De cuadros y estatuas o la memoria tuerta
Hace tres décadas
España eligió la amnesia. En noviembre de 1975 había muerto en su
lecho el general Francisco Franco, dictador del país desde
1939, cuando terminó una terrible guerra civil saldada con cientos de miles
de fallecidos.
Sus herederos políticos recibían un país sólidamente estructurado, con un
bajo nivel de desempleo, una renta per cápita del ochenta por ciento de la
media de la Comunidad Económica Europea, mientras todos los indicadores
macroeconómicos emitían señales razonablemente tranquilizadoras.
La sociedad, domada por la mano dura del régimen, se mantenía en orden, no
había grandes demandas populares de cambios drásticos, y todas las
instituciones y órganos de gobierno estaban intactos y dócilmente obedientes
a las normas dictadas por los poderes públicos.
No obstante la existencia de ese favorable cuadro político y económico, casi
inmediatamente los franquistas reformistas decidieron arriesgarse a
encabezar un cambio político profundo que trajera la democracia, el
pluralismo y el respeto a los derechos humanos y civiles a todos los
españoles, en línea con las grandes naciones de Occidente.
Afortunadamente, la historia de ese proceso está admirablemente contada por
la politóloga Cristina Palomares en un libro imprescindible
para entender la transición española: The Quest for Survival after
Franco, publicado en 2004 en Inglaterra por Sussex Academia
Press, hasta hoy, incomprensiblemente, sin edición española.
¿Por qué los franquistas reformistas se hicieron el harakiri? Fue una mezcla
de realismo político y de sentido de la historia. Los protagonistas de aquel
giro espectacular advirtieron que el franquismo, producto de los terribles
años treinta, cuando el fascismo y el comunismo se enfrentaban en toda
Europa, agravados en España por la fuerte
presencia del anarquismo, el separatismo y el anticlericalismo, era algo del
pasado, sin contacto con el panorama europeo occidental posterior a la
Segunda Guerra Mundial, donde la democracia, la economía de mercado y la
alianza militar contra la URSS eran las únicas señas de
identidad válidas.
El camino estaba claro: ingresar en la Comunidad Económica Europea y en la
OTAN. Pero eso exigía desmontar la dictadura franquista y
liquidar el discurso totalitario.
Sin embargo, la transición no sólo tenía que sortear obstáculos políticos.
Había en la sociedad española un amargo trasfondo de agravios y
recriminaciones surgido como consecuencia de la violencia practicada y
sufrida por el pueblo desde la instauración de la república en 1931 hasta
casi la víspera de la muerte de Franco, cuando se llevaron
a cabo los últimos fusilamientos de presos políticos convictos por actos
terroristas. Desde quemas de conventos y asesinatos de inocentes religiosos,
hasta masacres de pacíficos sindicalistas, las ’’dos Españas’’, como
señalara el poeta Machado, se habían infligido muchísimo
daño.
La solución entonces encontrada para poder superar este obstáculo emocional
fue la amnesia oficial. El gobierno renunciaba a hacer justicia sobre hechos
y crímenes pasados, convencido de que sólo así podía salvar el futuro, a
cambio de que la oposición aceptara la regla del olvido voluntario. El
gobierno, por ejemplo, ignoraría que Santiago
Carrillo, líder de los comunistas, era el responsable directo de
más de tres mil fusilamientos en Paracuellos del Jarama,
una localidad cercana a Madrid, durante la Guerra Civil, y la oposición
pasaba por alto los millares de muertos imputables al franquismo tras la
victoria en 1939.
Naturalmente, eso no quería decir que estos temas no pudieran ser tratados
por la sociedad, sino que el gobierno se abstendría de airearlos. Muerto
Franco e iniciado el proceso de cambio, periodistas e
historiadores, protagonistas y testigos de todas las tendencias y de todos
los crímenes, volcaron sus experiencias libremente en libros, películas y
toda clase de documentos.
Este acuerdo tácito llegó a su fin. Recientemente, aprovechando la noche y
la sorpresa, el gobierno de Zapatero ordenó quitar de una céntrica plaza
madrileña una de las pocas estatuas de Franco que existen en España.
El pretexto utilizado era de carácter ornamental. La realidad era otra: se
trataba de un simbólico ajuste de cuentas con el pasado.
Zapatero, súbitamente, había recuperado su memoria
histórica selectiva y hacía un juicio de valor sobre el comportamiento del
régimen anterior. Era el fin de la amnesia. Una paradójica ’’curación’’ que
traería secuelas en lugar de eliminarlas. Tras el innecesario gesto, los
periódicos y las ondas radiales volvieron a inundarse del recuento de
sangrientos episodios provocados por uno y otro bando.
Zapatero no había entendido que el olvido y el silencio a
veces son expresiones de la sabiduría. Ojalá que su imprudencia no tenga
otras consecuencias más graves.
Por Carlos Alberto
Montaner
El Nuevo Herald
| Página Principal |
© Copyright 2000 La Patria Grande - Todos los derechos reservados |
|