Es innegable que los últimos dos años fueron extraordinariamente positivos para la economía mundial
Como se sabe, yo no
soy pesimista ni me gustan las Casandras. Me cansé
de denunciar, durante el tiempo de presidente, la fracasomanía, como
hace ahora el presidente Lula. Pero entre ser
optimista y ser despreocupado con el futuro hay un abismo que separa
la responsabilidad de la irresponsabilidad.
Es innegable que los últimos dos años fueron extraordinariamente
positivos para la economía mundial. Sea por el efecto de
China, sea por el efecto de demanda generado (por cruel que
parezca) por la guerra de Iraq, sea por la despreocupación fiscal
del Gobierno estadounidense o por el aumento de la productividad en
su economía, el hecho es que en las últimas décadas no se habían
visto tasas de intereses tan bajas y precios de materias primas tan
altos.
Los ilusos podrán gozar de esos favores con la misma ondulación con
que Vinícius de Moraes le cantaba al amor, que debería ser eterno
mientras durara.
La prudencia, siempre con los pies en la tierra, aconseja oír el
refrán popular: no hay bien que dure para siempre, ni mal que nunca
acabe. En el frente externo hay señales inquietantes. Y hay quien,
en Brasil y en el exterior, las advierte desde hace algún tiempo.
Todavía hace poco, en un artículo de Financial Times
del 13 de marzo, un economista ortodoxo por encima de toda sospecha,
director del prestigioso centro de investigaciones Instituto de
Relaciones Internacionales (IIE) de Washington,
Fred Bergsten, pedía que los bancos centrales, el
Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Gobierno
estadounidense intervinieran ante los asiáticos, en particular
China, y los países árabes para obligar a aquéllos
a revaluar sus monedas frente al dólar y a éstos, a producir más
petróleo.
Sin eso, el déficit de la balanza comercial, de cerca del 6 por
ciento del producto interior bruto (PIB), seguirá amenazando a
Estados Unidos y, en consecuencia,
al mundo entero.
¿Qué consecuencias teme Bergsten?
Las mismas señaladas por los principales analistas de la economía
internacional, esto es, la continua devaluación del dólar sin
efectos positivos importantes para la recuperación de la cuenta
externa estadounidense, pero de impacto muy negativo para las
exportaciones europeas, así como el brusco aumento de las tasas de
interés de la la Reserva Federal en respuesta a los
efectos del dólar débil sobre la inf lación en Estados
Unidos. O peor aún, que hubiera una corrida en contra del
dólar.
Lo que los analistas piden es un ajuste suave de las tasas de
interés y un realineamiento, también suave, de las principales
monedas, sin una desaceleración abrupta de la economía
estadounidense ni de la economía mundial.
Piden el llamado soft landing,es decir, un aterrizaje suave. Suave,
con crecimiento, pero, de todos modos, aterrizaje. Piden también que
se revierta la actual política fiscal, que transformó el superávit
del uno por ciento del PIB, heredado del gobierno de Clinton,
en un déficit del 5 por ciento.
Yo, que prefiero simpatizar con lo mejor, no encuentro que la crisis
sea inevitable. Hay argumentos para decir que, a pesar de todo,
cuando se mira el cambio en la composición de las carteras de
inversión de los bancos y de las posiciones en reservas
internacionales de los países, ya hubo un ajuste parcial del dólar.
Se puede acentuar aún más el interés chino por reciclar sus dólares
superavitarios comprando títulos del Tesoro de Estados
Unidos, para que los estadounidenses sigan importando sus
productos, o el mismo reciclaje, como se hizo en el pasado con los
petrodólares.
Desde esta perspectiva, se ven aperturas de esperanza. Pero si la
crisis, con toda la fuerza de la idea, puede evitarse, los ajustes
no. Suaves o al trote, los ajustes vendrán.
Quien avisa, es amigo: es mejor poner las barbas a remojar. Es en
este sentido como preocupa lo que ha dado en llamarse el gasto del
Gobierno federal o, como dice más expresivamente en lenguaje popular
el mismo presidente que ve a su alrededor, la "fiesta del buey".
Es inegable que ahí está. Las denominaciones de decenas de millares,
gravando de modo permanente el presupuesto federal, el descontrol
del gasto corriente (de viajes, tarjetas de crédito, compra de
automóviles, etcétera), por no hablar de los desatinos de falsos
favores en las últimas votaciones de la Cámara, son un indicio. Pero
lo peor es la explosividad del déficit de la asistencia, mal
antiguo, de difícil contención y rápida expansión.
Todos saben y elogian que el área hacendaria haga todo para
persistir en el rumbo correcto. Pero una golondrina no hace verano.
El temor es que se prescinda del FMI, que fue tan
útil al Gobierno de Lula. Pero que no se dejen las
glorias de batalla transformarse en arco del triunfo: el déficit
nominal aún es enorme.
Por más que haya, y es bueno que haya, superávit primario (esto es,
que sobre dinero antes del pago de intereses), todo lo que economiza
el Gobierno da para pagar poco más de la mitad del servicio de la
deuda.
Seguiremos teniendo que lanzar nuevos títulos para financiarla.
Apenas estamos disminuyendo la proporción del endeudamiento en el
PIB. Esto es bueno, en tanto no sea percibido como
si es así, sobra dinero.
No debe desperdiciarse el dinero público. Y lo que hay en el
presupuesto es suficiente para mejorar la vida de las personas,
siempre y cuando haya buena gestión del gasto público.
Éste es otro foco de preocupación: la incompetencia en el manejo
administrativo. Mal antiguo, agravado por la tendencia a sustituir
buenos profesionales por gente amiga y partidaria.
Hagamos votos para que no se desperdicien las orlas de la bonanza
mundial con apoteosis mentales que confunden programas con
realizaciones y expansión del gasto público con crecimiento del
bienestar del pueblo.
Es preciso hacer ahora lo que será mucho más difícil después de la
bonanza: la reforma de la asistencia está detenida, el destino
institucional del Banco Central está en las gavetas de la política,
de la reforma laboral (y no sólo sindical) no se habla, la rigidez
de los presupuestos públicos no hace más que aumentar y requiere más
previsiones de contingencia, y la reforma tributaria, hasta ahora,
es un grito suspenso en el aire (que corre el peligro de volverse un
clamor popular de la clase media contra más tributos sin ninguna
reforma).
Sin olvidar que las crisis mundiales ocurren cuando el cielo está
azul, despreocupémonos un poco de ellas, pero no dejemos de
reactivar nuestra agenda doméstica, mientras no venga la tormenta.
Si no llegara, mejor; habremos avanzado en la dirección de no sólo
una economía autosustentable, sino también de una nación cuyo pueblo
finalmente aprendió que, aun habiendo urgencia, sus problemas no se
resuelven con choques, menos aún de gestión, y que sólo el trabajo
serio, continuo y acumulativo lleva al bienestar de la mayoría.
Fernando H. Cardoso
© Agencia O Globo Distribuido por The New York Times Syndicate
Traducción: Jorge L. Gutiérrez.
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