Domingo 03 de Abril de 2005

TESTIMONIOS.-LOS SECRETOS DE DEBRAY

Un rebelde se confiesa
FRANCES CAUTIVO. Debray revela que la inteligencia cubana intentó rescatarlo clandestinamente de la cárcel boliviana.

"Alabados sean nuestros señores".-Régis Debray

El otrora joven revolucionario hace un balance escéptico de su trayectoria, con revelaciones históricas. Sudamericana, 1999. 475 páginas.

POR NESTOR KOHAN


Régis Debray no es un desconocido en la Argentina. En los primeros años 60 Pasado y presente y La rosa blindada, las dos principales revistas culturales de la nueva izquierda, publicaron sus principales artículos. En 1968 La rosa blindada editó Ensayos latinoamericanos, un volumen de quinientas páginas que supo fastidiar largamente a los burócratas estalinistas. No casualmente, en 1967 Rodolfo Ghioldi, uno de los principales dirigentes del estalinismo argentino, replicó con un folleto al libro más famoso de Debray: ¿Revolución en la revolución? (del que en Cuba se imprimieron 300.000 ejemplares). No sólo Ghioldi; también se pronunciaron Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos, Mario Santucho y otros argentinos de esos años. A la sombra de la Revolución Cubana, Debray, que aún no tenía 30 años, era famoso y dividía las aguas. Alumno destacado de la célebre Ecole Normale Supérieure, Debray fue seguidor incondicional de Louis Althusser, el filósofo que en su autobiografía póstuma El porvenir es largo lo menciona como uno de sus "alumnos-discípulos más cercanos". El fue su primer mentor.

Los siguientes serían: Fidel Castro (que lo convocó a la isla luego de que el francés publicó "El castrismo: la larga marcha de América latina" en Les Temps Modernes, la revista de Sartre), el Che Guevara (con quien marcharía a Bolivia), Salvador Allende (con quien se encontraría al salir de la cárcel boliviana en 1971) y Francois Mitterrand (de quien fue consejero de Estado durante los años 80).

Alabados sean nuestros señores no constituye, como sus anteriores textos, un ensayo de filosofía política. En su reconstrucción interesan más las anécdotas y testimonios de su acceso directo a distintos ámbitos de poder que las reflexiones "filosóficas" autojustificatorias elaboradas a posteriori. Más allá de sus pretensiones, el texto es básicamente un libro de memo rias y de confesiones sobre diversas derrotas, desilusiones y arrepentimientos. Entre estos últimos merecen citarse dos expresiones sintomáticas: "Yo no viví los 60 de oro", así como también su agria referencia a "la juventud robada". Seguramente hoy Debray lamenta no haberse divertido como muchos de sus compañeros con la rebeldía estudiantil de los 60, tras lo cual, sin mayores traumas, aquellos jóvenes se incorporaron como buenos padres de familia al statu quo francés. El, en cambio, tuvo que pasar años en una cárcel de Bolivia (torturas incluidas) con todo lo que ello implica para un francés. He allí el núcleo de muchos de sus lamentos tardíos.

Recorrer entonces su libro de un modo lineal permite apreciar las metamorfosis que transformaron a un joven "nueva izquierda", irreverente e iconoclasta, en un lúcido burgués bienpensante, admirador tardío de De Gaulle. Una trayectoria que él mismo describe como el pasaje del partisano al miembro conspicuo del establishment. Un balance amargo que atañe siempre al mismo papel elegido durante toda su vida (aun cuando iba cambiando de camiseta): el del intelectual consejero del príncipe. Porque Debray siempre nadó con la corriente: incendiario en los 60, socialdemócrata en los 80, escéptico en los 90. Aunque ese ubicarse siempre en el lugar preciso de la "onda" del momento, que muchos podrían caracterizar -con fundadas razones- como oportunismo, no alcanza sin embargo para opacar el brillo de su escritura. Antes que nada, Régis Debray es un gran escritor que apostó políticamente y le fue mal.

En estas confesiones Debray construye un paralelo entre La Habana y París aunque evidentemente su vínculo con el gobierno de la primera selló a fuego sus resentimientos actuales hacia sus "mentores" mucho más que su paso por el Elíseo francés. Por eso la primera mitad de libro se lleva casi todos los galardones. El análisis de esas páginas, si bien describe problemas reales de la Revolución Cubana (como el caudillismo o la pérdida de prestigio entre los intelectuales occidentales a partir de su alineamiento de 1971 con la URSS), está sobrecargado de resentimientos personales hacia todo lo que le recuerde sus "años cubanos" o su amistad con Castro y el Che Guevara. A pesar de ello el autor reconoce, a contramano de muchas biografías del Che redactadas a todo galope durante el boom editorial de 1997 (cuando se cumplieron 30 años de su muerte) que "puedo dar fe de que jamás hubo ruptura del Che con Fidel". Para demostrarlo cita largas conversaciones que mantuvo por separado con ambos líderes revolucionarios, sobre quienes traza su perfil psicológico. En ese sentido, y dentro de una caracterización sumamente crítica de Guevara por su supuesta rigidez y frialdad personal, Debray sostiene que "hasta el último de sus días el Che sólo amaba a su madre, a Fidel y a dos o tres amigos de la adolescencia".

A pesar de que durante los últimos años Debray ha apadrinado y alentado contra la Revolución Cubana a "Benigno", uno de los sobrevivientes de la insurgencia boliviana actualmente exiliado en Francia, en Alabados sean nuestros señores revela cómo el aparato de inteligencia cubano estaba inmerso en un plan para sacarlo a él mismo clandestinamente de la cárcel boliviana. Un hecho poco conocido, incluso por los que sostienen que Cuba abandonó a sus soldados en Bolivia. Por si fuera poco, y dentro de un tono general de reproches contra Fidel Castro, Debray reconoce también que Cuba fue uno de los pocos países latinoamericanos, cuando no el único, que no torturó a sus disidentes.

La lista de confesiones es larga y jugosa. Debray confiesa que hasta 1967, cuando cayó preso en Bolivia, había sentido "vergüenza de ser francés". De allí en más, en lo oscuro de su prisión, tomaría conciencia de cuán lejos él estaba en realidad de los latinoamericanos. Por ello se volvió en gran medida un nacionalista francés, a tal punto que actualmente es un ferviente partidario de la disuasión nuclear de Francia frente a las impugnaciones pacifistas de Greenpeace. A años luz entonces del ardor febril de los 60 que lo tuvo como uno de sus protagonistas destacados, Debray, lejos del mundanal ruido, hoy hace referencia irónica a los zapatistas llamándolos "un puñado de niños bien dotados". A principios del siglo XX, José Ingenieros había sentenciado provocativamente que "ser viejo es ser mediocre". Después de leer las confesiones amargas de este libro es triste corroborar aquella sentencia observando lo que puede hacer el tiempo no sólo con las cosas sino también, y principalmente, con los hombres. Incluso, con los más brillantes.-

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