Domingo 03 de Abril de 2005

"Carta de Jorge Asís a su tío Plinio..."


Tío Plinio querido:


Nuestro Presidente está capitalizado transitoriamente por la impunidad
conceptual. Trátase de un hombre de grandes desconocimientos intelectuales.
Muy rico, sobre todo, en profundas carencias. Con decirle, tío Plinio
querido, que con todo lo que El Impune ignora suelen construirse las más
monumentales bibliotecas. Y con la sumatoria de todos los atributos
estratégicos que le faltan puede conformarse aún un auténtico estadista.
Sin embargo, El Impune no tiene ninguna obligación de abstenerse de caer en
sus habituales raptos de saludable precariedad ideológica. Por lo tanto es
perfectamente legítimo que se dedique a pregonar la diplomacia ofensiva del
arrebato, desde algún escenario festivo y en sigilosa obtención de
aprobaciones explicables sólo por los brotes de colectiva necedad.
El ataque verbal a Berlusconi, es decir a Italia, tío Plinio querido, puede
justificarse apenas a partir de la idea del desequilibrio que impregnó los
contenidos del raciocinio. Trátase de un desborde elemental, que se sitúa en
la proximidad del desvarío y podría curarse, incluso, con la homeopatía.
Si descendemos, con cierto rigor, a la ordinariez de tomar en serio sus
manifestaciones, de inmediato podremos percibir, en su reciente muestra de
argumentación precoz, una contradicción sustancial. Porque El Impune les
niega a los italianos el atributo que simultáneamente les reprocha. Es
decir, al afirmar que no es "su gobierno el responsable de la venta de los
bonos, sino los malos gobiernos anteriores", El Impune rechaza el concepto
de continuidad jurídica del Estado que improvisadamente representa. Y sin
embargo, con la certeza de la impunidad, no vacila en reprochar a los mismos
italianos, con el viejo argumento xenófobo de barrio bajo, de pasarles la
factura social por haberlos recibido antiguamente con los brazos abiertos.
En su bartolera oralidad, El Impune se desprende del concepto de continuidad
jurídica para reclamar reciprocidades serviciales, por derivaciones de una
deuda eterna contraída por continuidad histórica.
Casi peor, tío Plinio querido, y grotescamente vulnerable, es la manera de
justificar la mala educación que se desprende del defecto de su
impuntualidad.
Aquí, El Impune recurre a la obviedad de sus múltiples ocupaciones. Si llega
tarde - proclama, con impunidad - es porque trabaja mucho. Desde Oscar Wilde
o Kipling hasta aquí, tío querido, la impuntualidad consiste en el
sentimiento que legitima la devaluación descalificatoria del tiempo del
otro. Si El Impune justifica sus tardanzas por sus cuantiosas ocupaciones
importantes, significa que, quien lo espera, es una víctima menos
importante, que debe aguardar movilizado por un asunto siempre menos
significativo que las ocupaciones del impuntual.
Una manera violentamente inculta de demostrar que el tiempo del otro es
digno de ser desperdiciado, así se trate de la señora Fiorina, de Putin, de
Buteflika, del casi familiar rey de España, de los cercanos Lula o Uribe,
del presidente de Vietnam o cualquier otro ser inferior que deba intentar la
interlocución con la más alta autoridad de un Estado que se degrada hasta la
piedad.

Besos a tía Edelma.


Su Sobrino

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