Creemos no hacer ningún descubrimiento
afirmando que la Argentina es un país semicolonial. Es decir, con todos los
atributos formales de las naciones soberanas, pero sin una economía
autocentrada. En consecuencia, a la luz de cualquier análisis teórico, en
nuestro país es imposible que exista el fascismo, ya que se trata de una
manifestación política, económica y social propia de ciertas circunstancias
en el desarrollo de las naciones capitalistas desarrolladas. Lo que si han
existido, inclusive con cierta abundancia y contumacia, han sido fascistas
nativos. Son parte de la "colonización pedagógica". De las
deformaciones monstruosas que crea una sociedad que aún no ha podido
apropiarse de su cultura y pensamiento.
Por un lado brotan nazis de opereta o jóvenes con el cráneo y los sesos
rapados, que confunden el legítimo nacionalismo de los países oprimidos con
las expediciones imperialistas de los países opresores. Por el otro
izquierdistas que sueñan con revoluciones ajenas y desprecian a sus propios
trabajadores. Pese a sus antagonismos ideológicos, en realidad son las dos
caras de una misma medalla. La de la impotencia para generar un pensamiento
propio y la del odio y desconfianza a los "cabecitas negras", que no
entran en ninguna de las categorías que copia el pensamiento cacatúa de
cualquier signo.
La izquierda portuaria argentina jamás ha realizado el mínimo intento
teórico para aclarar este equivoco, de fundamental importancia política.
Así les ha ido. El llamado Partido Comunista Argentino, cuyos restos mortales
aún transitan por las calles porteñas de la mano de un veterano
sobreviviente del stalinismo llamado Patricio Etchegaray, declaró fascistas a
los gobiernos de Yrigoyen, Alvear, Uriburu, Justo y a todos los del interregno
militar que precedió al peronismo. A este le había reservado una categoría
especial, fruto de la creación "científica" de sus teóricos:
"Nazi-nipo-falanjo-peronismo". Digno de Marx, pero no de Carlos,
sino de Groucho.
Ni que hablar de nuestros "adolfos" semicoloniales, enfermos de
racismo en una sociedad básicamente mestiza y siempre a la espera de la
"hora de la espada" para poder acudir, brazo en alto, a los puestos
públicos. A estos personajes ridículos, del tipo de Biondini, Perón los
califico misericordiosamente como "piantavotos de Felipe II".
Precisamente sobre ellos Asís transita en este libro, demostrando cómo una
novela bien escrita puede resultar mas útil para comprender el pasado que
muchos ladrillos encuadernados producto de nuestros
"historio-mitificadores". Pero como además la historia transcurre
gran parte del tiempo en Francia, ofrece un entretenido panorama de la derecha
fascista gala, sus miserias y arrebatos; antes, durante y después de la
ocupación alemana.
A continuación, un breve adelanto de "Lesca, el fascista
irreductible", en la que se menciona a Jorge Abelardo Ramos, precisamente
aquel que explico que el drama de la Argentina ha sido el tener "un
nacionalismo antipopular y una izquierda antinacional". En uno de los
capítulos del libro se lo explica claramente a su protagonista:
"Argentina, Lesca, no es Europa -le había dicho aquel Colorado
impertinente- no adhiera a ese cuento ni lo difunda. Aunque muchos cipayitos
argentinos quisieran que fuera, no lo es. No sea cipayo, Lesca".
CAF
SUPERACIONES
Capitulo de "Lesca, el fascista irreductible"
Al contrario de Lugones, Perón
conocía bastante a los militares como para idealizarlos con la ligereza
conceptual de los viejos nacionalistas. Otra disidencia nada menor. Los
nacionalistas melancólicos hurgaban entre los armarios del pasado a los
efectos ilusorios de encontrar algo interesante, digno de ser reconocido como
ejemplo y restaurado. En principio no alcanzaba con el utilitario coraje,
cuidadosamente producido, del mazorquero Juan Manuel de Rosas. Y por si fuera
poco el país era demasiado joven como para que admitiera pasiones antiguas
por confrontaciones de monarquías irrepresentativas, cuando no inexistentes.
Aparte, el tema recurrente del nacionalismo hispánico era insustancial.
Aunque irrumpiera algo perfeccionado con el cuento inconvincente de la
identidad y la comunidad lingüística, que estimulaba, acaso para quedar bien
con los españoles indiferentes, Manuel Galvez, el otro nacionalista
invalorado que a medida que intensificaba su desesperación e incertidumbre
escribía obras más trascendentes destinadas al olvido.
Para colmo, tampoco funcionaba la unificadora cruzada del antisemitismo. Una
pasión trágicamente pintoresca que había movilizado las mejores energías
de los "nacionalistas europeizantes". Para los nuevos nacionalistas
que irrumpían bajo el paraguas del peronismo, el antisemitismo resultaba un
acto irrelevante y penoso. Una causa tan perdida como inútil e inmoral.
- Pero lo mas grave de todo, compañero, es que ser antisemita es una
estupidez.
Debió soportar, en su decadencia, que así le hablara un mocoso impertinente,
con sospechosa cara de rusito.
Se hacía llamar Abelardo, tenía pecas y lo había escuchado pontificar a
Lesca en el Gran Café Tortoni. Un colorado irónico que dilataba sus
exposiciones con el sueño de la Patria Grande, insistía en panegíricos
imaginarios sobre el proyecto trunco de San Martín y Bolívar mientras
combinaba sus lecturas sintetizadoras de los sofistas modernos Scalabrini
Ortiz y Arturo Jauretche, junto a las de Ugarte y Marx, que incorporaba a su
incalculable fantasía teórica de trotskista irreparable al servicio del
nacionalismo antioligárquico y la detección de los literarios
"cipayos".
Argumentaban los nuevos nacionalistas atorrantes que el antisemitismo se
limitaba a ser una pasión europea de imposible exportación. Con semejante
arrogancia chauvinista, les replicaban, a los nacionalistas superados - como
Lesca-, los superadores nacionalistas populacheros. Unos rufianes de la
ideología que se expandían bajo el amparo demagógico del incipiente
peronismo, que arrinconaban a los antiguos nacionalistas que sobrevivían a
pesar de tantas derrotas, ya sin siquiera aguardar la implementación de
monarquías posibles y arrojados en el basural de la impotencia.
Y para confrontar con el diabolizado comunismo, para atenuar el otro móvil
atropellador del fascismo europeo, estaba Perón. Para neutralizar a los
bolches terribles y reducirlos a su mínima expresión, los nacionalistas
superados debían quedarse tranquilos porque estaba Perón. Para encarar con
éxito semejante faena titánica que acongojaba al mundo de los propietarios,
no existía nadie, Lesca grábeselo, mejor que Perón. Y desde la democracia,
instrumento que tenía sus imperfecciones pero distaba de ser ninguna lacra,
como le discutían los nacionalistas atorrantes, para desventura de su
maltratado corazón. Y con justicia social, siempre, Lesca, nunca se olvide. E
ineludiblemente, Lesca, puede aceptarse, con algunos palos.
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