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Si hay algo en el que la mayoría de los argentinos
coincidimos es que los partidos políticos, tal cual los conocimos ya no
existen. Se hallan en una situación terminal. Están acabados. Su cultura y
costumbres, sus prácticas e identificaciones han variado de tal modo que resulta
dificultoso reconocerlos y reconocernos en ellos. La razón fundamental de esta
crisis se asienta, a mi entender, en la pérdida de la identidad. No es el
único motivo, seguramente. Pero sí el más importante.
Los argumentos que les dieron sentido en origen se
extraviaron en algún recodo de la historia.
Se pueden ver, entonces, radicales, peronistas, socialistas
e izquierdistas de un lado y otro del espectro político. Sindicalistas y
empresarios en ambos flancos, piqueteros del mismo modo y Presidente y Vice en
escenarios cruzados. Todo dividido y entreverado.
El mundo de la política ya no cuenta con las certezas de
antaño, cuando los amigos eran los amigos y los aliados, los de siempre. Esas
consonancias o armonías son recuerdos de un pasado sin retorno.
Sin embargo consignas y discursos construidos en tiempos
remotos -que el común de la gente y especialmente los jóvenes no comprenden y
les resulta ajeno- se enuncian con severa insubstancialidad.
Los partidos políticos están en crisis porque sus relojes
atrasan. El pueblo se halla varios pasos adelante.
IDENTIDAD DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
A lo largo de su historia independiente la Argentina puede
ser dividida, a los efectos de una simplificación pedagógica, en los siguientes
períodos:
a) De la Organización Nacional 1810-1861.
b) La Argentina agroexportadora vinculada al mercado
mundial 1861-1930.
c) La Argentina industrial sustitutiva 1930-1976.
d) La Argentina agroindustrial exportadora 1976-?.
Cada uno de estos períodos tuvo sus razones y sus secretos.
Sus diferencias y disonancias.
En el período de la Organización Nacional los dos grandes
bloques fueron Provincianos y Porteños. Triunfantes estos últimos se constituye
el segundo período (la Argentina 1861-1930) y en él encontramos, en sus setenta
años de existencia -ahora sí- varios partidos políticos: Mitrismo, Roquismo (P.A.N.
Partido Autonomista Nacional) Unión Cívica Radical, Democracia Progresista,
Socialismo, y a su manera el Anarquismo.
Todas estas agrupaciones, unívocamente, sostuvieron el
modelo agroexportador que tantos beneficios le regaló al país. Algún atisbo de
industrialización, se produjo pero sólo en los momentos de crisis internacional
(1874, 1890, 1914)
El mistrismo y el roquismo sobre el final del período junto
a sus desgajamientos pasaron a denominarse conservadores.
La crisis mundial del 29, el derrumbe político del
radicalismo, el deterioro senil de Yrigoyen y la voracidad de poder de los
opositores llevaron al golpe del 6 de setiembre de 1930.
Se ingresa, entonces, al tercer período 1930-1976. Con la
crisis se derrumba el mercado mundial. Nuevos principios se instalan en la
agenda política: intervencionismo de Estado, prevalencia de los mercados
internos sobre el externo, sustitución de importaciones, el Estado como
impulsor de las economías nacionales.
En América Latina fue la CEPAL quien sistematizó en
doctrina el nuevo modelo brotado de la realidad:
“Este modelo, en buena medida, fue atribuido a la CEPAL. La
cronología y el origen de estas medidas hacen discutible la idea, tan
generalizada, de que ellas hayan constituido real y deliberadamente un verdadero
modelo. También es discutible que estas estrategias hayan sido propuestas
exclusivamente por la CEPAL. Lo que hizo este organismo, gracias al liderazgo
intelectual de Don Raúl Prebisch, fue más bien elaborar una lúcida síntesis de
estas políticas en donde quizás por primera vez se explicitaban las percepciones
y supuestos en que estaban basadas. Varios países adoptaron en forma pragmática
este tipo de estrategias con anterioridad a la creación de la CEPAL (Iglesias,
Enrique V.: Reflexiones sobre el desarrollo económico. Ed. B.I.D. Washington
1992. Pag 10)
De manera que como afirma el autor citado los gobiernos
habían comenzado actuar sin necesidad de una doctrina. Este fue el caso de
nuestro país. Eso hizo el gobierno del General Justo tiempo después del golpe
militar del 30’.
Mientras el radicalismo se mantuvo en el poder no halló
instrumentos doctrinarios para hacer frente a la nueva situación mundial. Su
identidad construida en el siglo XIX se hallaba huérfana de soluciones.
Desatada la crisis, y aún en el gobierno, lo que atinó a hacer fue firmar un
convenio de créditos recíprocos con Inglaterra que garantizara la venta de
nuestras exportaciones y las necesarias importaciones.
Llegó, entonces, una misión inglesa (fines de 1929)
comandada por lord D’Abernon alcanzándose, el siguiente acuerdo: “El gobierno
argentino podía girar sobre el crédito en Londres para adquisición de materiales
de fabricación inglesa y el gobierno inglés podía girar sobre el crédito en
Buenos Aires para la adquisición de cereales y otros productos.” (Del Mazo,
Gabriel: El Radicalismo. T. 2. Pág 123. Ediciones Suquía. Córdoba 1984) Es decir
más de lo mismo. Su respuesta ante la hecatombe consistió en profundizar la
argentina agro exportadora. Ignorantes de lo que acontecía en el mundo.
Pensaban y actuaban en antiguo. ¡Y así les fue!
Fue el gobierno del general Justo, fraudulento y tramposo,
el que inició el novedoso camino de la industrialización sustitutiva. Su
Ministro de Hacienda Federico Pinedo, aseveraba:
“A concluido la etapa histórica de nuestro prodigioso
desenvolvimiento bajo el estímulo directo de la economía europea. Somos
demasiado pequeños para torcer las corrientes de la política económica mundial.
A la industria nacional le tocará, pues en el futuro resarcir a la economía
argentina de las pérdidas incalculables que provienen de la brusca contracción
de su comercio exterior” (Jorge, Eduardo: Industria y concentración económica.
Hyspamérica. Bs. As. 1986. Pág. 119)
Su programa económico consistió en:
Control de Cambios.
Juntas Reguladoras.
Creación del Banco Central.
Plan de obras Públicas
Como se ve keynesianismo puro. La nueva política consistió
en que el Estado debía asumir responsabilidad por la economía, interviniendo
donde fallara el mercado, para estimular la producción y mantener el pleno
empleo. Pero esta política, coincidente con lo que se llevaba adelante en el
resto del mundo la impulsó un gobierno incomprendido por el conjunto del
firmamento político de aquellos años. El partido popular de entonces la U.C.R.
en manos del alvearismo y los sectores intransigentes del mismo agrupamiento,
como FORJA, estaban en otra cosa.
Mientras los políticos de la “Década Infame”
industrializaban al país para sacarlo del marasmo, Alvear, Ricardo Rojas,
Gabriel del Mazo, Jauretche, Scalabrini Ortiz y una galería amplísima de
dirigentes radicales “miraban sin comprender”. Pensaban como siempre.
“Con la creación del Banco Central (afirma Jauretche) se
completaba la política dirigista de la Década Infame. Pero aquí está la madre
del borrego. El Banco Central aparecía como un Banco de estado rector, solo que
el Estado no tenía función rectora. Los liberales eran dirigistas, pero para
impedir que el país se dirigiera a sí mismo” de este modo (extraño para un
hombre tan avispado como Don Arturo) explicaba el intervencionismo que él mismo
defendería años después. El célebre pensador nacionalista no percibió que la
realidad mundial empujaba el gobierno de Justo a resolver problemas en marcos
programáticos afines a FORJA. Con recetas económicas sesgadas al estatismo cuasi
nacionalista Pinedo respondió contradictoriamente a su presente. FORJA perdió la
oportunidad de operar como ala izquierda o nacional, de la “década infame”.
La declaración de FORJA en su fundación y los documentos
redactados posteriormente no hablan para nada del nuevo modelo instaurado por el
“contubernio” justista. Lo ignoraron y lo desconocieron.
Ni que hablar cuando Pinedo nombrado nuevamente Ministro,
en este caso, por el Presidente Castillo, eleva al Congreso de la Nación en 1940
para su aprobación, un plan de reactivación económica, con algunos puntos
interesantes como la construcción de viviendas modestas y el estímulo a la
actividad industrial entre otros ítems. El radicalismo en el parlamento rechazó
el proyecto en los siguientes términos:
“Podrán caerse todas las chimeneas, pero mientras el campo
produzca y exporte el país seguirá comprando lo que necesite, seguramente a
precio inferior que el determinado por la aduana para favorecer intereses
creados”
De esta manera el radicalismo perdió el tren. Al no
actualizarse, al no comprender al mundo en constante cambio se quedó sin las
mayorías. Esta ausencia, este hueco lo llenó el peronismo. Tanta era la
necesidad de un agrupamiento popular que incorporara los cambios introducidos
en la “década infame” que el peronismo fue una irrupción meteórica, casi
fantástica. Tampoco es casual que el nuevo jefe popular, el Coronel Perón,
proviniera de la usina del justismo.
Algunos años después el radicalismo entró en la senda de
los nuevos tiempos. Con el Programa de Avellaneda de 1947 el partido se
actualizó. Pero ya era tarde. Gobernaba Perón.
El Coronel condujo los destinos del país en la dirección de
los vientos internacionales y en la brecha iniciada en la “década maldita”. Al
modelo intervencionista industrial de Pinedo le agregó justicia social y
soberanía política.
En este período se construyeron los nuevos partidos:
peronismo, desarrollismo, el radicalismo aggiornado de Avellaneda, la izquierda
nacional, el nacionalismo industrialista.
En síntesis el cambio mundial del 30’ provocó una
profunda crisis identitaria en los partidos políticos de aquellos años. Con
ellos o sin ellos el país avanzó de todos modos. Pero el gran partido popular
del ciclo anterior –el radicalismo- se hundió en el naufragio de la argentina
agro exportadora.
En 1976 el ciclo sustitutivo se cerró. Dejo de lado los
acontecimientos políticos, la pulverización del peronismo, la crisis económica,
la locura guerrillera y la inoperancia de Isabel Perón. El 24 de marzo todo
terminó. Comenzaba otra etapa. La etapa que se iniciaba estaría signada bajo el
siguiente encuadramiento político:
“La muerte de Perón marca el fin de una época y la gente se
ha dado cuenta por fin que no es cuestión de cambiar hombres como se pensó
durante mucho tiempo, sino de cambiar las estructuras.
Bajo el peronismo se creo una estructura de crecimiento
interno, una industrialización forzada, bajo protección arancelaria, que aisló
al país del resto del mundo. Se creo así una industria no competitiva en que el
empresario dependía del gobierno y no de su propia habilidad y se orientaba
exclusivamente al mercado interno, no a la exportación.
En la Argentina por primera vez en treinta años se nota una
modificación de esta estructura, y en toda América Latina se observa una
tendencia similar a abrirse al mundo externo. Así es que Chile prácticamente se
ha separado del proteccionismo del Pacto Andino, pacto que es un cáncer.
La Argentina con veinticinco millones de habitantes no
puede fabricar todo. Debe especializarse en lo que puede producir
eficientemente. El gobierno actual está en esa política y pienso que seguirá por
ese camino” (Armando Braun. Presidente de la Cámara Argentina de Comercio. La
Nación 14/5/77)
Esta definición del nuevo rumbo se enancaba en los grandes
cambios de la economía mundial. Situación mundial que continuó profundizándose
con la aceleración de la revolución tecnológica de los últimos veinte años, la
caída del comunismo y la expansión del capitalismo sobre toda la faz de la
tierra. En esta situación nos hallamos. Una nueva realidad económico-política
mundial muy distinta al del origen del peronismo, el desarrollismo, la izquierda
nacional, el nacionalismo keynesiano y el radicalismo aggiornado de Avellaneda
de 1947. Hay que cambiar nuevamente.
Varios aspectos deben ser considerados. Retroceso del
keynesianismo. Un mundo unificado por el capitalismo triunfante. Un mercado
internacional que crece y se agiganta año a año y el ingreso de millones de
seres humanos a una vida más digna en Oriente merced a la globalización
capitalista. Finalmente la modificación estructural de la Argentina a partir de
1976 nos habla necesariamente de un nuevo modelo. Una nueva realidad.
En esta crisis identitaria se hallan hoy los partidos
políticos argentinos.
O seguimos con la vieja idea de la argentina industrial
sustitutiva de mercado interno (pequeña y enfermiza) o de industriales
exportadores subsidiados por el Estado o nos lanzamos de lleno al mercado
mundial como objetivo supremo. ¡No es lo mismo!
En la Argentina pretérita del 30 al 76 los sectores
sociales dinámicos eran la industria y la clase obrera a ella vinculada. De esto
el viejo peronismo algo sabía. La irrupción de la clase obrera el 17 de octubre
puso en blanco sobre negro la novedosa situación.
En el nuevo país, el de hoy, los sectores
industriales agroalimentarios y los trabajadores vinculados a la economía
mundializada serán la fuerza vital y transformadora.
La irrupción del campo en los últimos meses pone en blanco
sobre negro la novedosa situación.
En síntesis una nueva crisis de identidad sacude a los
partidos políticos. O se aggiornan o desaparecen.
En eso estamos.
Claudio Chaves
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