotros ese abominable monstruo, que insensible a los encantos de la virtud, era como el hierro de la ambición y la codicia...".
Dicho Congreso, compuesto de los mismos Olañetas, Serranos y encomenderos que apuñalaron a Sucre, declara "A Don Andrés Santa Cruz, Presidente que fue de Bolivia, insigne traidor a la Patria, indigno del nombre boliviano, borrado de las listas civil y militar de la República y puesto fuera de la ley desde el momento en que pise su territorio...".
El nuevo presidente Velasco ordena el embargo y secuestro de los bienes de Santa Cruz. Se glorifica a los chilenos en las ciudades de Bolivia y se amenaza con el fusilamiento a la mujer del ex Presidente. Emigrado en el Ecuador, Santa Cruz carece de recursos y vive en la miseria. En definitiva, y después de alguna frustrada tentativa de regresar a Bolivia, Santa Cruz se exilia a Europa por la común decisión de tres gobiernos, los de Chile, Perú y Bolivia. Un caudillo popular boliviano, el general Belzú, lo nombrará años más tarde agente diplomático boliviano en Europa. Tal fue el destino del último altoperuano que quiso meterse a unificador. ¡No había crimen peor!
La nueva política española del siglo de la Ilustración borbónica se reflejó en la vida intelectual de Centroamérica con mayor fidelidad que en otras regiones de las Indias. La prensa patriota aparecía a fines del siglo XVIII como la expresión del siglo de las luces, bajo la alta protección de Carlos III. La Real Sociedad Económica de Amigos del País, a semejanza de entidades análogas difundidas en España por la política de Campomanes y Jovellanos, introducía a los espíritus cultivados de Centroamérica en las preocupaciones del nuevo orden mundial.
Del mismo modo, la invasión napoleónica, la formación de las Juntas y las Cortes de Cádiz generan un fenómeno marcadamente diferente al que suscitarán esos acontecimientos en el resto de la América Hispánica. Hay Junta, pero no hay guerra contra el absolutismo. Los propios funcionarios españoles en Centroamérica se allanaron a la nueva situación y juraron la Constitución de 1812. Las reuniones de las Cortes de Cádiz ejercieron mayor influjo en Centroamérica que en otras partes del continente revolucionario. Tanto en las Cortes de 1810-1812 como en las de 1820, se sentaron los diputados centroamericanos.
La reacción absolutista no se ensañó contra los centroamericanos, que recién emprendieran el camino de la independencia absoluta en 1821. Los dos o tres lustros que presencian una lucha despiadada y sin cuartel en los Virreinatos del Perú, Nueva Granada y Río de la Plata transcurren en paz para los centroamericanos. La influencia liberal de Cádiz en las normas jurídicas de Centroamérica es evidente, así como resulta indiscutible el carácter abstracto de dichas medidas en cuanto a su estructura social profunda.
6. Serviles y fiebres.
La figura intelectual más notable de la independencia centroamericana fue José Cecilio del Valle, quien sometió a crítica la legislación de Indias. Del Valle subrayaba el abismo entre ese monumento jurídico y la vida real de la Capitanía. Juzgaba condenatoriamente el régimen de encomiendas que esclavizaba al indio y la propensión real al oro y la plata, así como las prohibiciones fiscales para liberar las exportaciones de los frutos del país. Por lo demás, el estanco del tabaco, del aguardiente de caña (y de la pólvora y de los naipes) aunque favorecían la recaudación fiscal, ahogaban la producción. El régimen prohibitivo español desarticulaba el comercio mutuo entre las Provincias de la Capitanía, impidiendo la creación de un mercado interior.
Del Valle ironizaba con respecto a la Leyes de Indias que presentaban al indio como un ser humano igual a los blancos europeos, pero que le prohibían al mismo tiempo montar a caballo, participar en bailes, o emplear armas ofensivas y defensivas. Observaba al mismo tiempo que en la legislación indiana los doctos jurisconsultos de la Corona habían redactado más de cien leyes sobre asuntos del protocolo, precedencias y ceremonias, pero ninguna sobre el fomento de la agricultura.
El establecimiento de las Cortes en la Isla de León produjo un entusiasmo político indescriptible en Centroamérica. El clero bajo se dividió, como en el resto de América, entre los serviles y fiebres, según se llamaba en Centroamérica a los liberales. Pero en las segundas Cortes de Cádiz de 1820 la desigualdad de representación política disgustó a los diputados centroamericanos. En efecto, mientras la metrópoli se asignaba un diputado cada 60.000 habitantes, los diputados americanos en conjunto no podían pasar de 30. Cuando un diputado guatemalteco quiso protestar por esta discriminación en el recinto de las Cortes "fue ahogada su voz por el tumulto que sus palabras provocaron, a tal punto que le fue impuesto silencio por el presidente y al querer ausentarse de la Sala de Sesiones, le fue impedido, todo lo cual conmovió profundamente a los americanos que estaban allí presentes".
7. Clases y razas.
Sobre los conflictos de clase que se escondían bajo el ropaje retórico de los jefes revolucionarios, pueden dar idea los temores que la ardorosa participación de los artesanos (todos ellos ladinos o mestizos) suscitaron en el espíritu de José Cecilio del Valle. Las turbulencias populares de 1811 y 1814 en Guatemala, destinadas a presionar a las autoridades alarmaron al intelectual. Sus recelos le dictaron la idea de que el Acta de la Independencia fuese publicada por el Jefe Político, "para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo".
La oligarquía criolla repetía la hipocresía jurídica de las Leyes de Indias, tan acremente juzgada por el mismo Del Valle, de hablar de la libertad de las clases bajas y negarlas en la realidad de la vida social. El historiador salvadoreño Ricardo Gallardo apunta certeramente este dilema: "Los Próceres centroamericanos de origen criollo se interponían entre los españoles, por una parte, y los ladinos o mestizos, por otra, aborígenes estos últimos, como los primeros, de América".
Se tendrá presente que hacia la época de la Revolución los mestizos alcanzaban a la cifra de 313.334 en Centroamérica. Las masas de mestizos e indios participaron decisivamente en todas las luchas por la construcción de la República Federal de Centroamérica. Creían que la revolución también se hacía para ellos. Fue un trágico error: pues el régimen semi-servil de prestación personal, anulado por la revolución, aún en el papel, se restableció oficialmente bajo el nombre de "protecturía de indios" en 1839. En cuanto al régimen de mandamientos que debía teóricamente reemplazar al de repartimientos impuestos por la colonia española, sólo fue suprimido en 1893. ¡Bien podían juzgar los indios la revolución criolla por la prueba de sus primeros ochenta años!
La abolición del tributo, el repartimiento y la mita son reivindicaciones indígenas que no satisfacen los aristócratas criollos y que desencadenará en el interior del proceso de independencia insurrecciones específicas condenadas a la derrota. Ante los ojos de las clases oprimidas, la carrera eclesiástica era la única vía de liberación personal en la sociedad hispano-criolla. Por esa causa, serán con frecuencia los curas mestizos los más resueltos jefes revolucionarios de los indígenas expoliados por españoles y criollos. Estas insurrecciones tenían en Centroamérica el mismo carácter que las encabezadas por Tupac Amarú en Perú, por Pumacaua en el Alto Perú, y en el Reino de la Nueva Granada a fines del siglo XVII.
Las rebeliones indígenas comienzan antes de la Independencia de España y no concluyen con ella. Aún en pleno siglo XIX, en 1813, en el Convento de Belén, Guatemala, concibieron una conspiración, en la celda del superior, el presbítero indio doctor Don Tomás Ruiz, el indio Manuel Tot y otros sacerdotes indígenas. En 1820 hay otra rebelión indígena; después hay otra donde participan los indígenas de Santa Catalina; en 1838 los indios bajo el mando de Anastasio Aquino se levantan en el Departamento de San Vicente, El Salvador. Todas ellas perseguían lo que los criollos no habían concedido: abolición del tributo, liquidación del repartimiento y supresión de la mita.
8. Las Provincias Unidas de Centroamérica.
El fracaso de la revolución liberal española y su ceguera frente a la América revolucionaria debían originar necesariamente la ruptura centroamericana con la metrópoli, lo que ocurrió en 1821. Pero la revolución en México derivó hacia la coronación como Emperador del general Iturbide. La proximidad de Guatemala y los vínculos antiguos que ambos territorios mantenían sugirió a Iturbide la idea de anexarse Centroamérica.
La ruptura de este violento vínculo, no consentido por todas las provincias centroamericanas, se produjo con la caída del efímero Imperio Mexicano y el Congreso centroamericano de 1823, que declaró la independencia política de España tanto como de México. A partir de esa fecha el antiguo Reino de Guatemala comenzó a llamarse Provincias Unidas de Centroamérica. El mismo Congreso llamaba a celebrar una Asamblea para constituir una Confederación que representase a la gran familia americana.
El inspirador de la idea fue el hondureño José Cecilio del Valle. Al general Francisco de Morazán le correspondió la tarea de poner en marcha la República Federal de Centroamérica. Gobernó esa región durante ocho años e influyó en Centroamérica casi dos décadas. Es la figura política y militar más notable del período, pero su programa debió desenvolverse en una lucha incesante de las diversas pandillas facciosas del separatismo centroamericano que sometieron a la República unificada a una guerra civil sin cuartel.
La política separatista de los pequeños políticos regionales encontró un interesado sostén en las intrigas diplomáticas británicas, interesadas en perpetuar su divisa "Divide et impera". Complicado el objetivo de la unión federal con el antagonismo artificial entre católicos y liberales, la fuerza motriz del separatismo fue sin duda la misma que en el resto de la América Hispánica. En efecto, así como El Salvador, desde los últimos días coloniales los poderosos productores de añil eran el más importante factor político de esa provincia, en los restantes Estados minúsculos los intereses exportadores se agrupaban bajo las más diversas políticas para imponer sus privilegios vinculados al mercado mundial.
El raquítico poder militar de Morazán era impotente para reunir en un solo Estado a los sectores de una economía centrífuga. Sólo la expropiación de aquellos sectores, la liberación radical de los indios y mestizos y el establecimiento de una dictadura popular centralizada habría podido a mediados del siglo XIX crear las condiciones de la civilización y del progreso económico. ¿No lo había hecho Pétion en Haití, el Dr. Francia, en el Paraguay? La respuesta sería inmediata: ambos fueron destruídos por el mercado mundial: el capitalismo europeo no quería más capitalismo en los "tristes trópicos": sólo exigía plátanos, añil, café y azúcar.
9. Capitalismo mundial y fuerzas centrífugas.
El conjunto de las fuerzas productivas del capitalismo mundial se expandía vigorosamente en los cuadros del capitalismo europeo; en las regiones coloniales o semicoloniales los recursos productivos del sector agrario prosperarían como economías exportadoras, y adecuarían sus sistemas de poder en pequeños Estados que sólo podrían vivir de la exportación de una o dos materias primas. El capitalismo mundial se fundó en la creación de los grandes Estados nacionales y se consolidó por la fragmentación del poder de las semi-colonias, a las que transformó en Estados monocultores sometidos a la política mundial de precios regulados por la Europa capitalista.
El único centro europeo de poder vinculado a la América hispánica, capaz de elevarla en un largo proceso al nivel de las fuerzas productivas del capitalismo moderno, era España. Pero el Imperio hispano-criollo, como ya lo hemos visto, sucumbió a la debilidad orgánica de la propia burguesía española. Esta no logró siquiera consumar su revolución interior; mucho menos estaba en condiciones de crear un Imperio más allá del Atlántico.
La disolución de la República Federal de Centroamérica en 1838 quedó formalizada cuando el Congreso Federal declaró que "son libres los Estados para Constituírse del modo que tengan por conveniente".
Cuatro años después, en 1842, el general Morazán fue fusilado por el monstruoso general Rafael Carrera, campeón del separatismo centroamericano. Sátrapa indígena y general bufo, se proclamó "hijo de Dios" y "Rey de los Indios". Había sido cuidador de cerdos en Matasquintla, Guatemala, como Pizarro, el conquistador del Perú. Pero no era Pizarro. Debió su asombroso triunfo político a una furiosa política separatista.
Gobernó Guatemala durante treinta años, azuzando en los restantes cuatro Estados su división permanente, a cargo de otros generales de su misma jaez, con la bendición de la jerarquía eclesiástica y de los terratenientes. Este protector del statu quo gustaba escuchar música de Mozart "sentado bajo dosel en el presbiterio de la catedral de la capital".
10. El separatismo de Carrera y los ingleses.
En 1849 se realizó una nueva tentativa de unión bajo el nombre de Representación Nacional de Centroamérica, ante la amenaza de una intervención imperialista extranjera: los filibusteros al servicio de los Estados Unidos sembraban la alarma en Centroamérica. Gran Bretaña, por su parte, pretendía extender su influencia en los territorios Mosquitios, pertenecientes a Nicaragua y Honduras, mediante la artificial creación de la monarquía Mosquitia. Nuevamente en 1852 se realiza en Honduras, con la oposición del siniestro general Carrera, un tentativa de reunión constituyente de Centroamérica.
El partido conservador de Guatemala, que encarnaba la infamia en un alto poder de concentración, se oponía tenazmente a toda política unionista. Las campañas militares de los restantes Estados de la época para derrocar a Carrera e imponer la unidad del Istmo fracasaron, pues justamente el mayor poder económico exportador de Centroamérica residía en Guatemala, cuya clase terrateniente apoyaba al "indio" Carrera. Guatemala resultaba ser, de este modo, una Prusia al revés.
Al mismo tiempo, Costa Rica reñía con Nicaragua por cuestiones territoriales sobre sus respectivos derechos en la región de Guanacaste, heridas limítrofes ahondadas y envenenadas por el cónsul Chatfield, que promovía en ese momento un bloqueo de los puertos salvadoreños con el argumento de ciertas deudas. Guatemala perdía, en tales circunstancias (1851), el territorio de Belice, que pasaba a manos de Inglaterra. Esta última apoyaba sin embozo al asesino Carrera.
Belice era una fuente de pingües beneficios para Gran Bretaña, ya que los leñadores negros, al mando de pedagógicos capataces británicos cortaban palo campeche o palo brasil, premiado con altas cotizaciones en el mercado mundial.
La codicia británica por Belice se remontaba al siglo XVIII. Los ingleses habían poblado ese territorio guatemalteco con negros y zambos originarios de Jamaica, entre ellos muchos condenados a presidio. Un siglo antes de la Independencia se llegó a exportar hasta 5.800 toneladas de palo de campeche por año. La tonelada se pagaba en esa época hasta 100 libras esterlinas.
Entre Estados Unidos e Inglaterra, Centroamérica era despedazada. Mientras Inglaterra renunciaba a sus presuntos derechos sobre el futuro Canal en el Istmo, en favor de Estados Unidos, este último permitía, en canje, que Inglaterra aumentase tres veces el territorio de Belice. El presidente Carrera suscribió un monstruoso tratado con Inglaterra por el cual cedía a esta última el territorio de Belice, a cambio de la construcción de un camino desde la ciudad de Guatemala hasta la costa atlántica. El camino no fue construido jamás, pero Inglaterra no devolvió Belice.
La política inglesa alcanzó en Centroamérica una perfidia rara vez superada. El agente diplomático británico Frederick Chatfield fue el artífice poco visible de la fragmentación de la República Federal de Centroamérica. La soberbia del Foreign Office ante estas pequeñas Repúblicas no reconocía límites. Bastará señalar que el enviado centroamericano don Marcial Zebadúa llegó a Londres en 1825 para entrevistar a Canning. En 1830 aún no la había recibido.
11. Los filibusteros invaden Centroamérica.
La historia posterior de Centroamérica encierra cuanto pueda pedirse a la fantasía de un ebrio, y escapa a los límites de nuestro trabajo describir esa tragedia. El personaje más típico de esta desventurada historia es sin duda William Walker, que llegó a Nicaragua con 55 forajidos: la "falange norteamericana de los inmortales". Su lema era: "Five or None!", esto es ¡Cinco o ninguna! No se trataba de mujeres, dice el historiador Gallardo, sino de Repúblicas. El último de los filibusteros deseaba la posesión de toda Centroamérica. Se constituyó en el flagelo del Istmo. Se proponía hacer de "cada pueblo una tumba y de cada marcha una hecatombe".
A su retirada destruía y saqueaba cuanto encontraba a su paso. Nuevos reclutas procedentes de Estados Unidos con armas modernas aumentaron rápidamente el poder de Walker, extraoficialmente apoyado por el gobierno de Washington. El único factor positivo suscitado por dicho bandolerismo fue que la alarma de los Estados centroamericanos los impulsó a unirse para rechazarlo. El presidente títere de Nicaragua impuesto por Walker y sus asesinos era Patricio Aivas, que fue inmediatamente reconocido por los Estados Unidos. Sucesivamente toda Centroamérica lanzó sus fuerzas contra Walker, cuando se proclamó Presidente de Nicaragua. Este delincuente de género extraordinario tenía arrestos de matamoros, sabiéndose respaldado por la Casa Blanca.
Para conocer sin lugar a dudas a Walker y a los amos que lo sostenían, nada mejor que reproducir su programa, bajo la forma de cuatro decretos que expidió en Nicaragua el 12 de julio de 1856. En el 1o., decretó un empréstito, ofreciendo en pago las tierras de Nicaragua; en el 2o., decretó la confiscación de los bienes nicaragüenses, en particular de sus adversarios; en el 3o., implantó como idioma oficial el inglés; y en el 4o., establecía la esclavitud.
Era demasiado y hasta los reaccionarios más cerriles de Centroamérica se unieron para aplastarlo. Al abandonar la ciudad de Granada, la incendió por completo y dejó un cartel: "Aquí estuvo Granada". Vencido, llegó en compañía de sus acólitos a Nueva Orleans, donde fueron recibidos como héroes nacionales. En realidad, lo eran. Intentó luego por tres veces invadir Centroamérica. A la tercera, fue capturado por una fragata inglesa, entregado a las autoridades hondureñas, juzgado y fusilado en 1860. ¡Rara Victoria de la justicia! Siempre aparece en el horizonte de todo conflicto, por lo demás, una oportuna fragata del Imperio. Sobre todo si se trataba, como en este caso, de moderar el excesivo apetito de Estados Unidos.
12. El general Barrios funda la República de Centroamérica.
Muerto plácidamente en su lecho el sátrapa Carrera, asumió el poder en Guatemala en 1873 el general Justo Rufino Barrios. Era un liberal nacionalista, resuelto partidario de la unidad centroamericana. Declaró en un manifiesto que sólo mediante su unión, naciones como Alemania e Italia habían logrado su grandeza: "divididos y aislados no somos nada: unidos... podremos serlo, y lo seremos, todo".
El general Barrios expidió un Decreto de Unión el 28 de febrero de 1885 declarando la creación de una sola República de Centroamérica y asumiendo el carácter de Supremo Jefe Militar de la Nación. Con este golpe bismarckiano, Barrios aspiraba a suprimir por medios militares los obstáculos para la unión. Pero todos los gobiernos centroamericanos se opusieron a una unión por la fuerza y reclamaron ante los gobiernos extranjeros, en particular ante México, gobernado por el déspota Porfirio Díaz. Este respondió movilizando el ejército mexicano hacia la frontera de Guatemala.
En su sesión del 19 de marzo de 1885 el Senado de los Estados Unidos declaraba que "todo intento de Unión por la fuerza con las demás Repúblicas de Centroamérica, lo consideraría como inamistosa y hostil intervención en sus derechos, por estar pendiente el tratado sobre el Canal interoceánico".
Las acciones militares concluyeron con la derrota de Barrios y con su propia vida en la batalla de Chalcuapa. El resto de las tentativas de unión centroamericana pertenece más a la historia de la literatura jurídica que a la historia misma. Estados Unidos, a semejanza de Inglaterra, se oponía a toda unidad latinoamericana "por la fuerza"; y puesto que por las vías pacíficas no era posible lograrla y la vía militar estaba prohibida por "hostil", la única salida era la "balcanización".
¡Cómo si la unidad nacional de Estados Unidos no hubiera sido obtenida por una guerra civil de varios años y por la muerte de Lincoln!
Luego de estas desesperadas tentativas por construir un gran Estado unitario en el siglo XIX, los centroamericanos debían sufrir en el siglo XX las invasiones y ocupaciones sucesivas y regulares de los infantes de marina yanquis, Adquirirían así la condición de "territorios ocupados" -Nicaragua, Santo Domingo o Cuba- y se forjaría la tradición europea de "Repúblicas de bananas", inflexión despreciativa de los cultos rentistas y confortables cabecillas de ladrones internacionales.
13. De las armas a la política.
La lucha armada por la unificación nacional de América Latina había concluído con la caída de Artigas, San Martín, Bolívar, Santa Cruz, Morazán y Barrios: había durado medio siglo. Ahora, los últimos ecos de esa lucha se manifestarían en el terreno de la política y la diplomacia en lo que resta del siglo XIX. Pero la tendencia es declinante. La pugna por creación de la nación latinoamericana se irá transformando poco a poco en escaramuzas contra el imperialismo dentro del sistema insular heredado. De la lucha por la unidad a través de las armas, se pasará a débiles enfrentamientos por medio de la diplomacia. Y así como a la precaria unidad bolivariana ha sucedido la posterior fragmentación, ahora seguirá la mutilación territorial (México) y hasta la cínica creación de "soberanías" nuevas (Panamá). Narraremos brevemente la melancólica historia de este derrumbe.
El Ministro de Relaciones Exteriores de México, Don Lucas Alamán, alarmado ante los continuos avances y provocaciones de los colonos norteamericanos radicados en Texas, invitaba al Congreso de México en 1832 a prohibir la inmigración extranjera de ese origen. Pero ya era tarde. El proceso de saqueo territorial de México estaba por comenzar. Fue en tales circunstancias que el mismo Alamán concibió la convocatoria de un Congreso latinoamericano. Aludiendo al Congreso de Panamá planeado por Bolívar, decía Alamán que aquél "no produjo los saludables efectos que eran de esperarse... [por] la presencia de agentes de Potencias que de ninguna manera estaban interesadas en que el proyecto saliera adelante".
Don Lucas Alamán, notorio conservador y católico, advirtió largamente acerca del peligro yanqui sobre Texas. Uno de sus adversarios liberales, Don Lorenzo de Zavala, criticaba la política de Alamán acerca de Estados Unidos, pues muchos hombres del liberalismo, eran rendidos admiradores del vecino del Norte en virtud de que, decía Zavala "[el] tiempo de las conquistas militares ha pasado ya en América y sólo se conocerán, al menos por algunos siglos, la de la libertad y la de las luces. A estas armas sólo pueden oponerse armas iguales; porque los progresos de la táctica militar se han detenido delante de los adelantos de la razón pública, de la convicción popular; fruto precioso de la imprenta y la filosofía".
¡Como para entender la historia latinoamericana mediante la simple oposición de conservatismo y liberalismo!
14. De la fragmentación a la mutilación.
Pero esta invitación no encontró eco. En 1835, cinco años después de la muerte de Bolívar y de la disgregación de la Gran Colombia, aquel México que había ambicionado anexarse Centroamérica con el Emperador Iturbide, perdía a su vez, entre los colmillos de los expansionistas yanquis, cuatro Estados gigantescos: Texas, Nueva México, Arizona y California. El primero de ellos, cuya extensión geográfica era mayor que la de Francia, fue colonizado por aventureros noteamericanos, la resaca social de esa nación, según sus propios apologistas: "rudos elementos de su clase, gente habituada a vivir al margen de la ley, imposible de gobernar sino por métodos establecidos por ellos mismos". Presidente de Estados Unidos, Andrew Jackson, un pillo brutal cuya fórmula favorita era "primero se ocupa el territorio en disputa y luego se alega el derecho a ocuparlo", eligió un héroe digno de la empresa. Envió a texas a un antiguo compinche del ejército. Era Sam Houston, cuya degradación personal, así como su alcoholismo crónico, resultaron tan insoportables en otro tiempo a sus colegas, que debió incorporarse durante varios años a una tribu de indios cherokees. Estos lo admitieron como hermano, otorgándole el honroso título de "Gran Borracho". Tal despojo humano fue llamado desde la tribu a la Casa Blanca por el Presidente Jackson, quien le dio instrucciones precisas para encabezar una "revolución" en Texas y "liberar" a los colonos yanquis de la "tiranía de México".
El "Gran Borracho", entonado por el ardiente ron en el cofre divino, no pudo contenerse al salir de la Casa Blanca. Dijo a los periodistas: Voy a Texas a hacerme un hombre otra vez. Seré presidente de una gran república. Y habré de traerla a los Estados Unidos".
Los especuladores de tierras, como Butler y los banqueros asociados proporcionaron todos los recursos necesarios. México perdió entre 1835 y 1846 alrededor de 1.400.000 km2, casi la mitad de su territorio (más que el actual territorio de la Argentina). Inmediatamente después de ocupar la tierra mexicana, los "civilizadores" norteamericanos restablecieron la esclavitud, que había sido abolida años antes por los "bárbaros mexicanos". Usureros, asesinos, especuladores, banqueros, dipsómanos incurables y ladrones de oficio ampliaron la jurisdicción territorial de Estados Unidos.
Engels se equivocó al juzgar el zarpazo; pero un poeta norteamericano, por lo menos, escribió unos versos como humilde lápida:

"Que griten la tonada de la libertad
Hasta amoratarse las caras
Quieren solamente a California
Para sumarla a los Estados Unidos esclavistas
Y luego engañarnos y saquearnos".

El territorio de la patria latinoamericana, en lugar de unificarse se reducía, de Norte a Sur.
15. Invasiones y congresos.
Mientras sufría estas amputaciones, y las guerras civiles desgarraban todavía su suelo, México se dirigía en 1838 al gobierno de Venezuela para asociarlo al Proyecto de Congreso Hispanoamericano, reproduciendo su circular de 1831. El lugar de reunión sería Tacuyaba, Panamá o Lima. Repite esta invitación un año más tarde y nuevamente en 1840. Pero la tierra natal de Bolívar rehusaba: el antiguo foco de la unidad ahora era aislacionista y renegaba del programa bolivariano.
Por lo demás, se aproxima un período en que América Latina será considerada cada vez más botín, presa o bien mostrenco de las grandes potencias. Uno de los antiguos oficiales de Bolívar, el general ecuatoriano Juan José Flores, conspira desde España, con el apoyo de la Corte, para armar un ejército mercenario en Europa, regresar a América del Sur y apoderarse del poder como Regente, instaurando una monarquía Borbón en Ecuador, Bolívar, Perú y otros Estados. Pretendía coronar a un hijo menor de la Reina María Cristina y de su morganático marido. El insensato proyecto se disipa entre las intrigas de los dormitorios reales. Más tarde, en 1859, el dictador García Moreno, también del Ecuador, pedirá un protectorado de Francia; luego, Luis Napoleón, el sobrino del Bonaparte célebre, instalará en México a Maximiliano de Austria, que concluirá fusilado en Querétaro por Benito Juárez.
En este cuadro político, donde Estados Unidos y las potencias europeas, en particular Inglaterra y Francia, despliegan todo su poder colonial, se reunió en Lima en 1837 el Congreso de Plenipotenciarios Americanos al que asistieron delegados de Bolivia, Chile, Ecuador, Nueva Granada, Perú y México. El gobierno del Perú invitaba al general Rosas, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, a concurrir a dicho Congreso, ante la amenaza de nuevos ataques contra la soberanía hispanoamericana. Rosas adhirió al proyecto, pero se excusó de concurrir al Congreso dadas "las extraordinarias circunstancias de la Confederación Argentina".
En esos momentos las flotas inglesa y francesa bloqueaban el Río de la Plata y Rosas enfrentaba a las dos mayores potencias europeas de la época. La aversión contra los extranjeros era general en América.
Sarmiento, en cambio, el famoso libelista adversario de Rosas, emigrado de Chile, escribía contra el Congreso americano, al que reputaba ineficaz, pues "no había propiamente intereses recíprocos entre los Estados americanos sin instituciones arraigadas".
Ni se le ocurría a Sarmiento, tan fértil en ocurrencias, que las instituciones no arraigaban en América porque América estaba dividida como Polonia y que las instituciones que irían a arraigarse, con la ayuda de Sarmiento naturalmente, en el Río de la Plata, lo serían para rematar la "balcanización" y oponer a los históricos "intereses recíprocos", los "intereses antagónicos" de la era insular. En el Congreso se aprobó un tratado de Confederación, otro de comercio y navegación y varios de convenios postales y consulares. Proclamó asimismo el principio de no intervención. ¡Las palabras habían sucedido a las armas!
En 1856, Chile, Ecuador y Perú firmaron otro Tratado llamado Continental y que debía presentarse a la firma de los restantes Estados Latinoamericanos. Era abiertamente hostil a los Estados Unidos, que en esos momentos intervenía en Centroamérica detrás del filibustero Walker.
16. Dos Argentinas ante América Latina.
El Tratado Continental suscitó una general simpatía. Del Río de la Plata, sin embargo, provinieron dos posiciones abiertamente contradictorias sobre el tratado. La primera, que podríamos denominar la posición argentina, fue expresada por el gobierno de la Confederación Argentina con capital en Paraná, desempeñado por el Vicepresidente en ejercicio, general Juan Esteban Pedernera. Era un viejo soldado que había guerreado medio siglo en las campañas continentales de la Independencia. El secretario de la Presidencia era José Hernández, el artista genial, autor del poema gauchesco Martín Fierro.
Después de la caída de Rosas, el país se dividió: la provincia de Buenos Aires; con la ciudad y puerto del mismo nombre, por un lado; y el resto de las antiguas Provincias Unidas, con su capital provisoria en Paraná, por el otro. El motivo de esta división era muy claro. Al caer Rosas se replanteó la necesidad de organizar el país, o sea de nacionalizar la ciudad y puerto más importantes, que era Buenos Aires, y establecer un gobierno nacional representativo, dotado de las rentas porteñas, antes propiedad de Buenos Aires, para contribuir al progreso argentino. Los intereses porteños se unieron de nuevo -rosistas y antirrosistas, unitarios y federales de Buenos Aires- contra esa política a que aspiraba el Interior; Buenos Aires se declaró Estado independiente. Prefería romper la unidad argentina antes que entregar la Aduana.
El gobierno "del Paraná", encabezado por el general Pedernera representaba a todas las provincias argentinas, menos a la provincia de Buenos Aires. La misma provincia del separatismo antiargentino y antiamericano, la provincia de Rivadavia y de Mitre, el polo áureo de la gravitación europea. El general Pedernera respondió el 23 de noviembre de 1861 a los Estados que habían suscrito el Tratado continental, que la República Argentina "sería una vez más el primer soldado que se presente para sostener el honor y dignidad de la causa americana".
Una semana más tarde el gobierno nacional de Pedernera se disolvía ante la traición de Urquiza, su más poderoso sostén militar, y delegaba los poderes nacionales. Mediante un simulacro electoral, la provincia de Buenos Aires haría Presidente a Mitre. Controlaría todo el país para someterlo a un castigo sangriento. Paraná dejaba de ser Capital de la Confederación, que se disgregaba y todas las provincias argentinas caían bajo la férula de Buenos Aires. Los porteños europeizantes estaban en el poder.
Once meses más tarde el ministro plenipotenciario del Perú insistía ante el gobierno de Mitre sobre el Tratado. Ahora, la posición que llamaremos porteña respondía por boca de Rufino de Elizalde, agente anglobrasileño y ministro de Mitre: "La América independiente es una entidad política que no existe ni es posible constituir por combinaciones diplomáticas. La América, conteniendo naciones independientes, con necesidades y medios de gobiernos propios, no puede nunca formar una sola entidad política... La naturaleza y los hechos la han dividido y los esfuerzos de la diplomacia son estériles para contrariar la existencia de esas nacionalidades".
Rechazando toda alianza con los Estados americanos frente a una amenaza europea que estimaba quimérica, el servil Elizalde agregaba: "Por lo que hace a la República Argentina jamás ha temido por ninguna amenaza de la Europa en conjunto ni de ninguna de las naciones que la forman. Durante la guerra de la Independencia contó con la simpatía y cooperación de las más poderosas naciones. Cuando se encontró en guerra con sus vecinos, fue por la mediación de una potencia europea que ajustó la paz. En la larga época de la dictadura de los elementos bárbaros que tenía en su seno, como consecuencia de la colonia y de la guerra civil, las potencias europeas le prestaron servicios muy señalados. La acción de la Europa en la República Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora, y si alguna vez hemos tenido desinteligencias con algunos gobiernos europeos, no siempre ha podido decirse que los abusos de los poderes irregulares que han surgido de nuestras revoluciones no hayan sido la causa... Recibiendo de la Europa los capitales que nuestra industria requiere; existiendo un cambio mutuo de productos, puede decirse que la República está identificada con la Europa hasta lo más que es posible.
La claridad de ese documento justifica su transcripción completa. Enuncia la política de la oligarquía argentina ante América Latina en su siglo XIX y en el siglo XX.
Concluye Elizalde: "No puede, por consiguiente, temer nada, porque tantos antecedentes y tantos elementos le dan la más completa seguridad de que ningún peligro la amenaza. Cree que en la misma situación se encuentran todas las Repúblicas americanas. Si alguna vez las naciones europeas han pretendido algunas injusticias de los gobiernos americanos, éstos han sido hechos aislados que no constituyen una política, y los gobiernos americanos si se han sometido a aquéllos, ha sido siempre por el estado en que se han encontrado por causa de sus luchas civiles. No hay un elemento europeo antagonista de un elemento americano; lejos de eso, puede asegurarse que más vínculos, más interés, más armonía hay entre las repúblicas americanas con algunas naciones europeas, que entre ellas mismas".
Don Buenaventura Seoane, ministro del Perú, le respondía irónicamente el 17 de noviembre de 1862: "¿Y Santo Domingo, Sr. Ministro? ¿Y México?, ¿Y las Islas Malvinas?". En ese momento España invadía Santo Domingo y Francia a México; Inglaterra ocupaba las Malvinas hacía 30 años.
El firmante de esa nota, insolente hacia los pueblos hermanos y humilde hacia los Estados poderosos de Europa, era un petimetre capaz de todas las felonías para gozar de la aprobación de su amo del momento. Empujó el carruaje de Manuelita Rosas sustituyendo a los caballos en uno de los episodios particularmente serviles del viejo régimen rosista en cuya corte ecuestre de los Cuarteles de Palermo el César criollo contaba a Elizalde como uno de sus bufones predilectos. Pero había "vuelto su poncho" al día siguiente de la derrota de Caseros, traicionó a Rosas para unirse a los vencedores y adularlos con la misma pasión que había consagrado antes al caído Restaurador. Era la indignidad hecha hombre.
Descendía directamente de la estirpe porteña de cortesanos probritánicos cuyo paradigma en la generación anterior había sido Manuel José García, el agente de Ponsonby en la segregación de la Banda Oriental, así como su jefe del día, el general Mitre, era el equivalente del Señor Rivadavía en su librecambismo ortodoxo, su odio a Bolívar y a los gauchos, su respeto lacayuno por los embajadores de las cortes europeas.
17. La flota española en el Pacífico.
Un nuevo congreso americano se celebró en Lima a principios de 1864. En una de sus habituales faltas de cordura, Sarmiento, amigo de Mitre, asiste al Congreso en Lima, invocando una imprecisa representación argentina.El Presidente Mitre lo desautoriza:"Usted parece haber olvidado la historia del pretendido Congreso. Bolívar lo inventó para dominar a la América y el móvil egoísta que lo aconsejó mató la idea por cuarenta años".
Mitre era tan incapaz de matar ideas como de crearlas; pero se consolaría matando hombres, mujeres y niños en el Paraguay. La unidad americana del mitrismo porteño era la unidad en la tumba.
En abril de ese mismo año España intervenía nuevamente en América ocupando las Islas Chincas en el Perú, en una turbia combinación con la invisible Inglaterra y se disponía a atacar a Chile. El ministro de Relaciones Exteriores de Chile, ante la insolencia de la flota española en el Pacífico, escribía al ministro de España en mayo de 1864 "que los peligros exteriores que vengan a amenazar a algunos de ellos (los Estados latinoamericanos) en su independencia o seguridad no deben ser indiferentes a ninguno de los otros".
El español respondió con una ironía que en relación con Buenos Aires se demostraría certera: "Mi gobierno ignora que el de Chile ejerza algún protectorado sobre el Perú, ni que con éste tenga algún tratado público o privado de alianza ofensiva y defensiva".
Parecía que una nueva Santa Alianza europea, ayudada esta vez por el arrogante Imperio yanqui, iría a doblegar a la América Latina. Una expedición francesa, enviada por el Emperador Napoleón III, el ridículo sobrino del corso, imponía en un trono fabricado al efecto a Maximiliano de Austria en tierra azteca. Los Estados del Pacífico, en particular Chile y Perú, viejos aliados de las Provincias argentinas en la lucha contra el absolutismo español, pedían el apoyo del gobierno de Buenos Aires. Pero Mitre rehusó comprometerse con Chile y Perú; declaró su neutralidad ante el ataque español. "El mercantilismo porteño fue elevado en esta circunstancia a la categoría de política nacional", escribía Gabriel René-Moreno.
18. Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá.
La única predilección exterior de los porteños, fuera de Gran Bretaña, era el Imperio del Brasil, instrumento de Inglaterra. En el mismo momento que Mitre negaba su apoyo a los pueblos del Pacífico, España ocupaba Santo Domingo. Inglaterra apoyaba a los esclavistas del Sur norteamericano en la guerra civil. México estaba ocupado por tropas francesas. La propia Buenos Aires, aliada al Brasil británico, se disponía a invadir y exterminar el Estado del Paraguay, primer modelo de Estado soberano e industrial en la América del Sur.
Los treinta años posteriores constituyen el espectáculo tragicómico de una nación despedazada cuyos muñones y órganos imitan los gestos y movimientos de seres normalmente conformados. La fragmentación se organiza en el marco de los "Estados Nacionales". El sistema intercomunicante del mercado mundial en la época de mayor prosperidad de toda la historia del capitalismo europeo, permite a estos Estados, grotescamente trocados en "Naciones", gozar en ese período de cierta estabilidad. Se forman clases asociadas al comercio de exportación y beneficiadas por el sistema. Se confeccionan escudos, símbolos, monedas, mapas, uniformes, estampillas, libros geográficos y textos de historias nacionales tan contrahechos como las mutiladas geografías. La historia latinoamericana ha muerto, como los hombres olvidados que la hicieron.
El programa que Bolívar había comenzado en Panamá en 1826, debía concluir en 1903, también en Panamá, convertida de cuna en sepulcro de la bandera bolivariana. Para construir el Canal interoceánico contra la voluntad del Senado colombiano, el imperialismo norteamericano arrebataba su provincia norteña a Colombia y anunciaba al mundo el nacimiento de una nueva soberanía. ¡Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá! América Latina ya estaba en condiciones de realizar un balance de los primeros cien años de su "era independiente".

Página Principal

© Copyright 2000  La Patria Grande - Todos los derechos reservados

Ir arriba