Lunes 26 de Mayo de 2008

Anotaciones sobre los cambios en el agro argentino (de Anchorena a Grobocopatel y De Ángelis)



Córdoba, abril de 2008.

· ¿Cuál es el significado de la reciente huelga de productores agropecuarios? ¿Por qué en 400 ó 500 puntos del país, miles de hombres y mujeres manifestaron su descontento cortando rutas y mostrándose indignados por su situación? ¿Qué reclamaban? ¿Se trata de una súbita oleada de nostálgicos de Videla, como se apresuró a decir el gobierno? Trataremos de aportar algunos elementos para el debate.
· El campo argentino ha tenido una presencia central en la economía nacional. El paradigma del nacionalismo económico en la posguerra se fundaba en la denuncia y condena del parasitismo oligárquico. A la improductividad del sector rural argentino, liderado por la oligarquía, se le adjudicaba el despilfarro de la renta agraria diferencial, y con ella el desperdicio de las posibilidades de industrialización del país. Los textos de ese tiempo, que educaron a nuestra generación, la que hoy gobierna el país, nos enseñaron que nuestro retraso en acceder a la industrialización provenía del país fundado en Caseros, que había tenido su impulso decisivo con la incorporación de Argentina al mercado mundial en la división internacional del trabajo como proveedor de alimentos, hacia fines del siglo XIX. La colonia próspera había eclosionado con la crisis de 1929 y el pacto Roca-Runciman había sido la aceptación humillante de nuestra condición agraria y de nuestra subordinación económica como “joya de la corona de Su Majestad”, al imperio británico.
· Con la Revolución del 4 de junio de 1943, comienza en el país una auténtica estrategia de desarrollo industrial, impulsada desde el estado, que se funda en la expropiación de una parte de la renta agraria que es volcada hacia el sector urbano de la economía mediante diversos mecanismos (monopolio del comercio exterior, tipos de cambio diferenciales, etc.). En tal sentido, podría decirse que desde su fundación el peronismo nace enfrentado al campo, especialmente a su sector más concentrado.
¿Por qué no fuimos como Australia, Canadá o Nueva Zelanda? Porque en el caso de la Argentina, decíamos, la renta agraria se despilfarraba mientras que esos países estaba sometida al rigor de la acumulación capitalista a manos de una burguesía agraria que reinvertía una parte de sus ganancias y, de ese modo, cumplía el · ciclo de “reproducción ampliada”, eje de la acumulación capitalista según rezaban los textos sagrados de vasto consumo en esa época.
· El estancamiento de la producción agraria estaba en el centro de los reproches que se hacían al campo. Se decía que los grandes latifundistas no respondían a los estímulos capitalistas (sistema de precios) y que la oferta agropecuaria tenía un grado de rigidez que la transformaba, incluso, en uno de los pilares estructurales de la inflación. El economista Aldo Ferrer, por ejemplo, escribió que “En cuanto a los grandes propietarios territoriales, su comportamiento parece no estar regulado por las normas habituales de conducta del empresario en el sistema capitalista”. Ferrer adjudicaba este comportamiento al régimen de tenencia de la tierra y propiciaba una “reforma agraria”, una bandera clásica que la izquierda ha promovido para el agro pero que en la Argentina, dada su particular configuración agraria, jamás ha tenido viabilidad política ni económica.
· Según los enfoques de la época, la conducta de los grandes terratenientes condenaba al agro argentino a bajos niveles de producción y productividad. “Un campo puede estar insuficientemente trabajado pese a lo cual puede proporcionar un monto suficiente de ingresos al propietario como para permitirle un alto nivel de consumo. El logro de un rendimiento suficiente como para mantener estos niveles de consumo (antes que la obtención de los máximos beneficios posibles de la explotación rural) parece ser, en efecto, la norma del comportamiento de numerosos grandes propietarios territoriales”, decía Ferrer en las primeras ediciones de La Economía Argentina.
· En la renta agraria, sin embargo, radicaba la gran oportunidad para la industrialización argentina. Debíamos dejar de ser un país puramente agrario para transformarnos en un país donde el desarrollo industrial nos permitiera el ingreso al mundo moderno. Ya hacia fines de la década de los cuarenta comienza la prédica de Raúl Prebisch en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina, de las Naciones Unidas) a favor de la industrialización, advirtiéndonos acerca del “deterioro de los términos del intercambio”, esto es la necesidad de entregar cada vez más materias primas por cada vez menos productos industriales. Lo agrario estaba identificado con el atraso (“la primera ola”, según Alvin Toffler) y era la industria la puerta segura hacia el mundo capitalista moderno y desarrollado.
También la adhesión a diversas corrientes económicas separaban al agro de la industria. Los ruralistas, excepto por momentos la Federación Agraria, siempre se mostraban partidarios del libre comercio; adherían a las corrientes liberales del pensamiento económico. La industria, como es lógico, siempre prefirió las estrategias que contemplaban su particular situación de desvalimiento, su carácter incipiente, su retraso relativo; el proteccionismo arancelario era su veta ideológica.
· Pero la situación actual del agro dista de ser la de mediados del siglo pasado, en tiempos del primer peronismo. Lo único que ha permanecido inalterable en el tiempo es, probablemente, el esquema ideológico de esa época: una nación que procuraba industrializarse a partir de la renta agraria y el “viejo país” que se resistía a abandonar sus privilegios fundados en el parasitismo, la improductividad agraria y el congelamiento de la producción agropecuaria. La nueva Argentina encontraba un obstáculo en la supervivencia de una clase social improductiva que iba a contramarcha de la rueda de la Historia. Una parte de nuestra generación repite los argumentos de aquellos años sin percibir que la realidad ha cambiado sustancialmente y que, en consecuencia, debemos repensar nuestros puntos de vista para adecuarlos a la nueva situación. Claro que la adhesión repetitiva del anterior esquema ideológico resulta sumamente confortable y seguro: está amparado por los viejos textos, varias veces reeditados, y contaron con la aprobación de los viejos, queridos y admirados maestros. Siempre resulta incómodo y resbaladizo repensar algunas de las verdades que veníamos repitiendo por décadas. Y siempre resulta más sencillo mutilar la realidad para hacerla caber en nuestros probados y sólidos esquemas ideológicos del pasado.
Ya en tiempos de la década peronista que culmina en 1955 las cosas habían comenzado a modificarse. El congelamiento de los arrendamientos rurales resuelto por Perón operó en los hechos como una reforma agraria: creó una clase de pequeños y medianos propietarios rurales. Dice un estudioso del tema agrario argentino: “Debido a la congelación de los cánones de arrendamiento, muchos agricultores arrendatarios se capitalizaron suficientemente como para poder convertirse en propietarios mediante la adquisición de la parcela de tierra alquilada. Este tipo de transacción se veía facilitado por el deseo de vender de muchos terratenientes que ofrecían facilidades, fundamentalmente en términos de plazos de pago. Tal voluntad se originaba en la pérdida de la libre disponibilidad de su propiedad ocasionada por la legislación sobre arrendamiento” (Guillermo Flichman. Notas sobre el desarrollo agropecuario en la región pampeana argentina o por qué Pergamino no es Iowa). En el mismo trabajo, Flichman agrega: “Fue la política agropecuaria peronista la que, aparentemente sin proponérselo, creó una clase de ‘farmers’ en la pampa húmeda. Pero éste fue un proceso largo y costoso. No fue un resultado planeado. En consecuencia, se hizo necesario un largo ‘período de ajuste’ para que se pudiera reencauzar la actividad agropecuaria en la nueva situación”.
· En otra de sus obras (La renta del suelo y el desarrollo agrario argentino, 1977) Flichman refuerza la descripción de este fenómeno de distribución de la tierra durante los gobiernos de Perón: “Después de muchos años de arrendamientos congelados, cuando el gobierno militar que derrocó al peronismo ‘devuelve la normalidad al campo’, ya nada podía volver a ser exactamente igual que antes. Había una fuerte porción de chacareros ricos, que de arrendatarios se convirtieron en nuevos propietarios aprovechando las facilidades que para comprar campos les dieron nuevas disposiciones legales”.
· Existe un trabajo más reciente en el cual Osvaldo Barsky y Alfredo Pucciarelli señalan algunos aspectos interesantes de la evolución de las explotaciones de la Pampa Húmeda argentina. Allí los autores toman distancia de lo que denominan “la visión tradicional de la estructura social agraria de la región pampeana”. Dicen de este enfoque: “aunque muchos de sus juicios carecen de una adecuada fundamentación empírica, esta imagen, fuertemente impresionista, ubicada más lejos de la verdad que de la verosimilitud, ha ejercido una gran influencia en la definición de los términos del debate académico, de la confrontación ideológico-política, y aún de la formación del sentido común de las décadas posteriores y, en algunos aspectos, de la actualidad” (Cambios en el tamaño y el régimen de tenencia de las explotaciones agropecuarias pampeanas, 1991, en El desarrollo agropecuario pampeano. Editado por el INTA).
· Entre las principales conclusiones de los autores, se cuentan las siguientes: A) “En relación a la problemática de la subdivisión de las grandes unidades territoriales, los datos disponibles muestran entre 1914 y 1969 un intenso proceso de subdivisión de las unidades territoriales, creciendo mucho el número de unidades y poco la superficie ocupada. Las unidades de más de 5.000 has. Perdieron en este período el 35% de su superficie, pasando de representar el 34% de la superficie total a ser ahora el 19%”. B) “En cuanto al proceso de desconcentración de la propiedad territorial, los datos catastrales de la Provincia de Buenos Aires permiten apreciar que entre 1923 y 1980 las unidades de más de 2.500 has. perdieron el 67% de la superficie, dato rotundo sobre lo importante que ha sido la alteración de la propiedad de la tierra”.
Respecto del sistema de grandes propietarios, los autores señalan: “…la importante fuente de poder económico y social de la cúspide agraria pampeana originada en un gran control territorial ha sido irreversiblemente afectada por un decisivo proceso de desconcentración, que ha generado una estructura agraria compleja y diversificada…”
· Si consideramos las provincias pampeanas (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y La Pampa), los censos agropecuarios más recientes revelan una concentración en la explotación rural. En la comparación entre 2002 y 1988, surge que las explotaciones de más de 1.000 Ha. aumentaron su superficie en 3,7 millones de ha. entre un relevamiento y otro. Esa superficie, obviamente, ha sido cedida por las explotaciones menores a 1.000 has., lo cual significa un cambio en el 5,4% del total de tierras explotadas en esas provincias. Esta concentración en la superficie de las unidades productivas, sin embargo, va a tono con la dinámica de los cambios introducidos en la modalidad de explotación: revelan la búsqueda de economías de escala y también la existencia de los “pools de siembra”. La característica de los relevamientos censales, no permiten sacar ninguna conclusión acerca de la propiedad de la tierra y sus modificaciones entre un censo y otro.
La incorporación de tecnología ha sido una constante en el agro durante los últimos 40 años. Muy lejos de la imagen del oligarca clásico que apenas abandonaba un puñado de vacas a la vocación reproductiva de un par de toros, en medio de un pastizal concedido por Natura, la nueva burguesía agraria no ha cesado de tecnificar sus explotaciones a partir de los años sesenta. Un rápido resumen de estas décadas nos indican que la incorporación masiva del tractor y la maquinaria agrícola comenzó hacia los 60 y no ha cesado hasta ahora, con tecnología cada vez más avanzada que desplaza – como es lógico- importantes contingentes de mano de obra rural a la par que reduce los costos agrícolas en forma notable. La alta tecnología no sólo ha sido incorporada por el gran productor cerealero sino también por los medianos y pequeños mediante el sistema de contrataciones (por ejemplo, en el caso de las cosechadoras, cuyo uso se justifica solamente en una extensión apreciable). Hacia los 70 se incorporan las semillas mejoradas, que permiten aumentar los rindes por hectárea en forma notable. En los noventa, pese a la disconformidad de los productores con el tipo de cambio, continuó en franco ascenso el aumento de los rendimientos por hectárea debidos a la incorporación de tecnología. De esta época proviene la difusión masiva de la siembra directa y la extensión de la amplia incorporación de ingenieros agrónomos y técnicos especializados en la gestión empresaria, que contribuyen notablemente a la consolidación de la expansión de la producción. La mentada “improductividad” del agro argentino es cosa del pasado. Si era todavía un tema a considerar durante la tercera presidencia de Perón, ya ha dejado de serlo, sepultado por las toneladas de cereales y oleaginosas producidas por el campo argentino. En setiembre de 1973 fue sancionada la Ley 20.538 sobre la Renta Normal Potencial de la Tierra. El objetivo era gravar con un monto fijo, independiente de su producción efectiva, cada unidad productiva rural. De este modo se desalentaría la existencia de tierra improductiva. Ya no es éste un problema que permanezca hoy vigente en el sector agrario.
· Ha habido, especialmente en el agro, otros cambios importantes: el vuelco hacia la soja es uno de los más notables. El otro es la explotación agraria mediante la modalidad de “pool de siembra”. Ya no es Anchorena el símbolo de protagonismo del agro argentino: ahora es Grobocopatel. La nueva modalidad operativa consiste en el arriendo de grandes superficies de campo, no necesariamente vecinas o contiguas (se habla de un total de 180.000 ha. para esta campaña de cosecha gruesa), que son explotadas por un grupo de profesionales, técnicos y empresarios con alta tecnología y elevado nivel de conocimiento del rubro. El grupo Los Grobo, por ejemplo, es propietario de una mínima parte de la tierra que explota (alrededor del 10%), la mayor parte es arrendada a los propietarios en las condiciones de plaza.
· Circunscribir el reciente estallido del agro a una rebelión de “los sojeros” es una simplificación grosera distante de la realidad. Cierto es que el detonante fue el aumento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias (para la soja, del 35 al 44%) y la instalación del sistema de retenciones móviles pero el agro venía acumulando reclamos desde hacía varios años, especialmente en los sectores de la lechería y la ganadería vacuna. Los grandes impulsores de los cortes de ruta eran los productores medianos y pequeños, a los que se sumaron, fuera de la Pampa Húmeda, agricultores totalmente ajenos al circuito sojero, en el Chaco, en Tucumán, en Mendoza y otras provincias con producciones regionales distintas de los cereales y oleaginosas más cotizadas en el mercado mundial.
Cuatrocientos cortes de rutas simultáneos en el país habla de una rebelión generalizada que no puede ser adjudicada a una conspiración política, ni a reminiscencias procesistas, ni a la oligarquía vacuna, antiguo y mítico enemigo del peronismo. Conforme a su estilo, el gobierno reaccionó acusando de golpistas a los disconformes y adjudicándoles toda la responsabilidad de la ausencia de equidad en la distribución del ingreso, problema que la política económica vigente no ha hecho más que profundizar. Los argumentos del gobierno, repetidos como loros por el coro de · setentistas abrazados a las consignas de la posguerra, consistieron en acusar a los chacareros de rechazar cualquier tipo de retenciones al agro y, en consecuencia, oponerse a una mejor distribución del ingreso nacional.
· Es cierto que el agro ha recibido en los últimos 5 años el beneficio de una devaluación del 200% más el aumento de los precios internacionales de los commodities que produce, debido al aumento de la demanda internacional impulsada por China e India. En ese escenario, las retenciones se imponían por motivos de política de precios, de ingresos y fiscal. Los precios internos no podían seguir el ritmo de los internacionales sin graves consecuencias para el ingreso amplias franjas de argentinos. Además, el fisco nacional, podía hacerse de impresionantes recursos embolsando una parte de la renta del agro. Las retenciones se imponían. Y han existido en diversas ocasiones en la historia económica argentina, principalmente para compensar los efectos de las devaluaciones y su influencia en el nivel de precios de los alimentos en el mercado local. Ahora bien, ¿significa esto que las retenciones pueden ser de cualquier nivel, que pueden aumentarse hasta el infinito sin queja alguna por parte de los afectados? Hasta el 35%, el campo se quejó pero no cortó las rutas, fue a partir del último aumento que decidió tomar medidas de fuerza.
· Sería absurdo pensar que las retenciones no redistribuyen ingresos cuando son del 35% y sí lo hacen cuando son aumentadas al 44%. A sabiendas, el argumento del gobierno es demagógico y falaz. El gobierno carece de plan económico. Simplemente ha sido beneficiado por una situación excepcional en el mercado mundial de alimentos, que no es consecuencia de ninguna medida tomada por el gobierno. Vivimos una oportunidad histórica para la Argentina, que los Kirchner están desaprovechando calamitosamente. La incapacidad en el manejo del problema agrario ha sido tal que en todos estos años el gobierno nacional ha obviado diferenciar a los grandes productores de los pequeños, ha metido a todos en la misma bolsa y los ha sometido a un nivel de imposición que a la postre resultó insostenible y estalló en todo el país.
No es solamente el sistema de retenciones a las exportaciones lo que ha entrado en crisis. Es todo el desmanejo económico de estos años que, hasta ahora, estaba disimulado por el torrente de dinero con que la denostada globalización nos había beneficiado bajo la forma de precios excepcionales para los alimentos. La situación fiscal excedentaria permitió al gobierno nacional disciplinar y subordinar a los gobernadores, seducir a muchos opositores y gozar de todos los beneficios políticos que circundan la abundancia, incluso la capacidad de corromper. Los laureles obtenidos por una favorable y · excepcional configuración de astros era adjudicada, sin pudores, a la excelencia del “modelo productivo”. Ahora bien, la piedra angular del “modelo productivo” es el tipo de cambio alto, que ya ha sido devorado por la inflación. Los industriales han comenzado a reclamar una mejora en el precio del dólar, es decir, una nueva devaluación. Sin embargo, el dólar apenas puede ser sostenido en su elevado sitial actual merced a la intervención compradora del BCRA. Una nueva devaluación sería catastrófica para las expectativas inflacionarias y para el equilibrio financiero. Pero, por otra parte, al no compensar la creciente inflación con una devaluación, el “modelo productivo”, que tiene en el tipo de cambio subvaluado su sostén más importante, se va enterrando día a día sin remedio.
· La crisis del agro no es, pues, un rayo en cielo sereno. Con el paro agrario también parece haber caducado un estilo de gobierno que prescinde de la conciliación, del debate, de la negociación. Ya nada volverá a ser como antes del 11 de marzo. Varios gobernadores han mostrado sus desencuentros con el gobierno nacional, algunos aliados ya comienzan a apartarse y cierta prensa importante que hasta ayer apoyaba ahora empieza a mostrar indiferencia y resistencia a un alineamiento mecánico con el gobierno. Pero no hay que engañarse: no es la oligarquía que lucha por derrocar a un gobierno nacional y popular, como predican los Kirchner y Página 12. El lugar de Anchorena, símbolo de la Sociedad Rural Argentina, ahora lo ocupa De Ángelis, un arrendatario entrerriano afiliado a la Federación Agraria Argentina. Todo empezó con los chacareros que procuraban un reposicionamiento político acorde con su importancia económica creciente pero la torpeza del gobierno ha generado solidaridades impensadas. La política argentina se ha revitalizado. Las cartas se están repartiendo nuevamente. Empieza una nueva etapa.

 


Daniel V. González

 

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