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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Los
voceros más optimistas del oficialismo exhiben en estos días rostros aliviados y
transmiten cándidos pronósticos: dan por neutralizado el duro conflicto con el
sector rural y consideran estar viviendo una etapa nueva, caracterizada por "una
comunicación más amigable" del gobierno con la sociedad. "Ella está mucho más
tranquila y él se mete mucho menos en la gestión", deslizan. Obvio: hablan de la
señora de Kirchner y de su esposo.
Después
de los sobresaltos y tensiones padecidos a partir del dictado de la resolución
125, a principios de marzo, es comprensible que la familia presidencial
considere que últimamente los vientos soplan con más suavidad y benevolencia. De
hecho, en los últimos quince días no ha recibido malas noticias comparables a la
derrota sufrida en el Senado, al voto opositor del vicepresidente Julio Cobos o
a la renuncia de Alberto Fernández, circunstancias que testimoniaron con gran
crudeza el debilitamiento de su poder.
El
flamante jefe de gabinete (e intendente de Tigre en uso de licencia), Sergio
Massa, un convencido de las beneficios de mantener la mejor relación con los
medios de comunicación y de afrontar los desafíos con una sonrisa, parece ser el
responsable de algunos de los cambios de hábito presidenciales que alegran a los
oficialistas: la señora empezó a dar conferencias de prensa y habla con
micrófonos y personas de modo más afable, menos impostado.
Es
posible, no obstante, que la modificación estilística no pase de ser un detalle
trivial, unb entretenimiento que tenga poco efecto sobre la crisis que late por
debajo del veranito de san Juan de los últimos días.
Porque lo
cierto es que, con sonrisa o sin ella, la señora insiste, por ejemplo, en
ignorar la inflación (o, lo que es lo mismo, en abordarla al estilo Guillermo
Moreno: con manipulación estadística e inconducentes acuerdos de precios),
mientras la sociedad en general y hasta empresarios que empiezan a dejar el
bloque oficialista claman por "la gravedad" del fenómeno y estiman en 26 a 30
por ciento su dimensión actual, es decir, tres o cuatro veces más alta que los
números oficiales. La inflación no es una trivialidad: es peligrosa como un
ácido por su capacidad de corroer las condiciones de gobernabilidad de las
sociedades.
En cuanto
al conflicto agrario, tampoco conviene en ese caso guiarse por cuestiones de
estilo. Las buenas maneras que emplean las entidades rurales en estas semanas
de balance y reorganización de fuerzas, tras su victoria política en el
Congreso, no ocultan que la mayoría de las cuestiones que movilizaron al campo
sigue sin resolverse. El gobierno mañerea en los contactos con las
organizaciones agrarias, pretende atomizar su unidad y quiere derivar la
discusión de medidas a cada provincia involucrada. Es decir: quiere repartir las
responsabilidades mientras concentra la caja.
El campo
no ignora que, más allá de las sonrisas, la actitud del gobierno sigue siendo
hostil: lo evidenció en los fundamentos de la medida que redujo las alícuotas de
las retenciones móviles (pero no anuló la resolución 125); lo refirmó la señora
de Kirchner cuando, en la extensa y magra conferencia de prensa del sábado 2,
confesó que no cambiaría nada de lo hecho por ella en el gobierno. O en la
mezquina actitud oficial de boicotear la Exposición de Palermo. El campo también
registra los obstáculos que la ONCCA pone a las exportaciones y el minucioso
activismo que la AFIP dedica a los productores rurales, intensificado después de
la victoria agraria en el Congreso. Esa atmósfera puede por momentos no aparecer
en las fotografías, pero mantiene latente el conflicto que el gobierno quiere
imaginar neutralizado y advierte sobre la posibilidad de que se recargue.
Las
provincias también proyectan perspectivas más sombrías que los amables
pronósticos oficialistas. Ellas sufren una marcada disminución de los recursos
"no automáticos" que recibían y un paráte de obras públicas comprometidas por el
estado central. Las que más sufren son aquellas cuyos gobernadores adoptaron una
postura autónoma en el conflicto agrario. Más allá de la voluntad sancionatoria
de la Casa Rosada, la sequía de fondos para las provincias es consecuencia de
las dificultades financieras del gobierno nacional que ha extendido su gasto muy
por encima de la recaudación y tiene una dificultad creciente para financiarse.
La tasa de riesgo país argentina de 700 puntos (la más alta de América Latina)
va de la mano con el hecho de que el estado no puede obtener financiamiento
genuino en los mercados y se ha vuelto dependiente de la dudosa ayuda de la
Venezuela chavista, que compra bonos (aunque tiene un límite) por los que el
gobierno K paga una tasa de 16 por ciento en dólares.
Como para
nublar más el paisaje, el oficialismo empieza a registrar el hecho de que ya no
hay retorno al disciplinamiento partidario que Néstor Kirchner había impuesto al
peronismo en sus años de mayor gloria. Ahora, quien más, quien menos,
gobernadores, senadores, diputados y concejales se toman libertades que antes
delegaban y marcan diferencias con el gobierno que antes optaban por silenciar o
disimular. El peronismo empieza a tomar distancia y a poner condiciones. El
gobierno debe compartir decisiones: pierde el control tal como lo concebía.
Eventualmente, pierde el control a secas.
Néstor
Kirchner, sumido en el silencio de los inocentes, anota cada detalle de esa
pérdida. Sensible a la fenomenología del poder, no se engaña sobre el retroceso
que ha sufrido su fuerza y, mientras otros se encargan de ganar tiempo con
maniobras de distracción, él analiza los pasos a dar y estudia la disyuntiva:
"contraofensiva victoriosa" o " éxodo jujeño".
Jorge Raventos
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