El rey de la pelea
Néstor Kirchner dedicó varios días de su
semana más aguardada a hacer guantes contra distintos adversarios:
economistas con los que no comulga, periodistas y directivos de la Sociedad
Interamericana de Prensa, gobernantes de etapas anteriores a la que él
imagina haber inaugurado, organismos multilaterales de crédito, empresas
privadas de servicios públicos, etc.
Dado que el gobierno ha considerado un éxito el canje de la deuda pública
que dio por concluido el jueves 3, resultó sorprendente para muchos que el
tono elegido para celebrarlo haya sido, más que el de la satisfacción
discreta o hasta el del festejo, el de la reincidente confrontación.
El discurso de rendición de cuentas y proyectos con que los presidentes
inauguran las sesiones del Congreso se convirtió este año en el primer round
de una pelea que continuaría en los días siguientes con declaraciones y
piezas de oratoria convertidas en golpes (más a diestra que a siniestra).
Resulta evidente que Kirchner no se sentía cómodo en la situación defensiva
donde lo venían arrinconando, desde diciembre, diversos acontecimientos:
desde el incendio de la discoteca República de Cromagnon (que incineró a su
principal asociado en la Capital Federal) a la derrota de la boleta
justicialista en Santiago del Estero, un domingo atrás, pasando por
narcoescándalo de Ezeiza y su cadena de silencios.
Así, la noticia de que el canje había obtenido un 76,07 por ciento de
admisión pareció a la Casa Rosada el momento adecuado para ensayar una
contraofensiva.
Desde la interpretación por momentos conspirativa del oficialismo, la visita
a la Argentina de representantes de la Sociedad Interamericana de Prensa
(SIP) y sus críticas a la relación del gobierno con los medios parecían
capítulos de un programa destinado a ensombrecer la noticia del canje.
Quizás esa sea la fuente de los virulentos ataques a esa institución y a
alguno de sus miembros. Inclusive el duro acoso del sindicato de camioneros
a la empresa Coto, con sus instancias violentas, mereció idénticas
sospechas, si bien el gobierno no cuestionó a Hugo Moyano en público. El
diario La Nación y su editor
jefe, Claudio Escribano, son blanco de la ira presidencial desde el inicio
de la gestión. A ese malestar general el gobierno le suma ahora otra cuita:
el matutino fue el que dio a conocer el largamente silenciado contrabando de
cocaína a través de la empresa Southern Winds, subsidiada durante un año y
medio por el Estado.
El canje y lo que viene
Así haya sido con aquellas erupciones de
virulencia, el gobierno pudo mostrarse orgulloso al presentar los resultados
del canje de deuda pública. La “oferta de Buenos Aires”, con la que en junio
de 2004 mejoró (triplicándola) la llamada “oferta de Dubai”, sumada a un
contexto internacional que favoreció por la caída de las tasas de interés,
motorizaron la aceptación relativamente alta de las condiciones establecidas
por el gobierno argentino.
Aunque menor que el alcanzado en otras importantes recomposiciones de deuda
(Rusia, Ecuador) el porcentaje de admisión (76,07) puede considerarse
elevado, si bien se reduce a poco más del 50 por ciento en el campo de los
tenedores externos de bonos.
Queda por ver qué ocurrirá con los tenedores de bonos por valor de casi
25.000 millones de dólares que no se avinieron a aceptar la oferta
argentina. El gobierno ha declarado que no reabrirá el canje para dar una
nueva oportunidad a esos acreedores y parece decidido a dejar totalmente
impaga esa deuda, que no es poca y que, en su mayor proporción, está en
manos de tenedores externos. Puede alegar, para hacerlo, que una ley del
Congreso se lo impide: fue la norma que el propio Ejecutivo solicitó para
fortalecer su posición negociadora. Muy probablemente el FMI abogará a favor
de esos acreedores, cuyos bonos, en palabras de Roberto Lavagna “pueden
permanecer impagos indefinidamente”. En cualquier caso, parece evidente que
esa deuda documentada debe ser contabilizada y previsionada ya que, en el
peor de los casos, será objeto de causas judiciales contra el Estado
argentino. En el Congreso ya hay algún diputado que prepara un proyecto para
habilitar al Ejecutivo a reabrir la puerta de una nueva aceptación que hoy
parece cerrada con siete llaves.
Incluyendo, como no
hizo el gobierno, los 24.500 millones de dólares de esa deuda litigiosa,
después de la recomposición el monto de las obligaciones alcanza a los
149.000 millones de dólares, más de un 80 por ciento del Producto Bruto
Interno.
Es una reducción importante en relación con la deuda computada en el año
2004, que representaba el 128 por ciento del PBI. De todos modos,
el monto actual supera el de la deuda
pública a fines de 1999, que
llegaba a
US$ 110 mil millones y
equivalía al 39% del PBI.
A fines de 2003, después de la devaluación, pesificación asimétrica y
confiscación parcial de los depósitos bancarios, la deuda pública neta
total era de US$ 157 mil millones y representaba el 122% del PBI.
Una virtud del canje (aunque habrá que
ver si las futuras generaciones lo estiman de esa manera) reside en haber
extendido la deuda en el tiempo, durante casi medio siglo. De todos modos,
este año y el próximo las obligaciones son pesadas. En 2005 hay vencimientos
por casi 10.000 millones de dólares, equivalentes a alrededor de un 9 por
ciento del PBI. La necesidad de una enorme disciplina fiscal es obvia, pero
es improbable que el superávit alcance para cubrir todos los compromisos. De
ahí que recobre importancia la negociación con el Fondo Monetario
Internacional: para conseguir la refinanciación de compromisos con los
organismos multilaterales de crédito. Por cierto, renegociar implicará
admitir algunas condicionalidades del Fondo a las que hasta el momento el
gobierno se ha mostrado reactivo.
Otro frente difícil: el Estado afronta 35 litigios por un monto próximo a
los 20.000 millones de dólares en el tribunal de arbitrajes del Banco
Mundial, el CIADI. Son causas abiertas por las empresas privatizadas a raíz
del congelamiento de tarifas y de los efectos de la pesificación compulsiva.
El gobierno rechaza la autoridad del CIADI y seguramente se negará a cumplir
con los laudos que emerjan de esa instancia (se espera uno, adverso, en una
causa impuesta por una distribuidora de gas, para las próximas semanas).
¿Cómo incidiría esa rebeldía frente al CIADI, un organismo del sistema del
Banco Mundial, en el desarrollo de las negociaciones con el Fondo?
Despegue de Ezeiza
Mientras procura sacar el máximo
dividendo del resultado del canje, el gobierno procura despegarse de
situaciones internas comprometidas. Pese a todos los datos que involucran a
altos funcionarios oficiales en el extenso silenciamiento del llamado
narcogate, el oficialismo insiste en considerarlo un mero “caso de índole
policial”. El presidente declaró esta semana que “los encubrimientos en
Argentina no tendrán más lugar”, lo que probablemente deba interpretarse
como un compromiso en el sentido de que no se protegerá a aquellos hombres
del gobierno que eventualmente aparezcan ligados al affaire. Con todo, el
gobierno sólo solicitó a la Oficina Anticorrupción que investigue a miembros
de la Fuerza Aérea y nada dijo sobre otros funcionarios que sabían o debían
saber lo que pasaba con el contrabando de cocaína y, al parecer, no
informaron a las máximas autoridades del país.
Esta semana se conoció un informe del gobierno de Estados Unidos que subraya
el “momento crucial” que atraviesa la Argentina en relación con el
narcotráfico y la evidencia de que redes con origen en Colombia se están
estableciendo en el país.
Chacarera santiagueña
En el terreno partidario – el del
peronismo- el gobierno debió asimilar una derrota en los comicios del
domingo 28 en Santiago del Estero. También de esa caída procuró despegarse
el Ejecutivo. : “El ministro del Interior –informaron (casi) todos los
matutinos – le solicitó al triunfador, Gerardo Zamora, que no nacionalizara
su victoria y no mencionara a Kirchner entre los derrotados”.
Conciente de que, como la mayoría de las provincias, Santiago deberá contar
con la buena voluntad de la caja nacional, el gobernador electo recitó
disciplinadamente el guión que le propusieron, pero, en rigor, quién podría
creer esa versión. ¿Cómo no contar al gobierno nacional como derrotado
principal después de que decidió intervenir Santiago del Esteroy envió a sus
primeras espadas, munidas con chequeras y alimentos para encarar la elección
con ese sesgo de clientelismo que suele achacar a la “vieja política”?
En el seno del peronismo se ha registrado escrupulosamente lo ocurrido en
Santiago. Desde Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saa hasta Eduardo Duhalde
cuestionaron la acción oficial. Duhalde dejó sentado su rechazo a las
intervenciones, en general, quizás maliciando que un calentamiento extremo
de los conflictos en la provincia de Buenos Aires puedan tenar al gobierno
nacional, en algún momento, a hacer la misma pruebita en su distrito.
Si se analizan los gestos públicos del Presidente, no parecen quedar dudas
de que la Casa Rosada estimula los actos de rebeldía de Felipe Solá contra
la estructura partidaria que responde a Duhalde: Kirchner asistió en las
últimas semanas a media docena de actos organizados en territorio bonaerense
por el gobernador. El hombre de Lomas de Zamora no quiere inmutarse ante
esos gestos. Está convencido de que Kirchner sabe sumar y restar y que sus
cuentas le seguirán indicando que para gobernar necesita al duhaldismo, así
como que las fuerzas de Solá no tienen envergadura suficiente como para
ponerlo en problemas en una interna partidaria. Es probable que muchos
duhaldistas hechos y derechos no abriguen tantas certezas como su caudillo.
El Presidente, entretanto, pelea con otros abiertamente pero no quiere hacer
guantes con Duhalde en público. Ya habría decidido renunciar a la idea de
que Cristina Kirchner sea candidata en la provincia de Buenos Aires. Las
uvas están verdes. El rey de la pelea preserva a la reina.
Jorge Raventos
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