Jueves 21 de Abril de 2005

La continua devaluación del dólar


Es innegable que los últimos dos años fueron extraordinariamente positivos para la economía mundial

Como se sabe, yo no soy pesimista ni me gustan las Casandras. Me cansé de denunciar, durante el tiempo de presidente, la fracasomanía, como hace ahora el presidente Lula. Pero entre ser optimista y ser despreocupado con el futuro hay un abismo que separa la responsabilidad de la irresponsabilidad.
Es innegable que los últimos dos años fueron extraordinariamente positivos para la economía mundial. Sea por el efecto de China, sea por el efecto de demanda generado (por cruel que parezca) por la guerra de Iraq, sea por la despreocupación fiscal del Gobierno estadounidense o por el aumento de la productividad en su economía, el hecho es que en las últimas décadas no se habían visto tasas de intereses tan bajas y precios de materias primas tan altos.
Los ilusos podrán gozar de esos favores con la misma ondulación con que Vinícius de Moraes le cantaba al amor, que debería ser eterno mientras durara.
La prudencia, siempre con los pies en la tierra, aconseja oír el refrán popular: no hay bien que dure para siempre, ni mal que nunca acabe. En el frente externo hay señales inquietantes. Y hay quien, en Brasil y en el exterior, las advierte desde hace algún tiempo.
Todavía hace poco, en un artículo de Financial Times del 13 de marzo, un economista ortodoxo por encima de toda sospecha, director del prestigioso centro de investigaciones Instituto de Relaciones Internacionales (IIE) de Washington, Fred Bergsten, pedía que los bancos centrales, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Gobierno estadounidense intervinieran ante los asiáticos, en particular China, y los países árabes para obligar a aquéllos a revaluar sus monedas frente al dólar y a éstos, a producir más petróleo.
Sin eso, el déficit de la balanza comercial, de cerca del 6 por ciento del producto interior bruto (PIB), seguirá amenazando a Estados Unidos y, en consecuencia, al mundo entero.

¿Qué consecuencias teme Bergsten?

Las mismas señaladas por los principales analistas de la economía internacional, esto es, la continua devaluación del dólar sin efectos positivos importantes para la recuperación de la cuenta externa estadounidense, pero de impacto muy negativo para las exportaciones europeas, así como el brusco aumento de las tasas de interés de la la Reserva Federal en respuesta a los efectos del dólar débil sobre la inf lación en Estados Unidos. O peor aún, que hubiera una corrida en contra del dólar.
Lo que los analistas piden es un ajuste suave de las tasas de interés y un realineamiento, también suave, de las principales monedas, sin una desaceleración abrupta de la economía estadounidense ni de la economía mundial.
Piden el llamado soft landing,es decir, un aterrizaje suave. Suave, con crecimiento, pero, de todos modos, aterrizaje. Piden también que se revierta la actual política fiscal, que transformó el superávit del uno por ciento del PIB, heredado del gobierno de Clinton, en un déficit del 5 por ciento.
Yo, que prefiero simpatizar con lo mejor, no encuentro que la crisis sea inevitable. Hay argumentos para decir que, a pesar de todo, cuando se mira el cambio en la composición de las carteras de inversión de los bancos y de las posiciones en reservas internacionales de los países, ya hubo un ajuste parcial del dólar.
Se puede acentuar aún más el interés chino por reciclar sus dólares superavitarios comprando títulos del Tesoro de Estados Unidos, para que los estadounidenses sigan importando sus productos, o el mismo reciclaje, como se hizo en el pasado con los petrodólares.
Desde esta perspectiva, se ven aperturas de esperanza. Pero si la crisis, con toda la fuerza de la idea, puede evitarse, los ajustes no. Suaves o al trote, los ajustes vendrán.
Quien avisa, es amigo: es mejor poner las barbas a remojar. Es en este sentido como preocupa lo que ha dado en llamarse el gasto del Gobierno federal o, como dice más expresivamente en lenguaje popular el mismo presidente que ve a su alrededor, la "fiesta del buey".
Es inegable que ahí está. Las denominaciones de decenas de millares, gravando de modo permanente el presupuesto federal, el descontrol del gasto corriente (de viajes, tarjetas de crédito, compra de automóviles, etcétera), por no hablar de los desatinos de falsos favores en las últimas votaciones de la Cámara, son un indicio. Pero lo peor es la explosividad del déficit de la asistencia, mal antiguo, de difícil contención y rápida expansión.
Todos saben y elogian que el área hacendaria haga todo para persistir en el rumbo correcto. Pero una golondrina no hace verano. El temor es que se prescinda del FMI, que fue tan útil al Gobierno de Lula. Pero que no se dejen las glorias de batalla transformarse en arco del triunfo: el déficit nominal aún es enorme.
Por más que haya, y es bueno que haya, superávit primario (esto es, que sobre dinero antes del pago de intereses), todo lo que economiza el Gobierno da para pagar poco más de la mitad del servicio de la deuda.
Seguiremos teniendo que lanzar nuevos títulos para financiarla. Apenas estamos disminuyendo la proporción del endeudamiento en el PIB. Esto es bueno, en tanto no sea percibido como si es así, sobra dinero.
No debe desperdiciarse el dinero público. Y lo que hay en el presupuesto es suficiente para mejorar la vida de las personas, siempre y cuando haya buena gestión del gasto público.
Éste es otro foco de preocupación: la incompetencia en el manejo administrativo. Mal antiguo, agravado por la tendencia a sustituir buenos profesionales por gente amiga y partidaria.
Hagamos votos para que no se desperdicien las orlas de la bonanza mundial con apoteosis mentales que confunden programas con realizaciones y expansión del gasto público con crecimiento del bienestar del pueblo.
Es preciso hacer ahora lo que será mucho más difícil después de la bonanza: la reforma de la asistencia está detenida, el destino institucional del Banco Central está en las gavetas de la política, de la reforma laboral (y no sólo sindical) no se habla, la rigidez de los presupuestos públicos no hace más que aumentar y requiere más previsiones de contingencia, y la reforma tributaria, hasta ahora, es un grito suspenso en el aire (que corre el peligro de volverse un clamor popular de la clase media contra más tributos sin ninguna reforma).
Sin olvidar que las crisis mundiales ocurren cuando el cielo está azul, despreocupémonos un poco de ellas, pero no dejemos de reactivar nuestra agenda doméstica, mientras no venga la tormenta.
Si no llegara, mejor; habremos avanzado en la dirección de no sólo una economía autosustentable, sino también de una nación cuyo pueblo finalmente aprendió que, aun habiendo urgencia, sus problemas no se resuelven con choques, menos aún de gestión, y que sólo el trabajo serio, continuo y acumulativo lleva al bienestar de la mayoría.

Fernando H. Cardoso

© Agencia O Globo Distribuido por The New York Times Syndicate Traducción: Jorge L. Gutiérrez.

 


 

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