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Por una diferencia estrecha, el oficialismo consiguió finalmente media sanción
de la Cámara de Diputados para el proyecto que el Poder Ejecutivo envió al
Congreso el 24 de junio o, más bien, para lo que quedó de él.
Al día
siguiente del anuncio de la señora de Kirchner de que consultaría al
Legislativo, el ministro de Justicia Aníbal Fernández, con su habitual
clarividencia, tradujo los deseos del matrimonio presidencial: "Hay que aprobar
a libro cerrado el texto que se envió". Si se excluyen los dos primeros
artículos del proyecto, el resto fue totalmente modificado en función de la
necesidad del oficialismo de acercar socios y votos y, sobre todo, de evitar
fugas de las propias filas. Así, el resto del proyecto original quedó como un
cuchillo sin hoja al que le falta el mango. La ansiedad recaudatoria que había
guiado inicialmente al gobierno y al redactor de la resolución 125 (el
renunciado y alejado ministro de Economía Martín Lousteau) tuvo que contentarse
con muchísimos menos recursos potenciales que los 1.500 millones de dólares que
esperaban cosechar con las retenciones móviles. En sus intentos (no siempre
exitosos) de seducción a diputados propios y ajenos, el kirchnerismo legislativo
dejó jirones de aquella suma.
En
cualquier caso, y aun si se admite que el tintineo de la caja es un sonido que
subyuga al oficialismo, lo central para el matrimonio presidencial consistía en
salvar del naufragio que le provocó su choque con el campo una imagen de
victoria legislativa y los dos artículos primeros del proyecto, los que
ratifican la resolución 125 y le reconocen al Ejecutivo su atribución para fijar
esa suerte de impuesto excepcional a los ingresos brutos que son las
retenciones.
Al aprobar
(por menguada que haya sido la diferencia) ese capítulo del proyecto original,
la Cámara de Diputados delegó una vez más a la Presidencia funciones específicas
que le fija la Constitución, es decir se sometió voluntariamente a una
amputación de facultades propias. Está por verse aún –sobre ese tema deberá
pronunciarse tarde o temprano la Corte Suprema- si lo que votó la Cámara Baja es
o no inconstitucional. El hecho de que el Congreso vote una norma –por la
mayoría que sea- no convierte a esta automáticamente en constitucional. Si una
mayoría legislativa decidiera próximamente, por ejemplo, designar rey a Néstor
Kirchner o implantar la esclavitud en la Argentina, esas ocurrencias no pasarían
el examen de constitucionalidad, serían nulas de toda nulidad, la Corte se
expediría sobre el asunto con la celeridad necesaria y, además, probablemente la
ilegalidad manifiesta determinaría reacciones políticas de distinta magnitud.
El
gobierno, de todos modos, tiene motivos para suspirar aliviado por el momento,
ya que consiguió preservarse de una derrota legislativa. Por primera vez en
mucho tiempo el Congreso actuó más cerca de lo que la sociedad espera de él que
de la escribanía presidencial en la que estuvo convertido durante cinco años.
Hasta los diputados oficialistas parecían alegres de este volver a vivir, aunque
omitían en sus discursos ante las cámaras de tevé que la fuerte asistencia y los
debates enérgicos, las reuniones multitudinarias de las comisiones y las
consultas a las partes interesadas que el país observó en los últimos días
ocurrieron como resultado de una vastísima movilización del campo y de la
Argentina interior que duró casi cuatro meses, que forzó al matrimonio
presidencial a enviar al Congreso lo que pretendía decidir de entre casa y que
hasta impulsó a sectores del oficialismo a retobarse, a desobedecer o a elevar
su cota de pensamiento crítico y realismo. Fueron el campo y la rebelión de la
Argentina interior los que levantaron la cotización del Congreso y de los
congresistas (sin excluir, por cierto, a los del oficialismo y sus aliados).
La prueba
del ácido
Ese triunfo
forzado y notoriamente pírrico que el kirchnerismo logró el sábado a la mañana
tiene todavía que pasar por la prueba del ácido de la realidad. Si bien se mira,
lo que el oficialismo saca de Diputados es la ratificación de la resolución que
provocó el largo conflicto; puede objetarse que los montos de las retenciones
han sido acotados por un mecanismo de compensaciones que achica sus efectos para
los productores más pequeños. A eso hay que señalarle, sin embargo, que los
productores desconfían de las compensaciones ("¿Para qué me sacás con el
argumento de que me vas a devolver? No me saques", ha objetado con elocuencia el
entrerriano Alfredo De Angeli) y que estas compensaciones, según lo que
aprobaron los diputados, rigen sólo hasta octubre, por cuatro meses. Es decir:
en el mejor de los casos las retenciones se achican hasta octubre, pero esta ley
le ha reconocido sine die al Poder Ejecutivo la atribución de fijar ese
impuesto y los montos correspondientes. ¿Con qué confianza van a sembrar y
producir los chacareros ante esa discrecionalidad atribuida a una autoridad que
sólo cedió lo que cedió después de una verdadera gesta nacional de la Argentina
interior? Muchos de ellos piensan que, en unos meses, una vez desmovilizado el
campo, un Ejecutivo urgido financieramente por las dificultades de su política
económica volverá a embestir contra él.
Por eso la
inquietud sigue manifestándose en asambleas y a la vera de las rutas. La
votación de la Cámara Baja no devela las dudas e inquietudes de los productores.
Y por cierto no da ninguna respuesta aún a los reclamos de mejor distribución
territorial de los recursos.
La
naturaleza de la crisis
Lo que el
país viene desplegando desde hace 120 días meses no es una crisis como otras,
ni una mera pelea entre un sector y el Estado, ni un cortocircuito de carácter
institucional. Esas y otras dimensiones están presentes, sí, pero lo que define
la actual situación es su carácter de crisis política de fondo, la circunstancia
de que un amplísimo y creciente número de argentinos siente que debe optar entre
uno de dos espacios enfrentados.
Lo
paradójico, a primera vista desconcertante, es que la crisis se desatara en el
momento en que a la Argentina se le abre una perspectiva de abundancia. Se
trata, en rigor, de una crisis que estalla porque una traba política obstruye
el acceso del país a la oportunidad histórica excepcional de reinstalarse
vigorosamente en el mundo a partir de sus capacidades productivas y su
competitividad internacional en el terreno de los alimentos, convertido en un
campo estratégico por la explosión de la demanda mundial (y por la
sutentabilidad en el tiempo que se proyecta en esa demanda).
El
obstáculo se interpone no ante una posibilidad genérica o azarosa, sino ante una
oportunidad que ya se ha abierto. No se trata de que la Argentina tenga meras
"condiciones naturales" para ese apovechamiento. Tiene tradición en la actividad
y experiencia productiva, tiene un sector social protagonista de la producción
que reúne a la vez espíritu emprendedor, creatividad, competitividad
internacional e importancia económica. Los producción del complejo
agroindustrial responde por las dos terceras partes de las exportaciones
argentinas.
Ese
fenómeno heterogéneo pero íntimamente conectado, que se expresa como "el campo"
se manifiesta en todo el territorio nacional, ha expuesto su voluntad de actuar
y de "remover el obstáculo" que impide la conexión con la oportunidad histórica.
Y define como obstáculo una política –un gobierno- que no se limita a impedir
pasivamente esa realización , sino que lo hace de modo activo: combate por
distintos medios, sin excluir el uso de la presión y de la fuerza, a los
sectores que encarnan esa oportunidad.
El
instrumento de la obstrucción ha sido el sistema de las retenciones móviles
impuesto por la resolución número 125, que el gobierno K sostiene pese a que
hizo renunciar al ministro que la elucubró.
Menos
equidad territorial que en el Proceso
Esa
resolución y el régimen de retenciones que estableció son en verdad, una
ilustración perfecta tanto del obstáculo que el oficialismo le impone a la
producción agraria como de su agresión al federalismo fiscal. Sucede que las
retenciones son recursos que el gobierno nacional recauda, pero excluye de la
masa impositiva que debe coparticipar con las provincias. Así, afecta a los
productores y a los distritos en los que ellos operan, aspirando de los
bolsillos de unos y otros fortunas que terminan en las arcas del centralismo.
En el
período 1973-75, durante el último gobierno de Juan Perón, continuado, tras la
muerte del General, por su viuda, María Estela Martínez, la coparticipación
automática de la recaudación total de impuestos nacionales a favor de las
provincias superó el 50 por ciento (durante 1975 llegó al 52,4 por ciento).
Durante el
Proceso militar, iniciado en 1976 con el derrocamiento de María Estela Martínez
de Perón, la cuota de impuestos coparticipados por las provincias cayó
marcadamente, y en el último año de ese régimen fue del 32 por ciento.
La ley
23548, sancionada durante la presidencia de Raúl Alfonsín, decidió que el 57,66
por ciento de los recursos recaudados iría a las provincias y garantizó en su
artículo 7 que las transferencias automáticas no serían inferiores al 34 de esos
recursos.
Hoy no sólo
no se obedece a la Constitución reformada en 1994 que reclama una nueva ley de
coparticipación federal: tampoco se cumple con la norma subsistente, pues el
porcentaje de recursos recaudados por la Nación que se transfiere
automáticamente a las provincias es el más bajo del último medio siglo:
sólo el 27 por ciento. Sí, más bajo inclusive que el de los años de la
dictadura.
Y ese
reparto se sigue encogiendo en términos proporcionales. En mayo, por ejemplo,
los recursos totales del sector público se incrementaron en un 30,5 por ciento.
Las transferencias automáticas a las provincias, en cambio, sólo crecieron un
19,5 por ciento en promedio. Los promedios muchas veces opacan la realidad. En
el caso de las transferencias a las provincias, ocultan que algunas (las que
tienen gobernadores obedientes y disciplinados) son favorecidas con recursos que
se niegan a los más díscolos. Mientras el Entre Ríos recibe 1600 millones para
obras públicas y al Chaco de Jorge Capitanich se lo premia con 200, a Córdoba
sólo se le giran 18 millones y medio, mientras su gobernador, Juan Schiaretti
amenaza con recurrir a la Justicia para que le paguen cien veces esa suma: 1.600
millones de compromisos previsionales que el Estado Nacional había jurado que
doblaría…antes del conflicto agrario. Por su lado, Catamarca, donde gobierna
un radical que dejó de ser K, Eduardo Brizuela del Moral, recibió alrededor de
$20 millones, pero reclama 100 de una deuda que el estado central le mezquina.
El Estado
central, entretanto, recauda y gasta. En ese mismo mes de mayo, por caso, el
gasto primario del gobierno nacional creció (por encima de la recaudación) un
40,1 por ciento. La mitad de ese aumento se destinó a "transferencias al sector
privado", dicho más llanamente: a subsidios, buena parte destinados a cubrir el
notable déficit energético y la dispendiosa vía de resolverlo que eligió el
gobierno, o al transporte. En lo que va del año –señala un minucioso informe del
diario La Nación-, el aporte de los subsidios "al incremento de los gastos
primarios ya supera la contribución de las prestaciones a la seguridad social,
explicando, respectivamente, un 35 por ciento y 32 por ciento de la expansión
total".
La lógica
del "modelo"
El llamado
"modelo K", tiene una lógica transparente: succiona recursos de todos los
distritos (principalmente de la Argentina interior) hacia la caja central y los
emplea para condicionar y disciplinar gobiernos provinciales o municipales;
confisca a los sectores más productivos y competitivos y con ellos distorsiona
los precios y genera dependencia de sectores empresarios, que en lugar de
obtener rentabilidad por la vía del mercado y la competencia, la consiguen como
cortesanos y embolsando subsidios.
Un trabajo
reciente ilustra la matriz parasitaria de ese modelo: "Actualmente, para la
soja, con una retención del 46 por ciento y un valor para la tonelada de soja de
u$s 550, el Gobierno recauda unos u$s 250 por tonelada de soja producida. Así,
el productor que cosechó 40 quintales por hectárea, aporta al Estado 1000
dólares por hectárea (sí, mil dólares por hectárea) y el que sacó 12 quintales
aporta 300 dólares por hectárea aunque perdió plata y lejos de tener una renta
extraordinaria tuvo una pérdida. En los actuales niveles de retenciones no
hay situación en la que el productor gane más que el Estado, que lo único que
hizo fue dictar la Resolución 125."
Si se
agrega que esa recaudación huye de las provincias que generan la riqueza para
aterrizar en la caja central, se comprende que el interior –sector público y
sector privado- se rebele frente a una política que lo condena al
languidecimiento precisamente en el momento en que el mundo ofrece una
oportunidad excepcional.
La
victoria numérica obtenida por el oficialismo en Diputados ha ratificado la
Resolución 125 y, sobre todo, la presunta atribución del Ejecutivo para fijar
retenciones a piacere. Ha vuelto a las andadas, aunque endulzara ese trago
amargo para el campo con innumerables parches bajo la forma de reintegros…que
sólo tienen vigencia hasta octubre. Y que, más allá de eso, no gozan de la
confianza de los productores. ¿Solución para semejante crisis o, una vez más, un
cuchillo sin hoja y sin mango?
Jorge Raventos
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