Domingo 03 de Abril de 2005

Hay hechos que, mas allá de su actualidad, tienen un hondo sentido simbólico. El presidente Kirchner obligó al Jefe del Ejército a descolgar un cuadro del ex dictador Videla del Colegio Militar de la Nación. En España, el presidente Zapatero, retiró la estatua ecuestre del ex dictador Francisco Franco de la vía pública. El articulo que a continuación publicamos, arroja luz sobre estos hechos que, mas que actos de justicia, son actitudes facciosas de quienes pretenden continuar vengativamente luchas fratricidas que trajeron muerte y dolor a los pueblos que las sufrieron.   
España y el fin de la amnesia

De cuadros y estatuas o la memoria tuerta


Hace tres décadas España eligió la amnesia. En noviembre de 1975 había muerto en su lecho el general Francisco Franco, dictador del país desde 1939, cuando terminó una terrible guerra civil saldada con cientos de miles de fallecidos.
Sus herederos políticos recibían un país sólidamente estructurado, con un bajo nivel de desempleo, una renta per cápita del ochenta por ciento de la media de la Comunidad Económica Europea, mientras todos los indicadores macroeconómicos emitían señales razonablemente tranquilizadoras.
La sociedad, domada por la mano dura del régimen, se mantenía en orden, no había grandes demandas populares de cambios drásticos, y todas las instituciones y órganos de gobierno estaban intactos y dócilmente obedientes a las normas dictadas por los poderes públicos.
No obstante la existencia de ese favorable cuadro político y económico, casi inmediatamente los franquistas reformistas decidieron arriesgarse a encabezar un cambio político profundo que trajera la democracia, el pluralismo y el respeto a los derechos humanos y civiles a todos los españoles, en línea con las grandes naciones de Occidente.
Afortunadamente, la historia de ese proceso está admirablemente contada por la politóloga Cristina Palomares en un libro imprescindible para entender la transición española: The Quest for Survival after Franco, publicado en 2004 en Inglaterra por Sussex Academia Press, hasta hoy, incomprensiblemente, sin edición española.
¿Por qué los franquistas reformistas se hicieron el harakiri? Fue una mezcla de realismo político y de sentido de la historia. Los protagonistas de aquel giro espectacular advirtieron que el franquismo, producto de los terribles años treinta, cuando el fascismo y el comunismo se enfrentaban en toda Europa, agravados en España por la fuerte presencia del anarquismo, el separatismo y el anticlericalismo, era algo del pasado, sin contacto con el panorama europeo occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde la democracia, la economía de mercado y la alianza militar contra la URSS eran las únicas señas de identidad válidas.
El camino estaba claro: ingresar en la Comunidad Económica Europea y en la OTAN. Pero eso exigía desmontar la dictadura franquista y liquidar el discurso totalitario.
Sin embargo, la transición no sólo tenía que sortear obstáculos políticos. Había en la sociedad española un amargo trasfondo de agravios y recriminaciones surgido como consecuencia de la violencia practicada y sufrida por el pueblo desde la instauración de la república en 1931 hasta casi la víspera de la muerte de Franco, cuando se llevaron a cabo los últimos fusilamientos de presos políticos convictos por actos terroristas. Desde quemas de conventos y asesinatos de inocentes religiosos, hasta masacres de pacíficos sindicalistas, las ’’dos Españas’’, como señalara el poeta Machado, se habían infligido muchísimo daño.
La solución entonces encontrada para poder superar este obstáculo emocional fue la amnesia oficial. El gobierno renunciaba a hacer justicia sobre hechos y crímenes pasados, convencido de que sólo así podía salvar el futuro, a cambio de que la oposición aceptara la regla del olvido voluntario. El gobierno, por ejemplo, ignoraría que Santiago Carrillo, líder de los comunistas, era el responsable directo de más de tres mil fusilamientos en Paracuellos del Jarama, una localidad cercana a Madrid, durante la Guerra Civil, y la oposición pasaba por alto los millares de muertos imputables al franquismo tras la victoria en 1939.
Naturalmente, eso no quería decir que estos temas no pudieran ser tratados por la sociedad, sino que el gobierno se abstendría de airearlos. Muerto Franco e iniciado el proceso de cambio, periodistas e historiadores, protagonistas y testigos de todas las tendencias y de todos los crímenes, volcaron sus experiencias libremente en libros, películas y toda clase de documentos.
Este acuerdo tácito llegó a su fin. Recientemente, aprovechando la noche y la sorpresa, el gobierno de Zapatero ordenó quitar de una céntrica plaza madrileña una de las pocas estatuas de Franco que existen en España. El pretexto utilizado era de carácter ornamental. La realidad era otra: se trataba de un simbólico ajuste de cuentas con el pasado.
Zapatero, súbitamente, había recuperado su memoria histórica selectiva y hacía un juicio de valor sobre el comportamiento del régimen anterior. Era el fin de la amnesia. Una paradójica ’’curación’’ que traería secuelas en lugar de eliminarlas. Tras el innecesario gesto, los periódicos y las ondas radiales volvieron a inundarse del recuento de sangrientos episodios provocados por uno y otro bando.
Zapatero no había entendido que el olvido y el silencio a veces son expresiones de la sabiduría. Ojalá que su imprudencia no tenga otras consecuencias más graves.

Por Carlos Alberto Montaner
El Nuevo Herald
 

 

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