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Domingo 03 de Abril de 2005 |
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DERECHOS HUMANOS E IMPERIALISMO
La detención en Italia (a solicitud de
Francia) del mayor retirado del Ejército argentino Jorge Olivera, vuelve a
poner sobre el tapete como la reiterada manipulación de los derechos humanos
por parte del imperialismo, ha logrado cubrir con una bandera noble su remanida
política de dominación. La mayor parte de la prensa, el gobierno y los
sectores ligados a los derechos humanos han resaltado el papel que el detenido
habría cumplido durante la ultima dictadura cívico militar, cuando revistaba
en el año 1976 como teniente en el Regimiento 22 en la Provincia de San Juan.
Esta imputación, verdadera o falsa, esconde la real cuestión de fondo, que
consiste en algo mucho más grave que poder ejercer justicia en nuestro país
contra criminales de cualquier índole, y es la de dejar en manos de tribunales
extranjeros la posibilidad de hacerlo, ya sea sobre auténticos genocidas o,
para peor, sobre los que ellos opinen que lo son.
Los países imperialistas han demostrado históricamente que están mas
propensos a defender a sus intereses que a los derechos humanos y que no tienen
ningún empacho en violarlos cuando estos se encuentran en peligro.
Por supuesto que ninguno va a declarar públicamente: vamos a entrar a sangre y
fuego en Grenada, en Egipto o en la India para poder explotar su petróleo o
para defender las ganancias de nuestras empresas. Mas bien tienden a plantear
que lo que defienden es la libertad, la democracia o los derechos humanos,
cuestionados por grupos, partidos políticos o personas de características
horrorosas. Asumen un poco lo que el espíritu imperial de Inglaterra calificó
en África como "la pesada carga del hombre blanco". Quizás ahora, en
la época de la globalización, se redefiniría como " la pesada carga de
los defensores de los derechos humanos".
Hay algo perverso en esperar de otros países la justicia que, supuestamente, no
se puede encontrar en la propia patria. Esa utopía reaccionaria en principio se
fundamenta en el espíritu de inferioridad que durante siglos los países
centrales han procurado infundir a los periféricos como una de las mejores
armas para lograr su sometimiento. ¿Justicia nosotros, los bárbaros, los
corruptos, los genocidas? Es imposible. La justicia con mayúscula solo la
pueden ejercer las naciones sin macula, aquellas que solo actúan por principios
morales. Hay que dejarla en manos de los Estados Unidos que, entre otros,
detenta antecedentes tan significativos como haber probado sus bombas atómicas
sobre Hiroshima y Nagasaki. Hay que dejarla en manos de los alemanes que fueron
capaces de construir una justicia tan perfecta como la que pusieron en practica
los nazis. Hay que dejarla en manos de los italianos, que detrás de Mussolini,
la importaron a la ignorante Abisinia. Hay que dejarla en manos de los ingleses
que durante largos años la practicaron en la sangrante Africa o en la India que
antecedió al Mahatma Gandhi. Hay que dejarla, en fin, en manos de la cuna de
los derechos del hombre, la reclamante Francia, que hizo desaparecer
cuatrocientos mil argelinos durante la denominada Batalla de Argelia y luego
amnistió a todos los militares de la OAS, porque eso era lo que le convenía a
sus intereses nacionales y porque, en última instancia, los muertos eran
argelinos.
Nadie se pregunta porque los franceses son capaces de perdonar a sus asesinos,
pero se muestran implacables con los de nuestro país, aunque ya hubieran sido
juzgados aquí? Cuando la Revolución Francesa pone ante los ojos del mundo la
declaración de los Derechos del Hombre, en Haití se produce un levantamiento
encabezado por un mulato llamado Alexandre Petion, quien busca aplicar esos
principios en el atormentado suelo de su país donde los colonos franceses
esclavizan a la mayoría negra y mulata. La respuesta inmediata fue el envío de
tropas al mando del General Le Clerc, que llevaba en las bodegas de sus barcos
jaurías de perros y en su correspondencia una orden: "le envío los
mastines para que combata a los insurrectos. No le mando alimentos para los
perros ya que lo podrá hacer con la carne de los negros". Quienes se
alegran por la detención de Olivera en Francia deberían saber que en lo
general esto no ha variado demasiado: para la justicia de los países centrales
los derechos humanos son para sus habitantes y para los "negros", los
perros.
Se equivocan aquellos que luchan por los derechos humanos en la Argentina o en
cualquier país periférico y acuden, para castigar a los culpables del criminal
accionar de las dictaduras cívicos-militares oligárquicas, a quienes fueran
los reales detentadores del poder de las mismas. ¿Vamos a ser tan ingenuos en
pensar que la cadena de golpes reaccionarios que asoló toda América Latina no
tenía un fundamento de intereses económicos nacidos en los países
imperialistas?. Si recordamos cuando se generó la deuda externa no es difícil
entender que en nuestro país Videla fue solo el jefe de policía encargado de
mantenernos cuerpo a tierra mientras otras manos nos vaciaban los bolsillos.
Ahora esos militares ya no les sirven mas y es de buen tono para los países
imperialistas, con sus manos manchadas de sangre, defender los derechos humanos
juzgando a sus ex cómplices. Inclusive, de esa manera crean problemas internos
en las débiles democracias, para que no puedan librarse de esa debilidad y así
poder extorsionarlas económicamente. También procuran enfrentar al pueblo con
sus Fuerzas Armadas, preparando el terreno por si el día de mañana tienen que
utilizarlas nuevamente en la represión.
No en todos los casos las dirigencias políticas se prestaron a estos peligrosos
juegos. Chile fue quien actuó con mayor claridad en el caso que involucró a
una figura de características tan indefendibles como es la de Augusto Pinochet.
El presidente Frey y su Canciller pusieron la cuestión en su justo sitio y el
presidente Menem y su gobierno dieron un claro apoyo, rechazando la
extraterritorialidad y haciendo escuchar lo que debe ser el pensamiento
político de los países del MERCOSUR.
El Juez Garzón, es otro que prefiere levantar su carrera política juzgando
asesinos de países periféricos y no indagar en el pasado de España,
peligrosamente cercano, donde el franquismo mató millares de españoles y sus
responsables y herederos comparten hoy el poder en las Cámaras. Pero el no
expresa sino lo que antes se llamaba "política imperialista" y ahora
eufemísticamente se lo denomina "globalización de la justicia".
En Argentina el gobierno de la Alianza sigue en este tema la misma política que
hasta ahora lo ha definido en todos los campos: duda, se contradice, procura
conformar a todos y termina, por inacción, generando lo peor, lo más peligroso
para los intereses del país. Mientras López Murphy intenta mostrarse
permisivo, aun mas allá del severo reglamento militar, la decadente Castagnola
(a la que Clarín ya no llama mas "Graciela") da una muestra de la
papilla informe que compone el pensamiento "progre", al ilustrarnos:
"a veces hay que sacrificar un poco la soberanía por defender los derechos
humanos". La señora demuestra con esta frase que, entre todo lo que
ignora, también figura la historia. De otra manera tendría que saber que cada
país defiende su soberanía con el modo y la fuerza que puede, pero quienes la
han entregado o perdido, junto con ella perdieron también la posibilidad de que
sus habitantes tengan cualquier derecho, entre ellos, los derechos humanos.
Carlos Alberto Falcone
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