|
Panorama
político nacional de los últimos siete días
Más allá de las simpatías o disgustos que
despierta en sus colegas, Hugo Moyano era considerado por estos, hasta la semana
última, un navegante avezado en los secretos del océano kirchnerista, un
negociador hábil y despierto. Inclusive Luis Barrionuevo, que lo desafía desde
su CGT Azul y Blanca, confesó hace unos días que "cuando lo pusimos al Negro
Moyano al frente de Azopardo acertamos, porque Kirchner se metió con todos los
sectores, pero al movimiento obrero lo dejó tranquilo".
El martes 11 de noviembre esos juicios sobre
Moyano cambiaron radicalmente. Ese día se conoció el fallo de la Corte Suprema
que, al declarar la inconstitucionalidad de un artículo de la Ley de
Asociaciones Profesionales que impone la obligación de estar afiliado a un
sindicato con personería gremial para ser electo delegado, abrió un surco
decisivo en el clásico ordenamiento sindical argentino nacido con el peronismo.
"A Hugo lo durmieron con el cuento de la amistad -comentaron críticamente los
líderes gremiales-. Ahora vamos a tener que pelear".
En rigor, pese a sus compromisos con Néstor
Kirchner, Moyano venía en los últimos meses endureciendo un tanto su discurso,
en procura de contener las quejas de la corporación sindical y el mal humor de
las bases. Había cuestionado la verosimilitud de las estadísticas sobre costo
de vida que dibuja Guillermo Moreno, apretaba las clavijas para reabrir las
negociaciones salariales o para, al menos, conseguir una suma fija de alivio
para fin de año. Hasta había involucrado a la CGT en el reclamo de
investigación del asesinato de José Ignacio Rucci, cometido por la organización
Montoneros en septiembre de 1973, y se disponía a presidir el lunes 17, en el
salón Felipe Vallese de la sede cegetista de Azopardo e Independencia, la
presentación del libro que devela aquel crimen: Operación Traviata,
del periodista Ceferino Reato. Es cierto que el motor de este tema no era el
mismo Moyano, sino el secretario general de las 62 Organizaciones, Gerónimo
Momo Venegas; pero el camionero "bancaba": venía respaldando el debate y la
reivindicación. Eso, hasta hace una semana. El lunes 10 , en la llamada
mesa chica cegetista, Moyano dijo: "Muchachos, lo de Rucci del 17 lo
suspendemos. Néstor se siente personalmente agredido por el tema Rucci,
considera que la investigación del crimen está dirigida contra él y contra el
gobierno. Creo que no nos conviene pelearnos por este asunto". El taxista Omar
Viviani habló para respaldarlo. Todos los demás callaron, salvo Venegas, que
expuso sus diferencias con el criterio, aunque lo acató.
Tras ese nuevo favor al "amigo Néstor", el fallo
de la Corte, difundido un día más tarde, sorprendió al gremialismo como un rayo
en cielo sereno. Al estupor se sumó la bronca cuando se enteraron de que los
jueces basaron su sentencia en un dictamen del Procurador Esteban Righi, íntimo
de Kirchner y disciplinador oficial de fiscales. Hubo unanimidad en el
criterio: el gobierno había utilizado a la Justicia para pagar sus deudas a la
CTA, la central sindical alternativa que orienta Víctor De Genaro, dirige Hugo
Yasky, cuenta con diputados amigos en el Congreso (como Claudio Lozano) y tiene
influyentes defensores entre los asesores del esposa de la presidente (Horacio
Verbitsky, para citar uno). Obviamente, la CTA celebró el fallo e interpretó
que "llega a su fin" el régimen de "unicato gremial", que la CGT defiende y que
ha privado a aquella de personería.
La reivindicación de la "libertad sindical" ha
sido, en general, alzada por los sectores adversarios del peronismo, que
siempre vieron en el régimen gremial establecido en la década del 40 un
obstáculo para desplegar su influencia. En 1984, apenas alcanzó la presidencia,
Raúl Alfonsín impulsó una reforma con esa filosofía a través de un proyecto de
ley que quedó vinculado a su primer ministro de Trabajo, Antonio Mucci y no
pudo pasar la prueba en el Congreso.
En la década del 40 del siglo pasado, Juan Perón
impulsó, frente a los antiguos gremios por oficio, los grandes sindicatos por
rama de actividad y ordenó las discusiones con el sector empresario poniendo a l
otro lado de la mesa a organizaciones a las que, vía el testimonio de la
afiliación de los trabajadores, el Estado les reconoce representatividad y les
otorga personería (indispensable para discutir convenios). El último gobierno
militar hizo caducar todas las afiliaciones a los sindicatos, basándose en la
sospecha de que los padrones de las organizaciones estaban dibujados o
inflados. El resultado fue que los sindicatos reafiliaron e incrementaron
entonces la afiliación.
Los defensores del régimen de "libertad sindical"
proponen la conviviencia (y competencia) de varios gremios habilitados en cada
sector de actividad; suelen tomar como ejemplo lo que llaman "la experiencia
europea", que en rigor no se aplica en todo el continente, sino sólo en algunos
países. Allí, los gremios tienen vínculos con distintas corrientes ideológicas
(hay centrales comunistas, socialistas, trotskistas, democristianas) y la
conflictividad laboral suele ser alta.
En Argentina, en aquellas ramas en que el sector
empresario (o el sector público) tiene que vérselas con más de un gremio, suele
cundir el desorden: cuando uno de los sindicatos está en paz, otro hace huelga y
se paraliza el conjunto de la actividad. Un ejemplo es el de la aeronáutica
comercial. Otro, en el sector público, está a la vista estos días: la ciudad de
Buenos Aires sobrelleva una huelga docente liderada por tres de la docena de
sindicatos comprendidos en la actividad educativa. No hay clases, aunque la
mayoría de los gremios acordaron con el gobierno de Mauricio Macri.
La conmoción creada por el fallo de la Corte es
amplia. Las empresas tratan de imaginar cómo será convivir en los lugares de
trabajo con varias organizaciones gremiales (¿más de una comisión interna?)
compìtiendo entre sí por las reivindicaciones. El gobierno (parte de él; antes
que nada, el sector funcionalmente más próximo a la CGT : el ministro de Trabajo
Carlos Tomada, el de Infraestructura, Julio De Vido) trató de minimizar los
alcances del úkase del Tribunal Supremo, cricunscribiéndolo al caso específico
que trataba. Por cierto, los fallos de la Corte no establecen un nuevo
ordenamiento, ya que son casuísticos, pero indican una orientación normativa
que termina transformándose en ley o imponiéndose por jurisprudencia.
El gobierno debe afrontar, así, un período de
fuertes tensiones laborales, signado por las suspensiones y despidos masivos que
ya impone la crisis, en estado de conflicto con las organizaciones sindicales.
Casi como una operación de manual, al día
siguiente de la difusión del fallo que deprimió hasta el piso las acciones de
Hugo Moyano, el gobierno produjo una movida destinada a re Superintendencia de
los Servicios de Salud y colocó en su lugar al abogado Juan Rinaldi, un
protegido del camionero. Se procuraba demostrar así que Moyano no había perdido
los favores del matrimonio reinante. Se trata de una señal, claro está, pero no
es claro que ella satisfaga al conjunto de los gremios como compensación por la
fisura abierta en el ordenamiento sindical argentino. A través de Rinaldi,
Moyano tendrá algo más que figuritas para distribuir entre sus colegas, pero
estos son concientes de que, en el entretanto, la estructura sobre la que se
asientan todos comenzará a desarticularse y comprimirse, gracias a la decisión
de la Corte y al dictamen de Esteban Righi, bendecido por Néstor Kirchner.
En cualquier caso, queda demostrado que Kirchner
paga sus deudas con moneda ajena. Si a la CTA la conforma quitándole
jurisdicción a la CGT, a Moyano le entrega territorios que antes administraba
el albertismo, es decir la red de amigos del otrora
poderoso Alberto Fernández, que hoy parece haber caído en desgracia. A esa red
pertenece el desplazado Capaccioli, cuya influencia en la Superintendencia de
Servicios de Salud le permitió convertirse en responsable y uno de los
principales (junto a De Vido y a Claudio Uberti) reclutadores de cotizantes para
la campaña electoral de la señora de Kirchner. La combinación de sus funciones
como dispensador de licitaciones y compras estatales y recaudador de campaña lo
convirtió en amigo de falsificadores de remedios, traficantes de efedrina y
falsos aportantes. Esos pecadillos y su condición de amigo del albertismo lo
convirtieron en víctima propiciatoria. Signo claro de que el oficialismo gotea
por varias grietas.
In partibus infidelis
Mientras el gobierno se esfuerza en emprolijar sus
filas y su discurso, contempla el avance de la crisis y analiza emular –como
evocó hace algunas semanas la esposa del doctor Kirchner- el éxodo jujeño, un
sector de la oposición intenta hacerse cargo del reclamo de coordinación que
transmite la opinión pública. La anunciada convergencia entre el radicalismo, el
socialismo y la Coalición Cívica que orienta Elisa Carrió parece avanzar en ese
sentido. ¿Es sólo una apariencia?
Raúl Alfonsín, bajo cuya advocación la doctora
Carrió fue recibida en el Comité Nacional de la UCR por Gerardo Morales y otros
líderes de la UCR, se apresuró a aclarar que él había alentado "el diálogo"
entre distintos sectores de la oposición, pero no "acuerdos electorales" que no
tomaran en cuenta las identidades programáticas de los actores.
El comentario público de Alfonsín, más que una
prevención contra los encuentros, refleja las dificultades que tiene un amplio
sector de la estructura política de la UCR para asimilar el estilo que la
doctora Carrió acentuó después de dejar las filas radicales en las que se
formó.
Muchos radicales (sin excluir al propio Alfonsín)
se disgustan cuando la líder de la Coalición Cívica le pone bolilla negra por
decisión propia a figuras como el vicepresidente Julio Cleto Cobos o a amigos y
eventuales aliados que figuran en las filas del peronismo.
De cualquier modo, debe admitirse que la señora
Carrió ha adquirido un crédito ante la opinión pública por su acción opositora
que vuelve complicado para sus críticos darle expresión abierta a sus
reticencias. Forzados por esa circunstancia, esos críticos deben armarse de
paciencia y conformarse con el vaticinio de que "ella solita se encargará de
chocar".
En cualquier caso, el mapa de convergencia que ha
dibujado hasta ahora el tándem Carrió- Morales sólo llega hasta el cordobés Luis
Juez y el socialismo (importante aporte por su gobierno en Santa Fé, aunque
precisamente son los socialistas que cortan el bacalao en esa provincia los
menos entusiasmados con el armado que aquellos les proponen). Esa red está lejos
de representar todo el bazar de la oposición actual, en la que es indispensable
inscribir la corriente que sigue a Mauricio Macri, con eje en la Capital y
flecos en el interior; los sectores centristas que conservan a Ricardo López
Murphy como figura de referencia, y por cierto el vasto archipiélago del
peronismo disidente, que crece al compás de los problemas y los vaticinios de de
vulnerabilidad del oficialismo.
Mientras
trabaja la oposición de la realidad, la oposición política también empieza a dar
señales de vida inteligente.
Jorge Raventos
|