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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Es
probable que Néstor Kirchner sepa de qué habla cuando considera que ceder a los
reclamos de "racionalización del gobierno" equivale a retroceder frente a esas
fuerzas adversarias que los intelectuales oficialistas designaron como "destituyentes".
Está claro que, sin duda, los pedidos de mayor "racionalidad" oficial que
arrecian desde los más variados sectores (sin excluir a corrientes internas del
propio gobierno) son eufemismos para impulsar el drástico alejamiento de
Kirchner del poder. Para el ex presidente cualquier muestra de debilidad
frente a esas presiones es, por lo tanto, sinónimo de capitulación. Se indigna
especialmente cuando alguno de los suyos insinúa la necesidad de rectificaciones
que sintonicen con ese reclamo generalizado: "¿Con quién estuviste hablando?",
interroga entonces, sugiriendo la posibilidad de una traición.
Esclavo
de la lógica confrontacionista e intransigente que le resultó redituable durante
varios años, Kirchner se ve ahora sometido a un dilema que sólo le permite
elegir entre dos modalidades de derrota: o retrocede haciendo concesiones a la
presión adversa o retrocede dándole batalla.
Frente al
campo, el gobierno eligió el segundo camino: cavó trincheras para defender a
muerte la resolución 125, se desangró en la batalla y eso indujo a la señora de
Kirchner a retroceder parcialmente (al parecer contra el consejo de su esposo) y
a enviar el asunto al Congreso confiando en que la relación de fuerzas le
permitiría amurallarse allí en una posición inconmovible. La apuesta falló
y sobrevino la derrota.
Múltiples testimonios señalan que, inmediatamente después de esa derrota (que
para él marcaba rotundamente el inicio de una etapa nueva) Néstor Kirchner
planteó la conveniencia de que su esposa renunciara al gobierno de una vez
"para no irlo perdiendo con cuentagotas". Que ese hecho no se haya producido,
aparentemente no se debió sólo a los argumentos disuasorios del entorno
político más cercano, sino, probablemente, a una natural reticencia de la
señora de Kirchner.
Una
figura principal del círculo que desaconsejó con vehemencia la retirada
dimitente –Alberto Fernández- terminó renunciando él mismo. Fue una baja
significativa en el balance de la derrota kirchnerista, pero no la única. La
consecuencia más notoria de la caída en la batalla por la 125 fue la insidiosa
introducción de titubeos en el campo del oficialismo: muchas figuras tomaron
distancia abiertamente, otras lo hicieron en la intimidad: comenzaron a
sospechar del equilibrio y la capacidad de conducción de la jefatura; empezaron
a preguntarse si no convendría tomar en cuenta los reclamos de la opinión
pública, si no sería bueno un retroceso táctico para recuperar fuerzas. ¿No era
razonable, acaso, introducir cambios en el INDEC, cuyas cifras se han vuelto
increíbles para todo el mundo? ¿No era conveniente, quizás, ubicar en la
Secretaría de Comercio a una figura prestigiosa y sin las filosas aristas de
Guillermo Moreno, un funcionario universalmente cuestionado? Estos razonamientos
dejaron de ser voceados tan solo por la prensa, los consultores, los
productores agrarios, los líderes opositores o el vicepresidente Julio Cobos y
pasaron a ser silabeados en voz alta por el jefe de gabinete (y alcalde Tigre en
uso de licencia) Sergio Massa, por el jefe del bloque de diputados oficialistas,
Agustín Rossi, por la cordobesa Patricia Vaca Narvaja y hasta por Carlos Kunkel
("¿Tú también, Bruto?").
En apoyo
de la postura de Néstor Kirchner se han pronunciado Julio De Vido ("Yo formo
parte del gobierno. Yo creo en las cifras del INDEC") y Luis D'Elía ("Yo le creo
a Moreno. Moreno es un buen Secretario de Comercio Interior, es eficaz . Hay una
drástica baja en los precios").
Nadie
ignora que Moreno ha sido un alter ego de Néstor Kirchner, que los dos miembros
del matrimonio presidencial han sostenido con firmeza tanto su continuidad
como su sedicente gestión antiinflacionaria, incluyendo todas sus andanzas y
manoseos en el INDEC.
De modo
que alrededor de este tema se reproduce el dilema de la resolución 125 (caer
concediendo o caer dando batalla), sólo que en condiciones de mayor fragilidad
del frente interno oficial. Entregar a Moreno y revisar las manipulaciones del
INDEC representa para Kirchner una gravísima capitulación, una nueva y notable
derrota. Y una obvia presión para que él mismo sea apartado de las decisiones,
mucho más allá del discreto segundo plano y el refugio en Olivos por los que
optó en las últimas semanas. ¿Reaccionará otra vez como al día siguiente a la
caída en el Senado?
"Salvando
las distancias – analiza un hombre que conoce bien al ex presidente-, Néstor no
puede sino evocar lo que ocurrió entre 1975 y marzo de 1976: Isabel Perón fue
forzada a desprenderse de José López Rega con el argumento de que el gobierno
necesitaba depurarse y normalizarse sin la presencia de López, a quien se
acusaba de manejar el gobierno y también sus fuerzas de choque. La mayoría
del peronismo político y gremial contribuyó a separar a Isabel de López Rega.
Sucede que, mal o bien, López era la columna vertebral del gobierno de
Isabel. Todos los demás querían que ella quedara como una figura decorativa,
haciendo la política de otros. Ella primero se deshizo de López y a los pocos
meses fue destituida".
El
paralelo entre ambas presidentes mujeres y los dos hombres fuertes cogobernantes
es curioso y audaz. También tiene su costado sofístico: insinúa que la causa del
derrocamiento de Isabel Perón fue la vulnerabilidad creada al no haber
sostenido a su "columna vertebral". ¿Acaso la permanencia del cogobernante
hubiera cambiado el curso de los acontecimientos?
Un
conocido analista financiero neoyorquino -el jefe de investigaciones de BCP
Securities, Walter Molano- al analizar los nubarrones financieros que se ciernen
ahora sobre Argentina, los adjudica a la situación política: "Los mercados
anticipan un default – sostiene- porque los cambios abruptos de poder en la
Argentina tienden a ser caóticos". Y para Molano, "dada la intransigencia de
los Kirchner, sólo es una cuestión de tiempo que sean echados". En un artículo
que acaba de publicar en Latin Business Chronicle, el analista sostiene
que "la pregunta ya no es si los Kirchner serán
derrocados, sino cuando lo serán".
Para el
oficialismo esos pronósticos forman parte, sin duda, del "clima destituyente"
que en su momento denunciara. Sucede, con todo, que la propia acción del
gobierno y la combinación de intransigencia y vacilaciones de sus hombres,
contribuyen a generar esa atmósfera. La tasa que el gobierno argentino
reconoció a Venezuela al colocarle la última partida de bonos soberanos
admite un índice de riesgo país de 1.100 puntos. No es sorprendente que la deuda
argentina haya descendido otro escalón en la calificación de Standard and
Poor's (se encuentra cinco niveles debajo de la brasilera y la chilena). En
cambio no se entiende la indignación de la señora de Kirchner con las
calificadoras ("tal vez nunca nos perdonen haber renegociado nuestra deuda
externa"), ante la verdadera confesión de peligrosidad implícita en la tasa
para obtener un financiamiento al que la Argentina no tiene otro acceso que
la Venezuela de Chávez.
Después
de varios años con viento de cola, en los que la Argentina pudo beneficiarse de
la oportunidad que le ofrecía la economía mundial, se llega a un punto en el que
el llamado modelo oficial exhibe sus flancos más débiles: alta inflación,
pérdida de mercados, obstrucción a los sectores más competitivos, gasto que
crece por encima de la recaudación, crecimiento de la pobreza. Quizás el rasgo
más dramático de ese cuadro sea el que confesó esta semana la ministro de salud,
Graciela Ocaña, ante periodistas extranjeros: la mortalidad infantil creció
notablemente en el año 2007. El "modelo" económico no sirve para mejorar
nuestra calificación financiera, ni para extender nuestras exportaciones, ni
para atraer inversiones. Menos que menos sirve para ese objetivo que el
gobierno no cesa de invocar en vano: la redistribución de la riqueza.
El
fracaso del "modelo" K en economía contribuye a enturbiar el dispositivo
político oficialista y por cierto no ayuda a eludir el dilema en el que parece
atrapado.
Jorge Raventos
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