|
Panorama
político nacional de los últimos siete días
El martes 2 de septiembre,
ante un Salón Blanco colmado de industriales y cortesanos (sin excluir a algunos
que misturan ambas calidades), Cristina de Kirchner fue aclamada cuando anunció
que había ordenado cancelar en un solo pago, con reservas del Banco Central, la
totalidad de la deuda argentina concentrada en el Club de París, un foro
informal de países acreedores que reúnen y negocian desde allí obligaciones y
deudas que ciertos estados dejaron caer. Aunque la presidente mencionó un
monto de 6.706 millones de dólares, la cifra fue corregida (hacia arriba y en
mil millones de dólares) por los funcionarios de la Tesorería francesa que
actúan como administradores del Club.
Más allá de los ineludibles
aplausos del público congregado en la Casa Rosada, hubo expresiones de buena
voluntad que la prensa argentina más influyente derramó un día más tarde y
también elogios que llegaron desde algunas cancillerías, en particular desde el
Departamento de Estado. Probablemente haya que interpretarlas como un premio
consuelo y también como un esfuerzo por no agravar la notable vulnerabilidad
que exhibe el gobierno kirchnerista.
Es que, en rigor, el anuncio
-presentado al estilo de esta administración como un gesto de autonomía y poder-
constituyó una nueva muestra de retroceso e improvisación. Hasta apenas tres
días antes el gobierno seguía desmintiendo cualquier arreglo ("no es una
prioridad", era el argumento al uso). Y si bien es cierto que habían ocurrido
algunas conversaciones de aproximación con el Club de París (con Martín Redrado
y algunos funcionarios del área de Finanzas como protagonistas), esas charlas
exploraban la vía –más que razonable- de un acuerdo con refinanciación de la
deuda, no el pago completo con recursos del Banco Central que informó la
presidente. Aquella vía era resistida por Olivos (eufemismo territorial que
encubre el nombre de Néstor Kirchner), porque cualquier acuerdo requería el
monitoreo y consenso previo del FMI. Y tal monitoreo obviamente hubiera
destacado la mentira de las estadísticas oficiales, la situación de alta
inflación y otras desprolijidades que el gobierno prefiere no divulgar para
poder insistir en ellas.
Puesto que el capricho
kirchnerista cerraba el camino del acuerdo con monitoreo, sólo quedaba
continuar con la política de postergar sine die el pago o taparle la boca
a los acreedores pagando todo y al contado rabioso. ¿Cuál fue la razón para
que esta vez el gobierno decidiera poner la reversa y buscar la vía de la
solución tajante que venía rechazando sistemáticamente? Muy sencillo: el
oficialismo guardaba esa bala para coronar con ella algún añorado momento de
alza política, pero tuvo que malgastarla en virtud del descrédito alcanzado por
sus desastrosas decisiones financieras y monetarias. La sistemática destrucción
del INDEC y de un sistema estadístico nacional que gozaba de buena reputación en
el mundo para transformarlo en instrumento destinado a falsificar índices ( en
particular el de inflación, que rige la indexación de una serie de bonos de la
deuda argentina) está en la base de ese descrédito, pero no es la única
barrabasada cometida desde el poder. El sospechoso (y costoso) empleo exclusivo
de la Venezuela chavista como palenque financiero es consecuencia y causa de
esos manejos. La última operación con bonos argentinos colocados en Caracas con
una tasa cercana al 16 por ciento dio a los mercados la señal de que el gobierno
de los Kirchner tenía problemas de caja y, ya que los mercados no se mostraban
dispuestos a prestarle, estaba dispuesto a pagar carísimo por obtener fondos.
Voceros oficiales refutaron
esos análisis señalando la holgada situación de reservas del país. Pero
fatalmente funciona el síndrome del pastor mentiroso: ¿por qué creer las cifras
que ofrece quien ha confesado que las falsea para pagar más barato lo que debe?
Así, los analistas de Wall
Street subrayaban los problemas de Argentina y aconsejaban reducir inversiones
en esta engañosa plaza; y muchos advertían sobre el riesgo de un default o una
reestructuración forzosa de la deuda.
El pago al Club de París fue,
entonces, una jugada desesperada por recuperar algo de credibilidad
internacional (y eventualmente algo de crédito, más allá de la costosa ayuda del
amigo Chávez) en vísperas de un 2009 en que Argentina tendrá fuertes
vencimientos que afrontar.
El recurso en el que la pareja
de Olivos depositó sus esperanzas tuvo, sin embargo, un efecto decepcionante.
Aplaudido por algunas horas (en especial por quienes cobrarán al contado lo que
Argentina podía cancelar en cuotas cómodas y de bajo interés), muy pronto quedó
evidenciado que ese pago no salva al país del descrédito. No hay duda de que es
mejor tener imagen de pagador que de moroso o incobrable, pero el crédito se
recobra con comportamientos consistentes y sostenidos, más que con pezzi de
bravura. El sorpresivo (y sorprendente) pago cash fue leído por numerosos
analistas, antes que como la cuota de ingreso al club de las economías normales,
como la compra de tiempo para evitar que el FMI, gran síndico internacional,
auditara nuestras dudosas cuentas y más que dudosos negocios. O como un costoso
esfuerzo financiero destinado a facilitar operaciones delirantes como la del
tren bala. Seguramente por eso, pese al gesto de la señora de Kirchner, el
riesgo – país de Argentina se incrementó después del anuncio, y los bonos
argentinos volvieron a bajar, aunque ese descenso pueda justificarse por la
turbulenta situación general de las bolsas del mundo en vísperas del fin de
semana.
El anunciado pago con reservas
del Banco Central tuvo además el defecto de golpear la autonomía de la
institución monetaria. Y azuzó, por otra parte, a los tenedores de bonos
argentinos en default de todo el mundo que reclamaron un pago al que el gobierno
se sigue negando con obstinación. "También eran obstinados con el Club de París
y le pagaron con reservas, igual que al FMI. ¿Por qué no a los tenedores de
bonos?", se preguntan estos. Y le preguntan a sus respectivos estados.
Los analistas señalan, en fin,
que al pagar con reservas Argentina, todavía un paria en los mercados genuinos
de capitales, se torna financieramente más vulnerable en vísperas de un año en
que tendrá que pagar mucha deuda y cuando la desconfianza puede someter a su
moneda a fuertes desafíos. Esa desconfianza es razonable: el pago no resuelve
situaciones que afectan las bases del fatigado "modelo" kirchnerista. Cada día
son más visibles esas situaciones: inflación creciente, pesadísimos subsidios,
dramática falta de inversiones, caída del consumo (factor sobre el que pivoteó
la reactivación), etc.
Cuando se descuenta el efecto
de la inflación, se observa que los ingresos tributarios tienden a estancarse,
mientras el gasto crece, motorizado por los subsidios al sector privado, que
este año superarán los $ 40000 millones de pesos.
Una encuesta realizada en
estos días entre empresarios da cuenta de un creciente pesimismo: el 38 por
ciento de los entrevistados previó disminuir su inversión mientras sólo el 19
por ciento señaló que piensa aumentarla. Esto ocurre pese a que el 82 por
ciento de las empresas está trabajando al borde de su capacidad instalada. El
experto Bernardo Kosacoff consideró que generan incertidumbre la suba de las
tasas de interés, las dudas por la provisión energética, la apreciación del tipo
de cambio, la menor disponibilidad de infraestructura, la falta de proveedores
especializados y de mano de obra calificada y la ausencia de un mercado de
capitales para financiar la inversión a largo plazo. Nada más que eso.
Así, pues, mientras retrocede,
el gobierno se va deshaciendo de instrumentos y ensancha su fragilidad. La
estrategia de Néstor Kirchner –en alguna medida consentida por la mayoría de sus
adversarios políticos- sólo consiste en dar pasos atrás y hacer clinch mientras
se bambolea en el ring, procurando evitarse caídas fuertes como la que le
ocasionó su pelea con el campo. En el revival del Congreso, la táctica de
Kirchner es que sus fuerzas participen en proyectos que obtengan mayoría en las
votaciones, así esos proyectos surjan de la destrucción de las propuestas
originales enviadas por el Poder ejecutivo. Ha ensayado ese expediente con la
estatización de Aerolíneas Argentinas y con la implantación de la movilidad a
las Jubilaciones y, de ese modo, los proyectos del ejecutivo fueron ampliamente
corregidos por los legisladores.
De ese modo, el kirchnerismo
retrocede sacrificando sus políticas y sus adversarios le sueltan piolín para
que los vientos no lo arrastren prematuramente. Pese a ese esfuerzo compartido,
el gobierno corre riesgos permanentes, porque en debilidad no puede evitar que
estallen consecuencias de sus actos anteriores: la inseguridad cunde e irrita
hasta el paroxismo a los ciudadanos; la ira de la gente explota en hechos como
el incendio de trenes de cercanías que obligan a millones de personas a viajar
hacinados y a llegar tarde a sus obligaciones, mientras el gobierno vuelve a
apelar a las teorías conspirativas, denuncia complots y no deja de delirar con
el negocio del tren bala. Los carteles de la droga se establecen en la Argentina
y sus socios aparecen financiando campañas electorales del oficialismo.
A menudo, cuando se encuentra
en dificultades, el oficialismo evoca con aire de queja el hecho de que este
gobierno sólo lleva 9 meses de existencia "y fue elegido por la mayoría". Puede
dejarse de lado el hecho de que este gobierno es continuidad directa del
anterior, razón por la cual el cansancio no se inició hace sólo nueve meses.
Puede también omitirse la exageración de hablar de "mayorías" cuando, en rigor,
el oficialismo es una primera minoría que sólo obtuvo el voto de uno de cada
tres empadronados. Más allá de ello, lo que conviene retener es el hecho de que
las democracias actuales –todas ellas, y con más razón las que inventaron el
cacerolazo- no se basan sólo en el voto popular, sino también en el veto
popular. El politólogo y economista socialdemócrata Pierre Resanvallon ha
analizado el tema en su último libro: "El principio de base de la democracia es
la legitimación del poder por el pueblo por las elecciones; pero sólo se vota
cada dos, cuatro o cinco años; entonces, hay un principio fundante, pero también
el riesgo de una dimensión intermitente de la democracia.(…) ¿Cómo vie la
democracia de manera permanente? Por la manifestación de las exigencias, los
reclamos de que el poder no traiciones sus promesas ( …) no se puede hablar de
democracia, pues, sin hablar de ese otro costado que es el conjunto de desafíos
y puestas a prueba, exigencias y contrapoderes de la actividad democrática
cotidiana…"
Y no son esos los únicos
desafíos: los gobiernos son interpelados por sus electores, por los ciudadanos,
y también por las instituciones, las costumbres, las corporaciones…y los
mercados. Debe renidir examen en todos esos escenarios. Y no sólo cada tantos
años.
A principios de 1976, cuando
sólo faltaban meses para las siguientes elecciones presidenciales, Ricardo
Balbín, el jefe radical, sostenía que había que ayudar a que el gobierno de
Isabel Perón terminara su período "así fuera con muletas". Hoy, cuando el 2009
parece tan lejano y hasta el 2011 falta una eternidad, buena parte de esos
adversarios a los que el oficialismo consideró más de una vez "destituyentes"
procuran conseguir muletas reforzadas para que el calendario electoral se cumpla
sin alteraciones. Si el paisaje no cambia, (y si el enfermo, en rasgo de
orgullo o de inconciencia, actúa como si fuera omnipotente) es probable que las
muletas no sean suficientes.
Jorge Raventos
|