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Juan Bautista Alberdi al
explicar los conflictos políticos argentinos del siglo XIX afirmaba:
“No son dos partidos, son dos países; no son los unitarios y federales, son
Buenos Aires y las provincias. Con razón cuando se averigua quienes son los
unitarios y federales y dónde están, nadie los encuentra y convienen todos
en que esos partidos no existen. Lo que existe a la vista de todos es Buenos
Aires y las provincias, alimentando a Buenos Aires.”
Esta fractura, provincianos y porteños, signó la vida política de un siglo.
De un lado los caudillos provincianos que como Lopez, Ramirez, Artigas,
Bustos, José Maria Paz, Chacho Peñaloza, Felipe Varela o Urquiza defendían
la construcción de un país profundo, total y criollo, enfrentados a un
Buenos Aires que con figuras como Rivadavia, Rosas o Mitre aspiraban a la
política de circulo y exclusivismo local.
Cepeda, Caseros, nuevamente Cepeda y Pavón fueron los momentos más críticos
del conflicto.
Resuelto el tema a favor de Buenos Aires en 1861, luego de Pavón; ocurrió
una feroz represión sobre las provincias, ejecutadas por el ejército
triunfante, para la que se anotó Sarmiento.
Hay una célebre y triste carta del sanjuanino dirigida a Mitre a los pocos
días de la batalla, en la misma decía:
“Los candidatos están hechos de antemano envíeme a las provincias”
Le explicaba para que:
“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso
hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos.
Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o
la horca”.
Las palabras traducen el clima de locura al que habíamos llegado en el medio
de la peor de las guerras: la guerra civil. Por años perduró en provincias
el recuerdo de aquellos sangrientos horrores.
El tiempo pasó, las aguas se calmaron, las viejas heridas buscaron
restañarse y algunos políticos, sin olvidar naturalmente, se perdonaron y
fueron capaces de crear las condiciones del encuentro.
Siendo Presidente Sarmiento -sí, el mismo de la carta a Mitre- busca un
acercamiento con Urquiza, jefe, aún, del partido provincial para el que
había propuesto: el exilio o la muerte.
Retrocediendo desde el odio marcha, entonces, a Concepción del Uruguay y más
allá de las chicanas -lo hace en un navío bautizado Pavón, mientras Urquiza
lo recibe con una doble fila de soldados vestidos de rojo punzó- se
estrechan en un abrazo deponiendo viejos rencores. Se dice que Sarmiento
exclamó: “ahora sí me siento Presidente de todos los argentinos”.
Provincianos y porteños se reencontraron en este abrazo. Pero claro no todos
entendieron ni aceptaron el mensaje.
Un sector de los porteños liderado por Mitre permaneció en su intransigencia
y un sector provinciano liderado por Ricardo López Jordán rompieron lanzas
con su jefe.
El jordanismo fue la expresión del provincianismo recalcitrante que no
comprendió las necesidades de la hora. Responsables del asesinato de Urquiza
se perdieron para siempre en el fondo de la historia.
Del espacio del acuerdo y el encuentro surgió la figura de Roca es decir el
futuro.
El siglo XX no fue menos cruel. Nuevos conflictos, fracturas y
enfrentamientos marcaron con sangre el derrotero.
Peronismo y antiperonismo tiñó una época. Supimos de cárceles, bombardeos,
fusilamientos, represión, terrorismo y muertes a mansalva.
Uno y otro bando no se dieron tregua ni respiro. Familias quebradas,
amistades terminadas, padres e hijos enfrentados, hermanos peleados, en fin
una sociedad fracturada, fue el resultado de tanta intransigencia.
En síntesis la guerra civil otra vez entre nosotros.
Hubo quién intentó el reencuentro. Se atrevió a dar un paso hacia los viejos
enemigos para que dejaran de serlo.
Cuando el Presidente Menem se abrazó y besó al Almirante Rojas, cuando el
mismo Presidente indultó hacia ambos lados de la locura, procuró la paz tras
las huellas de las mejores tradiciones criollas. Hubo quienes lo
comprendieron y hubo quienes no.
Los que comprendieron el mensaje apostaron al reencuentro. Quienes no,
continúan en el odio y el rencor. Evocan, sólo, los momentos de ira y dolor
y no pueden salir de ese pantano. Azuzan al viejo enemigo, lo humillan, lo
denigran y lo persiguen.
Dios no quiera que de este fárrago de resentimiento emerja el futuro. De ser
así estaremos perdidos como Nación
Chaves Claudio |