Buenos Aires, (DyN) -
El discurso del presidente Néstor Kirchner se encrespa cada vez más,
y sus acciones políticas bambolean y hasta se contradicen a sí mismas
con un vértigo difícil de explicar, salvo con una hipótesis: hoy, el
primer mandatario estaría dejando que gobiernen los encuestadores,
siguiendo al pie de la letra sus consejos, algo así como la mítica
imagen del "diario de Yrigoyen", aquel que redactaban los allegados al
veterano presidente para hacerle creer en una realidad que sólo existía
en ese papel inventado.
Si no, cómo explicarse la
virulencia de la campaña, en la que Kirchner y su esposa se muestran
peligrosamente alterados
denunciando fantasmas, o "brujas" que en realidad no existen, pero que
alguien los convenció a ellos de que sí, que están de verdad
merodeando sobre su deseo de seguir escalando en el poder para
perpetuarse en un segundo período de gobierno.
Si no, cómo entender
que luego de repetidísimas diatribas del Presidente y sus más estrechos
colaboradores contra la política "dura" reclamada por el duhaldismo y la
oposición para poner coto a las constantes manifestaciones piqueteras,
súbitamente se trastocó su estrategia por la más férrea que podía
imaginarse.
Si no, cómo analizar
la denuncia de un supuesto "pacto de desestabilización" de una presunta
asociación duhaldista menemista que el gobierno presentó como macabra y
que en realidad está a años luz de ser una verdad palpable.
Kirchner parece cantar según las
notas del pentagrama que le acercan los encuestadores que le trabajan a
sueldo y que hoy se estarían
convirtiendo en un peligroso elemento para el gobierno y la opinión
pública, en un verdadero poder detrás de las sombras.
El Presidente no se muestra como
un observador de la realidad,
un analista de las cosas que de verdad ocurren en el país.
Su discurso unívoco lo exhibe alteradísimo, desencajado, casi
desesperado por la paranoica idea de ser acechado
por fuerzas que antes no nombraba, y que ahora bautizó con nombres que
no parecen coincidir con esa probabilidad.
Los enemigos del kirchnerismo,
en definitiva, son "todos", menos la abstracta idea de su "pueblo"
: Duhalde y su esposa, Menem, Patti, López Murphy, Elisa Carrió, los
piqueteros, Eduardo Camaño y los diputados duhaldistas, empresarios que
a veces son adversarios pero que de repente se convierten en aliados, un
Fondo Monetario al que ya dejó de criticar hace tiempo, pues ya lo
complació pagándole puntualmente todo lo que debe, y así se podría
mencionar una interminable lista de "brujas" que estarían elaborando
venenosas pociones incansablemente.
El jefe de Gabinete, Alberto
Fernández, rechazó de plano una propuesta interesante del opositor
Ricardo López Murphy: buscar un
pacto de gobernabilidad. "No lo necesitamos, porque no somos débiles",
clamó el número dos del poder kirchnerista.
Alberto Fernández parece no conocer demasiado de estrategia política, y
menos de sicología. Sigmund Freud sería el primero
en advertir que lo que se niega con más énfasis, es la pura
verdad.
El Gobierno se dice a sí mismo que no es débil, pero cada uno de sus
actos revela que así se siente.
Y lo más curioso es que no tiene ninguna razón para tener esa sensación.
Como pocas veces se ha visto en la historia democrática, Kirchner maneja
los hilos del país a su antojo, sin tener en cuenta ni por un instante
la opinión de la oposición, a la que demoniza como en tiempos de
totalitarismos y dictaduras.
Nunca convocó a dirigentes de
otros partidos para consensuar
o al menos analizar políticas. Así no actúan los demócratas. Nunca
dialogó con nadie que no sea de su más estrecho palo. Sólo se
muestra más dócil ante Roberto Lavagna, el hombre cuya capacidad
reivindican los archirrivales del kirchnerismo, los duhaldistas, pero a
quien les resulta imposible desgastar con los insultos y castigos
habituales con que el presidente "pone a raya" a los propios que no lo
obedecen a ciegas. Lavagna es,
hoy por hoy, el sustento verdadero de la estabilización de este
Gobierno.
El gesto exorbitante que
Kirchner demostró en las dos últimas manifestaciones piqueteras
hablan más de debilidad que de convicciones políticas. Kirchner y sus
hombres no se cansaron de criticar a la oposición que reclamaba límites
a las protestas callejeras. Siempre se mostró inactivo e indiferente a
las manifestaciones. Hasta que de la noche a la mañana, pasó al otro
extremo para ponerles un violento freno, y prácticamente "militarizó",
aunque con policías, a las zonas donde se anunciaban protestas
piqueteras.
¿Cuál habrá sido la razón de un
giro tan violento en sus posturas sobre el tema?
Sin duda los encuestadores, que terminaron por convencerlo de que la
sociedad está harta de esa modalidad de protesta y reclama más
protección. No importaron entonces las palabras antes dichas. Si
se pierden votos por una política antes defendida a rajatabla, nada
impide que de un día para el otro, se sustente y se actúe en contra de
sus propios pensamientos.
Kirchner debería comprender la
peligrosidad de los vaivenes que no están dictados por programas e
ideologías, sino sólo por
mezquinas conveniencias electorales.
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