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Córdoba, abril de 2008.
· ¿Cuál es el significado de la reciente huelga de productores agropecuarios?
¿Por qué en 400 ó 500 puntos del país, miles de hombres y mujeres manifestaron
su descontento cortando rutas y mostrándose indignados por su situación? ¿Qué
reclamaban? ¿Se trata de una súbita oleada de nostálgicos de Videla, como se
apresuró a decir el gobierno? Trataremos de aportar algunos elementos para el
debate.
· El campo argentino ha tenido una presencia central en la economía nacional. El
paradigma del nacionalismo económico en la posguerra se fundaba en la denuncia y
condena del parasitismo oligárquico. A la improductividad del sector rural
argentino, liderado por la oligarquía, se le adjudicaba el despilfarro de la
renta agraria diferencial, y con ella el desperdicio de las posibilidades de
industrialización del país. Los textos de ese tiempo, que educaron a nuestra
generación, la que hoy gobierna el país, nos enseñaron que nuestro retraso en
acceder a la industrialización provenía del país fundado en Caseros, que había
tenido su impulso decisivo con la incorporación de Argentina al mercado mundial
en la división internacional del trabajo como proveedor de alimentos, hacia
fines del siglo XIX. La colonia próspera había eclosionado con la crisis de 1929
y el pacto Roca-Runciman había sido la aceptación humillante de nuestra
condición agraria y de nuestra subordinación económica como “joya de la corona
de Su Majestad”, al imperio británico.
· Con la Revolución del 4 de junio de 1943, comienza en el país una auténtica
estrategia de desarrollo industrial, impulsada desde el estado, que se funda en
la expropiación de una parte de la renta agraria que es volcada hacia el sector
urbano de la economía mediante diversos mecanismos (monopolio del comercio
exterior, tipos de cambio diferenciales, etc.). En tal sentido, podría decirse
que desde su fundación el peronismo nace enfrentado al campo, especialmente a su
sector más concentrado.
¿Por qué no fuimos como Australia, Canadá o Nueva Zelanda? Porque en el caso de
la Argentina, decíamos, la renta agraria se despilfarraba mientras que esos
países estaba sometida al rigor de la acumulación capitalista a manos de una
burguesía agraria que reinvertía una parte de sus ganancias y, de ese modo,
cumplía el · ciclo de “reproducción ampliada”, eje de la acumulación capitalista
según rezaban los textos sagrados de vasto consumo en esa época.
· El estancamiento de la producción agraria estaba en el centro de los reproches
que se hacían al campo. Se decía que los grandes latifundistas no respondían a
los estímulos capitalistas (sistema de precios) y que la oferta agropecuaria
tenía un grado de rigidez que la transformaba, incluso, en uno de los pilares
estructurales de la inflación. El economista Aldo Ferrer, por ejemplo, escribió
que “En cuanto a los grandes propietarios territoriales, su comportamiento
parece no estar regulado por las normas habituales de conducta del empresario en
el sistema capitalista”. Ferrer adjudicaba este comportamiento al régimen de
tenencia de la tierra y propiciaba una “reforma agraria”, una bandera clásica
que la izquierda ha promovido para el agro pero que en la Argentina, dada su
particular configuración agraria, jamás ha tenido viabilidad política ni
económica.
· Según los enfoques de la época, la conducta de los grandes terratenientes
condenaba al agro argentino a bajos niveles de producción y productividad. “Un
campo puede estar insuficientemente trabajado pese a lo cual puede proporcionar
un monto suficiente de ingresos al propietario como para permitirle un alto
nivel de consumo. El logro de un rendimiento suficiente como para mantener estos
niveles de consumo (antes que la obtención de los máximos beneficios posibles de
la explotación rural) parece ser, en efecto, la norma del comportamiento de
numerosos grandes propietarios territoriales”, decía Ferrer en las primeras
ediciones de La Economía Argentina.
· En la renta agraria, sin embargo, radicaba la gran oportunidad para la
industrialización argentina. Debíamos dejar de ser un país puramente agrario
para transformarnos en un país donde el desarrollo industrial nos permitiera el
ingreso al mundo moderno. Ya hacia fines de la década de los cuarenta comienza
la prédica de Raúl Prebisch en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina,
de las Naciones Unidas) a favor de la industrialización, advirtiéndonos acerca
del “deterioro de los términos del intercambio”, esto es la necesidad de
entregar cada vez más materias primas por cada vez menos productos industriales.
Lo agrario estaba identificado con el atraso (“la primera ola”, según Alvin
Toffler) y era la industria la puerta segura hacia el mundo capitalista moderno
y desarrollado.
También la adhesión a diversas corrientes económicas separaban al agro de la
industria. Los ruralistas, excepto por momentos la Federación Agraria, siempre
se mostraban partidarios del libre comercio; adherían a las corrientes liberales
del pensamiento económico. La industria, como es lógico, siempre prefirió las
estrategias que contemplaban su particular situación de desvalimiento, su
carácter incipiente, su retraso relativo; el proteccionismo arancelario era su
veta ideológica.
· Pero la situación actual del agro dista de ser la de mediados del siglo
pasado, en tiempos del primer peronismo. Lo único que ha permanecido inalterable
en el tiempo es, probablemente, el esquema ideológico de esa época: una nación
que procuraba industrializarse a partir de la renta agraria y el “viejo país”
que se resistía a abandonar sus privilegios fundados en el parasitismo, la
improductividad agraria y el congelamiento de la producción agropecuaria. La
nueva Argentina encontraba un obstáculo en la supervivencia de una clase social
improductiva que iba a contramarcha de la rueda de la Historia. Una parte de
nuestra generación repite los argumentos de aquellos años sin percibir que la
realidad ha cambiado sustancialmente y que, en consecuencia, debemos repensar
nuestros puntos de vista para adecuarlos a la nueva situación. Claro que la
adhesión repetitiva del anterior esquema ideológico resulta sumamente
confortable y seguro: está amparado por los viejos textos, varias veces
reeditados, y contaron con la aprobación de los viejos, queridos y admirados
maestros. Siempre resulta incómodo y resbaladizo repensar algunas de las
verdades que veníamos repitiendo por décadas. Y siempre resulta más sencillo
mutilar la realidad para hacerla caber en nuestros probados y sólidos esquemas
ideológicos del pasado.
Ya en tiempos de la década peronista que culmina en 1955 las cosas habían
comenzado a modificarse. El congelamiento de los arrendamientos rurales resuelto
por Perón operó en los hechos como una reforma agraria: creó una clase de
pequeños y medianos propietarios rurales. Dice un estudioso del tema agrario
argentino: “Debido a la congelación de los cánones de arrendamiento, muchos
agricultores arrendatarios se capitalizaron suficientemente como para poder
convertirse en propietarios mediante la adquisición de la parcela de tierra
alquilada. Este tipo de transacción se veía facilitado por el deseo de vender de
muchos terratenientes que ofrecían facilidades, fundamentalmente en términos de
plazos de pago. Tal voluntad se originaba en la pérdida de la libre
disponibilidad de su propiedad ocasionada por la legislación sobre
arrendamiento” (Guillermo Flichman. Notas sobre el desarrollo agropecuario en la
región pampeana argentina o por qué Pergamino no es Iowa). En el mismo trabajo,
Flichman agrega: “Fue la política agropecuaria peronista la que, aparentemente
sin proponérselo, creó una clase de ‘farmers’ en la pampa húmeda. Pero éste fue
un proceso largo y costoso. No fue un resultado planeado. En consecuencia, se
hizo necesario un largo ‘período de ajuste’ para que se pudiera reencauzar la
actividad agropecuaria en la nueva situación”.
· En otra de sus obras (La renta del suelo y el desarrollo agrario argentino,
1977) Flichman refuerza la descripción de este fenómeno de distribución de la
tierra durante los gobiernos de Perón: “Después de muchos años de arrendamientos
congelados, cuando el gobierno militar que derrocó al peronismo ‘devuelve la
normalidad al campo’, ya nada podía volver a ser exactamente igual que antes.
Había una fuerte porción de chacareros ricos, que de arrendatarios se
convirtieron en nuevos propietarios aprovechando las facilidades que para
comprar campos les dieron nuevas disposiciones legales”.
· Existe un trabajo más reciente en el cual Osvaldo Barsky y Alfredo Pucciarelli
señalan algunos aspectos interesantes de la evolución de las explotaciones de la
Pampa Húmeda argentina. Allí los autores toman distancia de lo que denominan “la
visión tradicional de la estructura social agraria de la región pampeana”. Dicen
de este enfoque: “aunque muchos de sus juicios carecen de una adecuada
fundamentación empírica, esta imagen, fuertemente impresionista, ubicada más
lejos de la verdad que de la verosimilitud, ha ejercido una gran influencia en
la definición de los términos del debate académico, de la confrontación
ideológico-política, y aún de la formación del sentido común de las décadas
posteriores y, en algunos aspectos, de la actualidad” (Cambios en el tamaño y el
régimen de tenencia de las explotaciones agropecuarias pampeanas, 1991, en El
desarrollo agropecuario pampeano. Editado por el INTA).
· Entre las principales conclusiones de los autores, se cuentan las siguientes:
A) “En relación a la problemática de la subdivisión de las grandes unidades
territoriales, los datos disponibles muestran entre 1914 y 1969 un intenso
proceso de subdivisión de las unidades territoriales, creciendo mucho el número
de unidades y poco la superficie ocupada. Las unidades de más de 5.000 has.
Perdieron en este período el 35% de su superficie, pasando de representar el 34%
de la superficie total a ser ahora el 19%”. B) “En cuanto al proceso de
desconcentración de la propiedad territorial, los datos catastrales de la
Provincia de Buenos Aires permiten apreciar que entre 1923 y 1980 las unidades
de más de 2.500 has. perdieron el 67% de la superficie, dato rotundo sobre lo
importante que ha sido la alteración de la propiedad de la tierra”.
Respecto del sistema de grandes propietarios, los autores señalan: “…la
importante fuente de poder económico y social de la cúspide agraria pampeana
originada en un gran control territorial ha sido irreversiblemente afectada por
un decisivo proceso de desconcentración, que ha generado una estructura agraria
compleja y diversificada…”
· Si consideramos las provincias pampeanas (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe,
Entre Ríos y La Pampa), los censos agropecuarios más recientes revelan una
concentración en la explotación rural. En la comparación entre 2002 y 1988,
surge que las explotaciones de más de 1.000 Ha. aumentaron su superficie en 3,7
millones de ha. entre un relevamiento y otro. Esa superficie, obviamente, ha
sido cedida por las explotaciones menores a 1.000 has., lo cual significa un
cambio en el 5,4% del total de tierras explotadas en esas provincias. Esta
concentración en la superficie de las unidades productivas, sin embargo, va a
tono con la dinámica de los cambios introducidos en la modalidad de explotación:
revelan la búsqueda de economías de escala y también la existencia de los “pools
de siembra”. La característica de los relevamientos censales, no permiten sacar
ninguna conclusión acerca de la propiedad de la tierra y sus modificaciones
entre un censo y otro.
La incorporación de tecnología ha sido una constante en el agro durante los
últimos 40 años. Muy lejos de la imagen del oligarca clásico que apenas
abandonaba un puñado de vacas a la vocación reproductiva de un par de toros, en
medio de un pastizal concedido por Natura, la nueva burguesía agraria no ha
cesado de tecnificar sus explotaciones a partir de los años sesenta. Un rápido
resumen de estas décadas nos indican que la incorporación masiva del tractor y
la maquinaria agrícola comenzó hacia los 60 y no ha cesado hasta ahora, con
tecnología cada vez más avanzada que desplaza – como es lógico- importantes
contingentes de mano de obra rural a la par que reduce los costos agrícolas en
forma notable. La alta tecnología no sólo ha sido incorporada por el gran
productor cerealero sino también por los medianos y pequeños mediante el sistema
de contrataciones (por ejemplo, en el caso de las cosechadoras, cuyo uso se
justifica solamente en una extensión apreciable). Hacia los 70 se incorporan las
semillas mejoradas, que permiten aumentar los rindes por hectárea en forma
notable. En los noventa, pese a la disconformidad de los productores con el tipo
de cambio, continuó en franco ascenso el aumento de los rendimientos por
hectárea debidos a la incorporación de tecnología. De esta época proviene la
difusión masiva de la siembra directa y la extensión de la amplia incorporación
de ingenieros agrónomos y técnicos especializados en la gestión empresaria, que
contribuyen notablemente a la consolidación de la expansión de la producción. La
mentada “improductividad” del agro argentino es cosa del pasado. Si era todavía
un tema a considerar durante la tercera presidencia de Perón, ya ha dejado de
serlo, sepultado por las toneladas de cereales y oleaginosas producidas por el
campo argentino. En setiembre de 1973 fue sancionada la Ley 20.538 sobre la
Renta Normal Potencial de la Tierra. El objetivo era gravar con un monto fijo,
independiente de su producción efectiva, cada unidad productiva rural. De este
modo se desalentaría la existencia de tierra improductiva. Ya no es éste un
problema que permanezca hoy vigente en el sector agrario.
· Ha habido, especialmente en el agro, otros cambios importantes: el vuelco
hacia la soja es uno de los más notables. El otro es la explotación agraria
mediante la modalidad de “pool de siembra”. Ya no es Anchorena el símbolo de
protagonismo del agro argentino: ahora es Grobocopatel. La nueva modalidad
operativa consiste en el arriendo de grandes superficies de campo, no
necesariamente vecinas o contiguas (se habla de un total de 180.000 ha. para
esta campaña de cosecha gruesa), que son explotadas por un grupo de
profesionales, técnicos y empresarios con alta tecnología y elevado nivel de
conocimiento del rubro. El grupo Los Grobo, por ejemplo, es propietario de una
mínima parte de la tierra que explota (alrededor del 10%), la mayor parte es
arrendada a los propietarios en las condiciones de plaza.
· Circunscribir el reciente estallido del agro a una rebelión de “los sojeros”
es una simplificación grosera distante de la realidad. Cierto es que el
detonante fue el aumento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias
(para la soja, del 35 al 44%) y la instalación del sistema de retenciones
móviles pero el agro venía acumulando reclamos desde hacía varios años,
especialmente en los sectores de la lechería y la ganadería vacuna. Los grandes
impulsores de los cortes de ruta eran los productores medianos y pequeños, a los
que se sumaron, fuera de la Pampa Húmeda, agricultores totalmente ajenos al
circuito sojero, en el Chaco, en Tucumán, en Mendoza y otras provincias con
producciones regionales distintas de los cereales y oleaginosas más cotizadas en
el mercado mundial.
Cuatrocientos cortes de rutas simultáneos en el país habla de una rebelión
generalizada que no puede ser adjudicada a una conspiración política, ni a
reminiscencias procesistas, ni a la oligarquía vacuna, antiguo y mítico enemigo
del peronismo. Conforme a su estilo, el gobierno reaccionó acusando de golpistas
a los disconformes y adjudicándoles toda la responsabilidad de la ausencia de
equidad en la distribución del ingreso, problema que la política económica
vigente no ha hecho más que profundizar. Los argumentos del gobierno, repetidos
como loros por el coro de · setentistas abrazados a las consignas de la
posguerra, consistieron en acusar a los chacareros de rechazar cualquier tipo de
retenciones al agro y, en consecuencia, oponerse a una mejor distribución del
ingreso nacional.
· Es cierto que el agro ha recibido en los últimos 5 años el beneficio de una
devaluación del 200% más el aumento de los precios internacionales de los
commodities que produce, debido al aumento de la demanda internacional impulsada
por China e India. En ese escenario, las retenciones se imponían por motivos de
política de precios, de ingresos y fiscal. Los precios internos no podían seguir
el ritmo de los internacionales sin graves consecuencias para el ingreso amplias
franjas de argentinos. Además, el fisco nacional, podía hacerse de
impresionantes recursos embolsando una parte de la renta del agro. Las
retenciones se imponían. Y han existido en diversas ocasiones en la historia
económica argentina, principalmente para compensar los efectos de las
devaluaciones y su influencia en el nivel de precios de los alimentos en el
mercado local. Ahora bien, ¿significa esto que las retenciones pueden ser de
cualquier nivel, que pueden aumentarse hasta el infinito sin queja alguna por
parte de los afectados? Hasta el 35%, el campo se quejó pero no cortó las rutas,
fue a partir del último aumento que decidió tomar medidas de fuerza.
· Sería absurdo pensar que las retenciones no redistribuyen ingresos cuando son
del 35% y sí lo hacen cuando son aumentadas al 44%. A sabiendas, el argumento
del gobierno es demagógico y falaz. El gobierno carece de plan económico.
Simplemente ha sido beneficiado por una situación excepcional en el mercado
mundial de alimentos, que no es consecuencia de ninguna medida tomada por el
gobierno. Vivimos una oportunidad histórica para la Argentina, que los Kirchner
están desaprovechando calamitosamente. La incapacidad en el manejo del problema
agrario ha sido tal que en todos estos años el gobierno nacional ha obviado
diferenciar a los grandes productores de los pequeños, ha metido a todos en la
misma bolsa y los ha sometido a un nivel de imposición que a la postre resultó
insostenible y estalló en todo el país.
No es solamente el sistema de retenciones a las exportaciones lo que ha entrado
en crisis. Es todo el desmanejo económico de estos años que, hasta ahora, estaba
disimulado por el torrente de dinero con que la denostada globalización nos
había beneficiado bajo la forma de precios excepcionales para los alimentos. La
situación fiscal excedentaria permitió al gobierno nacional disciplinar y
subordinar a los gobernadores, seducir a muchos opositores y gozar de todos los
beneficios políticos que circundan la abundancia, incluso la capacidad de
corromper. Los laureles obtenidos por una favorable y · excepcional
configuración de astros era adjudicada, sin pudores, a la excelencia del “modelo
productivo”. Ahora bien, la piedra angular del “modelo productivo” es el tipo de
cambio alto, que ya ha sido devorado por la inflación. Los industriales han
comenzado a reclamar una mejora en el precio del dólar, es decir, una nueva
devaluación. Sin embargo, el dólar apenas puede ser sostenido en su elevado
sitial actual merced a la intervención compradora del BCRA. Una nueva
devaluación sería catastrófica para las expectativas inflacionarias y para el
equilibrio financiero. Pero, por otra parte, al no compensar la creciente
inflación con una devaluación, el “modelo productivo”, que tiene en el tipo de
cambio subvaluado su sostén más importante, se va enterrando día a día sin
remedio.
· La crisis del agro no es, pues, un rayo en cielo sereno. Con el paro agrario
también parece haber caducado un estilo de gobierno que prescinde de la
conciliación, del debate, de la negociación. Ya nada volverá a ser como antes
del 11 de marzo. Varios gobernadores han mostrado sus desencuentros con el
gobierno nacional, algunos aliados ya comienzan a apartarse y cierta prensa
importante que hasta ayer apoyaba ahora empieza a mostrar indiferencia y
resistencia a un alineamiento mecánico con el gobierno. Pero no hay que
engañarse: no es la oligarquía que lucha por derrocar a un gobierno nacional y
popular, como predican los Kirchner y Página 12. El lugar de Anchorena, símbolo
de la Sociedad Rural Argentina, ahora lo ocupa De Ángelis, un arrendatario
entrerriano afiliado a la Federación Agraria Argentina. Todo empezó con los
chacareros que procuraban un reposicionamiento político acorde con su
importancia económica creciente pero la torpeza del gobierno ha generado
solidaridades impensadas. La política argentina se ha revitalizado. Las cartas
se están repartiendo nuevamente. Empieza una nueva etapa.
Daniel V. González
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