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El conflicto que envuelve al campo con el Gobierno Nacional ha traído al habla
cotidiana vocablos y conceptos que creíamos desaparecidos del lenguaje corriente
y que sin embargo, hoy, se invocan de manera ligera.
La palabra oligarquía, por caso, instalada en el lenguaje político cotidiano a
partir de los años 30’ nos hablaba de una clase social rentística, parasitaria,
que usufructuaba la renta agraria, obra del esfuerzo de la naturaleza y del
privilegio geológico de la Argentina. Esta oligarquía, incapaz de trabajar e
invertir en sus campos, se ofrecía una vida rumbosa plena de ocio infecundo, a
costa del hambre popular, transformándose en un obstáculo para el modelo
industrial sustitutivo en vigencia a partir de 1930. Hoy se habla de ella como
entonces.
Las corrientes histórico-políticas de aquellos años -el revisionismo y la
izquierda- se encargaron de investigar meticulosamente el quedantismo de este
sector, tanto, como su origen y ulterior desarrollo. La época de la colonia, la
Ley de Enfiteusis, la entrega de tierras en la época de Rosas, la continuación
de la entrega con Roca y la Campaña al Desierto, la nefasta vinculación al
mercado mundial a fines del siglo XIX todo se investigaba al pulso de la maldita
oligarquía.
Los años 30, cuando el revisionismo se desarrolló exponencialmente, significaron
un cambio decisivo en la economía mundial. En nuestro país el paradigma de una
Argentina moderna se concebía, sólo, si se era capaz de alcanzar un desarrollo
industrial autónomo mediante la sustitución de importaciones que permitiera
consolidar el aislamiento de las corrientes mundiales de comercio. Uno de los
intelectuales emblemático del período sustitutivo afirmaba:
“El desarrollo capitalista argentino, la expansión de la industria, el alza del
nivel de vida, la creación del mercado interno, el desarrollo sindical, la plena
ocupación fue producto de las circunstancias históricas” (Arturo Jaurteche:
Política y Economía. A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1977. Pág. 39). El autor nos
habla de las circunstancias históricas que se abrieron a partir del 30’.
De esta manera la industrialización sustitutiva lograría vencer a la argentina
pastoril-oligárquica responsable de nuestra dependencia colonial
“El signo de nuestra economía colonial estaba dado por ofrecer cada vez más
mercadería materia prima por cada vez menos mercadería industrial” (Jauretche,
Arturo: Ob. Cit. Pág 58)
Esta idea tomada de la CEPAL y a la que otros autores de distintas extracciones
políticas adhirieron conformó el imaginario de aquellos años.
Más allá de la certeza o no del deterioro de los términos de intercambio y del
parasitismo de aquella oligarquía lo cierto es que no hay mal que dure cien
años. Y la realidad argentina y mundial ha cambiado formidablemente. Lo que
sigue inmóvil y estático son las “verdades” aprendidas de una vez y para
siempre, el pensamiento de cierta intelectualidad que se hace fuerte y refugia
en la seguridad que da el conservatismo. El progresismo en su espectro más
amplio repite las ideas. El progresismo es retro.
Recorrer las publicaciones progres y abordar sus textos es un tour por los
museos. Verbitsky, Nun, Casullo, Feinnman, Bonnaso, Galasso, Borón, Galeano,
profesores universitarios de abultado currículum, intelectuales de vuelo
rastrero, periodistas y sociólogos al paso y la galería de activistas de las
llamadas organizaciones sociales son los ecos de un pasado que vuelve espectral.
El caso de Galeano es de una decadencia conmovedora. Y sirve como ejemplo de la
postración. Su amor por los tiempos idos es la más brutal confesión de la
renuncia. Del ocaso.
En un artículo titulado “Por qué todavía no me compré un DVD” el autor exuda
cierto tufillo anacrónico, declinante. Rememora sus tiempos mozos con dolorosa
nostalgia por un pasado que ha dejado de ser permanente, donde las cosas, los
objetos, los utensilios de uso diario se guardaban porque su utilidad era
eterna. Contrapone ese universo imperecedero a la modernidad de los jóvenes,
acostumbrados a tirar y comprar porque nada es para siempre. Así nos habla,
entristecido, de los pañales descartables, las pilas, los afiladores ambulantes,
los cuchillos eléctricos, los vasos desechables. Finalmente confiesa “es que
vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se
compraban para la vida de los que venían después!”
Ese mundo que se le antoja inmutable modeló sus ideas incluidas las de las
generaciones venideras, según nos ha dicho. ¡Como los objetos!
Es notable como un espíritu bucólico y pastoril (por decisión sicológica) se
aferra a sistemas ideológicos que proponen el pasado como esperanza. Perfecta
sincronización entre el mundo interior y el exterior anhelado. De todos modos se
trata de un pensador lúcido y si se quiere honesto por eso afirma: ¡Nooo! Yo no
digo que el pasado era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje,
me caí del mundo y ahora no sé por donde se entra.” Así con esta confesión nos
damos por enterados que Galeano y el retroprogresismo han quedado fuera del
mundo.
COMO SIGUE LA HISTORIA
Hoy nos hallamos frente a un grave conflicto social donde el Gobierno imbuido de
anacronismo progre ataca al campo con categorías pretéritas. De esta manera se
oyen ecos y gritos fantasmales que proclaman ¡Patria sí. Colonia no! ¡La
oligarquía no pasará! Y monsergas parecidas. Hablan de la similitud de los
golpes de estado del 30’ del 55’ y del 76’ con el movimiento popular del campo
como si todo fuera lo mismo. Repiten la historiografía del 70’. Como Galeano se
distrajeron y ahora no saben como entrar en la realidad.
Reprochan al campo su responsabilidad en el proceso de desindustrialización
sustitutiva implantado por Videla como si los industriales amigos de este
Gobierno: Techint, Aluar, Pescarmona, Bulgheroni, por poner algún ejemplo, es
decir la burguesía nacional tan proclamada, nada tuvieron que ver con aquellos
acontecimientos. ¡A ver si se enteran: lo que ocurrió en el país en 1976 es
irreversible! El modelo construido en esos años de plomo: agro-industrial
exportador tiene y tuvo vigencia porque el mercado mundial renació a mediados de
los 60’ y la Argentina se incluyó en él como en su momento lo hizo en el siglo
XIX, luego de la batalla de Pavón.
En aquella oportunidad fue la segunda revolución industrial (el vapor en los
transportes, la electricidad) con eje en Inglaterra la que posibilitó la
constitución del mercado mundial. Lo que hicimos fue unirnos a él como
productores de alimentos ¿era esto vergonzoso? Dejémonos que José Hernandez nos
lo diga con sus palabras:
“Si somos las colonias de Europa, con respecto a la materia prima, los pueblos
de Europa son nuestras colonias con respecto a la materia fabril. Allá tenemos
nuestras colonias” (Cámara de Diputados 28/7/1879). Nuestro aislamiento vino
luego, a partir del 30’, porque el capitalismo mundial en crisis lo requería.
Nada novedoso e independiente de la corriente mundial organizamos en el 30’.
Hicimos lo que el mundo sensato demandaba.
El 76’ fue el final del ciclo sustitutivo. Si le adicionamos la caída del Muro
de Berlín aparece la Argentina actual. ¿Qué importancia han tenido estos
acontecimientos? ¿Cuál su significado y vinculación con la Argentina post
Proceso?
El final del comunismo significó el triunfo del capitalismo en todos los frentes
y su posterior expansión por el mundo. Estos acontecimientos, decisivos,
habilitaron el nuevo modelo construido en el país a partir del golpe del 76’. Se
podría decir que fuimos pioneros del nuevo orden mundial. A golpes de sangre el
país se insertó en el mundo. Resulta penoso recordarlo.
En síntesis: la economía agroindustrial de exportación orientó el navío nacional
rumbo al comercio mundial cada vez más determinante.
Ciertos sectores peronistas, detenidos en el tiempo, pueden alegar, como de
hecho lo hacen, que a este movimiento el final del comunismo no le va ni le
viene puesto que este partido jamás luchó por el socialismo. Es cierto. Sin
embargo el capitalismo que el peronismo defendía nada tiene que ver con el
capitalismo actual. Ocurrieron profundos cambios: el retroceso del Estado, el
imperio de la libertad propia del modelo, la mundialización de la economía y la
tercera revolución industrial.
O nos adaptamos y hacemos criolla la nueva experiencia o quedaremos al margen de
los cambios.
LOS RELOJES QUE ATRASAN
Para el gobierno actual el campo es la oligarquía a la que hay que vencer para
vengar el golpe de 1976, son los grandes latifundistas de siempre, golpistas y
codiciosos los que hoy se levantan irreverentemente.
Los dirigentes “peronistas” que nos gobiernan no solo atrasan sino que ni
siquiera han leído a Perón.
“La repartición de tierra se hizo en nuestro momento. Porque nosotros hicimos la
reforma agraria. Pusimos una ley de arrendamientos y aparcerías (que convenía
más ser inquilino que propietario) para obligar a que vendieran los
terratenientes, que querían la tierra como bien de venta y no de trabajo. Bueno,
mediante eso se fue forzando todo y se hizo una Reforma Agraria. Pero se hizo
dando poder adquisitivo a la gente” (Perón, Juan D. Obras Completas. T 23 bis
Pág 423)
Hace años que se acabó la oligarquía tradicional. Hoy existen productores
capitalistas que invierten para mejorar la producción agraria. Hoy la burguesía
nacional está en el campo asociada a la agroindustria. Altamente competitiva
cuyo mercado es el mundo acorde a los nuevos tiempos.
La otra la que el gobierno llama burguesía nacional, los industriales no
competitivos, son a los que hay que dar reintegros, subsidios y en lo posible
dólar alto. Los primeros son negativos los segundos ponderables. Así la cosa no
marcha. Las retenciones guardan esta orientación. El sector competitivo
internacionalmente debe subsidiar la obsolescencia.
LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA
Nadie discute la redistribución de la riqueza. Plantearlo en esos términos es
una mentira repugnante. El gobierno engaña maliciosamente al insistir en este
tópico. La genial revista Barcelona tituló, graciosamente, hace algunos meses de
la siguiente manera: “La redistribución ya se hizo. Lamentablemente no alcanzó
para los pobres” Con humor ácido dio en el clavo. No hay redistribución hacia
los pobres. Lo que hay es un estatismo que deriva los dineros hacia negocios
turbios que responden a intereses políticos.
La verdadera redistribución si existiera debería abarcar dos planos:
Descentralización de la recaudación impositiva. Todo proceso descentralizador
compromete más con la democracia y la justicia social
Impuestos en función de la capacidad de pago. Las retenciones castigan a los
pequeños productores y más aún los que se encuentran alejados de los puertos
exportadores. Veamos lo que dice un gran productor, eso que los “progres”
denominan oligarquía:
“Estos gravámenes (las retenciones) concentran la riqueza en menos manos y en
las ciudades. Un productor de zona marginal, donde los rendimientos son menores,
o los productores de menores recursos son los primeros que se funden. Estamos
armando un diseño de país más hacinado, con más villas, más industrias poco
competitivas. Vamos a ser muy buenos en agricultura, pero el país va a estar
siempre subdesarrollado” (La Nación 26/11/07)
“Todos los impuestos redistribuyen la riqueza, sólo que en el caso de las
retenciones las distribuyen al revés, la concentran. Yo creo que hay impuestos
que son muchísimos más justos, equitativos y colaborarían con el desarrollo
armónico de la nación. Para el caso del campo creo que hay que ir por un
impuesto fijo a la tierra que remplace las retenciones. Al ser fijo, cuando hay
mayor productividad el impuesto se diluye, y entonces se estimulan la producción
y la inversión. Este impuesto a la tierra es fácil de recaudar y difícil, casi
imposible de evadir como las retenciones” (La Nación 28/11/07)
A lo que habría que añadir que un impuesto inmobiliario sería un impuesto
provincial. Más federalismo, más democracia. Menos unitarismo, menos oligarquía.
La verdadera oligarquía es la oligarquía de los políticos estatalistas. Como
decía Jauretche “grandes estadistas” porque se pasaron la vida viviendo del
Estado. Finalmente es oportuno recordar lo que denunció la CARBAP (Confederación
de Asociaciones Rurales de Bs. As. y La Pampa):
“Desde principios de 2006 las exportadoras y molinos de trigo reciben una
presión de parte de la Secretaría de Comercio Interior para no competir entre sí
y mantener el precio más bajo que el valor internacional. Maniobra que beneficia
a las exportadoras ( Nidera, Dreyfus, Bunge, Cargill, Aceitera Gral Deheza,
Moreno, Noble, Curcija) que embolsan la diferencia entre el precio pisado que
pagan a los productores y el precio que reciben cuando venden ese cereal en el
exterior” (La Nación 3/06/2008)
Notable revolución social, esta última, la que consiste en la creación
kirchnerista de un IAPI privado y oligárquico en manos de la verdadera
oligarquía los exportadores.
Entonces pregunto a los “progres” ¿la oligarquía donde está?
Claudio Chaves
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