Hace unos meses se
publicó en la revista "La intemperie" de Córdoba, una carta
abierta
del
filósofo
Oscar
del
Barco, en la que
se mostraba compungido por sus actos y posiciones políticas en
la década
del
70, y pedía a los intelectuales de su generación una reflexión
sobre las relaciones entre la violencia y la política. Su
pensamiento no vacila en definir asesinato a todos los actos que
en nombre de la revolución, la justicia y la igualdad, se cobran
la vida de las personas. Señala que en la actualidad la actitud
de la izquierda respecto de lo que sucedió en el 70 es
incompleta y falsa, porque pide el juicio de los criminales
del
Estado y evita pensar sobre las acciones de la guerrilla y las
víctimas que dejó en campo enemigo a las que sumó el
del
propio por irresponsabilidad, ejecuciones, transas macabras,
etcétera.
Desde aquel momento las palabras de
Del
Barco dieron
lugar a una polémica que apenas se difundió (ver
www.elinterpretador.net- Nº 15 junio 2005) hubo algunas
menciones y alusiones, cartas personales, y un férreo intento
para no involucrar a intelectuales no pertenecientes a la
izquierda. Debía quedar en familia, familia siniestra pero
familia al fin.
La reacción en general, con la salvedad de muy pocos, fue de
condena. La saña de algunos refleja el odio que los habita. En
otros no se ofrece nada mejor, expresan frivolidad y cobardía.
Algunos dicen que sin una remisión al contexto histórico de los
70 es imposible juzgar lo que sucedió en aquellos años. Otros se
esconden en el silencio para no favorecer a la derecha, aunque
es fácil verlos retirarse detrás de su mascarada progresista con
el único fin de no quedar mal ante la pequeña cofradía que los
ampara. Una forma deleznable
del
negocio moral.
Hay quienes consideran que
Del
Barco es un
pelafustán. En este último sentido vale la pena tomarse el
trabajo de leer los artículos de la revista de psicoanálisis
"Conjetural" para ver el espectáculo que dan los
lacanostalinistas cuando atacan la posición de
Del
Barco. No se
trata de seguirlos en su defensa de la lucha armada y la
necesidad de la guerra en ciertas ocasiones históricas, ni vale
la pena seguirlos en sus referencias a la historia de la lucha
de clases mundial, en realidad, no importa qué posición política
tienen porque sólo vierten su decadencia moral.
Hacen lo mismo que los intelectuales hitlerianos en la década
del
treinta cuando usaban la ontología griega, la mitología germana,
y la filosofía nietzscheana, para barnizar el genocidio. Aunque
no son skin heads
del
nuevo milenio, sino intelectuales argentinos
del
pasado que han usado las palabras para incitar la muerte de
otros a cambio de prestigios morales y ventajas económicas.
Estos intelectuales se relamen en su Lacan de topologías, en sus
discurso elíptico hipererudito para humillar. Son los grandes
pretendientes a la humillación de los lectores. Como lo que
dicen en su tropezada prosa apenas se entiende porque el envés y
el revés de la trama obliga a una lectura sintomática y a
reculones, el lector cuando logra descifrar algo se le cae otro
trozo, con lo que supone que siempre algo le falta o perdió
algo, que el otro tiene algo valioso casi intransmisible y se
convierte así en un deudor infinito de un histérico de salón.
Este tipo de intelectual burgués que lucra durante décadas con
grupos de estudio y desdichados pacientes con la publicidad de
poseer la cifra de un saber secreto, hace
del
psicoanálisis y
del
saber un instrumento
del
goce, de gozarlo al otro. Se ponen en una actitud de sabihondos,
citan para atrás y para adelante, usan la palabra Teoría como un
sopapo bien dado, y justifican la lucha armada y las muertes con
la habitual seguridad de los tribunales de la Inquisición.
Lo que dice
Oscar
del
Barco es que la
lucha armada de los 70 fue una locura homicida. Y no se trata de
apelar a supuestos análisis de la historia y
del
contexto social y político. Para quien no formó parte de la
militarización de la sociedad, el contexto histórico de la
vuelta de Perón con López Rega e Isabel, era el fin de la
proscripción, el inicio de una necesaria recomposición
del
dispositivo institucional de una república que debía inventarse
casi desde cero, la puesta en marcha de una población -que no
era anticapitalista ni pro castrista ni maoísta salvo en los
sueños y delirios de la vanguardias iluminadas- hacia nuevas
formas de democracia republicana. Ese contexto requería una
estrategia de largo plazo, prudencia, alianza de clases,
compartir el poder, mejorar gradualmente el sistema de
distribución de las riquezas, no mandar el acelerador al fondo,
sobre todo si lo que se pretende no es un Estado policial con
buchones en cada esquina y el aislamiento y derrota de los
siniestros criminales de anteojos ahumados y Falcon verdes. Esto
no es lucidez recurrente, es más que sentido común, es política
democrática.
Los que optaron por la guerra no lo hicieron por contexto
histórico, sino por lavado de cerebro y por difundir ideologías
de la muerte. Eso es lo que inquieta a
Del
Barco, el haber
sido responsable de adoctrinar a jóvenes que no tenían
salvación. El también tuvo que ir al exilio, padeció lo que
sufrieron otros intelectuales que debieron irse, amigos suyos
perdieron a sus hijos -algunos de ellos son de los pocos que
defendieron su escrito y se consustanciaron con su actitud- pero
no se siente víctima sino responsable de lo acaecido.
No es por una persecutoria teoría de los dos demonios que se
dicen estas cosas porque hay uno solo, siamés con dos cabezas,
que ha destruido a nuestro país. Las palabras de
Del
Barco no importan
por su referencia al pasado. Como toda situación política en
momentos de crisis, múltiples factores han intervenido en
aquella tragedia. Le habla al presente porque considera que nada
tiene que conservar como trofeo en su vida de intelectual
comprometido. Siente vergüenza. La intensidad de la misma no la
sabemos ni creo que importa la factura de su sinceridad. Se
expone al decir lo que dice en voz alta y hace circular la bilis
que exudan portavoces y hacedores de una faceta de la cultura
argentina. Estos últimos no son gente con poder pero sí con
autoridad, les provenga de Lacan, de frases escogidas de Walter
Benjamin, de la epistemología neoestructural, de los homenajes a
Rodolfo Walsh, de las genuflexiones al Che, o de cualesquiera de
los pergaminos que se subastan en el mercado de las
frivolidades.
Es bueno que al menos uno de nuestros intelectuales de izquierda
haya ventilado el gabinete sofocante que han destilado ciertos
personajes que impiden evocar de otro modo aquel dolor.
Tomás Abraham en La Capital de Rosario