Domingo 03 de Abril de 2005

FUSILAMIENTO DE DORREGO

La tarde tiembla como una yegua en celo.
llega, desde la pampa,
un viejo olor a indio, a cardo o a guitarra.
Hay unas nubes remendadas y sucias
y una siesta de polvo y abejorro,
allá en Navarro.
Las lanzas han caído sobre dulces pellones, en recados,
con sus moharras, sus agarraderas
desoladas de mugre
y la seria muerte
del filo contrafilo y punta.
Gente con barba y cicatrices
matea o guitarrea.
El truco se prende, mano a mano,
con su conversada guiñada de as de bastos;
y el campamento: Dorrego, Lavalle,
el pendenciero gringo Rauch,
todos esperan la historia
sin una reverencia,
que es lo que cuadra,
entre machos que se precien.

En fin.
La muerte esta a dos cuartas de don Manuel Dorrego.
Viene, inusitada y bárbara,
a despenarlo en su catre.
Él sabe que se acaba.
Se toca, por última vez,
los botones dorados de su guerrera;
la bota le aprieta,
le ofende esa gamba dura de jinete.
Desde adentro, la barba viene rempujando
y hace más antigua su mejilla;
descubre, entonces, sus pequeñas circunstancias;
verá, por última vez, su uña crecida
y su nudillo, su abdomen de prócer,
su saliva completamente innecesaria,
su incomprensible gesto de gobernador moribundo.

Ya lo vienen a buscar.
Esa partida, con el sargento retobado y correntino
que no lo mira a los ojos,
lo lleva arrastrando los pies, la tarde y lo que cuadre.
Ahora está temblando contra las cortaderas,
está pensando cómo será el dolor de una muerte a bala.
La venda ha quedado inútil
en la mano sucia de un soldado.

Él quiere repasar su eternidad.
Ha parado el truco,
se escucha un teru- teru,
respira por la boca
como gritando el aire de la pampa,
y queda allí
tirado
dulcemente
Manuel Dorrego,
con las piernas encogidas
como si estuviera naciendo.

Jorge Melazza Muttoni

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