Viernes 13 de Junio de 2008

Antirretenciones:
de Túpac Amaru a Alfredo De Angeli


 

La historia mundial presenta variados casos de revueltas populares contra aumentos de impuestos y también permite evaluar las consecuencias de esas revueltas, tanto sobre los revolucionarios como sobre los gobiernos de cada época.
El caso sudamericano más conocido es la revuelta iniciada por Túpac Amaru. El gobierno imperial español, acosado por el aumento de sus gastos -en particular, los gastos militares-, intentó hacia fines del siglo XVIII aumentar la recaudación elevando sensiblemente varios impuestos.
Uno de ellos fue la alcabala, un gravamen sobre las ventas, que duplicó su presión, tanto por el aumento en la base impositiva como por la alícuota pagada. Otra carga que había aumentado en aquella época había sido el tributo, una contribución per cápita que pagaban las comunidades indígenas y que debía ser recolectada por los caciques. Por nuevos censos, que aumentaban el número de los tributarios, y por aumentos en los valores, también se duplicó su peso en la década de 1780.
No es sorprendente que el líder de la revuelta, Túpac Amaru, fuera un cacique y comerciante de mulas regional al que impactó, en especial, el incremento del impuesto que afectaba a las transacciones económicas.
La Gran Revuelta, que fue finalmente derrotada por el gobierno colonial español, tuvo un carácter muy sangriento: según algunas estimaciones, causó 100.000 muertos, la inmensa mayoría, indígenas.
Después de su victoria, el gobierno español decidió que las alícuotas pagadas por la alcabala volvieran a los niveles iniciales, por lo cual tuvo una notable caída en la recaudación. Esta revuelta ha sido considerada uno de los antecedentes de los procesos de independencia americana.
La revolución de las colonias americanas contra Gran Bretaña también tuvo un origen fiscal, similar al de la América española. Gran Bretaña deseaba que sus colonias contribuyeran a cubrir los crecientes gastos atlánticos de defensa, y por ello incrementó sin consulta muchos gravámenes o aranceles sobre una variedad de productos, como el azúcar, la pimienta, el papel, la pintura, el vidrio y el estampillado, que pasaban a pagar todos los impresos, entre ellos los periódicos, los panfletos y los naipes.
El final de la revuelta es bien conocido. Con un costo humano de 60.000 vidas y un costo económico inmenso, las colonias se independizaron de la metrópoli, que perdió sus territorios y mercados. Adicionalmente, y por muchos años, los Estados Unidos se perjudicaron, al perder el intercambio comercial y la asociación con la mayor potencia económica de la época.
Mucho más recientemente, entre 1989 y 1991, Margaret Thatcher intentó aplicar un impuesto per cápita para financiar los municipios de Gran Bretaña. La medida fue muy impopular, ya que la población consideró que era regresiva y que aumentaba la presión impositiva. Un acto de protesta realizado en Trafalgar Square, en Londres, reunió a 200.000 manifestantes.
Esta resistencia fue uno de los factores que explican la caída de Thatcher, en 1990. Su sucesor, John Major, reemplazó la impopular medida por un sistema alternativo.
Un caso local de revuelta impositiva protagonizado por colonos agrícolas fue estudiado por Ezequiel Gallo. En 1891, las autoridades de la provincia de Santa Fe decidieron establecer un impuesto a las transacciones de trigo y lino realizadas en ese territorio. La nueva carga tributaria, junto con la anulación de derechos políticos comunales para los extranjeros, fue muy impopular. La movilización resultante estuvo muy ligada a la fundación de la Unión Agraria y se transformó en una rebelión armada y un sustento de las revoluciones radicales de julio y de septiembre de 1893. El resultado fue una feroz represión, con varios muertos y cientos de colonos detenidos. Tuvieron que pasar algunos años para que un gobierno provincial decidiera reducir la magnitud del gravamen.
Limitándonos a los casos expuestos, se pueden extraer conclusiones y observar similitudes con el caso argentino actual. Una primera constante es que los gobiernos quedan dañados por este tipo de revueltas populares, como lo muestra en la actualidad la caída en la popularidad de la señora presidenta. La segunda es que los procesos son muy costosos para las sociedades que los sufren. Todas las partes pierden y se perjudican, como lo parece mostrar la desaceleración actual de la economía argentina. Finalmente, parece difícil que los gobiernos que imponen los aumentos impositivos puedan al final mantenerlos, aunque sean vencedores de la puja. La última conclusión: siempre es mejor negociar (para ambas partes) y encontrar una solución que dejar que estos conflictos sigan su incierta y dañina evolución.
El autor es rector del Instituto Universitario Eseade.

Carlos Newland
Diario La Nación

 

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