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Domingo 03 de Abril de 2005 |
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PROLOGO
El propósito de este libro es estudiar de cerca un gran naufragio histórico.
Descifrar el secreto de una inmensa Atlántida velada por el tiempo: ¡nada
menos!
Nos propusimos averiguar si América Latina es un simple campo geográfico
donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad, estamos en
presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas
en Estados más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor parte de los europeos,
sólo en el sentido de que han realizado hace ya mucho tiempo su unidad
nacional en el marco del Estado moderno. El nacionalismo de los europeos es
tan profundo, arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de generoso
universalismo, que únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más
tarde a la historia del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los
europeos perseguían en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Resulta cosa de
meditación percibir entonces su afectada indiferencia (teñida de un sutil
desprecio) hacia los importunos brotados en las márgenes del mundo
civilizado. Es el momento que los europeos eligen para subrayar en los
nacionalismos de los países coloniales su fosforescencia folklórica, su
pintoresca filiación religiosa o sus evidentísimos rasgos semi-bárbaros. De
la virtuosa derecha a la izquierda neurótica en Europa se manifestó
-educativo ejemplo- un sentimiento general de repudio hacia el abominable
Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo en la llaga del próspero Occidente.
No faltaron a la cita ni el feminismo marxista ni el liberalismo imperial: el
común horror hacia la teocracia islámica los encontró unidos.
Apenas el irredentismo irlandés permanece
como una mancha sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra. Pero
aquellos grandes momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord
Byron hasta Garibaldi, ya son vetustas reliquias. A nadie le interesa recordar
en el Viejo Mundo que la rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental
hacia la civilización técnica (y EE.UU., desde la guerra civil de 1865) se
produjo gracias a la formalización jurídica y arancelaria del Estado
Nacional
Unificado, luego de eliminar el poder social de las clases pre-capitalistas.
Al permitir una desenvuelta interrelación económica, política y financiera
entre todas las partes constituyentes de la Nación, el capitalismo remontó
un asombroso vuelo. Desarrolló tal poder multiplicador del aparato productivo
con el invalorable auxilio de un expansivo mercado interno, unido a una lengua
nacional que procuraba la frontera político-cultural de un Estado, que bien
pudo considerarse al siglo XIX como el siglo del movimiento de las
nacionalidades. Al mismo tiempo y a la inversa, América
Latina perdió la posibilidad de reunirse en Nación y avanzar hacia el
progreso social, tal como lo hacían los Estados recién unidos en el norte
del continente americano. Los norteamericanos libraron una cruel guerra civil
para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el separatismo
esclavista del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección
opuesta, las oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en
América latina sobre las aspiraciones unificadoras de Bolívar, San Martín,
Artigas, Alamán, Morazán. La generación revolucionaria de la independencia
pereció en las reyertas aldeanas. Fue la ocasión que los hábiles
diplomáticos ingleses y norteamericanos, los Poinsett o los Ponsonby,
aprovecharon para aliarse a la burguesía comercial y a los hacendados
criollos, "la hacienda y la tienda". Y premiaron con un silencio
sepulcral a los hambrientos soldados de Ayacucho. Estos soldados criollos
habían expulsado de América Latina un Imperio que mantenía unidas a sus
colonias, sólo para ver insertarse en ellas a otros más poderosos, que
ayudaron a su independencia a condición de que permanecieran desunidas.
Serían Repúblicas solitarias con soberanía formal, y economías abiertas.
En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo
muy curioso. Por un sorprendente giro de la historia, se transformó de
colonia del imperio portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en
poder de los franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones,
produjo republicanos, místicos, rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de
ellos reclamó la abolición de la esclavitud, que había sido suprimida en el
resto de América Latina en la primera década de la independencia. Entre el
librecambismo británico y el sudor de los negros parasitaba el Brasil
Imperial: todos los integrantes de esa sociedad, "hasta los más pobres y
desamparados", como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de
los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal y el Reino de España, se
trasladó a la América revolucionaria hasta nuestros días, gracias a los
diligentes británicos, el "máximo común divisor" en la integridad
de pueblos ajenos. Argentina y Brasil heredaron esa rivalidad, que era
prestada. Por esa razón se elevó un muro entre ambos países, que
afortunadamente ha sido derribado para siempre con el promisorio nacimiento
del Mercosur.
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta 1898), y como en el caso de
Brasil, no participó de las guerras de la Independencia, que habían forjado
lazos de sangre entre las patrias chicas de los viejos Virreinatos y
Capitanías Generales. Como resultado de todo lo dicho, la independencia
respecto de España, al no lograr mantener simultáneamente la unidad,
eclipsó por un siglo y medio a la gran nación posible.
En otras palabras, América Latina no está corroída solamente por el virus del atraso económico. El "subdesarrollo", como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es "subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada" porque está dividida.
La Nación hispano-criolla, unida por el Rey,
creada en realidad por la monarquía española, se convirtió en un
archipiélago político, una polvareda confusa de islas múltiples, gobernadas
por los antiguos oficiales de Bolívar o San Martín. Los jefes bolivarianos
se habían sumido en la decepción o se habían corrompido en el poder; se
dejaron mimar por los exportadores y hacendados. Estos se relamían los labios
al atrapar, después de la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en
prósperas satrapías. Esa historia se narra aquí.
A diferencia de las "historias" usuales de América Latina, que reproducen en la literatura el drama formal, pues describen las historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de Bolívar, país por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos como parte de una Nación desmembrada. Omiten evocar a los pensadores iberoamericanos que fueron la conciencia despierta de una América Latina entrevista como una totalidad histórica. Por el contrario este libro aspira a recrear como un conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.
Durante décadas aparecieron libros sobre la
"argentinidad", la "peruanidad", la
"bolivianidad" o la "mexicanidad", en cantidades ingentes.
Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o cultural, pero
pocos se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana, que era la
única capaz de permitir que América Latina, con todas sus partes, se
delimitara como un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante.
En tal situación, no podía extrañar que desde el ocaso
de los grandes unificadores, y hasta nuestros días, se reiteraran políticas
y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las diferencias o ahondar las
particularidades.
Como cabía esperar, producida la Independencia de España, las nuevas
estructuras contaron con sus obvios ejércitos, escudos, empréstitos
ingleses, Constituciones, Códigos Civiles, héroes y villanos, y, por
añadidura, con una literatura preciosa, hija de los puertos cosmopolitas y
hasta con una historia para "uso del Delfín". Todo era chiquito,
mezquino, provincial, pero cada Estado miraba por el rabillo del ojo hacia las
nuevas Metrópolis anglo-sajonas, buscando en ellas las señales de
aprobación.
Relataba el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, que los intelectuales de su
época acostumbraban a referirse a sí mismos como miembros de la generación
de "postguerra". Ahora bien, decía Usigli, en México no hemos
tenido una guerra, sino una Revolución.
Pero aunque en Europa habían sufrido una guerra y no una Revolución, los
cultores del espíritu en México se sentían hijos de una guerra vivida por
otros, en lugar de serlo de una Revolución que había conmovido su país
hasta los cimientos. Todo resultaba una copia miserable.
Sólo así podía concebirse que el historiador boliviano Alcides Arguedas, alquilado por el magnate minero Simón Patiño, como historiador "con cama adentro", fuera el vocero de la cultura boliviana en el mundo o un anglo-bizantino del género de Borges hiciera de arquetipo de la literatura argentina. El darwinismo social hizo furor y aún domina el pensamiento inconfeso de las "élites" criollas. El programa de Borges no adolecía de oscuridad. Lo resumió en dos epigramas: "América Latina no existe"; y la segunda: "Somos europeos en el destierro".
Desde que Europa tomó posesión de América Latina a partir de la ruina del Imperio español, no solo controló el sistema ferroviario, las bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes. Consumó una hazaña mucho más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia latinoamericana y tendió un velo sutil entre la trágica realidad de su propio país y sus admirados modelos externos. Así, hasta los rebeldes de aldea, y hasta las doctrinas de "liberación", llevaban la marca del amo al cuello. Con el sello de Occidente, eran como cartas de navegación erróneas, preparadas para extraviar a los viajeros.
Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o detestado. Desde la Ilustración o aún antes, no faltaban antecedentes para ello. Desde Buffon o el Abate de Paw, hasta el más lozano egresado de alguna Facultad de Sociología o Historia en la última parroquia, desdeñaban la inmensa tierra bárbara.
Los europeos en tiempos de la Conquista, la
Ilustración o luego, no podían siquiera imaginar que otros mundos no
recorriesen, ni en su fauna, flora o historia, diferentes caminos que los que
había conocido el continente-modelo. Aplicaban al Nuevo Mundo su propia
clasificatoria: así, para Buffon o Voltaire, en América Nueva pululaban
leones calvos y tigres minúsculos. Por el contrario, los reptiles y alimañas
eran de tamaño gigante.
Indios asexuados e insectos enormes, la Terra Nova, era para algunos,
demasiado joven; para otros, demasiado vieja.
A Hegel se le antojaba que aquí no había historia, sino pura naturaleza, que
como se sabe, aborrece al Logos. Marx y Engels, por su parte, cuando no
encontraban manipulaciones de hierro en alguna sociedad extra europea, la
situaban en el "estadio medio de la barbarie", lo que les venía de
perilla a incas y aztecas.
El conde de Keyserling explicaba ¡todavía
en 1930! a las bellas propietarias de tierras de la refinada Buenos Aires, que
América era el continente del tercer día de la creación, ardua jornada que
Dios empleó en crear el mar, la tierra, las plantas y la flora. También,
según el noble germánico, éste era el asombroso suelo de la "sangre
fría". Don Pío Baroja no iba a quedarse atrás: juzgaba al americano
del Sur como "un mono que imita" y a América Latina como un
"continente estúpido".
La denigración europea se fundaba en la necesidad de ignorar y desacreditar
aquello que esquilmaba. La auto denigración de la intelligentsia
latinoamericana reposaba, por su parte, en el hecho de que estaba obligada a
vivir de la clase directamente dominante, la oligarquía, que no era una clase
nacional sino por su residencia e intereses. Cuando la intelligentsia en las
última décadas, observa la desespiritualización y codicia del mundo
occidental, se "izquierdiza" por un momento y ronda en la periferia
del stalinismo, al que supone ambiguamente encarnación del ideal socialista.
La catástrofe de la sociedad burocrática inicia otro movimiento pendular
hacia la "democracia" capitalista. "Occidentales" o
"marxistas", gran parte de los intelectuales pierden su antigua
seguridad científica. Pero conservan su aversión académica (académica
burguesa o marxista) hacia la sociedad criolla tal cual brotó de manos de la
historia. Su utilitario objetivismo la mantiene distante del movimiento
histórico vivo en nombre de "un rigor" puramente verbal, que le
permite, por lo demás, conservar su "universalidad" y los medios de
vida. En el último de los intelectuales latinoamericanos de tipo
universitario resuena un eco del Abate Paw.
Excepción hecha de los grandes latinoamericanistas del 900 -Manuel Ugarte,
José Vasconcelos, Joaquín Edwards Bello, José Ingenieros, Manuel González
Prada, Rufino Blanco Fombona y muchos otros- gran parte de la intelligentsia
consumía sus vigilias torturada por las obsesivas modas de la Grande Europa.
Por ejemplo: a fines del siglo XIX resurgía el helenismo en Francia y en toda
Europa. La crisis entre la burguesía liberal y la Iglesia Católica, asumía
la forma indirecta de una revalorización estética de los nobles modelos de
la antigüedad.
Y como no podía ser menos, en América
Latina aparecieron puntualmente los helenistas nativos: en el Altiplano
boliviano, un profeta tonante y barroco, Franz Tamayo, a la vez indio y
terrateniente de indios, escribía Las Oceánidas; Lugones, en la Argentina
ganadera, publicaba Estudios Helénicos y El ejército de la Ilíada; en
México, la más grande figura intelectual de la Revolución nacida en 1910,
Vasconcelos, invertía por una senda propia el legado franco-griego: exaltaba
la búsqueda de un camino nacional en Prometeo vencedor.
A su turno, Alfonso Reyes concebía refinadísimas tragedias griegas; Ricardo
Jaime Freyre soñaba brumosas mitologías escandinavas.
La patente francesa "imprimía carácter" a la inteligencia
latinoamericana y la esterilizaba en el acto; y el librecambismo anglosajón
cegaba enseguida toda cultura industrial nativa.
En la historia latinoamericana, sobre todo a partir de 1880, aparecieron una
veintena de microsociedades en cada una de las cuales no faltaban ni una
"burguesía nacional", ni un "proletariado", ni una
"pequeña burguesía", según estatuía la prestigiosa
clasificación marxista europea. Claro está que todo lo latinoamericano
aparecía en un nivel más bajo, bajo una forma monstruosa o insólita, sea
como un Tirano Banderas o un puñado de coroneles-terratenientes que
desafiaban todas las clasificaciones.
Si Europa producía un arte simbólico, inspirado en las formas del hombre
primitivo, en ciertas partes de América Latina esto era pura pintura
figurativa, ya que el exquisito salón de arte moderno de Lima, pongamos por
ejemplo, no estaba demasiado lejos del selvícola de Iquitos o del cazador de
caimanes del Amazonas. Estas sociedades imitativas ofrecían asombrosos
contrastes. A partir de la "balcanización", se dictaron códigos
burgueses que debían servir a estructuras latifundistas fundadas en la
servidumbre personal. Tales códigos habían sido en Europa el resultado de
una revolución que había dividido las tierras de la nobleza para entregarlas
a pequeños propietarios. En América Latina esos códigos eran empleados para
garantizar la estructura agraria arcaica.
Se importaban, asimismo, las formas vacías de un liberalismo formal para pueblos que no habían conocido sino dictaduras semi-seculares o el parloteo incontenible de Parlamentos elegidos por el fraude, integrados por diputados venales. Todo se acarreaba de afuera, pero todo era pacotilla, pues nada se adaptaba a la realidad latinoamericana, como aquellos gruesos abrigos de piel que usaba el patriciado de Río de Janeiro en el siglo XIX, sudando a chorros en el trópico y harto satisfecho de que también se usaran en Londres, de donde se importaban.
Calurosos abrigos para tierras cálidas
resultaron ser los productos socialistas, liberales y marxistas que llegaron
desde lejos. En su primera etapa, unos respondían al preclaro modelo del
laborismo de su Majestad Británica; otros a la inescrutable política
soviética, ya muy lejano del brillo ígneo de aquel Octubre. Los demócratas
profesionales, empapados de juricidad y de las polvorientas premoniciones de
Alexis de Tocqueville, por su parte, diseñaban un pequeño Capitolio blanco
para cada parroquia, trocada en República.
Esta combinación sincrética de cultura liberal inauténtica y de marxismo
importado para intelectuales "en vía de desarrollo", según Augusto
Céspedes, dio sus frutos. Pues junto a los ferrocarriles o usinas, los
grandes imperios introdujeron en estas sociedades indescifrables un estilo de
pensamiento que modeló la historia, las ideas políticas, la sociología, el
proceso cultural, las artes y las costumbres.
No pocas particularidades de América Latina encontraron obstáculos para
desenvolverse por un camino propio bajo la insinuante y deslumbrante presión
occidental. Desde la derecha o la izquierda, la extranjería reinó
soberanamente, tanto en las estadísticas de exportación como en el modo de
interpretarlas.
De tal suerte, América Latina resultó ser
el suelo ideal de politiqueros, terratenientes y expertos extranjeros. La
ciencia social se alejó todo lo posible del drama real, aún en aquellos
casos que parecía estudiarlo. Envanecida por un supuesto "rigor
científico", la ciencia social se vio impregnada hasta la médula del
empirismo sociológico de cuño norteamericano, con su ficticio carácter
neutro, o del marxismo-leninismo, petrificado en una escolástica indigerible,
fundada en un "homo-economicus" archi-metafísico. La coincidencia
entre ambos se manifestaba en el desconocimiento común de la cuestión
nacional de América Latina. Reducían todo el drama, según los casos, a:
1) Un supuesto duelo entre la burguesía y el proletariado, en el interior de
cada Estado.
2) Fundar el crecimiento económico mediante la repetición nativa del
capitalismo europeo, en el marco político de una "democracia"
formal de dudoso cuño.
3) Repetir de un modo elíptico la versión provincial de una historia
falsificada.
Si el Dr. José Gaspar Rodríguez De Francia,
del Paraguay, era un dictador neurótico para Carlyle, era natural que
también lo fuera para la historiografía latinoamericana; la condenación
legendaria de Juan Manuel de Rosas era de oficio; para los calvinistas de
Nueva Inglaterra, el católico Lucas Alamán era un "reaccionario"
puro y simple. ¡Debía serlo sin duda para los mexicanos!
La tentativa de reproducir las "formas" de los conflictos
políticos, jurídicos o religiosos europeos o yanquis en América Latina,
prescindiendo de sus contenidos históricos reales, tuvo pleno éxito. Un
ejemplo notable: el enfrentamiento del despotismo ilustrado borbónico con la
Compañía de Jesús, asumió un significado muy claro en Europa, aunque
invirtió su signo en América Latina. En el Nuevo Mundo se expresó contra
las Misiones jesuíticas.
Pero aquí todo era diferente. Pues los jesuitas defendían a los indios, en
lucha constante contra los "bandeirantes" del Brasil que los cazaban
en las Misiones, para reducirlos a la esclavitud en las tierras del Oeste. El
anticlericalismo, bajo este aspecto, y en América del Sur, era una simple
máscara de esclavistas y latifundistas. Tal es otro de los temas de esta
obra.
A propósito de la contradicción entre forma
y contenido, es educativo recordar que en la sociedad esclavista del Brasil
Imperial o Republicano, los propietarios de negros eran positivistas y
gramáticos sutiles. El escudo brasileño lleva aún la divisa de Augusto
Comte: "Ordem e Progreso". En la avanzada Argentina del siglo XX,
matar de un balazo a un indio "colla", peón en una finca del Norte
Argentino, carecía de consecuencias penales para el asesino, dueño de la
finca, probablemente Senador nacional por su provincia, y, naturalmente,
firmante de leyes y proyecto de leyes. En México, ¿no eran los
"científicos", y sus amigos plutócratas del porfiriato, la crema
de la inteligencia, en un océano de peones sin tierra y de indios sin
destino? ¿No fue Sarmiento y no lo es todavía, uno de los venerados
próceres de América Latina (sobre todo de la oligarquía argentina) aclamado
hasta en la Cuba de Fidel Castro? ¿Pero no es Sarmiento el más indudable
degollador de gauchos, y propagandista literario del degüello? ¿Nos han
circulado, acaso, en América Latina sus cartas al General Mitre, otro
semidiós del Parnaso Oligárquico, en las que le aconseja que "no ahorre
sangre de gauchos que es lo único que tienen de humano"?
En su favor, es preciso reconocer que fundó la Sociedad Protectora de
Animales, entidad que aún subsiste, pues el célebre educador era más
compasivo con los perros que con los gauchos. Numerosos "marxistas"
de nuestro tiempo rinden culto a Sarmiento, a Mitre y a otros Santos Padres de
la historia que se cree. Escojo al azar algunas perlas; pero toda la historia
de América Latina ha corrido por las manos de monederos falsos.
En definitiva, ¿acaso el carácter
semi-colonial de la América Latina disgregada y la pérdida de su conciencia
nacional no se prueba en no pocas de sus Universidades? Muchas han sido
sensibles como la cera para grabar en ellas la tipología de las preferencias
u ocurrencias europeas o norteamericanas, académicas o iconoclastas, en
materia sociológica, económica o política. Aunque esta influencia
deformante se expresara en el pasado desde una óptica de respetabilidad
conservadora y luego asumió la atrevida máscara de un "izquierdismo
abstracto", en sustancia no ha variado el espíritu cortesano, ya que los
grandes temas de la Nación inconclusa, permanecen intocados para ellos.
Esa coincidencia esencial entre unos y otros, radica en ignorar que sólo se
devela el enigma histórico de América Latina con la fórmula de su unidad
nacional.
Resulta irrelevante que unos se consagren a
plantear el "desarrollo" de cada una de las Repúblicas
latinoamericanas mediante los auxilios del capital extranjero; o mediante el
crecimiento independiente del capitalismo nacional; o a través de la
revolución socialista, si cada uno de los arbitristas rehusa considerar a
América Latina como el espacio político de una Nación no constituida.
José Stalin había pretendido transformar el inmenso imperio zarista en un
"socialismo en un solo país". Sus herederos, y los adversarios de
sus herederos (los trotskistas) así como los adversarios de ambos, herederos
a su vez de Mao, fantasearon hacer de América Latina el paraíso de veinte
socialismos, de veinte gobiernos obreros y campesinos, de veinte dictaduras
proletarias, es decir, concibieron todos los requisitos prácticos y teóricos
para fracasar puesto que estos veinte Estados no tenían y no pueden tener un
destino singular.
Son "naciones no viables". Pero forman, entre todas una Nación
formidable. De otro modo, véase el destino actual de Cuba, encerrada entre el
monocultivo y el mar, entre la venta de azúcar y su insularidad sofocante.
No era por cierto el "fantasma del comunismo" el que recorría
Europa, según las palabras de aquél ardiente joven Marx. Lo que recorría
Europa en 1848 era el fantasma del nacionalismo, de la revolución burguesa,
que seguía su carrera hacia el este y sur y ante la que se abría un largo
camino histórico.
Es bastante significativo a este respecto que al día siguiente de redactar
con Engels el Manifiesto Comunista, estallara la revolución antifeudal en
Europa y Marx viajara al sur de Alemania para redactar la Nueva Gaceta del
Rhin, órgano de la burguesía democrática alemana.
Si la burguesía ha resuelto ya en el Occidente capitalista su cuestión
nacional hace siglos (puede añadirse hoy la unificación alemana), en el
mundo colonial y semi-colonial el problema continúa en pie.
La división de Corea, artificialmente creada por el imperialismo; los
problemas por constituir una Confederación Indochina; la incumplida unidad
nacional del pueblo árabe; la inmensa cuestión africana, fragmentada en
Estados que no responden a ninguna realidad económica, política,
geográfica, ni siquiera tribal; la necesidad de una Federación Balcánica
que armonice los antagonismos étnicos; en suma, la propia cuestión nacional
irresuelta en América Latina dice bien a las claras que solo el imperialismo,
fundado en sus gigantescos Estados nacionales, puede oponerse, como se opone,
a la unidad nacional de los pueblos débiles. Divide et Impera: la formula
romana sirve aún a quienes la emplean en nuestro tiempo. De donde se deduce
que las fórmulas del "internacionalismo obrero" o del estéril
"marxismo leninismo", constituyen reglas funestas para entender y
obrar en la vida contemporánea de América Latina. ¿Como ha sido posible que
un instrumento tan fino y dúctil como el pensamiento de Marx haya adquirido
semejante tosquedad al atravesar el Atlántico?. Baste señalar que la
creación de "marxistas leninistas" en tubos de ensayo se
manifestó, por ejemplo, en México, cuyo Partido Comunista fué fundado por
el japonés Katayama, el hindú Roy y el norteamericano Wollfe. En la
Argentina, el italiano rusificado Codovilla imprimió al partido respectivo un
indeleble sello de ajenidad y lo instaló en el último medio siglo en la
órbita oligárquica.
En América Latina el nacionalismo no es separable del socialismo ni de la
democracia. Tales aspiraciones indisociables reflejan de modo combinado las
claves de su necesario salto histórico hacia la Revolución unificadora y la
liberación social de toda explotación; sin ellos no podemos reconocer ni
explorar la historia enterrada en nuestra tierra dolorosa y dividida.
Para concluir: el presente libro es una tentativa para examinar la vida de
América Latina desde múltiples ángulos. Se trata de penetrar en su núcleo
interior atravesando la espesa capa de prejuicios que lo ocultaron durante un
dilatado período histórico. El autor se dio como objetivo escrutar "la
Nación sin historia", analizar su olvidada trama, verla como un todo
sufriente y viviente y estudiar las fuerzas nacionales que ha engendrado.
Procuró llamar a las cosas por su nombre propio o inventarle uno adecuado a
su específica naturaleza, pues, como decía el padre Acosta en una carta al
Rey:
"A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron
nombres de España".
Buena lección para no repetirla con la historia, la sociología y las ideas
de la América Criolla: el lector no contemplará aquí leones calvos, sino la
bestia soberbia que los quechuas llamaron puma.
Jorje Abelardo Ramos
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