Feliz domingo
La señora Cristina Fernández se separó por unas horas del Presidente el domingo 23: mientras él se encontraba en Río Gallegos, dispuesto a cumplir su deber cívico, su esposa, candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires, se entretenía recorriendo la residencia de Olivos, obstinada en no votar en Santa Cruz, la provincia donde está empadronada. Al terminar la jornada se verificaría cuántas personas habían decidido imitar a la primera dama en su decisión de no pisar el cuarto oscuro. Los encuestadores, menos interesados en registrar el eventual ausentismo electoral o el voto en blanco que en vaticinar victorias y arriesgar porcentajes, hablaron poco del fenómeno abstencionista pese a que en las experiencias comiciales de este año (Santiago del Estero, Corrientes) su incidencia fue muy notable. Si fueran muchos los que opten por seguir el ejemplo de Cristina Fernández su comportamiento de todos modos incidiría indirectamente sobre los resultados: como la ley computa los resultados sobre los votos positivos efectivamente emitidos (es decir: excluyendo a los ausentes y a los que deciden votar “en blanco”) los porcentajes que se anuncien finalmente estarán proporcionalmente inflados por esos rechazos.
Los estudios demoscópicos conocidos en las últimas semanas han estado sesgados por esa circunstancia: los resultados atribuidos a los candidatos se producían proyectando (es decir: imaginando estadísticamente) el comportamiento de grandes contingentes (en algunas muestras, más del 40 por ciento) que a pocas horas del comicio declaraban no haber decidido por quién votar y excluyendo a quienes anunciaban que no votarían o lo harían en blanco. No es improbable que esas altas dosis de conjetura justifiquen las grandes divergencias registradas en los pronósticos. Es igualmente probable que esas diferencias estuvieran también determinadas por la identidad del cliente que pagaba cada muestra. Si bien se mira, las empresas dedicadas a este tipo de estudios también compiten el feliz domingo de elecciones: de acuerdo a la mayor o menor proximidad con el resultado de las urnas de la profecía que hayan arriesgado serán juzgadas en su idoneidad profesional.
En elecciones anteriores hubo campañas activas convocando al no-voto o al voto en blanco. En esta, si se deja de lado el publicitado modelo de comportamiento de la primera dama y la difusión otorgada al hecho de que las eventuales sanciones por no sufragar son inocuas y además no se aplican, no hubo ninguna convocatoria organizada con ese fin. Por ese motivo, podrá decirse que la abstención o el voto negativo que se registren responderán exclusivamente a la conducta espontánea de parte del electorado, a su perplejidad o desinterés anate una campaña que, en general, fue magra en inspiración y propuestas y abundante en violencia verbal, crispación y golpes bajos. La ofensiva final lanzada (con obvio aliento presidencial) contra el copiloto de la señora Elisa Carrió, Enrique Olivera, fue la gota que colmó un vaso que había empezado a llenarse al inicio de la campaña con las acusaciones deslizadas (y nunca sostenidas ante la Justicia) contra Eduardo Duhalde por la señora Cristina Fernández y el piquetero oficialista Luis D’Elía. También tiño la campaña el manejo opaco del presupuesto nacional con fines proselitistas, la distribución propagandística de subsidios y electromésticos y hasta la inédita organización de bingos y loterías para garantizar presencia pública en los actos.
Esas modalidades y aquella atmósfera de confrontación sin reglas deberán computarse sin duda como estímulos a la evidente apatía ciudadana.
Resulta significativo que esa apatía y falta de entusiasmo por la actividad electoral (el masivo ausentismo anunciado de autoridades de mesa es otro dato a computar en este sentido) esté acompañado en la sociedad por lo que podría considerarse un notorio crecimiento de la acción directa: desde huelgas y piquetes (hubo hasta un piquete estudiantil para rechazar un examen) hasta reacciones directas de ciudadanos afectados (enfrentamientos con huelguistas ferroviarios), pasando por reacciones crispadas o violentas de “justicia por mano propia” (madre que golpea a una maestra que calificó mal a su hija, estudiante que apuñala a su ex novia, familiares de las víctimas de Cromagnon que atacan la casa donde Omar Chabán reside bajo custodia, etc.).
La combinación paradójica de esos dos fenómenos (señales de apatía cívica y crecimiento de la tendencia a la acción directa) es un fenómeno que debería merecer una atención responsable por parte del sistema político: hay allí síntomas claros de ingobernabilidad: decaimiento de la confianza en la lógica de la representación y reacción en busca de soluciones que no se encuentran o divisan a través de las instituciones.
Cualquiera sea el resultado del domingo, que será seguramente más feliz para unos que para otros, esas cuestiones se presentan como asignaturas políticas pendientes para la sociedad argentina.
Jorge Raventos
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