Domingo 03 de Abril de 2005

 

Los milagros de la economía irlandesa


Se acabó el tópico de 'país de los pubs': hoy es el primer exportador de 'software' del mundo y el lugar elegido por muchas multinacionales

De ser el país más pobre de la UE, Irlanda es hoy el segundo más rico y para muchos el de mejor calidad de vida del mundo.
El pasado 30 de noviembre, un pequeño rincón del Dublín tradicional cerró sus puertas. El café Bewley’s, refugio ancestral de escritores como James Joyce, se vio obligado a servir su última ronda de té y de pasteles pringosos.
Situado en Grafton Street, la principal arteria comercial de la ciudad, el legendario local no logró sobrevivir al empuje de las nuevas tiendas que atraen las miradas de los dublineses: Puma, Footlocker, H&M, Tommy Hilfiger, ¡McDonald’s!... La Irlanda de los pubs ha dejado paso a la Irlanda del éxito económico.

En Dublín hay más BMWs por habitante que en Munich

¡Cómo han cambiado las cosas! En los últimos 10 años, Grafton Street se ha convertido en la quinta zona comercial más cara del planeta. Dos grandes multinacionales (una cadena de cafeterías y un gigante de la moda) están entre los candidatos a alquilar el grandioso local que durante casi un siglo ocupó Bewley’s.
Ni siquiera les asustan los astronómicos alquileres de esta calle, que tras subir un 46% en 2004 ya superan los 4.100 euros anuales por metro cuadrado. "Resulta difícil creer que cuando yo iba al colegio, centenares de niños andaban descalzos por la calle", explica John Gormley, de 45 años, ex alcalde de Dublín.
"Ahora, las calles están llenas de centros comerciales, museos, bares... Cuando era joven, ansiaba que abrieran un local donde sirvieran café decente, como en Italia o Francia; hoy, el problema es elegir el tipo de café que quieres tomar de la interminable lista de variedades, sabores, precios¿".
El constante desfile de coches de lujo por las calles da una idea de la riqueza generada en los últimos años: según un reciente estudio, en Dublín hay más BMWs por habitante que en Munich, sede de la empresa automovilística alemana.
Y es que Irlanda (junto a España) es una de las escasas historias felices que la esclerótica economía europea ha generado en los últimos años. En las tres décadas desde su ingreso en la UE, ha pasado de ser su miembro más pobre al segundo más rico, tras Luxemburgo.
De hecho, sólo otros dos países en todo el mundo, EEUU y Noruega, tienen una renta per cápita superior a la suya. Su crecimiento medio en los años noventa fue del 7%, con picos del 11% entre 1997 y 2000: cifras increíbles para un país occidental. Con estos datos en la mano, el sobrenombre de tigre celta parece merecido.
Pero hace sólo 20 años, Irlanda, más que un tigre económico, era un tímido ratón. Incluso un cerdo, pues la Europa rica consideraba que formaba parte de los pigs ("cerdo", en inglés, pero también las iniciales de Portugal, Ireland, Greece y Spain).
Los irlandeses estaban tan acostumbrados a su secular pobreza que solían bromear con que su única exportación exitosa era mano de obra barata. La isla era un barco averiado del que todos querían escapar: en 1840, tenía ocho millones de habitantes; en 1960, la cifra se había reducido a menos de tres millones.
Pero el boom de los años noventa ha dado la vuelta a la situación y ahora, por primera vez en la Historia, la inmigración supera a la emigración. En los próximos años, Irlanda espera recibir 300.000 trabajadores extranjeros, casi el 10% de su población.

Muchos emigrantes regresan hoy a su patria en busca de trabajo

Michael O¿Leary, consejero delegado de Ryanair. De hecho, la isla ha recuperado niveles de población no vistos desde 1870: cuatro millones de habitantes. "Cuando estaba en el instituto, todos mis compañeros querían emigrar", recuerda Paul Fitzsimmons, director de Comunicación de Ryanair. "Ahora, las tornas han cambiado y la mayoría está volviendo, porque las perspectivas laborales son inmejorables aquí".
Y tiene razón: el semanario The Economist ha coronado recientemente a Irlanda como el país con mejor calidad de vida del mundo. En los años setenta, los importadores mundiales sólo pensaban en Irlanda para comprar cerveza Guinness: hoy, realizan gigantescos pedidos de chips informáticos y medicamentos de última generación.
Irlanda es el principal exportador de software del mundo, por encima de EEUU, y fabrica un tercio de los ordenadores vendidos en Europa. Nueve de las diez mayores multinacionales farmacéuticas tienen una poderosa instalación en la isla, de cuyas máquinas sale más de la mitad de la producción europea de Viagra y de Botox.
Así, Irlanda se ha convertido en el país de la OCDE con mayor superávit comercial tras Noruega: en 2002, exportó mercancías por valor de 86.200 millones de euros e importó sólo 51.200 millones de euros en bienes. Datos como éstos han convertido el secreto del éxito del tigre celta en uno de los temas de estudio predilectos de los economistas.
Unos se fijan en sus políticas liberalizadoras, otros elogian la apuesta irlandesa por la educación, mientras que muchos resaltan el beneficioso papel de las subvenciones europeas
¿ Sin embargo, lo más probable es que en realidad el crecimiento irlandés se deba a la concurrencia de multitud de ingredientes que, mezclados en adecuadas dosis, han propiciado un auge sin precedentes.
"Reducir esta compleja realidad a un factor en concreto es un error en el que no conviene caer", dice John Peet, jefe de información europea del semanario The Economist y autor de un reciente informe sobre la economía irlandesa.
El despegue comenzó a finales de los ochenta, cuando la economía tocó fondo lastrada por un letal cóctel de lento crecimiento, elevada inflación y desempleo galopante.
Escarmentado por los fracasos económicos de sus dos primeras legislaturas en el poder, el primer ministro Charles Haughey decidió dar un giro radical a la situación. Su receta fue tan sencilla como eficaz: liberalizar la economía, recortar los impuestos y reducir al mínimo el déficit y el gasto público (casualmente, la misma receta que aplicó en España José María Aznar).
Los años de ajuste fueron difíciles, pero el apoyo de los sindicatos, los empresarios y el principal partido de la oposición (Fine Gael) le ayudaron a sacar sus reformas adelante.
"El deterioro de la economía era tan acusado que todos se percataban de la necesidad de hacer algo", dice Peet. "El diálogo social se ha convertido en una costumbre en el sistema político irlandés". Además, las sustanciosas subvenciones de la UE, que llegaron a alcanzar el 5% de su PIB (en España, un 1%), contribuyeron a financiar los grandes proyectos de infraestructuras, a pesar del recorte del gasto público. Los efectos se hicieron notar casi de inmediato.
Irlanda se convirtió en un imán para las inversiones extranjeras. Los alicientes que ofrecía eran múltiples: mano de obra barata, bajísimos impuestos y una población bien formada y muy trabajadora.

A principios de los noventa se recortaron los tipos de interés

En total, su fuerza laboral pasó de 1,2 millones de personas en 1993 a 1,8 millones en 2003. "Esto supone casi la mitad de su crecimiento económico en la última década", apunta Peet. El desarrollo irlandés ha sido tan asombroso que ha provocado un extraño consenso político. Resulta casi imposible distinguir las propuestas económicas de los dos partidos mayoritarios (Fianna Fail y Fine Gael) mientras que el Partido Laborista, la tercera fuerza, apenas propone cambios de peso. Incluso los grupos más críticos, como los Verdes, no quieren dar una completa marcha atrás. "En su conjunto, los últimos 20 años han sido positivos", reconoce John Gormley, su portavoz y ex alcalde de Dublín.
Aun así, recalca que el pequeño bache económico que sufrió la isla con el cambio de siglo, tras el estallido de la burbuja de Internet, cuando el PIB irlandés creció "sólo" entre un 4% y un 6%, sacó a la luz los efectos secundarios negativos del boom de los años noventa. Así, por ejemplo, Gormley denuncia que las diferencias entre ricos y pobres se han disparado.
La tradicionalmente asequible Dublín se ha convertido en apenas una década en la cuarta ciudad más cara de la UnE, lo que ha puesto en aprietos a los trabajadores con salarios modestos. Además, el número de vagabundos se ha doblado en la última década, mientras que los precios de la vivienda en la capital ya superan incluso los de Nueva York o París.

 

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