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El 17 de febrero de 1943, al respaldar públicamente la fórmula presidencial de
Robustiano Patrón Costas-Manuel de Iriondo para las elecciones que iban a
realizarse al año siguiente, el presidente argentino Ramón Castillo perdió todo
su prestigio. Quería continuar el sistema del fraude.
Aquel acto iba a significar también la caída del telón político para la llamada
Década Infame. Bautizada así por estar teñida de “retorno al coloniaje”
británico, al decir de don Arturo Jauretche, con una envoltura del fraude y la
corrupción.
Patrón Costas en 1942, siendo presidente del Senado había considerado que
Alberto Barceló era digno de gobernar la provincia de Buenos Aires. Dos meses
después se descubría en ese distrito el escándalo de “los niños cantores” donde
se revelaba que la corrupción había llegado a los huérfanos que manipulaban las
extracciones de la lotería Nacional.
“Quienes tenían el dominio de la riqueza-describe el historiador José Luís
Torres-, tenían también allí el dominio del gobierno. Y se gobernaba, bajo
cualquier rótuilo partidario, por los mercaderes y para los mercaderes, que
siempre supeditaron los principios políticos a sus negocios individuales con
olvido total de los intereses públicos y con ostensible desprecio por la vida de
los trabajadores humildes, cuya existencia era tenida en menos consideración que
la de las bestias de labranza” (1)
Casi un mes después un grupo de oficiales, fundó el Grupo de Oficiales Unidos (GOU)
. Entre otros lo integraban los tenientes coroneles Enrique P. González, Tomás
Ducó, Domingo Mercante, Severo Eizaguirre, Eduardo Avalos, Bernardo Guillanteguy,
Aristóbulo Mittelbach, Arturo Saavedra, Oscar Uriondo, Agustín y Urbano de la
Vega, Julio Lagos y Juan D. Perón.
El GOU tenía una composición política heterogénea, pero los unificaba el
propósito de asegurar un rumbo político de soberanía nacional y elecciones
limpias, buscando obtener el apoyo del radicalismo. Claro que aún los radicales
no encontraban una figura capaz de unir a las dos fracciones que componían el
partido de Alem: alvearistas antipersonalistas e yrigoyenistas.
Finalizaba mayo del’43 cuando el GOU propuso la candidatura al entonces
ministro de Guerra, Pedro Pablo Ramírez, figura de los boina blanca.
Y aunque la respuesta del ministro había sido ambigua, la difusión boca a boca
hizo imparable aquel paso. A Castillo no le gustó, pero ni se animó o ya no
pudo, pedirle la renuncia.
Una reunión de los 14 jefes de Campo de Mayo, en la madrugada del 4 de junio,
sacudió a Ramírez, cuando Castillo le pedio primero que “averigüe que pasa” para
luego encargarle, “conseguir una demora de 24 horas para aclarar todo mal
entendido” si se trataba de un levantamiento armado.
Aquella precipitada reunión de mandos militares del Ejército la había producido
un rumor periodístico de que “Ramírez iba a ser reemplazado”. Peligraba así la
cabeza del candidato del GOU y eso decidió la suerte definitiva del gobierno de
Castillo.
Ya el general nacionalista Miguel A. Montes, propenso a una alianza con el
radicalismo de Amadeo Sabattini, había redactado la proclama del movimiento en
términos suficientemente vagos para que tuviera aceptación en todo el Ejército.
Ramírez, sólo había puesto una condición para sumarse el levantamiento. Un
general y no el GOU debía encabezar las acciones.
La deserción “por estar postrado en una cama” del Inspector General del
Ejército, general Martín Gras, a quien apoyaba el GOU, hizo derivar la jefatura
en el comandante de Caballería, general Arturo Rawson, ajeno a la logia de
militares revolucionarios donde estaba Perón.
No obstante, las tropas salidas aquel 4 de junio de 1943 de Campo de Mayo y
Liniers, sólo tienen que enfrentar un tiroteo frente a la Escuela de Mecánica de
la Armada, para llegar a la Plaza de Mayo rodeadas de manifestantes que llegan a
quemar algunos colectivos.
En un párrafo de la proclama revolucionaria, en cuya redacción había colaborado
Perón, afirman: “Se han defraudado las esperanzas de los argentinos adoptando
como sistema la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción. Se ha llevado
al pueblo alexcepticismo y a la pstración moral, desvinculándolo de las cosa
pública explotada en beneficio de siniestros personajes movidos por la más vil
de las pasiones”.
Castillo embarca en el buque de guerra Drummond solo por seguridad, en la
creencia de que el movimiento desvanecería, pero al conocer el respaldo público
a la revolución decide recalar en el puerto de La Plata y entregar allí, a una
delegación militar, su renuncia a la presidencia.
Rawson fue obligado a los tres días de gobierno, ceder la primera magistratura a
su colega Ramírez., que a su vez, fue apartado del mando el 9 de septiembre.
Había llegado el momento de los hombres del GOU . Farell ocupa la
vicepresidencia y el 27 de octubre, Perón, retiene su secretaría de Guerra y es
nombrado por Ramírez al frente del Departamento Nacional de Trabajo.
Las innumerables oposiciones militares, dentro mismo del GOU y las
conspiraciones que se tejieron en las filas de la Marina, hicieron tropezar,
pero no alcanzaron a frenar la impetuosa trayectoria del coronel Perón.
Empeñado en en persuadir para unir la cuatro centrales del movimiento obrero,
transformó el Departamento en Secretaría de Trabajo y Previsión con autonomía
ministerial. Y su despacho fue en la oficina oval de la actual Legislatura
porteña.
Vendrá el Estatuto del Peón de campo, con su impensada dignificación social para
un sector de argentinos que sufría condiciones semi feudales.
El desplazamiento y la cárcel en Martín García, modeló con perfiles indelebles
en aquel octubre de 1945, el liderazgo político del fundador del Justicialismo,
al ser rescatado por el “subsuelo de la Patria sublevado” al decir de Raúl
Scalabrini Ortiz.
Y en el tramo hacia las elecciones de febrero de 1946, dos decretos consagran
tres grandes conquistas laborales: el aguinaldo, las vacaciones pagas y la
indemnización por despido sin justificativo.
La justicia social colocaba a la Argentina entre los países más avanzados del
mundo. Comenzaban, al decir de muchos, “ los días más felices” de nuestra
Patria.
1)José L. Torres- La patria y su
destino. 1947
Roberto Muños
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