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En
la Argentina existen y han existido gran cantidad de estúpidos e idiotas en
todos los escenarios imaginables y aún en áreas de decisión que afectan
seriamente la vida nacional.
Si
todos los imbéciles levantaran vuelo al mismo tiempo, taparían la luz del sol.
Hemos
tenido ejemplos concretos en la primera magistratura y probablemente ya no quede
demasiada gente en la Argentina que no sepa bien quienes han tenido aquellas
características, aunque, cuando los votaron, no se habían dado cuenta de ese
defecto.
El
estúpido muchas veces pasa por loco o acaso por genio (como el caso de la película
"Desde el Jardín", donde el señor Gardiner - un tarado mental - se
convierte en el factótum de las decisiones del Presidente de los Estados Unidos).
Pero
existen facetas de la personalidad de un idiota que hacen que buena parte de sus
acciones, (más conocidas como idioteces o imbecilidades) se conviertan en actos
de maldad. Suele entonces, la maldad, ser hija putativa de la estupidez.
El
gobierno que tenemos ahora, podría un ejemplo patético aunque muchos piensen
que sería magnánimo librarlo de su etilogía de maldad esencial y cambiársela
por un originante de simple estupidez.
Y
tal vez ese sea uno de los más temibles subproductos de impacto en las naciones
sometidas al capricho de un imbécil a quien se le asigna por error la categoría
de "duro", "confrontativo", "ideólogo", "empecinado",
"loco" y otras tantas adjetivaciones que esconden su verdadera esencia
de imbécil.
Al
ser la maldad un clásico producto de la imbecilidad, entonces para combatir la
primera no sólo hay que poner manos a la obra con urgencia sino que también
hay que prestar atención a la segunda que la nutre y que casi siempre la
ocasiona.
Por
lo general, trátase de
imbecilidades de grueso calibre.
Gente
capaz e inteligente se ve entonces conminada a discutirlas, rebatirlas e
intentar anularlas, y por lo tanto a escuchar lemas infames, discursos ramplones,
razonamientos que no merecen tal nombre, arengas rudimentarias y afirmaciones
totalmente piradas.
El
terrorismo es otro clásico ejemplo de maldad provocada por idiotas, además de
los jefes de Estado.
Kant
ya advirtió contra esto:
"Nunca discutas con un idiota.
La gente podría no notar la
diferencia".
Sin
embargo a veces es casi inevitable desoír ese consejo, por ejemplo cuando los
grandes imbéciles lo están matando a uno.
A
menudo se descubre que la cosa es incomprensible y no desde luego por la
complejidad de los motivos, sino por el contrario, por su extremada
elementalidad, por la brutal superficialidad, por la indefectible exageración
de la medida asesina.
Lo
cierto es que, en esos casos, además de protegerse, de luchar, de llorar a los
muertos y de vivir en permanente zozobra, no queda otra solución que prestar oídos
a los asesinos, a lo que explican y argumentan mil cosas, si es que esas
palabras no son demasiado nobles para lo que suele darse.
Y
puede uno verse muy enredado con inmensas necedades.
Cualquiera
que sepa algo del régimen nazi habrá comprobado que detrás de él no había
una sola idea interesante ni original , ni compleja, ni siquiera digamos
inteligente.
Basta
ver una vez más "El triunfo de la voluntad", el grandilocuente
documental de Leni Riefenstahl sobre las concentraciones hitleristas de Nüremberg
en 1934, para verificar allí que las masas se enfervorizaban ante discursos que
eran completamente vacuos, utópicos y rupestres.
Durante
cuarenta años se oyeron las cretinadas franquistas hasta la náusea, todas de
un nivel intelectual ínfimo.
Léanse
los "profundos" pensamientos que llevaron a Milosevic y a Karadzic a
sus criminales limpiezas étnicas ; uno era psicoanalista y el otro poeta, pero
su indigencia intelectual fue más bien digna de verdaderos analfabetos.
Ahora
aparecen en nuestro horizonte unos terroristas nuevos y algunos graban vídeos
antes de hacer alguna masacre y luego suicidarse o inmolarse. La traducción
parcial de su mensaje in articulo mortis nos sume también en el inabarcable
mundo de las sandeces.
No
es fácil saber si resulta posible no interesarse por quienes nos matan. Pero
algo ganaríamos si lo lográramos, una vez que fuesen oídas sus estúpidas,
rancias y tediosas causas.
El
pellejo lo podríamos perder igualmente, pero al menos, y mientras llegase o no
el día, no se nos contaminaría el cerebro con sus descomunales idioteces.
Con
el Gobierno que dirige hoy nuestros destinos,
pasa exactamente lo mismo
No
cuesta mucho advertir, bajo sus capas negras de déspotas ilustrados, la
verdadera esencia de imbecilidad que tienen dentro, como yacimiento inmanente de
su falsa retórica y como sostén endeble de su prédica de burdel.
No
cuesta casi nada indignarse mucho ante semejantes infamias perpetradas a los
ponchazos con su admonición burlona
para niños ingenuos y con su hipocresía salida de "El Tartufo",
la mejor novela de Moliêre.
El
karma de la imbecilidad está en la Casa Rosada y derrama suavemente por las
escalinatas. Para todos los que quieran abrevar de allí.
Lic. Gustavo A. Bunse
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