CAPITULO XII
LA AUTOCONCIENCIA DE LA NACION INCONCLUSA
"De no haber predominio de sangre
indígena, desde el comienzo habría dado el país (Bolivia) orientación
conciente a su vida, adoptando toda clase de perfeccionamiento en el orden
material y moral".
Alcides Arguedas.
"Si la América del Norte, después del empuje de 1775, hubiera
sancionado la dispersión de sus fragmentos para formar repúblicas
independientes; si Georgia, Maryland, Rhode Island, Nueva York, Nueva Jersey,
Connecticut, Nueva Hampshire, Maine, Carolina del Norte, Carolina del Sur y
Pensilvania se hubieran erigido en naciones autónomas, ¿comprobaríamos el
progreso inverosímil que es la distintiva de los yanquis? Lo que lo ha
facilitado es la unión de las trece jurisdicciones coloniales que estaban
lejos de presentar la homogeneidad que advertimos entre las que se separaron
de España. Este es el punto de arranque de la superioridad anglosajona en el
Nuevo Mundo".
Manuel Ugarte.
La ruina del plan bolivariano y la patética lucha personal del Libertador
ante el derrumbe ha movido a los historiadores a dialectizar la pugna entre el
héroe y el destino reviviendo las mohosas categorías carlylianas sobre el
papel del individuo en la historia. Bolívar habría sido "un
soñador" y su proyecto "una hermosa quimera". La rigurosa
necesidad de unificar América Latina no sería sino un "ideal",
digno de evocarse en las conferencias de la O.E.A. o en las sesiones del Banco
Interamericano de Desarrollo .
Todas las fuerzas que Bolívar logró congregar en su torno para consumar la
independencia se disolvieron cuando pretendió construir la unidad de los
Estados recién emancipados. Las mismas oligarquías regionales que
sostuvieron a los ejércitos libertadores con recursos y hombres, entre los
que figuraban muchos parroquiales "padres de la patria", se
volvieron contra los unificadores cuando el comercio libre estuvo garantizado.
De esa disgregación nacieron las pequeñas patrias, estas miserables y
arrogantes "naciones", pavoneándose con ejércitos sin armas,
aduanas de bajas tarifas, territorios desolados, monedas perpetuamente
devaluadas y prolijas fronteras con los incontables Principados de Luxemburgo
que colorean el mapa gigante.
La época de la "argentinidad" , de la "peruanidad", de la
"bolivianidad", de la "chilenidad" debía coincidir con la
sólida inserción en la estructura del comercio mundial de los Estados
librados al azar histórico después de la muerte de Bolívar. Dicho fenómeno
se despliega alrededor de 1880, cuando los países latinoamericanos elaboran
sus formas jurídicas más o menos permanentes y construyen su "unidad
nacional", a la vez que Europa o Estados Unidos establecen con ellos
canales regulares de intercambio y la complementación económica se consolida
en la unilateralidad de la producción.
En el marco de hierro de la balcanización, se modelan los Estados en la
década del 80: Rafael Nuñez en Colombia, el general Roca en la Argentina, el
roronel Latorre en el Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en
Chile, Alfaro en el Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela, Ruy Barbosa en el
Brasil instauran el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía
positivista.
1. El positivismo en Europa
¿Y que género de filosofía es ésta que domina la vida intelectual de
América Latina en el mismo período en que parece declinar para siempre la
idea histórica de la unidad latinoamericana? El positivismo comtiano
satisfacía las necesidades filosóficas de la burguesía europea, si así
puede decirse. Es el triunfo del racionalismo fundado en la ciencia
experimental, que pretende en Europa recusar al irracionalismo romántico,
dotar a la sociedad de una ciencia fundada en los hechos ciertos y extender la
idea de una evolución incesante a la que no se veía límite alguno. El
carácter acumulativo del progreso y la autoconciencia de un bienestar
creciente debía encontrar en los héroes de Balzac sus tipos más
demostrativos.
Todo esto era completamente natural: hacía medio siglo que la burguesía
francesa había hecho su gran revolución. Ahora, las marchas heroicas y los
torrentes revolucionarios eran festejados pacíficamente los días 14 de Julio
con bailes populares en las calles de París. Artesanos, burgueses y
estudiantes alborotaban luego con sus amiguitas bebiendo cerveza en las
tabernas. ¡Esto era todo! La burguesía francesa estaba en reposo y
disfrutaba su felicidad, que se le antojaba eterna. Augusto Comte dictaba
cursos de astronomía popular para obreros en una municipalidad de París .El
creador del positivismo y la sociología se formó espiritualmente en la
época de la Restauración; aborrecía las revoluciones y condenaba la
teología, aunque no pudo resistir la tentación de escribir un Catecismo
propio y hasta elaborar los ritos para la celebración de matrimonios
positivistas .
Comte había condensado su credo en dos palabras que incluyó el escudo
brasileño como divisa tutelar: "Orden y Progreso". Pero como Comte
era un conservador esencial, definía el Progreso como "el desarrollo del
orden". Toda reorganización debe comenzar por las ideas, pasar a las
costumbres y finalmente, decía, alcanzar a las instituciones . A los obreros
que asistían a sus cursos sobre astronomía popular, los educaba en
principios conservadores análogos.
"La escuela positivista tiene necesidad del mantenimiento continuo del
orden material. Ella no pide a los gobiernos más que libertad y atención ...
El pueblo no puede esperar, ni aún desear, ninguna participación importante
en el poder político. El se interesa no en la conquista del poder, sino en su
uso real... también está dispuesto a desear que la vana y tormentosa
discusión de los derechos sea reemplazada por una fecunda y saludable
apreciación de los deberes" .
En otras palabras, se trataba de conciliar las dos formas
"fundamentales" del espíritu humano: la tendencia hacia la
anarquía y la tendencia a la reacción, la revolución y la
contrarrevolución. Comte se oponía a ambas. La burguesía europea no deseaba
hacia fines de siglo otra cosa que conservar lo adquirido: vivía en el puro
presente y no deseaba precipitarse al porvenir . La poetización de la ciencia
era para la burguesía algo tan natural como situar los tiempos tenebrosos en
el pasado y dibujar un horizonte rosa rodeado de tranquilizadores
microscopios. El anticlericalismo era excitado, por añadidura, por el
Syllabus troglodita de Pío IX: estos enfrentamientos fueron de vasta
resonancia y apresuraron la laicización de la enseñanza pública y de la
legislación civil.
2. El positivismo en América Latina
Los nuevos Estados latinoamericanos acogieron el positivismo y las leyes
civiles con igual ardor que los Parlamentos liberales de Europa. Los generales
brasileños eran positivistas, protegidos de Inglaterra y guardianes del
sistema esclavista . También profesaban el positivismo los intelectuales que
rodeaban al paternal déspota Porfirio Díaz. Tanto hablaban de la
"Ciencia", que el pueblo mexicano se refería a ellos como los
"científicos". Tuvieron tiempo para difundirla, pues Don Porfirio
subió al gobierno en 1872 y recién pudieron derrocarlo en 1911. Su
Secretario de Educación, Don Justo Sierra, fundador de la Universidad, aunque
nunca abrazó categóricamente el positivismo, era naturalmente un liberal y
un ardoroso librecambista. Sabía hablarle a los obreros, por añadidura, con
el lenguaje de las bayonetas.
Así como el conservador Alamán había sido un tenaz proteccionista y creador
de industrias en México, el liberal Justo Sierra era un campeón del
librecambismo. Las ideas político-filosóficas estaban en coantradicción con
las ideas económicas de ambos. En el caso de Sierra, su liberalismo era
compatible con el régimen de Porfirio que entregó casi dos millones de
hectáreas de tierras mexicanas sobre la frontera con Estados Unidos a
compañías de esa nacionalidad. En cuanto a la clase obrera, Sierra asistió
al congreso de trabajadores de la industría tabacalera realizado en julio de
1906 donde afirmó:
"He oído varios discursos de ustedes y aunque fuertes, no me disgustan,
pero sí deben saber que si en las huelgas que ustedes tengan hay un solo
hombre que quiera trabajar, así como si se altera el orden, el gobierno
cuenta con 60.000 bayonetas para apoyar a ese hombre y sostener el
orden".
Ante estas palabras, el delegado Julio M. Platas se dirigió al Congreso
respondiendo:
"Perdón, señores; ustedes me ordenaron que yo invitara a este Congreso
al ciudadano Secretario de Instrucción Pública, y, torpe de mí, invité al
ciudadano Secretario de Guerra... Dice el Señor Ministro que los pueblos que
no se agitan son pueblos muertos, que merecen la esclavitud, y nos trata como
esclavos, amenazándonos con sus bayonetas... "
El delegado obrero no conocía a Comte tan bien como Justo Sierra: primero
venía el orden y luego el progreso .
El argentino Agustín Alvarez escribía en South America su condenación de la
política criolla, congénitamente incapaz de elevarse al modelo anglosajón:
la fórmula norteamericana era buena, pero el contenido indígena era
detestable .
De este modo circularon libremente por América Latina a fines de siglo, Adam
Smith y Comte, Spencer, Bentham, Stuart Mill y Darwin. La traducción
vernácula de estas corrientes consistía en practicar un librecambismo que
impedía la industria latinoamericana (Smith); de comenzar la reforma de la
sociedad por la reforma de las ideas (Comte); de erigir el interés individual
contra el Estado y la primacía de lo útil, como norma de verdad (Spencer,
Bentham) y de considerar a las razas indígenas esclavizadas como la prueba de
la supervivencia del más apto (Darwin). La incorporación en América Latina
del positivismo como doctrina conservadora del "statu quo" resultaba
equivalente a la perpetución del monocultivo, la servidumbre indígena, la
producción exportable como fuente exclusiva de recursos fiscales y la
"balcanización".
3. Positivistas y jíbaros
¡El noble producto importado venía con la garantía de su sello europeo y
eso era suficiente!. Pero empleábamos esa superestructura jurídica y
filosófica burguesa sin realizar en América Latina la revolución burguesa
que la había generado en Europa. Se operaba un viaje transatlántico de las
leyes y la filosofía sin importar al mismo tiempo las relaciones sociales,
los métodos de producción ni la estructura de clases. América Latina tuvo
así matrimonio civil sin máquina de vapor y Estados soberanos organizados
según el patrón de John Locke, donde algunos ciudadanos pasaban sus tardes
reduciendo cráneos humanos al tamaño de un puño mediante un interesante
procedimiento de cocción desconocido por los juristas ingleses. Tuvimos
cementerios secularizados y escuela laica, pero se mantuvo el atraso clásico
que garantizaba la condición semicolonial de América Latina. Gozamos (¡y no
siempre!) de soberanía territorial en cada Estado a condición de olvidar
nuestra soberanía dividida como Nación inconclusa.
Así pudieron redactarse soberbias Constituciones de cuño europeo o
norteamericano estableciendo los tres poderes de Montesquieu en provincias
andrajosas erigidas en "Naciones", que hasta carecían de burgesía
y cuyos presupuestos apenas alcanzaban para pagar los sueldos de un solo
poder, que siempre era el Poder Ejecutivo. ¡Los partidarios del positivismo
burgués europeo en América Latina resultaban ser los enemigos del desarrollo
capitalista en sus propias patrias!
La filosofía que la burguesía europea adoptaba después de su triunfo era
prohijada por los terratenientes parasitarios o exportadores improductivos de
los grandes puertos como la fórmula intelectual del "progreso".
Pero en esta filosofía el acento estaba puesto en el "orden" más
que en el progreso: y era protegida por las clases más hostiles a la
conquista de una economía independiente.
El positivismo se revelaba, en definitiva, como una filosofía conservadora a
la que habían invertido de signo al cruzar el océano; sus cándidos
consumidores latinoamericanos la identificaban con las "ideas
avanzadas". Resucitaba bajo nuevas formas el antagonismo entre el
pensamiento y la vida, patético en los siglos coloniales y que en la era
insular resultaría tragicómico.
4. Ideología sin relaciones sociales
La vieja Europa había necesitado miles de años para atravesar las ruinas del
esclavismo, el feudalismo, el Renacimiento y la Reforma, asimilar la
Contrarreforma y la victoria de la ciudad burguesa, luchar por el advenimiento
de los derechos del hombre, conquistar el Parlamento y la libertad de prensa.
Estos vastos procesos se habían desenvuelto íntimamente trabados a los
conflictos de las formas de producción sobre las que reposaba la sociedad
civil. Ni siquiera podía hablarse de parlamentarismo sin examinar la victoria
completa de la producción capitalista.
Pues bien, cuando la Europa capitalista incorpora a América Latina a su
sistema industrial metropolitano como una gigantesca provincia agro-minera,
dota a su vez a nuestro continente de un "stock" jurídico y
político compuesto de todas sus piezas. El modelo importado servirá para
crear una ficción de aquella sociedad rica y evolucionada, pero no puede
funcionar por sí mismo, ya que el sistema ha dejado su mecanismo, su cuerda,
su fuerza motriz en Europa. Nos han enviado sólo la parte de afuera, el
envase pintado, como esos lomos dibujados de falsos libros que aparecen en las
vidrieras de ciertas mueblerías o las manzanas de cera que decoraban las
viejas casas de familia en la clase media de 1920.
La inaplicabilidad del liberalismo positivista europeo a América Latina
resultaba tan evidente para ciertos intelectuales del 900, que no tuvieron
más remedio que declararse racistas y acariciar la esperanza de que el tiempo
concluiría por eliminar a los indios y mulatos para permitir un progreso
orgánico. Ese era el punto de vista de Alcides Arguedas, el boliviano, o de
los argentinos Carlos Octavio Bunge, Ramos Mejía, Ingenieros y otros .
5. El racismo de Alcides Arguedas
Arguedas, que no era precisamente un ejemplar del más puro tipo caucásico,
musitaba compasivamente estas palabras sobre el triste destino de Bolivia:
"De no haber predominio de sangre indígena, desde el comienzo habría
dado el país orientación conciente a su vida, adoptando toda clase de
perfeccionamiento en el orden material y moral" .
El profeta pesimista, que vaticinaba a su raza el más lúgubre porvenir, era
una especie de Ezequiel Martínez Estrada de su tiempo, pues como el argentino
, de su boca sólo brotaba un verbo apocalíptico sobre su pueblo, al que
juzgaba responsable de la degradación nacional. Acariciaba una esperanza, sin
embargo: más que de la mezcla con otras razas humanas superiores la
liquidación del criollo autóctono, vendrá de
"ese suelo estéril en que, a no dudarlo, concluirá pronto su raza"
.
Se trataba de un pesimismo puramente literario y completamente desinteresado.
Arguedas no dañaba su vista con la contemplación de la "raza de
bronce", que también era un "pueblo enfermo". Se pasaba la
vida en Cuilly, cerca de París; cortaba rosas de Francia por la mañana y
redactaba dicterios contra los indios de su país por la tarde. Este amargo y
rudo Isaías era el feliz propietario de dos buenas hectáreas laborables a 40
kilómetros de París, además de la gran casa o castillo, lo que significaba
un buen capitalito, sobre todo en Francia, donde cada palmo de tierra vale
oro.
El estilo tremebundo de Arguedas se comprendía: fue Simón Patiño, aquel
sangriento avaro, rey del estaño, quien costeó la edición de su Historia de
Bolivia. Para Patiño, una historia que descargaba sobre la fatalidad étnica
el importunio de Bolivia, no podía quedar inédita. Arguedas, en una raro
arranque de optimismo, dedicó su obra al Vampiro . Arguedas la había
meditado en París, donde parasitó largos años como cónsul de Bolivia,
consolado por los encantos de la gran ciudad civilizada donde no había un
solo indio, salvo él.
Arguedas, que condenaba a su terruño por indígena, era como otros racistas
análogos de América Latina, del tipo de Sarmiento, un verdadero meteco y a
su modo, un bárbaro. Arguedas "vive, como dirían los franceses, en
'gentilhomme campagnard'. La casa, el castillo de Arguedas... tiene libros y
Venus. En el salón, reproducciones fotográficas en grande y pequeño
formato. En la sala de billar, vasta pieza del segundo piso, a la altura de
los ojos, un friso contornea los muros en toda su extensión, hecho con
fotografías de todas las venus existentes, desde las praxitelianas, perfectas
de pureza y armonía, hasta las modernas y voluptuosas de Canova. De allí que
no hayamos podido comprender qué papel podían hacer allí en la misma sala,
junto a las muestras más excelsas de lo que puede el hombre en sus creaciones
de amor y de belleza, los retratos de los hombres de la carnicería de
1914-1918; Lloyd George, Clemenceau, Foch y Wilson...".
Después, el gentilhombre boliviano dice a su interlocutor:
"Todo esto -y el ademán de la mano de Arguedas calcula más de una
hectárea- estaba sembrado de árboles muy viejos. Encinas centenarias,
castañeros, robles... Yo tuve que cortarlos. Hacían mucha sombra sobre mis
ventanas. Quitaban la vista del valle. Y luego había que hacer lugar para las
rosas, para los manzaneros, para el huerto. Personalmente, yo mismo he cortado
algunos. Es muy entretenido... hoy tengo leña para muchos inviernos".
Servil con los poderosos de Europa, renegado de su raza, degollador de
árboles centenarios, historiador de Patiño, este Arguedas había resultado
tener un harem fotográfico de Venus para su uso exclusivo. No era, realmente,
un tipo ejemplar de hispanoamericano .
Arguedas se hacía servir en Cuilly por un indio del Altiplano, al que
castigaba con látigo a la menor falta.
Varones tonantes de este género, amparados por la oligarquía, han sido
legión en nuestra paciente tierra. Constituían el sector ornamental de la
plutocracia latinoamericana al comenzar el siglo.
6. La agonía de la Patria Grande
Los altos precios de las materias exportadas por América Latina en ese
período, es preciso convenir en ello, resultaban ampliamente compensatorios
para un pequeño núcleo en cada Estado latinoamericano, para sus ministros,
diputados, profesores, y escasos intelectuales, comerciantes y parásitos de
las clases distinguidas que reproducían en cierto modo el alto nivel de vida
de las grandes metrópolis, a las que visitaban con frecuencia y de las que
traían las últimas modas.
El vasto "hinterland" de esos núcleos en los respectivos estados no
era tenido en cuenta, salvo para los cambios de gobiernos, regulados por lo
común mediante elecciones canónicas o espadas providenciales. La fidelidad a
una historia petrificada por la adoración de héroes impolutos y ángeles de
yeso, la adopción de leyes liberales y la circulación de la literatura
francesa son rasgos genéricos de esa generación insular.
Bajo la influencia de Gustave Le Bon, el famoso inventor francés de la
"psicología de las multitudes", algunos psiquiatras argentinos,
como José María Ramos Mejía y José Ingenieros, pretendieron reexaminar la
historia argentina. Se fundaron en Mitre, naturalmente, y le añadieron a la
condena de los caudillos y las montoneras el barniz "científico"
proporcionado por la frenología de la época. En Las Multitudes Argentinas
Ramos Mejía escribe:
"La indignación de Artigas a consecuencia de los manejos que le
atribuía Pueyrredón, tomaba formas ditirámbicas al pasar por la pluma, en
perpetuo "delirium tremens" romántico, del padre Monterroso, fraile
venal, de vulgarísimas lecturas, pero que tenía, según historiadores bien
informados, "el arte de traducir los odios de su jefe, halagando su
vanidad, en frases sonantes y sin sentido". Tenía que ver el entusiasmo
sincero del Protector de los Pueblos Libres en presencia de las frases del
secretario, en cuya lectura mezclábanse hábilmente la acción coreiforme del
cómico español de cuño antiguo y las gesticulaciones demoníacas de un
indio inquisidor emborrachado en una orgía de chicha. La intervención del
caudillo en la peculiar literatura, solía reducirse a alguna pintoresca
postdata con el infaltable "dígamele" de todos los gauchos que
dictan cartas" .
Medio siglo después estos juicios de la oligarquía serían compartidos por
las variantes múltiples de la "izquierda tradicional" de la
Argentina.
La Patria Vieja apenas se divisaba en un pasado remoto. El Uruguay y la
Argentina habían recibido millones de inmigrantes y su insularidad era más
profunda todavía que en los restantes Estados latinoamericanos, donde el
atraso ejercía el papel de custodio de la tradición histórica, la única
riqueza que desdeñaban los exportadores. En todas las capitales
latinoamericanas se imitaba a Napoleón III, se construían bulevares, el
ferrocarril irrumpía solemnemente. La aristocracia positivista se dejaba
crecer las patillas a lo Bonaparte. El falso gótico, el seudo corintio, y un
horrendo estilo pompeyano alimentaban las apetencias estéticas del
refinamiento continental. Como en los ridículos principados alemanes del
tiempo de Goethe, la poesía era una poesía de corte.
La literatura se importaba, como las amantes de lujo y los bardos eran
empleados públicos, comían el duro pan de los periódicos facciosos o
agonizaban en París.
La unidad latinoamericana que había pasado de las armas a la diplomacia,
ingresaba ahora a la literatura simbólica y resucitaba nostálgicamente en
algunos pensadores como el eco de una proeza insensata.
7. La unidad latinoamericana en la literatura
"Bolívar y San Martín... realizaron la unidad de la América Latina,
antes de formular la teoría de la unión" escribía José María Torres
Caicedo . Nacido en Colombia en 1830, fue diplomático de Venezuela en Europa
y participó con su acción y sus libros en las campañas por restablecer la
perdida unión bolivariana. Torres Caicedo formuló un programa para la
Confederación: reunión anual de una Dieta latinoamericana; nacionalidad
latinoamericana común; Zollverein aduanero, uniformidad de códigos, pesas,
medidas y monedas. También elaboró un plan de uniformidad de enseñanza, la
abolición de los pasaportes en el interior de la América Latina y la
organización de tropas y recursos para la defensa común.
Torres Caicedo reiteraba ahora como programa las viejas tentativas militares
de Bolívar. Pero esa unidad, ¿podían admitirla los nuevos Estados
instalados en la balcanización exportadora?. Los productores de café,
bananas, trigo, cobre, cacao, algodón, tabaco, y carne, ¿estaban en
condiciones de adquirir la "conciencia nacional del mercado
interno", única escuela de la burguesía, cuando sus beneficios fluían
del mercado mundial?. Esa unilateralidad económica, fundamento de la
prosperidad de las clases dominantes, era el pilar de la soberanía estadual,
la fuente del patriotismo aldeano.
Toda América Latina se había convertido en un sistema asimétrico de veinte
puertos francos, de veinte abastecedores del mercado mundial. El consumo
interno estaba reducido a su mínima expresión, salvo una o dos ciudades
importantes por cada Estado. Y este mercado interno era abastecido por los
productos industriales de las metrópolis y lo que no era menos deformante,
por sus productos culturales.
Esta extravertida América Latina no podía ser "persuadida" de su
unidad, pues ella suponía no sólo la abstracta figura política de una
Confederación, sino el quebrantamiento interno de la estructura de clases
precapitalistas (en algunos casos), la reorientación de la producción hacia
su "hinterland" paralizado, la interrelación de sus economías
particulares alrededor de un plan económico "nacional" y el
establecimiento de una gran industria como factor dinámico del conjunto.
Hacia 1.900 era una pura utopía.
8. Poetas y profetas
También el portorriqueño Eugenio María de Hostos concibió formas de unidad
a partir de la independencia de Puerto Rico, pero como parte de una
Confederación Antillana, incluyendo a Cuba y Santo Domingo. Como ocurriría
con muchos de los hombres de su generación y de sus ideas, Hostos concluyó
dedicando sus energías a la educación y a la redacción de tratados morales.
¡Si tendremos moralistas, pedagogos y abogados en América Latina!. Los
talentos más prometedores concluyeron en este pantano ético-jurídico. El
tucumano Juan B. Terán diría: "América Latina es un desierto poblado
de abogados". No faltaban quienes tejían recreaciones helénicas como el
boliviano Franz Tamayo, un terrareniente erudito que escribió La Prometheida
o las Oceánidas en un altiplano con 3 millones de indios que hablaban quechua
y aymará .
El soplo épico de la tradición hispanocriolla alcanzó a vivir en la
juventud de Rubén Darío. El nicaragüense cantó entonces a la unidad
centroamericana. Dedicaba un poema al último unificador, el general Justo
Rufino Barrios. Pero después absorbió a Darío la simbología versallesca y
el lirismo apolítico, salvo en su Canto a Roosevelt. De los escritores de
esta generación, sólo José Martí se transfiguró en héroe; rara síntesis
de poeta y soldado.
A fines de siglo Angel Floro Costa, un oriental emigrado en Buenos Aires,
postulaba la tesis de la creación de la República del Plata, mediante la
reincorporación del Uruguay a las viejas Provincias Unidas. Costa sólo veía
tres caminos para el Uruguay: un Estado independiente, como lo había
concebido Canning, el "algodón entre dos cristales"; la
incorporación al Brasil o la incorporación a la Argentina. Era partidario de
la última solución y temía la vulnerabilidad de la soledad uruguaya. Pero
la inclusión del Uruguay en el sistema mundial de la Gran Bretaña (lanas,
cereales y carne) resultó en el medio siglo siguiente la forma óptima de la
prosperidad uruguaya y del equilibrio interior de la vieja Provincia Oriental.
Proféticamente Angel Floro Costa titulaba su libro Nirvana, es decir el
Uruguay como símbolo de una dicha abstracta, despojado de las turbulencias
sudamericanas, una barca poética y lacustre atada a la cola del león
británico, ensismismada e indiferente a la tempestad, un Uruguay olvidado del
pasado artiguista, duplicado por la inmigración y erigido en una avanzada de
la cultura europea en el Río de la Plata.
"El Uruguay será argentino o brasileño; y si no, será Nirvana",
parecía decir Angel Floro Costa en 1.880. Y tenía razón .
9. Rodó y el arielismo
Otro uruguayo formulará ante el destino latinoamericano un mensaje de
naturaleza diferente. José Enrique Rodó escribe su abrumador Ariel en un
período en que el robusto imperialismo yanqui aterraba al mundo de las
plácidas oligarquías sudamericanas, protegidas en su beatitud por sus
relaciones con el Imperio inglés. Al iniciarse el siglo XX se derrama por
América Latina un grito de alarma llamado "arielismo".
En una prosa obesa sin aristas, con las formas abundantes de una hermosa dama
envejecida, Rodó oponía el "espíritu del aire" al voraz apetito
carnal de Calibán. Estados Unidos sería este último, y una América Latina
laxa, nacida de la imaginación del escritor, el primero. La propagación del
arielismo fue espectacular, como esas raras fiebres tropicales que derriban
todo a su paso. Rodó proponía a la América Latina, sumergida en un ocio
hambriento, y reducida a la parálisis pre-capitalista, el cultivo de un ocio
helénico, donde al parecer germinan todas las grandes culturas.
Exponía con frases cuidadosamente redondeadas, para no herir a nadie, una
antítesis: los Estados Unidos eran un gran país devorado por la creación
económica. Pero el "idealismo" de América Latina, heredero de la
latinidad, debía preparar para el arte y la filosofía, expresiones de la
"vida superior".
"Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un
glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a
Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución; ciudades
que hicieron dilatarse por toda la extensión de un continente, como en el
armonioso desenvolvimiento de las ondas concéntricas que levanta el golpe de
la piedra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus
tribunas, puedan terminar el Sidón, en Tiro, en Cartago" .
La obra estaba impregnada hasta la médula de estas inepcias estremecedoras.
En esencia, Ariel constituía una protesta ética de la indefensión
latinoamericana ante los Estados Unidos. Oponía el poder del espíritu a la
siderurgía y se convertía, por su maciza banalidad, en una doctrina
conservadora.
¿Por qué causas este monumento verbal y glacial fue escrito?. ¿Qué razón
motivó su cómico prestigio? Consideremos en primer lugar la tierra natal de
Rodó. El Uruguay del 1.900 era la pieza más perfecta de la
"balcanización" latinoamericana. Estaba por concluir el ciclo de su
guerra civil, con el triunfo del partido Colorado, partido del que formó
parte Rodó, lo que no resulta nada incidental. El "Nirvana" de
Angel Floro Costa era un hecho. La vieja Banda Oriental había muerto; en su
lugar se distinguía una fecunda pradera atrás de una gran ciudad
cosmopolita.
Toda la renta agraria de los campos orientales era comercializada por
Montevideo. Con su producto comenzaba a erigirse una gran burocracia del
Estado, un escudo protector de la clase media urbana. La situación
demográfica, geográfica, económica y cultural predeterminaba la proyección
del Uruguay hacia Europa. Las corrientes inmigratorias se asentaban
rápidamente, se hacían propietarias, expandían Montevideo.
10. Entre Atenas y Gibraltar
El coronel Latorre había construído el Estado jurídico; Batlle Ordóñez
ordena el Estado exportador y distribuye la renta agraria entre la pequeña
burguesía de la ciudad, que se hace naturalmente partidaria de un orden
democrático y parlamentario liberal de corte europeo. La publicación de
Ariel coincide con una era de bienestar general, que se prolongará seis
décadas. El Uruguay urbano comenzaba a ser ya un país de ahorristas,
pequeños propietarios, empleados públicos bien remunerados y artesanos
independientes.
El batllismo es su expresión política; el positivismo, su filosofía; la
literatura francesa su arquetipo. Es la ciudad de los templos protestantes, de
los importadores, de los maestros poetas. Reina un tibio confort hogareño,
una actitud a-histórica, una propensión portuaria. Uruguay se ha
"belganizado"; un alto nivel de vida en la semi-colonia próspera ha
sepultado los ideales nacionales. De ahí que ignore su origen, pues nada le
importa de él. El hijo o nieto de inmigrantes permanece vuelto de espaldas a
la Banda Oriental, a las Provincias Unidas, a la América criolla. Vive
replegado sobre sí mismo en un antesala confortable de la grande Europa.
Y en esa vida de próspera aldea, con sus Taine, sus Renán y sus Comte, en
esa viscosa "idealidad" de las secularizadas religiones prácticas,
Uruguay se aburre; en ese hastío nacido de su insularidad, donde el pasado es
un misterio (recién comienza a embalsamarse a Artigas como "héroe
nacional") y el futuro no ofrece sobresaltos, el "espíritu"
remonta su vuelo. Es la hora de Rodó, el predicador del "statu
quo". El orador estetizante del Uruguay inmóvil se inquieta ante el
genio emprendedor de los norteamericanos prácticos. No condena
explícitamente las tropelías yanquis, sino su estilo pragmático. Propone un
retorno a Grecia, aunque omite indicar los caminos para que los indios,
mestizos, peones y pongos de América Latina mediten en sus yerbales, fundos o
cañaverales sobre una cultura superior.
11. El arielismo del bien raíz
En Ariel no había furor. Se incitaba a la elevación moral. Al fin y al cabo
Rodó emitía frases desde una sociedad complacida, a la que las caballerías
de Aparicio Saravia dará un último sobresalto en 1904, una sociedad
practicante de placeres virtuosos y enemiga del exceso. Francisco Piria, por
lo demás, al frente de una legión de rematadores, ha creado en Montevideo
una nueva clase de pequeños propietarios que constituirán la base social
granítica de los arielistas. Detrás de las bruñidas frases de Rodó se
descubría a un sonrosado Nirvana distribuyendo consejos de idealismo a los
hambrientos de la Patria Grande .
Toda la autosatisfacción de las oligarquías ilustradas de América Latina,
su concepción "pro domo sua" de un progreso quimérico, su
latinidad, su humanismo lagrimeante, su desdén aristocrático hacia las bajas
necesidades materiales, su adoración hacia la forma, todo ese detritus ético
del estancamiento continental, Rodó lo pulió, lo envasó y se lo sirvió a
la joven clase media de la América hispánica regado con esa gelatina
sacarinada de cuya fabricación se había hecho maestro.
La pequeña burguesía harta del Puerto intemporal, se sublimaba en Rodó y
ofrecía a su tiritante congénere latinoamericana el más exquisito
narcótico de su rica farmacopea importada. Un ¡ah! de general
deslumbramiento arrancó el estupendo sermón laico en esas dulces horas sin
futuro.
Y pese a todo, había una amarga injusticia en glorificar la pieza más
detestable y nihilista de Rodó, justamente el escritor que inicia en el Plata
la reivindicación de Bolívar y retoma la idea de la Patria Grande. Sepultar
su Bolívar y exaltar su Ariel, he ahí la impostura clásica del colonialismo
cultural posterio r.
12. El intrépido Manuel Ugarte
Al mismo tiempo, en el otro lado del Río de la Plata parecía revivir la
tradición latinoamericana. Manuel Ugarte era un bonaerense que abandonaba la
vida literaria para consumir su peculio en una gran campaña por la unidad
latinoamericana. Recorrió el continente de un extremo a otro en un gira de
conferencias que congregó auditorios inmensos. Llamaba a retomar el programa
bolivariano .
El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es
necesario atribuirlo al papel de "emigrado interior" del intelectual
del 900 en las semicolonias, sino al "leprosario político" en el
que la oligarquía, las Academias conservadoras, tanto como las
"Academias Marxistas" o los "Científicos Sociales"
empollados por las generosas becas del Imperio, recluyen a los hombres de
pensamiento nacional independiente. A principios de siglo al escritor
latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las
pequeñas capitales de la nación "balcanizada", aún la más
presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituído la función social del
escritor con el libro español o francés. El sistema de la ciudad,
consumidora en todos los órdenes, se aplicaba también en el orden de un
librecambismo cultural que arrasaba con la producción nativa.
El carácter misérrimo del "mercado interior" para los libros
latinoamericanos no se fundaba tan sólo en el analfabetismo de la mayoría de
la población, sino en la indiferencia de las minorías cultas hacia todo
aquello que se refiriese al paisaje o a la sociedad propias. La superfluidad
del intelectual era completa; su evasión a Europa era una suerte de
liberación de esas aldeas sórdidas de las que Miguel Cané podía decir:
"Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar un soneto de Petrarca
en la Bolsa de Comercio".
Si a esto se añade que Manuel Ugarte proponía desde Buenos Aires una
revalorización moderna del programa de Bolívar, es fácil inferir el rápido
aislamiento de que fue objeto por todos los "demócratas" e
"izquierdistas" cosmopolitas de su época, no muy diferentes de los
actuales.
En sus campañas latinoamericanas Ugarte expuso la necesidad de filiar la
revolución de 1810 en la tradición revolucionaria española y de establecer
una Confederación de pueblos capaz de poner término a la impotencia insular.
Nada hay más falso que acusarlo a Ugarte de "lirismo" en relación
con tales temas. Por el contrario, el pensamiento ugartiano y hasta su prosa,
quizá la más sobria de todas en una época propensa a una retórica
espumante, prueban su rigor y su coherencia: predicará la industrialización
en una época de completo librecambismo; una literatura de inspiración
nacional, durante el auge del afrancesamiento generalizado; y la justicia
social y el socialismo, en tanto los intelectuales americanos acariciaban los
cisnes o vagaban por "los parques abandonados".
13. La "intelligentsia" capitula
ante la guerra
Pero lo que resulta más punzante aún, aquéllo que no se refiere ya a puntos
de mera doctrina, es la actitud diferencial de Ugarte y de otros hombres de su
generación frente a la primera guerra imperialista, piedra de toque para
todos los "latinoamericanistas" de los tiempos pacíficos, como
Alfredo Palacios, Rodó y congéneres. Al estallar la guerra de 1914, la
"dulce Francia" y la "noble Inglaterra" entrarán en lucha
con el "bárbaro teutón". A las primeras se agregará luego otra
"democracia", los Estados Unidos.
En las dos guerras imperialistas ocurrió el mismo fenómeno. No resultaba
totalmente lírico para la inteligencia entregarse a la veneración del
emporio usurero de Gran Bretaña. Pero la vieja "entente cordiale"
entre Francia e Inglaterra permitía a los poetas y escritores defender las
inversiones yanqui-británicas en nombre de la cultura francesa.
¿Acaso el bando de la "civilización" no se componía de las
potencias imperialistas que mantenían a América Latina en la barbarie?.
Solamente un servil completo o un exaltado arielista podía identificar
nuestro destino con esas democracias coloniales. Toda la
"inteligencia" sin embargo, cayó de rodillas ante "el
espíritu": Rodó, Palacios, Frugoni, García Calderón, Lugones, Rojas,
Gómez Carrillo, Alcides Arguedas, Rubén Darío: la lista es interminable.
Pero Ugarte asumió una posición neutralista. Publicó un diario en Buenos
Aires titulado La Patria para luchar contra la participación argentina en la
guerra imperialista.
Los críticos ciegos no perdonaron a Ugarte esta conducta. Zum Felde opina
sobre la obra de Ugarte:
"Considerados como ensayísticas no ofrecen valores mayormente
ponderables... se resienten de superficialidad filosófica, de carencia de
fundamentación sociológica seria; no van a fondo en el examen de los
problemas ni intentan revisión alguna de las cuestiones; en lugar de ello
ofrecen abundante glosa verbalista de los tópicos ya conocidos" .
es cierto que el mismo crítico había escrito antes lo siguiente:
`"Todo nacionalismo, en esta América, es esencialmente opuesto al
sentido de universalidad de nuestro devenir, postulado fundamental de nuestra
entidad... Lo que América no puede seguir, es la ruta de ningún
nacionalismo, ni aún del suyo propio, en el caso de que se pretendiera tan
menguado intento, y en cuanto ello se opusiera al espíritu de universalidad
que es nuestro imperativo histórico" .
Es inútil aclarar al lector que el Sr. Zum Felde fue un abnegado demócrata
durante la última guerra, partidario de las democracias imperialistas.
También Luis Alberto Sánchez dice de Ugarte:
"Ugarte, al cabo de años de apostolado, tiene un atardecer escéptico y
claudicante" .
Esta frase misteriosa, ¿qué significa? El señor Sánchez es un dirigente
aprista, devoto y hagiógrafo de Haya de la Torre. Ugarte les enseñó a todos
ellos, como el propio Haya no ha dejado nunca de reconocerlo, qué significaba
el imperialismo en América Latina. Pero el Sr. Sánchez ha introducido en la
segunda edición de su libro esa frase en virtud de que Ugarte apoyó al
general Perón en 1945 y que fue embajador de su gobierno en México en 1947.
Como se ve, el ex-antiimperialista Sánchez imputa a Ugarte
"claudicación", porque mientras Sánchez estaba junto a Estados
Unidos en la guerra, Ugarte estaba contra ella y en tanto Sánchez se unía al
"civilismo" peruano en esa época, Ugarte enfrentaba a la
oligarquía argentina. Curiosa integridad la del Sr. Sánchez y radiante
atardecer el suyo.
Terminado el conflicto, naturalmente, gran parte de los intelectuales
latinoamericanos se reincorporaron en tropel a ese Ejército de Jerjes que
integran los "Maestros de América" del tipo de Palacios, y
derramaron lágrimas elocuentes y vehementes gritos de alarma ante "el
peligro yanqui". Ugarte no perteneció nunca a este género repulsivo de
redentorista sudamericano que sólo ejerce su oficio en días serenos y
siempre goza de la simpatía de la gran prensa adicta.
No sorprenderá al lector saber que en la segunda guerra imperialista, todos
adoptaron la misma actitud, Ugarte y los otros. Tampoco será inútil recordar
que en 1945, cuando en la Argentina el país estaba polarizado entre Braden y
Perón, Ugarte regresó después de muchos años de ausencia y estuvo contra
el Embajador Braden, al mismo tiempo que la inmensa mayoría de la
intelligentsia argentina y latinoamericana se pronunciaba contra Perón. El
coraje moral de estar contra los mandarines, ese coraje no le faltó jamás a
Ugarte y esa es la razón del silencio profundo que envuelve su persona y su
obra.
Daré un solo ejemplo: Ugarte no llegó a ver publicado en vida ni un solo
libro suyo en la Argentina. Recién en 1953 se publicó la edición argentina
de El Porvenir de América Latina; en 1961 y 1962 se publicaron La Patria
Grande, La Reconstrucción de Hispanoamérica y El destino de un continente,
así como un trabajo titulado Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana,
que escribí en 1953. Los libros mencionados tampoco fueron publicados por
editorial comercial alguna, sino por Ediciones Coyoacán, que yo dirigía con
fines exclusivamente políticos y que resultó confiscada en parte por la SIDE
(servicio secreto del Estado argentino) en 1962 y luego destruída con bombas
incendiarias en 1964, sin que ambos hechos encontraran en la prensa de la
"izquierda cipaya" el menor eco ni protesta.
Hacia 1900 la conciencia nacional latinoamericana se fragmenta. El destino de
Ugarte es el mejor testimonio: el más penetrante latinoamericano del 900 se
convierte en un muerto civil. Si su cabeza figura en el mural que el pintor
Guayasamín crea en la Universidad de Guayaquil, junto a la de Bolívar y a la
de San Martín, en la Argentina permanece desconocido. La bibliografía sobre
humosa herencia de Rodó es tan agobiadora e inactual como Rodó mismo, pero
nada se escribe sobre Ugarte. Esto dice mucho sobre ambos personajes y sobre
los profundos exégetas.
Una ensayística torrencial se volcará luego sobre el
"americanismo" o el indigenismo abstracto. Sus autores se reclutaban
entre los viandantes a mitad de camino de un liberalismo desmayado y los
matices prudentes de las "vibraciones telúricas". Otro género,
más zahorí, era el de los escritores que tenían perpetuamente dilatada la
pupila sobre "el misterio de América". Este pantano de aguas vivas
y materias orgánicas ha devorado ya miles de volúmenes nutridos de esa Gran
Nada que la prensa seria llamó "el pensamiento americano". Todo el
secreto consistió en evitar los temas esenciales del drama.
14. El fin de una época
Por los mismos años y, naturalmente, desde París e impreso en francés,
Francisco García Calderón escribe Les Démocraties latines de l'América
Dedica el libro a Emile Boutroux y lo prologa Raymond Poincaré, esa
quintaesencia de la vulgaridad burguesa de Francia, combinación de sordidez y
astucia en que habían venido a parar los vástagos de Robespierre. Estas
"democracias latinas" inspiraban sospechas: García Calderón era un
refinado diplomático peruano extasiado por París y por el "genio
latino". Como cabía esperar, la obra es rica en observaciones sobre la
"barbarie criolla" y las relaciones estrechas entre el clima y el
progreso, muy gratas al paladar europeo:
"En el trópico: guerra civil y pereza; sobre las planicies frías, en
las llanuras templadas y en las ciudades marítimas: riqueza y paz" .
Estas bufonadas tenían excelente acogida en Europa y aún en una América
pequeño burguesa que había aceptado como perlas únicas las injurias de
Sarmiento contra los indios y las razas indígenas.
Aunque juzga "naciones" a los Estados latinoamericanos, pecadillo
venial si se considera que aún en nuestros días no sólo liberales sino
nacionalistas cerriles y marxistas galácticos opinan del mismo modo, el
mérito de García Calderón reside en haber planteado en esa época las
analogías e intereses coincidentes de los países de América Latina. ¡No se
contaban por docenas quienes lo hacían!.
Aquí y allí, en los prólogos y polémicas hirvientes del venezolano Rufino
Blanco Fombona, en los discursos de José Vasconcelos, Varona, Santos Chocano,
Vargas Vila, García Monge, resonaban los últimos ecos del programa
bolivariano. En muchos de ellos, la dispersión habría de vencer al fin, pues
la unidad latinoamericana se transformaría luego en una simple condenación
"estadual" del imperialismo yanqui cuando no en un
"panamericanismo" radicalmente antagónico a la Nación
Latinoamericana.
Hacia 1900, la ideología bolivariana parecía poco menos que extinguida. La
generación del 900 se refugiaba en la literatura pura, la poesía civil se
trocaba en pesquisas formales, los escritores políticos escribían novelas
del bulevar parisiense, Gómez Carrillo informaba sobre las modas de Europa.
¡La conciencia nacional de la gran Nación dividida se refugiaba en los
agotados libros de historia que Blanco Fombona reeditaba en Madrid! La misma
historia escrita de América Latina se había disuelto en veinte versiones
localistas imposibles de entender por separado. Así, las nuevas generaciones
del continente se adaptaban a una versión europea de su propia historia,
escrita por los letrados de la factoría semicolonial.
De las armas a la diplomacia, de la diplomacia a la literatura, la idea
bolivariana en un siglo no había hecho otra cosa que retroceder. Pues la
"balcanización" no sólo había quebrado los antiguos vínculos y
forjado la imponente ficción de los nuevos Estados, sino que Europa atraía
con su poder magnético a los mejores espíritus de la nación latinoamericana
y los alejaba de sus patrias chicas. Europa ofrecía a la inteligencia la
civilización madura que negaba a América Latina. Todo parecía perdido.
"El iberoamericanismo... yace en el sepulcro", escribía Gabriel
René-Moreno . Es en ese momento que cae Porfirio Díaz como un fruto
putrefacto y los peones de Zapata montan a caballo. La revolución en México
comenzaba y la América bolivariana volvía a las armas.
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