INDUSTRIA Y SOCIEDAD
En conjunto, la industria no generaría empleo en la actualidad para mas de dos millones de personas sobre una población laboral muy superior a los doce millones. Los resultados de los estudios ocupacionales señalan el rápido crecimiento del número de trabajadores en los servicios y en actividades como cuentapropistas, frente al aumento nulo o negativo del empleo fabril. El servicio doméstico, por si solo, ocupaba 850.000 personas en 1991, magnitud equivalente al total de trabajadores industriales directos. Tareas de menor calificación toman el lugar de aquellas que exigen crecimiento y experiencia. Los trabajadores salidos de la industria se dirigieron a las actividades de servicios. Hacia la primera mitad de la década del noventa se notó el fin de estos desplazamientos debido a la saturación de aquellas actividades. Desde entonces, los nuevos desplazados pasaron a engrosar los rangos de la desocupación. La contracción de la clase obrera industrial coincide con la expansión de la ocupación en las tareas de contenido mas pobre, algunas de las cuales son humanamente degradantes. El casi insólito regreso de los "cirujas" recolectando basura en las noches urbanas, luego de mas de medio siglo de ausencia, es una notable contrapartida del quiebre del modelo clásico de desarrollo fabril. El avance de la pobreza y de la desocupación contribuye a reducir el salario de quienes trabajan. Ese resultado, que puede ser "funcional" para los empleadores en el corto plazo, reduce la posibilidad de educar a los hijos de los trabajadores actuales, que deberían ser el capital de la industria futura. La crisis industrial comienza a orientar el panorama social y económico argentino en la dirección de otras naciones más pobres de América Latina, a las que el país siempre se sintió cercano en términos de cultura y origen, pero muy distante por su nivel de desarrollo y los ingresos de sus habitantes. La evolución de estos años solo puede explicarse por una combinación de causas ideológicas, económicas y sociales. Una primera causa es la añoranza de la clase alta tradicional por el pasado de riqueza que el país gozó durante un largo período de explotación de las ventajas comparativas de la pampa. Ese grupo social no aceptó nunca y tampoco puede imaginar que esa riqueza provenía de la prodigalidad de la naturaleza, mucho mas que de la presunta habilidad de los ancestros. En cambio, cree firmemente que debe volverse al sistema que imagina como de economía abierta, exportación de productos primarios e importación de bienes industriales, aunque acepte ciertas modificaciones menores al modelo extremo. Roberto Rocca, presidente de Techint, es uno de los pocos empresarios que menciona este problema. En 1981 afirmaba: "Las clases dominantes entendieron la ganadería y la fascinación del campo, entendieron la gran capacidad de intermediación de la "City" de Buenos Aires, pero no tuvieron ni el tiempo, ni la oportunidad, ni la fuerza, de imponer el concepto de productividad y de adquirir experiencia en el desarrollo industrial del país. La sociedad industrial quedó así como un títere sin cabeza, en cuanto nadie, ni el establishment clásico argentino ni el establishment militar, lograron identificarse con la gran revolución económica en curso." En efecto, la elite no reconoce ni acepta que la caída de los precios relativos de las materias primas en el mercado mundial ha terminado para siempre con ese modelo. En cambio, quienes la integran, ofrecen la coherencia de no haber cedido nunca en sus posiciones; pasaron de la ideología ortodoxa clásica a la neortodoxa sin haber aterrizado en los modelos como el keynesiano (al que ven como falso e intrínsecamente perverso). Diversos representantes y entidades de la elite repiten ese discurso, que puede encontrarse en los periódicos y que se fortifica cada vez que suben los precios de los bienes agrarios en el mercado mundial. La contraparte de esa ideología es una actitud negativa frente a la industria local. Las fallas de esta última le resultan mucho mas evidentes que el atraso agrario o la baja eficiencia del sector financiero. Esa perspectiva provoca que critiquen mas a la industria por lo que hizo que por lo que no hizo. De allí que opten por sostener que es la industria como un todo culpable del fracaso y que se la debe reacondicionar y reducir lo mas rápido posible. En definitiva no critican a la industria por lo poco que avanzó, sino por haber ido demasiado lejos. El pensamiento de la clase alta tradicional convergió naturalmente con la neortodoxia abstracta que afirma que la industria es un sector como cualquier otro, porque ignora las demandas propias del sistema productivo. Esto se dio a partir de la crisis de la deuda externa. La presión de los acreedores y del FMI creó un contexto que obligaba a modificar las políticas económicas de estos países en la dirección planteada por la ortodoxia económica, que así logro imponerse. La deuda externa alentó estrategias especulativas (que en la Argentina habían creado la propia deuda) las que atrajeron el interés de quienes estaban capacitados para captar su lógica y beneficiarse con ella. La especulación ofrece ganancias tan elevadas que bloquea los proyectos de inversión en sectores productivos que no pueden competir con ella. La apertura comercial iniciada en 1976 con un tipo de cambio especial permitió el ingreso de bienes a precios muy bajos, muchos de los cuales solo eran competitivos gracias a variables como ese tipo de cambio o la decisión de las naciones de origen de subsidiar a sus propios exportadores. Se trataba de convencer a la sociedad que había que "castigar" a la industria por sus fallas, en lugar de "ayudarla" a corregirse. El adormecimiento relativo que genera ese proceso podrá seguir mientras el país cuente con divisas para importar, sea gracias a las exportaciones primarias o al crédito externo, pero en algún momento se volverá a replantear la necesidad de la producción local y de una política dirigida hacia ella que combine el apoyo con las exigencias para retomar el camino del crecimiento.
Rubén Totere
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