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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Mientras sigue
gambeteando las presiones de ajenos y propios destinadas a (como mínimo)
sincerar la inflación, forzar rectificaciones en el INDEC y restarle capacidad
de maniobra a Guillermo Moreno, el gobierno decidió retroceder voluntariamente
en otros espacios. El más notorio: el proyecto de estatización de Aerolíneas
Argentinas. Antes de soportar un nuevo sofocón parlamentario, la Casa Rosada se
inclinó por tirar al canasto el esperpéntico proyecto original surgido de la
pluma del secretario de Transporte, Ricardo Jaime, y suscripto por la señora de
Kirchner, para aliviar los reclamos del bloque oficialista y de los aliados
indispensables para armar una votación mayoritaria en la Cámara de Diputados.
La propuesta que
consiguió media sanción no es tampoco demasiado consistente ni devela incógnitas
básicas sobre la operación estatizante (por caso: el precio final que Argentina
oblará por una empresa quebrada con complicidad estatal, el costo que demandará
sostenerla, el estado patrimonial que se heredará de la vidriosa administración
de la empresa Marsans). Tampoco se deshace terminantemente del turbio acuerdo de
transferencia convenido entre el Poder Ejecutivo y el grupo español, lo que abre
un insondable porvenir de litigios y demandas de resarcimiento que probablemente
caerán sobre los hombres de los argentinos.
En cualquier
caso, el matrimonio presidencial optó prudentemente por anticiparse a la
adversidad política y hacer de la necesidad virtud: una confesión implícita de
fragilidad. No fue la única: Néstor Kirchner impulsó al ministro de Interior a
que recibiera al gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, y le diera alguna
satisfacción. El propio Kirchner se entrevistó en Olivos con Carlos Reutemann,
uno de los senadores que votaron en contra de la Resolución 125 en el conflicto
con el campo y a quien Kirchner había hecho verduguear por esos días a través de
sus lenguaraces parlamentarios. Para el ex presidente es hora de tragar amargo y
escupir dulce: necesita generarse amistades en el seno de un justicialismo que
se le escapa de las manos y comienza a darle muestras de rebeldía. Si hasta
empieza a rumorearse que, además del creciente activismo de los sectores
disidentes del justicialismo, toda una red de gobernadores y funcionarios amigos
del sistema K se ha conjurado para imponer rectificaciones en la marcha del
gobierno y reclamar la "jerarquización de la figura presidencial", loable
intención ésta que Kirchner no puede interpretar sino como el designio de
empujarlo a él lejos del gobierno.
Mientras esto
ocurre, sucesivos crímenes mafiosos atribuidos a intereses de la droga parecen
conectarse (como ocurriera con la misteriosa valija del venezolano Antonini
Wilson) a personajes y actividades que financiaron decisivamente la campaña
electoral de Cristina Kirchner. Y a esto se agregan las cada día más visibles
señales de fatiga del "modelo" económico oficial: inflación creciente,
pesadísimos subsidios, dramática falta de inversiones, erosión de las ventajas
cambiarias que en su momento proporcionó la devaluación, caída del consumo
(factor sobre el que pivoteó la reactivación), etc.
El oficialismo
afronta una crisis que, para muchos analistas, terminará sofocándolo. Es que lo
que está colapsando es un dispositivo de gobierno que durante años dio réditos,
pero ahora parece haber ingresado en zona de franca obsolescencia.
Néstor Kirchner
había comprendido, tan pronto llegó al gobierno con el favor de Eduardo Duhalde
y un magro capital electoral, que la Argentina, después de la debacle de la
Alianza y de la crisis de 2001/2002, se había alejado del pelotón de países
latinoamericanos con instituciones en vías de desarrollo (Brasil, Uruguay,
Chile, Colombia), para asemejarse, más bien, a aquellas naciones andinas en las
que los gobiernos no son reemplazados por elecciones regulares, sino por
erupciones de violencia, redoble de cacerolas y revueltas callejeras.
Los años de
kirchnerismo se asientan sobre el monumental desastre de la Alianza (con la
resultante de escepticismo y antipolítica del público que había respaldado esa
formación) y la devaluación asimétrica del 2002.
El kirchnerismo
nació de esos dos fenómenos y se beneficiió de ellos: se lanzó a conquistar una
opinión pública vacante después de la evaporación aliancista y sostuvo los
efectos de la devaluación a través de los manejos del Banco Central destinados a
custodiar la política de dólar alto. La debilidad política de origen de Kirchner
(22 por ciento) determinó una dependencia creciente de la opinión pública de las
grandes ciudades, en particular de Buenos Aires. El gobierno decidió evitarse
sofocones "andinos" y apeló a una política de subsidios destinada a mantener
anestesiados a los sectores medios, generar consumo, sostener a la vez el
llamado "capitalismo de amigos " y el clientelismo, y cobrar los dividendos (no
sólo políticos) de la discrecionalidad.
Para curarse en
salud, Kirchner se dedicó asimismo a controlar la calle (no con los instrumentos
del Estado, sino principalmente a través de fuerzas paraoficiales como las que
representa emblemáticamente Luis D'Elía) y a manejar con mano de hierro la caja
del Estado, concentrando recursos y administrando su distribución con
condicionamientos varios, antes que nada la obediencia a su jefatura.
Así, el gobierno
edificó un sistema de poder hipercentralizado, un "Unicato", en el que se toman
recursos del país y se expropia poder a las instituciones (cámaras legislativas,
gobiernos provinciales y buena parte del sistema judicial); un dispositivo
hegemónico, construido sobre aquellas bases: confiscación, caja,
disciplinamiento, dominio de la calle y confrontación permanente.
Esa máquina tocó
un límite fuerte cuando, a diferencia de los enfrentamientos del primer período
presidencial (apuntados contra sectores vulnerables o debilitados ante la
opinión pública), en la nueva era de bicefalismo, con la esposa de Kirchner en
la Casa Rosada, el gobierno se enfrentó con la cadena de valor agroindustrial,
que no depende de los subsidios estatales, sino que –más bien- los sostiene. Ese
conflicto fue el disparador que desnudó las debilidades del llamado "modelo"
vigente, facilitó la desobediencia de los sectores sometidos a la disciplina
oficial, revitalizó las instituciones y le ganó la calle al gobierno.
En su mejor
época, las recetas del kirchnerismo funcionaron sostenidas por los buenos
precios internacionales y la confiscación de las rentas provinciales, pero
necesitaron además del miedo, como factor motorizante. Caja y miedo, un juego
elemental de premios y castigos.
Ahora, el
kirchnerismo recala en el peor de los mundos posibles: la caja empieza a mostrar
graves falencias y la sociedad le ha perdido el miedo; el temor se desvanece
hasta en el interior del aparato oficialista, donde muchos se atreven ya a
disentir de las ocurrencias del Señor de Olivos, a juzgar críticamente sus
criterios de conducción o a dudar de su equilibrio político y psicológico.
Está por verse
si el kirchnerismo puede reinar sin respaldo de la opinión pública, sin control
de la calle, con recursos acotados y sin capacidad para provocar miedo.
De hecho, entre
analistas y políticos prácticos empieza a generalizarse la sospecha de que ese
reinado es más que improbable. El propio centro del poder K intuye esa
dificultad y por ese motivo, contradiciendo inclusive su genética confrontativa,
parece temporariamente dispuesto al repliegue táctico y a la búsqueda de un
reagrupamiento de fuerzas.
"Si no cambia,
no se llega a diciembre", vaticinó el viernes Elisa Carrió. Otros, menos
proféticos pero no por ello menos previsores, imaginan escenarios alternativos
para el caso de que la situación se torne ingobernable o suscite (como ocurrió
después de la derrota parlamentaria oficialista sobre las retenciones móviles)
una pulsión renuncista en el matrimonio presidencial. Reconocidos economistas
intercambian cifras e ideas acerca de cómo abarajar los problemas que ya se
evidencian.
El nombre de
Julio Cleto Cobos circula en casi todos los cenáculos. En el radicalismo, por
ejemplo, representantes de virtualmente todas sus escuelas internas de
pensamiento debatieron sobre la mejor forma de recuperar al vicepresidente y a
quienes lo siguieron en la perimida aventura de pactar con Néstor Kirchner. Hubo
coincidencia casi unánime en la conveniencia de levantar sanciones y reabrir las
puertas partidarias a esa diáspora. El actual presidente de la UCR, Gerardo
Morales, reclama, sin embargo, que Cobos renuncie a la vicepresidencia si quiere
retornar al partido. Ese criterio no cuenta con consenso en las alturas
radicales; tampoco resulta aceptable para el propio Cobos, que ya adelantó que
no piensa dejar la vicepresidencia ni por presiones de la Casa Rosada ni por
condicionamientos de sus actuales o ex correligionarios.
" No tiene
sentido pedirle a Julio que abandone su cargo; él es importante para la UCR y
para el país por la misión institucional que cumple y puede cumplir –juzga uno
de los radicales que participa en las tenidas sobre el tema-. Hay que actuar con
amplitud y generosidad para reintegrar al cobismo y dejarlo tranquilo a Cobos.
El partido puede tener con él una conducta de solidaridad y acompañamiento. Si
actuamos de ese modo en los años 70 con Arturo Mor Roig, por ejemplo, que era
ministro político de un gobierno militar, ¿por qué no lo haríamos con un
vicepresidente que tiene conductas filosóficamente radicales?"
En estas
actitudes hacia Cobos pesa, sin duda, el hecho de que el vicepresidente cuenta
con una amplísima aprobación pública, que –según la mayoría de las encuestas- al
menos duplica la de la presidente Kirchner y supera cómodamente la de la mayoría
de los dirigentes políticos. Esta circunstancia no sólo es tomada en cuenta por
los radicales, sino también por el peronismo territorial (la amplia gama
de justicialistas que toma distancia del kirchnerismo, empezando por Eduardo
Duhalde), que ha adoptado la posición de "cuidar" al vicepresidente. Casi por
las mismas razones (aunque con una valoración opuesta), en la Convención Cívica
miran con desconfianza a Cobos: lo observan como un competidor potencial; de
hecho, desde su ascenso muchos sectores del radicalismo que se sentían atraídos
por el liderazgo de Elisa Carrió han reconsiderado las cosas y le dan chances a
un renacimiento de la UCR en el que converjan sus diferentes tendencias a la
sombra cordial del vicepresidente.
Con su tibio
repliegue táctico, forzado por la debilidad, el oficialismo procura comprar
tiempo y recuperar algo del perdido vigor de otros momentos. Así, sin embargo,
es posible que pierda simultáneamente en dos escenarios: que decepcione a
quienes lo quieren ver sólido y estable y sin por ello recuperar la confianza de
los sectores que en los primeros años le garantizaron buena performance en las
encuestas de opinión pública y que en los últimos meses decidieron abandonarlo.
Por algo suena el río…
Jorge Raventos
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