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Domingo 03 de Abril de 2005 |
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La Historia Patria, frecuentemente, se explica en aula sobre la base de confrontaciones bélicas. No obstante, sabemos que un país se construye en la paz, día a día, a través de un proceso. Entonces resulta una distorsión que su trayectoria se enseñe sólo señalando sucesos que son "hechos de armas". Tal rutina se refuerza con el programa de efemérides escolares destinado -de modo habitual- a resaltar episodios de conflicto. La docencia gira en torno a tres "centros de interés" principales. Uno es la guerra de Arauco. El otro, la guerra de la Independencia. El tercero, la guerra del Pacífico. En cada uno la objetividad está ausente. El maniqueísmo se impone de "pe a pa". En el primer escenario el "bien" lo representan los mapuches (valor "coraje"). El "mal" los conquistadores (disvalor "codicia"). En el segundo, los patriotas son quienes lideran el progresismo liberal y los realistas, el fanatismo obscurantista. Algo así como el choque entre el luminoso Renacimiento y la tenebrosa Edad Media. En el último, los chilenos son héroes invictos. Peruanos y bolivianos, villanos y cobardes.
Existen otros dos "centros de interés" de naturaleza secundaria, pero igualmente perniciosos. Uno, al finalizar el siglo XIX es aquel capítulo denominado "Pacificación de la Araucanía". Allí se produce un viraje. Ahora los mapuches son los "malos". Representan la barbarie y constituyen una rémora. Los chilenos, en cambio, son los "buenos". Imponen, como filántropos, la civilización a la patria araucana. Así se legitima un brutal etnocidio que, en la imaginería popular, se atribuye a España. El otro consiste en denunciar a Argentina como usurpadora de la Patagonia. Se internaliza -a horcajadas de tal tema- la odiosidad a la patria de José de San Martín y Domingo F. Sarmiento. Sus habitantes serían fanfarrones y expansionistas y nuestra diplomacia blanda y torpe por aceptar siempre la negociación y el arbitraje en pleitos limítrofes. Resulta curioso constatar que -al otro lado de la cordillera- son idénticas las imputaciones, los recelos y las contraimágenes empleadas para enseñar, en aula, la misma supuesta mutilación territorial. Ello exige convenir -aprovechando el MERCOSUR- una simultánea revisión de los textos escolares de la asignatura.
Al finalizar el siglo XX y al borde del III milenio es un anacronismo una docencia "en blanco y negro" de nuestra Historia. El aula no puede continuar siendo surtidor de altanerías y rencores. Es inaceptable que cada alumno, por la palabra del educador o lo anotado en el texto, comulgue con cinco fobias. Póngase punto final a tal circuito de supercherías insistiendo en lo siguiente: los conquistadores constituyen el patriciado del país. Merecen el homenaje equivalente con el cual se enaltece a los mapuches. Separatistas y monárquicos protagonizan la guerra civil entre liberalismo y absolutismo que desgarra el Imperio, aquel sobre el cual "no se ponía el sol". Chilenos, peruanos, bolivianos y argentinos integran una nación que comparte el mismo horizonte y tendrá, para sacudir la dependencia y el atraso, que afrontar el desafío de mancomunarse. Lo amerindio constituye uno de los dos componentes fundacionales. Negarlo es ignorancia. Juzgarlo un lastre usando la expresión "indio" como estigma encubre racismo Una genuina reforma educativa debe empujar al enjuiciamiento de este circuito de estereotipos. Así podrá superarse nuestra crisis de identidad. Este fenómeno abre la puerta a una devastadora globalización.
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