Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO XIII

MOVIMIENTOS NACIONALES DEL SIGLO XX:
MEXICO, PERU Y BOLIVIA

"Cuando alguien preguntaba si el General Terrazas era del Estado de Chihuahua, era una broma corriente responder:
"No, el Estado de Chihuahua es del general Terrazas"
Jesús Silva Herzog.

"Yo pronostiqué que Villarroel caería pronto"
Mauricio Hochschild, magnate minero de Bolivia.

Porfirio Díaz y sus "científicos" habían sumido al México legendario de las guerras civiles en un profundo sopor. Las tres décadas del porfirismo presenciaron la introducción del capital extranjero en la economía mexicana, ese sistema de "modernización" peculiar de la América Latina semicolonial de fines del siglo XIX: ferrocarriles, telégrafos, puertos, servicios públicos y caminos. Mientras el porfirismo favorecía estos "focos de civilización", indispensables a las grandes potencias para apoyar y administrar sus inversiones, el resto de México permanecía en el estancamiento más profundo.
En un polo se veía a una minoría blanca, dueña de tierras sin límite, que despreciaba a su país y trataba de exprimir su savia para huir de él:"Para los criollos, todas las costumbres nacionales son inconvenientes" escribía en 1909 Andrés Molina Enríquez . El hacendado no era un verdadero hombre de campo, sino un señorito que rara vez visitaba sus establecimientos, excepto para alguna fiesta: "Lo único que le importaba consistía en que el administrador de la finca le entregara periódicamente el dinero necesario para vivir con holgura en la capital de la provincia, en la ciudad de México, en Madrid o en París, según sus gustos personales y medio económicos" .
En el otro polo, los mestizos e indios que constituían la mayoría aplastante de México se reflejaban en el espejo de los peones de Yucatán, tal cual los vio en 1910 un periodista norteamericano poco inclinado a simpatizar con los mexicanos:
"Eran tratados como ganado, sin sueldo alguno y alimentados con frijol, tortillas y pescado podrido; apaleados siempre, muchas veces hasta morir, y trabajando desde el amanecer hasta la noche en aquel sol infernal. Los hombres eran encerrados por la noche... Cuando huían, eran alcanzados por la tropa y traídos de nuevo" .
Reinaba en las alturas del poder una especie de despotismo ilustrado, bañado por la luz del positivismo comtiano, pero que imponía silencio a la gran República de las letras y orden a los peones iletrados sin tierra. Por lo demás, todas las guerras civiles, desde la muerte de Morelos, esto es, desde hacía cien años, habían sido incapaces para modificar, como no fuera para empeorarla, la suerte de los campesinos miserables que constituían la mayoría del país. Durante el período de reformas liberales de Benito Juárez, las enormes extensiones de tierra que eran propiedad de la Iglesia, fueron objeto de una Ley de Desamortización destinada a incorporar al movimiento de la circulación mercantil esos bienes de "manos muertas". Pero dicha ley no logró cumplir sus fines, que eran democratizar la propiedad de la tierra y crear una clase de campesinos burgueses. Por el contrario, fue a parar a manos de los "denunciantes", "en su mayor parte ricos propietarios territoriales, que de esa manera agrandaron sus ranchos y haciendas" .
¡Para algo se había hecho la guerra de la Independencia! Ahora, un siglo más tarde, además de los terratenientes españoles, ya había terratenientes mexicanos! Era un escaso consuelo para los campesinos. Si la Ley de Desamortización creó nuevos terratenientes en lugar de nuevos agricultores, en el período de Porfirio Díaz se procedió a arrebatar a los indios las tierras comunales que permanecían en su poder desde hacía siglos. Grandes terratenientes y compañías extranjeras se apoderaron de los campos ejidales; los indios mexicanos fueron transformados en peones o esclavos. Tal fue el caso de los mayas y de los yaquis, sublevados a causa de la expropiación de sus tierras comunales y que después de ser sangrientamente reprimidos, fueron vendidos como esclavos en subasta pública .
Pero el proceso de concentración de la propiedad territorial en México que debía culminar con la revolución, no se detuvo allí. A fines de siglo se inició la estafa formidable de las Compañías deslindadoras. Estas empresas debían deslindar las tierras baldías y radicar en ellas a colonos estranjeros para ponerlas en producción. A título de compensación por los gastos requeridos para realizar dichos fines, el gobierno de Díaz otorgaba a dichas compañías la tercera parte de las tierras deslindadas . Sin embargo, las mencionadas Compañías también consideraban "baldías" las tierras ocupadas desde tiempos inmemoriales por pequeños propietarios y que carecían de posibilidad de justificar legalmente sus títulos. De este modo, el "deslinde" de tierras se convirtió en una gigantesca operación de despojo del pequeño campesino.
En sólo ocho años, desde 1881 hasta 1889, dichas empresas deslindaron 32.200.000 hectáreas; en consecuencia, se les adjudicó en propiedad nada menos que 12.700.000 hectáreas. Además, el gobierno les vendió a ínfirmo precio otras 14.800.000 hectáreas. En total, dichas compañías acapararon el 13 por ciento del territorio mexicano. Como estaban compuestas sólo por 29 personas, íntimamente vinculadas al gobierno de Porfirio, la legalidad de estas operaciones estaba al margen de toda sospecha. El general Terrazas, por ejemplo, poseía en el Estado de Chihuahua (donde muy pronto Pancho Villa sublevará a miles de peones armados) seis millones de hectáreas . Sólo siete concesionarios poseían en el mismo Estado 14.164.400 hectáreas. Dicha extensión era muy superior al territorio conjunto de Dinamarca, Suiza y Holanda. En el Estado de Morelos, casi toda la tierra estaba en manos de veinte latifundistas.
El programa de la revolución agraria inminente podía encontrarse en el Censo de Población de 1910. Para esa fecha existían en México 3.096.827 jornaleros rurales, 411.096 agricultores y 840 hacendados . Si la población total ascendía a 15.160.369 habitantes, se calculaba que el número de personas que dependían del salario rural de los peones ascendía a doce millones o sea aproximadamente el ochenta por ciento de la población .
¿Podía dudarse un momento del carácter feroz que adquirió la guerra civil? ¿Quién se atrevería a negar que el poder inmenso de caudillos como Villa o Zapata se derivaba del furor largamente reprimido por 12 millones de almas contra 840 latifundistas? . Un escritor mexicano ofrece en su libro una descripción de una hacienda de Morelos a principios de este siglo. De un lado, el casco de la propiedad, suntuosa e inútil, con un número de habitaciones excesivo, incluído un saloncito estilo turco que era la quintaesencia del mal gusto y en el cual todos los muebles eran importados de Francia. Del otro, fuera del casco, el lugar donde dormían los peones: "cada casa era de un solo cuarto, en el cual dormía, naturalmente, en el suelo, toda la familia, y dentro del cual se cocinaba la mayor parte del año. Era una parte importante del miserable salario. Los peones, sus mujeres y sus niños, estaban llenos de piojos, vestidos de sucios harapos, comidos por las fiebres" .
En realidad el peonaje constituía una forma de servidumbre que se transmitía de padres a hijos. A semejanza del régimen de pulpería reinante en los yerbales del Paraguay o el Norte argentino, el vale por alimentos y otros artículos vendidos por la misma empresa a sus peones establecía un compromiso prendario, donde la prenda era el trabajador mismo. El régimen de anticipos más o menos usuarios empleado en las haciendas mexicanas, ataba a los peones y sus familias a una deuda inextinguible . Hasta no ser saldada, el peón no podía abandonar la hacienda. La adquisición de los artículos necesarios para vivir en las "tiendas de raya", propiedad del mismo patrón y el generoso crédito otorgado al principio, esclavizaban al peón, que ignoraba el arte de sumar y restar y volvía ilusoria toda tentativa de escapar a la deuda. Esta se convertía así en un lazo hereditario. Un siglo después de la revolución de Morelos, se imponía la necesidad de abolir las deudas para liberar al pueblo mexicano .
Los célebres "científicos" del porfirismo, que unían a su amor por la ciencia un ojo infalible para los grandes negocios, identificaban el progreso con el capital extranjero. La estructura agraria debía quedar intacta. El progreso, en cambio, debía volcarse en la minería y el petróleo. Como un efecto indirecto de esta penetración imperialista, surgieron ciertas industrias: fundiciones de plomo, plata, cobre, hilanderías y fábricas de tejidos y una correlativa clase obrera en las principales ciudades. Pero ese escaso número de obreros no debería jugar un papel decisivo en la revolución de 1910.
La apertura de las puertas de México a los intereses norteamericanos alarmó en cierto momento al general Díaz. El apetito voraz de su poderoso vecino le hizo temer nuevas intervenciones: el anciano déspota practicó entonces el único "antiimperialismo" de que se sentía capaz: consistió simplemente en favorecer la inversión de los capitales británicos competitivos de los yanquis. Como estados Unidos se encontraba frontera por medio y Gran Bretaña al otro lado del Atlántico, el general Díaz tenía razones muy claras para preferir la amistad de los ingleses. La propia camarilla gubernamental del porfirismo se vinculó estrechamente a empresas y negocios británicos a comienzos del siglo. Esta propensión anglófila del gobierno del general Díaz no disminuyó la presión o la influencia yanqui; sólo logró enfurecer a los arrogantes imperialistas de la Casa Blanca y de Wall Street que poseían intereses en México. La última década de Porfirio transcurrió bajo la constante amenaza yanqui de intervenir militarmente, combinada con una intensa actividad conspirativa de su diplomacia para derribar al régimen porfirista .
A los 85 años de edad, el general Díaz no ofrecía signos de fatiga, después de 30 años de Gobierno. Sus ministros frisaban casi todos los 80 años; admiraba su lozanía. Pero el régimen estaba tan putrefacto que bastó, al parecer, un libro escrito por un estanciero liberal, Don Francisco Madero, en el que se oponía a la reelección de Díaz, para que comenzase una oleada de actividad política que culminó con la caída del gobierno.
No fue, sin embargo, la publicación de libro alguno lo que arrastró al abismo al gobierno vacilante del general díaz, sino los estallidos ininterrumpidos de la revolución agraria. Partidas de guerrilleros habían aparecido en numerosos Estados. Los campesinos se hacían soldados irregulares, quemaban las haciendas, mataban a los latifundistas y a sus administradores. Los nombres de Zapata en el Sur y de Villa en el Norte se hacen tan notorios que corren en las canciones y música populares. Todo el sistema cruje en sus cimientos.
Con la revolución de 1910, que eleva a Madero a la presidencia, irrrumpen a la vida mexicana jefes nuevos y militares del viejo orden que se disputan el poder.
Francisco Madero pertenecía a una de las diez familias más acaudaladas de México. En 1910 la fortuna familiar ascendía a 30 millones de pesos. Sus tierras alcanzaban a 699.321 hectáreas, en las que se encontraban yacimientos de petróleo. Asimismo era propietario de empresas metalúrgicas, minas de cobre, fábricas textiles, destilerías, cervecerías y hasta un Banco de Monterrey .
Asesinado Madero bajo la instigación del embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, las principales figuras de la revolución serán el general Venustiano Carranza, viejo y cazurro hacendado sobreviviente del porfirismo, intérprete de la burguesía nacional; Pancho Villa, jefe de los guerrilleros del Norte; Alvaro Obregón, hábil jefe militar y extraño caso de un moderado que al subir al poder se inclina hacia la izquierda: con él comienza el reparto de tierra; Emiliano Zapata, el caudillo de los campesinos pobres del Sur, la figura más pura e intrépida de la Revolución; el general Pablo González, viscoso traidor y prevaricador, ávido de poder, que organiza el asesinato de Zapata. En fin, en la década del 30, aparece en escena el general Lázaro Cárdenas, antiguo soldado, en cuyo gobierno revive la revolución y que logra al fin satisfacer el hambre de tierra del campesinado, a 130 años de la Independencia.
Pero el verdadero protagonista de la Revolución mexicana es el campesinado mestizo en armas, que ocupa toda la escena histórica y despliega por primera vez en el siglo XX sus inmensas reservas de heroísmo. Con la revolución mexicana aparece la democracia política en México, se desenvuelve una gran literatura y surge una originalísima pintura muralista que hunde sus raíces en el pasado indígena del país. También México muestra un nuevo camino: las victorias y derrotas de su revolución se convierten en la principal fuente de enseñanzas para la generación que en América Latina entra a la lucha alrededor de 1920.
Una hermosa página de Carlos Fuentes resume, de algún modo, la esencia de la revolución mexicana. Cuando los soldados harapientos de Pancho villa, el "Centauro del Norte" y de Emiliano Zapata, el "Atila del Sur", entraron triunfalmente a la ciudad de Mexico, su asombro no reconoció límites. Los feroces caballistas, que sumieron en el terror a los mexicanos educados, en lugar del esperado saqueo, armados hasta los dientes, pedían, con el sombrero aludo en la mano, y con un aire tímido, algo de comer en la calle.
"Los soldados zapatistas -escribe Fuentes- ocuparon las mansiones de la aristocracia porfiriana en las colonias Juárez y Roma, en las calles de Berlín o Génova, en el Paseo de la Reforma o la avenida Durango. Penetraron en esos atiborrados palacetes, llenos de mobiliario victoriano, emplomados, mansardas, cuadros de Félix Parra y jarrones de Sévres, abanicos y pedrería y tapetes persas y candelabros de cristal y parqués de caoba, escaleras monumentales y bustos de Dante y Beatriz. Nada de esto les llamó demasiado la atención. En cambio, les fascinaron los espejos de estas residencias, los enormes espejos con no menos gigantescos marcos de oro, repujados, decorados con acanto y terminados en cuatro grifos aúreos. Los guerrilleros de Zapata, con asombro y risa, se acercaban y alejaban de estas fijas y heladas lagunas de azogue en las que, por primera vez en sus vidas, veían sus propias caras. Quizás, solo por esto, la revolución había valido la pena: les había ofrecido un rostro, una identidad.
-Mira: soy yo.
-Mírate: eres tú.
-Mira: somos nosotros" .
1. La ausencia de acumulación de capital en América Latina
La guerra imperialista de 1914 pone fin al largo siglo del apogeo europeo que se inicia en el Congreso de Viena. En un sentido más vasto, con la primera crisis bélica del imperialismo en escala mundial concluye la "progresividad histórica" global de la burguesía que había conquistado el poder político a fines del siglo XVIII. Que no formulamos una apreciación académica lo probará tres años después el triunfo de las revolución rusa, al elevar al poder por primera vez en la historia de la humanidad a la clase obrera. Pero si la burguesía europea había terminado de construir en el siglo XIX sus grandes Estados nacionales, el desarrollo histórico desigual y las necesidades del capitalismo en expansión condujeron en América Latina a la fragmentación de la Nación Latinoamericana y al establecimiento de veinte Estados.
El Nuevo Mundo alimentó con sus metales preciosos, los productos de su suelo y la sangre de sus indígenas la acumulación primitiva del capital europeo, que a su vez impidió necesariamente la formación de un capital nacional en las viejas colonias hispano-portuguesas . La formación histórica de oligarquías exportadoras y de pequeños núcleos de capital comercial portuario viinculados a las grandes metrópolis industriales del mundo, obstaculizó en América Latina el mismo desarrollo capitalista que se verificaba en Europa.
La penetración imperialista extranjera, al mismo tiempo, se alcanzó con la perpetuación del atraso agrario. Se forjó así una sólida alianza entre las potencias ultracivilizadas y cultas del mundo moderno con las oligarquías más parasitarias de las semicolonias. Tecnologías en Europa y primitivismo agrario en América Latina se revelaba la fórmula inseparable de la política imperialista.
La unilateralidad de las economías exportadoras se expresaba jurídica y políticamente en la existencia de veinte Estados ridículos, objeto de las burlas arrogantes de la sociedad europea y sus escribas. Si el capitalismo europeo sólo había podido vencer el particularismo feudal y conquistar su mercado interno con el establecimiento del Estado Nacional, cuyos límites territoriales estaban marcados por la influencia de la lengua, en América Latina el idioma, el territorio, la tradición popular, la unidad religiosa, la psicología común, los análogos orígenes, sólo habían servido para volver más asombrosa su balcanización, más trágica la deformación cultural, más escandaloso su miserable destino histórico.
La nación latinoamericana había sido vencida por las armas y sus partes enfrentadas entre sí; Estados Unidos e Inglaterra le habían arrebatado territorios inmensos (México y Belice); había visto crear nuevas "soberanías" en sus grandes Estados (Panamá); había experimentado guerras fraticidas y suicidas: la guerra chilena contra la Confederación Peruano- Boliviana, el genocidio de la Triple Alianza contra el Paraguay; finalmente, se había establecido en sus sistemas educativos la idea absoluta de un destino "nacional" particular. Este proceso fue coincidente con el gigantesco despliegue de las fuerzas productivas del capitalismo mundial y con el disfrute del más alto nivel de vida que había conocido la historia de Europa. En 1914 las miradas del mundo confluían hacia la contemplación maravillada de ese pequeño apéndice territorial del Asia llamado Europa, polo magnético de la riqueza, el poder y el espíritu.
2. Unilateralidad de la producción
Los veinte Estados de América Latina mantenían con Europa y Estados Unidos relaciones económicas estrechas mucho mayores que entre sí. Había nacido el modelo notable de canales por los que se derramaban y absorbían los frutos de un intercambio único e incomunicable. El Atlántico y el Pacífico habían llegado a ser "campo marítimo de la historia", pero de una historia en la que los latinoamericanos desempeñábanse como objetos pasivos de un poder dominante tan ajeno como hostil a su desenvolvimiento. Al aislamiento económico y cultural de los Estados latinoamericanos entre sí, correspondía una vinculación estrecha entre cada uno de ellos y la metrópoli respectiva, Gran Bretaña o Estados Unidos, o ambas.
Alrededor de uno o dos productos exportables giraba toda la existencia social y política de cada uno de dichos Estados. Cereales y carnes en la Australia sudamericana (Uruguay y Argentina), café en el Brasil, cobre de Chile, tabaco del Paraguay, estaño de Bolivia, algodón y petróleo del Perú, cacao del Ecuador, café de Colombia, petróleo y café de Venezuela, frutas tropicales de Centroamérica, minerales de México. Toda tentativa de promover una política de industrialización independiente estaba excluída: en la política interna de cada Estado la oligarquía comercial, agraria o minera asociada al capital extranjero dominaba la política local, el control de la tarifa aduanera y la selección de las importaciones.
En las Universidades, desde los primeros años de la emancipación de España, reinaban las doctrinas librecambistas de Adam Smith. Generaciones de abogados y juristas latinoamericanos habían agobiado las bibliotecas con sus estudios estériles sobre el federalismo norteamericano, que se remedaba hasta el agotamiento como forma jurídica del separatismo en América Latina y argumento infalible para la construcción de "Estados blandos". Estos mismos juristas, sin embargo, ignoraban las ideas económicas de Alejandro Hamilton, el amigo de Washington, que desde el comienzo de la historia moderna de Estados Unidos había expuesto el programa del proteccionismo industrial más tajante . Ni Hamilton, ni Federico List fueron los maestros de economía política de estos supuestos Estados liberales, sino Adam Smith y Cobden.
Los teóricos del librecambismo inglés, aparecían en la escena justamente en el momento en que Gran Bretaña obtenía los frutos de su proteccionismo secular. Gracias a él se encontraba en condiciones de librar una competencia despiadada con aquellos países que aún no habían iniciado su revolución industrial. Pero la política económica que Inglaterra no logró imponer a sus colonias emancipadas, fue exactamente la que adoptaron las antiguas colonias de España.
3. De la imitación a la revolución
La venta de ferretería de Sheffield y de libros de Adam Smith eran dos rubros indisociables en la exportación inglesa hacia América Latina. El Imperio británico abastecía los mercados, las costumbres y las ideas de las aristocracias terratenientes, que a su vez imponían a sus pequeñas burguesías el estilo intelectual precedente de Europa. El atraso económico y cultural de las grandes masas sin historia las preservaba de esta deformación. Esta era la única ventaja dramática de su marginalización y postrera reserva del nacionalismo latinoamericano.
En la Argentina, los hombres de la "gente decente" encargaban los trajes a sus sastres de Londres, que ya tenían las medidas. En Río y en Pernambuco, la clase dirigente usaba tejidos ingleses de abrigo, confeccionados para el duro clima de la Europa nórdica. Los caballeros usaban el cuello de crosé y disertaban, ahogados en el trópico, bajo el infierno de tejidos legítimos fabricados para otros climas.
"Una familia rica se distinguía por el grosor del tejido que usaba. Cuanto más gruesos, encorpados y compactos eran los tejidos, mejor era la familia. ¡Y todo el mundo sentía frío!" .
Esta sociedad imitativa, que había olvidado la historia común y esperaba con impaciencia las noticias europeas, sufre una conmoción con el estallido de la guerra mundial. En 1914 desaparecía un mundo pacífico y estable. Las colonias y semicolonias son incorporadas a la historia mundial. Los hindúes aprenden a manejar las armas. cuando las potencias aflojan sus tentáculos sobre los continentes sometidos, América Latina despierta de un largo sueño. El librecambio es aniquilado por el bloqueo marítimo; se insinúan las formas de una incipiente industrialización. Los antiguos peones de estancias, fundos u chacras derivan hacia las nuevas fábricas. De la Revolución Rusa en 1917 se desprende una fuerza electrizante: las masas explotadas del mundo entero vuelven su cabeza hacia la Rusia en armas. También la pequeña burguesía latinoamericana se siente partícipe de la historia y las Universidades esclerosadas por las oligarquías académicas se convierten en foros de una nueva oleada revolucionaria. La ferocidad sangrienta del imperialismo mundial aparece ante los ojos de las masas populares latinoamericanas sin disfraz.
El repugnante contraste entre la fraseología "democrática" y "civilizadora" de los Imperios y su furia homicida queda al desnudo, salvo para las minorías de la inteligencia cosmopolita que aclaman al bando de la "cultura". En la Argentina irrumpe en ese período un gran movimiento nacional y popular encabezado por el caudillo Hipólito Yrigoyen. Inequívocamente representa a las clases medias, artesanas, obreras y rurales en lucha contra la vieja oligarquía terrateniente. Pretende una democratización del régimen político y la renta agraria. Pero el yrigoyenismo no el sólo aquello que se ve y los votos que se cuentan uno por uno en los comicios. Detrás de Yrigoyen está la Patria Vieja, los gauchos pobres, las mujeres en silencio, la guerra en el Desierto, los últimos federales.
4. La Reforma Universitaria en 1918
La consecuencia intelectual de ese movimiento "nacional" es la Reforma Universitaria de 1918. Esta revolución estudiantil se manifiesta en Córdoba y es sostenida por el gobierno de Yrigoyen, que facilita su triunfo. Pero era mucho más que una tormenta política de los estudiantes de Córdoba pues su expansión sobrepasa las fronteras de la Argentina y se propaga hacia toda América Latina. Si se deja a un lado la retórica de sus textos, la Reforma Universitaria expresa directamente la incorporación de la pequeña burguesía latinoamericana a la vida política del continente; y arrastrará, como era inevitable, todas sus ilusiones. Pero su vacilación y perplejidad no eran sino el reflejo ideológico de la inarticulada sociedad latinoamericana, donde la única expresión social concentrada podía en esa época encontrarse en la Universidad o en el Ejército.
En una sociedad globalmente subordinada, con un reducido y disperso proletariado y una burguesía nacional insignificante, el sector más importante y políticamente activo de las semicolonias latinoamericanas era el estudiantado universitario. A su conciencia confluyeron la revolución agraria mexicana, la catástrofe de la guerra imperialista, el triunfo de la revolución rusa, la indignación generalizada del pueblo ante la barbarie agraria y la degradación nacional. La Reforma de 1918 fue la réplica cultural de las nuevas clases sociales ante la fragmentación histórica de América Latina, que había relegado a nuestros pueblos a la más completa impotencia.
Cuando los ecos de las luchas bolivarianas parecían extinguidos y los escritores habían enmudecido, aflora con enorme fuerza la tradición sepultada: la Reforma es latinoamericana, popular, nacionalista y socializante. Por primera vez en muchas décadas América Latina se unifica en el campo del "espíritu": aparece un movimiento que se reconoce hermano en veinte Estados y proclama la emancipación de la Patria Grande.
El movimiento yrigoyenista que protegió la Reforma, había nacido, por lo demás, de las entrañas de la sociedad argentina. Reunía bajo sus banderas democráticas a los vástagos de la vieja guerra civil tanto como de las corrientes inmigratorias asentadas en el Litoral agrario de la Argentina. La vieja comunidad hispanoamericana vivía como una forma superestructural en Yrigoyen: sus simpatías hacia el Paraguay mártir, la Banda Oriental, Chile y en general hacia toda Latinoamérica se manifiestan en su política práctica: ferrocarril estatal hacia Chile, condonación de deudas al Paraguay, convocatoria de un Congreso de países neutrales, saludo a la bandera dominicana en la isla ocupada por Estados Unidos .
De esa conmoción latinoamericana brota el más importante movimiento político y teórico de la época: el aprismo peruano. Víctor Raúl Haya de la Torre formula un programa de unidad latinoamericana . Recoge la herencia bolivariana, examina de nuevo la sociedad de América Latina, funda un partido con secciones en varios Estados Latinoamericanos y hasta pretende crear una nueva filosofía, una versión sincrética de Marx y Einstein.
No juzgaremos a Haya de la Torre por este rasgo de "provincialismo" teorizante, ni condenaremos al aprista de 1930 sólo por la decadencia del Haya de la Torre posterior. La importancia histórica del aprismo en las ideas políticas latinoamericanas debe ser examinada con ecuanimidad.
5. La significación del aprismo
En cierto sentido, el aprismo de la etapa inicial es el primer movimiento político de este siglo al que es preciso considerar como genuinamente "nacional" en el sentido latinoamericano de la palabra. Sus dos rasgos fundamentales, según Haya de la Torre, eran, por un lado, la tentativa de romper con el "colonialismo metal" de Europa y por el otro, el de constituir un frente único de "trabajadores intelectuales y manuales" para luchar por la confederación "indoamericana", la justicia económica y la libertad .
El partido político que se proponía cumplir tales tareas, era un "frente de trabajadores intelectuales y manuales".
El aprismo proclamaba la fundación de una "doctrina íntegra deveras nueva". Rechazaba a Marx, aunque utilizaba algunas de sus categorías, recusaba a Lenín, aunque se apropiaba de elementos de sus análisis sobre el imperialismo, invocaba a Einstein, condenaba al liberalismo, aunque se cuidaba de aclarar que la lucha por la justicia social era "sin menoscabo de la libertad". Semejante autodidactismo doctrinario era más ingenuo que presuntuoso. Se fundaba ante todo en la situación cultural, el escaso peso social de la clase obrera del Perú de la época y en la arrogancia juvenil del Reformismo Universitario pequeño burgués.
6. Oligarquía y clase media
Haya de la Torre procedía de una familia tradicional venida a menos, de Trujillo, una ciudad segundona del Perú, de vieja raigambre española. Formaba parte en tal carácter del patriciado empobrecido y desdeñado por la orgullosa Lima. De este desclasamiento derivó hacia la condición de "estudiante pobre" de traje raído e ingresó a la pequeña burguesía universitaria de la capital. Su personalidad, como la de toda su generación, se formó bajo la influencia de grandes acontecimientos: la primera guerra mundial, la revolución agraria mexicana, la Revolución Rusa, el desembarco nortemaericano en Veracruz, la Reforma Universitaria de 1918.
Pero esas conmociones asumían en América Latina una manifestación muy clara: la pequeña burguesía latinoamericana se desplazaba hacia el poder en lucha contra la arcaica estructura oligárquica. Estas clases medias -urbanas y agrarias- se habían formado a partir de 1880: eran el fruto directo de la vinculación de américa Latina al mercado mundial como abastecedora de materias primas. Hacia 1914 ese proceso había dado cuanto podía dar de sí al crecimiento de las fuerzas productivas ligadas con el comercio exportador.
La creación o modernización de los puertos, el tendido de líneas férreas y telegráficas, el comercio de importación, los bufetes jurídicos de las grandes empresas, el pequeño comercio nacido de ese intercambio, algunas industrias livianas transformadoras de productos agrarios que el imperialismo no estaba en condiciones económicas de satisfacer en las semicolonias, los talleres de mantenimiento del sistema de transportes dirigido a los puertos, los caminos construídos hacia la costa, una burocracia del anémico Estado "balcanizado" que se alimentaba de los ingresos fiscales producidos por el sistema, los ejércitos minúsculos y un magisterio hambriento que dependía de ese Estado, habían generado vastos sectores de clase media. Esta pequeña burguesía, relegada por la gran plutocrasia agraria, disfrutaba sin embargo de ciertos privilegios sociales y culturales en relación con las grandes masas desposeídas. Cuando dicha clase social se rebeló políticamente contra el sistema, constituyó la base heterogénea y vital de nuevos movimientos nacionales: el yrigoyenismo en la Argentina, el populismo de Alessandri en Chile, el aprismo peruano.
7. Polémica entre Mella y Haya de la Torre
El sistema de ideas del aprismo peruano fue formulado entre 1924 y 1930. Su período de formación trnascurrió pues, entre la Reforma Universitaria de 1918 y la crisis mundial de 1929. Puede afirmarse categóricamente que su programa fue la más alta expresión política y teórica de la pequeña burguesía latinoamericana y al mismo tiempo la clave de su histórica limitación .
En la esencia de la teoría del aprismo sobre la naturaleza del imperialismo se encontraba "ab ovo" su posterior declinación y hasta el germen de la argumentación contemporánea de las burguesías nacionales latinoamericanas sobre el "desarrollo" económico con la ayuda del capital extranjero. Haya de la Torre expuso con total claridad este punto de vista en su polémica con Julio Antonio Mella, el comunista cubano asesinado por el dictador Machado a fines de 1929. Enfrentados en el congreso antiimperialista de Bruselas de ese mismo año, Mella escribió un folleto publicado en México en 1928 titulado ¿Qué es el APRA? .
La respuesta de Haya de la Torre al folleto en cuestión resultó su libro más representativo: El Antiimperialismo y el APRA . Por sus aspectos positivos y negativos se trata de un libro fundamental. Mella acababa de regresar de Moscú y estaba deslumbrado por las conquistas revolucionarias y la personalidad de sus dirigentes. En su trabajo, el militante cubano anticipa varios de los puntos de vista que serán patrimonio común en los próximos cuarenta años entre el stalinismo latinoamericano y sus derivados de la izquierda cosmopolita. Así, al comentar la frase aprista Nuestro programa económico es nacionalista, Mella afirmaba:¡También los fascistas son nacionalistas! de allí podía inferirse su incomprensión de las diferencias entre naciones opresoras y naciones oprimidas o, en otras palabras, entre el histórico antagonismo del imperialismo con los países coloniales que generan formas políticas antagónicas, sean estas democráticas, nacionalistas y aún "marxistas".
Mella agregaba que los revolucionarios rusos socializaron inmediatamente la tierra .
Era un error frecuente en la época. El gobierno bolchevique realizó una reforma agraria de tipo burgués, distribuyendo la tierra en propiedad individual a los campesinos . Al mencionar con ironía la palabra nacionalización empleada por el APRA, Mella escribe que "se está hablando con el lenguaje de todos los reformistas y embaucadores de la clase obrera... En Alemania, en Francia y en los Estados Unidos hay industrias nacionalizadas. Sin embargo, no se puede afirmar que Coolidge o Hindenburg sean marxistas" .
Los viejos ejemplos se vuelven modernos a causa de los actuales verbalistas de la izquierda abstracta en América Latina.
8. Nacionalismo y socialismo
Por supuesto, la razón estaba de parte de Haya de la Torre. Nada más erróneo que identificar las nacionalizaciones en un país imperialsita con las de un país semicolonial. De este modo, la nacionalización del petróleo mexicano por Cárdenas tendría el mismo significado de la realizada en la Francia imperialista en la industria automovilística en 1946. Esta última obedecía al déficit de esa industria, salvado por el Estado imperialista mediante una generosa indemnización. Pero los propietarios "nacionalizados" en Francia eran franceses, no extranjeros, y la Francia burguesa nada tenía que temer de ellos. La nacionalización en México, por el contrario, era un acto defensivo de un país revolucionario ante los capitales extranjeros" .
"Para hablar concretamente, escribía Mella, liberación nacional absoluta, sólo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera" .
Al pasar por alto las tareas de la unidad nacional de América Latina, principal factor para la liberación latinoamericana del imperialismo, el militante cubano resumía la estrategia revolucionaria en la fórmula lapidaria de: "revolución obrera".
Precisamente a causa del atraso histórico de nuestros Estados, del estrangulamiento de su desarrollo industrial por obra de la oligarquía agraria y del imperialismo extranjero, el peso específico de la clase obrera latinoamericana es mucho menor que el de las clases sociales no proletarias en el interior de cada Estado . La gran mayoría de la población latinoamericana está vinculada al campo y a los sectores de servicios, burocráticos o de transpaortes. En este cuadro, la clase obrera no puede resolver por sí misma el triunfo de la revolución, a menos que establezca una alianza con las restantes clases oprimidas. Debe asumir en su programa no sólo sus propias reivindicaciones, sino también las aspiraciones democráticas y nacionales de las clases restantes. Sólo en esta perspectiva, la clase obrera puede encabezar a las grandes mayorías nacionales en la lucha contra el imperialismo.
Nacionalismo y socialismo no brotaban en América Latina de la cabeza de ningún teórico, sino de la estructura económica y social misma.
Pero para poder realizar la revolución democrática, nacional y social en América Latina, la historia exigía que el movimiento fuese conducido en una perspectiva al mismo tiempo nacionalista y socialista. Pero el nacionalismo no debía ser aristocrático, de una "élite" civil o militar, sino popular y el socialismo debía abandonar para siempre sus lazos con el cosmopolitismo europeo. Nacionalismo popular y socialismo criollo, tal era la fórmula. Esto nos lleva directamente al carácter de la revolución latinoamericana.
9. Balcanización y desarrollo combinado
El imperialismo había encontrado en las oligarquías terratenientes y en las burguesías comerciales de América Latina a sus aliados internos. Había "balcanizado" la nación, había sometido su economía a una monstruosa deformación unilateral; había roto todos los lazos de interrelación económica dentro de América Latina y, finalmente, había establecido veinte vasos comunicantes, únicos y separados, de relación de intercambio con su sistema mundial.
Al mismo tiempo, había profundizado las diferencias de niveles históricos ente el mundo civilizado de Europa y las sociedades incivilizadas de América Latina. La tendencia decreciente de los precios de las materias primas de exportación latinoamericana se combinaba con la tendencia creciente de los precios de artículos manufacturados procedentes del exterior. Este proceso simultáneo bajaba el nivel de vida de América Latina, amputaba sus posibilidades de capitalización interna, cerraba el camino a una industria nacional. En otro orden, el imperialismo apoyaba el atraso agrario de América Latina y sólo admitía la técnica moderna en aquellos productos exortables que la exigían: pampa húmeda de los cereales y carnes en el Plata, minería boliviana, petróleo, azúcar en Cuba, etc.
La gran industria de propiedad yanqui sería un fenómeno más reciente. Pero no modifica el cuadro. Tiende al control monopólico del estrecho mercado interno, en perjuicio de la débil industria nacional. Prefiere una producción limitada con altos precios a la producción en masa a bajos precios. Coexiste con el atraso agrario, beneficiándose con los menores costos del estancamiento semicolonial.
Todo el resto de la economía latinoamericana no destinada a la exportación quedaba bajo "las manos muertas" del gamonalismo, los terratenientes, los caciques de aldea, los descendientes de esclavistas y encomenderos.
De este modo, los "focos de civilización" creados por el imperialismo en ciertas zonas de América Latina se combinaban con las formas más primiticas de vida: los antropófagos y reducidores de cabezas, la comuna agraria incaica, el trabajo semi-servil, el campesino o el ilota moderno. De este doble carácter o desarrollo combinado de la sociedad latinoamericana brotaba la naturaleza de su programa revolucionario. Debía resolver las tareas incumplidas por las generaciones anteriores, y por todo el proceso moderno de la civilización: unidad nacional, reparto de tierra a los campesinos, liberación a los indios, etc.
10. El núcleo teórico del aprismo
La tesis central de Haya de la Torre, en la que se advierte el germen de su quiebra ulterior, es la siguiente: el imperialismo, que es la etapa más elevada del capitalismo en Europa, es la primera etapa del capitalismo en la América Latina .
"El imperialismo... implica en todos nuestros países el advenimiento de la era capitalista industrial, bajo formas características de penetración, trae consigo los fenómenos económicos y sociales que produce el capitalismo en los países donde aparece originariamente: gran concentración industrial y agrícola, el monopolio de la producción y circulación de la riqueza, la progresiva destrucción o absorción del pequeño capital, de la pequeña manufactura, de la pequeña propiedad y del pequeño comercio, y la formación de una verdadera clase proletaria industrial" .
De este modo, según Haya, el imperialismo cumple en América Latina el papel histórico de la modernización capitalista típica en los países de Occidente. Para el jefe aprista, se trata de toda una etapa necesaria, que "no puede pasarse por alto" . En esta etapa, por consiguiente, la revolución debe crear el Estado antiimperialista, hasta que la futura evolución social pueda crear las condiciones para la revolución socialista. Esta división en "etapas" o compartimientos estancos de la revolución burguesa y la revolución socialista era típica no de Haya de la Torre, que con cierta presunción reclamaba la "originalidad" del aprismo, sino del menchevismo ruso en 1917 y del stalinismo en la China de 1927 .
La importancia de la teoría de las "etapas" que Haya tomaba en préstamo al menchevismo ruso y al stalinismo, residía en que si la revolución burguesa era una etapa históricamente necesaria por la escasa industrialización de América Latina y la consiguiente debilidad del proletariado, el contenido social y político de esa revolución consistía en desarrollar las fuerzas productivas del capitalismo bajo hegemonía de una burguesía nacional o de la pequeña burguesía aprista subrogante de aquélla. Por lo demás, nuestro vernáculo teórico no iría a buscar en las ruinas del Macchu Picchu la inspiración para crear su "Frente de Trabajadores Manuales e Intelectuales" según definía la estructura del APRA, sino en el Lejano Oriente, justamente en el partido de la burguesía china, el Kuo-Ming-Tang de Chiang-Kai-Shek.
"En un discurso pronunciado durante la cena conmemorativa de la revolución china en Londres, el 11 de octubre de 1926, hice hincapié en que "el único Frente Antiimperialista del tipo que tuvo el Kuo-Ming-Tang al fundarse, es el APRA". Insisto en el paralelo, a pesar de necesarias distinciones específicas, recordando que la traducción literal de las tres palabras que dominan el poderoso organismo político chino significan en nuestra lengua Partido Popular Nacional... El Kuo-Ming-Tang no fue fundado como partido de clase, sino como un bloque o Frente Unido de obreros, campesinos, clases medias, organizado bajo la forma y disciplina de partido" .
11. La idealización del imperialismo
La analogía no era accidental. La burguesía nacional china, como todas las clases dominantes, aborrece la idea misma de la existencia de las clases sociales y del partido de clase. Se consideraba como la conductora natural de la sociedad china, así como el APRA, expresión pequeño burguesa del Perú, pretendía asumir idéntica representación. De este modo, el poder de la burguesía nacional china logró arrastrar bajo sus banderas "nacionales" a las clases medias y campesinas, hasta cierto período decisivo. Pero las banderas nacionales de la lucha contra el invasor japonés y por la revolución agraria pasaron de Chiang-Kai-Shek a Mao-Tse-Tung, que asumió en nombre del proletariado los intereses generales de la nación china. Chiang-Kai-Shek, el alter ego de Haya de la Torre, se transformó en un gendarme norteamericano en la isla de Formosa.
Conviene detenernos un momento en la idea de que "el imperialismo es la primera etapa del capitalismo" en América Latina. Haya de la Torre niega categóricamente con esta frase la concepción del imperialismo expuesta por Lenín en su célebre ensayo. Lo que es peor todavía, si el imperialismo introduce el capitalismo en América Latina, esto significa claramente que el imperialismo no ejerce el papel estrangulador que toda la experiencia moderna confirma, sino que en su relación con los países semicoloniales se revelaría como el principal agente transformador de su atraso. Una fuerza capaz de introducir en la sociedad semicolonial relaciones capitalistas de producción (no meramente plataformas civilizadas ligadas al sistema exportador) se convertiría naturalmente en una fuerza objetivamente progresiva.
Esta idea central del aprismo se aproximaba extrañamente al aforismo europeo de los tiempos de Kipling en el que se exaltaba poéticamente el papel civilizador del imperialismo en la zona tórrida. Pero los efectos del imperialismo son radicalmente diferentes a los esperados por Haya de la Torre.
En América Latina, como en el resto del mundo atrasado, el imperialismo promovió un sistema moderno de comercialización, comunicaciones, transporte y urbanización exclusivamente en los límites técnicamente necesarios para exportar el algodón, el café, el petróleo, etc., que requería el mercado mundial. Como no era económico emplear la llama incaica para transportar algodón, construyó ferrocarriles; pero sus redes no estaban concebidas para el desarrollo armónico de las fuerzas productivas del Perú, sino para vincular los centros de producción con los puertos de embarque. Era más práctico comunicarse con los gerentes petroleros mediante la telegrafía o el teléfono que por medio de chasques indígenas; los empleados administrativos nativos no eran menos indispensables que ciertas carreteras. Para realizar este tipo de trabajo se requería mano de obra local: así se proletarizaron ciertos sectores nativos, que serán luego peones, ferroviarios, electricistas, arrancados del viejo mundo agrario y transformadores en agentes modernos del sistema de servicios indispensables al imperialismo para extraer al resto del país sus riquezas naturales.
Pero nada de esto significaba capitalismo nacional, en el sentido histórico de la palabra, esto es, la universalización del salario, la creación de un mercado interno viviente e interrelacionado, la formación de un capital nacional reproductivo, el equilibrio geográfico de sus líneas de transportes, una circulación mercantil completa y una dependencia mucho menor del comercio exterior. Haya de la Torre confunde las plataformas litorales de comercialización (los "focos de civilización de la costa") con un capitalismo capaz de desarrollar una estructura de producción e intercambio interior en el conjunto de la geografía económica de la América Latina. Naturalmente, estos "focos de civilización" estimulan el desarrollo de una clase media urbana; y al mismo tiempo infunden a esa pequeña burguesía todo género de ilusiones sobre esa "modernización" Haya de la Torre refleja en parte esas ilusiones .
12. La evolución del aprismo
La crisis de 1930 destruye a la generación de la Reforma, disipa las esperanzas despertadas por el triunfo del radicalismo en la Argentina, presencia la caída de la República Socialista de Chile, Sánchez Cerro atrapa el poder en el Perú, la reacción nazi triunfa en Europa y el stalinismo en la Unión Soviética. El aprismo evoluciona hacia una conciliacion con el imperialimo. Al estallar la guerra de 1939 Haya de la Torre expresa teórica y políticamente su capitulacion. El mismo autor que había afirmado que "el imperialismo -primera etapa del capitalismo en Indoamérica- aporta el sistema económico transformador de un régimen feudal-comercial agropecuario y minero en otro ya tecnificado, de dirección industrialista" , diría de Roosevelt que "la política del Buen Vecino...es el paso más extraordinario que haya dado un gobernante de los Estados Unidos en favor de las relaciones interamericanas desde la Doctrina Monroe" .
Como se ve, las conclusiones políticas del aprismo, llegado el momento, fluían naturalmente de sus enunciaciones teóricas.
El estallido de la segunda guerra imperialista permitió a Haya de la Torre y al aprismo completar el proceso y desembarazarse de todo su bolivarismo, su indoamericanismo y su antiimperialismo. Se recordará que los socialistas y los stalinistas de América Latina, salvo pocas excepciones honrosas, hicieron lo mismo: apoyar a uno de los dos bandos. Enjuiciando el carácter de la guerra, decía Haya de la Torre que "desde el punto de vista del imperialismo, no es, como la del 14, típica colisión de imperios económicos, de rivalidades puramente mercantiles ¿Podemos ser neutrales? Como esta guerra no es sólo económica sino política y racial, la victoria del nazismo implica la derrota de todo lo que es para nosotros vida civilizada y libertad" .
¿Se refería quizás a los millones de indios peruanos, enterrados en las comunidades o esclavizados como siervos en los grandes latifundios? El aprismo declinaba como movimiento antiimperialista: "El interamericanismo democrático sin imperio será la meta jurídica del Nuevo Mundo" .
Ahora comenzaría la etapa del aprismo como movimiento anticomunista:"El capital está enfermo, pero el remedio comunista resulta peor que la enfermedad, y está muy lejos de garantizar al mundo un ordenamiento económico-social salvador y constructivo" .
Finalmente, terminaría como intérprete de los terratenientes amenazados por la revolución agraria en el Perú:
¿Se puede seguir llamando abigeos a personas que matan a diestra y siniestra a sus semejantes, en este caso policías? ¡Se reclama una mayor acción del gobierno!" .
Haya de la Torre, en fin, reclamaría la paternidad de la doctrina de "la intervención colectiva" de Rodríguez Larreta, ya anticipada en el Plan Aprista de 1941. La catástrofe era total .
El profeta de la unidad latinoamericana de 1924 se había transformado en el jefe de un partido peruano comprometido con la oligarquía. Haya de la Torre renunciaba a la lucha contra el imperialismo para sustituírla por los prodigios del "desarrollo económico".
Pese a todo, el influjo de una poderosa visión criolla de la realidad peruana había sido tan profundo en el aprismo fundado por Haya de la Torre, que a pesar de sus vacilaciones y extravíos demostró que su gran tradición primigenia no había muerto con el triunfo y gobierno de Alan García en 1985. Su desafío a la Banca mundial y su invocación a la unidad latinoamericana no solamente recreaba la jornada inicial del aprismo de los años 20 sino que continuaba la revolución militar frustada del General Velasco Alvarado.
Ya no libertarían aquel soberbio Perú los hermanos rebeldes del Inca Garcilaso de la Vega sino los sonrosados y bien nutridos burócratas de la C.E.P.A.L., con sus estadísticas, sus cocktails y sus secretarias. La unidad latinoamericana propuesta por Bolívar en la época de los terratenientes criollos fracasará una vez más en la época de la pequeña burguesía universitaria cuya más notable y trágica expresión había sido Víctor Raúl Haya de la Torre. La crisis mundial de 1930 incubará otros movimientos nacionales en América Latina, en otro nivel y con otras perspectivas.
13. Ejército y pequeña burguesía después de 1930
En 1930 se inaugura una época de profundas transformaciones sociales en América Latina. Por segunda vez, aunque de manera más acusada, los Estados latinoamericanos, como el resto del mundo semicolonial, veían quebrantadas sus vinculaciones tradicionales con los centros del poder imperial, desarticulados por la crisis. La bancarrota se desplaza del centro a la periferia; pero es en las colonias donde las consecuencias serán más graves.
La inelasticidad de la producción agraria y por el contrario, la mayor facilidad de reducción productiva propia de la economía industrial, atenúa en las metrópolis la fuerza de la crisis; pero la vuelve devastadora en las colonias y semicolonias. Los ciclos agrícolas no pueden detenerse a designios: el hundimiento de los precios afecta gravemente una relación de intercambio fundada en casi medio siglo de evolución pacífica. Las oligarquías exportadoras de revuelven furiosamente contra el destino.
Los presupuestos fiscales que dependen de los ingresos derivados del comercio exterior se desploman. Aterrados, la pequeña burguesía vinculada al aparato del Estado, los estudiantes con el porvenir amenazado, los profesionales liberales, los maestros, los pequeños comerciantes o artesanos, y sobre todo los campesinos, que están en la base de la pirámide, asisten al descenso brusco de su nivel de vida. La eterna fronda militar se agita en una serie de golpes cíclicos, en búsqueda de los culpables visibles de la crisis.
Yrigoyen cae en la Argentina, Washington Luis en Brasil, Siles en Bolivia, Ayora en Ecuador, Arosemena en Panamá, Ibáñez en Chile, Leguía en el Perú. Las múltiples particularidades de la historia doméstica en dichos Estados promovía cada episodio: su factor general desencadenante es la crisis mundial y la ruina de las economías monocultoras.
De esta crisis saldrán en los próximos quince años los movimientos nacionales y populares en América Latina más significativos de la nueva época, galvanizados unos por la segunda crisis mundial de la Guerra que comienza en 1939; otros, por la sangrienta guerra interimperialista del Chaco, donde Bolivia y Paraguay son instrumentadas por la Standard Oil y la Royal Dutch en la lucha por el petróleo. De la generación militar y civil de la guerra del Chaco emergerá el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Bolivia.
14. Bolivia: en marcha y sin rumbo
Hacia 1930 la pequeña burguesía altoperuana examinaba perpleja todas las promesas y mesías. Escribe Augusto Céspedes, el intelectual más representativo y agudo de la época:
"Los estudiantes de Bolivia, nación mediterránea, de nieves y selvas inaccesibles donde las nuevas ideas escalaban difícilmente, alimentaban inquietudes vagas, despertadas por ciertas brisas continentales como la reforma universitaria de Córdoba y la Unión Latinoamericana, cuya romántica potencialidad se perdía, en el primer caso, con la incipiencia de la universidad y en el segundo, bajo los muros de la clausura en que mantenían a Boliva sus propios hermanos del continente. Algunas librerías poseían folletos de los conductores de la revolución bolchevique: Lenín, Trotsky, Bujarin, Kamenev, Lunatcharsky, que hojeábamos en desorden. Más nos atraían la fraseología del APRA y los relámpagos de la revolución mejicana. Leíamos los discursos de Obregón y de Calles y la lírica premonitoria de la Raza Cósmica, que se escuchaba entre los disparos de fusil de la reforma mejicana" .
El estudiantado universitario de Bolivia ya había sufrido, años antes de la guerra del Chaco, su propia experiencia con los redentoristas sudamericanos de fosforecente retórica. No por simple accidente el Congreso Universitario de 1928, reunido en Cochabamba, estableció los planes para la autonomía universitaria, lanzando al mismo tiempo una gran campaña política contra el Presidente Siles, que había intentado, ¡justamente!, destruir la maquinaria política de la vieja oligarquía liberal. Como en la Argentina, la Reforma Universitaria se colocaba al servicio de la Rosca imperialista. El abanderado de la Autonomía Universitaria, Daniel Sánchez Bustamante, expresión de los intelectuales "democráticos" y de la masonería, sería designado por los estudiantes "Maestro de la juventud boliviana". Este Maestro también administraba su elocuencia como abogado de la Bolivian Railway. ¡Uno más!
15. Revolución en el Altiplano
El Movimiento Nacionalista Revolucionario heredaba la tradición trunca del gobierno del coronel Busch, un joven oficial de 35 años que al asumir la dictadura no había vacilado en dictar un decreto ordenando a la gran minería la devolución de las divisas obtenidas por la venta internacional de los minerales. Agobiado por la presión "rosquera" y en la más completa soledad, Busch se suicidó en 1939. Pero su valerosa actitud sirvió de bandera a los jóvenes oficiales y civiles que fundaron poco después el Movimiento Nacionalista Revolucionario.
Bolivia era hacia 1942 una factoría exportadora de estaño, azotada por tres propietarios rapaces que lograron interesar a la literatura: Simón Patiño, Mauricio Hochschild y Carlos Víctor Aramayo, vinculados a los monopolios internacionales de minerales . Cincuenta mil mineros recluídos en las montañas producían el valor de todas las exportaciones de Bolivia que alimentaban su escuálido aparato estatal. Tres millones de indios campesinos, en su mayor parte de lengua quechua y aymará, permanecían al margen de la economía monetaria. Víctimas del gamonalismo terrateniente, recluídos en el autoconsumo, anestesiados con coca, vivían sometidos a la institución del "pongo", prestación obligatoria de servicio gratuito.
Los pueblos de alimentación escasa y monótona consumen habitualmente estimulantes. Alfredo Ramos Espinoza en su libro La alimentación en México dice refiriéndose a los indios mexicanos: "Tienen que vencer su inapetencia cauterizándose la boca y el estómago con pimienta, para producir una secreción refleja de saliva, que pueda simular la provocada por el buen apetito".
En Perú se consumía desde los Incas el ají, como en el Alto Perú el locoto, arabiri y comerruchu. Los pueblos bien alimentados no conocen este tipo de estimulantes. En América Latina y la India, por el contrario, el consumo de "chile", salsa "curry" o nuez betel es muy considerable. El consumo de coca en la sociedad incaica estaba controlado por el Estado, pero su propio uso indicaba las dificultades de alimentar a la población del Incario en virtud del bajo nivel productivo. Comsiderado una especie de sustituto de la alimentación, su efecto más importante es mitigar el hambre y la sed; su consumno está ligado históricamente a la improductividad de los Incas, a la superexplotación colonial española y a la barbarie de la era independiente. El consumo de coca contribuye a explicar los índices de desnutrición en el Perú y al Altiplano .
Una reducida clase de apáticos terratenientes y doctores altoperuanos ligeros de lengua gobernaba la política lugareña, en sociedad con un puñado de generales ineptos, borrachos y venales. Todos ellos se inclinaban ante los dictados del poder que los bolivianos llamaron el "Superestado" minero. Minería, terratenientes y burguesía comercial importadora constituían la Rosca que ahogaba desde los tiempos de la conquista española a las masas populares del Altiplano. Tal era la debilidad intrínseca del Estado, que se licitaban los impuestos. En los documentos de identidad figuraba la raza. Los ministros se nombraban en la gerencia de la Patiño Mines.
La hija predilecta del Libertador, aquella república fundada por Sucre, que había perdido todas las fuerzas, sin salida al mar, raquítica y miserable, vejada y saqueada por españoles, criollos, norteamericanos e ingleses durante cinco siglos, era una demostración viva del horrendo drama de América Latina. La pequeña burguesía empobrecida, con nombres ilustres en la historia del Altiplano, esos hijos de presidentes, generales, escritores, diputados y profesores, vivía hambrienta y rabiosa. ¡Había sido burlada tantas veces! Los oficiales jóvenes, sobrevivientes heroicos de esa gran náusea político-militar que fue la guerra del Chaco, también estaban hartos: la venalidad de las clases dirigentes no tenía secretos para ellos.
La alianza entre militares y nacionalistas se realizó con el golpe de Estado del 20 de diciembre de 1943, en plena guerra imperialista. Fueron inmediatamente acusados de "nazis". La propia izquierda boliviana no era menos cipaya y extranjerizante que en el resto de América Latina.
16. Los pillos de la "democracia"
La pequeña burguesía civil y la pequeña burguesía militar formada en la experiencia sangrienta y vergonzosa de la guerra del Chaco se había vuelto nacionalista. Su jefe era el mayor Gualberto Villarroel. Sus grandes crímenes fueron organizar por primera vez en la historia de Bolivia una Federación de Trabajadores Mineros y convocar un Congreso campesino, lo que no ocurría desde los tiempos de Belzú. Habían elegido el camino correcto, pero el poder conjunto de la Rosca y de la prensa imperialista los doblegó y anonadó.
Al no atreverse a nacionalizar las minas y a entregar la tierra a los campesinos, el gobierno de Villarroel no supo dónde encontrar aliados. El imperialismo yanqui y los insignificantes partidos oligárquicos lograron arrastrar a la pequeña burguesía paceña, la más impresionable y regionalista de Bolivia, sometida siempre al terrorismo psicológico de los abogados liberales. La conspiración estalló el 21 de julio de 1946. Derribó a Villarroel, lo colgó de un farol de la Plaza Murillo y reinstaló en el Palacio Quemado a los propietarios de minas.
Dentro de Bolivia, participaron en el motín los jeeps de la embajada yanqui, y también los liberales, los universitarios a la busca de nuevos "Maestros de la Juventud", los stalinistas del P.I.R., algunos seudotrotskistas del P.O.R., la izquierda, el centro y la derecha. ¡Desdichada América Latina, siempre mezclados los tontos con los pillos! De inmediato, incorporándose en su atercipelado refugio de la Isla Negra, Pablo Neruda abandonó un momento su habitual dipsomanía y dijo por teléfono a José Antonio Arze, jefe stalinista del P.I.R: "Esto ha sido gloriosamente español".
El sátrapa minero Mauricio Hochschild declaró: "Yo pronostiqué que Villarroel caería pronto".
El Partido Comunista de la Argentina enviaba un cable firmado por el burócrata Vittorio Codovilla felicitando roncamente a los miembros de la nueva Junta de Gobierno. Toda la prensa norteamericana y sus ecos latinoamericanos aplaudían la "revolución" del 21 de julio . En la URSS, la Armada de Leningrado y los cañones de Moscú disparaban 101 cañonazos en homenaje a la revolución de La Paz. El dirigente del APRA peruano, Manuel Seoane, declaraba en Lima:"Pocas veces, sin duda, Indoamérica ha podido contemplar una página tan brillante de heroísmo cívico"
La hinchada araña de Simón Patiño sonrió con bondad y envió una donación de 20.000 dólares para "los mártires de la libertad" . Todo estaba en orden.
17. El nacionalismo toma el poder
Desde 1946 hasta 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario, en cuyas filas militaban la mayoría de los dirigentes mineros de Bolivia, extendió su influencia sobre las grandes masas populares del país. Los más repugnantes representantes del viejo orden y del antiguo generalato, asesinos de mineros, se turnaron en el poder. Monje Gutiérrez, Hertzog y Urriolagoitía cubren el período de reiteradas sublevaciones del M.N.R. seguidas de represalias sangrientas.
El 9 de abril de 1952 el M.N.R. inicia una nueva revolución, combate en las calles de La Paz con el Ejército oligárquico, lo vence, desarma y disuelve. Víctor Paz Estensoro llega al poder. Dos decretos fundamentales definen el nuevo régimen: nacionalización de las minas y reforma agraria. Se entrega la tierra a los campesinos al mismo tiempo que se constituyen las milicias obreras y campesinas. Siglos de heroísmo han formado en el boliviano una frecuentación impasible de la muerte; el dominio oligárquico ha consolidado esa psicología del arrojo, proporcional al conformismo y encanallamiento de las viejas clases dominantes. Nunca pudo olvidarse el aforismo del Presidente rosquero general Blanco Galindo en 1930:
"Somos país pobre y debemos vivir pobremente" .
Tierra impregnada de dolor, de sangre y esperanza, Bolivia parecía haber dado algunos pasos de gigante hacia la civilización. Doce años después, el régimen nacionalista agonizaba. ¿Qué había ocurrido? El M.N.R. gobernaba en un país donde la miseria general era tan enorme que en Bolivia no existía burguesía nacional. El imperialismo había proletarizado directamente a cincuenta mil indios, trasformándolos en mineros, aislados en sus grises ciudades de la montaña. Excepción hecha de una agricultura en los valles de Cochabamba y un desarrollo agrícola especial en la zona subtropical de Santa Cruz de la Sierra, el país vivía de la exportación de minenrales, aun después de la Revolución.
El M.N.R. en el poder había generado enormes avances. La revolución no sólo había dado la tierra a los indios, trocándolos en campesinos productores, sino que al cultivarse predios tradicionalmente abandonados se estaba modificando el clima de ciertas regiones (Provincia de Pillapi). La transformación del régimen alimenticio, por añadidura, alteraba la talla media del hijo del país. El boliviano tendía a crecer; su estatura era mayor, no sólo históricamente sino también físicamente. ¡Parecía concluir la "dieta alimenticia" de coca! Tales eran los títulos que podían invocar los creadores de esa Revolución.
Pero al mismo tiempo, el M.N.R. se encontró prisionero en los marcos del "Estado Nacional". Los propios teóricos del M.N.R. tenían predilección por disertar sobre la "Nación boliviana".
18. ¿La "Nación" boliviana?
El Alto Perú había nacido de la desintegración del viejo Virreynato y de la política antinacional de los porteños; había perdido luego, en la guerra del Pacífico, sus puertos marítimos; finalmente perdió las tierras petrolíferas del Chaco. Y cuanto más territorio perdía y cuanto más absurdas resultaban las especulaciones bolivianas sobre su destino insular, más se escribía sobre la "Nación Boliviana" . ¡Y se trataba justamente del fragmento de la Patria Grande que más razones tenía para buscar en la Confederación con Perú y en la lucha por la Confederación Latinoamericana el marco genuino de su liberación!
La revolución boliviana se confinó voluntariamente en sus fronteras. La elaboración de la teoría de la "Revolución Nacional" suponía volver las espaldas a la inmediata correlación del Alto Perú con el Bajo Perú. Los campesinos del otro lado del lago Titicaca preguntaban en 1952 a sus vecinos "si las leyes agrarias bolivianas también servían para el Perú". La conmoción que causó en el Perú la revolución boliviana se atenuó enseguida por la estrechez de los dirigentes, que volvieron sus espaldas a lo único que podía otorgar un fundamento serio a la pretensión boliviana de una salida al mar: la recreación de la Confederación Andina a través de la revolución peruana.
Hubiera sido absolutamente legítimo e históricamente necesario proyectar la revolución boliviana al otro lado del Titicaca para emprender una verdadera guerra revolucionaria en aquel Perú cuya historia, estructura social, lenguas, razas indígenas y analogía de condición social con los campesinos bolivianos lo había preparado para el gran día. Pero la "balcanización" se había instalado también en la cabeza del nacionalismo boliviano. Limitada a las fronteras artificiales, la revolución de Bolívar no podría garantizar ni siquiera su propia estabilidad. De este modo, y a pesar de sus grandes conquistas interiores, la revolución boliviana resultó finalmente derrotada y la revolución peruana postergada. No se atrevieron a librar un nuevo Ayacucho.
19. Importancia y peligros de la distribución de tierra
Por otra parte, la entrega de tierras al campesinado boliviano creó una clase de pequeños propietarios capitalistas, naturalmente de bajo nivel productivo y técnico, de ínfima capitalización, pero capitalistas al fin. Este hecho era, por un lado, de inmensa progresividad histórica; por el otro, la Revolución boliviana establecía un orden social conservador en el campo y una fuente de inmensos peligros. Para conjurarlo, la revolución agraria debía ser acompañada de una política de industrialización y de control político de toda la economía boliviana, con la anticipación democrática de todos los trabajadores en el manejo de esa planificación.
De otro modo, el campesinado podía en el día de mañana estrangular la revolución. No era nada imposible que se convirtiera en la base pasiva de una dictadura militar capaz de garantizarle la posesión de sus tierras a cambio de la recolonización del resto del país.
La revolución agraria burguesa sólo debía ser el primer paso para conquistar por ella el apoyo de los campesinos, crear un mercado interno para la industria y utilizar las viejas comunidades agrarias como formas de transición hacia una socialización de la agricultura en un alto nivel técnico .
20. Balance del derrocamiento de Paz Estenssoro
La pobreza heredada, el aislamiento, la tentativa de permanecer lejos de "Washington, Moscú o Buenos Aires", según las palabras del Presidente Siles Suazo, el bloqueo mundial del imperialismo, que manejaba los precios de los minerales, se combinaron con la resistencia del gobierno nacionalista a romper audazmente dicho bloqueo y construir por sí mismos o con ayuda checa, o rusa, las fundiciones de estaño propias . Hay que añadir la ingenua tentativa de favorecer la formación de una "burguesía nacional" que la historia había rehusado conceder a Bolivia. Así se llegó a proteger un nuevo tipo de sátrapas, que llamaremos "burgueses compradores" y que disponían de los 80 ó 90 millones de dólares de las exportaciones anuales para inundar a la Bolivia de los nuevos ricos con automóviles de último modelo, artículos suntuarios y productos que Bolivia hubiera estado en fáciles condiciones de fabricar inmediatamente .
Mientras la revolución presentaba una soberbia fachada de realizaciones con los grandes decretos mencionados, la estructura interior del Estado permanecía intacta. Las milicias obreras y campesinas custodiaban las viejas armas arrebatadas a las tropas en 1952, pero el gobierno nacionalista procedía a reconstruir el esquema del antiguo ejército bajo formas nuevas, aprovisionado por los Estados Unidos, que se erige en el benévolo protector de la revolución boliviana. El imperialismo advirtió las vacilaciones del M.N.R. y parecía decir como en el refrán criollo:"No ti has de morir, te irás secando de a poco".
En resumen, el M.N.R. no quebró el viejo Estado ni estableció una planificación general de todos los recursos del país en esa perspectiva. La igualdad en el sacrificio fue ignorada; y los sectores mineros abandonados a sí mismos se orientaron hacia una política puramente salarial.
Confiada a los propios mineros, empleados y técnicos, por el contrario, la administración de las minas en un sistema de cogestión, habría disminuído los riesgos del despotismo burocrático y del funcionario estatal omnisciente. Poseer las minas sin la fundición y controlar la fundición sin la comercialización, era inútil. Pero abordar la refinación e intermediación de los minerales en los mercados mundiales significaba romper con los Estados Unidos y establecer canales nuevos con el Tercer Mundo y los Estados Socialistas.
La caída de Paz Estensoro fue el resultado directo de la descomposición del régimen nacionalista y la prueba negativa de que el nacionalismo popular debe asumir un carácter revolucionario y latinoamericano o será aislado y aniquilado.

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