Domingo 03 de Abril de 2005

CAPITULO XVI

EL COLAPSO DEL "IMPERIUM" EN EL CARIBE

Hambrientos de tierra virgen, los Estados Unidos no se limitaron
a la marcha hacia el Oeste.
La tradición británica de saqueo ardía en sus venas mucho tiempo antes
que el imperialismo financiero apareciera en el horizonte.
En la espléndida democracia descubierta por Alexis de Tocqueville,
se combinaban en rara alianza la piratería inglesa
con las homilíasde Thomas Paine y Jefferson.
Por lo demás, el régimen esclavista que coexistía
con la "igualdad democrática" que deslumbróa Tocqueville
mostraba a la América del Norte bajo una luz extraña.

Muy rápidamente el dinámico capitalismo yanqui y sus "pioneros" volvieron su mirada hacia el sur. Cuando aún no se había constituído la Nación norteamericana, ya había comenzado en Texas, territorio de México, la ocupación de "colonos", manipulados por especuladores en tierras que prepararon el camino a la anexión posterior. En 1856, El filibustero William Walker invadió Nicaragua con 55 forajidos, respaldado por el Gobierno de Washington. Su efímero gobierno instauró de inmediato el régimen de la esclavitud. Desde entonces, la región de Centroamérica y el Caribe fue dominada directa o indirectamente por Estados Unidos. Fue su "terra nostrum" y su "mare nostrum".
Bajo la protección de sus "marines" se instalaron en dicha región los formidables monopolios yanquis del azúcar, de las bananas, del café o de las riquezas mineras. Desde el siglo XIX el imperialismo urdió una complicada malla de intereses exportadores, redes de bancos, puertos propios, inmensos latifundios y empresas de servicios públicos de todo orden. Gobiernos locales obedientes y bases militares por doquier coronaron el poder económico norteamericano. Cada gobierno del Caribe y de Centroamérica aprendió de memoria las palabras de Henry Stimson: "Hasta hoy Centroamérica ha comprendido que ningún régimen que no tenga nuestro reconocimiento puede mantenerse en el poder y aquellos que no reconozcamos caerán".
Quedó envuelto en una misteriosa bruma hasta el recuerdo del general Barrios, que pretendió la unificación de Centroamérica por medio de las armas. Las instituciones de las repúblicas centroamericanas o de las grandes islas del Caribe, en particular, Cuba y Santo Domingo, resultaron imitaciones burlescas de la tradición jurídica europea o norteamericana. Cada República, como en el resto de la América Latina, contaba con un pequeño Capitolio Blanco, poblado de diputados verbosos que sancionaban leyes imposibles de cumplir, generalmente al mando de una sátrapa civil o militar que contaba como asesor al Embajador de Estados Unidos. Exhibían orgullosamente Constituciones perfectas pero estaban inconstituídos; todo se importaba del exterior, hasta las ideas políticas, y estéticas. Y se exportaban al mismo origen uno o dos productos agrarios o mineros. En algunos casos también se exportaba sangre de los desesperados, como en Haití.
La industria era prácticamente inexistente en Centroamérica y el Caribe, como no fueran los "cultivos industriales" del tipo del azúcar. Aunque no había sino un ínfimo proletariado, aparecieron los Partidos Comunistas, manufacturados en Moscú, de acuerdo a la idea entonces dominante del "internacionalismo proletario". Semilleros de héroes oscuros y burócratas incompetentes, dichos partidos cambatían obstinadamente todo brote de nacionalismo centroamericano, calificándolo invariablemente de "burgués", en lo que coincidían con el propio imperialismo. Para los Estados Unidos el ejercicio efectivo de su dominación reposaba no sólo en la propiedad de los grandes monopolios establecidos en Centroamérica. Un factor esencial de dicho poder era el fortalecimiento de los dictadores civiles o militares, que tendían irresistiblemente, al poco tiempo de sufrir las cargas del poder, a convertirse en monstruosos sátrapas del género de Trujillo, Somoza, Bautista, Ubico, Duvalier, Hernández, Martínez y otros semejantes. El Calígula romano palidecería de envidia ante esos tiranuelos del trópico.
Pero la particularidad de dichas satrapías consistió en que cada uno de los dueños del "poder absoluto" se convirtió no en la personificación de la "burguesía nacional", sino en la burguesía nacional en persona. Trujillo por ejemplo, a igual que sus colegas, era un hombre-clase. LLegó a ser el propietario más importante de su isla, el principal industrial, el comericante decisivo, el más rico banquero. Su poder político se confundió con su poder económico y con el terror de Estado. De nada valió que Somoza dijera: "No tengo problemas. Hago todo lo que Estados Unidos me pide". Al cabo llegaron a convertirse en aliados molestos e irritantes del Imperio, y en algunos casos hasta en competidores. Con los sátrapas del Caribe y de América Central la ilusión norteamericana de un "Imperium" fundado sobre granito, parecía haberse alcanzado. Nada se revelaría mas falso. Mediante los servicios de la CIA y de su diplomacia, Estados Unidos se vió compelido finalmente a asesinar, o derribar, a los mismos sátrapas que había entronizado y cuya fidelidad jamás puso en duda. Llegó a la conclusión de que era más útil reemplazarlos por regímenes parlamentarios dóciles y ""representativos". Una parte de las clases medias brindó su entusiasta apoyo a esta hipótesis ideal: perpetuar la condición semicolonial de centroamérica enmascarada en los tres poderes de Montesquieu y el apoyo popular de universidades autónomas donde se estudiaba El Capital de Marx o el psicoanálisis de Freud y Lacan. Pero la historia había concluído por hartarse. Las semillas de una cólera profunda estaban sembradas y la cosecha constituiría para Estados Unidos un cruel despertar.
1. Despotismo y socialismo insular.
La Isla de Cuba, riquísimo emporio azucarero de los tiempos coloniales, no participó en las guerras de independencia contra España. Era la "Isla fidelísima". La oligarquía criolla fundaba su riqueza en la explotación de los esclavos negros importados de Africa o América del Norte. El "progresismo" criollo no iba tan lejos como para poner en riesgo el sistema esclavista.
Los españoles eran muy capaces, para defender su hermosa colonia del Caribe, de liberar a los esclavos y volverlos contra los iluministas blancos y criollos. Algo de eso sabía el caudillo realista Boves en las sabanas de Venezuela y Bolívar lo comprobó a sus expensas. De modo que salvó ligerísimas conspiraciones, la gran conmoción que sacude a las Indias cuando los franceses invaden a España en 1808 pasa junto a Cuba sin tocarla.
Aunque colonizada por España, la isla había sido conquistada algún tiempo por los ingleses que introdujeron el comercio libre, la lectura de Adam Smith y la masonería en 1762. Mediante un tratado firmado con España en febrero de 1763, la isla regresó a manos españolas.
Al comenzar las guerras de la independencia en toda América Hispánica el valor de sus 147.000 esclavos, propiedad de la rica burguesía criolla, ascendía a unos 11 millones de libras esterlinas. Era un negocio de más importancia que la doctrina de la libertad política. Los grandes hacendados azucareros preferían seguir bajo el gobierno español que exponerse a las agitaciones revolucionarias.
Los Estados Unidos, por su parte, miraban muy de cerca los acontecimientos de Cuba. El Secretario de estado en Washington, Adams, escribía en una carta al Ministro norteamericano en España, Hugh Nelson:
"Es difícil resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuación e integridad de la Unión misma".
Lo mismo pensaba aquel famoso Monroe, creador de la doctrina de idéntico nombre. Monroe decía en una carta al ex Presidente Jefferson:
"He pensado siempre... que no hay que conceder demasiada importancia a esa isla... deberíamos, de ser posible, incorporarla".
A su vez Jefferson comentaba al democrático Monroe, el 24 de octubre de 1823:
"He pensado siempre que Cuba es la adición más interesante que podríamos efectuar a nuestro sistema".
Entre los españoles, los ingleses y los norteamericanos de un lado y del otro, la codicia de los hacendados criollos, a la vez ilustrados y esclavistas, Cuba atravesó gran parte del siglo XIX sometida al poder colonial. Recién en 1868, una parte de los hacendados del este, menos ricos que los azucareros de la parte occidental de la isla, se alzaron en armas contra España. Fueron muy prudentes al exhibir sus aspiraciones: sólo deseaban la "emancipación gradual e indemnizada de los esclavos". Se trataba de un movimiento de agricultores blancos, con pocos hombres de color en sus filas, pero que llegó a movilizar contra España entre 10.000 y 20.000 hombres. Las grandes figuras de este movimiento fueron el hacendado Carlos Manuel de Céspedes, el capitán mulato Antonio Maceo y Máximo Gómez. Fracasado por las negociaciones con España el ideal de una independencia completa, pasaron más de treinta años para que José Martí, iniciara un levantamiento popular, apoyado por Maceo y Gómez, sobrevivientes de las viejas patriadas cubanas. Recién en 1886 se había abolido la esclavitud. La decadencia del Imperio español y de la sociedad española era inocultables.
Pero conservaba el vigor suficiente para dominar a los ejércitos rebeldes aunque sin vencerlos por completo. El poeta soldado, José Martí murió en una lucha. Poco después caía el heroico mulato Antonio Maceo. El General español Weyler, llamado por la prensa norteamericana "el Carnicero", enfrentó la guerra de guerrillas mediante una operación que convirtió a Cuba en un gigantesco campo de concentración. Pero la desenfrenada codicia de Estados Unidos empujó la guerra de independencia entre cubanos y españoles a una guerra hispano-norteamericana. Con el pretexto de proteger la "libertad de Cuba" la prensa de Estados Unidos desenvolvió una formidable campaña de presión sobre la Casa Blanca incitando al Presidente electo McKinley a declarar la guerra a España para defender las vidas y los intereses norteamericanos "en peligro".
En tanto, las autoridades coloniales del decadente Imperio hacen todo lo posible para despertar en Cuba el odio más ardiente contra la "madre Patria". Toda la economía cubana es empleada para mantener a las tropas españolas destinadas a sofocar la rebelión de la Isla. Los 14.000 españoles ricos de Cuba contaban con 16 diputados en las Cortes de la Metrópoli mientras que más de un millón de cubanos sólo podían elegir 8 diputados. El colonialismo peninsular nunca fue más despótico y consagrado al pillaje que en vísperas de su desaparición.
2. El magnate Hearst gana una guerra.
El magnate del periodismo amarillo, Hearst, propietario del Journal, envió a La Habana a su mejor dibujante, Frederic Remington y a un famoso periodista, Richard Harding Davis, a los que contrató por 3.000 dólares al mes para preparar la opinión pública norteamericana ante la guerra cuyo diario preconizaba. Pero ambos periodistas pasaban sus tediosas tardes en el bar del Hotel "Inglaterra" bebiendo.
Hasta que un día, casualmente sobrio, Remington telegrafió a Hearst: "Todo está tranquilo... No habrá guerra... Deseo volver". Hearst le respondió con otro telegrama que se hizo célebre:
"Por favor quédese. Usted proporcione los dibujos y yo proporcionaré la guerra".
No eran sólo palabras. Hearst envió a las costas de Florida diversas naves cargadas de armas y medicamentos para los guerrilleros. Pulitzer, otro conocido periodista industrial de la Etica hacía lo mismo. Confesó más tarde que su propósito al provocar la guerra con España consistía en aumentar la circulación de sus diarios.
Finalmente, para "proteger los bienes norteamericanos", Estados Unidos envió una nave de guerra a La Habana. Era el "Maine". Una misteriosa explosión se produjo en la noche del 15 de febrero de 1898.
Con semejante y oportunísimo pretexto, Estados Unidos declaró la guerra al Imperio español moribundo. Los norteamericanos habían prestado antes su simpatía a los rebeldes cubanos para justificar su guerra contra España. Ahora les volvía la espalda y los calificaba de "bandoleros" o "aventureros". Si un Imperio terminaba, otro ocupaba su lugar.
Al saquear el legado colonial de España, Estados Unidos, sin reparar en la ironía de la historia, se anexó la Isla de los Ladrones.
A la luz de este somero cuadro se comprende que Fidel Castro no aparecería en la historia de Cuba por azar.
3. Los beneficios de la Enmienda Platt.
Diversos procónsules yanquis se sucedieron en el gobierno de la infortunada Isla, entre ellos el célebre General Leonard Wood, que luego agitaría su látigo sobre las Islas Filipinas.
Las disputas políticas internas de Cuba originaron la aplicación de las estipulaciones de la Enmienda Platt en varias oportunidades, o sea la intervención militar y política de Estados Unidos. De este modo, el Ministro de Guerra norteamericano, Taft, se proclamó a sí mismo gobernador general de la República de Cuba en 1906, siendo sucedido en tal cargo por Charles E. Magoon, que prosiguió una gestión caracterizada por la corrupción más desenfrenada y la entrega de descaradas concesiones a las grandes empresas mercantiles yanquis. Magoon, sin embargo, marcó su gestión por un hecho: fundó el ejército cubano, y puso a su frente al general Pino Guerra. No existía ejército en Cuba hasta ese momento, pues las fuerzas militares o habían sido españolas o norteamericanas. Las únicas fuerzas armadas realmente cubanas eran irregulares y habían combatido por la libertad de la isla hasta 1898. Su jefe, el general Máximo Gómez, recibió una compensación pecuniaria y se repartieron entre los soldados revolucionarios unos 3 millones de dólares, con lo cual entregaron las armas a las fuerzas de ocupación norteamericana. Así fue pacificada Cuba después de la derrota de España.
Magoon creó, pues, un "Ejército cubano" hecho a su medida y a la medida del Ejército de ocupación yanqui, en otras palabras, un ejército de arribistas, concusionarios y policías típico de un protectorado. De ese cuerpo nació directamente Batista y el Ejército de Batista de 1958. Bajo la administración de Magoon "Cuba se convirtió en un paraíso para contratistas".
Una vez retiradas las fuerzas yanquis, los gobiernos cubanos sucesivos estuvieron sometidos al poder de veto del embajador yanqui.
El Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917; al día siguiente lo hacía Cuba. La prensa de La Habana llamaba al agregado militar yanqui el "asesor militar de Cuba". Un oficial yanqui dirigía un taller de confecciones para uniformes de soldados cubanos. Varios batallones de soldados yanquis acamparon durante toda la guerra (en realidad hasta 1922) en Camagüey. La censura postal y telegráfica durante la guerra estuvo a cargo de oficiales yanquis. Esto fue recompensado, porque una delegación cubana se sentó entre las potencias vencedoras en Versalles. La cotización del azúcar cubano subió durante el conflicto hasta 4,60 centavos de dólar la libra.
Naturalmente este paraíso del dólar debía encontrar su estadista típico. El destino señaló a un obscuro empleado cubano de la General Electric Company, Gerardo Machado, que había brindado pruebas inequívocas de mansedumbre y destreza satisfactorias para sus amos. Para lanzarlo a la política con títulos suficientes, la General Electric lo hizo general del Ejército. Desde su nueva posición continuó prestando servicios con tal eficacia que hacia 1925 los intereses norteamericanos "dominaban virtualmente todos los servicios públicos en Cuba, fuera de la ciudad de La Habana" .
Como era de estricta justicia, esta proeza le abrió a Machado el camino del poder supremo.
4. La sociedad cubana.
La dictadura del "general" Machado entre 1924 y 1933 reafirmó los dos rasgos propios de los gobiernos cubanos desde principios de siglo: absoluto servilismo hacia Estados Unidos y un desenfrenado pillaje hacia adentro. A partir de 1930 la crisis mundial castigó cruelmente la economía monocultora de Cuba, como al resto de América Latina. La pequeña burguesía urbana y los intelectuales empobrecidos se hicieron nacionalistas. Comenzó a gestarse una protesta generalizada contra la abyección impuesta por Estados Unidos. La influencia del aprismo peruano se hizo sentir ideológicamente en la Universidad. El movimiento político encabezado por el Dr. Ramón Grau San Martín se extendió y alcanzó popularidad.
En 1933 cae Machado. Aparece en escena el sargento Fulgencio Batista, que organiza una conspiración de suboficiales, declara abolidos todos los grados superiores a coronel. Se designa coronel él mismo y a sus camaradas sargentos y arroja del Ejército a la masa de oficiales ultracorrompidos y parásitos. "La mayor parte de esos oficiales jamás se habían levantado temprano. Solían dejar a Batista y a sus sargentos el trabajo de reemplazarlos".
Desde esa época hasta el triunfo de la revolución cubana Batista domina directa o indirectamente la política de la Isla. Esos nuevos coroneles y generales designados por el ex sargento se instalan gozosamente en el presupuesto militar y en las granjerías del Estado. Siguen el camino ya abierto por los antecesores y jefes del procónsul Magoon. El Ejército de Batista refleja diáfanamente la putrefacción de la sociedad cubana creada por la Enmienda Platt. Una importante clase media urbana de altos ingresos, dependiente de la burguesía comercial portuaria, ofrecía el espectáculo brillante de La Habana, como en casi todas las capitales de las semicolonias. Esa burguesía comercial y esa aristocracia rural vivían en La Habana, ligadas a la pequeña burguesía profesional, técnica e intelectual; gozaban de un nivel de vida radicalmente superior a la gran mayoría del pueblo cubano, sometido a la unilateral economía agraria.
Un adversario de la revolución cubana ha admitido que el alto ingreso per capita de Cuba no es una base suficiente para juzgar el nivel de su población. Confiesa que la economía azucarera de Cuba permanecía estancada y que "la zafra duraba generalmente sólo unos tres meses y durante el resto, 'el tiempo muerto', la mayoría de los trabajadores agrícolas o de los ingenios debían arreglárselas por su cuenta como mejor pudieran".
El mismo autor estima que en los peores momentos había en Cuba unos 500.000 trabajadores que no podían ser asimilados por el orden económico imperante. Esto significa, promedialmente, alrededor de 2.500.000 almas sobre 6 millones de habitantes que carecían de lo indispensable. Ni el profesor Draper podrá negar que Cuba careciera, aún sin ideología alguna, de un buen programa revolucionario. Pero, naturalmente, como en todos los países semicoloniales, había otro polo moderno. En las ciudades, la burguesía comercial, la clase media, y sus capas inferiores estaban vinculadas al vasallaje lucrativo del turismo, al mundo de "los servicios": casas de juego, taxistas, proxenetas, burdeles, cabarets, hoteles, lustrabotas, fotógrafos, bailarinas, comisionistas, agencias de propaganda, gran prensa, dibujantes, talleres de reparación de automóviles, agentes de viajes, dentistas para turistas, parteras para turistas, médicos para turistas, granjas y productos especiales para consumo de altos ingresos, oficinas de importación de rubros suntuarios, cadenas de televisión y radio, la industria múltiple, pública y secreta de la diversión. El órgano habanero de la comunidad de negocios norteamericana escribía con orgullo: "La Habana es Las Vegas de Latinoamerica". Al mismo tiempo, surgía cierta forma de desarrollo industrial con su consiguiente clase obrera. Las industrias más importantes transformaban derivados del níquel, de azúcar o del tabaco en establecimientos industriales con altos salarios. Se trataba de productos industriales destinados a la exportación. Para el mercado interno se fabricaban fibras sintéticas, los detergentes, el vidrio, coca-cola, ginger ale: "estas industrias tenían un servicio de mantenimiento norteamericano y los elementos y repuestos necesarios se importaban por vía aérea en doce a veinticuatro horas".
Pero al mismo tiempo que el centro urbano asumía características modernas, el polo agrario reflejaba la rigidez de la producción azucarera y la dependencia de la estructura de precios dictada por Estados Unidos: un mundo de trabajadores marginales, o desocupados perpetuos, trabajadores ocasionales cuya cólera era contenida por el régimen de Batista, su gran policía militar y su Ejército policial de sátrapas.
No haremos aquí la historia política de las décadas anteriores a la revolución. Nuestro propósito se reduce a mostrar el cuadro social de esta revolución, sus tensiones internas y los factores desencadenantes de la crisis revolucionaria. El régimen de Batista que se había apoderado de Cuba durante largos años encontraba su verdadero fundamento en la absoluta incondicionalidad con Estados Unidos en el triple plano de la política militar, de la política exterior y de política económica. Esto le aseguraba un "bill" de indemnidad e impunidad perenne. Pero lo que era soportable para Estados Unidos llegó a ser intolerable a la propia burguesía comercial pro-yanqui, a las clases medias, a los estudiantes y a un sector de los intereses norteamericanos radicados en Cuba.
La pequeña burguesía acomodada de Cuba no sólo quería disfrutar de la leche norteamericana en lata y de los autos último modelo, sino que exigía también un pequeño Capitolio blanco y la vigencia del "habeas corpus".¡Era demasiado!. Justamente era lo único que Estados Unidos no podía exportar a sus colonias.
5. El "ejército" de Batista.
El respaldo fundamental de Batista era el Ejército que había desmantelado en 1933 y que había rehecho con sus camaradas de confianza. Era muy fácil ascender en el Ejército de Batista. Se podía ingresar como simple soldado y treinta meses después ser subteniente. El Coronel Pedro A. Barrera Pérez ingresó como soldado en 1942 y en 1954 era teniente coronel. Y no se trataba de una carrera excepcional. De acuerdo con el Reglamento del Ejército de Cuba había tres formas de lograr ascenso: por selección, por antigüedad y por oposición. Naturalmente, todos los ascensos eran por selección: Batista ascendía de a tres grados de un golpe a los hombres de confianza. Convirtió al Ejército en una leonera de ambiciones e intrigas sin límite. Cuando Batista dio un golpe de Estado en 1952, para recuperar el poder, recompensó al teniente Rafael Salas Cañizares con el grado de Brigadier General y la Jefatura de Policía. Al capitán Luis Robaina Piedra lo ascendió a general de brigada; al capitán Jorge García Tuñón, a general de brigada; lo mismo que al capitán Juan Rojas González. ¿Quién se resistía a esta maravilla? El presupuesto militar se recargaba, naturalmente, porque ese Ejército estaba agobiado de generales y coroneles, pero Batista era un dispensador infatigable de ascensos napoleónicos. Cada sector del ejército o de las fuerzas de represión, se convertía en un feudo cerrado, en abierto antagonismo con los restantes. Entre el jefe de policía y el jefe del Ejército se luchaba por la hegemonía. Así, el segundo llamó a filas a oficiales retirados desde 1933 y los reincorporó para reforzar su posición en el Ejército, haciéndoles pagar la totalidad de los sueldos que habían dejado de percibir durante los veinte o veinticinco años de retiro. Con estas erogaciones monstruosas no resulta nada extraño que el Ejército de Batista al comenzar la lucha guerrillera careciera de las armas modernas y del equipo más indispensable, que hubo de importarse apresuradamente desde los Estados Unidos ante el comienzo de la lucha armada. Los negocios de los jefes militares eran notorios y desmoralizaban al Ejército.
El estado de ebriedad, la ineptitud técnica, los actos criminales, las venganzas personales, se distribuían las luces y las sombras de las fuerzas armadas. Uno de los principares jefes militares que combatieron las guerrillas era el coronel Río Chaviano. Según su colega en el exilio, el coronel Barrera Pérez, Río Chaviano había sido justamente acusado por otro militar, el comandante Morales, "de explotar el juego, dando detalles sobre los lugares donde estaban instalados los garitos; que lucraba con el contrabando en gran escala; que participaba en orgías y bacanales casi diarias y llegaba hasta asegurar hechos de tal monstruosidad que lindan con lo amoral".
En 1954 con motivo de realizarse elecciones, el Ejército intervino de tal manera en la manipulación de los votos, que indicaba públicamente las cantidades de dinero recibidas por los diversos mandos militares para realizar esa tarea.
En cuanto al material, casi todas las unidades del Ejército estaban usando fusiles Springfiel de 1903, ametralladoras livianas y pesadas de 1917, desechadas por el Ejército de Estados Unidos después de la primera guerra mundial. Las municiones "eran lotes que desde muchos años antes habían sido almacenados, sin utilizarlos en prácticas de tiro, y los equipos de comunicaciones y transportes complementarios ineficientes".
La explicación era sencilla: el jefe del Cuartel Maestre General del Ejército era el General de Brigada Luis Robaina Piedra, consuegro de Batista, que manejaba los presupuestos militares como propios. Eran tales los negocios que se hacían en el Cuartel Maestre "que cuando muchos oficiales iban a referirse al General Robaina lo denominaban el 'comerciante Don Luis".
En 1956, Batista aprovechó el Plan de Ayuda Mutua, Punto Cuarto, para organizar algunas unidades con nuevos equipos; los oficiales fueron enviados a seguir en Estados Unidos cursos especiales.
El régimen policial de Batista llegó a ser un flagelo para la clase media urbana, para sus hijos en la Universidad, para el propio núcleo del comercio importador habanero y, en general, para las clases cultas que vivían en perpetuo sobresalto por las tropelías del sistema. En este cuadro emergió Fidel Castro, líder estudiantil, hijo de terratenientes, resuelto luchador político y antiguo candidato a diputado por el Partido Ortodoxo de Eduardo Chibás. El apoyo político que se brindó a Castro fue en aumento a medida que la acción guerrillera se demostraba capaz de crear un foco armado contra un régimen que sólo podía entender el lenguaje de las armas. Fueron justamente las clases más acomodadas de Cuba las que brindaron su simpatía y ayuda a Castro.
6. Además de los guerrilleros.
El movimiento de Fidel recaudaba fondos para la guerrilla en Nueva York y recibía ayuda del Presidente de Costa Rica, José Figueres. Por su parte, el Almirante Larrazábal, Presidente de la Junta Democrática de Gobierno de Venezuela al caer Pérez Giménez, enviaba a los guerrilleros un avión con armas, lo mismo que la Marina Argentina, en tiempos de la dictadura oligárquica de Aramburu- Rojas. Aún durante la presidencia de Frondizi, esa ayuda continuó, según medios allegados al ex Vicepresidente Alejandro Gómez, luego visitante de Cuba. Al comentar este formidable apoyo Debray añade la "notoriedad mundial, muy protectora de las cadenas capitalistas de difusión, Life y Paris Match".
El conocido corresponsal del imperialista New York Times, Hebert Matthews, visitaba a Fidel en Sierra Maestra y escribía grandes y cordiales reportajes. El ex Presidente Prío Socarrás financiaba otra expedición militar contra Batista, que operó desde la Sierra de Escambray. El corresponsal del Chicago Tribune y el Presidente de la S.I.P., Jules Dubois, participa activamente en las reuniones conspirativas contra Batista que se realizaban en La Habana. Dichas reuniones se hacían con frecuencia en las lujosas residencias de la aristocracia habanera, de los directores de Bancos norteamericanos de la Capital, en los exclusivos Clubs de Tennis o en el Country Club.
En este último se organizó un banquete en honor de Dubois. Concurrieron el Presidente de la Cámara de Comercio, el Rector de la Universidad de Oriente, el cura Presidente de la Juventud Católica, un importante exportador de café, los Presidentes de los Clubs de Leones, del Rotary, de la Asociación Médica, del Colegio de Abogados, etc. Había una silla vacía en el banquete. Le explicaron a Dubois que era el sitio simbólico reservado a Fidel Castro, que luchaba por la libertad de Cuba en la Sierra .
A Castro se sumaron luego tres jóvenes norteamericanos, hijos de funcionarios de la base naval de Guantánamo, que subieron a la Sierra Maestra para luchar. El Arzobispo de Santiago de Cuba enviaba capellanes para los guerrilleros mientras se los negaba al Ejército mercenario de Batista. "Así Castro tendría que convertirse en el Robin Hood de la Sierra Maestra" escribe Dubois en el momento de mayor éxtasis de la prensa yanqui, inmediatamente después del triunfo revolucionario. La presión del imperialismo yanqui contra Batista, a través de su prensa, era sintetizada por el mismo Dubois en su informe a la S.I.P.
"Batista jamás podría volver a gobernar a Cuba con libertad de prensa, pues virtualmente todo el país se oponía a él y consideraba inconstitucional su gobierno".
Basta releer la lista de adheridos al llamado Conjunto de Instituciones Cubanas (en general, las corporaciones profesionales, religiosas y técnicas de la alta clase media cubana) y el texto de su manifiesto al pueblo de Cuba, para comprender que el aislamiento político de Batista era total. La gangrena del régimen se extendió al Ejército, que se convirtió en un nido de conspiraciones. Resulta verdaderamente notable que en medio de este vasto "frente", que no era precisamente un "frente nacional", sino un "frente democrático liberal cipayo". Fidel Castro con sus camaradas haya podido lanzarse hacia adelante, transformarse en nacionalista primero y en marxista después. Esta, y no la teoría de la guerrilla, que no resiste el menor análisis, es la mayor originalidad de la revolución cubana.
Esta "Alianza de clases" permitió a Fidel alcanzar el poder cuando Batista huyó y el ejército prácticamente se disolvió sin lucha. Se comprenderá que sólo 300 o 400 guerrilleros no habrían estado en condiciones de librar una lucha frontal contra un ejército de 30.000 hombres si este ejército hubiera existido como tal. La restitución de los hechos que condujeron al triunfo de la revolución cubana es esencial para impedir ilusiones peligrosas en el resto de América Latina y en nada disminuye los títulos de Fidel Castro como caudillo político, más bien que como jefe militar. Por el contrario, los sitúa en una dimensión mayor y más imprevista, pues Fidel invierte el hábito tan común en América Latina, de subir al caballo por la izquierda para terminar bajándose del caballo por la derecha. En su coraje moral para romper el círculo liberal cipayo que lo acompañó hasta el poder, tanto como en sus coraje militar, se cifra la gloria de este latinoamericano de nuestra época que no vaciló en abrazar la bandera del socialismo.
Pero la propia historia de la revolución cubana invalida la teoría del foco guerrillero que abstrae las especificidades de la situación político-social en que dicho foco aparece. La supresión de la lucha nacional de los países atrasados contra el imperialismo, con sus naturales formulaciones de agitación, propaganda, huelgas, campañas parlamentarias, combate ideológico, y su sustitución por un recetario empírico de fórmulas técnicas vaciadas de su contenido político, conduce a la misma vía muerta que predican los amigos de la coexistencia pacífica. La guerrilla es uno de los recursos técnicos en el amplio espectro del arsenal revolucionario; renunciar por principio a ella, resultaría tan ilógico como renunciar por principio al sabotaje, al análisis de una estadística, a la lucha parlamentaria o sindical. Del mismo modo, un marxista rechazará con mayor energía todavía a los "propagadores de marasmo", que defienden la teoría del "camino pacífico" hacia el socialismo. Es obvio que ninguna clase social reaccionaria de América Latina y del mundo cederá su lugar por la persuasión a la nueva clase social que lucha por reemplazarla. Este debate con los reformistas concluyó en 19 (ojo oOJO=).
7. De Batista a la revolución de Castro.
Batista había disfrutado de años felices. Se decia que la admiración que le profesaba Arthur Gardner, embajador del Presidente Einsenhower en La Habana era tan melosa, que hasta se volvía molesta para el dictador cubano. Los negocios marchaban bien. Una multitud aclamaba a la mujer de Batista cuando aparecía en público: "¡Marta del Pueblo!" se gritaba. El mundo de los negocios, tanto en Estados Unidos como en Cuba, veía en Batista un gobernante serio, de mano quizás dura, pero que guardaba las formas legales y hasta se permitía tolerar la propaganda de los comunistas, sus amigos de otros tiempos. En realidad, el partido Comunista, que había integrado el gabinete del General Batista durante la segunda guerra mundial (cuando la consigna de Moscú era "derrotar al nazi-facismo") se mantuvieron algo al margen de la lucha política en los últimos años de Batista y guardaron igual distancia respecto al Movimiento 26 de julio fundado por Fidel Castro. Los comunistas ejercían influencia sobre los sindicatos cubanos, donde Fidel Castro contaba con escaso apoyo.
En la Universidad, de tradición impregnada de violencia, tampoco Fidel Castro era un líder reconocido. Su prisión, después del frustado asalto al Cuartel de Moncada en 1953, y su posterior amnistía, no modificaron su adhesión a las vagas teorías moralizadoras de Eduardo Chibás. Líder ortodoxo (una corriente vagamente democrática de un tibio antiimperialismo, en todo caso, un partido de categórico moralismo) Chibás se había suicidado ante el micrófono de una radio habanera como protesta por la corrupción de la política y la vida cubana.
Pero era tan profunda esa corrupción y el carácter incontrolable de la policía, las frecuentes desapariciones de opositores, los asesinatos de estudiantes, las torturas, que ni siquiera la particular habilidad política de Batista, que protegía a los agentes más siniestros del sistema, lograron impedir al cabo el vuelco de la burguesía comercial y de las clases medias ilustradas hacia la más tenaz oposición. Al mismo tiempo, Estados Unidos observó con alarma creciente que su presidente de confianza se convertía en un sátrapa universalmente detestado. Nadie hacía escándalo por su fortuna privada (que algunos hacían ascender a 300 millones de dólares). Sólo el Jefe de Policía, Coronel Salas Cañizares, se embolsaba 750.000 dólares por mes de un original impuesto ilegal para proteger las redes de garitos de juegos clandestinos. La vida política cubana era rica en ejemplos semejantes, aún entre los opositores a Batista. Tal era el caso de Prío Socarrás, financiador luego de Fidel Castro, o de Grau San Martín, acusado por corrupción. Lo que resultaba intolerable para la sociedad acomodada, vinculada estructuralmente a los Estados Unidos, era la inseguridad personal. Los sátrapas y subsátrapas de América Latina en el ejercicio de su régimen amistoso con Estados Unidos convirtieron en guerrilleros sin proponérselo a numerosos jóvenes universitarios educados en la admiración a los protectores del Norte. Tal es la paradoja. Quedaría por señalar el papel de la guerrilla en el triunfo de Fidel Castro.
8. Revolución y leyenda.
Toda revolución triunfante engendra su leyenda, más allá de la voluntad de los propios triunfadores y a veces por su voluntad. Durante muchos años, y en particular por la acción de Ernesto Che Guevara, se difundió en América Latina la idea errónea de que gracias a la acción de la guerrilla, los revolucionarios cubanos derrotaron al Ejército y conquistaron el poder. Dicha tesis no sólo es falsa, sino que contribuyó al derramamiento de sangre en América Latina y a todo género de aventuras sin destino.
El autor redactó en 1964 una crítica a las teorías del Che Guevara. Sólo diremos aquí que habría sido imposible que sólo 300 guerrilleros (cifra máxima, admitida por Fidel Castro) lograran derrotar a un Ejército profesional si ese Ejército realmente hubiera existido. La revolución cubana no sólo triunfó por la decisión revolucionaria de Fidel Castro sino ante todo por la descomposición general de la sociedad semi-colonial cubana, la naturaleza policial de la fuerza armada de Batista, (que vendía sus armas a los guerrilleros) y el apoyo masivo de la prensa norteamericana. Sin el conjunto de circunstancias sociales, económicas, políticas, geográficas e históricas de la Cuba de 1953-1958 la guerrilla, por sí sola, no habría triunfado jamás. Abstraer de tales circunstancias el "método" guerrillero para volverlo aplicable a todo país y todo tiempo, constituyó un error fatal que hizo vivir horas amargas a la América Latina. No debe buscarse en las facultades militares de Fidel Castro el secreto de su victoria sino en su notable flexibilidad política y en su arte para tejer alianzas que lo condujeran a la meta.
Ya a principios de 1958 Estados Unidos decretaba un embargo de armas destinadas a Batista (1.950 fusiles Garand), que estaban embalados en los muelles de Nueva York. Batista advirtió que sus poderosos amigos empezaban a abandonarlo. el corresponsal del New York Times, Herber Matthews, que estaba en La Habana y se había entrevistado con Castro en la Sierra Maestra, escribía en su diario del jefe guerrillero: "La figura más notable y romántica... de la historia cubana desde José Martí".
Por el contrario, a Fidel Castro las armas le llegaban en abundancia desde Estados Unidos, adquiridas con dinero de simpatizantes del país del Norte. El embajador norteamericano Earl Smith dijo al embajador inglés Alfred Stanley Fordham que Estados Unidos esperaba en caso de alguna grave emergencia, que ambos actuasen como "hermanos siameses". En esa oportunidad, como en la guerra de Malvinas, la unidad anglo-sajona pasó por sus mejores días.
"Los que visitaban las ciudades seguían asombrándose de hasta qué punto las clases medias y los profesionales apoyaban a Castro, sobre todo en Santiago, donde los barrios residenciales elegantes, como Vista Alegre o el Club de Campo, parecían recintos fortificados del Movimiento 26 de julio".
A fines de noviembre de 1958, en el Departamento de Estado y en la CIA de Washington se celebraron reuniones con el embajador en La Habana y el ex Embajador Pawly para discutir sobre la necesidad de que Batista renunciara y evitar con un gobierno diferente, que Fidel Castro se quedase con el poder. Ya era tarde. El 10 de diciembre, en La Habana, dijo al Ministro de Relaciones Exteriores de Batista, Dr. Guell, que "los Estados Unidos no van a seguir apoyando al actual gobierno de Cuba y de que mi gobierno cree que el Presidente está perdiendo el control efectivo".
La espectral resistencia militar, con sus coroneles contrabandistas, borrachos y venales, se deshacía hora por hora.
El 17 de diciembre de 1958 el Embajador Smith visitó a Batista en su despacho presidencial, rodeado de bustos de Abraham Lincoln. De nada le sirvieron los bustos al dictador. Smith le dijo que "si se retiraba evitaría el derramamiento de sangre". Batista ordenó tener dispuesto su avión personal. A las 3 de la madrugada del 1ro. de enero de 1959 el Presidente subió al aparato con 40 acompañantes civiles y militares y voló hacia la República Dominicana. Horas después, entraban a La Habana menos de 300 hombres, mal armados y sin experiencia profesional, que se apoderaron del poder vacante.
Demócrata, nacionalista y finalmente marxista, Fidel Castro y Cuba brindaron la más amarga desilusión a los Estados Unidos desde la catástrofe militar de Chiang-Kai-Shek en la inmensa China.
La revolución cubana, con su ruptura de los marcos del capitalismo semi-colonial y sus tentativas de transformación social -que sería preferible no designar ahora como "socialistas"- abrió una nueva época en la resolución de los problemas de América Latina.
Sería injusto reprocharle a esa revolución su excesiva "dependencia" de la Unión Soviética: geográficamente situada en la boca de su más feroz enemigo, sin que la América Latina pudiera prestarle el menor apoyo, Cuba no tuvo más remedio que acordar con el bloque soviético medidas que la protegieran de un ataque norteamericano, con todas las consecuencias políticas que tal asociación originó. La revolución latinoamericana no puede aspirar a "un socialismo insular", sino a una Confederación de Estados, una "Nación de Repúblicas", para usar la expresión de Bolívar y sólo así, fortalecidas entre sí sus partes, podrá permanecer al margen del juego mortal entre el Este y el Oeste, y seguir su propio camino.
Estados Unidos vió desvanecerse la ilusión de un "imperium" en el Caribe y en Centroamérica. Pues de todo lo dicho no sería inoportuno deducir que el rapaz sistema de dominación norteamericana resultó al fin y al cabo el factor decisivo de su propia ruina.
9. De Panamá al retorno de Sandino.
La jactancia del imperialismo anglo-sajón no reconocía límites. No resulta asombrosa sino a la luz del desconocimiento que el sistema escolar y universitario de América Latina posee respecto a los despojos territoriales e invasiones intimidatorias o depredatorias que el bloque anglo- sajón ha desplegado en nuesto suelo continental. Resulta más profusa la documentación en inglés que en español, pues el engreimiento de imperialismo se satisface en fijar por escrito el itinerario de sus correrías. Por el contrario, en las escuelas latinoamericanas, los estudiantes se enteran de la historia de Roma, Egipto, y de las intervenciones extranjeras... durante la Revolución Francesa.
Los estudiantes de América Latina están lejos de aprender en las aulas el número de veces que Estados Unidos desembarcó sus "marines" en Nicaragua, en Santo Domingo, en Cuba, en Haití, en Puerto Rico, o Grenada. Ignoran que la mitad de su territorio le fue arrebatado a México por Estados Unidos, incluyendo Texas, California, la Florida, Arizona y Nuevo México.
En 1783 Estados Unidos poseía 2.308.845 kilómetros cuadrados. En 1945, por compra, conquista u otros medios, había llegado a los 12.106.783 kilómetros cuadrados.
El Presidente Teodoro Roosevelt promovió en 1903 una "revolución" en la provincia panameña de Colombia para construir el Canal de Panamá a pesar de la oposición del Senado de Colombia. Con un grupo de aventureros y colombianos corrompidos, Estados Unidos separó a Panamá de Colombia. "Yo tomé a Panamá" dirá luego el Presidente Roosevelt.
En Nicaragua, a partir de 1911, el gobierno se encontraba tan endeudado con la banca de Estados Unidos que todas sus rentas estaban consagradas al pago de la deuda externa.
En diciembre de 1911 se designó a un funcionario norteamericano, nombrado por los banqueros yanquis según el Departamento de Estado, como Receptor de Aduana, a semajanza de Santo Domingo. El gobierno de Washington instaló como Presidente de Nicaragua a un empleado de "La Luz and Los Angeles Mining Company", llamado Adolfo Díaz. Una vez en el poder, el Presidente Díaz propuso a Estados Unidos la firma de un tratado que permitirá al gobierno de Washington intervenir con sus tropas en Nicaragua. Esta solicitud la repetiría en 1912 y terminó con la ocupación militar permanente de Nicaragua. En ese año Estados Unidos desembarcó en Nicaragua 2.700 infantes de marina, que permanecieron en el país hasta 1933. Bajo la protección de las armas norteamericanas que ocuparon todo el país, los banqueros del Norte realizaron buenos negocios.
El grado de subordinación colonial de Nicaragua respecto a los Estados Unidos puede medirse en el hecho de que el 86% de sus exportaciones eran dirigidas hacia los puertos norteamericanos en 1920 y el 81% de sus importaciones procedían de la misma potencia. De cada cinco niños nacidos, solamente tres llegaban a la madurez. Los sobrevivientes estaban devorados por parásitos. El gobierno nicaragüense dedicaba aproximadamente 12 centavos de dólar anuales "per cápita" a la salud pública. Sus niños andaban descalzos y jugaban desnudos en el barro. La oligarquía cafetalera dominante en el país era una intermediaria económica y política de Estados Unidos y "ejercía un tipo de dominación sobre la peonada que se asemejaba al dominio personal ejercido por el encomendero en la época de la colonia.
Para custodiar la rapiña general, en 1927 había en las costas de Nicaragua 16 barcos de guerra. No resulta difícil imaginar las razones por las cuales apareció un patriota como Augusto César Sandino en esa tierra infortunada.
Sandino era un mécanico, hijo de una familia de agricultores acomodados de Niquinohomo que había tomado las armas para resistir la intromisión norteamericana en Nicaragüa. Se hizo célebre en el mundo entero por su osadía para practicar la guerra de guerrillas en la selva contra los "marines" norteamericanos. Hasta un cuerpo del Ejército en las fuerzas de Chiang-Kai-Shek, en la remota China, llevaba su nombre. Tenía una rara pureza de espíritu y una intrepidez a toda prueba. Ciertas ideas teosóficas y trascendentes habían ganado su interés y por momentos un aire profético atravesaba sus palabras. Según Rodolfo Cerdas, historiador costarricense, se trataba de un fenómeno cultural muy difundido entre la pequeña burguesía centroaméricana. Su "esoterismo" era empleado por Sandino para "imponer su autoridad sobre sus subalternos, y para infundirles coraje, valor y confianza a las tropas".
Todo hombre que luchaba por la libertad de los pueblos sería "un continuador de Jesús y de otros escogidos". El día del Juicio Final se destruiría la injusticia sobre la tierra.
"Nicaragua era la escogida para iniciar el juicio de la justicia contra la injusticia y prender la mecha de la explosión proletaria contra los imperialistas de la tierra. Creía en los presentimientos y admitía haber tenido palpitaciones, "trepidaciones mentales" y sensaciones extrañas. Decía que utilizaba la resonancia magnética de su voz en el combate, para darle confianza a sus hombres, y tenía la creencia de que los espíritus "también combatían encarnados y sin encarnar".
Persiguió a Sandino hasta su muerte atroz, una ingenuidad fatal sobre la naturaleza de la política nicaragüense. Siempre se inclinó hacia el Partido Liberal, y detestó al Partido Conservador; creía ver en los liberales gente más honesta.
En un artículo titulado Nicaragüa, hora cero, Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista, escribía lo siguiente: "El Partido Socialista Nicaragüense (Partido Comunista de Nicaragua) nació en un mitín cuyo objetivo era proclamar el apoyo al gobierno de Somoza. Esto aconteció el 3 de julio de 1944 en el Gimnasio de Managua", Obras de Carlos Fonseca, 1968-69, Tomo I, p. 158, Ed. Nueva Nicaragüa, 1985, Managua.
Diez años después de la muerte de Sandino, los comunistas apoyaban a Somoza. La explicación es sencilla. Como en el resto de América Latina y del Tercer Mundo, los comunistas respondían con obediencia a la orden de la Unión Soviética de subordinar las luchas nacionales a la "unidad de guerra" entre la URSS, Estados Unidos y Gran Bretaña, por esa causa no pocos comunistas ingresaron a los gobiernos de las más detestables dictaduras latinoamericanas.
10. Presiones sobre Sandino.
Su credulidad en los "pactos" con liberales le costó la vida. Ignoró siempre la profunda ligazón estructural entre los liberales y conservadores de América Latina, "la hacienda y la tienda", que reposaba en su común usufructo de la condición semicolonial de cada país. La Argentina de hoy ha develado ese gran equívoco: conservador es sinónimo de liberal.
Sandino fue rodeado por un puñado de hombres tan heroicos y desinteresados como él: pequeños campesinos arruinados, peones mestizos o indios de las haciendas cafetaleras y bananeras, obreros mineros de los yacimientos de propiedad norteamericana, indios de la Mosquitia. No pocos oficiales de Sandino contaban con cierta instrucción, pero además de su devoción por el caudillo, los unía a todos el amor por Nicaragua.
Dos adhesiones llegaron a Sandino: la del aprismo peruano de Haya de la Torre y la de la Internacional Comunista de Moscú. Sandino se sintió mejor interpretado por el APRA, que destacó a Esteban Pavletich como secretario privado del insurrecto. A su vez, la Internacional Comunista, que pretendía seducir a Sandino para su causa, envió a un joven salvadoreño, Agustín Farabundo Martí, quien asumió funciones de Coronel en el Ejército Libertador de Nicaragüa. El mismo Sandino señaló que Farabundo Martí había intentado orientarlo hacia un programa comunista: "En distintas ocasiones se ha tratado de torcer este movimiento de defensa nacional, convirtiéndolo en una lucha de carácter más bien social. Yo me he opuesto con todas mis fuerzas. Este movimiento es nacional y antiimperialista. Mantenemos la bandera de libertad para Nicaragua y para toda Hispanoamérica".
Afirmó luego que su movimiento no es de "extrema derecha, ni extrema izquierda, sino Frente Unico"
Interrogado sobre los límites de la "República de Nueva Segovia", en otros términos, las tierras controladas por sus soldados, Sandino respondió que la patria por la que luchaba no tenía fronteras en la América Española. En cierta ocasión se consideró un hijo de Bolívar, porque jamás traicionaría la causa latinoamericana. "Somos noventa millones de latinoamericanos y sólo debemos pensar en nuestra unificación".
Al fin, fracasado su intento de influir sobre Sandino, Farabundo Martí abandonó la lucha en Nicaragua y partió hacia México. Poco después, la Internacional Comunista, en un comunicado, calificaba al héroe de las Segovias de vendido al imperialismo.
"Sandino se pasa al campo imperialista", decía el texto de la Correspondencia Internacional, organo del comunismo internacional. Sin embargo, esa misma publicación, el 23 de abril de 1930 desmentía las calumnias sobre Sandino y ratificaban su integridad revolucionaria. Estos cambios de opinión no eran infrecuentes entre la alta burocracia comunista. Lo mismo haría el errado aunque rápido Farabundo Martí, minutos antes de ser fusilado en El Salvador en 1932.
Engañado por las hipócritas promesas de paz del Presidente Sacasa, Sandino fue asesinado por el Jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, en la noche del 21 de febrero de 1934, en su lugar llamado La Calavera. Su cadáver fue arrojado a una fosa común. El reinado de cuarenta de años de la familia Somoza comenzaba.
Pero aunque Sandino había muerto, el sandinismo había nacido. La renuente Clío, con su avara justicia, los esperaba.
11. Café sin azúcar en El Salvador.
Había otro teósofo en Centroamérica, pero éste no era un visionario libertador como Sandino, sino un psicópata que ejerció una dictadura feroz en El Salvador entre 1931 y 1944. El General Maximiliano Hernández Martínez, además de practicar la política de la oligarquía cafetalera, se inspiraba en otras voces esótericas. En cierta ocasión combatió una epidemia de viruela "forrando el alumbrado público de la capital con papel celofán a colores".
Detrás de las alucinaciones del dictador había en El Salvador gente muy sensata. Eran los herederos ricos de los conquistadores españoles, ya propietarios de las grandes haciendas de café. Edificaban mansiones lujosas para vigilar desde cerca la recogida del café; concluída la cosecha, marchaban a Europa para disfrutar el resto del año las delicias de la civilización, como hacían los grandes finqueros de Chile, los estancieros argentinos, o los barones del estaño boliviano. En Europa confiaban sus hijos a venerables colegios para ser educados en la vida y la lengua extranjeras.
"Sus costumbres cosmopolitas les hacían importar gran cantidad de alimentos enlatados, y en las tiendas de comestibles de la clase alta se conseguían los más sofisticados artículos. Una sola lata de comida enlatada costaba el salario de una semana de un peón agrícola. Sin embargo, se gastaban varios millones de dólares anualmente en importar alimentos de los Estados Unidos".
Para ser totalmente justos, la revolución social que latía en San Salvador no obedecía solamente a la creación demiúrgica del imperialismo norteamericano. La clase cafetalera había hecho todo lo posible para acelerar la explosión. Pues las tierras que sus OJO-OJO: PARRAFO CORTADO EN ORIGINAL llegaba al 85% del total de las exportaciones. La frágil sociedad salvadoreña sucumbe ante la crisis. Dependiente absoluta de los ingresos derivados del café. es incapaz de enfrentar la conmoción. El programa reformista y nacionalista de Araujo es repudiado por los cafetaleros. Hasta los técnicos y funcionarios de la alta clase media rehusan colaborar con su administración. Al fin, el Vicepresidente y Ministro de Guerra, General Hernández Martínez, el teósofo, organiza un golpe de Estado y asume el poder personal. Al año, en 1932, los sufrimientos de la población campesina habían llegado a límites intolerable y el joven Partido Comunista salvadoreño (fundado en 1930 por el anterior Coronel de Sandino, Agustín Farabundo Martí) organiza una insurrección popular y campesina. El movimiento estalla el 22 de enero de 1932. Farabundo Martí es fusilado poco antes de comenzar la insurrección, que es ahogada en sangre, en una de las masacres más trágicas que recuerda la historia de América Latina. Se estiman entre 20.000 y 30.000 los campesinos asesinados por las tropas de Hernández Martínez en una población rural de un millón de personas.
12. El filósofo ametrallador.
El casi demente dictador Hernández Mertínez, después de la masacre de 1932 "explicaba tranquilamente que se trataba de 'almas liberadas', 'purificadas'; y decía que era más criminal matar a una hormiga, que no volvía a nacer, que a un hombre, porque éste reencarnaría".
Se comprenderá sin esfuerzo que El Señor Presidente de Miguel Angel Asturias o Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, están lejos de ser obras de ficción. En el drama salvadoreño se combinaron, de un lado, las insoportables vejaciones y miserias que sufrían los sectores populares de El Salvador, con el acaparamiento de las tierras comunales, agravadas por la crisis mundial; y del otro, la iresponsable táctica de la Internacional Comunista, bajo la dirección de Stalin, que había decretado desde Moscú y para todo el planeta, la insurrección armada en cada país, fuera cual fuere su situación política y social. Se recordará que a esta política insensata (que tuvo su equivalencia en China cuando la sangrienta represión en la comuna de Cantón) correspondería luego una política exactamente inversa, la de los Frentes Populares, que rompieron con el nacionalismo y la revolución en el Tercer Mundo y obligaron a los comunistas a abrazarse con las oligaquías "liberales-progresistas" del imperialismo anglo-franco-sajón.
La historia posterior de El Salvador, hasta la aparición de la guerra de guerrillas en 1975, comprime en su escalada de violencias, injusticias y golpes militares, toda la historia de América Latina. Versíones burlescas del Mercado Común Centroamericano patrocinados por el imperialismo, planes raquíticos de desarrollo industrial y el eterno "corsi e ricorsi" de los ascensos y bajas del café, el algodón y el azúcar, recorren como un hilo de sangre las últimas cuatro décadas.
13. Los generales "bajo sospecha".
La revolución en Cuba, Nicaragua y San Salvador, no han dejado inmune a Honduras, ni a Haití o Santo Domingo. Todo el Caribe y Centroamérica se han conmovido hasta sus cimientos por el temporal revolucionario.
Nacionalismos o socialismos de Estado, militares progresistas o sacerdotes de Medellín y de Puebla, antiguos pilares del viejo orden social, otrora fracciones de la clase media hechizadas por Europa, se han visto de pronto de cara a su destino. Las antiguas distinciones entre laicos y creyentes, o nacionalistas y socialistas, del mismo que la devoción que despertaban los marxismos ritualizados importados del Asia o Europa tienden a desaparecer y volatilizarse en la fragua de una revolución criolla que sólo debe dar cuenta de su marcha a sí misma.
Estados Unidos asiste al fracaso de establecer un imperio perpetuo. Después de la guerra con España, se apoderó de Puerto Rico y lo convirtió en un Estado de la Unión. El famoso Presidente "democrático" Franklin Roosevelt prohibió la lengua castellana en Puerto Rico. El luchador por la independencia nacional de la isla, Pedro Albizu Campos, pasó veinte años de su vida en la cárcel de Atlanta por patriota. En Haití, Estados Unidos aprovechó la pugna secular entre la "clase" mulata y la "clase" negra para apoderarse del control total del desdichado país y perpetuar dinastías completas de sátrapas. En relación con su población, Haití es el mayor exportador del Tercer Mundo en materia de "inteligencia": maestros, médicos, ingenieros, enfermeros, debieron emigrar, sea por el terror político o la crisis económica. Más de un millón de haitianos viven fuera de su país. De Duvalier a Trujillo, ambos en la misma isla, los Estados Unidos consumieron la esperanza que habían depositado en sus tiranuelos. Terminó por arrojarlos del poder o eliminarlos mediante atentados organizados por la CIA. Si los sátrapas se volvían molestos y hasta irritantes competidores, ¿sería preciso confiar en las "Guardias Nacionales", esa parodia de Ejército o en los mismos Ejércitos tradicionales?. Tampoco resultaría satisfactorio este recurso. Había aparecido el curiosos fenómeno de los "militares bajo sospecha", que tantos disgustos terminaron por darle a Estados Unidos en América Latina. Personalidades intratables como el General Torrijos, de Panamá, convertido en caudillo nacional y popular, o Perón, iniciador de una revolución nacional. Velazco Alvarado libertaba a millones de indios de la sierra peruana. Los generales Torres y Ovando en Bolivia enfrentaban al imperialismo, nacionalizaban el petróleo y fundaban la industria pesada. Estos ejemplos resultaban pruebas abrumadoras de que los militares latinoamericanos vivían sobre una sociedad sísmica y no pocos de ellos rompían con el "Statu quo". ¿Cómo confiar en ellos?
Estados Unidos terminó por creer que los "regímenes democráticos" del género de Belaunde Terry en el Perú o Alfonsín en la Argentina permitían ejercer una influencia más profunda y menos visible. El poder norteamericano se ha vuelto "antimilitarista" en América Latina. Defiende el sistema parlamentario y los "derechos humanos" a condición de que los regímenes democráticos paguen la deuda externa en término y abominen del nacionalismo económico. Pero la apariencia y la realidad actúan en discordancia en América Latina. Al cumplirse doscientos años del nacimiento de Simón Bolívar, la guerra estallaba en las Islas Malvinas y su cañonazo resonaba en el corazón de la Patria Grande.

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