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PARIS
Después de los grandes calores que hicieron
temer una nueva mortandad de ancianos sin aire acondicionado, Francia y toda
Europa fueron sorprendidas por los incendios forestales causados por maniáticos
y luego por el incendio mayor, peligrosísimo, de la guerra en el Líbano (más
que guerra "del" Líbano).
Lo que Israel desarrolló como una represalia
contra actos terroristas, planificando una acción de una o dos semanas,
terminó en un hecho nuevo en todo el horizonte bélico del Cercano y Medio
Oriente: el fortalecimiento militar del poder combativo del mundo árabe e
islamista a partir del inesperado desempeño de la fuerza militar de
Hezbollah.
Seguramente hubo un error de concepción de
Israel en esta guerra. Tal vez un error de arrogancia y de omnipotencia
incubada en un historial de batallas vencidas ya desde 1948. Hasta ahora se
hablaba de lucha antiterrorista. Estados Unidos impuso el concepto, pero las
formas terroristas son sólo una parte del poderío militar islámico.
Tanto en Afganistán, en Irak, como en
Palestina y el Líbano hay un elemento militar que fue tal vez subestimado por
los estrategas occidentales: se trata del factor religioso como forma de poder
militar y político. Ese factor está en el origen del poderío de la misma
cristiandad desde el tiempo de las Cruzadas, la Reconquista de España y la
misma Conquista de América. El poder religioso, la extraordinaria determinación
del combate desde un "absoluto" que lo lleva a considerar la muerte
como puerta de salvación de su pueblo y de sí mismo, es un arma decisiva.
Hoy estamos ante la confrontación del
soldado laico, apenas o casi nada motivado para el heroísmo y el sacrificio;
con el "guerrero sagrado", preparado espiritualmente para el
martirio. Cuando se habla de suicidio es erróneo. Para el kamikaze se trata
del sacrificio vital y salvador. Es vida, en la dimensión teológica de su fe.
No se puede interpretar lo que está
ocurriendo desde conceptos y subestimaciones que finalmente culminan en
errores estratégicos. La guerra técnica, donde cuenta más la tecnología de
demolición que el combatiente de infantería, está hoy desafiada por lo
ocurrido tanto en Afganistán e Irak, como hoy en el Líbano. Parecería un
homérico enfrentamiento entre técnica y obstinación y convicción
espiritual. La cimitarra versus el misil.
Lo cierto es que parece inimaginable que
cualquier ejército occidental pueda reclutar "suicidas sagrados"
como los que prepara el islam para demoler las torres de Nueva York y para
tantos otros brutales atentados.
Volviendo a un tema antes sugerido, Occidente
se olvida de cómo construyó su poderío a partir de las ruinas del Imperio
Romano: se trató de una fervorosa religiosidad cristiana que maduró
culturalmente en los conventos de la alta Edad Media y que se plasmaría en
poder militar en la reconquista de España, en 1492; en las Cruzadas; en el
Renacimiento y en la Conquista de América. Los hombres de Cortés estaban más
cerca de ese absoluto "sagrado" del islamismo actual que de la
frivolidad del "servicio militar", donde ni siquiera está
sobreviviendo la noción de Patria.
La ideología de la Revolución es el último
dios occidental muerto. Al transformarse la idea revolucionaria en protoforma
de fe (como lo describió Berdiaev), la Revolución fue vivida religiosamente.
Pero a partir de la fracasada Revolución Cultural china, luego de la implosión
de la URSS, de la melancolía cubana o del fin del héroe sin pueblo de
Guevara, ya la Revolución es otro dios occidental fenecido.
Un memorable estratega de Occidente, Winston
Churchill, proclamó un axioma vencedor: "En la guerra, determinación".
Hoy esa determinación, por la razón y sinrazón de lo religioso, está
ausente de los ejércitos occidentales.
Quienes nos hemos desempeñado o vivido en
Israel sabemos que es el único país occidental que puede oponer una fuerza
espiritual capaz de mover sus ejércitos hacia el triunfo, como ocurrió en
1967, cuando en pocos días venció a tres países limítrofes.
¿O acaso Israel perdió aquella fuerza
avasalladora y ya es víctima de la decadencia espiritual de una subcultura de
hedonismo y de materialismo mercantil, ese Occidente que niega su metafísica
fundacional?
Me acuerdo del cine de la calle Hayarkon, en
Tel Aviv, y de las tres chicas de uniforme que se sentaron y pusieron sus
metralletas colgadas de las butacas de adelante. Era 1986, en tiempos de la
primera intifada o rebelión palestina. Una de las chicas era argentina de
origen y estaba determinada totalmente a combatir en la dimensión sagrada de
Israel, como no lo hubiese hecho seguramente por nuestra Argentina, donde
estamos anulando todo sentido de lo heroico. Quizá también ahora en Israel,
el soldado de la fe está siendo desplazado por el soldado técnico,
profesional o simplemente reclutado.
La idea de Patria, como la que nos movió en
las guerras de Independencia, ya es una idea degradada en la actual decadencia.
Los hombres de San Martín, de Napoleón, de Kutuzov o de Bolívar alcanzaron
un ciego heroísmo detrás de las banderas de Patria, Independencia o Libertad.
Pero lo que funda y prevalece es siempre la dimensión de la fe.
Más allá de la tragedia del Líbano y de
Irak, se abre una profunda reflexión sobre esa necesidad de visión metafísica
y religiosa. Occidente se entera de la materia en los libros escolares, como
de un recuerdo perimido. El islam vive hoy sus guerras con la convicción de
aquel Ricardo Corazón de León, capaz de cabalgar meses por los desiertos más
áridos para liberar el Santo Sepulcro de su fe.
Tanto los grandes pueblos de Asia, esas
importantes potencias que hoy se afirman en todos los campos, como ese islam
mismo que rechaza casi con horror los niveles de degradación del mundo "moderno
y occidental", son una realidad que obligaría a un dramático y urgente
rearme moral.
Hay un rechazo a la cultura occidental que
adquiere cada vez más fuerza. La admirable sociedad tecnológica produce un
hombre dependiente del consumismo y del exitismo. Se rechazan la intoxicación
de falsa libertad de la que hoy son víctimas primordiales los jóvenes,
asediados por la droga, el ensordecimiento rockero, la banalización sexual,
la ruptura generacional y el rechazo de los valores de sus padres y de su
tradición. Toda una subcultura en expansión que oculta el nihilismo, la
autodestrucción. Estamos llegando al peligroso extremo de una oposición o
confrontación mundial entre fe y laicismo. (Y cuesta entender este Occidente
que mata sus propios dioses fundadores en nombre de un cada vez más difícil
y excluyente "consumismo del placer".)
El tipo de vida, o de imagen de vida, que
hasta hace dos décadas era motivo de admiración y de imitación, hoy ya sólo
atrae a pocos sectores. La sociedad tecnológica triunfante termina
produciendo un orteguiano "hombre masa", que más bien parece un
residuo de la máquina productiva que creó y que lo sojuzga.
Sería inútil seguir hablando de odio
antioccidental, de integrismo o de fanatismo religioso. Hay que contemplar la
esencia filosófica y teológica del rechazo de una mala calidad de vida
conocida por todos los analistas de Occidente, pero tratada con un conformismo
inoperante: todos los esfuerzos son económicos y políticos, sin comprenderse
que el cáncer es espiritual (palabra esta fuera de moda, casi políticamente
incorrecta).
Hoy estamos ante el peligro de una nueva
omnipotencia surgida de un triunfo parcial. Pero, en realidad, corresponde
reconocer que el islam está más situado en su fe. Es capaz de transformar
sus guerreros en místicos y sus místicos en guerreros.
El autor es novelista. Se desempeñó como
ministro consejero de la embajada de Israel.
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