|
Perón habla al campo
25 de octubre de 1973
Señores:
En primer término, tengo el placer de saludarlos y agradecerles la amabilidad
que han tenido de llegar a esta casa. Es indudable que, después de haberlos
escuchado en una rápida exposición de motivos y de consecuencias, debo
manifestarles la inmensa satisfacción que experimento al comprobar que los
distintos sectores del agro argentino están en una coincidencia absoluta, porque
solamente la coincidencia puede llevarnos a un fin constructivo.
Hace veintiséis años me hice cargo del Gobierno de la República. Era mi primer
Gobierno. En ese momento, la producción agropecuaria era buena y el único
recurso de la República. La industria estaba, en cambio, bastante atrasada; los
alfileres que consumían nuestras modistas eran importados de Francia. Fue
necesario, por una razón de equilibrio en la producción y en la demografía del
país, dedicarnos a industrializarlo. Entonces nos lanzamos a la
industrialización con toda nuestra decisión y nuestro esfuerzo. Las
consecuencias fueron que en 1955 el país estaba fabricando sus barcos, sus
camiones, sus automóviles, etc.; es decir que grandes posibilidades de
desarrollo industrial se habían producido en toda la República. Esto era una
cosa indispensable, porque el agro estaba entonces en la tarea de producir para
importar manufacturas, perdiendo nuestra mano de obra y comprando caro lo
fabricado afuera y, algunas veces, con nuestra propia materia prima.
En un país como la República Argentina, que tenía entonces más o menos cinco
millones de habitantes en el campo y el resto en las ciudades y pueblos, era
imperativa la industrialización. Porque, en el fondo, nuestro problema no es que
nos gusta ser industriales; son las necesidades las que lo imponen. Si nosotros
no industrializábamos el país, millones de habitantes que vivían en los pueblos
y ciudades estaban pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios.
Ellos eran los que pagaban todo.
Recuerdo que en ese entonces me contaba un galense, de esos que tenemos en el
Chubut, que en su pueblo había un reloj con cuatro caras, que giraba y que a
cada cuarto del día aparecía una figura. Primero aparecía el pastor, y decía:
"Yo cuido vuestras almas". Giraba otras seis horas y aparecía el abogado, que
decía: "Yo cuido vuestros derechos". Giraba otras seis horas más y aparecía el
gobernante, diciendo: "Yo gobierno para una vida ordenada". Y daba otra vuelta y
aparecía el agricultor, que decía: "Yo soy el que pago a los otros tres".
Esto era lo que ocurría en esa época en la República Argentina. Si no se hubiera
producido el desarrollo industrial, se podía seguir pensando que el agro
argentino estaba sosteniendo al resto del país.
De manera que la industrialización se imponía por una razón demográfica más que
de ninguna otra naturaleza. No podíamos seguir en ese desequilibrio en la
producción con respecto a la demografía nacional. Eso impuso necesariamente la
industrialización.
Desde entonces hasta ahora, la industria argentina se ha desarrollado
suficientemente, y los pueblos y ciudades pueden sostenerse con su propio
trabajo, sin estar pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios.
Es decir, el país, en medio de toda su desorganización, tiene en estos momentos
un equilibrio entre el campo y la ciudad, que es indispensable para los países
en desarrollo.
Frente a esto, nosotros pensamos que el mundo actual está desalentando el
desarrollo tecnológico. Lo está desalentando porque con eso se están destruyendo
las fuentes naturales de subsistencia de la Tierra, especialmente materia prima
y comida. Está convirtiendo la Tierra en basurales, basurales de plásticos por
ahora, pero basurales al fin ...
A los ríos los está transformando en cloacas. Ya en la mayor parte del mundo no
quedan aguas potables en sus cursos. Eso nos está ocurriendo aquí, en un país
que tiene tres millones de kilómetros cuadrados y no alcanza a tener veinticinco
millones de habitantes. ¡Cómo será en Europa, y especialmente en los países de
intensa superpoblación!
Los bosques los estamos talando, es decir, suprimiendo las grandes fábricas de
oxígeno que la Tierra tiene; y como si eso fuera poco, estamos cubriendo el mar
con una capa de aceite que no permite la liberación de oxígeno.
El hombre está abocado a un problema pavoroso y a corto plazo. En la materia
prima, se cuenta por decenios el agotamiento. Estados Unidos se quedará sin
petróleo en pocos años y en un tiempo más se quedará sin hierro. Eso en un país
de amplio desarrollo. Imaginen Europa, que ya no tiene prácticamente nada de
esto.
Es un mundo que se va quedando sin tierra, sin agua potable, sin oxígeno, es
decir, sin aire.
En el momento actual, el mundo, ya superpoblado, tiene 3500 millones de
habitantes. iQué será en el año 2000, con siete u cocho mil millones de
habitantes!
En este mundo de 3500 millones de habitantes, la mitad está hambrienta. En
granos, Europa no cubre sino el 69 por ciento de sus necesidades. El mundo
entero se está quedando sin proteínas; y sin proteínas el hombre no puede vivir,
como no puede vivir sin oxígeno, sin agua o sin tierra.
Este es un problema que hay que pensarlo. Solamente las grandes zonas de reserva
del mundo tienen todavía en sus manos las posibilidades de sacarle a la tierra
la alimentación necesaria para este mundo superpoblado y la materia prima para
este mundo superindustrializado.
Nosotros constituimos una de esas grandes reservas; ellos son los ricos del
pasado. Si sabemos proceder, seremos nosotros los ricos del futuro, porque
tenemos lo esencial en nuestras reservas, mientras que ellos han consumido las
suyas hasta agotarlas totalmente.
Frente a este cuadro, y desarrollados en lo necesario tecnológicamente, debemos
dedicarnos a la gran producción de granos y de proteínas, que es de lo que más
está hambriento el mundo actual.
Sería demasiado redundante quizá seguir insistiendo en esto, pero lo que ocurre
para nosotros, como posibles grandes productores, es que existe un inmenso mundo
de consumidores y los productores vamos siendo cada día menos. Aprovechemos este
momento para afirmar una grandeza que es notable, porque se la hace con el
trabajo honesto de todos los días.
En nuestra República, desde que comenzamos a pensar en la necesidad de dejarnos
de pelear por pequeñeces y empezamos a pensar que todos tenemos un destino
común, como el país también lo tiene, debemos despreciar esas insignificancias
para dedicamos a lo fundamental, que es engrandecer el país, enriquecerlo y
hacer un pueblo digno y feliz.
En este empeño, que ha sido siempre nuestra orientación política, el 18 de
noviembre de 1972 pensamos que podíamos llegar al Gobierno y establecer un pacto
con todas las fuerzas políticas, superando esas diferencias que el país había
heredado.
Hablo muchas veces de una comunidad organizada. Hablemos de una comunidad
organizada no solo en lo político, sino sobre las grandes fuerzas de la
producción y del progreso, que es el único desarrollo al que debemos aspirar.
Por eso hicimos el pacto político que anuló, diremos así, las controversias
políticas; que poco después, el 7 de diciembre, hizo posible una inteligencia a
base de coincidencias mínimas, la que dio lugar, desde el 25 de mayo en
adelante, a aspirar a esa comunidad organizada que comienza con el primer pacto
entre los empresarios, los trabajadores y el Estado, que a su vez hizo posible
un equilibrio más estable en la permanente lucha que se libra por los
beneficios, ya que nadie trabaja con fines de beneficencia, sino de legítimo
provecho.
Después de eso, hemos seguido trabajando para crear una comunidad organizada
sobre la fuerza constructiva, no en la destructiva, como pudo haber sido en otro
tiempo.
El acuerdo de ustedes o del agro con el Estado y con el resto de las fuerzas
económicas completa este cuadro y completa esta comunidad organizada por la cual
nosotros hemos venido luchando y con la que hemos soñado muchos años. Esta es la
verdadera organización porque es la constructiva, porque es la productiva, la
permanente, ya que los hombres no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino
intereses permanentes. Pongámonos de acuerdo y unamos esos intereses, y la
amistad podrá ser más permanente de lo que nosotros mismos soñamos.
Nuestra política, desde hace ya treinta años, se ha fundado, precisamente, en un
equilibrio entre las fuerzas de la producción y, dentro de ellas, en un
equilibrio entre los empresarios y los trabajadores. Este equilibrio, hasta
1955, fue del 47% de beneficio para el trabajador y, el resto del beneficio,
para el capital o la empresa. En este momento, esos índices han variado: hemos
caído en los beneficios de los trabajadores al 33% y el resto es provecho
empresarial. Tenemos que restablecer el equilibrio. Ese equilibrio se puede
restablecer con facilidad si aumentamos la producción y también las ventas. Aun
el mismo empresario del comercio minorista, que funda su deseo en aumentar el
precio unitario de su propia mercadería, comete un grave error, porque jamás,
por el aumento de los precios unitarios -hecho que provoca una inflación que es
terrible para todos y más con un pueblo sin poder adquisitivo-, podrá tener un
gran porvenir.
El secreto está en mantener ese perfecto equilibrio del ciclo económico de la
producción, es decir: la producción, la transformación, la distribución y el
consumo cada uno de estos cuatro factores es un factor de riqueza.
Algunos creen que se pueden enriquecer haciendo economías y suprimiendo el
consumo. No, ese no es el camino. El camino es contar con una masa popular con
alto poder adquisitivo, que aumente el consumo. Entonces, la ganancia no va a
estar sobre el precio unitario, pero se va a decuplicar por el aumento, diríamos
así, de la masa de las ventas. No hay que especular con lo pequeño, sino buscar
lo grande. Es el volumen de ventas el que va a dar la gran ganancia, y no el
precio unitario de las mercaderías, busquemos el resultado en lo grande. No nos
dediquemos a lo pequeño.
En la producción ocurre exactamente lo mismo como se acaba de decir aquí:
debemos alcanzar los márgenes de producción que la Argentina puede ofrecer. El
agro argentino está explotado en un bajo porcentaje; esos índices pueden
aumentar setenta veces.
Pongámonos en la empresa de realizarlo. Para eso necesitamos que se cumplan dos
circunstancias. Primera, desarrollar una tecnología suficiente para sacarle a la
tierra todo el producto que ella pueda dar, sin tener tierras desocupadas o
cotos de caza, como todavía existen en la República Argentina. Ese es un lujo
que no puede darse ya ningún país en el mundo. Segunda, utilicemos esa tierra
para la producción ganadera (poner en contexto). La República Argentina tiene 58
ó 60 millones de vacas, cuando podría tener doscientos millones; y ovejas, en la
misma proporción. Pongámonos a cumplir esos programas.
Todos esos acuerdos, si el Gobierno y las fuerzas de la producción trabajan
unidos y organizados, podrán alcanzar irremisiblemente esos objetivos. Los
planes que ha esbozado el Ministerio de Economía tienen esa aspiración. Cada uno
de ustedes tiene una misión que cumplir. Cada argentino, en la ciudad o en el
campo, tendrá una misión que realizar; el trabajo nuestro está en crear esos
objetivos e impartir esa misión, para que un pueblo organizado y decidido las
realice. Entonces, no tendremos nada de qué arrepentimos en el futuro.
Tales deben ser nuestros objetivos y nuestras esperanzas. Esperanzas que ustedes
tienen que realizar en el sector agropecuario y que otros realizarán en otros
sectores, tratando de que lo negativo sea lo mínimo.
El sector bancario también tiene en el agro una función que nosotros le habíamos
asignado con preferencia ya en el segundo gobierno justicialista.
El agro debe estar dotado de suficiente crédito para poder trabajar. En esto, no
todo es la buena voluntad y la decisión. También son los medios. Un sistema
bancario bien trazado y bien orientado debe ser el apoyo más consistente para el
agro. Vale decir que la tierra ha de trabajarse, como la industria ha de
realizar o transformar.
Las instituciones bancarias han sido creadas para eso, y para eso deben ser
utilizadas. En tal sentido, también el Ministerio de Economía está decidido a
dar un apoyo financiero suficiente, a fin de que el agro pueda desenvolver sus
funciones en las mejores condiciones.
Creo que, si cumplen los planes que hemos trazado y si se mantienen las
organizaciones y compromisos que se han establecido entre las fuerzas del
trabajo y el Gobierno, se puede alcanzar una etapa altamente constructiva,
echando así las bases de una grandeza con la que todos soñamos por la que todos
debemos hacer un esfuerzo en la medida que a cada le corresponda.
Finalmente, señores, les agradezco muchísimo; me siento inmensamente feliz de
poder contemplar estos acuerdos, que son la base de realización y sin los cuales
no podría llegarse a un trabajo organizado una comunidad que quiere triunfar.-
Fuente:
PERÓN, Juan D.: Obras completas, tomo 24 (1) , Buenos Aires, Docencia, pp.
101-103.
|