Viernes 02 de Junio de 2006

ACUERDOS Y DESACUERDOS EN LA HISTORIA

ARGENTINA


Juan Bautista Alberdi al explicar los conflictos políticos argentinos del siglo XIX afirmaba:
“No son dos partidos, son dos países; no son los unitarios y federales, son Buenos Aires y las provincias. Con razón cuando se averigua quienes son los unitarios y federales y dónde están, nadie los encuentra y convienen todos en que esos partidos no existen. Lo que existe a la vista de todos es Buenos Aires y las provincias, alimentando a Buenos Aires.”
Esta fractura, provincianos y porteños, signó la vida política de un siglo. De un lado los caudillos provincianos que como Lopez, Ramirez, Artigas, Bustos, José Maria Paz, Chacho Peñaloza, Felipe Varela o Urquiza defendían la construcción de un país profundo, total y criollo, enfrentados a un Buenos Aires que con figuras como Rivadavia, Rosas o Mitre aspiraban a la política de circulo y exclusivismo local.
Cepeda, Caseros, nuevamente Cepeda y Pavón fueron los momentos más críticos del conflicto.
Resuelto el tema a favor de Buenos Aires en 1861, luego de Pavón; ocurrió una feroz represión sobre las provincias, ejecutadas por el ejército triunfante, para la que se anotó Sarmiento.
Hay una célebre y triste carta del sanjuanino dirigida a Mitre a los pocos días de la batalla, en la misma decía:
“Los candidatos están hechos de antemano envíeme a las provincias”
Le explicaba para que:
“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos.
Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca”.
Las palabras traducen el clima de locura al que habíamos llegado en el medio de la peor de las guerras: la guerra civil. Por años perduró en provincias el recuerdo de aquellos sangrientos horrores.
El tiempo pasó, las aguas se calmaron, las viejas heridas buscaron restañarse y algunos políticos, sin olvidar naturalmente, se perdonaron y fueron capaces de crear las condiciones del encuentro.
Siendo Presidente Sarmiento -sí, el mismo de la carta a Mitre- busca un acercamiento con Urquiza, jefe, aún, del partido provincial para el que había propuesto: el exilio o la muerte.
Retrocediendo desde el odio marcha, entonces, a Concepción del Uruguay y más allá de las chicanas -lo hace en un navío bautizado Pavón, mientras Urquiza lo recibe con una doble fila de soldados vestidos de rojo punzó- se estrechan en un abrazo deponiendo viejos rencores. Se dice que Sarmiento exclamó: “ahora sí me siento Presidente de todos los argentinos”.
Provincianos y porteños se reencontraron en este abrazo. Pero claro no todos entendieron ni aceptaron el mensaje.
Un sector de los porteños liderado por Mitre permaneció en su intransigencia y un sector provinciano liderado por Ricardo López Jordán rompieron lanzas con su jefe.
El jordanismo fue la expresión del provincianismo recalcitrante que no comprendió las necesidades de la hora. Responsables del asesinato de Urquiza se perdieron para siempre en el fondo de la historia.
Del espacio del acuerdo y el encuentro surgió la figura de Roca es decir el futuro.
El siglo XX no fue menos cruel. Nuevos conflictos, fracturas y enfrentamientos marcaron con sangre el derrotero.
Peronismo y antiperonismo tiñó una época. Supimos de cárceles, bombardeos, fusilamientos, represión, terrorismo y muertes a mansalva.
Uno y otro bando no se dieron tregua ni respiro. Familias quebradas, amistades terminadas, padres e hijos enfrentados, hermanos peleados, en fin una sociedad fracturada, fue el resultado de tanta intransigencia.
En síntesis la guerra civil otra vez entre nosotros.
Hubo quién intentó el reencuentro. Se atrevió a dar un paso hacia los viejos enemigos para que dejaran de serlo.
Cuando el Presidente Menem se abrazó y besó al Almirante Rojas, cuando el mismo Presidente indultó hacia ambos lados de la locura, procuró la paz tras las huellas de las mejores tradiciones criollas. Hubo quienes lo comprendieron y hubo quienes no.
Los que comprendieron el mensaje apostaron al reencuentro. Quienes no, continúan en el odio y el rencor. Evocan, sólo, los momentos de ira y dolor y no pueden salir de ese pantano. Azuzan al viejo enemigo, lo humillan, lo denigran y lo persiguen.
Dios no quiera que de este fárrago de resentimiento emerja el futuro. De ser así estaremos perdidos como Nación


Chaves Claudio

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