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Guillermo Moreno suele revelar ante audiencias profanas lo que Néstor Kirchner
comenta en la intimidad a sus apóstoles. El ex presidente emplea ese método de
comunicación para que trascienda lo que él desea que se suponga que piensa.
Intrincado el hombre.
Horas antes del discurso de la señora de Kirchner en el modesto estadio de
Almagro, Moreno vaticinaba un triunfo del gobierno sobre la movilización
campesina iniciada dos meses atrás: "Ya están con la lengua afuera. Los tenemos
doblados".
¿Era eso lo que realmente creía Néstor Kirchner?
El vigor y la extensión del movimiento nacido en el campo no confirmaban, en
rigor, semejante diagnóstico. Las pobladísimas asambleas realizadas en cientos
de pueblos de provincias eran ya apenas el núcleo ostensible de una protesta
que abarcaba mucho más que a productores rurales: en los centros urbanos del
interior, comerciantes, profesionales, trabajadores y estudiantes se
solidarizaban con el movimiento, embanderaban sus domicilios, marchaban por
calles y avenidas, hacían el aguante a la vera de las rutas o acompañaban las
impresionante, kilométricas marchas de maquinaria agrícola.
El ensanchamiento de la base de la movilización fue acompañado rápidamente por
una ampliación de lo que podría llamarse su horizonte programático: la
reivindicación estrictamente sectorial del inicio (retenciones, retiro de los
obstáculos a la exportación, etc.) dio paso a planteos de orden más general,
como el debate sobre el destino de los impuestos que paga el campo y el reclamo
de federalismo fiscal.
Naturalmente, el planteo federal y la índole democrática del movimiento de la
Argentina interior condujeron a reclamar a las autoridades locales (intendentes,
gobernadores) que se comprometieran con sus pueblos y se emanciparan de las
ataduras que les impone la Casa Rosada a cambio de concederles como gracia lo
que previamente succiona de provincias y pueblos a través de las retenciones y
otras piezas del dispositivo centralista. El movimiento agrario se transformaba
en una pueblada del interior.
Los reclamos incluyeron manifestaciones y virtuales tomas de municipios (en
Lincoln, provincia de Buenos Aires o en Crespo, Entre Ríos, por ejemplo) o en
lanzamientos de protestas de carácter fiscal: después de un tractorazo en Viale,
Entre Ríos, se propuso no pagar las tasas municipales en protesta contra el
alineamiento del intendente. "Que le pida la plata al gobernador y que éste le
pida a Kirchner que le devuelva las retenciones. Nosotros ya dimos", proclamaban
los vecinos. Según la prensa de la provincia, esa medida sería copiada en muchas
otras localidades de la campaña entrerriana.
Por otra parte, estaba ya a la vista el deslizamiento de núcleos relevantes del
peronismo al campo gravitatorio de la rebelión provinciana. Jorge Busti en Entre
Ríos, Carlos Reutemann y los cuerpos orgánicos del PJ en Santa Fé, Juan
Schiaretti y José Manuel de la Sota en Córdoba, una porción nada despreciable
del PJ pampeano, decenas de intendentes en distintos puntos del país y muchos
legisladores nacionales y provinciales objetaban la gestión kirchnerista del
conflicto y comenzaban a expresar en vos cada vez más alta que ese manejo no
sólo estaba dañando la gobernabilidad, sino que también se estaba "llevando
puesto al peronismo".
En verdad, una movilización como la que protagonizan el sector agrario y los
pueblos del interior, que abarca casi toda la extensión de la República y que
tiene simpatías evidentes en las grandes urbes, delimita un antes y un después,
demarca –si no a corto, al menos a mediano plazo- nuevas líneas de
reagrupamiento social y, en definitiva, un cuadro de ascensos y descensos, de
ganadores y perdedores.
En el hogar de los Kirchner habitualmente se consumen encuestas de opinión
pública, de modo que los presidentes que allí conviven no ignoran la caída en
picada de la imagen de la señora ni el juicio popular sobre el comportamiento
del pater familiae.
Las consecuencias de esos saberes e impresiones (de las cifras demoscópicas
tanto como de los informes de inteligencia) indujeron a Néstor Kirchner a dar un
paso al costado en el escenario pejotista del acto de Almagro, para entregarle
el protagonismo a su señora esposa, de modo que fuera ella quien pidiera un
armisticio. Hombre complejo, Kirchner produjo una combinación contradictoria y
desconcertante, destinada a disimular su intento de retirada. Lanzó primero a
uno de los comandantes de sus "formaciones especiales", Luis D'Elía, a amenazar
a los agrarios con movilizar millones de piqueteros para combatirlos. Un bluff
de aficionado: si D'Elía cuenta millones de algo, no es precisamente de
seguidores.
Kirchner alentó además discursos duros de los restantes oradores del acto de
Almagro, un compromiso que obedientemente acataron el gobernador del Chaco y un
joven protegido por la Casa Rosada, pero que el experimentado Hugo Moyano
gambeteó como pudo, apelando a lo que recuerda del mensaje de Perón ("A la
Argentina la salvamos entre todos…").
La familia presidencial aplaudía ardorosamente para las cámaras los discursos
duros y el tono alzado de Capitanich, corina de humo para la retirada que se
preparaba a anunciar la señora de Kirchner.
A decir verdad, lo que se le exigía esa tarde a la señora era un verdadero
esfuerzo. Ella no está acostumbrada al registro suave, a las palabras
contemporizadoras. A esa circunstancia debe asignarse la fragilidad conceptual
de su discurso, más insustancial que muchos de los anteriores. En cualquier
caso, todos se notificaron de lo esencial: el tono era un tono de repliegue.
Ese tono, combinado con los aplausos fervientes del matrimonio a las frases
combativas de Capitanich y con las previas amenazas de D'Elía, daba una
resultante rara, un tanto esquizoide: como cantar el Arroz con Leche con la
música de la Marcha de San Lorenzo. Misión cumplida para Néstor Kirchner, que
quería disfrazar la retirada con acordes marciales.
Entre sus adictos más empeñosos, Kirchner se ha hecho fama de ser un táctico
exquisito. Probablemente en base a esa admiración y a los mensajes que dejaba
trascender a través de emisarios como Moreno, el oficialismo alentó la ilusión
de que de inmediato, después de ese complicado uno-dos , izquierda y derecha,
propinado por D'Elía y la Señora, se produciría el abandono del adversario.
Si el gobierno, en la voz de la principal inquilina de la Casa Rosada,
convocaba a dialogar (y, caso contrario, D'Elía amenazaba con sus Hunos), ¿cómo
podría ocurrir otra cosa que la aceptación del convite? Hubo, pues, "pena e
indignación" en el oficialismo cuando el campo pidió, para volver al diálogo, no
un discurso de Cristina Kirchner desde sede partidaria, sino una convocatoria
expresa desde el su rol de presidenta, con una agenda clara que incluya sin
ambigüedades la corrección de las retenciones móviles. Se pide que haya una
palabra oficial, no dos o tres. ¿Es tan raro ese reclamo?
Ocurre que tanto el campo como los amplios sectores de la sociedad que
acompañan la pueblada de la Argentina interior creen ahora muy poco en la
palabra oficial. Esa palabra sufrió efectos más graves que el peso con la
devaluación asimétrica, se ha tornado al menos tan dudosa como las cifras del
INDEC. Y, a decir verdad, no faltan motivos para ello.
Once días atrás, por caso, después de estar reunidos por varias horas con el
Jefe de Gabinete Alberto Fernández, los dirigentes de las entidades del campo
anunciaban una buena nueva: el gobierno había finalmente aceptado discutir las
retenciones móviles impuestas el 11 de marzo, el tema que había disparado la
gran movilización de la Argentina interior. "El Gobierno admitió que las
retenciones son un problema y está dispuesto a modificarlas -relató esa tarde el
titular de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi-. Fue una reunión con algún
nivel de avance, pero con muchas dudas. Lo bueno es que se pudo incluir en la
discusión el tema de las retenciones", añadió.
Tres horas más tarde, Alberto Fernández salió a desmentir a Buzzi. De hecho,
pasó varios días haciéndolo y hasta llegó a decir que los dirigentes agrarios se
habían vuelto locos. Los voceros habituales del gobierno (y cierta prensa
permeable a sus argumentos) imputaron a Buzzi una actitud mendaz y provocativa.
No deja de sorprender que, a partir de que el campo decidió (el jueves 15 de
mayo) mantener su paro y su movilización, el gobierno lo acuse de intolerante e
intransigente y alegue como argumento que las entidades rompieron el diálogo el
6 de mayo pese a que Fernández se manifestó a discutir inclusive las retenciones
móviles. En un mecanismo culpógeno que merecería un tratamiento científico, el
gobierno proyecta sobre el campo su propia intransigencia y convierte en
verdadero lo que hace una semana y media calificó apasionadamente de falso.
La palabra del gobierno se ha envilecido, se desconfía de de esa palabra. En
verdad: se desconfía del gobierno. No lo dicen sólo las encuestas, que en
general registran opiniones pasivas. Lo dice la movilización que se vive en toda
la geografía argentina. Las encuestas indican que 3 de cada 4 argentinos
consideran que el conflicto agrario debe encontrar un fin rápido. De esa opinión
no se deduce –como algunos analistas sugieren- que la opinión pública adhiera en
este asunto a una adaptación de la teoría de los dos demonios, o que esté
reclamando un empate. Está claro que para la opinión pública la responsabilidad
de poner fin al conflicto reside en el gobierno. Es la familia Kirchner la que
debe sincerar el repliegue que inició en el acto de Almagro, dando marcha atrás
con una medida que se ha demostrado nefasta e inconducente. Las conducciones de
las entidades agrarias no pueden sino expresar la opinión de sus bases y la de
los amplios sectores que están, de hecho, liderando. Que lo sigan haciendo, que
no dejen de hacerlo, entraña la preservación de un valor indispensable para la
reconstrucción política e institucional de la Argentina: la confianza en la
representación.
Hay un conflicto duro entre esa representación y el modelo de gobierno
centralista y confiscador que hoy encarna el gobierno; esa tensión no
está determinada por un capricho, sino por circunstancias objetivas. Por eso, no
puede considerarse equilibrada una equidistancia entre ambos criterios, entre
ambos bandos; todo compromiso entre ellos es de vida corta, una mera
postergación de la hora de la verdad. Es preferible hacerse cargo del conflicto
y ponerse del lado que cada uno prefiera.
Jorge Raventos
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