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La guerra y la paz Que el brazo de la ley sean tan largo que alcance al último rincón de tu reino. Pero que también sea tan corto que pueda juzgarte cuando lo esgrimas injustamente Nemer ibn El Barud, De reyes y vasallos.. A tres semanas de las elecciones, la ciudadanía argentina muestra tal grado de indiferencia ante el comicio y tal desconocimiento de los candidatos que competirán en él, que el sistema político debería estar sumido en la preocupación. Si ella existe, no se nota. Como tampoco se advierte –salvo contadas singularidades- que los partidos y sus representantes en las instituciones estén suficientemente compenetrados en reflexionar sobre los cambios profundos que se están procesando aceleradamente en el sistema de poder mundial a partir de los ataques terroristas contra Estados Unidos del martes 11 de septiembre y sobre las perspectivas que ellos abren a Argentina. La gran coalición mundial que se está constituyendo para encarar la lucha contra el terrorismo global prefigura un nuevo ordenamiento planetario, es el embrión de un nuevo sistema de poder y gobernabilidad internacional destinado a absorber o reemplazar con nuevos criterios las instituciones mundiales preexistentes, que (con excepción de la Organización Mundial de Comercio) surgieron dos eras atrás (antes de la guerra fría y de la posguerra fría que se inició con la autodisolución de la Unión Soviética) reflejando las realidades que dejó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Mucho antes del último 11 de septiembre estaba claro que aquellas instituciones, sus procedimientos y sus normas se adecuaban mal a las realidades de la era de la globalización, un tiempo en el que el poder de los Estados dejó de tener el protagonismo casi excluyente que se observaba a mediados del siglo XX y aparecieron en escena nuevos actores, nuevos fenómenos, nuevos procedimientos y nuevas amenazas. En materia de seguridad, la crisis de Kosovo mostró la impotencia del sistema de seguridad colectiva de Naciones Unidas: cuando fue inevitable la intervención armada, ella fue asumida por la OTAN; y la ONU, al brindarle un paraguas de legalidad a posteriori a esa intervención, debió transgredir los propios principios de su Carta, que sólo admite la intervención armada colectiva en casos de agresión de un Estado contra otro, al autorizar la intervención en un conflicto intraestatal. La urgencia de los hechos revelaba la obsolescencia de las normas y mecanismos y ponía dramáticamente sobre la mesa la necesidad de una nueva legitimidad. En términos locales, los ataques del terrorismo global sufridos por Argentina en la década del 90 (bombas en la embajada de Israel y la AMIA) fueron manifestaciones del mismo fenómeno que se verificó dos semanas atrás en Estados Unidos, inclusive con la acción de los mismos personajes: el libanés Imad Mughniyed, cuya captura fue solicitada por la Justicia argentina en relación con el caso de la embajada israelí, es buscado ahora por el FBI, que lo caracteriza como uno de los alfiles de Osama Bin Laden en el ataque a Nueva York y Washington. Tras el atentado en la Embajada de Israel, Carlos Menem desafió el pensamiento “políticamente corecto” y propuso la actuación de las Fuerzas Armadas. Debió enfrentar el concepto de que los militares no debían actuar en asuntos interiores, esgrimido por la oposición de entonces y también por sectores de su propio partido. Un párrafo de este columnista, publicado en La Capital el 29 de marzo de 1992 refleja aquel debate: “El ministro de Defensa rechazó la idea presidencial de usar a las fuerzas armadas en la pelea contra los terroristas. Argumento de González: las leyes prohíben a los militares involucrarse en represión interna. ¿Cree entonces González que la bomba del martes fue una cuestión interna? El atentado ha sido obra del terrorismo internacional. ¿No están las fuerzas armadas habilitadas para actuar en casos de agresión externa contra el territorio nacional?” Parece claro que ya entonces Menem apreciaba con realismo una nueva situación (la imposibilidad de pensar lo externo y lo interno como compartimentos estancos, la necesidad de adecuarse a las nuevas realidades). Ese debate se aviva hoy, ante los atentados ocurridos en Estados Unidos, que evidencian el anacronismo de conceptos rígidos sobre lo interno y lo externo en una agresión que conjugó ambos factores, desarrollada por agresores que habitaban en territorio americano y emplearon en el ataque, en reemplazo de misiles lanzados desde territorio ajeno, aviones de empresas norteamericanas que despegaron de aeropuertos norteamericanos. Las nuevas realidades obligan a revisar no sólo normas e instituciones mundiales, sino también normas e instituciones nacionales, inadecuadas para las circunstancias actuales e inapropiadas también para la interoperabilidad funcional que demandar la participación en la coalición mundial contra el terrorismo. El debate sobre estos temas –impulsado por algunos hombres del gobierno, como el ministro de Defensa Horacio Jaunarena, y por alguno del peronismo, como Miguel Angel Toma- encuentra resistencias en el sistema político, que demora en asumir todas las consecuencias de la nueva situación. Esa mora refleja una cierta visión de campanario que parece prevalecer en el sistema político, reticente a entender algo que ya estaba claro más de medio siglo atrás para líderes como Juan Perón, cuando advertía: “la política nacional es hoy una cosa casi de provincias; hoy en el mundo todo es política internacional, que se juega dentro y fuera de los países”. Lo que determina esta lógica es que se juega sobre un tablero mundial, que la Argentina gana o pierde espacio de acuerdo a cómo disponga sus piezas en ese terreno. Que el poder crece cuando un país asume responsabilidades y protagonismo y cuando es capaz de articular sus fuerzas con las de las estructuras más poderosas y competitivas. En la década del 90 Argentina tomó múltiples decisiones destinadas a ubicarse en los escenarios del mundo en que los que podía acrecentar su poder (y por lo tanto, su capacidad de negociar en mejores condiciones e incidir en asuntos de importancia ). Algunas fueron emblemáticas, como el envío de naves a la guerra del Golfo. Otras, quizás menos notoriamente internacionales, contribuyeron también fuertemente al posicionamiento en las nuevas realidades. Piénsese, por ejemplo, en la decisión de desmantelar la producción del misil Cóndor, que se vendía clandestinamente a Irak. Para algunos críticos internos, esa opción significaba declinar manifestaciones de soberanía. Basta pensar en qué lugar estaría ubicada hoy Argentina en el mundo si esas operaciones hubieran continuado, para comprender todo lo que el país ganó con esa decisión. Hoy, cuando se empiezan a insinuar los rasgos de un nuevo ordenamiento internacional, en el que participan desde Estados Unidos –con su enorme poder y también su enorme necesidad de asociación- hasta Europa, China, Rusia y buena parte del mundo árabe, Argentina no tiene otro camino para defender sus intereses que asumir compromisos y protagonismo, proponer (y proponerse) las reformas que la época reclama, ganar fuerza en el seno de ese nuevo ordenamiento para impulsar la mayor democratización posible y el mayor equilibrio y racionalidad en las decisiones. No es sabio imaginar que uno elude los riesgos del mundo escondiendo la cabeza como los avestruces o disfrazándose de árbol para pasar desapercibido. Acá no se trata de responder a pedidos ajenos, sino de actuar en función del interés nacional, en un conflicto en el que Argentina no puede quedar al margen y, de hecho, no ha sido dejada al margen. Jorge Raventos |
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