CAPITULO XVII
DE BOLIVAR A LAS MALVINAS
La guerra de las Malvinas replanteó con el lenguaje de las armas, última ratio de la historia, la exigencia de consumar la unidad política económica y militar de la Patria Grande. Debemos concluir de una vez con la intolerable ironía de que la América Criolla sea una Nación en todos los aspectos, menos en aquéllos que resultan decisivos para defender su dignidad, el nivel de vida de sus hijos y su gravitación cultural en el mundo.
1. Bolívar y el movimiento de las
nacionalidades
en el Siglo XIX.
Ni Bolívar ni San Martín combatieron pura y simplemente por la independencia
de las colonias españolas en América. Por el contrario, ambos capitanes se
esforzaron por todos los medios en mantener unidas las provincias americanas
del Imperio a su centro metropolitano español. Tal es el significado de las
conversaciones de San Martín con el Virrey La Serna en Pinchauca. En
Colombia, Bolívar meditaba lo mismo que San Martín. De allí nació su
proyecto de una Confederación entre América y España. Sería un Imperio
"compuesto de Repúblicas perfectamente independientes, reunidas para su
felicidad bajo el dominio de una Monarquía constitucional".
Pero las Cortes liberales de 1820, que ni siquiera querían admitir la
igualdad de las provincias americanas con las de España, rechazaron el
proyecto. Eran la expresión de la raquítica burguesía española, incapaz de
realizar su revolución democrática y que capitula una y otra vez ante el
absolutismo.
La independencia fue irremediable y, a la vez, trágica. Pues la independencia
de España nos costó la "fragmentación" en 20 repúblicas
impotentes y la subordinación a los nacientes imperios anglosajones. ¿Cuál
era, en consecuencia, la esencia del pensamiento político de Bolívar? Crear
una Nación americana. Si era posible, proteger su crecimiento y fortalecer su
débil estructura bajo el manto protector del viejo Imperio Español, con la
garantía del carácter constitucional de su centro monárquico.
La explicación es muy simple. Tanto Bolívar como San Martín, O'Higgins,
Alvear y muchos otros soldados de las guerras contra España habían sido
oficiales del Rey en la metrópoli. Eran hijos de una época dominada por dos
grandes temas: la revolución francesa, con sus Derechos del Hombre y del
ciudadano y las campañas napoleónicas, que contribuyeron a la constitución
de nuevos Estados Nacionales. El Siglo XIX ha sido llamado, justamente, el
siglo del movimiento de las nacionalidades. Pero la formación de los Estados
Nacionales unificados en Europa, que serían formidables palancas para su
progreso, encontró insuperables obstáculos en la América Criolla. No sólo
se oponen a la unidad nacional de América Latina las potencias anglosajonas,
cuya divisa, tomada de los romanos, sería divide et impera, sino que las
oligarquías portuarias y los grandes hacendados fortalecidos después de las
guerras contra España, habrían de confiscar el poder. Las clases dominantes
criollas se aliaron al poder imperialista extranjero. Despojaron al pueblo de
América Latina de dos valores esenciales: a) la democracia política y
económica, y b) el acceso a la civilización moderna, sólo posible por la
unidad de la América Criolla en una poderosa Confederación. Tal sería un
resumen posible de la historia de América Latina.
2. Oligarquía e imitación.
El triunfo del parasitismo oligárquico, que requiere para continuar en el
poder la fragmentación de la Nación Latinoamericana, se revela esencial al
dominio imperialista, lo mismo que la formación de un sistema de partidos
políticos domados, una "inteligencia" colonizada y un aparato
cultural que, en el caso de la Argentina, adquiere una fuerza semejante al de
un ejército de ocupación. Tales apoyos del poder imperial, que hablan
generalmente nuestro mismo idioma, constituyen una pieza clave de la aludida
dominación extranjera. El Gobernador Roberts decía en 1842, en la India
conquistada por Gran Bretaña, palabras de una claridad penetrante: "Es
una terrible experiencia gobernar sin la ayuda de intermediarios de
extracción nativa".
La división de América Latina desencadenó un proceso contradictorio: los
centros mundiales de poder se enriquecían mientras las nuevas Repúblicas se
empobrecían. El imperialismo saquea América Latina y realiza su
acumulación, es decir, la realiza a costa de nuestra impotencia y atraso. Las
clases nativas mencionadas se forman culturalmente en la veneración de las
instituciones europeas, sus modas, sus libros, sus ideas y Constituciones, sus
vinos y trajes, mujeres y vicios. Toda una literatura a principios de siglo va
a dar testimonio deplorable de la anglomanía o francomanía lugareñas. Cada
país latinoamericano se incomunica entre sí y estrecha sus lazos con un
poder imperial. Las provincias se llaman ahora naciones, pero en realidad son
semi-colonias apenas disfrazadas por los símbolos externos de una país
soberano: escudos, banderas, monedas, Constituciones, Códigos Civiles,
instituciones parlamentarias, aduanas cerradas para sus vecinos y abiertas
para los imperios, etc. Todo se vuelve estéril o imitativo. Las burguesías
comerciales se reparten, junto al capital extranjero depredador, la riqueza
nacional. Una parte de la inteligencia literaria, profesional o técnica de la
América Latina no cesa de imitar o de adorar cuanto producto proviene de
Europa, cuando no va a Europa a arrodillarse ante él. Como el orangután que
imaginaba Blanco Fombona y que al imitar a su amo mientras se afeitaba,
terminó por degollarse con su navaja, ante el espejo.
Así esa inteligencia en la Argentina, en las palabras de Borges, expresará:
"soy un europeo en el destierro".
La escritora oligárquica Silvina Bullrich escribiría: "Mi hogar está
en París y mi oficina en Buenos Aires". Julio Cortázar afirma que se
fue de la Argentina hace 30 años porque "los altoparlantes con los
bombos peronistas le impedían escuchar los Cuartetos de Bela Bartok" y
que "prefería ser nada en la ciudad que lo es todo a ser todo en la
ciudad que no es nada".
Que unos sean de derecha o de izquierda, poco importaba en la factoría
pampeana hechizada por la Inglaterra victoriana. Estos intelectuales y
partidos "demo-liberales", hace 40 años apoyaban jubilosamente a
las democracias coloniales en guerra con las potencias europeas totalitarias.
Son los mismos que hoy consideran la guerra de las Malvinas como una aventura
irresponsable. En 1941 pugnaban por el ingreso de la Argentina a la guerra
imperialista a fin de defender a Inglaterra. Ahora rechazan la guerra
argentina contra Inglaterra. El orangután sigue frente al espejo.
Muchas colonias terminan por independizarse políticamente de las metrópolis
y adquieren la ficción de un "status" jurídico de soberanía
formal. Entonces, el imperialismo mundial, en particular en los últimos
veinte años, enlaza a las antiguas colonias con las cadenas del endeudamiento
financiero y vuelve a someterlas mediante el poder extorsivo de la deuda
externa. Es interesante a este respecto citar nuevamente al patriota Nehru,
que escribió las siguientes reflexiones, detenido en una prisión de su
propio país, la India, por orden del "gran demócrata" Churchill,
mientras Inglaterra luchaba por la "democracia" mundial en 1944:
"Para los ingleses la India era una finca muy vasta que pertenecía a la
Compañía de las Indias Orientales y el propietario era el representante
mejor y más natural de su finca y de sus arrendatarios. Ese criterio se
mantuvo incluso después de que la Compañía de las Indias entregara su finca
de la India a la Corona Británica, con una muy lucida compensación a costa
nuestra. Así comenzó la deuda pública de nuestro país. Era el precio de
compra de la India pagado por la India."
Así fue como en 1902, Venezuela fue amenazada en sus costas por una flota
inglesa y otra alemana, enviadas por los acreedores europeos. Fue en esa
ocasión que el General Roca, Presidente de la Argentina, por medio de su
canciller, formuló la Doctrina Drago, que condenaba en América el cobro
compulsivo de la deuda externa. Era un fugaz relámpago del pensamiento
bolivariano, sometido a prolongados eclipses. El Atlántico Sur ahora lo
convoca con inmensa fuerza en los días que corren.
3. Breve historia de piratas.
En 1806 desembarcaron en las proximidades de Buenos Aires 7.000 soldados
Británicos. Venían al mando del General Beresford. Ocuparon a una Buenos
Aires aldeana con toda facilidad. Beresford se instaló en el Fuerte (actual
Casa de Gobierno en la Plaza de Mayo) y comenzó a estrechar lazos con algunas
familias de la "gente decente". Pero los gauchos de los alrededores
se organizaron en milicias y con algunos regimientos españoles y criollos,
empezaron a luchar. Las mujeres, desde los techos bajos de las casas cercanas
al Fuerte, arrojaban sobre los ingleses aceite hirviendo y grandes piedras. Se
luchó casa por casa y los criollos vencieron a los soldados del Rey inglés.
Beresford fue tomado prisionero pero logró huir, ayudado por Saturnino
Rodríguez Peña. Este porteño anglófilo fue pensionado de por vida en el
Brasil por el gobierno de Su Majestad. A pesar del tiempo transcurrido,
todavía Beresford cuenta en la Argentina con abnegados amigos. Al día
siguiente, el Imperio Británico persistió en el intento. En 1807 aparecieron
110 velas en el Río de La Plata. Desembarcaron esta vez 12.000 hombres al
mando del General Whitelocke. Derrotados por los criollos, fueron capturados y
reexpedidos a Inglaterra.
La tercera invasión inglesa obtuvo mejor éxito. En 1833 desembarcaron en las
Islas Malvinas y se quedaron 150 años. Para imponer su presencia comercial en
los ríos interiores argentinos, una flota anglo-francesa se abrió camino en
el Paraná en 1845. Escasas fuerzas argentinas, al mando del General Lucio
Mansilla, tendieron una cadena, a falta de naves nacionales, en la famosa
batalla de la Vuelta de Obligado. En 1877 una cañonera británica pretendió
intimidar al gobierno argentino para favorecer una maniobra financiera poco
clara de un gerente inglés en un Banco de la ciudad de Rosario. Finalmente,
en 1982, la flota de la Reina, cargada de oficiales coloniales y de gurkas
degolladores, con un refinado armamento electrónico, reocupó las Islas
Malvinas, y estableció una base con armamento nuclear en el suelo de América
Latina.
4. Antes de Galtieri.
Un año antes de la reconquista de las Malvinas se hizo perceptible que los
ingleses, al cabo de 150 años de intercambio de notas diplomáticas, se
disponían a mover otra pieza en su tablero estratégico. Por un lado habían
resuelto deshacerse de su flota, reliquia de mejores tiempos imperiales. Por
otro, aspiraban a contar con las Islas Malvinas a un bajo costo y a la luz de
las exigencias de su posición actual en el mundo. Esto último debe
entenderse en el sentido de proceder sin dificultades a la explotación del
petróleo del área malvinense que los geólogos consideran de una capacidad
mayor que la de Arabia Saudita y a la industrialización del Krill, pequeño
crustáceo de alto poder proteico, que es una de las mayores reservas
mundiales en materia de alimentación. Finalmente, reforzar la importancia
inglesa en la OTAN, mediante el control militar del Estrecho de Drake y sus
aspiraciones a la Antártida. Pero Inglaterra no deseaba negociar con la
Argentina. Advirtió mediante el M16 (Servicio de Inteligencia Británico) en
Buenos Aires, que la Argentina no aceptaría el cumplimiento de los 150 años
de la ocupación inglesa en las islas sin una modificación sustancial de
dicha situación. Desde 1965, en los Estados Mayores de las Fuerzas Armadas se
venían realizando anualmente ejercicios y planes alternativos para la
ocupación de nuestro Archipiélago. Sólo faltaba la decisión política. A
partir del año mencionado, siempre hubo planes militares para la acción
inmediata.
Los ingleses elaboraron un proyecto maestro a bajo costo, truncado el 2 de
abril de 1982 por la ocupación militar de las Malvinas. Ese plan consistía
en "descolonizar" las Malvinas. Se trataba de fundar de la noche a
la mañana un nuevo "Estado Soberano", el de las "Falkland
Islands", con un Primer Ministro (quizás el mismo "barman" del
único "pub" de Port Stanley), pedir a las grandes potencias un
intercambio de cónsules y solicitar su admisión a las Naciones Unidas y a la
OEA. El reconocimiento diplomático de Gran Bretaña, Estados Unidos y demás
socios de la OTAN europea sería inmediato. No menos fulminante sería el
tratado que el flamante Primer Ministro malvinés firmaría con Estados
Unidos, otorgándole un contrato de arriendo por 99 años para la
construcción de una base aeronaval, que sería luego puesta a disposición de
los socios de la OTAN. La intriga no sólo encajaba dentro de la tradición de
Lord Ponsonby sino también en el plan de austeridad fiscal impuesto por el
gobierno conservador de la señora Tachter.
Nada podía ser más oportuno que llevar a cabo la operación diplomática en
el feliz año de 1982, en que al fin un verdadero Presidente militar
pro-occidental se había hecho cargo del gobierno en la Argentina.
5. ¿Por qué se plantea hoy la unidad de América Latina?
La unidad del Estado se forma en Europa como resultado del desarrollo del
capitalismo. Al trocarse en potencias imperialistas, impiden a su vez a otras
regiones del planeta históricamente rezagadas que ingresen al camino del
capitalismo y se constituyan en Estados Nacionales unificados. Tal es el caso
del Medio Oriente árabe o de los Estados de la América Criolla. El
imperialismo se opone al crecimiento del capitalismo en las colonias. Gracias
al resorte propulsor e involuntario de las grandes crisis mundiales (1914,
1939, el crack del 1929) aparecen en los países coloniales o semi-coloniales
formas embrionarias de capitalismo industrial. Grupos de burguesías locales
se vinculan al mercado interno. Por su parte, el gran capital imperialista,
estrechamente vinculado a las oligarquías agrarias, mineras o financieras, se
opone al desenvolvimiento de estas nuevas burguesías, empleando todos los
medios, sean políticos, económicos o militares.
Esta lucha de clases se da con frecuencia, pero no se trata de la lucha de
clases habitualmente conocida como el duelo entre la burguesía y el
proletariado según el modelo europeo, sino de una lucha menos mencionada en
los libros y más vista en la realidad, que es la lucha entre la clase
oligárquica y la nueva burguesía. En este sentido, podría decirse que la
dictadura militar en la Argentina, guiada por la pandilla de Martínez de Hoz,
ha luchado con tal éxito contra la burguesía nacional, que ha terminado por
destruirla. Pero esto no podría significar en modo alguno que Martínez de
Hoz ha llegado al socialismo, sino, por el contrario, que la oligarquía ha
logrado dejar sin trabajo a dos millones de obreros y obligado a los
industriales a transformarse en importadores, financieros, estafadores, o, en
otros casos, a emigrar. A diferencia de todos los países de Europa o Estados
Unidos, donde la norma es el triunfo económico y político de la burguesía
urbana sobre sus antiguos adversarios de la nobleza agraria, en América
Latina la burguesía industrial es minoritaria en todas partes y rara vez
está en condiciones de ocupar el poder, sino mediante caminos indirectos como
en el caso del Ejército y del peronismo entre 1945 y 1955, en la Argentina.
Resulta evidente, ante todo lo dicho, que la unidad de América Latina no se
plantea hoy como exigencia del desarrollo de las fuerzas productivas en busca
del grandioso mercado interno de las 20 Repúblicas, sino justamente por la
razón opuesta. A fin de lanzarnos resueltamente por el camino de la
civilización, la ciencia y la cultura, exactamente para desenvolver el
potencial económico de nuestros pueblos sea por la vía capitalista, por
medio del capitalismo de Estado, por la ruta de un socialismo criollo o por
una combinación de todas las opciones mencionadas, América Latina necesita
unirse para no degradarse. No es el progreso del capitalismo, como lo fue en
Europa o Estados unidos el que exige hoy la unidad de nuestros Estados, sino
la crisis profunda y el agotamiento de la condición semi-colonial que
padecemos.
La guerra de las Malvinas, en el cuadro de esta lenta decadencia, ha irrumpido
y vuelto a plantear todo de nuevo y aquella figura retorizada, abrumada en el
bronce, venerada en la rutina escolar inmovilizada y divinizada, es decir
Simón Bolívar, ha cobrado vida en el Atlántico Sur. Vuelve a montar a
caballo. Toda la América Latina ha recobrado la memoria histórica perdida.
Ahora se entiende al fin el significado de voces olvidadas y precursoras:
Torres Caicedo, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Haya de La Torre. Y se
podrá comprender que ni el nacionalismo, ni la democracia, ni el socialismo
poseen el menor significado en América Latina, si no se reencarnan en un
programa general de Revolución Nacional Unificadora de La Patria Grande. La
guerra de Malvinas, con el fulgor del relámpago, enseñó a los
latinoamericanos que realmente tienen una patria común.
6. Nacionalismo de los países opresores. Nacionalismo de los países
oprimidos.
La guerra de las Malvinas permite reformular problemas de una gran
importancia, frecuentemente oscurecidos por una fraseología que gira
alrededor de un "democratismo" puramente verbal. La asimilación de
un país imperialista u opresor con el nacionalismo de una país oprimido o
semicolonial es un concepto típicamente europeo. De ese modo, no faltaron
"demócratas" y aún "marxistas" que identificaron el
nacionalismo de Hitler con el nacionalismo de Perón, o el nacionalismo de
Gandhi con el de Mussolini. Aunque se trata de una trivialidad teórica (que
se degrada hasta trocarse en impostura política), será preciso referirse a
ella pues los poderosos intereses que regulan en América Latina el poder
real, han introducido tales falacias hasta en el olimpo del ámbito
académico. La guerra de las Malvinas reabrió el debate. Algunos sectores, en
la propia Argentina y, naturalmente en Europa, legitiman la agresión de la
flota inglesa en el Sur. Al fin y al cabo era una lucha entre la democracia
británica contra la dictadura militar del General Galtieri.
El nacionalismo de Hitler expresaba la suprema forma del terrorismo del
capital financiero en busca de una redistribución colonial en un mundo
oprimido por las potencias rivales. La democracia inglesa, belga o francesa,
por el contrario, eran "pacifistas". Gozaban de la explotación
colonial de continentes enteros. Su servicial doctrina reposaba en el
"Statu-Quo". Una guerra sólo podía poner en peligro el botín
conquistado. Así Inglarerra resulta hoy pacifista en relación con la
Argentina. Hasta hay en Buenos Aires "pacifistas anglófilos".
Desean poner fin a la disputa en nombre de una paz imperial.
El nacionalismo de Perón o de Velazco Alvarado, a diferencia del nacionalismo
japonés, nazi o fascista, encarnó la resistencia de los pueblos débiles
contra un imperialismo explotador oculto tras la "máscara
democrática" de las potencias de occidente o de Oriente.
Justamente el caso de la oposición entre democracia formal y democracia real
adquiere en Bolívar su profundo significado. Para abrir el camino a una
sociedad civilizada unida y soberana, Bolívar concibe el Proyecto de una
Presidencia vitalicia. Belgrano y San Martín, en el Sur, meditaban un
proyecto parecido, el de establecer una Monarquía, instalando en el trono a
un descendiente de los Incas. El sol de la Bandera creada por Belgrano y que
es hoy la bandera argentina de guerra, es símbolo inca. Los Libertadores
perseguían el objetivo central de encontrar un foco centralizador del poder
que evitase las tendencias centrífugas generadas por el atraso, las grandes
distancias y las intrigas diplomáticas anglosajonas. Como América Latina,
tras la larga dominación española, carecía del desarrollo capitalista, con
una burguesía urbana y una monarquía absoluta, factores esenciales para
generar la unidad del Estado, Bolívar había meditado una forma especial de
centralización del poder que preparase en un largo trecho histórico el
tránsito hacia una democracia representativa. Por tal razón, así como San
Martín fue acusado de "monárquico" por los tenderos del puerto de
Buenos Aires interesados en el libre cambio, Bolívar, a su vez, fue combatido
por el célebre leguleyo Santander, localista como el porteño Rivadavia, de
aspirar a la "dictadura. Y, en efecto, tanto Santander, como Rivadavia o
Casimiro Olañete en el Alto Perú, eran "demócratas" en el sentido
de que eran elegidos por las reducidas oligarquías comerciales, mineras o
latifundistas de sus comarcas respectivas para impedir la formación de una
gran Nación. En la recién fundada Bolivia, todos los propietarios de indios
y minas eran opuestos a Sucre y Bolívar que habían abolido en el papel el
régimen de la mita, o sea la esclavitud indígena, antes de desaparecer de la
escena.
América Latina es el objeto del hazmerreír europeo por las crisis cíclicas
de sus instituciones democráticas. Sin embargo, para conocerse a sí misma,
América Latina debe preguntarse: ¿cómo lograron la democracia las naciones
europeas que más próximas han estado de la historia de nuestro continente?
En primer término, abrieron el camino a la democracia por medio de la
dictadura. Oliverio Cromwell, Protector de Inglaterra, cortó la cabeza a
Carlos I, encarnación del absolutismo. A su vez, en Francia, Robespierre y el
partido jacobino, decapitaron a Luis XVI y su mujer, con los mismos fines.
Estos regicidios no eran el único recurso. Hicieron lo mismo con parte de la
nobleza feudal que se resistió al nuevo poder burgués y popular. La segunda
fase del proceso democrático en Europa pasa por la explotación colonial. La
acumulación de capital extraído de las colonias africanas, asiáticas y
americanas, permite mantener cierto nivel de vida en las metrópolis,
desarrollar la técnica, investigar la ciencia, mantener grandes flotas,
construir enormes fábricas y echar las bases de la democracia europea. En
cambio, para sostener la democracia en las metrópolis, se requiere mantener
el terror y el despotismo militar en las colonias. Democracia y dictadura son
indisociables en la historia de las potencias europeas.
"El saqueo de Bengala ayuda a la revolución industrial de
Inglaterra",
escribe en sus memorias Pandit Nehru.
7. Los generales argentinos occidentales se enfrentan con Occidente.
En diciembre de 1981 de General Galtieri y su nuevo Canciller, el Dr. Nicanor
Costa Méndez, se habían referido públicamente a la necesidad de purificar,
"blanquear" la política exterior de la Argentina. Esto no era
nuevo. Ya el Ministro del Interior precedente de la dictadura, General Albano
Harguindeguy, se había envanecido en una conferencia de prensa de que la
"Argentina se contaba entre los dos o tres países blancos del
mundo".
Al mismo tiempo, expulsaba del país a trabajadores chilenos, bolivianos y
paraguayos. Cierto tipo de militares latinoamericanos participaban del mismo
punto de vista. Por ejemplo, el General boliviano Vázquez Sempertegui,
ilustre pensador contemporáneo, de la misma escuela filosófica que el
general argentino, había dicho: "Hay que mejorar la raza mediante la
inseminación artificial".
El General Galtieri afirmó que era imperioso ubicarse junto al Occidente. Su
canciller, el Dr. Costa Méndez se refirió despectivamente al conjunto
sospechoso de los Estados del Tercer Mundo. El General Calvi, Jefe del Estado
Mayor del Ejército, había elogiado, por su parte, las relaciones argentinas
con la racista Sudáfrica. El genio inventivo de García Márquez quedó
reducido a la nada cuando la elusiva y fabulosa Clío desenvolvió toda la
intriga. Los Estados Mayores de las fuerzas armadas, advertidos de los planes
británicos, resolvieron precipitar la acción de reconquista de las Islas
Malvinas. Fundaron su decisión en varias hipótesis, todas erróneas. La
primera de ellas era la neutralidad benévola de Estados Unidos en la
solución del problema. Resultaba lógico para los militares argentinos
suponer que el gobierno norteamericano, agradecido por el envío de 500
instructores militares a Centroamérica para ayudar a los planes yanquis de
invasión de Nicaragua y El Salvador, jamás actuaría contra los intereses
argentinos en las Malvinas. Tampoco Gran Bretaña, en vísperas de vender su
flota, y aliada de Estados Unidos, reaccionaría mediante acciones militares.
Era sensato suponer que Estados Unidos mediaría para lograr una solución tan
satisfactoria para su aliado anticomunista del Sur como para su aliada europea
de la OTAN. Por lo demás, se contaba con el apoyo diplomático mayoritario en
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero nada de eso ocurrió.
Sucedió exactamente lo contrario. El 3 de abril, al día siguiente de la
ocupación argentina, en el Consejo de Seguridad votaron contra la Argentina
tres de los gobiernos que cuentan con poder de veto: Estados Unidos, Gran
Bretaña y Francia. Los dos gobiernos que también son miembros permanentes
del Consejo de Seguridad y asimismo tienen poder de veto, se abstuvieron en la
votación: fueron los gobiernos de la URSS y de China. Sólo un país, de la
América Criolla, votó gallardamente a favor de la Argentina en el Consejo de
Seguridad. Fue la República de Panamá, por la boca de su Canciller, el Dr.
Jorge Illueca. En esa misma tierra, en 1826, el Libertador Simón Bolívar
había convocado a los estados emancipados del Imperio español a reunirse en
una gran Federación. De Panamá regresaba ahora el eco del gran mensaje, que
parecía olvidado para siempre. Y así fue: Bolívar, Panamá, las Malvinas.
Hasta último momento, a mediados de abril, Galtieri y los generales esperaron
que Estados Unidos cumpliera con sus amigos del Sur. Cuando el Presidente
Reagan anunció que su gobierno apoyaría con todos sus medios a Gran
Bretaña, ya navegaban en aguas del Atlántico Sur los submarinos atómicos
ingleses. Su bloqueo marítimo impidió a la Argentina la afluencia del
material de guerra, en particular la artillería de costa de 155 mm, que
habría vuelto inexpugnable la invasión inglesa a las Malvinas. Recién
entonces, los generales argentinos pro occidentales comprendieron que había
que enfrentar una guerra con el Occidente colonialista. Entraron en guerra
cuando ya era tarde para hacerlo. Si hubieran sabido desde el principio lo que
ocurriría, jamás hubieran ocupado las Malvinas. El general Galtieri se
volvió antioccidental; y el Dr. Costa Méndez, abogado de grandes empresas
inglesas, pronunció excelentes discursos antiimperialistas. Estos cambios son
frecuentes en la historia universal. Más allá de las intenciones y
propósitos de los participantes; los acontecimientos que desencadenaron son
infinitamente más importantes que los circunstanciales actores. Hegel llamaba
a tales disparidades, "ironías de la historia".
Los Generales debieron declarar abominable todo lo que habían adorado y dar
vuelta al poncho bajo el torrente de hierro y fuego. América Latina y el
Tercer mundo los esperaban.
8. Explicación histórica de fondo de la crisis de las Malvinas.
La inesperada guerra del Atlántico Sur exige una dilucidación más profunda
que los simples hechos narrados o que una investigación del misterio
psicológico del general Galtieri. Es perfectamente trivial, cuando no
ridículo, suponer que la mayor operación de guerra aeronaval emprendida por
la tercera potencia militar del mundo desde la crisis del Canal de Suez en
1956, obedeció a que el General Galtieri pretendía mejorar "su
imagen" o aspiraba a quedarse en el poder. No han faltado aquéllos que
han visto en el drama de las Malvinas un duelo entre la democracia inglesa y
la dictadura argentina.
La explicación esencial reside en que la imponente arquitectura económica,
política y cultural erigida sobre la complementación productiva y comercial
entre el Imperio Británico y el Río de La Plata (Uruguay incluido) ha
desaparecido para siempre. Duró algo más de un siglo. Después de cien años
de esplendor ya nada queda de aquella alianza que llegó a su cima en la
década posterior a la muerte de la Reina Victoria y que luego declinó
lentamente. Había constituido una expresión notable del intercambio entre
los "países-granja" y la "nación-taller", una verdadera
muestra "in vitro" de las teorías de Adam Smith. Por lo demás, la
contribución inmigratoria de los países agrarios atrasados de Europa,
permitió construir una sociedad criolla europea, con una pátina de
modernidad. De tal manera se formó una clase media demoliberal con fuertes
propensiones imitativas en el orden cultural, tanto como en el orden
político, así como una oligarquía dominante intensamente educada en las
normas de los refinados consumos de la plutocracia europea. La
"semi-colonia próspera" comienza a desaparecer y a hundirse en una
crisis profunda a medida que Inglaterra y Europa se retiran del Río de La
Plata. La fundación y funcionamiento del Mercado Común Europeo hacia 1960,
va a cerrar el período. No resultó una casualidad que el terrorismo de
ciertos sectores de la clase media acomodada del Uruguay y la Argentina hagan
su aparición al mismo tiempo que se disuelven en la nada los lazos
económicos, políticos y culturales que habían permitido un siglo antes
traer al mundo social esas mismas clases.
La Comunidad Económica Europea se esfuerza por encerrarse en sí misma, en
procurar un mercado pan-europeo y en realizar su propio abastecimiento
agrícola y ganadero. El año 1981 la Europa de la CE exporta al mercado
mundial 600.000 toneladas de carne subsidiadas con "precios
políticos". Esto no sólo significa la ruptura radical con los países
del Plata que durante un siglo habían abastecido con sus praderas al
consumidor europeo, sino también el fin oficial y categórico del
"liberalismo económico" y de la "división internacional del
trabajo". Todas las clases sociales ligadas en la Argentina al comercio
exterior con el Viejo Mundo, quedan marginadas. Y todos los símbolos
literarios, jurídicos y políticos elaborados durante el prolongado período
histórico de complementación que acabo de señalar y que habían destacado a
la Argentina como al "país más europeo y menos latinoamericano" de
la América Criolla, se ofrecen a la curiosidad pública como piezas
anacrónicas: las razas inglesas de toros Shorton, las categorías
libre-empresistas de la oligarquía pampeana, el orgullo dudoso de pertenecer
a una raza blanca (dentro del área bonaerense) y hasta el propio poeta
Borges, sobreviven como reliquias de una época que ha tocado a su fin.
El enfrentamiento armado por las Malvinas había sido inconcebible tres
décadas antes: ningún gobierno argentino lo hubiera emprendido y ningún
país europeo habría respondido con la guerra. Pero ya nada unía a la
Argentina ni con Inglaterra ni con Europa, convertida al más cerrado
proteccionismo.
La guerra de las Malvinas, por el contrario, pondría a prueba, como en un
laboratorio gigantesco, la solidaridad política, económica y militar
latinoamericana con la Argentina. La patria bolivariana resurgiría nuevamente
ante el asombro del mundo entero.
9. El giro militar en las Malvinas y el doble carácter de los Ejércitos
latinoamericanos.
El brusco viraje de los generales argentinos hacia la guerra con Inglaterra y
la adopción de un lenguaje anticolonialista requiere algunas observaciones.
En su mayoría, los oficiales de las Fuerzas Armadas en América Latina,
proceden de las clases medias. Del mismo modo que los egresados de las
Universidades, los miembros de las Fuerzas Armadas están sometidos a las
presiones políticas y culturales de todas las fuerzas que libran su batalla
en las frágiles sociedades de América Latina. Esto explica las mutaciones
corrientes de los Ejércitos.
Los aviones argentinos, a un alto costo de vidas, lograron destruir, dañar o
hundir a numerosas fragatas misilísticas, poner fuera de combate al
portaaviones "Invensible", dañar seriamente al portaaviones
"Hermes", hundir en total a cerca de 30 naves y poner en crisis al
esquema marítimo militar de la OTAN. En efecto, la flota de la OTAN está
compuesta por naves de alta complejidad electrónica, envueltas en una
delicada película de aluminio. Hasta los aviones "Pucará",
fabricados en la Argentina, lograron perforar el aluminio. Los jefes de la
OTAN siguieron con los ojos bien abiertos la prueba de fuego del Atlántico
Sur. Si se considera que la única flota de guerra del mundo que está
acorazada con planchas de acero es la soviética, bastará para señalar que
los pilotos argentinos han desbaratado el perfil bélico de la flota de la
OTAN. En segundo lugar, las adaptaciones a tierra de los Exocet, concebidas
por ingenieros argentinos y los vuelos de la aviación nacional a sólo 3
metros del agua que burlaron todos los dispositivos de prevención del radar
de las naves, constituyeron una prueba más de los factores políticos de toda
guerra. La historia militar propiamente dicha de la guerra está en
elaboración, pero si se pone a un lado la impericia de ciertos generales, no
hay duda que la imponente flota inglesa estuvo muy cerca de ser aniquilada.
Hay algo más importante todavía.
Ha saltado por los aires el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca,
firmado en Río de Janeiro en 1947, para uso privado de los Estados Unidos. Es
un simple papel mojado. La Doctrina Monroe ha sido enterrada por los propios
norteamericanos con pocos honores. Ha quedado destruída también la
"Doctrina de la Seguridad Nacional", la teoría de las
"fronteras ideológicas" y el mito de los "valores de
Occidente". Ahora, los militares argentinos saben que los valores de
Occidente se cotizan en la Bolsa de Londres. La integración argentina al
Tercer Mundo enseñará a las Fuerzas Armadas que si los europeos y
norteamericanos gozan de un modo de vida occidental, los latinoamericanos
padecen de un modo de vida accidental. Tales lecciones han sido recogidas en
las aguas ensangrentadas del Atlántico Sur y nadie podrá olvidarlas.
Ha quedado en evidencia que los países del Pacto Andino pueden y deben
reemplazar las menguadas compras de la Comunidad Económica Europea. La oleada
de entusiasmo patriótico y fervor antiimperialista debe ser incluida en este
sumario balance.
Los cambios generados por la guerra con Inglaterra obligaron a la dictadura
militar a trascendentales modificaciones en su política exterior. De acuerdo
a un informe de la CIA al Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, publicado en
Washington, la crisis de las Malvinas impulsó a los Estados Unidos a
practicar modificaciones profundas en su estrategia en Centroamérica. En
efecto, según dicho informe, el compromiso adquirido por el General Galtieri
de enviar instructores militares para hostilizar a Nicaragua y El Salvador, se
quebró por la conducta observada por Estados Unidos al apoyar a Inglaterra.
Dichos instructores, dice el informe de la CIA, fueron retirados y la heroica
República de Sandino experimentó así el primer beneficio de la lucha en las
Malvinas. Estados Unidos debió enfrentar por sí mismo y abiertamente la
defensa de su política agresiva hacia Centroamérica.
El abrazo del Dr. Costa Méndez con Fidel Castro en La Habana, por lo demás,
simbolizó la reorientación no ideológica, sino política, que la Argentina
de la dictadura militar se veía obligada a adoptar a causa de la guerra. Al
concurrir a Managua, Nueva Dehli y Belgrado, los representantes militares de
la Argentina debieron aceptar que nuestro país se encuentra en el campo
revolucionario de la historia moderna, es decir en el Tercer Mundo.
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