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Bolivia: historia embrollada, geografía laberíntica. En el mapa, un
paralelogramo colgado del Brasil, apoyado en la Argentina, codeándose con Chile
y Perú. En su seno, se da el divortium aquarum entre la cuenca del Plata, la
olla amazónica y el espinazo andino. Los Andes cortan su figura en diagonal. Del
lado del poniente, la altiplanicie que le dio el nombre de “Alto Perú”: una
vasta terraza cordillerana. Del levante, una región baja y llana, por donde
desaguan todos los cursos fluviales que van al Amazonas. Y todo ello habitado
por descendientes de quechuas, aimaras y tupiguaraníes, de españoles y de otros
linajes europeos, cruzados unos con otros como cuadra a nuestra ecúmene
latinoamericana. Y este rompecabezas pluricultural y pluriétnico está
armado...como una “república unitaria”.
Su historia es tan enrevesada como riquísima. Allí surgió, de los collas o
aimaras, el imperio de Tiahuanaco, del que ha quedado la misteriosa Puerta del
Sol para que se tejan hipótesis historiográficas, leyendas y mitologías
cocaleras de última hornada a cargo de Evo Morales. Para que puede calibrarse en
un solo rasgo la riqueza cultural tiahuanacota, más allá de sus monumentos y sus
cerámicas, anotemos que cuando los ejércitos de los incas descienden en oleada
conquistadora sobre los restos de aquélla, llamada por entonces el “reino del
Gran Chimú”, consiguen la rendición de los habitantes destruyendo los sistemas
artificiales de riego con que obtenían sus cosechas. Y Bolivia pasó a formar
parte del incario, del Tahuantinsuyo, con los aimaras bien domados.
En Bolivia, bajo el dominio hispánico, la inversión cultural fue mucho más
sustanciosa que la que se aplicó al Río de la Plata. En la Universidad de
Chuquisaca (hoy Sucre), fundada en 1624, se educaron la mayor parte de los
intelectuales rioplatenses que echaría a rodar los sucesos del año X. Un
egresado de Chuquisaca, don Juan José Castelli, volvería años más tarde a esas
tierras con una desdichada expedición militar porteña, para dirigir parrafadas a
los aimaras y predicar sermones progresistas en los púlpitos, espantando a
criollos e indios. Encuadrando a estos últimos, los realistas, mandados por un
arequipeño, Goyeneche, terminaron dándonos una felpeada en el Desaguadero –lo
que valió que al peruano lo hicieran conde de Huaqui, otro nombre del lugar. No
perdimos ocasión, en la retirada , de expropiar el tesoro de la Casa de la
Moneda de Potosí, en un estilo que luego copiarían Butch Cassidy y Sundance Kid..
En 1824, tras la batalla de Ayacucho, las provincias del Alto Perú, aunque
nominalmente, formaban parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata,
fueron introducidas en la capitulación española. Sucre, con el aura del
vencedor, avanzó por el norte sobre ellas, mientras Arenales intentaba lo mismo
por el sur. El venezolano llegó primero y fue recibido magníficamente en
Chuquisaca. En un congreso por él manejado, fue declarada la independencia de
Bolivia. Bolívar, en verdad, apercibió a su mariscal por no haber tenido en
cuenta el uti possidetis de 1810, con el cual se fijarían las fronteras de los
nuevos países, pero también sabía que los altoperuanos no miraban con buenos
ojos ni a limeños ni a porteños. Así que hizo como que consultaba a Buenos Aires
y, desde aquí, el Congreso, dominado por los directoriales, hizo como que
protestaba un poco, pero dejó a las cuatro provincias altoperuanas “en plena
libertad para disponer de su suerte”. Bolívar estaba en el cenit y, aunque su
sueño era el de la anfictionía o reunión confederal de los cachorros del león
ibérico, en realidad sembraba repúblicas unitarias donde colocaba a sus
lugartenientes –que más tarde serían sus diadocos: Páez en Venezuela, Santander
en Colombia, Flores en el flamante Ecuador (con fronteras diseñadas también a
punta de espada del vencedor), Sucre en Bolivia. Es justo señalar que no fue
Bolívar quien inventó este nombre para el nuevo desgarro del tronco común, pero
lo aceptó. Dejó al nuevo país una constitución profundamente conservadora, con
una presidencia vitalicia –para cuyo cargo fue nombrado, aunque con capacidad
para delegar, como lo hizo en la persona de Sucre. Había un cuerpo legislativo
compuesto de un Senado, un Tribunado y un cuerpo de censores destinados a
salvaguardar el poder moral. Impresionado por el ejemplo francés de la república
“una e indivisible”, el nuevo país –como los demás bajo su égida- se consolidaba
en unidad de régimen, concentrando el poder en sus presidentes delegados.
Bolivia nacía de la decisión de su fundador, sin grandes razones históricas o
geográficas que señalasen su destino o justificasen su frontera. De hecho, el
noroeste boliviano era continuación del Perú y buena parte de su oriente de la
Argentina. Posiblemente, el Libertador quería introducir por el sur una punta de
lanza contra la aristocracia limeña, opuesta a sus proyectos grancolombianos y
tender, de otro lado, una cabeza hacia el Río de la Plata. Bolívar, el “buen
padre de la república”, se fue al poco tiempo, y el bueno de Sucre quedó al
frente, para resignar su cargo luego de una sublevación que estuvo a punto de
poner fin a su vida. Allí comienza un calvario de levantamientos y revueltas.
Andrés Santa Cruz, un guerrero de la Independencia, aprovechando la guerra civil
peruana, concibe unir el Bajo y el Alto Perú en una Confederación manejada desde
Bolivia. Ello conduce, de 1836 a 1839, a la primera guerra del Pacífico, entre
la Confederación peruano-boliviana, por un lado, y Chile y la Argentina, por
otro. Nosotros hicimos poco y nada y los chilenos derrotaron a Santa Cruz en
Yungay. Las nuevas naciones se desangraban entre ellas, entre las ruinas de la
antigua unidad maltrecha. Pretorianos elevado a la presidencia boliviana, como
Mariano Melgarejo (1866-70) actuaron como señores de horca y cuchillo. Poco
tiempo después, otro dictador,
Hilarión Daza debió hacer frente a la segunda guerra del Pacífico, cuando los
chilenos ocuparon Antofagasta tomando como pretexto el impuesto de diez centavos
fijado por la asamblea boliviana sobre el quintal de salitre. Daza anunció a su
pueblo esta invasión diez días después de recibir la noticia, para no turbar las
fiestas del Carnaval. A consecuencia de ese conflicto, Bolivia quedó
enclaustrada, sin salida marítima, con un ejército destrozado y una economía
postrada.
El vía crucis boliviano continuó a principios del siglo XX, cuando por la lejana
provincia de Acre –entonces centro de explotación cauchera- estuvo a punto de
estallar una guerra con el Brasil. En 1903, Brasil se quedó con Acre a cambio de
dos millones de libras esterlinas destinadas a invertirse en explotación
ferroviaria. Siguiente acto del drama fue la guerra del Chaco. Bolivia buscaba
el mar, hacia el este, a través del río Paraguay. Buscó ocupar el Chaco boreal,
con delimitación imprecisa respecto del Paraguay. Se anunció que bajo los
quebrachales había petróleo y, de cada lado, apareció una multinacional del ramo
(Standard Oil del lado de Bolivia, la Shell del lado paraguayo). Dos países
pobres y “hermanos” apostaron todas sus fichas a las armas. Los bolivianos, muy
bien preparados por el general alemán Kundt, llevaron sus tropas del altiplano a
estacarse en la selva tropical. Allí los paraguayos –con apoyo argentino-
lograron empujarlos nuevamente a la frontera. Ambos países quedaron desquiciados
económica y políticamente, pero más la desdichada Bolivia. Los combatientes que
retornaron de los campos de batalla impusieron dictaduras militares, bajo cuyo
impulso –especialmente con Germán Busch, héroe de la guerra del Chaco)- se
intentó combatir la influencia de los grandes empresarios de la minería,
especialmente el estaño (Aramayo, Patiño, Hoschchild), esto es, la “rosca”. Un
día como tantos, Busch apareció misteriosamente muerto en el palacio
presidencial. Herederos de esta orientación, Víctor Paz Estensoro, Hernán Siles
Suazo, Augusto Céspedes, Carlos Montenegro, crearon el Movimiento Nacionalista
Revolucionario (MNR), que, al mismo tiempo que intentaba liberar país de la
“rosca”, se manifestaba implacable opositor al partido de la izquierda
revolucionaria, vinculado al stalinismo. En 1943, un golpe militar llevó
encabezado por el mayor Gualberto Villarroel llevó al MNR al poder. Ratificado
por las urnas, en 1946 una turba penetró en el palacio presidencial, linchó a
Villarroel y colgó su cadáver de un farol en la plaza Murillo. En 1952, por las
armas, llegó nuevamente el MNR al poder. Ratificados por las unas, se sucedieron
las presidencias de Paz Estensoro y Siles Suazo. Las nacionalizaciones y
expropiaciones no lograron su objetivo de morigerar la pobreza. Fueron los
propios hombres del MNR los que posibilitaron, más tarde, y en medio de golpes
de Estado endémicos, que hacia los 80, con un giro en la política económica,
comenzara un asomo de institucionalización. Durante la segunda presidencia de
Gonzalo Sánchez Lozada, un economista y empresario, discípulo de Paz Estensoro y
elevado a la primera magistratura por el MNR, en el 2003, se produjeron piquetes
y bloqueos que paralizaron al país. Sánchez Lozada (apodado “el gringo” porque
habla castellano con acento inglés) renunció y huyó a los EE.UU., con lo que se
abrió el proceso que llevó a Evo Morales a la presidencia.
Evo, un dirigente de los cultivadores de coca del Chapare, llegó a la
presidencia bajo el rótulo del Movimiento al Socialismo (MAS) y ha prometido
“refundar” Bolivia. Morales, un mestizo, afirma representar a las etnias
indígenas y, en definitiva, se apoya en los serranos contra el país “camba”,
esto es, el oriente boliviano, fértil en soja y rico en petróleo y gas. Asumió
en enero de 2006 y convocó a la asamblea constituyente, instalada en agosto de
ese año y que tendría un año para sancionar una constitución, en reforma total
de la anterior. Debe tenerse en cuenta que en Bolivia regía la constitución de
1967, reformada en 1994 y luego, por segunda vez, en 2004, ocasión en la que se
introdujo institucionalmente la Asamblea Constituyente, entre cuyas facultades
estaba la de “reforma total” de la constitución. Incumplido aquel plazo anual,
durante el cual no se pudo redactar ni un solo artículo, se estableció por la
Asamblea, una prórroga hasta diciembre de 2006. La constitución no pudo ser
aprobada en Sucre por los disturbios populares (Sucre era, hasta entonces,
capital judicial y La Paz sede del ejecutivo y el legislativo; el
desconocimiento de la capitalidad plena de Sucre en el nuevo texto produjo un
levantamiento que expulsó a los constituyentes, a riesgo de su vida) siéndolo
finalmente en Oruro. La polémica continúa por la reelección presidencial
indefinida y los planteos autonómicos de las cuatro regiones que conforman el
oriente boliviano o “país camba”.
En la reaparición de los “pueblos”, en paralelo a la resurrección de la noción
de poder constituyente en sentido fuerte en nuestra ecúmene latinoamericana,
sobresale la reivindicación identitaria, muchas veces en sentido disgregante. La
identidad es una de las reivindicaciones de nuestro tiempo que se yergue,
válidamente, frente a la ola globalizadora y uniformizadora con que culminó la
modernidad. Pero las identidades deben funcionar como “identificaciones” dentro
de la noción política y abrazadora de “pueblo”. De otro modo se exacerba la
guerra intestina y se colocan los países al borde de la fragmentación. Con más
razón en Bolivia, cuya historia de desgarros y frustraciones hemos apenas
recordado.
El centralismo paceño de Evo, hoy indigenista y ayer propicio a la “rosca”, sólo
puede provocar tensiones centrífugas. No es cierto que el “país camba” propicie
la secesión, sino que afirma lo único realizable en un régimen unitario, que es
el reconocimiento de las autonomías, con métodos refrendarios que caben en la
constitución vigente. El discurso “antisecesionista” de La Paz falsea un reclamo
legítimo, que el gobierno central desoye, mientras invoca como absoluta
identidad del país la indígena. El discurso rupturista es, claramente, el del
gobierno central.
En el caso de Bolivia cobra renuevo la noción de “mayorías concurrentes” que
formuló John Caldwell Calhoun (1782-1850). Este gran político de Carolina del
Sur fue también un jurista de vistas originales y profundas.
En “A Disquisition on Government”, publicado después de su muerte, nos ha dejado
una pintura rigurosa de la tiranía de las mayorías en un régimen de gobierno
limitado teóricamente por la constitución.
La solución propuesta por Calhoun fue la doctrina de la "mayoría concurrente".
Si cualquier interés de una minoría substancial en el país, específicamente el
gobierno de un estado, pero podía tratarse de cualquier colectivo relevante,
entendía que el gobierno se estaba excediendo en sus límites y violando sus
derechos, tendría el derecho de vetar este ejercicio de poder por
inconstitucional. Este derecho de veto era recíproco, para impedir, a su turno,
que la minoría no paralizase al gobierno. Aplicada a los gobiernos estaduales en
los EE.UU., esta teoría implicaba el derecho a la "anulación" de una ley o un
fallo federal dentro de la jurisdicción de un estado. La mayoría numérica, en
cambio, resultaba opresiva.
Cuando no existe la posibilidad de un “poder negativo”, esto es, potestad de
prevenir o detener un acto de gobierno, y las decisiones no se toman por un
acuerdo concurrente sino que se imponen por una mayoría numérica, no existe
constitución, no hay gobierno limitado: sólo hay opresión. El gobierno limitado
se compone de dos elementos: el activo, por el que se actúa, y el negativo, por
el que se puede prevenir o impedir el acto. El núcleo de la opresión despótica
reside en que la mayoría numérica elimina el poder negativo y se convierte en el
único poder activo, ya sea en una monarquía, en una aristocracia o en una
democracia –especialmente en esta última.
El dilema de Bolivia es: o un centralismo identitario –destinado a convertir el
país en un espejo roto de miniestados en guerra intestina- o un régimen amplio y
flexible de autonomías regionales, con ejercicios recíprocos del “poder
negativo”, primer paso hacia una unión federativa. No es la OEA –con ideólogos
parroquiales como Dante Caputo- la que tiene que intervenir en el caso, sino el
MERCOSUR, al cual Bolivia pidió su incorporación, concediéndosele el de
observadora. Aunque devaluado, el MERCOSUR es el embrión de una confederación,
dentro la cual el caso boliviano podría encontrar andamiento. A condición de que
no se insmiscuya Venezuela, cuyo intervencionismo pro Evo Morales, incluso con
ofrecimiento de ayuda armada y proclamación de un nuevo Vietnam, sólo busca
trasladar el incendio del altiplano a toda la región.
Tengan cuidado los burócratas regionales inmaduros que procuran alineamientos
automáticos con el gobierno central de Bolivia. El estallido de este antiguo
laboratorium gentium puede trastornar toda la región. De ellos, y de La Paz,
será la responsabilidad.-
Luis María Bandieri
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