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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Según la
señora Cristina de Kirchner, huésped principal de la Casa Rosada, "el primer
mundo se derrumba como una burbuja". La dama no se luce con las metáforas: esta
es tan imperfecta en su búsqueda del lugar común como decir que "el capitalismo
estalla cual castillo de naipes". Lo interesante de la profecía (o la ilusión)
de la presidente es menos su calidad literaria que lo que revela de su
pensamiento. Ese regodeo en desgracias que considera ajenas (y que sitúa
restrictivamente en Estados Unidos) tiene un aire de familia con aquellas
expresiones de gozo de la señora Hebe de Bonafini en relación con el derrumbe
de las Torres Gemelas.
Las
fantasías ideológicas pueden abrumar las mentes más aún que la humilde
ignorancia. Sólo desde esas nieblas puede llegar a imaginarse que la casita de
uno se mantendrá firme si se caen los rascacielos vecinos. El oficialismo
confunde el aislamiento internacional al que condujo al país con una quimera de
indemnidad nacional ante los problemas del mundo. Por cierto, las cosas no
funcionan así: el llamado "desacople" nos priva de muchas posibilidades que
brinda la globalización (notoriamente: nos aleja de las inversiones que llegan
a raudales a otro países de la región), pero en modo alguno nos libera de las
consecuencias y las dificultades. El avance de la crisis financiera y sus
temidos efectos depresivos hará más arduo aún el acceso al crédito, reducirá la
demanda (y con ella los precios) de nuestros principales productos de
exportación, encogerá los recursos fiscales, impulsará una mayor presión
recaudatoria, achicará la inversión pública y privada y también el consumo.
¿Qué es lo que se festeja, entonces?
La
mentalidad oficial que aquellos dichos revelan es una que no consigue evadirse
de los límites domésticos y observa el mundo en los estrechos términos de
"nosotros y ellos", es decir, sin la dimensión asociativa que Juan Perón
designó como "universalismo". En rigor, la crisis que hoy muestra su epicentro
en los Estados Unidos exhibe cuestiones que reclaman abordajes globales,
universales. Señalaba en estos días un experimentado hombre de Estado como
Felipe González: "La famosa gobernanza (papel ineludible de la política)
permanece en el ámbito de lo local-nacional y de los obsoletos organismos
financieros del pasado, en tanto que los fenómenos económicos y financieros más
relevantes se mueven en el ámbito global sin gobierno alguno". Su diagnóstico
sugiere la necesidad de una política global, capaz de construir nuevos
instrumentos económicos, poner reglas globales y hacerlas cumplir. En el diseño
de esos instrumentos, que cada día lucen más necesarios, participarán aquellos
países y grupos de países dispuestos, por fuerza y convicción, a asumir
responsabilidades globales, preparados a no sentirse ajenos. Dispuestos a
acoplarse, no a desacoplarse.
Las
excepcionales, y sin duda sorprendentes medidas que la Reserva Federal y el
gobierno republicano de los Estados Unidos están adoptando para contener la
formidable crisis financiera que se incubó allí y evitar que esta impulse una
depresión parecen, por el momento, enérgicos palos de ciego, capaces en
principio de comprar tiempo, pero no hay ninguna certeza de que, al fin, sean
aptas para aquel objetivo. En su historia, Estados Unidos soportó muchos
procesos recesivos (algunos bien serios), pero hasta ahora sólo sufrió tres
depresiones económicas, dos en el siglo XIX (1840 y 1870) y una en el XX. La
depresión se produce cuando un proceso recesivo es acompañado por un colapso del
sistema financiero que hace caer fuertemente la demanda durante un período de
varios años. La economía estadounidense representa un tercio largo de la
economía mundial: es obvio que los efectos de su crisis se extienden
globalmente.
En
términos domésticos, en tanto, lo que se observa es que el gobierno dedica sus
mayores esfuerzos a poner orden en su gallinero, con éxito cambiante. El jefe
de gabinete, Sergio Mazza, y el secretario de Transporte, Ricardo Jaime,
mantienen un pulso en torno a la concreción del tren bala. Mazza llegó a su
puesto con el halo de un renovador moderado; muchos quisieron verlo como
encarnación del "cambio" que la señora de Kirchner había prometido en su
campaña electoral. Con esa carga sobre los hombros (y un capital político a
cuidar) hasta ahora no pudo entregar mucho más que té y simpatía: no consiguió
apartar a Guillermo Moreno de la Secretaría de Comercio ni de su influencia
sobre el INDEC, aunque al menos logró apartarlo de los escenarios. Ahora
presentó un proyecto de presupuesto que no prevé partidas destinadas al tren
bala que impulsan Jaime y el ministro Julio De Vido. Mazza hubiera querido que
se instalara la idea de que esa ausencia numérica era equivalente al olvido del
proyecto, pero Jaime se encargó de decir que el tren sigue en marcha. Y la
embajada francesa se ocupó de reforzar la postura de ambos funcionarios.
El gobierno terminó asignando a la
crisis financiera internacional y, en particular, a la situación que atraviesa
el Banco francés Natixis, agente financiero de la operación, la prudencia con la
que ha decidido avanzar en el proyecto.
Mazza no está contento con los resultados que va obteniendo en su
función a cargo del gabinete; observa su papel como reemplazante de Alberto
Fernández es muy acotado: él no ha conseguido la silla que Fernández tenía en
el círculo pequeño de los que toman las decisiones y esa constatación lo hace
meditar muy seguido en la posibilidad de volver a su cargo de intendente de
Tigre, en el que mantiene una licencia.
En otro terreno, una cámara judicial consiguió lo que la ministra
de Defensa no lograba pese a sus denodados esfuerzos: forzar el retiro del jefe
de Ejército, Roberto Bendini. Nilda Garré venía vaciando de mandos a la fuerza,
puenteando a Bendini, con quien sobrellevaba diferencias y tensiones. Bendini,
con el respaldo de la llamada pingüinera (Julio De Vido, y tras él, Néstor
Kirchner), resistía a Garré, pero no podía evitar los bombardeos de la
ministra, que lo desgastaban más de lo que él había conseguido esmerilarse solo.
Hace años –desde antes de que Néstor Kirchner fuera presidente- que pesaba sobre
él una denuncia sobre manejo irregular de fondos del arma. El gobierno lo
protegió y lo mantuvo en el cargo pese a un procesamiento del que emergió
sobreseído en primera instancia . Ahora, con una revisión de esa medida en
segunda instancia y con decenas de subordinados golpeados y apartados de sus
cargos por investigaciones de mucho menor envergadura, Bendini cayó. Pero,
siguiendo el viejo lema peronista que reza: "el que saca, no pone", Garré tuvo
que soportar que Bendini y sus protectores de la cúpula gubernamental definieran
al sucesor: el general de división Luis Pozzi. Habrá que ver como siguen las
hostilidades de ahora en más.
La derrota ante el campo determinó el deterioro del sistema de
poder kirchnerista. Ese deterioro se observa en las grandes dificultades que
tiene para mantener la disciplina en sus filas, la creciente incoherencia entre
discursos y hechos, y la acumulación y divulgación de cuestiones que en los
buenos tiempos el gobierno conseguía sin dificultad barrer bajo la alfombra.
Queda sin mencionar, claro, el tema de la valija de Antonini
Wilson. La semana próxima, cuando la señora de Kirchner se encuentre en Nueva
York, en un juzgado de Miami, el hombre del maletín estará haciendo su
deposición ante el tribunal. Allí dirá de quién era la valija con los 800.000
dólares y a quién estaba destinada.
Ya no se puede barrer bajo la alfombra.
Jorge Raventos
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