CAPITULO XI
DE MORAZAN A LA ERA INSULAR
"La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es
insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el Gobierno,
porque equivaldría a su suicidio... La Confederación debe desaparecer para
siempre del escenario de América... Debemos dominar para siempre en el
Pacífico".
Diego Portales al Almirante Blanco Encalada.
"La Confederación Argentina rehusará la paz y toda transacción con
el General Santa Cruz mientras no quede bien garantizada de la ambición que
ha desplegado y no evacúe la República Peruana dejándola completamente
libre para disponer su destino".
Juan Manuel de Rosas.
"Divididos y aislados no somos nada: unidos...
podremos serlo y lo seremos, todo."
General Justo Rufino Barrios.
La década siguiente a la muerte de Bolívar presenciará la fundación y
disolución de la Confederación Perú-Boliviana y la caída de la República
Federal de Centroamérica. Andrés de Santa Cruz y Francisco de Morazán
serán las figuras centrales de ambos dramas. Excepción hecha de Santa Cruz,
veremos a los últimos oficiales del libertador acuchillarse recíprocamente,
incapaces ya de sostener los ideales nacionales.
1. La Confederación Perú-Boliviana.
Con la caída de la Gran Colombia, el Perú independiente es desgarrado por
furiosas guerras civiles. Los tenientes o capitanes de los ejércitos
sanmartinianos y bolivarianos ya son coroneles o generales. La disolución del
programa unificador de Bolívar parece que no puede detenerse ni siquiera
dentro de las mezquinas fronteras logradas. El Perú virreinal está amenazado
por incesantes asonadas militares y antagonismos regionales; no se percibe ni
siquiera la sombra de un poder central. Un audaz bandido que la historia
peruana conoce bajo el nombre de Agustín Gamarra se encarama a la presidencia
de la República.
Después de cumplir su obscuro período deja el poder al general Orbegoso,
insignificante terrateniente de Trujillo. Pero el nuevo presidente se ve
inmediatamente jaqueado por Gamarra al mismo tiempo que el general Felipe
Santiago Salaverry, otro aventurero inescrupuloso -soldado de San Martín a
los 14 años de edad- se lanza ciegamente a la conquista del poder.
Naturalmente, los tres son "generales": aunque Orbegoso sea una
perfecta nulidad política y militar y Agustín Gamarra haya sido condenado a
muerte por cobardía e intento de traición en los tiempos de Bolívar.
Salaverry, en cambio, aunque "loco", según se lo llama, es un
soldado de profesión que el fin de las guerras de independencia ha lanzado al
camino. Eran legendarios su arrojo y gusto por derramar la sangre propia y
ajena.
Naturalmente, los tres personajes se proclaman presidentes del Perú. Estamos
en 1835; sólo han pasado cinco años de la muerte de Bolívar.
Preside la República Bolívar o Bolivia un antiguo oficial del Rey,
convertido por San Martín en militar americano, el mestizo Andrés Santa
Cruz. Bolívar lo ha hecho general por su acción en la batalla de Pichincha
junto a Sucre; y Santa Cruz es, pese a todo, el hombre que después de haber
contribuído a la ruptura de la unidad bolivariana, se propone rehacerla entre
Bolivia y Perú. Éste es su proyecto. Invitado por el Presidente Orbegoso a
contribuir al orden público en el Perú, convulsionado por la revueltas
militares, Santa Cruz se resuelve al fin, llamado por el Congreso peruano, a
entrar con sus tropas al Perú. Lucha con Salaverry, encarnación del
"nacionalismo peruano", lo vence y lo fusila, expulsa al bandido de
Gamarra y constituye la Confederación Perú-Boliviana.
Su régimen parodia a la Constitución vitalicia bolivariana; es un puro
edificio político, que no altera la estructura social básica del Perú ni de
Bolivia. Se tendrá presente que en lo relativo al problema de la tierra y del
indio, el mestizo Santa Cruz retrocederá en relación a la política
implantada antes por Bolívar. En Bolivia había promulgado el 2 de julio de
1829 una ley que volvía a someter a los indios del Altiplano a la antigua
condición servil que, al menos en la ley escrita, ya que no en la práctica,
había suprimido el Libertador. "Desde el Decreto Santa Cruz, la
servidumbre personal que en realidad no se había extinguido, ni morigerado,
adquiere el carácter de una institución pública.
El propósito de Santa Cruz era obtener el apoyo de las clases terratenientes
y mineras del Alto Perú despojando de toda amenaza legal a su secular
explotación de las mayorías bolivianas.
Sea como fuere, los adversarios de Santa Cruz no se preocupaban mucho más por
la suerte del pueblo peruano o altoperuano. El crimen del mariscal consistió
en pretender ampliar las fronteras de campanario y constituir una
Confederación. La traición brotó en sus propias filas. Su hombre de
confianza era nada menos que el traidor perpetuo, ese hombre-pesadilla llamado
Casimiro Olañeta y que practicaba la deslealtad como un virtuoso pulsa un
instrumento de música. Asimismo, la noticia de la Confederación conmovió el
"sistema político" de América del Sur, en primer lugar de Chile y
de la Confederación Argentina.
2. Portales y la oligarquía chilena.
Santa Cruz había sido Presidente del Perú y mariscal de sus fuerzas armadas,
del mismo modo que la historia común del Bajo y el Alto Perú, sus analogías
raciales, históricas, lingüísticas y económicas volvían la unidad
política un resultado obvio de puro necesario. Pero los factores separatistas
comenzaron a minar rápidamente la construcción confederal. Peor aún, el
principal enemigo de la Confederación resultó ser el dictador de Chile, Don
Diego Portales.
Cuando los partidos de la lucha por la independencia -carrerinos y
o'higginistas- fueron desalojados del poder por anacrónicos, se apoderó del
gobierno de Chile una sólida clase social que no ha soltado sino raramente el
control del país desde esa época: una rancia combinación de comerciantes y
terratenientes conservadores, desplegados en diversos partidos, pero unidos
todos en la continuidad de un orden estable. Católicos o liberales,
ultramontanos o masones, pelucones o pipiolos, frondistas o plebeyos, los
integrantes de la clase dominante chilena aborrecían todo cambio y en
particular toda intervención del "demos", todo gran proyecto
nacional, todo atrevimiento histórico. Ceñida por la montaña y el océano,
fue esa oligarquía chilena, de maneras cultas y alma petrificada, la tenaz
defensora del patriotismo aldeano más obtuso.
Era perfectamente natural que semejante clase social encontrase su gran hombre
político en un comerciante de Valparaíso, el puerto extranjero por
excelencia de Chile, el Buenos Aires del Pacífico. Ese hombre fue Diego
Portales. Es el pequeño burócrata práctico que aparece en todos los Estados
balcanizados y aborrece las quimeras. Organiza la administración pública,
pone orden en las finanzas, somete el ejército al poder civil oligárquico,
gobierna con mano de hierro y aspira a una República chiquita y centralizada,
una especie de Estado comercial más próspero que sus propios negocios
privados, siempre ruinosos.
Desconfiaba de O'Higgins únicamente porque Carrera había muerto; porque
detrás de O'Higgins advertía la sombra de Bolívar en el Perú. Y cuando
Bolívar fue vencido y murió, aparecía ahora en el Perú otro Bolívar, más
pequeño sin duda, pero que reformulaba la Confederación, y tendía a hacer
del puerto del Callao un puerto más importante en el comercio del Pacífico
que el de Valparaíso. De este modo, Portales prepara la guerra, desecha todas
las propuestas del boliviano para negociar, abruma a sus enviados con el
desprecio, lo provoca de mil maneras, asalta los barcos peruanos y los
convierte en barcos chilenos y, finalmente, declara la guerra a la
Confederación.
Expone sus ideas con loable concisión: "La posición de Chile frente a
la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni
por el pueblo ni por el Gobierno, porque equivaldría a su suicidio. No
podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma, la existencia de los pueblos
confederados, y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos,
religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un sólo núcleo.
Unidos esos dos Estados, aún cuando no más sea que momentáneamente, serán
siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancia... La
Confederación debe desaparecer para siempre del escenario de América".
3. Rosas o "El equilibrio del Plata".
Pero además de Portales, había otro Pitt y otro Canning criollo del burlesco
equilibrio sudamericano al otro lado del Atlántico. Era Juan Manuel de Rosas.
También era hombre de negocios, como Portales, pero no quebrado como el
chileno, sino rico aunque no menos conservador que su colega. A pesar de su
título publicitario de "Gran Americano", nada le gustaba menos a
Rosas que las locuras bolivarianas o sanmartinianas. Era un hombre arraigado,
propietario de grandes estancias en la mejor pradera del mundo, la de Buenos
Aires.
Desde ahí observó con creciente desconfianza que el "cholo Santa
Cruz", como lo mencionaba hasta en sus notas oficiales con su peculiar
desprecio de godo rubio hacia los "arribeños" (su primo y socio
Anchorena llamaba "cuicos" a los altoperuanos) se proponía
reiniciar el plan de Bolívar. Para peor, acogía a los emigrados argentinos
en Bolivia y urdía con ellos vagos planes políticos. Nada de eso podía
satisfacer a Rosas, que detentaba un título más o menos nominal sobre las
provincias de la "Confederación Argentina": las Legislaturas de
provincia otorgaban anualmente a Rosas, en su condición de gobernador de una
de ellas, la autorización para manejar las relaciones exteriores y los
asuntos de guerra en caso de haberla. De hecho, las provincias se regían por
sus propios gobernadores y legislaturas como Estados relativamente autónomos.
En tales circunstancias, la perspectiva de una Confederación Perú-Boliviana,
cuyo ejemplo podría despertar las viejas vinculaciones del Norte argentino
con las provincias del Alto Perú, acarrearía problemas serios al poder
hegemónico que Rosas se proponía mantener sobre las provincias restantes.
Aunque Rosas rehusaba organizar constitucionalmente a las Provincias Unidas,
para no entregar los recursos aduaneros de Buenos Aires a un poder nacional,
tampoco estaba dispuesto a permitir que Santa Cruz pudiese eventualmente
atraer al seno de su Confederación a algunas provincias del Norte argentino
hartas del centralismo porteño.
Rosas declaró la guerra a Santa Cruz fundándose en "que la
concertación en su persona de una autoridad vitalicia, despótica e ilimitada
sobre el Perú y Bolivia, con la facultad de nombrar sucesor conculca los
derechos de ambos estados e instituye un feudo personal que solemnemente
proscriben las actas de Independencia de una y otra República... Que el
ensanche de tal poder por el abuso de la fuerza, invierte el equilibrio
conservador de la paz de las Repúblicas limítrofes de Bolivia y el Perú...
y que la Confederación Argentina rehusará la paz y toda transación con el
general Santa Cruz mientras no quede bien garantizada de la ambición que ha
desplegado y no evacué la República Peruana dejándola completamente libre
para disponer su destino".
¡El campeón de las "facultades extraordinarias" condenaba una
"autoridad despótica"! Ya era más lógico que el dueño del puerto
que se negaba a crear aunque más no fuera una Nación de 14 provincias,
rechazara una Nación mucho más grande, desde el Pacífico a la frontera de
Salta. Sin duda, eran los Portales, los Salaverry y los Rosas los únicos
sobrevivientes de San Martín y de Bolívar. La osadía de Santa Cruz debía
ser castigada, como lo fue, con una ferocidad y una saña sin ejemplo.
La prensa oligárquica de Santiago de Chile derramaba sus mieles en el
dictador porteño: "El general Rosas realizó al fin las esperanzas de
todos los amantes de la justicia y de la libertad americana".
Pero Rosas, de acuerdo a su costumbre, no pasó de provocar algunas
escaramuzas en la frontera por medio del general Heredia, gobernador de
Tucumán, y dejó morir de languidez su declaración de guerra. La ambigüedad
territorial es distintiva de la política de Rosas, así como la aversión al
espacio político será típica de los unitarios y rivadavianos.
Por esa razón nada es más erróneo que atribuir a Rosas la
"reconstrucción de los límites" del antiguo virreinato, lo que
habría sido suficiente para revalorar su figura histórica. Por el contrario,
Rosas es un típico hombre del "statu quo". Ordena al general
Heredia no reincorporar Tarija a las Provincias Unidas, así como impedirá
siempre que el general Oribe ocupe realmente Montevideo y controle toda la
Banda Oriental.
4. Valparaíso y Buenos Aires se unen para destruir la Confederación.
Por su parte, las tropas chilenas invaden el Perú, acompañadas por el
general Agustín Gamarra, el traidorzuelo eterno y otros generales peruanos
opuestos a la Confederación. ¡Todos los politiquillos lugareños en América
del Sur, sean peruanos, chilenos, bolivianos o argentinos se unen para
fragmentar, marchan juntos para vivir separados, se sienten hermanos en la
balcanizacion! Las maniobras diplomáticas y militares del astuto Santa Cruz
resultan inútiles ante la vastedad de las fuerzas chilenas y peruanas que se
unen contra la Confederación. Santa Cruz abandona Lima, esa "Babilonia
de América", que ablanda con sus mujeres a todos los ejércitos; el
insumergible Gamarra se hace proclamar "Presidente del Perú". En
ese momento hay siete presidentes en el Perú: Orbegoso, Gamarra, Santa Cruz,
Riva Agüero, Pío Tristán, Nieto y Vidal.
Poco después, Santa Cruz es deshecho en la batalla de Yungay por el general
chileno Manuel Bulnes. Simultáneamente el vicepresidente de Bolivia, general
Velazco, se subleva contra el jefe en Tupiza y felicita al chileno Bulnes por
su victoria sobre la Confederación. El 16 de julio de 1839 se instala en
Chuquisaca el Congreso "Nacional" con la presidencia de José María
Serrano, incondicional de Santa Cruz y de su política hasta ese momento.
Serrano fulmina a Santa Cruz: "Gracias a los heroicos hijos de
Caupolicán y de Lautaro, ha desaparecido de entre nosotros ese abominable
monstruo, que insensible a los encantos de la virtud, era como el hierro de la
ambición y la codicia...".
Dicho Congreso, compuesto de los mismos Olañetas, Serranos y encomenderos que
apuñalaron a Sucre, declara "A Don Andrés Santa Cruz, Presidente que
fue de Bolivia, insigne traidor a la Patria, indigno del nombre boliviano,
borrado de las listas civil y militar de la República y puesto fuera de la
ley desde el momento en que pise su territorio...".
El nuevo presidente Velasco ordena el embargo y secuestro de los bienes de
Santa Cruz. Se glorifica a los chilenos en las ciudades de Bolivia y se
amenaza con el fusilamiento a la mujer del ex Presidente. Emigrado en el
Ecuador, Santa Cruz carece de recursos y vive en la miseria. En definitiva, y
después de alguna frustrada tentativa de regresar a Bolivia, Santa Cruz se
exilia a Europa por la común decisión de tres gobiernos, los de Chile, Perú
y Bolivia. Un caudillo popular boliviano, el general Belzú, lo nombrará
años más tarde agente diplomático boliviano en Europa. Tal fue el destino
del último altoperuano que quiso meterse a unificador. ¡No había crimen
peor!
La nueva política española del siglo de la Ilustración borbónica se
reflejó en la vida intelectual de Centroamérica con mayor fidelidad que en
otras regiones de las Indias. La prensa patriota aparecía a fines del siglo
XVIII como la expresión del siglo de las luces, bajo la alta protección de
Carlos III. La Real Sociedad Económica de Amigos del País, a semejanza de
entidades análogas difundidas en España por la política de Campomanes y
Jovellanos, introducía a los espíritus cultivados de Centroamérica en las
preocupaciones del nuevo orden mundial.
Del mismo modo, la invasión napoleónica, la formación de las Juntas y las
Cortes de Cádiz generan un fenómeno marcadamente diferente al que
suscitarán esos acontecimientos en el resto de la América Hispánica. Hay
Junta, pero no hay guerra contra el absolutismo. Los propios funcionarios
españoles en Centroamérica se allanaron a la nueva situación y juraron la
Constitución de 1812. Las reuniones de las Cortes de Cádiz ejercieron mayor
influjo en Centroamérica que en otras partes del continente revolucionario.
Tanto en las Cortes de 1810-1812 como en las de 1820, se sentaron los
diputados centroamericanos.
La reacción absolutista no se ensañó contra los centroamericanos, que
recién emprendieran el camino de la independencia absoluta en 1821. Los dos o
tres lustros que presencian una lucha despiadada y sin cuartel en los
Virreinatos del Perú, Nueva Granada y Río de la Plata transcurren en paz
para los centroamericanos. La influencia liberal de Cádiz en las normas
jurídicas de Centroamérica es evidente, así como resulta indiscutible el
carácter abstracto de dichas medidas en cuanto a su estructura social
profunda.
6. Serviles y fiebres.
La figura intelectual más notable de la independencia centroamericana fue
José Cecilio del Valle, quien sometió a crítica la legislación de Indias.
Del Valle subrayaba el abismo entre ese monumento jurídico y la vida real de
la Capitanía. Juzgaba condenatoriamente el régimen de encomiendas que
esclavizaba al indio y la propensión real al oro y la plata, así como las
prohibiciones fiscales para liberar las exportaciones de los frutos del país.
Por lo demás, el estanco del tabaco, del aguardiente de caña (y de la
pólvora y de los naipes) aunque favorecían la recaudación fiscal, ahogaban
la producción. El régimen prohibitivo español desarticulaba el comercio
mutuo entre las Provincias de la Capitanía, impidiendo la creación de un
mercado interior.
Del Valle ironizaba con respecto a la Leyes de Indias que presentaban al indio
como un ser humano igual a los blancos europeos, pero que le prohibían al
mismo tiempo montar a caballo, participar en bailes, o emplear armas ofensivas
y defensivas. Observaba al mismo tiempo que en la legislación indiana los
doctos jurisconsultos de la Corona habían redactado más de cien leyes sobre
asuntos del protocolo, precedencias y ceremonias, pero ninguna sobre el
fomento de la agricultura.
El establecimiento de las Cortes en la Isla de León produjo un entusiasmo
político indescriptible en Centroamérica. El clero bajo se dividió, como en
el resto de América, entre los serviles y fiebres, según se llamaba en
Centroamérica a los liberales. Pero en las segundas Cortes de Cádiz de 1820
la desigualdad de representación política disgustó a los diputados
centroamericanos. En efecto, mientras la metrópoli se asignaba un diputado
cada 60.000 habitantes, los diputados americanos en conjunto no podían pasar
de 30. Cuando un diputado guatemalteco quiso protestar por esta
discriminación en el recinto de las Cortes "fue ahogada su voz por el
tumulto que sus palabras provocaron, a tal punto que le fue impuesto silencio
por el presidente y al querer ausentarse de la Sala de Sesiones, le fue
impedido, todo lo cual conmovió profundamente a los americanos que estaban
allí presentes".
7. Clases y razas.
Sobre los conflictos de clase que se escondían bajo el ropaje retórico de
los jefes revolucionarios, pueden dar idea los temores que la ardorosa
participación de los artesanos (todos ellos ladinos o mestizos) suscitaron en
el espíritu de José Cecilio del Valle. Las turbulencias populares de 1811 y
1814 en Guatemala, destinadas a presionar a las autoridades alarmaron al
intelectual. Sus recelos le dictaron la idea de que el Acta de la
Independencia fuese publicada por el Jefe Político, "para prevenir las
consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho
el mismo pueblo".
La oligarquía criolla repetía la hipocresía jurídica de las Leyes de
Indias, tan acremente juzgada por el mismo Del Valle, de hablar de la libertad
de las clases bajas y negarlas en la realidad de la vida social. El
historiador salvadoreño Ricardo Gallardo apunta certeramente este dilema:
"Los Próceres centroamericanos de origen criollo se interponían entre
los españoles, por una parte, y los ladinos o mestizos, por otra, aborígenes
estos últimos, como los primeros, de América".
Se tendrá presente que hacia la época de la Revolución los mestizos
alcanzaban a la cifra de 313.334 en Centroamérica. Las masas de mestizos e
indios participaron decisivamente en todas las luchas por la construcción de
la República Federal de Centroamérica. Creían que la revolución también
se hacía para ellos. Fue un trágico error: pues el régimen semi-servil de
prestación personal, anulado por la revolución, aún en el papel, se
restableció oficialmente bajo el nombre de "protecturía de indios"
en 1839. En cuanto al régimen de mandamientos que debía teóricamente
reemplazar al de repartimientos impuestos por la colonia española, sólo fue
suprimido en 1893. ¡Bien podían juzgar los indios la revolución criolla por
la prueba de sus primeros ochenta años!
La abolición del tributo, el repartimiento y la mita son reivindicaciones
indígenas que no satisfacen los aristócratas criollos y que desencadenará
en el interior del proceso de independencia insurrecciones específicas
condenadas a la derrota. Ante los ojos de las clases oprimidas, la carrera
eclesiástica era la única vía de liberación personal en la sociedad
hispano-criolla. Por esa causa, serán con frecuencia los curas mestizos los
más resueltos jefes revolucionarios de los indígenas expoliados por
españoles y criollos. Estas insurrecciones tenían en Centroamérica el mismo
carácter que las encabezadas por Tupac Amarú en Perú, por Pumacaua en el
Alto Perú, y en el Reino de la Nueva Granada a fines del siglo XVII.
Las rebeliones indígenas comienzan antes de la Independencia de España y no
concluyen con ella. Aún en pleno siglo XIX, en 1813, en el Convento de
Belén, Guatemala, concibieron una conspiración, en la celda del superior, el
presbítero indio doctor Don Tomás Ruiz, el indio Manuel Tot y otros
sacerdotes indígenas. En 1820 hay otra rebelión indígena; después hay otra
donde participan los indígenas de Santa Catalina; en 1838 los indios bajo el
mando de Anastasio Aquino se levantan en el Departamento de San Vicente, El
Salvador. Todas ellas perseguían lo que los criollos no habían concedido:
abolición del tributo, liquidación del repartimiento y supresión de la
mita.
8. Las Provincias Unidas de Centroamérica.
El fracaso de la revolución liberal española y su ceguera frente a la
América revolucionaria debían originar necesariamente la ruptura
centroamericana con la metrópoli, lo que ocurrió en 1821. Pero la
revolución en México derivó hacia la coronación como Emperador del general
Iturbide. La proximidad de Guatemala y los vínculos antiguos que ambos
territorios mantenían sugirió a Iturbide la idea de anexarse Centroamérica.
La ruptura de este violento vínculo, no consentido por todas las provincias
centroamericanas, se produjo con la caída del efímero Imperio Mexicano y el
Congreso centroamericano de 1823, que declaró la independencia política de
España tanto como de México. A partir de esa fecha el antiguo Reino de
Guatemala comenzó a llamarse Provincias Unidas de Centroamérica. El mismo
Congreso llamaba a celebrar una Asamblea para constituir una Confederación
que representase a la gran familia americana.
El inspirador de la idea fue el hondureño José Cecilio del Valle. Al general
Francisco de Morazán le correspondió la tarea de poner en marcha la
República Federal de Centroamérica. Gobernó esa región durante ocho años
e influyó en Centroamérica casi dos décadas. Es la figura política y
militar más notable del período, pero su programa debió desenvolverse en
una lucha incesante de las diversas pandillas facciosas del separatismo
centroamericano que sometieron a la República unificada a una guerra civil
sin cuartel.
La política separatista de los pequeños políticos regionales encontró un
interesado sostén en las intrigas diplomáticas británicas, interesadas en
perpetuar su divisa "Divide et impera". Complicado el objetivo de la
unión federal con el antagonismo artificial entre católicos y liberales, la
fuerza motriz del separatismo fue sin duda la misma que en el resto de la
América Hispánica. En efecto, así como El Salvador, desde los últimos
días coloniales los poderosos productores de añil eran el más importante
factor político de esa provincia, en los restantes Estados minúsculos los
intereses exportadores se agrupaban bajo las más diversas políticas para
imponer sus privilegios vinculados al mercado mundial.
El raquítico poder militar de Morazán era impotente para reunir en un solo
Estado a los sectores de una economía centrífuga. Sólo la expropiación de
aquellos sectores, la liberación radical de los indios y mestizos y el
establecimiento de una dictadura popular centralizada habría podido a
mediados del siglo XIX crear las condiciones de la civilización y del
progreso económico. ¿No lo había hecho Pétion en Haití, el Dr. Francia,
en el Paraguay? La respuesta sería inmediata: ambos fueron destruídos por el
mercado mundial: el capitalismo europeo no quería más capitalismo en los
"tristes trópicos": sólo exigía plátanos, añil, café y
azúcar.
9. Capitalismo mundial y fuerzas centrífugas.
El conjunto de las fuerzas productivas del capitalismo mundial se expandía
vigorosamente en los cuadros del capitalismo europeo; en las regiones
coloniales o semicoloniales los recursos productivos del sector agrario
prosperarían como economías exportadoras, y adecuarían sus sistemas de
poder en pequeños Estados que sólo podrían vivir de la exportación de una
o dos materias primas. El capitalismo mundial se fundó en la creación de los
grandes Estados nacionales y se consolidó por la fragmentación del poder de
las semi-colonias, a las que transformó en Estados monocultores sometidos a
la política mundial de precios regulados por la Europa capitalista.
El único centro europeo de poder vinculado a la América hispánica, capaz de
elevarla en un largo proceso al nivel de las fuerzas productivas del
capitalismo moderno, era España. Pero el Imperio hispano-criollo, como ya lo
hemos visto, sucumbió a la debilidad orgánica de la propia burguesía
española. Esta no logró siquiera consumar su revolución interior; mucho
menos estaba en condiciones de crear un Imperio más allá del Atlántico.
La disolución de la República Federal de Centroamérica en 1838 quedó
formalizada cuando el Congreso Federal declaró que "son libres los
Estados para Constituírse del modo que tengan por conveniente".
Cuatro años después, en 1842, el general Morazán fue fusilado por el
monstruoso general Rafael Carrera, campeón del separatismo centroamericano.
Sátrapa indígena y general bufo, se proclamó "hijo de Dios" y
"Rey de los Indios". Había sido cuidador de cerdos en Matasquintla,
Guatemala, como Pizarro, el conquistador del Perú. Pero no era Pizarro.
Debió su asombroso triunfo político a una furiosa política separatista.
Gobernó Guatemala durante treinta años, azuzando en los restantes cuatro
Estados su división permanente, a cargo de otros generales de su misma jaez,
con la bendición de la jerarquía eclesiástica y de los terratenientes. Este
protector del statu quo gustaba escuchar música de Mozart "sentado bajo
dosel en el presbiterio de la catedral de la capital".
10. El separatismo de Carrera y los ingleses.
En 1849 se realizó una nueva tentativa de unión bajo el nombre de
Representación Nacional de Centroamérica, ante la amenaza de una
intervención imperialista extranjera: los filibusteros al servicio de los
Estados Unidos sembraban la alarma en Centroamérica. Gran Bretaña, por su
parte, pretendía extender su influencia en los territorios Mosquitios,
pertenecientes a Nicaragua y Honduras, mediante la artificial creación de la
monarquía Mosquitia. Nuevamente en 1852 se realiza en Honduras, con la
oposición del siniestro general Carrera, un tentativa de reunión
constituyente de Centroamérica.
El partido conservador de Guatemala, que encarnaba la infamia en un alto poder
de concentración, se oponía tenazmente a toda política unionista. Las
campañas militares de los restantes Estados de la época para derrocar a
Carrera e imponer la unidad del Istmo fracasaron, pues justamente el mayor
poder económico exportador de Centroamérica residía en Guatemala, cuya
clase terrateniente apoyaba al "indio" Carrera. Guatemala resultaba
ser, de este modo, una Prusia al revés.
Al mismo tiempo, Costa Rica reñía con Nicaragua por cuestiones territoriales
sobre sus respectivos derechos en la región de Guanacaste, heridas
limítrofes ahondadas y envenenadas por el cónsul Chatfield, que promovía en
ese momento un bloqueo de los puertos salvadoreños con el argumento de
ciertas deudas. Guatemala perdía, en tales circunstancias (1851), el
territorio de Belice, que pasaba a manos de Inglaterra. Esta última apoyaba
sin embozo al asesino Carrera.
Belice era una fuente de pingües beneficios para Gran Bretaña, ya que los
leñadores negros, al mando de pedagógicos capataces británicos cortaban
palo campeche o palo brasil, premiado con altas cotizaciones en el mercado
mundial.
La codicia británica por Belice se remontaba al siglo XVIII. Los ingleses
habían poblado ese territorio guatemalteco con negros y zambos originarios de
Jamaica, entre ellos muchos condenados a presidio. Un siglo antes de la
Independencia se llegó a exportar hasta 5.800 toneladas de palo de campeche
por año. La tonelada se pagaba en esa época hasta 100 libras esterlinas.
Entre Estados Unidos e Inglaterra, Centroamérica era despedazada. Mientras
Inglaterra renunciaba a sus presuntos derechos sobre el futuro Canal en el
Istmo, en favor de Estados Unidos, este último permitía, en canje, que
Inglaterra aumentase tres veces el territorio de Belice. El presidente Carrera
suscribió un monstruoso tratado con Inglaterra por el cual cedía a esta
última el territorio de Belice, a cambio de la construcción de un camino
desde la ciudad de Guatemala hasta la costa atlántica. El camino no fue
construido jamás, pero Inglaterra no devolvió Belice.
La política inglesa alcanzó en Centroamérica una perfidia rara vez
superada. El agente diplomático británico Frederick Chatfield fue el
artífice poco visible de la fragmentación de la República Federal de
Centroamérica. La soberbia del Foreign Office ante estas pequeñas
Repúblicas no reconocía límites. Bastará señalar que el enviado
centroamericano don Marcial Zebadúa llegó a Londres en 1825 para entrevistar
a Canning. En 1830 aún no la había recibido.
11. Los filibusteros invaden Centroamérica.
La historia posterior de Centroamérica encierra cuanto pueda pedirse a la
fantasía de un ebrio, y escapa a los límites de nuestro trabajo describir
esa tragedia. El personaje más típico de esta desventurada historia es sin
duda William Walker, que llegó a Nicaragua con 55 forajidos: la "falange
norteamericana de los inmortales". Su lema era: "Five or
None!", esto es ¡Cinco o ninguna! No se trataba de mujeres, dice el
historiador Gallardo, sino de Repúblicas. El último de los filibusteros
deseaba la posesión de toda Centroamérica. Se constituyó en el flagelo del
Istmo. Se proponía hacer de "cada pueblo una tumba y de cada marcha una
hecatombe".
A su retirada destruía y saqueaba cuanto encontraba a su paso. Nuevos
reclutas procedentes de Estados Unidos con armas modernas aumentaron
rápidamente el poder de Walker, extraoficialmente apoyado por el gobierno de
Washington. El único factor positivo suscitado por dicho bandolerismo fue que
la alarma de los Estados centroamericanos los impulsó a unirse para
rechazarlo. El presidente títere de Nicaragua impuesto por Walker y sus
asesinos era Patricio Aivas, que fue inmediatamente reconocido por los Estados
Unidos. Sucesivamente toda Centroamérica lanzó sus fuerzas contra Walker,
cuando se proclamó Presidente de Nicaragua. Este delincuente de género
extraordinario tenía arrestos de matamoros, sabiéndose respaldado por la
Casa Blanca.
Para conocer sin lugar a dudas a Walker y a los amos que lo sostenían, nada
mejor que reproducir su programa, bajo la forma de cuatro decretos que
expidió en Nicaragua el 12 de julio de 1856. En el 1o., decretó un
empréstito, ofreciendo en pago las tierras de Nicaragua; en el 2o., decretó
la confiscación de los bienes nicaragüenses, en particular de sus
adversarios; en el 3o., implantó como idioma oficial el inglés; y en el 4o.,
establecía la esclavitud.
Era demasiado y hasta los reaccionarios más cerriles de Centroamérica se
unieron para aplastarlo. Al abandonar la ciudad de Granada, la incendió por
completo y dejó un cartel: "Aquí estuvo Granada". Vencido, llegó
en compañía de sus acólitos a Nueva Orleans, donde fueron recibidos como
héroes nacionales. En realidad, lo eran. Intentó luego por tres veces
invadir Centroamérica. A la tercera, fue capturado por una fragata inglesa,
entregado a las autoridades hondureñas, juzgado y fusilado en 1860. ¡Rara
Victoria de la justicia! Siempre aparece en el horizonte de todo conflicto,
por lo demás, una oportuna fragata del Imperio. Sobre todo si se trataba,
como en este caso, de moderar el excesivo apetito de Estados Unidos.
12. El general Barrios funda la República de Centroamérica.
Muerto plácidamente en su lecho el sátrapa Carrera, asumió el poder en
Guatemala en 1873 el general Justo Rufino Barrios. Era un liberal
nacionalista, resuelto partidario de la unidad centroamericana. Declaró en un
manifiesto que sólo mediante su unión, naciones como Alemania e Italia
habían logrado su grandeza: "divididos y aislados no somos nada:
unidos... podremos serlo, y lo seremos, todo".
El general Barrios expidió un Decreto de Unión el 28 de febrero de 1885
declarando la creación de una sola República de Centroamérica y asumiendo
el carácter de Supremo Jefe Militar de la Nación. Con este golpe
bismarckiano, Barrios aspiraba a suprimir por medios militares los obstáculos
para la unión. Pero todos los gobiernos centroamericanos se opusieron a una
unión por la fuerza y reclamaron ante los gobiernos extranjeros, en
particular ante México, gobernado por el déspota Porfirio Díaz. Este
respondió movilizando el ejército mexicano hacia la frontera de Guatemala.
En su sesión del 19 de marzo de 1885 el Senado de los Estados Unidos
declaraba que "todo intento de Unión por la fuerza con las demás
Repúblicas de Centroamérica, lo consideraría como inamistosa y hostil
intervención en sus derechos, por estar pendiente el tratado sobre el Canal
interoceánico".
Las acciones militares concluyeron con la derrota de Barrios y con su propia
vida en la batalla de Chalcuapa. El resto de las tentativas de unión
centroamericana pertenece más a la historia de la literatura jurídica que a
la historia misma. Estados Unidos, a semejanza de Inglaterra, se oponía a
toda unidad latinoamericana "por la fuerza"; y puesto que por las
vías pacíficas no era posible lograrla y la vía militar estaba prohibida
por "hostil", la única salida era la "balcanización".
¡Cómo si la unidad nacional de Estados Unidos no hubiera sido obtenida por
una guerra civil de varios años y por la muerte de Lincoln!
Luego de estas desesperadas tentativas por construir un gran Estado unitario
en el siglo XIX, los centroamericanos debían sufrir en el siglo XX las
invasiones y ocupaciones sucesivas y regulares de los infantes de marina
yanquis, Adquirirían así la condición de "territorios ocupados"
-Nicaragua, Santo Domingo o Cuba- y se forjaría la tradición europea de
"Repúblicas de bananas", inflexión despreciativa de los cultos
rentistas y confortables cabecillas de ladrones internacionales.
13. De las armas a la política.
La lucha armada por la unificación nacional de América Latina había
concluído con la caída de Artigas, San Martín, Bolívar, Santa Cruz,
Morazán y Barrios: había durado medio siglo. Ahora, los últimos ecos de esa
lucha se manifestarían en el terreno de la política y la diplomacia en lo
que resta del siglo XIX. Pero la tendencia es declinante. La pugna por
creación de la nación latinoamericana se irá transformando poco a poco en
escaramuzas contra el imperialismo dentro del sistema insular heredado. De la
lucha por la unidad a través de las armas, se pasará a débiles
enfrentamientos por medio de la diplomacia. Y así como a la precaria unidad
bolivariana ha sucedido la posterior fragmentación, ahora seguirá la
mutilación territorial (México) y hasta la cínica creación de
"soberanías" nuevas (Panamá). Narraremos brevemente la
melancólica historia de este derrumbe.
El Ministro de Relaciones Exteriores de México, Don Lucas Alamán, alarmado
ante los continuos avances y provocaciones de los colonos norteamericanos
radicados en Texas, invitaba al Congreso de México en 1832 a prohibir la
inmigración extranjera de ese origen. Pero ya era tarde. El proceso de saqueo
territorial de México estaba por comenzar. Fue en tales circunstancias que el
mismo Alamán concibió la convocatoria de un Congreso latinoamericano.
Aludiendo al Congreso de Panamá planeado por Bolívar, decía Alamán que
aquél "no produjo los saludables efectos que eran de esperarse... [por]
la presencia de agentes de Potencias que de ninguna manera estaban interesadas
en que el proyecto saliera adelante".
Don Lucas Alamán, notorio conservador y católico, advirtió largamente
acerca del peligro yanqui sobre Texas. Uno de sus adversarios liberales, Don
Lorenzo de Zavala, criticaba la política de Alamán acerca de Estados Unidos,
pues muchos hombres del liberalismo, eran rendidos admiradores del vecino del
Norte en virtud de que, decía Zavala "[el] tiempo de las conquistas
militares ha pasado ya en América y sólo se conocerán, al menos por algunos
siglos, la de la libertad y la de las luces. A estas armas sólo pueden
oponerse armas iguales; porque los progresos de la táctica militar se han
detenido delante de los adelantos de la razón pública, de la convicción
popular; fruto precioso de la imprenta y la filosofía".
¡Como para entender la historia latinoamericana mediante la simple oposición
de conservatismo y liberalismo!
14. De la fragmentación a la mutilación.
Pero esta invitación no encontró eco. En 1835, cinco años después de la
muerte de Bolívar y de la disgregación de la Gran Colombia, aquel México
que había ambicionado anexarse Centroamérica con el Emperador Iturbide,
perdía a su vez, entre los colmillos de los expansionistas yanquis, cuatro
Estados gigantescos: Texas, Nueva México, Arizona y California. El primero de
ellos, cuya extensión geográfica era mayor que la de Francia, fue colonizado
por aventureros noteamericanos, la resaca social de esa nación, según sus
propios apologistas: "rudos elementos de su clase, gente habituada a
vivir al margen de la ley, imposible de gobernar sino por métodos
establecidos por ellos mismos". Presidente de Estados Unidos, Andrew
Jackson, un pillo brutal cuya fórmula favorita era "primero se ocupa el
territorio en disputa y luego se alega el derecho a ocuparlo", eligió un
héroe digno de la empresa. Envió a texas a un antiguo compinche del
ejército. Era Sam Houston, cuya degradación personal, así como su
alcoholismo crónico, resultaron tan insoportables en otro tiempo a sus
colegas, que debió incorporarse durante varios años a una tribu de indios
cherokees. Estos lo admitieron como hermano, otorgándole el honroso título
de "Gran Borracho". Tal despojo humano fue llamado desde la tribu a
la Casa Blanca por el Presidente Jackson, quien le dio instrucciones precisas
para encabezar una "revolución" en Texas y "liberar" a
los colonos yanquis de la "tiranía de México".
El "Gran Borracho", entonado por el ardiente ron en el cofre divino,
no pudo contenerse al salir de la Casa Blanca. Dijo a los periodistas: Voy a
Texas a hacerme un hombre otra vez. Seré presidente de una gran república. Y
habré de traerla a los Estados Unidos".
Los especuladores de tierras, como Butler y los banqueros asociados
proporcionaron todos los recursos necesarios. México perdió entre 1835 y
1846 alrededor de 1.400.000 km2, casi la mitad de su territorio (más que el
actual territorio de la Argentina). Inmediatamente después de ocupar la
tierra mexicana, los "civilizadores" norteamericanos restablecieron
la esclavitud, que había sido abolida años antes por los "bárbaros
mexicanos". Usureros, asesinos, especuladores, banqueros, dipsómanos
incurables y ladrones de oficio ampliaron la jurisdicción territorial de
Estados Unidos.
Engels se equivocó al juzgar el zarpazo; pero un poeta norteamericano, por lo
menos, escribió unos versos como humilde lápida:
"Que griten la tonada de la libertad
Hasta amoratarse las caras
Quieren solamente a California
Para sumarla a los Estados Unidos esclavistas
Y luego engañarnos y saquearnos".
El territorio de la patria latinoamericana, en lugar de unificarse se
reducía, de Norte a Sur.
15. Invasiones y congresos.
Mientras sufría estas amputaciones, y las guerras civiles desgarraban
todavía su suelo, México se dirigía en 1838 al gobierno de Venezuela para
asociarlo al Proyecto de Congreso Hispanoamericano, reproduciendo su circular
de 1831. El lugar de reunión sería Tacuyaba, Panamá o Lima. Repite esta
invitación un año más tarde y nuevamente en 1840. Pero la tierra natal de
Bolívar rehusaba: el antiguo foco de la unidad ahora era aislacionista y
renegaba del programa bolivariano.
Por lo demás, se aproxima un período en que América Latina será
considerada cada vez más botín, presa o bien mostrenco de las grandes
potencias. Uno de los antiguos oficiales de Bolívar, el general ecuatoriano
Juan José Flores, conspira desde España, con el apoyo de la Corte, para
armar un ejército mercenario en Europa, regresar a América del Sur y
apoderarse del poder como Regente, instaurando una monarquía Borbón en
Ecuador, Bolívar, Perú y otros Estados. Pretendía coronar a un hijo menor
de la Reina María Cristina y de su morganático marido. El insensato proyecto
se disipa entre las intrigas de los dormitorios reales. Más tarde, en 1859,
el dictador García Moreno, también del Ecuador, pedirá un protectorado de
Francia; luego, Luis Napoleón, el sobrino del Bonaparte célebre, instalará
en México a Maximiliano de Austria, que concluirá fusilado en Querétaro por
Benito Juárez.
En este cuadro político, donde Estados Unidos y las potencias europeas, en
particular Inglaterra y Francia, despliegan todo su poder colonial, se reunió
en Lima en 1837 el Congreso de Plenipotenciarios Americanos al que asistieron
delegados de Bolivia, Chile, Ecuador, Nueva Granada, Perú y México. El
gobierno del Perú invitaba al general Rosas, Encargado de las Relaciones
Exteriores de la Confederación Argentina, a concurrir a dicho Congreso, ante
la amenaza de nuevos ataques contra la soberanía hispanoamericana. Rosas
adhirió al proyecto, pero se excusó de concurrir al Congreso dadas "las
extraordinarias circunstancias de la Confederación Argentina".
En esos momentos las flotas inglesa y francesa bloqueaban el Río de la Plata
y Rosas enfrentaba a las dos mayores potencias europeas de la época. La
aversión contra los extranjeros era general en América.
Sarmiento, en cambio, el famoso libelista adversario de Rosas, emigrado de
Chile, escribía contra el Congreso americano, al que reputaba ineficaz, pues
"no había propiamente intereses recíprocos entre los Estados americanos
sin instituciones arraigadas".
Ni se le ocurría a Sarmiento, tan fértil en ocurrencias, que las
instituciones no arraigaban en América porque América estaba dividida como
Polonia y que las instituciones que irían a arraigarse, con la ayuda de
Sarmiento naturalmente, en el Río de la Plata, lo serían para rematar la
"balcanización" y oponer a los históricos "intereses
recíprocos", los "intereses antagónicos" de la era insular.
En el Congreso se aprobó un tratado de Confederación, otro de comercio y
navegación y varios de convenios postales y consulares. Proclamó asimismo el
principio de no intervención. ¡Las palabras habían sucedido a las armas!
En 1856, Chile, Ecuador y Perú firmaron otro Tratado llamado Continental y
que debía presentarse a la firma de los restantes Estados Latinoamericanos.
Era abiertamente hostil a los Estados Unidos, que en esos momentos intervenía
en Centroamérica detrás del filibustero Walker.
16. Dos Argentinas ante América Latina.
El Tratado Continental suscitó una general simpatía. Del Río de la Plata,
sin embargo, provinieron dos posiciones abiertamente contradictorias sobre el
tratado. La primera, que podríamos denominar la posición argentina, fue
expresada por el gobierno de la Confederación Argentina con capital en
Paraná, desempeñado por el Vicepresidente en ejercicio, general Juan Esteban
Pedernera. Era un viejo soldado que había guerreado medio siglo en las
campañas continentales de la Independencia. El secretario de la Presidencia
era José Hernández, el artista genial, autor del poema gauchesco Martín
Fierro.
Después de la caída de Rosas, el país se dividió: la provincia de Buenos
Aires; con la ciudad y puerto del mismo nombre, por un lado; y el resto de las
antiguas Provincias Unidas, con su capital provisoria en Paraná, por el otro.
El motivo de esta división era muy claro. Al caer Rosas se replanteó la
necesidad de organizar el país, o sea de nacionalizar la ciudad y puerto más
importantes, que era Buenos Aires, y establecer un gobierno nacional
representativo, dotado de las rentas porteñas, antes propiedad de Buenos
Aires, para contribuir al progreso argentino. Los intereses porteños se
unieron de nuevo -rosistas y antirrosistas, unitarios y federales de Buenos
Aires- contra esa política a que aspiraba el Interior; Buenos Aires se
declaró Estado independiente. Prefería romper la unidad argentina antes que
entregar la Aduana.
El gobierno "del Paraná", encabezado por el general Pedernera
representaba a todas las provincias argentinas, menos a la provincia de Buenos
Aires. La misma provincia del separatismo antiargentino y antiamericano, la
provincia de Rivadavia y de Mitre, el polo áureo de la gravitación europea.
El general Pedernera respondió el 23 de noviembre de 1861 a los Estados que
habían suscrito el Tratado continental, que la República Argentina
"sería una vez más el primer soldado que se presente para sostener el
honor y dignidad de la causa americana".
Una semana más tarde el gobierno nacional de Pedernera se disolvía ante la
traición de Urquiza, su más poderoso sostén militar, y delegaba los poderes
nacionales. Mediante un simulacro electoral, la provincia de Buenos Aires
haría Presidente a Mitre. Controlaría todo el país para someterlo a un
castigo sangriento. Paraná dejaba de ser Capital de la Confederación, que se
disgregaba y todas las provincias argentinas caían bajo la férula de Buenos
Aires. Los porteños europeizantes estaban en el poder.
Once meses más tarde el ministro plenipotenciario del Perú insistía ante el
gobierno de Mitre sobre el Tratado. Ahora, la posición que llamaremos
porteña respondía por boca de Rufino de Elizalde, agente anglobrasileño y
ministro de Mitre: "La América independiente es una entidad política
que no existe ni es posible constituir por combinaciones diplomáticas. La
América, conteniendo naciones independientes, con necesidades y medios de
gobiernos propios, no puede nunca formar una sola entidad política... La
naturaleza y los hechos la han dividido y los esfuerzos de la diplomacia son
estériles para contrariar la existencia de esas nacionalidades".
Rechazando toda alianza con los Estados americanos frente a una amenaza
europea que estimaba quimérica, el servil Elizalde agregaba: "Por lo que
hace a la República Argentina jamás ha temido por ninguna amenaza de la
Europa en conjunto ni de ninguna de las naciones que la forman. Durante la
guerra de la Independencia contó con la simpatía y cooperación de las más
poderosas naciones. Cuando se encontró en guerra con sus vecinos, fue por la
mediación de una potencia europea que ajustó la paz. En la larga época de
la dictadura de los elementos bárbaros que tenía en su seno, como
consecuencia de la colonia y de la guerra civil, las potencias europeas le
prestaron servicios muy señalados. La acción de la Europa en la República
Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora, y si alguna vez hemos
tenido desinteligencias con algunos gobiernos europeos, no siempre ha podido
decirse que los abusos de los poderes irregulares que han surgido de nuestras
revoluciones no hayan sido la causa... Recibiendo de la Europa los capitales
que nuestra industria requiere; existiendo un cambio mutuo de productos, puede
decirse que la República está identificada con la Europa hasta lo más que
es posible.
La claridad de ese documento justifica su transcripción completa. Enuncia la
política de la oligarquía argentina ante América Latina en su siglo XIX y
en el siglo XX.
Concluye Elizalde: "No puede, por consiguiente, temer nada, porque tantos
antecedentes y tantos elementos le dan la más completa seguridad de que
ningún peligro la amenaza. Cree que en la misma situación se encuentran
todas las Repúblicas americanas. Si alguna vez las naciones europeas han
pretendido algunas injusticias de los gobiernos americanos, éstos han sido
hechos aislados que no constituyen una política, y los gobiernos americanos
si se han sometido a aquéllos, ha sido siempre por el estado en que se han
encontrado por causa de sus luchas civiles. No hay un elemento europeo
antagonista de un elemento americano; lejos de eso, puede asegurarse que más
vínculos, más interés, más armonía hay entre las repúblicas americanas
con algunas naciones europeas, que entre ellas mismas".
Don Buenaventura Seoane, ministro del Perú, le respondía irónicamente el 17
de noviembre de 1862: "¿Y Santo Domingo, Sr. Ministro? ¿Y México?, ¿Y
las Islas Malvinas?". En ese momento España invadía Santo Domingo y
Francia a México; Inglaterra ocupaba las Malvinas hacía 30 años.
El firmante de esa nota, insolente hacia los pueblos hermanos y humilde hacia
los Estados poderosos de Europa, era un petimetre capaz de todas las felonías
para gozar de la aprobación de su amo del momento. Empujó el carruaje de
Manuelita Rosas sustituyendo a los caballos en uno de los episodios
particularmente serviles del viejo régimen rosista en cuya corte ecuestre de
los Cuarteles de Palermo el César criollo contaba a Elizalde como uno de sus
bufones predilectos. Pero había "vuelto su poncho" al día
siguiente de la derrota de Caseros, traicionó a Rosas para unirse a los
vencedores y adularlos con la misma pasión que había consagrado antes al
caído Restaurador. Era la indignidad hecha hombre.
Descendía directamente de la estirpe porteña de cortesanos probritánicos
cuyo paradigma en la generación anterior había sido Manuel José García, el
agente de Ponsonby en la segregación de la Banda Oriental, así como su jefe
del día, el general Mitre, era el equivalente del Señor Rivadavía en su
librecambismo ortodoxo, su odio a Bolívar y a los gauchos, su respeto
lacayuno por los embajadores de las cortes europeas.
17. La flota española en el Pacífico.
Un nuevo congreso americano se celebró en Lima a principios de 1864. En una
de sus habituales faltas de cordura, Sarmiento, amigo de Mitre, asiste al
Congreso en Lima, invocando una imprecisa representación argentina.El
Presidente Mitre lo desautoriza:"Usted parece haber olvidado la historia
del pretendido Congreso. Bolívar lo inventó para dominar a la América y el
móvil egoísta que lo aconsejó mató la idea por cuarenta años".
Mitre era tan incapaz de matar ideas como de crearlas; pero se consolaría
matando hombres, mujeres y niños en el Paraguay. La unidad americana del
mitrismo porteño era la unidad en la tumba.
En abril de ese mismo año España intervenía nuevamente en América ocupando
las Islas Chincas en el Perú, en una turbia combinación con la invisible
Inglaterra y se disponía a atacar a Chile. El ministro de Relaciones
Exteriores de Chile, ante la insolencia de la flota española en el Pacífico,
escribía al ministro de España en mayo de 1864 "que los peligros
exteriores que vengan a amenazar a algunos de ellos (los Estados
latinoamericanos) en su independencia o seguridad no deben ser indiferentes a
ninguno de los otros".
El español respondió con una ironía que en relación con Buenos Aires se
demostraría certera: "Mi gobierno ignora que el de Chile ejerza algún
protectorado sobre el Perú, ni que con éste tenga algún tratado público o
privado de alianza ofensiva y defensiva".
Parecía que una nueva Santa Alianza europea, ayudada esta vez por el
arrogante Imperio yanqui, iría a doblegar a la América Latina. Una
expedición francesa, enviada por el Emperador Napoleón III, el ridículo
sobrino del corso, imponía en un trono fabricado al efecto a Maximiliano de
Austria en tierra azteca. Los Estados del Pacífico, en particular Chile y
Perú, viejos aliados de las Provincias argentinas en la lucha contra el
absolutismo español, pedían el apoyo del gobierno de Buenos Aires. Pero
Mitre rehusó comprometerse con Chile y Perú; declaró su neutralidad ante el
ataque español. "El mercantilismo porteño fue elevado en esta
circunstancia a la categoría de política nacional", escribía Gabriel
René-Moreno.
18. Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá.
La única predilección exterior de los porteños, fuera de Gran Bretaña, era
el Imperio del Brasil, instrumento de Inglaterra. En el mismo momento que
Mitre negaba su apoyo a los pueblos del Pacífico, España ocupaba Santo
Domingo. Inglaterra apoyaba a los esclavistas del Sur norteamericano en la
guerra civil. México estaba ocupado por tropas francesas. La propia Buenos
Aires, aliada al Brasil británico, se disponía a invadir y exterminar el
Estado del Paraguay, primer modelo de Estado soberano e industrial en la
América del Sur.
Los treinta años posteriores constituyen el espectáculo tragicómico de una
nación despedazada cuyos muñones y órganos imitan los gestos y movimientos
de seres normalmente conformados. La fragmentación se organiza en el marco de
los "Estados Nacionales". El sistema intercomunicante del mercado
mundial en la época de mayor prosperidad de toda la historia del capitalismo
europeo, permite a estos Estados, grotescamente trocados en
"Naciones", gozar en ese período de cierta estabilidad. Se forman
clases asociadas al comercio de exportación y beneficiadas por el sistema. Se
confeccionan escudos, símbolos, monedas, mapas, uniformes, estampillas,
libros geográficos y textos de historias nacionales tan contrahechos como las
mutiladas geografías. La historia latinoamericana ha muerto, como los hombres
olvidados que la hicieron.
El programa que Bolívar había comenzado en Panamá en 1826, debía concluir
en 1903, también en Panamá, convertida de cuna en sepulcro de la bandera
bolivariana. Para construir el Canal interoceánico contra la voluntad del
Senado colombiano, el imperialismo norteamericano arrebataba su provincia
norteña a Colombia y anunciaba al mundo el nacimiento de una nueva
soberanía. ¡Del Congreso de Panamá al Canal de Panamá! América Latina ya
estaba en condiciones de realizar un balance de los primeros cien años de su
"era independiente".
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