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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Tras otra semana de extrema volatilidad, parece indudable que la
crisis global está lejos aún de haber tocado fondo y que, en su despliegue,
golpeará a todas las naciones, inclusive a aquellas cuyos gobiernos practican
la superstición del desacople.
El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, estimó que la
desaceleración que sufrirán los mercados emergentes será intensa y "se la
sentirá como una recesión". Zoellick advirtió que la turbulencia financiera
provocará efectos en cadena: "Un freno en las exportaciones desencadenará una
caída en las inversiones. El deterioro de las condiciones financieras, junto con
restricciones monetarias, llevará a la quiebra a muchas empresas y a posibles
situaciones bancarias de emergencia".
Los países exportadores de commodities ya empiezan a sentir el
cimbronazo. Así como en los últimos años se observaba el fenómeno inédito de un
ascenso vertiginoso y simultáneo del precio de todos los commodities, ahora se
asiste a una caída conjunta. En mayo de 2007 el níquel se pagaba 55.000 dólares
la tonelada; hoy ronda los 11.000 dólares. Los precios del cobre, el zinc, el
hierro sufren caídas análogas; la soja, con un precio de algo más de 300 dólares
la tonelada, experimentó un descenso de casi 50 por ciento comparada con el pico
de cotización tocado en julio. El petróleo sufrió un derrumbe análogo, de 147
dólares el barril (en julio), a 70 dólares la última semana: los países
exportadores, reunidos en la OPEC, anticiparon para la semana próxima una
reunión extraordinaria originalmente prevista para mediados de noviembre en la
que podría decidirse reducir la producción para frenar la caída brusca del
precio. El premier británico, Gordon Brown, consideró que una resolución de esa
naturaleza sería "escandalosa". Sólo el anuncio del anticipo produjo una
primera reacción alcista. La crisis, como está a la vista, se realimenta con sus
propias consecuencias. Y, según Philip Suttle, jefe de analistas económicos del
Instituto de Finanzas Internacionales, "tal vez estemos entonces en una nueva
crisis". En una entrevista que concedió en Nueva York a Martín Kanenguiser, de
La Nación, Suttle apunta que "habrá problemas con las deudas de las empresas y
de los consumidores. Hay que prever grandes compañías con problemas y no sería
sorpresivo que alguna de ellas quebrara. Podemos imaginar también problemas en
los países emergentes europeos, donde hay déficit y tipos de cambio fijo, o en
países asiáticos importantes, que han tenido mucha exposición al apalancamiento
que derivó en la crisis de las hipotecas. América latina está mejor que hace
ocho años, pero también tendrá problemas por la caída en el precio de las
materias primas".
En fin, tanto los datos como los análisis calificados advierten
que la crisis alcanza a todos, también a los desacoplados. Pero, aunque parece
haberse notificado, finalmente, de que la crisis no se detendrá en el umbral de
la Argentina, la Casa Rosada sigue confiando en el aislamiento como remedio,
al estilo de aquellas damas cursis que caricaturizaba Landrú: "Si hay guerra
atómica, yo me voy a la estancia y cierro bien la tranquera".
Esta semana el gobierno insistió en establecer medidas
restrictivas del comercio. La Aduana agregó más de un centenar de productos a
un listado que supera los 20.000 a los que las autoridades se disponen a
dificultarles el acceso al mercado argentino. Aunque la nómina se hizo pensando
en Brasil y China, el secretario de Industria, Fernando Fraguío, aclaró que no
estaba pensada para perjudicar a "ningún país en particular", sino para evitar
maniobras de dumping. Las medidas unilaterales destinadas a proteger a los
fabricantes locales, fatalmente provocan situaciones de tensión con los países
afectados. Ricardo Martins, director de la Federación de Industriales del Estado
de San Pablo (Fiesp), había anticipado su punto de vista diez días atrás: "Esto
es un proceso global de búsqueda de ventajas. No hay que cerrarle las puertas a
China. Los gobiernos tienen que hacer algo para que seamos más competitivos."
Aunque cubría con elegancia su advertencia bajo la manta del plural y la
máscara china, se refería sin duda a la relación entre Argentina y Brasil: "La
Argentina no debería preocuparse. Aquí no está el dólar a 3,20, como allá. Y
Brasil no le puede vender más a la Argentina".
En momentos en que el mundo, en medio de convulsiones y
turbulencias, parece desplazarse a un nuevo ordenamiento, a los países de esta
zona del globo les conviene actuar y participar asociadamente en ese gran juego
planetario, antes que practicar la travesura de ponerle zancadillas al vecino.
En el juego mayor, es indudable que, a fuerza de vigor, continuidad y lucidez,
Brasil ha conseguido el país convertirse en monitor de la región y proyecta
desde ese lugar sus aspiraciones mundiales.
Con el desacople como frágil armadura, el gobierno argentino
predica las virtudes del aislamiento. Es cierto: la señora de Kirchner puede
presumir con verdad que Argentina se ha preservado de la crisis de las hipotecas
(en rigor, de lo que se preservó es de las hipotecas, lisa y llanamente: el
crédito hipotecario murió de inanición salarial). Ese aislamiento es una más de
las diferencias con Brasil: el gobierno K, al revés del de Lula Da Silva,
promete a los industriales que les dará salvaguardas y protección frente a la
competencia externa, aspira inclusive a aumentar la Tarifa Externa Común del
Mercosur (que llega al 35 por ciento). El gobierno de Lula formula una apuesta
inversa: "No vamos en esa dirección –afirmó el ministro de Hacienda brasilero,
Guido Mantega-; en este momento no debemos tomar medidas proteccionistas en
ninguna parte. El proteccionismo fue el resultado de la crisis del 29 y el 30 y
los países se cerraron. Debemos continuar abiertos, mantener una acción
globalizada, porque eso va en beneficio de todos los países".
El oficialismo argentino apostó a mantener desvalorizado el peso
mientras Brasil apreciaba su moneda; ahora a los Kirchner les resulta difícil,
sin promover inflación, mantener el ritmo de la desvalorización que la crisis
financiera provoca al real. La señora de Kirchner insiste con la idea de
mantener una flotación libre administrada, pero sectores de su propia
administración, la dirigencia de la Unión Industrial, algunas corrientes del
sector agrario y hasta algunos caciques sindicales preferirían pasar a una
devaluación notoria. Un informe del banco JP Morgan Chase aseguraba esta
semana que el oficialismo podría optar por la postura devaluacionista y llevar
el dólar a 3,80 pesos antes de dos meses. Motivos: desacelerar la pérdida de
reservas que ocasiona la flotación administrada, dar satisfacción por vía
cambiaria al proteccionismo industrial y reconstituir parcialmente el colchón
de rentabilidad agraria que justifica la transfusión de recursos a la caja
central por la aplicación de retenciones.
El gobierno vacila entre distintos platos del mismo menú: todos
los que estudia de una u otra manera tienen que ver –con ingredientes cambiarios
o aduaneros, por la vía de ritmos gradualistas o rotundos- con tácticas que se
asientan en la idea del aislamiento y el desacople.
En cualquier caso, el gobierno siempre ha subordinado la
ubicación del país en el mundo a una lógica circunstancial y doméstica,
teóricamente destinada a sostener el sistema de control político oficialista.
Después del conflicto con el campo y tras un alejamiento que parece definitivo
de las clases medias de los centros urbanos, la crisis global encuentra al
gobierno a contrapié, con recursos limitados, sin varios de los cuadros que lo
alimentaron en otros tiempos, con poco aire. Ha comprendido que ya perdió el
centro del ring, el espacio desde el que intentaba lanzar convocatorias
transversales. Ahora se refugia en el rincón y apuesta simplemente a llegar
hasta el fin de la pelea, confiando más en la debilidad del contrincante que en
las fuerzas propias que pueda reunir.
Por estos días, mientras caen las bolsas del mundo, el
oficialismo piensa en cómo hacer un papel no desastroso en las elecciones de
medio término del año próximo. La debilidad que lo carcome lo induce a
esgrimir la figura de Néstor Kirchner como cabeza de una lista legislativa
bonaerense. Más allá del invento geográfico de esa eventual candidatura (que
no será más caprichoso que otros ya consumados; sin ir más lejos, el que
convirtió a su esposa de congresista por Santa Cruz en senadora por la
provincia de Buenos Aires), lo significativo es la dificultad del oficialismo
para encontrar a un postulante al que le pueda adjudicar chances electorales,
más allá del esposo de la presidente.
Néstor Kirchner, por otra parte, pone en juego su nombre
especulando con que la dispersión opositora le puede permitir llegar primero
con una cosecha en votos de alrededor del 30 por ciento, que es la modesta (pero
ambiciosa, a la luz de los estudios de opinión pública de estas semanas) meta
que se propone. Para intentar esa aventura –un escenario en el que también se
pondrá en juego la gobernabilidad- el gobierno dependerá de las fuerzas a las
que ha quedado reducido su ejército: lo que resta del sedicente progresismo que
en su momento consiguió atraer y lo que alcance a mantener en caja (en tiempos
de cajas más anémicas) del aparato político-sindical del conurbano bonaerense.
Si se quiere resumir esas dos fuerzas que convergen en Kirchner en dos nombres
propios, esos nombres serían los de Hebe de Bonafini y Hugo Moyano. Basta
recordarlo para apreciar la difícil tarea que tiene quien necesita juntarlos: la
señora de Bonafini ha declarado que "Moyano, que no es mejor que Eduardo
Duhalde. Dijo que quería que se declare crimen de lesa humanidad el asesinato de
Rucci. Moyano es un traidor".
Con sus fuerzas dispersas, su "modelo" abollado y enfrentado al
desafío de la crisis global, el kirchnerismo ingresa en una etapa de
centrifugación.
Jorge Raventos
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