Domingo 03 de Abril de 2005

Creemos no hacer ningún descubrimiento afirmando que la Argentina es un país semicolonial. Es decir, con todos los atributos formales de las naciones soberanas, pero sin una economía autocentrada. En consecuencia, a la luz de cualquier análisis teórico, en nuestro país es imposible que exista el fascismo, ya que se trata de una manifestación política, económica y social propia de ciertas circunstancias en el desarrollo de las naciones capitalistas desarrolladas. Lo que si han existido, inclusive con cierta abundancia y contumacia, han sido fascistas nativos. Son parte de la "colonización pedagógica". De las deformaciones monstruosas que crea una sociedad que aún no ha podido apropiarse de su cultura y pensamiento.
Por un lado brotan nazis de opereta o jóvenes con el cráneo y los sesos rapados, que confunden el legítimo nacionalismo de los países oprimidos con las expediciones imperialistas de los países opresores. Por el otro izquierdistas que sueñan con revoluciones ajenas y desprecian a sus propios trabajadores. Pese a sus antagonismos ideológicos, en realidad son las dos caras de una misma medalla. La de la impotencia para generar un pensamiento propio y la del odio y desconfianza a los "cabecitas negras", que no entran en ninguna de las categorías que copia el pensamiento cacatúa de cualquier signo.
La izquierda portuaria argentina jamás ha realizado el mínimo intento teórico para aclarar este equivoco, de fundamental importancia política. Así les ha ido. El llamado Partido Comunista Argentino, cuyos restos mortales aún transitan por las calles porteñas de la mano de un veterano sobreviviente del stalinismo llamado Patricio Etchegaray, declaró fascistas a los gobiernos de Yrigoyen, Alvear, Uriburu, Justo y a todos los del interregno militar que precedió al peronismo. A este le había reservado una categoría especial, fruto de la creación "científica" de sus teóricos: "Nazi-nipo-falanjo-peronismo". Digno de Marx, pero no de Carlos, sino de Groucho.
Ni que hablar de nuestros "adolfos" semicoloniales, enfermos de racismo en una sociedad básicamente mestiza y siempre a la espera de la "hora de la espada" para poder acudir, brazo en alto, a los puestos públicos. A estos personajes ridículos, del tipo de Biondini, Perón los califico misericordiosamente como "piantavotos de Felipe II".
Precisamente sobre ellos Asís transita en este libro, demostrando cómo una novela bien escrita puede resultar mas útil para comprender el pasado que muchos ladrillos encuadernados producto de nuestros "historio-mitificadores". Pero como además la historia transcurre gran parte del tiempo en Francia, ofrece un entretenido panorama de la derecha fascista gala, sus miserias y arrebatos; antes, durante y después de la ocupación alemana.
A continuación, un breve adelanto de "Lesca, el fascista irreductible", en la que se menciona a Jorge Abelardo Ramos, precisamente aquel que explico que el drama de la Argentina ha sido el tener "un nacionalismo antipopular y una izquierda antinacional". En uno de los capítulos del libro se lo explica claramente a su protagonista: "Argentina, Lesca, no es Europa -le había dicho aquel Colorado impertinente- no adhiera a ese cuento ni lo difunda. Aunque muchos cipayitos argentinos quisieran que fuera, no lo es. No sea cipayo, Lesca".

CAF


SUPERACIONES
Capitulo de "Lesca, el fascista irreductible"


Al contrario de Lugones, Perón conocía bastante a los militares como para idealizarlos con la ligereza conceptual de los viejos nacionalistas. Otra disidencia nada menor. Los nacionalistas melancólicos hurgaban entre los armarios del pasado a los efectos ilusorios de encontrar algo interesante, digno de ser reconocido como ejemplo y restaurado. En principio no alcanzaba con el utilitario coraje, cuidadosamente producido, del mazorquero Juan Manuel de Rosas. Y por si fuera poco el país era demasiado joven como para que admitiera pasiones antiguas por confrontaciones de monarquías irrepresentativas, cuando no inexistentes. Aparte, el tema recurrente del nacionalismo hispánico era insustancial. Aunque irrumpiera algo perfeccionado con el cuento inconvincente de la identidad y la comunidad lingüística, que estimulaba, acaso para quedar bien con los españoles indiferentes, Manuel Galvez, el otro nacionalista invalorado que a medida que intensificaba su desesperación e incertidumbre escribía obras más trascendentes destinadas al olvido.
Para colmo, tampoco funcionaba la unificadora cruzada del antisemitismo. Una pasión trágicamente pintoresca que había movilizado las mejores energías de los "nacionalistas europeizantes". Para los nuevos nacionalistas que irrumpían bajo el paraguas del peronismo, el antisemitismo resultaba un acto irrelevante y penoso. Una causa tan perdida como inútil e inmoral.
- Pero lo mas grave de todo, compañero, es que ser antisemita es una estupidez.
Debió soportar, en su decadencia, que así le hablara un mocoso impertinente, con sospechosa cara de rusito.
Se hacía llamar Abelardo, tenía pecas y lo había escuchado pontificar a Lesca en el Gran Café Tortoni. Un colorado irónico que dilataba sus exposiciones con el sueño de la Patria Grande, insistía en panegíricos imaginarios sobre el proyecto trunco de San Martín y Bolívar mientras combinaba sus lecturas sintetizadoras de los sofistas modernos Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, junto a las de Ugarte y Marx, que incorporaba a su incalculable fantasía teórica de trotskista irreparable al servicio del nacionalismo antioligárquico y la detección de los literarios "cipayos".
Argumentaban los nuevos nacionalistas atorrantes que el antisemitismo se limitaba a ser una pasión europea de imposible exportación. Con semejante arrogancia chauvinista, les replicaban, a los nacionalistas superados - como Lesca-, los superadores nacionalistas populacheros. Unos rufianes de la ideología que se expandían bajo el amparo demagógico del incipiente peronismo, que arrinconaban a los antiguos nacionalistas que sobrevivían a pesar de tantas derrotas, ya sin siquiera aguardar la implementación de monarquías posibles y arrojados en el basural de la impotencia.
Y para confrontar con el diabolizado comunismo, para atenuar el otro móvil atropellador del fascismo europeo, estaba Perón. Para neutralizar a los bolches terribles y reducirlos a su mínima expresión, los nacionalistas superados debían quedarse tranquilos porque estaba Perón. Para encarar con éxito semejante faena titánica que acongojaba al mundo de los propietarios, no existía nadie, Lesca grábeselo, mejor que Perón. Y desde la democracia, instrumento que tenía sus imperfecciones pero distaba de ser ninguna lacra, como le discutían los nacionalistas atorrantes, para desventura de su maltratado corazón. Y con justicia social, siempre, Lesca, nunca se olvide. E ineludiblemente, Lesca, puede aceptarse, con algunos palos.

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